MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capítulo Catorce
EL CATECISMO DE LA MUERTE
Hasta ahora hemos discutido el problema de la vida y nos hemos preguntado cómo hay que vivir.
Esto no basta: hay que preguntarse también de qué manera hay que morir.
Los necios, dice Pascal, no pudiendo suprimir la muerte, no piensan en ella.
Pero, ¡tanto da! La vida humana justamente ha sido comparada por Homero a un árbol, cuyas hojas, verdes al principio, en seguida se marchitan, se desprenden, caen, son arrastradas lejos por el viento y desaparecen.
El filósofo imita a Filipo de Macedonia, que diariamente hacía repetir por el criado una palabra conocida: ¡Oh rey, acuérdate que has de morir!; y admira a Marco Aurelio, quien, junto a las riberas del Danubio, después de un día de batalla, en el silencio de la noche meditaba en la muerte:
Piensa —se lee en los Recuerdos—, piensa en los hombres ilustres del pasado, en Alejandro, Pompeyo, Cayo César, Heráclito, Demócrito y Sócrates. Luego, pregúntate a ti mismo: ahora ¿dónde están?… Considera las generaciones de los hombres y a todas las naciones en conjunto, y observa cuánto se han afanado y sacrificado para morir poco después y resolverse en sus elementos… El recuerdo de todas las cosas es pronto absorbido por el abismo de los tiempos… La edad es como un río de cosas que pasan y como una corriente que todo lo arruina; apenas se ve una cosa y ya ha pasado, y pasa otra y otra pasará… Pronto te llegará una voz y una orden: —Te has embarcado; has navegado; has llegado; desembarca.
El cristiano, no sólo piensa en la muerte, sino que se prepara a ella y no se contrista, San Luis Gonzaga afrontaba el momento supremo con su Lætantes imus: ¡nos vamos alegres!
Suarez susurraba en la agonía: Nunca hubiera pensado que fuese tan dulce el morir.
Ningún creyente, en cambio murmura desolado frente a la eternidad, como lo hace Roberto Abdigó: ¿Para qué sirve la vida? No. Aun cuando se resquebraja la rama de la vida, el pájaro vuela y canta el himno de la inmortalidad.
Sin temores estúpidos, miremos de frente, serena y cristianamente a la muerte; y veamos de qué modo enseña a afrontarla el cristianismo.
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1
Lo sobrenatural frente a la muerte
Vendrá, pues, para todos nosotros la hora de la partida de este mundo. No sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde moriremos. Pero de una cosa estamos ciertos, tenemos que morir.
Pobres y ricos, soberanos y súbditos, papas y obreros, jóvenes y ancianos, doctos e indoctos, todos están sujetos a esta ley: la flor que se yergue orgullosa sobre el tallo cae junto con la florecilla en capullo cuando pasa la guadaña que empareja toda la hierba del prado.
También de otra cosa podemos estar muy seguros: cuando el Ángel de la muerte se nos aproxime, en ese momento postrero en que —hasta Voltaire lo reconocía— siempre nos decimos nosotros mismos la verdad, no nos arrepentiremos de haber vivido como cristianos.
Diversiones, placeres, riquezas, cruces de caballeros, medallitas de diputado, joyas, vestidos de última moda, para nada nos han de servir.
A lo más, nos servirán de remordimiento. Algunos deberán decidirse a hacer testamento, y quiera Dios que no merezcan una inscripción, mortuoria, como la que un día pusieron sobre la lápida de un avaro:
Aquí yace el Señor Tacaño Tacáñez,
que durante su vida natural
siempre sumó,
nunca restó,
siempre multiplicó.
Los herederos, reconocidos, dividieron.
Pocos días, pocas horas, pocos instantes; después, todo habrá terminado para nosotros sobre esta tierra. Médicos y grandes profesores, consultas y medicinas, inyecciones u operaciones quirúrgicas, para muy poca cosa han de servir. Los cuidados y las lágrimas de los seres queridos serán impotentes.
Sólo nos confortará el pensamiento de haber vivido en gracia, de haber divinizado nuestra vida, de haber hecho sobrenaturalmente el bien y cumplido nuestro deber.
Todo lo que hemos expuesto en este modesto Silabario del Cristianismo nos parecerá entonces la única verdad consoladora: la unión con Dios, mediante la gracia que nos conquistó Jesucristo con sus méritos, nos tranquilizará. ¡Felices de nosotros, si lo sobrenatural no ha sido una palabra vana en nuestra vida!
