MONS. FRANCISCO OLGIATI: EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA – Capítulo Primero – EL CRISTIANISMO Y EL AMOR

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA

Capítulo Primero

EL CRISTIANISMO Y EL AMOR

Sin vacilación aplicaría yo al Cristianismo lo que Goethe escribía de las poesías:

Son como decorados ventanales

las poesías. Viendo esos cristales

desde la plaza, sólo unos oscuros

vacíos aparecen en los muros

y al mirarlos así la buena gente

su artística belleza no presiente.

Mas, si una vez, por fin, pasáis la puerta

del templo, en su interior mirad alerta.

De pronto, el cielo, el mar y mil figuras

surgirán del cristal en las pinturas.

Dad a los ojos luz y al alma vida

de Dios simples y alegres creaturas.

Quien desea comprender el Cristianismo, debe entrar en nuestra catedral, y entonces los dogmas y los preceptos morales, que desde el exterior le eran incomprensibles y le parecían lo más extraño y lo más oscuro que imaginarse pueda, le parecerán hermosos y verdaderos.

Solamente viviendo en esta catedral divina, levantada por Dios, es posible intuir el principio de unidad, que, como reduce las diversas escenas de un ventanal decorado a un único conjunto admirable y cual prisma que recompone los diversos rayos coloreados en el único rayo solar, así une armónicamente los datos de la revelación y las normas de conducta, y todo lo vivifica con un único soplo, con una misma alma.

Este principio de unidad ha causado el embeleso sobre todo de los santos. Nuestros filósofos y nuestros teólogos lo han descrito; y mientras algunos dirigían su mirada indagadora especialmente a cada uno de los múltiples elementos, otros con una ojeada comprensiva abarcaban el espectáculo sublime, a imitación de San Francisco de Sales, que en el prefacio de su célebre Traité de l’amour de Dieu exclama:

« Tout est à l’amour, en l’amour, pour l’amour et d’amour en la sainte Église ». En la Iglesia de Dios todo pertenece al Amor, todo está fundado en el Amor, todo se refiere al Amor, todo habla de Amor».

Una mística moderna, la Madre María Luisa Margarita Claret de la Touche, en su Libro del amor infinito, ha comentado egregiamente las palabras del obispo de Ginebra. No se trata, escribe, de un «amor enervante, sin vigor, que se apoya sólo en la sensibilidad y es incapaz de fortificar los corazones y de hacerles producir acciones magnánimas y virtudes fuertes»; se trata «del amor de Dios, considerado en Dios mismo … En todo tiempo se ha hablado mucho del amor. Pero ¿de qué amor? Con frecuencia de la corrupción del amor, que es el amor carnal; alguna vez de aquel reflejo del verdadero Amor, que resplandece aún en el corazón de la creatura; raramente del grande y gratuito Amor, que Dios derrama en beneficios sobre la misma creatura; y mucho más raramente aún del Amor eterno e infinito que es la sustancia de Dios y la Divinidad misma».

Sin embargo, para que el Cristianismo se nos aparezca en toda la plenitud de su luz y podamos hallar así la verdadera alma de la moral cristiana, es necesario partir del Amor de Dios. Es decir, es necesario convencerse bien de que en el Cristianismo todo es Amor; de que el Amor es la causa universal de la creación, de la redención y de la santificación; de que el Amor, digámoslo con Dante, «mueve el cielo y las estrellas»; de que el Credo, según la feliz expresión de monseñor Baunard, artículo por artículo es la sucesión de las etapas por las que el Amor de Dios desciende hacia nosotros; de que la moral no es sino nuestra continua ascensión hacia Dios en alas del Amor infundido por Él en nosotros; de que toda culpa no es sino una voluntaria rebelión contra el Amor.

Con esta llave de oro —el Amor divino— se abre la puerta de cada verdad revelada y de cada precepto de la ética cristiana.

***

1

El dogma y el amor

Un dulce Doctor de la iglesia, San Francisco de Sales, en su obra antes mencionada, recuerda las enseñanzas del Amor de Dios dadas por San Pablo, «quien las había aprendido del mismo cielo», y por los otros grandes escritores que han desarrollado este tema.

Los antiguos Padres —afirma— «sirviendo amorosamente a Dios, hablaban también divinamente de su amor… Santo Tomás ha hecho sobre él un tratado digno de Santo Tomás».

