ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI: ESTUDIO SOBRE EL VERBO ENCARNADO – 1º PARTE – FEBRERO 2013

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ESTUDIO SOBRE EL VERBO ENCARNADO

 

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LAS PROCESIONES DIVINAS

El estudio de las procesiones divinas es el punto de partida de todo el tratado de la Trinidad.

La palabra procesión se emplea en el tratado de la Trinidad para significar la emanación u origen de una cosa con relación a otra que es su causa o su principio.

No se trata de una procesión transeúnte o ad extra, sino de una procesión inmanente o ad intra, en la que el efecto o término de la procesión permanece dentro de su causa o principio de origen.

La procesión del Hijo tiene razón de verdadera y propia generación.

La fe católica nos enseña la existencia de dos procesiones en Dios; también nos dice que la procesión del Verbo tiene razón de verdadera y propia generación, estableciéndose entre las dos primeras Personas divinas las relaciones de paternidad y filiación.

El Magisterio de la Iglesia ha proclamado repetidas veces, como dogma de fe, que la segunda Persona divina procede de la primera por generación y guarda con ella la relación de Hijo a Padre.

Símbolo Quicumque: «El Hijo es por sólo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado» (D 39).

Símbolo de Nicea: «Creemos… en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios, nacido Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre…» (D 54).

Concilio IV de Letrán: «El Padre, engendrando ab aetemo al Hijo, le dio su sustancia…» (D 432).

Concilio de Florencia: «El Padre ingénito, el Hijo engendrado del Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo» (D 703).

La generación propiamente dicha responde a la siguiente definición: Es el origen que un ser viviente tiene de otro ser viviente por comunicación de su propia naturaleza específica.

Para que la generación, sea verdadera y real es necesario que el engendrado proceda del generante por una acción verdaderamente vital, ya que ésta es la única forma de comunicar un viviente su naturaleza a otro viviente.

La primera procesión divina, según, la acción vital de entender, tiene razón de verdadera, propia y perfectísima generación.

Enseña Santo Tomás:

La procesión del verbo en Dios se llama generación. Para explicarlo hay que tener en cuenta que nosotros empleamos la palabra generación en dos sentidos.

Primero, de un modo general, aplicada a todo lo que se produce o destruye, y en este caso la generación no es más que la mutación del no-ser al ser.

Segundo, aplicada a los seres vivientes, y en este caso la generación significa el origen de un ser vivo que proviene de un principio viviente con el cual está unido, y a esto se llama propiamente nacimiento.

Sin embargo, no todo lo que procede de este segundo modo puede en rigor llamarse hijo, sino sólo lo que procede según la razón de semejanza; y por esto el pelo o el cabello no tienen razón de engendrados ni de hijos, sino sólo lo que procede según la razón de semejanza. Y no de una semejanza cualquiera, pues los gusanos que se engendran en los animales no tienen razón de generación ni de filiación, aunque en el género sean semejantes a ellos, sino que para la razón de verdadera generación se requiere que procedan según la razón de semejanza en la misma naturaleza específica, como el hombre procede del hombre y el caballo del caballo.

Ahora bien, en los vivientes que pasan de la potencia al acto de vivir, como los hombres y los animales, su generación incluye los dos modos.

Pero si hubiese un ser viviente cuya vida no pasase de la potencia al acto, la procesión, caso de haberla en tal viviente, excluiría en absoluto el primer modo de generación, pero podría tener la procesión de generación, que es propia de los seres vivientes.

Así, pues, la procesión del Verbo en Dios tiene razón de generación.

Porque procede por operación intelectual, que es operación vital; y proviene de un principio que le está unido; y según la razón de semejanza, porque la concepción del entendimiento es una semejanza de lo conocido; y, por fin, es de la misma naturaleza, porque en Dios ser y entender son una sola y misma cosa.

Por tanto, en Dios la procesión del Verbo recibe el nombre de generación, y el Verbo procedente el de Hijo.

En nosotros, el acto de entender no es la misma sustancia del entendimiento, y por esto el verbo mental procedente de nuestra operación intelectual no es de la misma naturaleza que su principio, y de aquí que, propia y adecuadamente, no pueda llamarse hijo. En cambio, el entender divino es la misma sustancia del que entiende; y, por tanto, el verbo mental procedente procede como subsistente en su misma naturaleza, y por esto con toda propiedad se llama engendrado e Hijo. Y ésta es la razón de que la Sagrada Escritura, para darnos a conocer la procesión de la Sabiduría divina, use expresiones que pertenecen a la generación de los seres vivientes, como los de concepción y parto. Así, en el libro de los Proverbios se dice de la Sabiduría divina: Aún no existían los abismos, y yo había sido ya concebida; antes que los collados fui yo dada a luz (Prov 8,24-25).

Si, pues, tratándose de la operación de nuestro entendimiento, usamos del término concepción, no es porque nuestro verbo mental tenga la misma naturaleza que nosotros, sino por cuanto en él se halla la semejanza de la cosa entendida.

Lo engendrado en la divinidad recibe el ser del que lo engendra; pero no como si este ser fuese recibido en una materia o sujeto (cosa que repugna a la subsistencia del ser divino), sino que se llama ser recibido en cuanto que el procedente tiene de otro el ser divino, no como algo distinto del ser divino. La razón es porque en la misma perfección del ser divino están contenidos el verbo que procede intelectualmente y el principio del verbo, así como cualquier otra cosa perteneciente a su perfección.

LAS RELACIONES DIVINAS

La relación se define como el orden que una cosa dice con respecto a otra.

Tres son los elementos que incluye necesariamente toda relación: sujeto, término y fundamento de la misma.

En la relación de paternidad, por ejemplo, el sujeto es el padre; el término, el hijo, y el fundamento de la relación, la generación, en virtud de la cual el sujeto es padre y el término hijo.

Debemos afirmar que en Dios existen relaciones reales internas, o sea, entre las divinas Personas.

