P. JUAN CARLOS CERIANI: SIMPLE RECORDATORIO

00fellay02[1]SIMPLE RECORDATORIO

Monseñor Joseph Augustine Di Noia, O.P. Vicepresidente de la Comisión Pontifical Ecclesia Dei, envió una Carta al Superior General y a todos los miembros de la FSSPX.

De la misma destaco el siguiente párrafo:

Recordemos lo que ha escrito el Papa Benedicto XVI a sus hermanos en el episcopado para explicar la promulgación del Motu Proprio Summorum Pontificum: «Mirando al pasado, a las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que en momentos críticos en los que la división estaba naciendo, no se ha hecho lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para conservar o conquistar la reconciliación y la unidad; se tiene la impresión de que las omisiones en la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones hayan podido consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo.» (Carta del 7 de julio de 2007).

Este texto me recuerda un artículo mío (Passé et présent de l’Eglise, Pasado y Presente de la Iglesia), publicado el 3 de septiembre de 2007 en el sitio oficial de Francia de la FSSPX:

http://www.laportelatine.org/publications/presse/2007/MPreactions/Ceriani/ceriani.php

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A propósito de este artículo, el Superior del Distrito de América del Sur, Padre Bouchacourt, me escribió el 6 de octubre de 2007:

Il y a quelques semaines j’ai pu lire sur internet votre article sur le Motu Proprio. Vous y analysez l’esprit supposé du Pape et démontrez que tout n’y est que tromperie et ruse. Le but de votre article était en fait de démontrer que l’analyse de Mgr Fellay n’était pas juste et que son attitude face à un tel document était naïve voire même dangereuse. Bien sûr vous ne le dites pas, mais c’est comme si… L’ensemble de ceux qui ont lu votre texte en sont arrivés à cette conclusion.

Vous avez reçu les autorisations des Supérieurs pour diffuser ce document sur La Porte Latine. En fait il a été diffusé urbi et orbi. C’est le drame d’internet. Vous en avez fait une traduction qui a été distribuée sous le manteau ici en Amérique du Sud. Je pense qu’en vous donnant une telle autorisation, nos Supérieurs ont été trop bons.

Lo cual en español se traduce por:

Hace unas semanas pude leer en Internet su artículo sobre el Motu Proprio. Usted analiza allí el supuesto espíritu del Papa y demuestra que todo no es más que engaño y astucia. El propósito de su artículo era de hecho demostrar que el análisis de Monseñor Fellay no era justo y que su actitud hacia dicho documento era ingenua e incluso peligrosa. Por supuesto, usted no lo dice, pero es como si… El conjunto de aquellos que han leído su texto llegaron a esta conclusión.

Usted ha recibido las autorizaciones de los Superiores para difundir este documento en La Porte Latine. De hecho ha sido difundido urbi et orbi. Es el drama de Internet. Usted ha realizado una traducción que ha sido distribuida a escondidas aquí en América del Sur. Pienso que al darle una autorización semejante, nuestros Superiores han sido demasiado buenos.

No cabe duda de que este juicio del Padre Bouchacourt recomienda y enaltece mi artículo.

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Tal vez el lector se pregunte qué relación existe entre la Carta de Monseñor Di Noia y mi trabajo sobre el Motu Proprio de 2007.

Allí decía, entre otras cosas:

En este artículo atraigo vuestra atención solamente sobre la «justificación que da Benedicto XVI en la carta que lo acompaña», expresando la intención que lo ha determinado a promulgar su Motu proprio:

«De este modo he llegado a la razón positiva que me ha motivado a poner al día mediante este Motu proprio el de 1988. Se trata de llegar a una reconciliación interna en el seno de la Iglesia. Mirando al pasado, a las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que en momentos críticos en los que la división estaba naciendo, no se ha hecho lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para conservar o conquistar la reconciliación y la unidad; se tiene la impresión de que las omisiones en la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones hayan podido consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo. Me viene a la mente una frase de la segunda carta a los Corintios donde San Pablo escribe:
«Corintios, os hemos hablado con toda franqueza; nuestro corazón se ha abierto de par en par. No está cerrado nuestro corazón para vosotros; los vuestros sí que lo están para nosotros. Correspondednos;… abríos también vosotros» (II Corintios, 6, 11-13). Pablo lo dice ciertamente en otro contexto, pero su invitación puede y debe tocarnos a nosotros, justamente en este tema. Abramos generosamente nuestro corazón y dejemos entrar todo a lo que la fe misma ofrece espacio».

Quiero señalar dos puntos de este párrafo, en relación al pasado y al presente de la Iglesia.

A)
En la misma línea del
meaculpismo de Juan Pablo II, este texto constituye un ataque directo contra el pasado de la Iglesia, particularmente una crítica de su accionar respecto de los cismáticos y de los herejes.

Para mostrar su falsedad basta con citar dos textos del Magisterio de la Iglesia católica:

a)
«Las pretensiones excesivas de los Pontífices romanos promovieron la división de la Iglesia en oriental y occidental».

Propuesta condenada por el Syllabus (Nº XXXVIII).