San Buenaventura, Juan Gerson, canciller de la Universidad de París, el Cardenal Belarmino, Santa Catalina de Génova y Ángela de Foligno, Santa Catalina de Siena y Santa Matilde, Santa Teresa y otros mil han dedicado a este argumento páginas inefablemente hermosas.

No podemos resumir aquí los grandes principios que muestran cómo en el terreno dogmático el Amor «es el alma de la doctrina católica, es su centro, es la explicación de todos los misterios de nuestra fe». Nos contentaremos con breves indicaciones.

Ante todo, ¿quién es Dios?

«¡Dios es Amor! Así quiere ser conocido y quiere que este conocimiento se difunda por el mundo, lo inflame y lo renueve… Su amor es Él mismo».

«Moisés —prosigue la Madre Claret de la Touche—, el gran legislador de los hebreos, el privilegiado, quien con su dulzura y fortaleza había atraído la mirada de Dios, reconociendo en el zarzal ardiente del desierto la presencia de la Divinidad, le había preguntado su nombre y Dios le contestó desde las ardientes llamas: ¡Yo soy el que soy!

Respuesta profunda, que revelaba a Dios como el Ser supremo, esencial, único, causa y principio de los seres, de estabilidad y unidad absoluta, sin posibilidad de cambio, de disminución o de crecimiento.

Pero respuesta misteriosa, como todas las manifestaciones divinas del Antiguo Testamento, que no revelaba el secreto de Dios y tenía al alma humana suspendida ante este Ser Incomprensible».

Se caminaba aún entre las sombras; la luz clara de la revelación estaba reservada para más tarde.

«Despuntaron por fin los días de la Redención; la segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarnó, el Verbo divino se hizo hombre, sufrió y murió por nosotros; después de su ascensión al cielo envió al Espíritu Santo. Entonces sentimos brotar del corazón inflamado y de los labios virginales del Apóstol predilecto las palabras reveladoras: Deus Charitas est. ¡Dios es Amor!

«Dios, al ver al hombre purificado por el sublime sacrificio del Calvario, vuelto a la gracia, convertido en hijo suyo sumiso y heredero de su gloria, no tiene ya más secretos para él.

«Revelándole su nombre: ‘Amor’, se hace conocer del todo por él. Al mismo tiempo le manifiesta todos sus misterios, el secreto de sus divinas operaciones y la razón de sus actos».

Los grandes pensadores cristianos, desde San Agustín hasta Bossuet, han señalado en este Amor de Dios la razón de todos los misterios. Ellos han ensalzado al Amor infinito, que pasa y repasa en un flujo y reflujo divino entre las tres Personas de la Santísima Trinidad; y, según monseñor Baunard que resume sus pensamientos, nos han dado esta síntesis de los demás dogmas cristianos:

«Dios ama: amar es darse; y Dios nos ha dado todo a nosotros y se ha dado Él mismo, comenzando desde nuestra existencia y la de todos los seres: de aquí la Creación.

Dios ama: amar es hablar, es hacerse comprender por los amados; y de aquí la Revelación, la Sagrada Escritura y su Ley.

Dios ama: amar es hacerse semejante al amado, y de aquí la Encarnación.

Dios ama: amar es salvar a cualquier precio al amado, es morir por el amado: de aquí la Redención.

Amar es desear permanecer continuamente con el amado: de aquí la Eucaristía, la Presencia Real, el Altar.

Amar es entregarse a cada uno de los amados y de aquí la Comunión.

Por fin, amar es desear hacer felices consigo y para siempre a todos los amados, y de aquí la eterna felicidad y el Paraíso.

Vasta síntesis del amor, que es asimismo la de nuestra fe».

No por nada el águila de Meaux, en su Oraison Funèbre d’Anne de Gonsague, relataba y comentaba, como él sabía hacerlo, esta expresión de la ilustre difunta: «Desde el día en que plugo a Dios ponerme en el corazón que su amor es la razón de cuanto creemos, esta verdad me persuadió mejor que todos los libros». No por nada los santos y todas las almas vivamente cristianas encuentran en todas las cosas una de las estrofas del Amor eterno, que las arroja en un ímpetu de reconocimiento hacia Dios.