Símbolo del XI Sínodo de Toledo: «En los nombres de relación de las personas, el Padre se refiere al Hijo, el Hijo, al Padre, el Espíritu Santo a uno y otro; y diciéndose por relación tres personas, se cree, sin embargo, una sola naturaleza o sustancia… Porque lo que el Padre es, no lo es con relación a sí, sino al Hijo; y lo que el Hijo es, no lo es con relación a sí, sino al Padre; y de modo semejante, el Espíritu Santo, no a sí mismo, sino al Padre y al Hijo se refiere en su relación en que se predica Espíritu del Padre y del Hijo» (D 278).

Concilio de Florencia: «Estas tres personas son un solo Dios, y no tres dioses; porque las tres tienen una sola sustancia, una sola esencia, una sola naturaleza, una sola divinidad, una sola inmensidad, una eternidad, y todo es uno donde no obsta la oposición de relación» (D 703).

Enseña Santo Tomás:

Cuando algo procede de un principio de su misma naturaleza, es necesario que ambos—el que procede y el principio de donde procede—convengan en el mismo orden, y, por tanto, es indispensable que tengan entre sí relaciones reales.

Por consiguiente, como las procesiones en Dios existen en identidad de naturaleza, según hemos visto, es necesario que las relaciones que se siguen de estas procesiones sean relaciones reales.

Las relaciones divinas intratrinitarias se identifican realmente con la esencia divina, distinguiéndose de ella tan sólo con distinción de razón.

Si las personas divinas—constituidas por las relaciones— se distinguieran realmente de la esencia divina, habría cuaternidad en Dios, a saber: las tres relaciones o personas y la esencia distinta de ellas.

Entre las relaciones y la esencia divina no hay oposición de origen, porque las relaciones ni son producidas por la naturaleza, ni producen la naturaleza, que no es generante, ni engendrada, ni procede. Luego las relaciones y la esencia divina son realmente una misma cosa.

Conocida la existencia de relaciones reales en Dios y su identificación real con la esencia divina, hay que afirmar que las relaciones reales, formalmente existentes en Dios, no son más que cuatro, a saber: paternidad, filiación, espiración activa y espiración pasiva o procesión.

En efecto: en Dios existen dos procesiones divinas inmanentes, una por vía intelectual (generación del Hijo) y otra por vía de amor (procesión del Espíritu Santo).

Cada una de esas dos procesiones da origen a dos relaciones reales mutuas.

Por consiguiente, son cuatro las relaciones reales formalmente existentes en Dios, a saber:

1ª): La relación del Padre al Hijo: generación activa o paternidad.

2ª) La relación del Hijo al Padre: generación pasiva o filiación.

3ª) La relación del Padre y del Hijo al Espíritu Santo: espiración activa.

4ª) La relación del Espíritu Santo al Padre y al Hijo: espiración pasiva, o procesión.

En Dios solamente existen tres relaciones reales opuestas entre sí; y, por lo mismo, sólo hay en Él tres Personas divinas realmente distintas entre sí.

La razón es porque la espiración activa, de la que procede el Espíritu Santo, es común al Padre y al Hijo, y, por lo mismo, no establece una relación opuesta entre el Padre y el Hijo, sino únicamente entre ambos y el Espíritu Santo. De ahí que aunque las relaciones reales en Dios sean cuatro, sólo tres son opuestas entre sí.

Ahora bien: lo que constituye las personas en Dios son precisamente las relaciones opuestas, no las comunes.

Luego es manifiesto que las divinas personas son tres, aunque las relaciones reales en Dios sean cuatro.

Santo Tomás enseña:

Si bien en Dios hay cuatro relaciones, sin embargo, una de ellas, o sea la espiración activa, no se separa de la persona del Padre ni de la del Hijo, sino que conviene a los dos. Por eso, aunque sea relación, no se llama propiedad, porque no conviene a una sola persona; ni tampoco es relación personal, o sea, constitutiva de persona. En cambio, estas tres relaciones: paternidad, filiación y procesión, se llaman propiedades personales o constitutivas de personas; pues la paternidad es la persona del Padre; la filiación, la persona del Hijo, y la procesión, la persona del Espíritu Santo que procede.

CONCEPTO DE PERSONA EN DIOS

La persona, en general, puede definirse con Boecio: «substancia individual de naturaleza racional».

Substancia, o sea, un ser subsistente por sí mismo, a diferencia de los accidentes (color, tamaño, figura, etc.) que necesitan apoyarse en una substancia, a la que modifican accidentalmente (dándole tal color, tamaño, figura, etc.).

Individual, o sea, completa en sí misma e incomunicable a los demás. Todos los individuos de una misma especie comunican en una misma naturaleza común (v.gr., todos los hombres del mundo son hombres, tienen la naturaleza humana); pero una persona individual (v.gr., Napoleón) es única en el mundo, no puede multiplicarse la propia personalidad (o sea, no puede haber dos personas que tengan el mismo yo, que sean la misma persona). La persona es siempre única e incomunicable a cualquier otra.

De naturaleza racional. La persona no puede darse más que en una naturaleza racional, intelectual. Sólo Dios, los Ángeles y los hombres son personas; no los seres irracionales o inanimados (animales o cosas).

Los teólogos suelen usar indistintamente las palabras persona, supuesto o hipóstasis. Por eso, en el lenguaje teológico, para designar la unión realizada entre las dos naturalezas de Cristo con la persona del Verbo, se usan indistintamente las expresiones unión personal, o en un solo supuesto, o unión hipostática.

No debe confundirse el concepto de persona con el de naturaleza o esencia, que son completamente distintos.

La fe católica nos enseña que en Dios hay tres Personas completamente distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; pero no hay más que una sola esencia o naturaleza divina.

Por naturaleza se entiende en filosofía la esencia de una cosa en cuanto sujeto de las operaciones que le son propias.

Responde a la pregunta ¿qué cosa es esto? La respuesta indica la naturaleza o esencia de la cosa en cuestión, que la constituye en una determinada especie distinta de todas las demás.

La persona, en cambio, responde a la pregunta ¿quién es éste?, y señala el sujeto que realiza operaciones mediante su naturaleza racional.

La persona se refiere siempre a una naturaleza intelectual o racional (Dios, el Ángel o el hombre), de la que señala el sujeto concreto (Dios Padre, Gabriel o Rafael, Juan o Pedro).

