A medida que van transcurriendo los días desde la, para nosotros, sorpresiva declaración de Benedicto XVI en la que manifestó su decisión de renunciar a continuar ocupando la Sede de Pedro, se van como asentando las distintas sensaciones que ese gesto generara.
Entre aquellos que nos consideramos parte de la resistencia católica, el estupor e incredulidad fue cediendo paso rápidamente, para permitir que todos comenzáramos a realizar una serie de análisis. Testigos de esto son las redes sociales. Los seguidores de Radio Cristiandad a través de su grupo en Facebook, dieron elocuente testimonio de esos primeros momentos.
SEGUNDAS IMPRESIONES
A cuatro días ya del 11 de febrero se puede decir que la asimilación de este acontecimiento es casi completa. Es decir que con pasmosa naturalidad se van aplacando tanto la excitación de los primeros momentos como la necesidad de muchos de expresar su parecer.
Han pasado delante de nuestros ojos y a través de nuestros oídos, comentarios provenientes de una incontable cantidad de medios de comunicación, casi todos ellos vertiendo acerca de la noticia aquello que fuera conforme a su propia orientación editorial, ideológica o religiosa.
Pero… ¿que nos ha quedado de todo eso?
Básicamente, muy poco.
No por que faltaran elementos de los que fueron dados a publicidad, sino tal vez por la escasa profundidad con la que nosotros mismos hemos tomado todo el asunto.
No tenemos la menor intención de hacer aquí otro análisis de «LA FUGA» de Benedicto, ni de las razones que pudiera haber tenido para fugarse.
Una breve mención acerca de las hipótesis que se han hecho por estos días: van desde tomar sus propias palabras como los verdaderos justificativos de su decisión, hasta las más estrambóticas; y, por supuesto, en el medio encontramos las más razonables.
Algunas conjeturas son realmente muy interesantes, por ejemplo la recientemente levantada por Radio Cristiandad aquí.
Por mi parte, sólo reiterar lo ya dicho en otra parte: Benedicto XVI es indiscutiblemente (o era) un hombre con un liderazgo nada desdeñable. El poder de influencia del Vaticano en el mundo entero no es posible negarlo. No importa si el mundo tiene poco o ningún aprecio o respeto a aquellas cuestiones de carácter moral o normativo que a contrapelo de la apostasía actual y omnipresente todavía brotan de esa fuente que es Roma… (a veces hasta muy a pesar de los jerarcas eclesiásticos que ostentan cargos en la curia vaticana y en las Conferencias Episcopales). La palabra del ocupante del Trono de San Pedro sigue siendo importante.
¿Tal vez debiéramos preguntarnos por que esto es así? En un mundo que se aleja vertiginosamente de Dios uno podría esperar que no se concediese más que unos breves instantes a todo aquello que proviene de una tan vetusta como despreciada institución como es la Iglesia, o lo que el 99 % de las personas que deambulan por este mundo creen o entienden que es la Iglesia Católica.
Y sin embargo…
Sin embargo es notable que los medios, las instituciones y los principales lideres mundiales se lo toman muy en serio; dedican mensajes, comentarios, dan entrevistas y expresan su opinión o sus elogios, todos muy correctos políticamente hablando. Después siguen con sus respectivos programas, impulsando campañas abiertamente contrarias a la moral cristiana, a la Doctrina Social de la Iglesia y a la Fe de la Iglesia.
Y en este punto… ya a nadie, a ninguno de esos lideres ni tampoco de esos jerarcas o curiales eclesiásticos parece importarles demasiado. Puede haber alguna que otra voz reclamando con alguna cierta firmeza (las más de las veces timoratas y débiles voces), pero en la mayoría de los casos, ninguna disonancia, ninguna condena, ningún llamado al arrepentimiento o a la conversión… nada de nada.
¿Entonces?
El único interés que puede percibirse en los dueños del Poder Mundial (que además manejan los «mass media») y en quienes administran las porciones de ese poder que detentan (todavía y sólo por ahora) los Estados Nacionales, pasa por ver en qué medida el Vaticano se va aggiornando, se va adaptando; como va asimilándose Roma a los planes de la élite mundial. Pero con un interés mayor están atentos para detectar en cuáles cuestiones Roma aún se presenta discurseando un mensaje pasado de moda, o directamente anacrónico o levemente contrario a esos intereses mundialistas.