¿Qué es la naturaleza para el creyente? ¿Qué dicen a su corazón y a su inteligencia las hermosas montañas, los inmensos océanos y el encanto de las flores? Contesta la citada mística:

«El Amor Infinito había decidido la creación del hombre para poder verterse en él. Y como una joven madre prepara con amor, con sus propias manos, la cuna del niño que está por dar a luz, y se esfuerza en hacerla, no sólo dulce y cómoda, sino graciosa y alegre, así Dios, que debía ser padre y madre, preparó con amor la cuna del hombre, el universo, y se complació en adornarlo y enriquecerlo de todo lo que podía servir para la utilidad, el bien y la alegría de su creatura predilecta».

Por esto Jesús le decía:

«Da tu corazón a las creaturas para que ellas amen, por tu intermedio y tú ames en ellas, haz que glorifiquen, exalten, amen a su Creador. Ama con el pájaro que canta, con la nube que va vagando por el espacio, con la hoja que se mece agitada por la brisa. Comunica a todos estos seres creados por el Amor un alma que conozca, un corazón que palpite».

Por esto ella añadía:

«Me parece que la creación es como un instrumento musical, un arpa; si nadie la toca, el arpa no vibra; pero si el corazón del hombre, como un hábil artista, toca las cuerdas de esta arpa de oro, entonces se eleva un sonido armonioso: es un himno de amor, cantado por el amor en honor del Amor Infinito».

¿Qué es nuestra elevación al estado sobrenatural?

Los Padres, a una voz, con mil figuras responden explicando la palabra del Apóstol de la caridad: «¡Mirad qué amor nos ha demostrado el Padre al hacer que pudiésemos tener el nombre de hijos de Dios y lo fuésemos en realidad!»

¿Cómo ha sido anunciado el misterio de la Encarnación y de la Redención en todo tiempo en la Iglesia, sino como el misterio de aquel Amor, que, según observación de San Pablo, sobrepasa toda ciencia?

«Así ha amado Dios al mundo, exclama el vidente de Patmos, que le ha dado su Hijo unigénito». Y la mística de Siena, nuestra Santa Catalina, inspirándose en esta nota, levantará su voz:

«Doquiera me dirijo, encuentro inefable amor… «El amor hizo descender la grandeza de la Divinidad a tanta pequeñez, cuanta es la de nuestra humanidad… El amor lo hizo habitar en el pesebre en medio de los animales. El amor lo hizo saturar de oprobios y por amor el dulce Jesús se deleitó sumamente en llevar la cruz de muchas tribulaciones… El amor lo hizo correr con decidida obediencia hasta la oprobiosa muerte en la cruz… ¿Quién lo ha mantenido fijo en la cruz? Ni los clavos, ni piedra alguna, ni la tierra, mantuvieron enhiesta a la cruz, pues no bastaban para mantener fijo al Hombre-Dios, sino el amor».

¿No había dicho Jesús: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos»?

Dante, hablando del decreto de la Redención en el canto VII del Paraíso, magníficamente escribió también:

Este decreto, Hermano, está oculto a los ojos de aquél, cuyo talento del amor en la llama no es adulto.

Todo esto es evidente. Y no sólo Belén y Nazaret, sino también las palabras brotadas de los labios divinos de Jesús bajo los olivos de la Judea y entre las rosas de Jericó, sus milagros y sus ejemplos, y el Cenáculo, y el Calvario, y el Altar, y Pentecostés, y toda la historia de la Iglesia son verdades encerradas en un sepulcro para quien no considera la Llama del Amor.

Éste no comprenderá que la Iglesia es el reino del Amor; no comprenderá el sacerdocio, o sea la falange de los ministros del Amor; no comprenderá la Comunión frecuente y cotidiana, alimento diario del Amor; no comprenderá a Paray-le-Monial y la devoción al Sagrado Corazón y considerará a esta última como una simple devoción sentimental, cuando en realidad es la síntesis de todo el Cristianismo.

En una palabra: ¿cuál es el más hermoso acto de fe que el dogma revelado nos exige? Ni yo, ni un teólogo, ni siquiera un santo lo ha enunciado la primera vez. Fue el Discípulo que Jesús amaba con predilección y que posó la cabeza sobre su Corazón en la última Cena, quien nos enseñó a decir: Nos credidimus Charitati!… ¡Hemos creído, creemos en el Amor!

