El verdadero alimento
«No teman al que pueda el cuerpo rematarles;
hay que tenerle miedo a quien mata las almas;
por eso es con Mi Cuerpo que voy a alimentarles,
Mi Sangre será el néctar que toda sed ensalma.»
Si Moisés a Su pueblo el maná prodigó,
no era más que alimento material nutritivo.
Hoy nos da de Su Cuerpo que el Calvario entregó,
pan supersubstancial, pan de Dios redivivo.
Y en el Cáliz Sagrado, vaso fiel de sus Vasos,
la Divina Ambrosía al beber nos ofrece:
Sangre ayer derramada por acerbos trallazos
que hoy esparce sus méritos a las almas, con creces.
No es Su Cuerpo comida que alimente mi carne,
ni Su Sangre bebida para calmar mi sed;
es el alma que asume Sus virtudes cual guarne
que la envuelve y protege como sólida red.
Alimento interior, bebida espiritual,
que no nutren materia, célula ni organismo,
que el espíritu colman en sagrado ritual
insertando en nosotros a Jesucristo mismo.
Comunión que nos hace recibir Su Persona,
Pan Divino que viene del trono del Altísimo,
Celestial Refección que el espíritu entona,
Vida eterna que mora feraz en el Santísimo.
¿Esto qué es?, repetía quien maná degustaba,
¿Dónde tienes esa agua?, dijo la de Samaria,
sin saber que otra vianda y otro río auguraba
el Señor, en renuevo de pitanzas precarias.
El asombro colmaba a esas almas, por cierto,
pero más asombroso nos resulta el misterio
de un Dios que se volvió Hombre para darnos, abierto,
Su carnal Corazón, eficaz Refrigerio.
Pues si pan nos parece el feliz Sacramento
y si vino aparenta ese Cáliz de Amor,
el primero es la Carne del Señor, alimento;
celestial inventiva, no hay empresa mejor.
Quien la coma jamás volverá a tener hambre;
solamente apetito de las cosas sagradas
que le seducirán cual la miel al enjambre,
degustando el sabor de sustancia tersada.
Es bebida Su Sangre, deliciosa fruición
que en la fe nos solaza, seca nuestra aridez,
nos restaura la vida con impar colación
que nos deja colmada nuestra pobre avidez.
Panes ázimos, sólo manufactura inerte,
licor de uva, tan sólo una esencia frutal,
que se truecan en vida señoreando en Su muerte,
y en el mal que Él sufriera, derrotaron al Mal.
¡Qué divina rareza, qué singularidad,
par de Dones sin par, creativa sagaz!
¡Dos sustancias tan simples, nutrición de Verdad,
que sacian mas no sacian, porque siempre dan más!