La simple naturaleza, en cambio, puede referirse a seres intelectuales o racionales, o irracionales, o incluso inanimados.

En Dios, el nombre de persona no designa a la esencia divina, sino a las relaciones subsistentes.

Si la expresión persona, aplicada a Dios, designara directamente la esencia divina, habría que concluir que en Dios hay tres esencias divinas, o sea, tres dioses, porque es de fe que las personas divinas son tres. Luego con la palabra persona no se designa en Dios la esencia divina, sino las relaciones reales intratrinitarias, en cuanto subsistentes y opuestas entre sí, que son la paternidad, filiación y espiración pasiva, identificadas, cabalmente, con la persona del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Santo Tomás realizó el siguiente razonamiento:

Conforme a lo que llevamos dicho, es necesario poner en Dios solamente tres personas.

Hemos visto —en efecto— que la pluralidad de personas es equivalente a la pluralidad de relaciones subsistentes, realmente distintas entre sí.

Ahora bien, la distinción real entre las relaciones divinas no proviene más que de su oposición relativa.

Luego dos relaciones opuestas han de pertenecer por necesidad a dos personas distintas; y si hay relaciones que no sean opuestas, es necesario que pertenezcan a una misma persona.

Por consiguiente, como la paternidad y la filiación son relaciones opuestas, es forzoso que pertenezcan a dos personas, y, por tanto, la paternidad subsistente es la persona del Padre, y la filiación subsistente es la persona del Hijo.

Las otras dos relaciones (espiración activa y pasiva) no se oponen a ninguna de las dos anteriores, pero, en cambio, se oponen una a la otra.

Luego es imposible que las dos pertenezcan a una misma persona.

Es, pues, necesario, o bien que una de ellas pertenezca a una y otra de las antedichas personas, o una pertenezca a una de las personas y otra a la otra.

Ahora bien, no es posible que la procesión (o espiración pasiva) convenga al Padre y al Hijo, ni a uno de los dos. Porque, si la persona que engendra y la engendrada procediesen de la que espira, se seguiría que la procesión del entendimiento —que en Dios es generación y según ella se toman la paternidad y la filiación— provendría de la procesión del amor, que origina la espiración (activa) y la procesión (o espiración pasiva), en contra de lo que hemos establecido más arriba.

Luego es preciso que la espiración (activa) convenga a la persona del Padre y a la del Hijo, ya que no se opone relativamente ni a la paternidad ni a la filiación; y, por tanto, la procesión (o espiración pasiva) forzosamente ha de convenir a otra persona, llamada Espíritu Santo, que, según hemos dicho, procede por modo de amor.

Hay que concluir, por tanto, que no hay más que tres personas en Dios, a saber: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Si bien en Dios hay cuatro relaciones, sin embargo, una de ellas, o sea, la espiración (activa), no se separa de la persona del Padre ni de la del Hijo, sino que conviene a los dos. Por eso, aunque sea relación, no se llama propiedad, porque no conviene a una sola persona; ni tampoco es relación personal, o sea, constitutiva de persona. En cambio, estas tres relaciones: paternidad, filiación y procesión (o espiración pasiva), se llaman propiedades personales o constitutivas de personas; pues la paternidad es la persona del Padre; la filiación, la del Hijo, y la procesión (o espiración pasiva) la persona del Espíritu Santo que procede.

LA PERSONA DEL HIJO

Dios Padre, contemplándose a sí mismo con los ojos de su entendimiento, y conociéndose perfectamente, engendra o produce una imagen absolutamente igual a sí mismo. Ahora bien: esta imagen es la figura substancial del Padre, su perfecto resplandor, expresión total de la inteligencia del Padre, palabra subsistente y única comprensiva, término adecuado de la contemplación de la soberana esencia, esplendor de su gloria e imagen de su substancia Es, sencillamente, su Hijo, su Verbo, su Palabra eterna, la segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Esta generación es tan perfecta, que agota en absoluto la infinita fecundidad del Padre:

«Dios—dice Bossuet—no tendrá jamás otro Hijo que éste, porque es infinitamente perfecto y no puede haber dos como Él. Una sola y única generación de esta naturaleza perfecta agota toda su fecundidad y atrae todo su amor. He aquí por qué el Hijo de Dios se llama a sí mismo el único: Unigenitus, con lo cual muestra al mismo tiempo que es Hijo no por gracia o adopción, sino por naturaleza. Y el Padre, confirmando desde lo alto esta palabra del Hijo, hace bajar del cielo esta voz: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias. Este es mi Hijo, no tengo sino a él, y desde toda la eternidad le he dado y le doy sin cesar todo mi amor».

«La Teología católica—añade Mons. Gay—enseña que Dios se enuncia a sí mismo eternamente en una palabra única, que es la imagen misma de su ser, el carácter de su substancia, la medida de su inmensidad, el rostro de su belleza, el esplendor de su gloria. La vida de Dios es infinita: millones de palabras pronunciadas por millones de criaturas que disertaran acerca de él sabiamente durante millones de siglos no serían bastantes para contarla. Mas esta Palabra única lo dice todo absolutamente. El que oyera perfectamente este Verbo, haría más que comprender todas las cosas; pues comprendería al Autor de las cosas y no quedarían para él secretos en la naturaleza divina. Pero sólo Dios oye enteramente la Palabra que él pronuncia. Dios la dice; ella dice a Dios; ella es Dios».

Nombres propios de la segunda Persona divina:

HIJO: es el nombre propio de la segunda Persona divina, porque procede del Padre por verdadera generación intelectual.

VERBO: porque procede del Padre a manera de Idea o Verbo mental. Este nombre, según Santo Tomás, designa a la segunda Persona de manera más perfecta todavía que el de Hijo, porque significa la Persona divina que procede según la acción de entender, lo que no manifiesta directamente el nombre de Hijo.

Con la palabra Verbo se significa no sólo la relación al Padre, sino también a todo lo que fue hecho por el Verbo con su poder operativo, o sea la creación universal entera. El Verbo expresa no solamente al Padre, sino también a todas las criaturas.