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2
Los últimos Sacramentos
Una costumbre criminal se está introduciendo y se ha introducido ya en algunas partes. Cuando una persona se enferma y se agrava, los parientes tratan de ocultarle el verdadero estado de su salud. Se evita «asustarla», para no perturbar su espíritu; y, por consiguiente, se la deja morir sin preparación.
A lo más, se llama, con urgencia y desesperadamente, al sacerdote cuando ya ha perdido los sentidos, para que le administre la Extremaunción. Y el pobre Sacerdote acude, y, a menudo, tiene que administrar el Sacramento bajo condición; ¡porque no sabe si está delante de un vivo o de un muerto!
¿Qué se diría de un guía que encontrándose junto a un alpinista que está por poner los pies en un abismo no le diera un tirón, con el pretexto de no asustarlo? ¡Bendito susto, si salva una vida!
Dígase lo mismo en nuestro caso: un alma se avecina inconscientemente al abismo del infierno. ¿Cómo es posible que los que la aman de veras., puedan dejarla caer, con el insulso pretexto de un hipotético instante de terror?
Se muere una sola vez; y de la muerte depende una eternidad. Por esto, el cristiano que medita en la muerte, no puede menos que proponerse tres cosas:
a) que estará siempre en gracia, para que la muerte lo encuentre preparado si lo toma de improviso.
En caso de caer en pecado grave, tratará en seguida de recuperar la amistad con Dios, o por medio de una buena confesión o, al menos, con un acto de contrición perfecta, con el propósito de confesarse cuanto antes;
b) que cuando esté enfermo no se hará rogar para recibir al Sacerdote, ni se conformará con las llamadas «bendiciones», sino que él mismo pedirá los Sacramentos, sobre todo, si los familiares o alguna buena persona le insinuare el pensamiento. No será tan necio de vivir de ilusiones y de presentarse sin preparación al juicio de Dios. Porque si la enfermedad desapareciere, nada habrá perdido recibiendo los Sacramentos; si empeorare, tendrá el ánimo calmo, tranquilo y contento, como lo comprobamos siempre los Sacerdotes, después de haber administrado los auxilios religiosos a los enfermos;
c) que cuando alguno de sus seres queridos o de sus amigos se encuentre en peligro de muerte, no observará el silencio del traidor, no se preparará las maldiciones que esa alma le dirigirá mañana desde el infierno, sino que ha de imitar el noble y valiente ejemplo de Alejandro Manzoni, quien en 1850 escribió una carta a un querido amigo enfermo, el barón Trechi, carta delicada y clara, para advertirle las condiciones de su salud e invitarlo fervorosamente a poner su conciencia en paz con Dios.
1. — La ÚLTIMA CONFESIÓN. El representante de Dios se acercará a nuestro lecho; por última vez le abriremos nuestra conciencia e imploraremos el perdón de Jesús. La mano sacerdotal nos alargará el Crucifijo para besarlo y se alzará sobre nosotros, diciendo: «Yo te absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». La paz inundará nuestro corazón…
En la última Confesión, sobre todo, recordaremos la enseñanza del catecismo: la Confesión no vale nada y no se obtiene el perdón de los pecados, si no tenemos dolor de haber ofendido a Dios y propósito de no ofenderlo más.
Por esto, también cuando se prepara a los enfermos para la Confesión, no hay que ser superficiales, como muchos que se conforman con el acto material de la Confesión: Se ha confesado; cumplió con su obligación de buen cristiano.
No; no basta confesarse. Hay que hacerlo con las debidas disposiciones. Cuando se está enfermo, no siempre es posible un largo examen de conciencia, ni la acusación íntegra de las culpas; pero —-bajo pena de la nulidad del Sacramento— siempre debemos tener el arrepentimiento, o el dolor sobrenatural de los pecados cometidos.
Algunos relegan la Confesión para el fin de la vida. ¡Qué desatino! Prescindiendo del hecho de que al dejar transcurrir sus años sin la gracia, disipan su existencia; prescindiendo del peligro de morir de improviso y ser sorprendidos por la muerte como por un ladrón, que no anuncia su venida; existe siempre, en aquellas horas angustiosas, la dificultad de ordenar la embrollada madeja de una conciencia enredada y desordenada, y de excitar un sentimiento de sincero dolor después de muchos años de glacial indiferencia.
