POESÍA: NUESTRA ROCA

NUESTRA ROCA

«Quien conmigo no está, es que está contra Mí;

quien conmigo no junta, desparramando está;

quien mis armas no porta, no podrá combatir,

defender su bastión contra el que atacará.»

Si es que por Su poder expulsaste demonios,

no es que ha sido, por cierto, en virtud de Satán;

que en nosotros sea eso cardinal testimonio

que nos haga rehuir la legión infernal.

Como dijo en el templo Simeón al tomarte

de María en sus brazos con viril emoción,

encarnado en Tu Madre a este mundo llegaste

para ser la señal de alta contradicción;

para ser en Tu pueblo ocasión de caída

y de resurrección para el otro Israel:

Para aquél que siguió Tu doctrina y Tu vida,

y guardó Tus palabras permaneciendo fiel.

Fue el rey santo, David, en su insigne Salterio,

quien así te invocaba: «Dios, Tú eres mi Roca»;

Peña viva celeste, básico Primicerio

que los planes del hombre contumaz descoloca:

Puedes ser para mí firme piedra escogida,

un cimiento seguro para mi fortaleza,

o, si yerro mis pasos caminando otra vida,

un tropiezo, un desvío, un sinfín de flaquezas.

Constructores nombraste que el Peñón desecharon,

el que es base sillar de Tus Santos Amores;

rechazándote a Ti, Tu reinar rechazaron,

que fue dado a otros hombres, por sus frutos mejores.

 

El que sobre Ella caiga quedará destrozado;

Roca firme, inmutable, con aristas de Cielo,

que si cae sobre alguien que por Ti no ha juntado,

será ése aplastado por carencia de celo.

¿De qué masa de rocas se soltó aquella Pizca

que destruye fetiches, amuletos y tallas,

reduciendo una imagen a menuda arenisca;

pequeñísimo Grano que parece metralla?

Si no fue mano de hombre la que forjó Tu hechura,

es que en esa montaña vasta, la Humanidad,

Dios se hizo una Reina de gloriosa hermosura

que engendrase a Su Hijo con su Virginidad.

Y ese Gránulo exiguo será un Monte grandioso

que los ídolos todos con Su voz ahogará,

cuando vengas de nuevo, triunfador y glorioso,

y Tu Reino en la tierra para siempre será.

¡Cristo, Roca impasible de firmeza tenaz!;

¡qué feliz paradoja, que esa Peña segura

que será entonces recia, rigurosa y pugnaz,

sea sólo hoy dulzor, sea todo hoy ternura!