IMAGEN: porque, en fuerza de la misma generación, es perfectamente semejante al Padre, es imagen esplendorosa y substancial del Padre.

Nombres apropiados al Hijo:

SABIDURÍA: en cuanto que la sabiduría —común a las tres divinas Personas— pertenece a la parte intelectiva, y el Hijo procede del Padre como Verbo mental, o sea como idea expresa del entendimiento divino. Por eso se apropian al Hijo las expresiones bíblicas en torno a la Sabiduría eterna.

DIOS DE DIOS: El primer concilio de Nicea llamó al Verbo Deum de Deo, y así lo decimos en el Símbolo de la fe contenido en el Misal. Quiere decir que toda la divinidad del Padre se le comunica al Hijo por la divina generación y es tan Dios como el Padre: Dios verdadero de Dios verdadero, añade el mismo Símbolo.

LUZ DE LUZ: Es otra expresión del Símbolo de Nicea: Lumen de lumine. Toda la divinidad es un foco infinito de luz: Dios es luz —dice San Juan— y en Él no hay tiniebla alguna. Y en este foco de luz —dice San Atanasio—, el Padre es la lumbrera o fuente de la luz; el Verbo, el resplandor, y el Espíritu Santo, la iluminación. El Verbo es, pues, la primera efusión de la Luz infinita, es el Hijo eterno de la luz, es la Luz engendrada.

VERDAD ETERNA: La verdad —dice Santo Tomás— es la adecuación entre el juicio de la mente y su objeto. Ahora bien, entre el Verbo y su Padre, junto con la más real distinción de Personas, hay tina adecuación completa y perfecta: es el Verbo el Pensamiento hablado que lo expresa enteramente; es la Imagen viva y substancial que reproduce todas sus perfecciones; es la Palabra que, con infinita exactitud, expresa todo lo que Él es y todo lo que son las criaturas. El Verbo es la primera y eterna Verdad, la Verdad absoluta y total, de la cual todas las demás verdades no son sino débiles ecos y lejanas resonancias.

BELLEZA, ESPLENDOR, HERMOSURA INFINITA: La Sagrada Escritura y la Tradición cristiana designan al Verbo con estos nombres. Es porque la belleza es el resplandor de la verdad, de la bondad, del orden; y el Verbo es el resplandor infinito de la verdad, bondad y vida del Padre. Es la armonía viviente y substancial de todas sus perfecciones.

LA ENCARNACIÓN EN SÍ MISMA

Nociones previas

La expresión encarnación corresponde a la utilizada por San Juan: El Verbo se hizo carne (lo 1,14).

El misterio de la Encarnación consiste realmente en la unión de la naturaleza humana con la divina en la Persona del Verbo.

El concilio ecuménico de Calcedonia (año 451) definió solemnemente:

«Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre con alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros menos en el pecado (Hebr 4,15); engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo y mismo Cristo, Hijo, Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación; en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis; no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y mismo Hijo unigénito, Dios Verbo, Señor Jesucristo, como de antiguo acerca de Él nos enseñaron los profetas, y el mismo Jesucristo, y nos lo ha transmitido el Símbolo de los Padres» (D 148).

Este gran misterio puede considerarse desde dos puntos de vista: activa y pasivamente:

En sentido activo, la Encarnación es la acción por la cual Dios formó una naturaleza humana, determinada y concreta, en el seno de la Santísima Virgen María y la elevó y la hizo subsistir, al mismo tiempo, en la Persona divina del Verbo.

En sentido pasivo, la Encarnación consiste en aquella admirable unión de la Persona divina del Verbo con la naturaleza humana, por la cual el mismo Cristo, que es verdaderamente Dios, es también verdadero hombre.

Posibilidad de la Encarnación

No hay inconveniente ni dificultad alguna para que pueda realizarse el misterio, ya que no repugna por parte de la naturaleza misma de las cosas, ni por parte del Verbo, ni por parte de las circunstancias.

a) No repugna por parte del misterio mismo, o sea, por la naturaleza misma de las cosas:

Porque la esencia de la Encarnación consiste en que las dos naturalezas, íntegras e inconfusas, sean terminadas por el Verbo y subsistan en una Persona divina.

Porque la subsistencia o el término por el cual una cosa se constituye en ser subsistente e incomunicable a otro, no pertenece a la esencia de la cosa.

Por lo mismo, no hay inconveniente en que una subsistencia termine una doble naturaleza, como ocurre en Cristo, o en que varias subsistencias terminen una sola naturaleza, como ocurre en la Trinidad.

Dos naturalezas no pueden ser informadas por una sola forma substancial, porque la forma substancial es la misma esencia o parte de la esencia, y no puede multiplicarse la naturaleza si no se multiplican las formas; pero la subsistencia es realmente distinta de la esencia.

b) No repugna por parte del Verbo divino. Al asumir la naturaleza humana y hacerla subsistir en sí mismo e incomunicable a los demás, no experimenta el Verbo el menor cambio ni mutación.

El cambio o mutación afecta únicamente a la naturaleza humana, que queda privada de la personalidad humana que hubiera tenido sin la unión hipostática, siendo substituida por la personalidad divina del Verbo.

c) No repugna tampoco por parte de las circunstancias. Ninguna de las circunstancias de la Encarnación relativas al tiempo, lugar, Virgen María, etc., contiene nada que repugne a la naturaleza humana o al poder de Dios.

CONVENIENCIA, NECESIDAD Y MOTIVO DE LA ENCARNACIÓN

La primera cuestión del tratado del Verbo Encarnado en la Suma Teológica la consagra Santo Tomás a estudiar la conveniencia, la necesidad y el motivo de la Encarnación.

CONVENIENCIA DE LA ENCARNACIÓN

Santo Tomás estudia la conveniencia de la Encarnación, sea considerada en sí misma (independientemente de las circunstancias que pudieran acompañarla), sea en relación a la circunstancia del tiempo en que se realizó de hecho.

A) Fue convenientísima la Encarnación del Verbo considerada en sí misma.