***

2

La moral del amor

Sobre semejante tallo ¿podía por ventura abrirse la flor de una moral, que no fuese la moral del Amor?

La revelación hecha al hombre del amor infinito de Dios implica como consecuencia la necesidad y el deber de volver a conducir hacia Dios el amor del hombre, porque —es siempre San Juan quien lo proclama— el que no ama, permanece en la muerte.

Y siempre resonará el grito de las Confesiones de San Agustín: «¡Nos has creado para Ti, Dios mío, y nuestro corazón no tendrá paz hasta que descanse en Ti!»

Como el águila real aprisionada —para usar la comparación de Buathier en su libro El sacrificio en el dogma católico y en la vida cristiana— ensangrienta sus alas contra las rejas de su jaula, así el corazón encerrado en el egoísmo, sin los vuelos del Amor, se siente necesariamente atormentado por el remordimiento.

De la dogmática cristiana no podía brotar sino la moral de la caridad. Jesucristo —como veremos— resume su ética en un mandamiento: Diliges ¡Amarás!

No podía ser de otro modo. Cada precepto, cada mandamiento, cada norma de la ética en el cristianismo debe inspirarse en el Amor, porque cada dogma de fe tiene el mismo espíritu. Jesucristo no ha venido al mundo para anular la ley promulgada en el Sinaí e impresa, ya anteriormente, en la conciencia humana; ha venido para completarla, para perfeccionarla, para vivificarla con el Amor.

Como en el dogma, así también en la moral, éste es la razón de todo, el principio vital que nos lo explicará todo.

¿Por qué debemos adorar a Dios y a Dios sólo? ¿Por qué no debemos blasfemar su nombre y no pronunciarlo vanamente? ¿Por qué debemos consagrarle un día por semana y así sucesivamente? —por amor, porque debemos amarlo sobre todas las cosas.

¿Por qué debemos cumplir nuestro deber, debemos no mentir, no matar, no profanar con la impureza nuestra inteligencia y nuestro cuerpo, no robar, etc.? Porque, responde el apóstol San Juan, «debemos amar al Señor no con palabras, ni con la lengua, sino con la realidad de los hechos».

¿Por qué debemos considerar hermanos a los demás, aun a los enemigos? Y además, ¿por qué no considerándonos satisfechos con los preceptos, nos sentimos dispuestos a practicar los grandes consejos de la perfección? Una vez más debemos decirlo: por amor.

Sienkiewicz en su novela Quo vadis? ha retratado artísticamente la fisura del tribuno romano Vinicio en la casa de Miriam. Cansado de las orgías, del vino, del canto, de las cítaras, de las guirnaldas de flores, del palacio del César, Vinicio, con el corazón inflamado de un puro amor, atraído a la senda de su conversión, se dirige a Pedro y a Pablo de Tarso y con acento rápido y conmovido implora la luz:

—¡Mirad! Me tortura la incertidumbre. Me han afirmado que vuestra doctrina destruye la vida, la felicidad, las leyes, el poder del Imperio. ¿Es verdad? Me han afirmado que sois insensatos. Instruidme… Me han dicho también: Grecia creó la sabiduría y la belleza; Roma, la fuerza; ésos, pues ¿qué traen? Si en vosotros está la luz, haced que un rayo brille sobre mí.

—Nosotros traemos el Amor, dijo Pedro.

Y Pablo de Tarso añadió: —Aunque conociese el lenguaje de los Ángeles, sin la caridad no sé ya hablar y me vuelvo un bronce sonoro.

Así es. La síntesis del dogma es el Amor de Dios a sí mismo y al hombre.

La síntesis de la moral cristiana —y todo este Silabario será de esto una demostración— es únicamente el amor del hombre a Dios.

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RECAPITULACIÓN

Antes de exponer la moral cristiana, es necesario comprender el principio de unidad que la vivifica y que se puede expresar con una palabra: el Amor.

1. En el cristianismo todo es amor. El dogma nos revela el Amor Infinito de Dios a sí mismo y su amor a nosotros.

2. Es obvio, por lo tanto, que la moral cristiana no puede ser sino la moral del amor, o sea del amor del hombre a Dios.

Para no confundir la ética de Cristo con otras doctrinas, es necesario no perder de vista este espíritu Inspirador: el Amor.