MONS. FRANCISCO OLGIATI – EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO – Capítulo Quince – EL MÁS ALLÁ

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO

Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.

Capítulo Quince

EL MÁS ALLÁ

Un día, en la Universidad de París, un joven, rico de ingenio y de esperanzas, sintió que le golpeaban la espalda y mientras se volvía y miraba oyó estas palabras: «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?». Era San Ignacio de Loyola quien dirigía a San Francisco Javier esta solemne expresión de Jesucristo. Poco tiempo después, el estudiante se había convertido en el gran misionero de las Indias y del Japón, en el gran Santo.

El problema del más allá se impone también a nosotros como a San Francisco; pues todos tiemblan pensando en lo que sobrevendrá después de la muerte. Aun cuando aparentemente alguno afecte tranquilidad y desprecio, en lo íntimo del corazón siente zozobras.

La fe nos- enseña que no todo termina con la muerte, sino que entonces empieza la vida. Nuestra alma es inmortal; la razón está de acuerdo con esta doctrina del cristianismo. Con el último aliento cesa el tiempo de la prueba y se entra en el que los teólogos llaman estado de término. Acá se siembra; después de la muerte ya no hay posibilidad de siembra alguna, nadie puede entonces conquistar nuevos méritos; es la época de la cosecha y de la retribución. «Llega la noche —-enseña Jesús en el Evangelio— en la que nadie puede trabajar».

Creados por Dios, marchamos hacia Dios. Durante la vida mortal, es necesario decidirse: ¿queremos estar unidos a Dios por medio de la Gracia y con toda el alma? ¿O queremos estar separados de Dios por el pecado mortal? En el primer caso, tendremos en la otra vida el Paraíso; en el segundo, el Infierno. (El Purgatorio, como lo explicaremos, no es más que un lugar de tránsito). En ambos casos, el premio y la pena serán eternos.

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1

Premisas necesarias

Esta ETERNIDAD tan clara y repetidamente afirmada por Nuestro Señor en su revelación, no nos debe extrañar, si la examinamos a la luz del amor de Dios.

Dios nos ha amado y nos ama infinitamente, las pruebas de su infinito amor abundan en el campo de lo natural y de lo sobrenatural al que ha querido elevarnos. Él nos ha creado, redimido, santificado, para unirnos eternamente a Él; quiere la unión de nuestros corazones y la unión sobrenatural de las almas con Él en este mundo, para iniciar acá abajo la unión perfecta del cielo. El universo con sus bellezas, la Sangre de Jesús con su eficacia, la Iglesia con su apostolado nos orientan y nos conducen hacia el Dios que es nuestro primer principio y nuestro último fin.

Sin embargo, Dios respeta nuestra libertad; no quiere forzarnos; quiere una adoración libre y consciente.

Y nosotros, si reflexionamos en la infinidad de su amor, debemos reconocer:

1) que es inmensa nuestra necedad, cuando nos rebelamos contra Él, esto es, cuando en vez de unirnos al Señor, nos alejamos y nos volvemos a las creaturas, buscando en vano lo que pueda llenar nuestro corazón hecho para Dios, y, por consiguiente, «inquieto, hasta que no repose en Dios»;

2) que es infinita la gravedad de nuestros pecados, como tratamos de demostrar en uno de los capítulos precedentes, si se mide la gravedad de la culpa, por la dignidad de la persona ofendida. Y siendo acá el ofendido un Dios de infinita grandeza, fluye claramente que será también infinita nuestra culpabilidad. Por este motivo, el infierno es eterno; la justicia exige, después del período de la misericordia, que haya proporción entre el pecado y la pena;

3) que es incalificable nuestra ingratitud para con Dios, cuando nos rebelamos contra Él; Dios nos ha dado todo lo que poseemos; nos ha elevado a la dignidad de hijos suyos; nos ha divinizado; ha muerto por nosotros sobre la Cruz; nos ha colmado de gracias; hasta el último instante nos brinda su amor ilimitado.

El que muere en pecado mortal, opone a un amor infinito una ingratitud infinita. Si los sofistas, en vez de discurrir acerca de la posibilidad del infierno o al menos de su eternidad, meditasen estas dos cosas: la infinidad, por un lado del Amor divino, y por otro, la infinidad de la ingratitud humana, sentirían morir sobre sus labios las objeciones.