Dios puede comunicarse y se ha comunicado de hecho a las criaturas de tres maneras:

a)
Naturalmente. En este sentido se comunica absolutamente a todos los seres creados. Dios está en todos ellos por esencia, presencia y potencia en virtud de su inmensidad.

b)
Sobrenaturalmente. En este sentido se comunica a todos los que poseen la gracia santificante, en este mundo o en el otro.

c)
Hipostáticamente Elevando a una criatura racional a la unión personal con la divinidad. Es el modo de comunicación más alto que puede darse, y en este sentido se comunicó únicamente a la humanidad de Cristo.

La Encarnación del Verbo, en sí misma considerada, fue convenientísima por dos razones principales:

1ª) Por la naturaleza misma de Dios. A cada cosa le conviene aquello que le pertenece según su propia naturaleza. Ahora bien, Dios es el Sumo Bien. Luego, le conviene todo aquello que pertenece a la naturaleza del bien.

Pero al bien le conviene, por su misma naturaleza, difundirse o comunicarse a los demás. Y como Dios es el Sumo Bien, le conviene comunicarse en grado sumo, o sea, asumiendo una naturaleza creada y elevándola a la unión personal con Él, que es la suprema y máxima comunicación posible.

Luego, la Encarnación es convenientísima.

2ª) Para la manifestación de los divinos atributos. Como dice San Pablo, las cosas invisibles de Dios se manifiestan a través de las cosas creadas. Ahora bien, la Encarnación del Verbo nos da a conocer de modo admirable:

La infinita bondad de Dios, que no despreció la debilidad de nuestra pobre naturaleza humana.

Su infinita misericordia, ya que pudo remediar nuestra miseria sin necesidad de tomarla sobre sí.

Su infinita justicia, que exigió hasta la última gota de la Sangre de Cristo para el rescate de la humanidad pecadora.

Su infinita sabiduría, que supo encontrar una solución admirable al difícil problema de concordar la misericordia con la justicia.

Su infinito poder, ya que es imposible realizar una obra mayor que la Encarnación del Verbo, que juntó en una sola persona lo finito con lo infinito.

B) Fue convenientísima la Encarnación del Verbo en el tiempo en que de hecho se realizó.

La Encarnación del Verbo pudo haberse realizado:

1° Al principio del mundo, antes del pecado del hombre,

2° En seguida después del pecado de Adán,

3° Al fin de los tiempos,

4° Cuando y como se realizó.

No hubiera sido conveniente realizarla en cualquiera de los tres primeros momentos y sí muy conveniente en la época en que se realizó.

No hubiera sido conveniente al principio del mundo, porque no se da la medicina sino a los enfermos.

Tampoco en seguida después del pecado de Adán, para que el hombre —que pecó por soberbia— se humillara, reconociendo, por sus debilidades y flaquezas, la necesidad de un Redentor. También para ir pasando de lo imperfecto a lo perfecto (de la ley natural a la ley mosaica y de ésta a la evangélica), así como por la dignidad del Verbo Encarnado, cuyo advenimiento fue conveniente que lo anunciaran una larga serie de profetas.

Tampoco al fin de los tiempos, para que no se enfriara el fervor de la fe por la larga espera y para que el hombre no fuera tentado de desesperación pensando que Dios le había abandonado definitivamente.

Fue muy conveniente cuándo y cómo se realizó:

a) Por los inconvenientes de los otros tiempos.

b) Porque Dios todo lo dispone con su infinita sabiduría del modo más conveniente. Por eso dice San Pablo que Dios envió a su Hijo unigénito «al llegar la plenitud de los tiempos».

NECESIDAD DE LA ENCARNACIÓN

Una cosa puede ser necesaria de dos modos:

a) En absoluto, o sea, imprescindiblemente (v.gr., el aire para respirar).

b) Relativamente, o sea, para mayor facilidad (v.gr., el automóvil para viajar).

La reparación del pecado del género humano puede concebirse de varias maneras:

a) Del todo gratuita y libre, o sea, condonando el pecado, sin exigir ninguna reparación.

b) Con alguna congrua reparación, fuera de las exigencias de la justicia, v.gr., pidiéndole al hombre ciertas obras de penitencia, mortificación, etc., realizadas con sus fuerzas naturales.

c) Con una reparación de justicia imperfecta, dándole primero Dios al hombre lo que le exige en retorno. De este género son nuestros méritos y satisfacciones realizadas en estado de gracia, que es un don sobrenatural recibido gratuitamente de Dios, con el cual podemos realmente merecer ante Él. Este mérito establece una igualdad proporcional (no absoluta o estricta) entre lo debido y lo que se paga, pero no entre el ofensor y el ofendido.

d) Con una reparación de justicia estricta y perfecta que establezca la igualdad absoluta entre el ofensor y el ofendido y entre lo debido y lo que se paga.

Teniendo en cuenta estas nociones:

1°) La Encarnación del Verbo no fue absolutamente necesaria para la reparación del género humano.

Hablando en absoluto, Dios hubiera podido perdonar el pecado del hombre por simple condonación gratuita, o exigiéndole tan sólo una pequeña satisfacción congrua, o una reparación de justicia imperfecta. Porque Dios es, a la vez, el ofendido y el Juez supremo, que no tiene sobre sí ningún superior a quien deba dar cuenta de sus actos.

Enseña Santo Tomás que la misericordia de Dios no contradice a su justicia, sino que es, por el contrario, su complemento y plenitud:

«Si Dios hubiera querido liberar al hombre del pecado sin exigirle satisfacción alguna, no hubiera obrado contra la justicia. No puede perdonar la culpa o la pena, sin cometer una injusticia, aquel juez que debe castigar la culpa cometida contra otro hombre, o contra el Estado, o contra un superior.

Pero Dios no tiene superior, y Él es el bien común y supremo de todo el universo. Por eso, si perdona el pecado, que tiene razón de ofensa únicamente para Él, a nadie hace injuria; así como el hombre que perdona una ofensa a él inferida sin exigir satisfacción al ofensor, no comete injusticia alguna, sino que obra misericordiosamente».

