MONS. FRANCISCO OLGIATI – EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO – Capítulo Quince – EL MÁS ALLÁ – Continuación… 3 – El Purgatorio

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO

Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.

Capítulo Quince

EL MÁS ALLÁ

Continuación…

3

El Purgatorio

Canta el Salmista:

«Como anhela el ciervo llegar a las fuentes de agua así mi alma suspira por Ti, Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente. ¿Cuándo iré y compareceré en la presencia de Dios? Las lágrimas son mi manjar de día y de noche, mientras cada día me dicen: — ¿Dónde está tu Dios? Recuerdo y lloro mi suerte, desde el tiempo en que marchaba hacia el tabernáculo de Dios, entre los cantos de júbilo y las acciones de gracias de una multitud en fiesta. ¿Por qué estás triste alma mía? ¿Por qué te conturbas? Espera en Dios, que aún me será dado alabarlo. Él es mi salud y mi Dios» (Salmo 41, 2-6).

¿No son éstas las voces que salen del Purgatorio? Difícilmente se podría expresar mejor los sentimientos de aquellas almas, las cuales, a pesar de estar en gracia, no se unirán a Dios en la visión beatífica, hasta que no se hayan purificado por completo.

Sin detenernos en la existencia del Purgatorio, en los sufragios por los muertos de Judas Macabeo, en la enseñanza de San Pablo en la carta a los Corintios, sin hacer hincapié en las invocaciones de las Catacumbas (Deus refrigeret spiritum tuum; Dios refrigere tu espíritu), en San Agustín que aplica el Santo Sacrificio por su madre difunta, en San Ambrosio que ora después de la muerte del emperador Teodosio y en toda la Tradición Eclesiástica, desde la noche en que el ermitaño de Cluny indujo a su Abad a una conmemoración anual de los difuntos, hasta el conocido decreto de Benedicto XV sobre las tres Misas en el día de los Difuntos, sin examinar todos estos aspectos de la cuestión, haremos algunas consideraciones acerca de las Almas del Purgatorio.

En primer lugar, es necesario distinguir en el pecado entre la culpa y la pena.

Aun en un tribunal humano, no hay que confundir esas dos cosas. Si mato a una persona, el acto constituye una culpa, la que luego es castigada con una pena, pongamos veinte años de presidio.

La CULPA, como lo hemos visto precedentemente, puede ser mortal o venial, según nos quite o no la gracia santificante, que es la vida del alma.

La PENA que nos da Dios por nuestras culpas, puede ser eterna (el Infierno) o bien temporal (como acontece cuando se comete un pecado leve).

Cuando nosotros nos confesamos, después de haber caído en una culpa grave, y lo hacemos con las debidas disposiciones del alma, obtenemos el perdón de la culpa y de la pena eterna; pero, casi siempre queda por satisfacer una pena temporal en reparación del mal hecho. Por esto el confesor nos impone la satisfacción o penitencia, al absolvernos; por esto también ofrecemos en expiación el bien que hacemos; por esto tratamos de ganar Indulgencias.

Las INDULGENCIAS no son, en realidad., sino la aplicación de los méritos de Jesucristo y de los tesoros espirituales de la Iglesia, concedidas al que pone determinadas condiciones y sirven para satisfacer la pena temporal que queda después de la remisión de la culpa y de la pena eterna.

Puestas estas premisas, resulta evidente que si uno muere en pecado mortal, tiene que cumplir una pena eterna y va al Infierno.

Si muere después de haber expiado sus culpas, mortales y veniales, y después de haber satisfecho todas las penas debidas por sus faltas, tiene el Paraíso.

Si, en cambio, muere teniendo sobre la conciencia solamente pecados veniales —los cuales no quitan la gracia— o debiendo todavía descontar una pena temporal por culpas graves perdonadas o por culpas leves, no puede ser condenado al Infierno, ni puede entrar en el Paraíso; tiene que pasar por el lugar de la purificación, que precisamente se llama Purgatorio.

Son dos los tormentos de las almas del Purgatorio. Sufren:

a) La PENA DE DAÑO, ya que permanecen separadas de Dios. Sin embargo, esta separación no debe ser confundida con la de los condenados, porque las almas del Purgatorio poseen la gracia, están unidas a Dios por el afecto y un vivísimo deseo, aunque estén afligidas por no poder lanzarse en brazos de su Señor, a quien no verán sino después de una completa expiación.

Por lo tanto, no están desesperadas; sino que sufren con resignación y esperanza.

b) La PENA DE SENTIDO, ya que es justo que, habiendo participado los sentidos en la culpa, el alma sea castigada también de esta manera.