Atendamos a nuestra conciencia mientras estamos sanos; no tentemos al Señor y no olvidemos que, si nos confesamos bien durante la vida, el último beso del perdón de Cristo nos será dulce y consolador.
2. — El que está gravemente enfermo, tiene el deber absoluto de recibir el VIÁTICO, No se trata sólo de un precepto eclesiástico, sino de un mandamiento divino. La Eucaristía es nuestro manjar en la vida y es el buen viático cuando la muerte se avecina.
Jesús vendrá, a nuestra casa. Tal vez lo hayamos visitado millares y millares de veces en sus iglesias y Él nos restituye nuestras visitas. Entrará entre aquellas paredes que fueron testigos de nuestros trabajos, de nuestras plegarias, quizás de nuestras culpas. El Sacerdote, en nombre de Jesús, nos augurará la paz, y luego nos ofrecerá la Hostia blanca, portadora de gracias:
«Recibe el Viático de Nuestro Señor Jesucristo, que te defienda del maligno enemigo y te conduzca a la vida eterna».
Las almas que conocen los primeros principios del Cristianismo, cuando están enfermas, no se limitan a recibir una sola vez a Jesús en la Comunión, sino que, aprovechando las grandes facilidades concedidas a los enfermos con relación del ayuno, procuran tener frecuentemente, aun estando en cama, el gozo de la unión eucarística, conscientes del aumento de gracia que el Autor mismo de la gracia confiere a quien lo recibe. Más aun, cuando están sanas, no dejan de acompañar el Viático, siempre que les es posible; y de cuando en cuando, al comulgar lo hacen como preparación para la última comunión y la hora de la muerte.
Hagamos votos para ese el día que nos sea llevado piadosamente el Viático, lo podamos saludar con los sentimientos, si no con las palabras de Santo Tomás de Aquino, el cual, habiendo enfermado durante su viaje al Concilio de Lyon y refugiado en el Convento de Fossanova, ni bien la Santa Hostia había traspasado los umbrales de la celda, exclamó:
¡Te saludo, precio de mi redención! Te recibo a Ti, por cuyo amor he estudiado, me he desvelado y me he fatigado; a Ti, que siempre prediqué y enseñé (…). ¡Tú, Cristo, eres el Rey de la gloria! ¡Tú eres el Eterno Hijo del Padre!
3. — Jesucristo ha instituido un Sacramento especial para los enfermos: la EXTREMAUNCIÓN o los SANTOS ÓLEOS, que nadie debe descuidar.
¡Tan espantosa es la ignorancia del catecismo que algunos creen que la Extremaunción es un medio para apresurar la muerte de los agonizantes!
Otros juzgan conveniente que el Sacramento sea administrado al enfermo ¡cuando ya está inconsciente! En resumen, si se hiciese una encuesta entre el pueblo cristiano acerca de la Extremaunción, se recogerían ideas tan extrañas y curiosas, que erizarían los cabellos.
Este Sacramento ha sido instituido para confortar y aliviar el alma del enfermo en las supremas angustias, darle valor en las últimas luchas, infundirle una dulce confianza en la divina bondad y darle fuerzas para soportar los dolores y los males.
La Extremaunción aumenta —como todos los Sacramentos de los vivos— la gracia santificante y si el que la recibe está en pecado mortal y no puede confesarse, porque está sin sentido, pero tiene la atrición, en este caso el Sacramento cancela la culpa grave y restituye la gracia.
Además de esto, quita los pecados veniales y la debilidad de las fuerzas espirituales, como así mismo, las inclinaciones derivadas de los malos hábitos.
Finalmente, da la salud del mismo cuerpo, cuando conviene a la salud del alma.
Por lo tanto, no hay que esperar que el enfermo entre en la fase desesperada de la enfermedad para administrarle la Santa Unción, porque entonces se exigiría para sanarlo un milagro que no podemos esperar racionalmente de Dios; hay que recurrir a este santo remedio cuando la enfermedad es grave, aunque se alimenten todavía esperanzas.
Lejos de apresurar la muerte, la Extremaunción es un medio eficacísimo para implorar la salud corporal, si así agrada a Dios. El mismo Apóstol SANTIAGO lo dice: «La oración de la fe salvará al enfermo».
Continuará…