«Cuando Dios usa de misericordia, no obra contra su justicia, sino que hace algo que está por encima de la justicia; como el que diese de su peculio doscientos denarios a un acreedor a quien no debe más que ciento, tampoco obraría contra la justicia, sino que se portaría con liberalidad y misericordia.

Otro tanto hace el que perdona las ofensas recibidas, y por esto el apóstol San Pablo llama «donación» al perdón. Por donde se ve que la misericordia no destruye la justicia, sino que, al contrario, es su plenitud. Por eso dice el apóstol Santiago: «La misericordia aventaja al juicio»».

2°) Para la reparación del género humano, en plan de justicia estricta y perfecta, fue absolutamente necesaria la encarnación del Verbo o de otra cualquiera de las divinas personas.

Para una satisfacción condigna, según todo el rigor de la justicia estricta y perfecta, se requiere, no sólo la igualdad entre lo debido y lo pagado, sino también la igualdad entre el acreedor y el que satisface la deuda.

Pero sólo una de las Personas divinas puede reunir estas condiciones tomando carne humana.

Luego, en este supuesto, la Encarnación era absolutamente necesaria para la redención del género humano.

El pecado, en efecto, abrió entre Dios y los hombres un abismo infinito, imposible de rellenar por parte del hombre si Dios le exigía una reparación en justicia estricta. A lo sumo podría el hombre ofrecerle a Dios una reparación de justicia imperfecta, recibiendo antes del mismo Dios lo que el hombre debería ofrecerle en reparación. Sólo un Hombre-Dios podía salvar la distancia infinita entre Dios y nosotros y pagar la deuda totalmente y con bienes propios.

3°) La Encarnación del Verbo fue el modo más conveniente de redimir al hombre entre todos los modos posibles.

Para demostrarlo, establece Santo Tomás una doble serie de razones: en orden a promovernos al bien y en orden a apartarnos del mal.

a) En orden a promovernos al bien, la Encarnación fue el modo más conveniente de redimir al hombre, porque:

Excita y corrobora nuestra fe, porque es el mismo Dios quien nos habla y revela sus misterios.

Aumenta nuestra esperanza, al ver morir en la Cruz al mismo Hijo de Dios con el fin de salvarnos a nosotros.

Aviva la caridad, porque «amor con amor se paga», y el amor de Dios a nosotros llega a su colmo al entregarnos a su Hijo Unigénito.

Nos impulsa a obrar con rectitud al darnos en Cristo el ejemplar y modelo perfectísimo de todas las virtudes.

Nos hace plenamente partícipes de la divinidad por la gracia santificante, que nos mereció Cristo, y nos hace verdaderos hijos de Dios.

b) En orden a apartarnos del mal, la Encarnación del Verbo:

Nos libera de la esclavitud de Satanás, porque Cristo venció al demonio y al pecado y nosotros podemos vencerles también en virtud de los méritos de Cristo. Además, la naturaleza humana es, por la Encarnación del Verbo, más digna de veneración que la misma naturaleza angélica; con lo cual se nos quita la ocasión de la idolatría y veneración de los demonios, que son ángeles, aunque malos.

Nos da una idea elevadísima de la verdadera dignidad de la naturaleza humana, santificada por la Encarnación del Verbo, y con ello nos mueve eficazmente a no profanarla por el pecado.

Nos quita la presunción, fuente de muchos pecados. Porque la Encarnación del Verbo se verificó sin ningún mérito nuestro; es pura gracia y misericordia de Dios.

Nos quita la soberbia, raíz de todos los pecados, al ver al Verbo de Dios dándonos el más grande y sublime ejemplo de humildad.

Nos libera del pecado al aplicamos la satisfacción que Cristo ofreció por nosotros.

El hombre no podía satisfacer por sí mismo ni, mucho menos, por todo el género humano.

Dios no debía ofrecer satisfacción alguna.

La solución maravillosa fue juntar en Cristo las dos naturalezas, divina y humana, bajo una sola Persona: la divina del Verbo.

Dice hermosamente San León Magno: «La debilidad es recibida por la fortaleza; la humildad, por la majestad. Para que, como convenía a nuestro remedio, el mismo y único mediador entre Dios y los hombres pudiese morir como hombre y resucitar como Dios. Si no fuese verdadero Dios, no nos traería el remedio; y si no fuera verdadero hombre, no nos hubiera dado ejemplo.

MOTIVO DE LA ENCARNACIÓN

Los Santos Padres dan todos por supuesto que el motivo de la Encarnación fue la redención del género humano. Pero en el siglo XII el abad Ruperto planteó por primera vez «si el Verbo se hubiera encarnado aunque Adán no hubiera pecado».

A partir de entonces se incorporó esta cuestión a la teología y fue resuelta de diversos modos.

Dos son las respuestas principales que han dado los teólogos a esta cuestión:

a) Algunos afirman que, aunque el hombre no hubiera pecado, el Verbo se hubiera encarnado por la excelencia misma de la Encarnación, que vendría a coronar todas las obras exteriores de Dios.

Así piensan —con algunos matices distintos— el abad Ruperto, San Alberto Magno, Escoto, San Francisco de Sales.

b) Otros muchos sostienen que, en virtud del presente orden de cosas, la Encarnación del Verbo se ordena de tal modo a la Redención del hombre, que, si Adán no hubiera pecado, el Verbo no se hubiera encarnado.

Así piensan Santo Tomás, San Buenaventura, Capreolo, el Ferrariense (Francisco Silvestre), Cayetano, Lesio, Vázquez, Valencia, Lugo, Salmanticenses, Billot y la mayor parte de los teólogos de todas las escuelas.

Esta opinión es mucho más probable que la anterior.

1°)
En virtud del decreto de Dios, la Encarnación del Verbo se ordenó de tal modo a la Redención del género humano que, si el hombre no hubiera pecado, el Verbo no se hubiera encarnado.

Esta conclusión es más conforme a la Sagrada Escritura, a la Tradición patrística, al Magisterio de la Iglesia y a la razón teológica.

La Sagrada Escritura ni una sola vez se nos dice que el Verbo se habría encarnado aunque el hombre no hubiera pecado; y, en cambio nos dice muchas veces que el Verbo se encarnó para salvarnos del pecado:

El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos (Mt 20, 28).