Es sentencia respetable y la más común de la Iglesia, que también en el Purgatorio hay fuego; pero esta doctrina no es de fe.

Puesto que en la otra vida ya no se puede adquirir mérito alguno, las Benditas Almas del Purgatorio no pueden obtener la liberación con sus propios esfuerzos. Pero estando nosotros unidos a ellas mediante la gracia de Jesucristo, que nos une a todos en una familia y en un solo organismo, podemos sufragar por ellas, no aplicándoles nuestros méritos, que son siempre personales, sino las satisfacciones necesarias.

Como Pedro Claver y los otros espíritus generosos, que se dedicaron al rescate de los esclavos, pagaban el precio de la libertad, así nosotros, mediante las plegarias, las mortificaciones, las obras buenas, y la aplicación de las indulgencias y especialmente del Sacrificio de la Misa, rompemos las cadenas de estas Almas prisioneras y les damos alas para volar hacia el Dios suspirado.

Esta es la doctrina de la Iglesia, que, buena Madre como siempre, nos invita en la recitación del De Profundis, a pensar en el abismo, desde el cual las Almas, nuestras hermanas, suspiran por Dios, y con el Réquiem, nos hace orar así: «Concédeles, Señor, el descanso eterno; y la luz perpetua brille para ellas».

También en este caso, apresurando la unión bienaventurada de las almas del Purgatorio con Dios, cumplimos un acto de caridad que aumenta la gracia en nuestro corazón, o sea que nos une cada vez más al Señor. Unión con Dios y gracia; he aquí dos palabras que todo lo resumen y que, si fueran bien comprendidas, no se presenciaría el triste espectáculo, deplorado por el poeta francés, quien al pasear por entre las tumbas de un cementerio, murmuraba: «¡La verdadera tumba de los muertos es el corazón de los vivos!»

***

4

El Paraíso

En los dolorosos tiempos de la cautividad, como lo recuerda un salmo 136, el pueblo hebreo sentábase en las orillas de los ríos de Babilonia y lloraba suspirando y pensando en Sión. Había suspendido sus instrumentos musicales en los sauces que poblaban las riberas. Cuando los opresores que lo habían esclavizado le pedían que cantase algunos de los himnos de la patria lejana, respondía; «¿Cómo cantar los cantos de Dios en tierras extrañas?»

He ahí la respuesta que cabe dar a los que en esta situación de destierro quieren oír hablar del Paraíso. «No podemos imaginar, dice San Pablo, lo qué Dios tiene reservado para los que lo aman, porque ni ojo humano ha visto, ni oído ha escuchado, ni corazón alguno ha probado esas maravillas». El mismo Dante, invocaba auxilios especiales al principio de la tercera parte. Si al decir del Damasceno, «balbutiendo resonamus divina», con mayor razón al hablar del Paraíso nos vemos limitados a balbucear algún pensamiento y a comentar las dulces expresiones del Apóstol San Pablo, que escribía a los fieles de Éfeso:

«No ceso de acordarme de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, alumbre los ojos de vuestro corazón, a fin de que sepáis cuál es la esperanza a la que os ha llamado y cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia reservada a los santos».

¿Qué es el Paraíso? Es la unión perfecta de nuestra alma con Dios, en el orden sobrenatural.

Hemos dicho que la gracia es la simiente de la gloria.

Por medio de la gracia nos hacemos hijos de Dios, y por consiguiente, sus herederos. En este mundo, la Fe nos hace conocer a Dios mejor que la razón; la Esperanza nos infunde confianza de llegar al Cielo por la bondad de Dios; amamos a Dios con la Caridad sobrenatural, difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo y esta posesión de Dios, esta divinización inicial, nos ofrece la mayor felicidad que podemos gozar ahora.

Todo esto no es más que una preparación cuyo complemento ha de ser el Paraíso, cuando cesen la Fe y la Esperanza y sean substituidas por la visión de Dios, cuando la Caridad sea amor perfecto e inmutable, cuando la felicidad sea plena y completa, sin sombra de dolor, cuando, en una palabra, «veamos a Dios cara a cara, como Él es» y lo poseamos para siempre.

En la tierra nunca somos completamente felices.

Con frecuencia, como el perro de la fábula de La Fontaine, perseguimos las sombras y nos ahogamos.

Además, cuando hemos conseguido algo, sentimos su insuficiencia. Necesariamente debe suceder semejante cosa, porque siendo limitado y finito todo bien creado, no nos podemos satisfacer con él y aspiramos continuamente a algo superior.