LOS PAPAS CONCILIARES
Hace algunos años, los «católicos progre» se entusiasmaban cantando «Juan Pablo Segundo… TE QUIERE TODO EL MUNDO»… Dios ha querido librarnos de tener que escuchar algo de similares características respecto del renunciante actual; quizás porque era imposible realizar una rima fácil y pegadiza con el «décimo sexto» o con «Benedicto»… ni se me ocurre siquiera alguna estupidez medianamente parecida… lo cual sea tal vez muy bueno, al menos para mi.
Claro que si se me da por ponerme peyorativo y hasta insultante me sale rápido… a quien haya leído algún artículo anterior de quien escribe estas líneas no hace falta explicárselo.
Pero no era la idea. Al menos no era la idea para este artículo.
No obstante eso, hagamos una irrespetuosa pasada por los «PAPAS CONCILIARES»…
Juan Pablo II fue un «superstar», un carismático actor. Entusiasmaba multitudes.
Benedicto estuvo muy lejos de ser semejante cosa.
Recordar a Juan XXIII inmediatamente trae a la memoria aquello del «PAPA BUENO»… ¿acaso los anteriores habrían sido MALOS, o no TAN BUENOS como Roncalli?…
A Juan Pablo I se lo recuerda como «EL PAPA DE LA SONRISA»…
¡Claro!… sucedió a un muy «AMARGO» y atribulado Pablo VI, de quien a pesar de eso se rumorea bastante sobre su proclividad a ser muy «ALEGRE» en su época como Arzobispo de Milán…
¿Y Benedicto?… Benedicto, no se caracteriza por tener una mirada propia de un hombre bueno, o santo, (más bien da miedo), así que por ese lado, no. Su manera de sonreír hace juego perfectamente con «esa» mirada… No exterioriza una personalidad ALEGRE ni tampoco parece «ALEGRE» (menos mal, con uno sobraba ya…).
Quizás con el tiempo alguien logre encontrarle alguna faceta simpática destacable al autor de «LA FUGA BEATA»; yo no pude.
VISIÓN APOCALIPTICA
Nuestros sacerdotes, los Padres Grosso, Turco, Méramo y Ceriani suelen ser particularmente insistidores respecto de la necesidad de adquirir una adecuada visión apocalíptica. Si usted, lector, se ha tomado el trabajo de escuchar los Especiales de Radio Cristiandad sobre el Apocalipsis o bien sigue los Sermones que, semana a semana, nos llegan del Padre Méramo, me estará dando la razón en este momento.
Ahora bien, me permito preguntarle, paciente lector, ¿Que tan apocalíptica es nuestra mirada? Mejor dicho… ¿Qué tan PROFUNDAMENTE apocalíptica considera usted que es SU visión de los hechos de los últimos días?
No se trata aquí de poner en marcha una suerte de «medidor» para ver quién es más y quien menos apocalíptico y elaborar un ranking con esto, sin que más bien se trata de que cada cual se examine a sí mismo.
¿En qué medida, circunstancias tales como «LA FUGA BEATA» de Benedicto XVI, ha llevado al lector a una inmediata reflexión o una búsqueda de respuestas directamente del Libro de la Revelación escrito por San Juan en la Isla de Patmos?
¿En qué medida nos hemos encontrado a nosotros mismos sopesando la sorpresiva noticia en cuestión haciendo una lectura o relectura del texto REVELADO?
Más aun: ¿cuál es o cuál ha sido el grado de seguridad o convicción con que lo hemos hecho? Lo último se traduce también en la forma de una inmediata consulta y meditación de la Sagrada Escritura y puntualmente del último Libro de la Biblia.
Con esto no quiero decir que «LA FUGA BEATA» se encuentre descrita en el Apocalipsis o significada de algún modo, pero sí, el contexto en el cual ocurre y en el cual ocurren las distintas cosas que vemos, muchas de las cuales están mencionadas en este artículo.