Por lo tanto, la otra vida ya no ofrece la posibilidad de la enmienda del pecado o de la adquisición de nuevos méritos. La unión o la separación de Dios será definitiva.

Diremos, entonces, una palabra sobre tal unión o separación, con una referencia al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso, no olvidando nunca, que también en estos tópicos, sólo se puede entender la verdadera enseñanza del Cristianismo, si se procede teniendo presente la doctrina que atañe a la gracia y al orden sobrenatural.

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2

El infierno

Como Dante en su viaje de ultratumba, bajemos también nosotros con el pensamiento al Infierno.

El hombre debe estar unido a Dios en razón del orden natural y sobrenatural. El infierno, al contrario, es la eterna y definitiva separación de Dios.

Si fueran infinitamente mayores los tormentos que sufren los condenados, pero no estuvieran sujetos a la pena que los teólogos llaman PENA DE DAÑO, no existiría el Infierno. El Infierno, en esta absurda hipótesis, desaparecería.

Las almas buenas que viven en gracia y en unión con el Señor, comprenden desde ahora esta verdad, mientras que el pecador, que hoy se engolfa en las cosas sensibles y perecederas, como no piensa en Dios, no llega a comprender cómo el verdadero Infierno consista en la separación del Señor. Le parece que puede prescindir de Dios sin ningún trastorno; no piensa que cuando el alma esté separada del cuerpo, cuando ya no sea perturbada por el resplandor de las cosas terrenas, sino que comparezca delante de Dios, entonces tendrá conciencia de sus culpables ilusiones; y la maldición divina, que ha de pesar sobre él por toda la eternidad, será su gusano roedor y su principal tormento.

Jesucristo y la Iglesia nos advierten que en el Infierno existe también la PENA DE SENTIDO, esto es, el fuego y otras penas que torturan al condenado, para castigo de las faltas cometidas. Ya que nosotros pecamos en el mundo, no sólo alejándonos de Dios, sino también haciendo uso de nuestro cuerpo para volvernos hacia las creaturas, es justo que seamos castigados también de esta manera.

Superfluo es discurrir cómo es en sí el fuego del Infierno (sabemos que, aun cuando no haya una definición dogmática al respecto, la Sagrada Penitenciaría ha prohibido absolver a los que sostienen que es metafórico el fuego infernal, al que tantas veces alude Jesús); superfluo es discutir acerca del modo con el cual el fuego atormenta a las almas, antes y después de la resurrección de los cuerpos; lo cierto es la sentencia común de la Iglesia, que insiste sobre la existencia de un fuego verdadero y propio, muy distinto, se entiende, del que encendemos nosotros, pero creado por la justicia de Dios.

Si el pensamiento del Infierno y de sus penas debe despertar en nosotros saludables sentimientos de temor, no por eso ha de llevarnos a la desesperación.

Dios nos ha creado para unirnos a Él en el abrazo del amor. Si permanecemos unidos a Él mediante la gracia, evitando el mal y haciendo sobrenaturalmente el bien durante nuestra vida, tenemos la obligación de alimentar la esperanza cristiana en el corazón,

¿Acaso la esperanza no es una virtud teologal? ¿Cómo podría Dios castigarnos con una separación eterna si lo amamos, si pensamos en Él, si nos abrazamos a Él, si continuamente nos santifica su Sangre., si la gracia prosigue siempre en la obra de nuestra divinización?

Brevemente: el Infierno no debe causarnos desconfianza y angustiosa duda de nuestra salvación, sino otras enseñanzas prácticas, esto es:

1) la fuga del pecado mortal, que con la pérdida de la gracia, nos hace empezar el Infierno sobre la tierra;

2) la necesidad de estar unidos al Corazón de Jesús, que nos ama intensamente y al cual no dirigimos en vano nuestras oraciones y jaculatorias;

3) la obligación del apostolado para salvar a los que corren peligro de condenación. El que trabaja y se sacrifica por la salvación del prójimo, asegura su propia salvación. Dice San Agustín: «¿Salvaste un alma? predestinaste la tuya».

La razón es una. El apostolado es un acto de amor hecho por Dios, porque conduce a Él a nuestros hermanos. La señal más elocuente de estar unidos a Dios, es conducir un alma a su Corazón, que cante con nosotros himnos de amor reconocido.

Continuará…