El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 10).

Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna (lo 3, 16).

Mas, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción (Gal 4, 4-5).

Cierto es, y digno de ser por todos recibido, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores (I Tim 1, 15).

En eso está la caridad, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo, víctima expiatoria de nuestros pecados (I lo 4, 10).

En la época patrística era unánime la opinión de que la finalidad redentora era el motivo primario de la Encarnación.

San Ireneo: «Si no hubiera hombres que salvar, nunca el Verbo se hubiera hecho carne. Y si no hubiera buscado la sangre de los justos, nunca el Señor hubiera tenido sangre».

San Atanasio: «Aunque no se hubiera creado ninguna obra, el Verbo de Dios existía y el Verbo era Dios. Pero este mismo Verbo nunca se hubiera hecho hombre si la necesidad del hombre no lo hubiera reclamado».

San Juan Crisóstomo: «No hay otra causa de la encarnación sino ésta sola: nos vio derribados en tierra y que íbamos a perecer, oprimidos por la tiranía de la muerte, y se compadeció de nosotros».

San Agustín: «Si el hombre no hubiera perecido, el Hijo del hombre no hubiera venido. Y porque el hombre pereció, vino Dios hombre y se le halló hombre. Había perecido el hombre por su libre voluntad; vino Dios hombre por la gracia libertadora».

San León Magno: «Si el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, hubiera permanecido en el honor de su naturaleza y, engañado por la diabólica perfidia, no se hubiese desviado por la concupiscencia de la ley que se le impuso, el Creador del mundo no se hubiera hecho criatura, ni el sempiterno se hubiera hecho temporal, ni el Hijo de Dios, igual al Padre, hubiera asumido la forma de siervo y la semejanza de la carne de pecado».

Los textos de los Santos Padres son, pues, del todo claros y explícitos; podríamos multiplicarlos en abundancia.

El Magisterio de la Iglesia no ha definido expresamente esta cuestión. Pero, de hecho, en los Símbolos de la fe se nos dice que el Hijo de Dios descendió del cielo por nosotros y por nuestra salvación (Credo de la misa).

Esto no excluye la posibilidad de que el Verbo se hubiera podido encarnar aunque el hombre no hubiera pecado; pero se nos dice que, de hecho, en la presente economía de la gracia, se encarnó para redimirnos del pecado.

Pío XII, en su Encíclica Haurietis aquas, dice: «Los documentos legítimos de la fe católica, totalmente de acuerdo con las Sagradas Escrituras, nos aseguran que el Hijo de Dios tomó una naturaleza humana pasible y mortal principalísimamente porque anhelaba ofrecer, pendiente de la cruz, un sacrificio cruento para consumar la obra de la salvación de los hombres».

Este es el razonamiento de Santo Tomás:

«Sobre esta cuestión han opinado algunos de diverso modo. Unos dicen que, aunque el hombre no hubiese pecado, se habría encarnado el Hijo de Dios. Otros opinan lo contrario, y parece que debe preferirse esta segunda sentencia.

La razón es porque aquellas cosas que dependen únicamente de la voluntad de Dios y que están por encima de todo cuanto se debe a las criaturas, no podemos conocerlas sino por la Sagrada Escritura, donde se nos revelan. Pero, como en todos los lugares de la Sagrada Escritura se nos dice que la razón de la encarnación es el pecado del primer hombre, es más conveniente decir que la obra de la encarnación fue ordenada por Dios para remedio del pecado, de suerte que, si el pecado no se hubiera producido, tampoco se hubiera encarnado el Verbo. Sin embargo, el poder de Dios no queda limitado por esto, ya que Dios hubiera podido encarnarse aunque el pecado no hubiera existido».

Consideremos las objeciones planteadas y sus soluciones

El efecto permanece mientras subsiste la causa. Pero según Agustín en el libro XIII De Trin.: En la encarnación del Verbo hay que tener en cuenta otras muchas cosas, además de la remisión del pecado, de las que ya hemos hablado (razones que hemos visto en orden a promovernos al bien y en orden a apartarnos del mal). Luego Dios se hubiera encarnado aunque el hombre no hubiese pecado.

R.: Todas las otras causas de la encarnación, ya señaladas, se reducen al motivo de remediar el pecado. Pues si el hombre no hubiese pecado, hubiera sido iluminado por la luz de la divina sabiduría y perfeccionado con la rectitud moral, en orden a conocer todo lo que le era necesario. Pero como el hombre, apartándose de Dios, cayó extraviado en las cosas materiales, fue conveniente que Dios, encarnándose, le proporcionase la salvación también por medio de las cosas materiales. Por eso dice Agustín, comentando las palabras de Jn 1, 14 el Verbo se hizo carne: La carne fue la causa de tu ceguera y la carne será la que la haga desaparecer; porque Cristo vino de este modo para extinguir por su carne los vicios de la carne.

Es propio de la omnipotencia divina perfeccionar sus obras, y manifestarse por medio de algún efecto infinito. Pero ninguna criatura puede considerarse como efecto infinito, ya que es finita por su propia esencia. Sólo en la obra de la encarnación se manifiesta un efecto infinito del poder divino, porque en ella se unen dos seres infinitamente distantes, como sucede al hacerse Dios hombre. Con lo que parece que también el universo logra su máxima perfección, ya que la postrera de las criaturas, que fue el hombre, se une al primer principio, que es Dios. Luego, aunque el hombre no hubiera pecado, Dios se hubiera encarnado.

R.: La omnipotencia divina se manifiesta en el hecho de crear las cosas de la nada. Y para la perfección del universo basta que la criatura se ordene a Dios como a su fin de modo natural. Mas que la criatura se una personalmente a Dios excede los límites de su perfección natural.

La naturaleza humana no aumentó su capacidad de gracia a causa del pecado. Sin embargo, después del pecado es capaz de la unión hipostática, que es la mayor de las gracias. Luego la naturaleza humana hubiera sido capaz de esta gracia aunque el hombre no hubiese pecado. Y Dios no hubiera privado a la naturaleza humana de un bien del que era capaz. Luego Dios se hubiera encarnado aunque el hombre no hubiese pecado.