FALTA SAGRADA ESCRITURA
Resulta ser constante en la prédica de los sacerdotes mencionados aquello de que es necesario recurrir mucho más a las Sagradas Escrituras. Es también permanente el llamado a profundizar, a estudiar, a no quedarse con una lectura superficial o con lo que nos predican esos mismos Padres, sino a que por nosotros mismos nos proporcionemos las herramientas que el Libro Sagrado nos puede dar, teniendo siempre en cuenta la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, cosa que queda garantizada si se tiene un ejemplar del Texto Sagrado en la traducción de Monseñor Straubinger, dada la riqueza inestimable de sus notas.
Cuando aun en las filas de los llamados tradicionalistas, incluso en sacerdotes y obispos (en particular me viene a la cabeza uno «valtortiano») se recurre a visionarios/as de dudosa doctrina y credibilidad, ignotos en algunos casos como la o el vidente de Monseñor Fellay, quien asombrosamente es tan poco afecto a las referencias apocalípticas, o cuando se recurre a profusas explicaciones respecto de la lista de San Malaquías o las mismísimas Profecías de Nostradamus… pensamos que algo no está funcionando del todo bien.
Si se nos permite vamos a aprovechar lo ocurrido para instar a todos a redoblar el esfuerzo, a leer, a estudiar y a escribir; para nosotros mismos y para los demás, porque «el bien tiende a expandirse» de manera que se torna obligación (siempre lo es) compartir aquello que nos vaya llevando «de iluminación en iluminación»… aquello que nos resulte esclarecedor; esa pequeña o grande luz que se hace en nuestro entendimiento y que sólo puede provenir del Espíritu Santo, dando por sentado que se haga con las disposiciones espirituales necesarias e indispensables para obtenerlo.
De ese modo, no será tan sorprendente lo que ocurre, y lo que ocurrirá en adelante.
Ya no nos parecerá tan poco importante que lo que se ha convertido en importante para el mundo, sea que a un Pontífice «lo quiera todo el mundo», o que la juegue de «bueno», o que tenga una sonrisa congelada.
Pero lo mejor de todo será que para nosotros habrán cobrado importancia las cosas que tienen importancia: ciertos gestos, miradas y sonrisas; apretones de manos masónicos; reiterados ósculos a la cruz truncados… mientras, por contrapartida, tan fácil parece que resulta ser besar el Corán; mitras plagadas de simbología esotérica; templos modernistas con diseños extraños, báculos deformes; cruces extrañamente invertidas; visitas a sinagogas y mezquitas; y todos esos encuentros de Asís que son unos muy concretos e inocultables actos de apostasía, entre otras lindezas… y ojo, que la lista no se agota aquí.
Además en lo que respecta a nosotros mismos y como fruto espiritual inmediato, asumiremos los acontecimientos venideros, que de seguro serán tan o más sorprendentes que «LA FUGA BEATA», con mucho más calma e inteligencia cristiana y ya no habrá tanta exaltación en tantos (me incluyo) que, por falta de Sagradas Escrituras, a veces buscan en revelaciones privadas o en dudosas profecías aquello que desde hace casi dos milenios se encuentra al alcance de la mano, en las bibliotecas de nuestras casas.
DEL CAPÍTULO 13 del APOCALIPSIS:
Y vi
otra bestia que subía de (bajo) la tierra. Tenía dos cuernos como un cordero, pero hablaba como dragón. Y la autoridad de la primera bestia la ejercía toda en presencia de ella. E hizo que la tierra y sus moradores adorasen a la bestia primera, que había sido sanada de su golpe mortal. 0bró también grandes prodigios, hasta hacer descender fuego del cielo a la tierra a la vista de los hombres. Y embauca a los habitantes de la tierra con los prodigios que le fue dado hacer en presencia de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra que debían erigir una estatua a la bestia que recibía el golpe de espada y revivió. Y le fue concedido animar la estatua de la bestia de modo que la estatua de la bestia también hablase e hiciese guitar la vida a cuantos no adorasen la estatua de la bestia. E hizo poner a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos una marca impresa en la mano derecha o en la frente, a fin de que nadie pudiese comprar ni vender si no estaba marcado con el nombre de la bestia o el numero de su nombre.
EPÍSTOLA DE LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES (día del anuncio de «La Fuga Beata»):
Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada. Y una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y oí entonces en el cielo una fuerte voz que decía: Ahora ya ha llegado la salvación, y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.

