MONS. FRANCISCO OLGIATI – EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO – Capítulo Catorce – EL CATECISMO DE LA MUERTE – Continuación… 3 – Agonía y muerte cristiana

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO

Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.

Capítulo Catorce

EL CATECISMO DE LA MUERTE

Continuación…

3

Agonía y muerte cristiana

Se aproximará finalmente el último instante. Y la Iglesia, buena madre, no nos abandonará: quiera tomar nuestra alma para purificarla siempre más y entregarla a Dios. Es el fin de la Bendición Papal y de la «Recomendación del alma».

1. — LA BENDICIÓN PAPAL IN ARTICULO MORTIS es una bendición especial, dada por el Sacerdote al enfermo, en nombre del Papa, a la que va unida la indulgencia plenaria de todos los pecados cometidos, de tal manera que el que la recibe con las debidas disposiciones, al morir vuela inmediatamente al Paraíso, sin pasar siquiera por el Purgatorio.

Para ganar esta indulgencia, es necesario absolutamente que el enfermo:

a) esté, por lo menos, contrito de las propias faltas;

b) invoque devotamente con los labios, o, si no lo pudiese, con el corazón, el Nombre de Jesús;

c) acepte de la mano de Dios, con ánimo paciente y resignado, la muerte como pena del pecado.

2. — La muerte, mientras tanto, avanzará con paso lento, pero inexorable; y en el momento de la separación dolorosa, la voz de la Iglesia se alzará otra vez, para RECOMENDAR A DIOS, con tiernísimas expresiones, EL ALMA DEL MORIBUNDO.

Parte, alma cristiana —nos dirá el Sacerdote mientras estemos agonizantes y los seres queridos nos rodeen sumidos en un mar de llanto.

Sal de este mundo en nombre del Padre que te ha creado, en nombre del Hijo que ha sufrido por ti, en nombre del Espíritu Santo, del que has recibido la gracia; en nombre de los Ángeles y de los Arcángeles (…) , de los patriarcas y de los profetas, de los santos y de las santas de Dios. Que tu morada esté siempre en la paz y en la Sión santa (…). Alma querida, te entrego en las manos de Dios (…). Que el cielo te salga al encuentro y te dé su abrazo (…). Que el dulce Jesús te muestre su rostro alegre y benigno (…). Ve, goza en el gran ejército de los bienaventurados la dulzura de la contemplación perenne de Dios.

Y nosotros moriremos. El reloj de nuestra vida se parará para siempre.

Nuestro corazón ya no palpitará más.

Nuestra alma se separará del cuerpo.

Estaremos delante del divino Juez.

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4

Después de la muerte

El primer encuentro con Jesús… El Jesús de nuestro corazón, por el que habíamos vivido y sufrido, mirará a nuestra alma.

Un instante: y el JUICIO PARTICULAR se efectuará. La sentencia será pronunciada. Será la palabra justa y definitiva que sellará para siempre nuestra suerte.

Nosotros mismos, durante nuestra vida, escribimos esa sentencia.

Dios no nos deja faltar su gracia. Depende de nosotros prepararnos para un porvenir que será eterno.

Mientras tanto, nuestro cadáver será acondicionado en la casa mortuoria. En nuestras manos rígidas nos pondrán un crucifijo. Vendrán después parientes y amigos. Quizás alguien salude nuestros despojos con una oración y una lágrima, y ojalá sea una lágrima de gratitud por el bien que hemos hecho.

Luego, un ataúd, el acompañamiento, el funeral.

Por última vez penetraremos a la iglesia que ha conocido nuestras oraciones, nuestras Visitas, nuestras Comuniones.

Las súplicas del Sacerdote nos acompañarán al cementerio.

Antes, también los fieles oraban de verdad durante los funerales; ahora —quién sabe por qué— prefieren conversar. ¡Ni siquiera la terrible majestad de la muerte se impone a la ligereza humana! Y a las charlas durante el acompañamiento se añaden, como remate., los «discursos» ante los restos, los elogios, los panegíricos, las piadosas mentiras…

El mundo, por supuesto, continúa su marcha.

Los muertos son enterrados y los vivientes pronto se consuelan. Pocos días, pocas semanas, y los recuerdos se debilitan, empiezan a desaparecer y se pierden por completo.

¿Acaso os acordáis de las personas muertas hace un siglo o medio siglo? Eso mismo acontecerá con cada uno de nosotros. Nadie más se tomará interés de nuestra mísera persona, a excepción de los gusanos.

Quizás, allá, en el cementerio, se nos ponga una lápida, una Cruz, una lámpara, una corona. Durante algunos años —siempre que no cambien las costumbres— alguien irá a dar un vistazo a nuestra tumba en el día de los muertos. Es cosa sabida: en carnaval hay que concurrir al baile; el 2 de noviembre hay que ir al cementerio…

¡Pobres cementerios contemporáneos! ¡Qué distintos de los primitivos cementerios cristianos, de las catacumbas! Allá se oraba; acá se charla. Allá, las lápidas de los mártires y de los héroes ostentaban, toscamente esculpidas, las palabras más simples y humildes de la fe: «Vivas in Christo!… In Pace!…». Ahora se profanan las sepulturas con inscripciones falaces, ridículas, cuando no con monumentos paganos y obscenos…

Viene a mi mente la larga enfermedad y la muerte del llorado e inolvidable Cardenal Ferrari, glorioso Arzobispo de Milán.

El cáncer le corroía la garganta. Faltábale la voz. La traqueotomía lo había encerrado en sus habitaciones como en una cárcel, con una respiración difícil y fatigosa. Había vivido la vida de Obispo y de prohombre; como obispo y como prohombre quiso morir. Durante muchas semanas, mientras resistía el maravilloso organismo, hubo un desfile interminable de personas de todas las edades, de todas las condiciones sociales, de todos los partidos. Los niños le cubrían el lecho de flores. Frente al Pastor —que nunca estuvo tan elocuente como en el lecho de la prolongada y muda agonía— el ateo inclinaba la frente ante Dios, el incrédulo doblaba las rodillas e inclinaba la cabeza ante la suave bendición paterna; hombres, niños y mujeres lloraban. Cuando el cielo contó con otro santo, un diario liberal de Milán describió la paz inefable de aquel solemne ocaso, diciendo: «Él nos ha enseñado a vivir y a morir». Sería imposible sintetizar con una expresión más eficaz el fin del Cristianismo y el programa que debe tener cada uno de nosotros.

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RECAPITULACIÓN

El Cristianismo nos enseña no sólo a vivir, sino también a morir.

1. La muerte, meditada a la luz sobrenatural, es el camino que conduce al hijo de Dios a la gloria. La visión beatífica sólo se da al que muere en gracia. Por esto, la cosa más importante y esencial, es morir en gracia de Dios.

2. Para obtener ese fin, el verdadero cristiano trata de estar siempre sin pecado mortal, a fin de que, si la muerte lo toma de improviso, no sea causa de su eterna condenación. Cuando está seriamente enfermo, se apresura a recibir los últimos Sacramentos: la Confesión, el Viático, la Extremaunción.

La bendición Papal tiene por objeto purificar el alma del enfermo de toda pena debida por los pecados cometidos; y con la Recomendación del Alma, la Iglesia nos entrega a la Trinidad, pidiendo para nosotros el Paraíso.