R.: En la naturaleza humana se da doble capacidad. Una, natural. A ésta siempre la satisface Dios al dar a cada cosa todo lo que corresponde a su capacidad natural. Otra de acuerdo con el poder divino, al que toda criatura está enteramente sometida. A esta capacidad se refiere la dificultad. Pero Dios no satisface toda esta capacidad de la naturaleza; de otro modo, habría que decir que Dios no puede hacer en las criaturas más de lo que efectivamente hace. Y esto es falso, como hemos probado antes (1 q.25 a.5; q.105 a.6).

Pero nada se opone a que la naturaleza humana haya sido elevada a un fin más alto después del pecado: pues Dios permite los males para sacar así un bien mayor. Por eso se dice en Rom 5, 20: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Y en la bendición del cirio pascual se proclama: ¡Oh feliz culpa, que mereció tener tan gran Redentor!

La predestinación de Dios es eterna. Pero, según Rom 1, 4, Cristo fue predestinado para ser Hijo de Dios en poder. Luego era necesario que el Hijo de Dios se encarnase, incluso antes del pecado, para que se cumpliese la predestinación divina.

R.: La predestinación presupone la presciencia de las cosas futuras. Por eso, así como Dios predestina realizar la salvación de un hombre determinado por medio de las oraciones de otras personas, así también predestinó que la encarnación tuviese lugar para remedio del pecado del hombre.

El misterio de la encarnación fue revelado al primer hombre, como consta por sus palabras en Gen 2, 23: Esto sí que es ya hueso de mis huesos, lo que califica San Pablo de gran misterio en Cristo y en la Iglesia, según Ef 5, 32. Pero el hombre no pudo conocer anticipadamente su caída, como tampoco pudo conocerla el ángel, como prueba Agustín en De Genesi ad Litt.. Luego, aunque el hombre no hubiese pecado, Dios se habría encarnado.

R.: Nada impide que a alguien se le revele un efecto determinado sin que se le revele la causa. Al primer hombre le pudo ser revelado el misterio de la encarnación sin que él conociese previamente su caída: pues no todo el que conoce un efecto conoce su causa.

2°)
Aunque la Encarnación del Verbo se ordenó de hecho a la redención del hombre, sin embargo, todas las cosas han sido ordenadas por Dios para gloria de Cristo como fin; principalmente el mismo hombre, mediante su redención del pecado.

Son muchas las razones que se pueden alegar:

El hombre es la parte principal del universo visible. Pero el Verbo, que en cuanto tal ya tenía la supremacía sobre todo lo creado, conquistó por su Encarnación y Redención un nuevo título para la supremacía sobre el hombre: el título de Salvador.

La Encarnación Redentora no disminuye la supremacía de Cristo, sino que la aumenta con un nuevo título: el de conquista. Sin la Encarnación Redentora, Cristo sería Rey del Universo por derecho natural, pero no por derecho de conquista.

Con la Encarnación Redentora, Cristo se constituyó vencedor glorioso de la muerte y del demonio, haciéndose Señor de la vida.

La predestinación de Cristo es causa de la nuestra; luego todos los hombres se ordenan a Cristo como fin, y esto se verifica con ocasión del pecado.

Toda la gracia que se confiere al hombre redimido es gracia de Cristo (gratia Christi) y no sólo gracia de Dios (gratia Dei), como la que tenía Adán antes del pecado. Luego es evidente que la obra de la redención se ordena a la gloria de Cristo además y por encima de la salvación del hombre.

En la obra de la Encarnación pueden distinguirse, pues, tres fines diferentes, perfectamente coordinados entre sí:

El fin inmediato es la redención del género humano.

El fin mediato es la exaltación y gloria de Cristo Redentor.

El fin último y absoluto es la gloria de Dios, como en todas las operaciones exteriores de Dios.

3º)
El Verbo se encarnó para redimir todos los pecados de los hombres, pero principalmente el pecado original.

a) Jesucristo murió en la Cruz no sólo para redimir a los predestinados, o a los fieles, o a los elegidos, sino para redimir a todos los hombres del mundo sin excepción.

Veamos algunos textos de la Sagrada Escritura:

«Al día siguiente vio venir a Jesús y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Io 1, 29).

«Como por la transgresión de uno solo llegó la condenación a todos, así también por la justicia de uno solo llega a todos la justificación de la vida» (Rom 5,18).

«Y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado» (I Io 1,7).

«Él es la propiciación por nuestros pecados. Y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo (I Io 2,2).

El Magisterio de la Iglesia condenó como herético el error jansenista de que Cristo murió tan sólo por los predestinados (D 1096) o únicamente «por todos y solos los fieles» (D 1294), o por «los elegidos», como afirmaba Quesnel (D 1382).

b) El Verbo se encarnó principalmente para borrar el pecado original. Enseña Santo Tomás:

Es cierto que Cristo vino al mundo no sólo para borrar el pecado original, que heredamos todos con la naturaleza humana, sino también para borrar todos los demás pecados que posteriormente cometemos. No queremos decir con esto que todos se borren de hecho, porque hay hombres que no quieren unirse a Cristo, según aquello de San Juan: «La luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (Io 3, 19), sino que Cristo ofreció al Padre todo cuanto era necesario y suficiente para borrar todos los pecados.

Sin embargo, Cristo vino principalmente para borrar el pecado mayor, o sea, el que afectaba al mayor número de hombres. Porque es de saber que una cosa puede ser mayor que otra de dos modos: intensiva o extensivamente.

El pecado es intensivamente tanto mayor cuanto más voluntario es; y en este sentido es mayor el pecado actual que el pecado original, ya que el actual tiene mucha mayor voluntariedad, puesto que lo cometemos nosotros, mientras que el original nos limitamos a heredarlo.

Extensivamente, en cambio, el pecado original es mayor que el actual, puesto que afecta a todo el género humano, mientras que el actual sólo afecta al que lo comete.

Y en este sentido hay que decir que Cristo vino principalmente a borrar el pecado original, ya que el bien de todo el mundo es mayor que el de un solo individuo.