Solamente cuando hayamos alcanzado a Dios, Ser infinito y perfecto, tendremos la verdadera felicidad. Fuera de Dios, ya no desearemos nada; teniendo a Dios, lo tendremos todo y jamás podremos agotar ese océano sin orillas y sin fondo, Elevados al orden sobrenatural, poseeremos a Dios como tienen derecho a poseerlo sus hijos; su conocimiento será nuestro conocimiento, su amor será nuestro amor, su gozo será nuestro gozo.

Así como el Hijo está unido a su Padre mediante el amor del Espíritu Santo, del mismo modo nosotros, incorporados a Cristo, estaremos unidos al Padre por la gracia del Paráclito.

Todo lo contemplaremos en Dios: sus perfecciones y su vida íntima, la humanidad del Verbo, los Ángeles, los Santos, la historia entera y la realidad completa; y como Dios disfruta de una Beatitud perfecta porque se conoce y se ama a sí mismo, así nosotros seremos eterna y totalmente felices, porque conoceremos y amaremos a Dios y estaremos siempre con Él.

Nuestra felicidad será completa, a pesar de que será diversa en cada individuo. El grado de visión, de amor y de gozo en los Cielos estará en proporción con el grado de gracia y de caridad en que muramos; y en razón de esto último precisamente nos será concedida aquella «luz de gloria» que hará posible a nuestras almas la contemplación de Dios.

Por poco que se reflexione, percíbese al instante la equidad y la belleza de esta doctrina.

Es cierto que hay un solo sol; pero es muy diversa la visión que de él tiene cada hombre. Así también hay un solo Dios, Sol divino; pero es evidente que las almas lo verán en forma diversa, en proporción a su capacidad individual, medida por la gracia y la caridad que cada una posea.

El que ha estado más unido a Dios durante la vida mortal, el que lo ha amado más, es evidente que entonces lo amará y gozará en grado mayor. No sería equitativo que San Vicente de Paul o San Juan de la Cruz fuesen en el Cielo igual al pecador que a duras penas se ha convertido en el lecho de muerte.

Esta diferencia no perjudica en el Paraíso, pues, como dice Santa Teresita del Niño Jesús todas las flores son hermosas y el esplendor de la rosa y el candor del lirio no quitan su perfume a la humilde violeta ni a la maravillosa sencillez de las florecillas del prado. El cielo es bello, no obstante la diversidad de las estrellas. Del mismo modo, en el eterno jardín del Señor, en el cielo de las almas vivientes, la variedad y la diferencia no disminuyen, sino que aumentan su belleza.

En cuanto a cada alma en particular, ninguna se sentirá disminuida en su felicidad, ni inferior a las otras, porque, en el Paraíso, nuestra voluntad será la voluntad de Dios y gozaremos haciendo su voluntad.

Si tuviéramos muchos vasos de distinta capacidad —prosigue Santa Teresita— y los llenáramos de agua, todos estarían perfectamente llenos y no desearían ni una gota más, pues todos tendrían agua en proporción a sus dimensiones; así los Bienaventurados son felices y no ambicionan mayor beatitud, porque cada uno de ellos está lleno de Dios, en proporción a la propia potencialidad, o sea a la gracia ganada en el tiempo.

Y podemos añadir que en vez de inútiles disquisiciones acerca del Paraíso, sería mejor que cada uno de nosotros se preparara, correspondiendo a la gracia divina, un Paraíso más hermoso. Si pensásemos, por ejemplo, que por cada Comunión más que hacemos dignamente obtenemos un aumento de gracia, y por lo mismo un día tendremos mayor felicidad en el Cielo, una visión más profunda de Dios y un himno de amor más tierno, una comunión más ardiente por toda la eternidad; si, repito, se reflexionara sobre este punto, ¿quién de nosotros dejaría por negligencia una sola Comunión?

Y dígase lo mismo de toda telefoneada al Señor, de todo dolor sufrido con resignación cristiana, de toda buena acción realizada y de todo Sacramento recibido con las debidas disposiciones.

Sólo así apreciaremos el tesoro de la gracia, el don de nuestra divinización que nos han merecido las penas de aquel «divino Encanto», de aquella «dulce atracción de nuestras almas» que es Jesús, como lo saluda Tertuliano.

Sólo entonces, en el esplendor de la gloria y en la intimidad del gozo, comprenderemos todo el significado de las palabras de Cristo salidas de su Corazón: «Permaneced, permaneced en mi amor».

Continuará…