Cristo, la Luz
«En la noche del mundo soy la Luz.
Quien me sigue ya no caminará
en tinieblas; por medio de mi Cruz,
esplendores de vida brillarán.»
Su Transfiguración en el Tabor
fue anticipo del día del final;
cuando venga por justo Juzgador
y le asigne su escena a cada cual.
Antes de predicar Su Parasceve,
con Moisés, con Elías conversó;
Sus vestidos, más blancos que la nieve,
a los tres elegidos les mostró.
Como Sol de Justicia refulgió;
albo como nevisca iluminada;
¿quién podrá enjalbegar lo que exhibió
en aquella magnífica jornada?
Su figura fue espejo de la gloria
que ocultaba en su paso por la tierra;
y ahí brilló, refulgencia transitoria,
demostrando lo que Su Vida encierra.
Esa Luz, Verbo sustancial de Dios,
no es belleza tan sólo a nuestros ojos;
calma el hambre de la Verdad en pos,
penetrando cualesquiera cerrojos.
Dios, el Padre, recibe las demandas
y el Espíritu Santo da la gracia;
y es el Hijo, hermosura veneranda,
Quien del alma el buen apetito sacia.
Es así que la Santa Trinidad
Su virtud esencial nos participa,
dándonos todo bien, toda verdad;
y al instante las sombras se disipan.
Pero algo precisamos para ver:
Es el alma en filial amarradura,
acatando Su divino saber,
orientándose tras Sus andaduras.
¿Cómo hemos de ver, si parpadeamos,
si cerramos el alma a Su amistad?
No hay ceguera peor que padezcamos,
si negamos Su habitabilidad.
Nada de lo que tiene se nos niega:
Su verdad, Su vivir, Su beatitud;
todo eso a raudales nos allega
si adoptamos Su magna celsitud.
¡Ay de aquél que endurece el corazón
y le niega la entrada a Su fulgor!
tal tiesura, tan ruda cerrazón
ha de ser para eterno deshonor.
¡Ea, pues!, que la noche quede atrás,
sumerjámonos en Su placidez,
en Su lumbre que brilla como haz
irradiante de excelsa calidez;
muy seguros de andar sendas debidas,
luminadas por Él, que las descombra;
sabiendo que Su Luz, en esta vida,
de otra Luz es tan sólo algo de sombra.