¡Sí, leyeron bien! El Motu proprio de Benedicto XVI ha sido condenado por anticipación por el Syllabus de Pío IX…

Pero, ustedes ya saben lo que pensaba el cardenal José Ratzinger con respecto del Syllabus, y sobre lo cual Benedicto XVI aún no se ha retractado. En efecto, en referencia a los tres principales documentos del Concilio Vaticano II, dice que constituyen un contra-Syllabus, en la medida en que representan una tentativa de una reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como pasó a ser a partir de 1789 (Los principios de la teología católica, Téqui, París, 1985, p. 427).

b)
«Los obispos impedirán cuidadosamente y con una verdadera insistencia que al exponer la historia de la Reforma y de los Reformadores, no se exageren tanto los defectos de los católicos y no se disimulen tanto las faltas de los Reformadores; o que se saquen a la luz tantos elementos más bien accidentales, que ya no se vea y casi no se sienta lo que es esencial: la defección en la fe católica». (Instrucción del Santo Oficio a los obispos, 20 de diciembre de 1949; Las enseñanzas pontificias, La Iglesia, volumen II, 1269).

El meaculpismo de Benedicto XVI, por lo tanto, ha sido condenado «avant la lettre» por Pío IX y por Pío XII.

Este meaculpismo se ha manifestado durante el viaje apostólico de Benedicto XVI a Turquía, particularmente en el Oficio de acción de gracias en San Jorge de Phanar, en la liturgia en San Jorge y en la Declaración común de Benedicto XVI y Bartolomé I.

Un simple ejemplo:

«En lo referente a las relaciones entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de Constantinopla, no podemos olvidar el acto eclesial solemne relegando al olvido los antiguos anatemas que, durante siglos, han afectado de manera negativa las relaciones entre nuestras Iglesias. Todavía no hemos sacado todas las consecuencias positivas que pueden seguirse de este acto para la marcha hacia la plena unidad». (Declaración Común de Benedicto XVI y Bartolomé I).

B)
Mucho más importante para nosotros, dadas las circunstancias, es que la parte final de la Carta de Benedicto XVI a todos los obispos del mundo constituye un ataque al presente de la Iglesia, particularmente a la Obra de la Tradición y por la Tradición, con la finalidad de culpabilizarla en breve de no haber aprovechado la ocasión que le ofrecía.

Benedicto XVI culpabiliza a monseñor Lefebvre post mortem, y en un futuro próximo culpabilizará a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y todos los Institutos y Congregaciones vinculados a la Tradición de que, a pesar de su Motu proprio, no han hecho lo necesario para «llegar a una reconciliación interna en el seno de la Iglesia» y «conquistar la reconciliación y la unidad», de no hacer «todos los esfuerzos para reencontrar de nuevo la unidad»…

(…)

Pruebo la validez de mi hipótesis por el contexto del Motu proprio, por el contexto histórico y por el argumento de autoridad.

a) El contexto del Motu proprio

Benedicto XVI escribe a los obispos:

«Todos sabemos que, en el movimiento guiado por el Arzobispo Lefebvre, la fidelidad al Misal antiguo llegó a ser un signo distintivo externo; pero las razones de la ruptura que de aquí nacía se encontraban más en profundidad».

Además: «Obviamente para vivir la plena comunión, los sacerdotes de las Comunidades que siguen el uso antiguo, no pueden tampoco, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos. En efecto, no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo».

(…)

b) El contexto histórico

En referencia al Motu proprio de 1988 de Juan Pablo II, Benedicto XVI dice: «En aquel momento el Papa quería ayudar de este modo sobre todo a la Fraternidad San Pío X a reencontrar la plena unidad con el Sucesor de Pedro, intentando curar una herida que era sentida cada vez con más dolor. Por desgracia esta reconciliación hasta ahora no se ha logrado».

(…)

c) El argumento de autoridad

En efecto, el cardenal Castrillón Hoyos ya había anticipado el objetivo real del Motu proprio. El 18 de mayo último, con ocasión de la Va Asamblea de los obispos latinoamericanos, en Aparecida, Brasil, tocó el tema de la intención de Benedicto XVI.

La parte más interesante de ese discurso es el espíritu con el cual se debe hacer la pretendida «liberación» de la Misa tradicional. Dicha medida está situada en la perspectiva de las consagraciones episcopales por monseñor Lefebvre en 1988:

«La Comisión Ecclesia Dei ha sido instituida por el servidor de Dios Juan Pablo II en 1988 cuando un grupo notable de sacerdotes, religiosos y fieles que habían manifestado su descontento por la reforma litúrgica conciliar y se habían reunido bajo la dirección del arzobispo francés Marcel Lefebvre, se separaron de él porque no estuvieron de acuerdo con la acción cismática de la consagración de obispos sin mandato pontifical. Prefirieron entonces mantener la plena comunión con la Iglesia (…) La actividad de la Comisión no se limita hoy en día al servicio de los fieles que en esta ocasión quisieron permanecer en plena comunión con la Iglesia, ni a los esfuerzos emprendidos para poner fin a la dolorosa situación cismática y obtener el retorno de esos hermanos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X a la plena comunión (…) Sin duda alguna, la misión más importante que incumbe a toda la Iglesia es la búsqueda de un modo de poner fin a la acción cismática y de reconstruir, sin ambigüedades, la plena comunión».

¿Cómo hacer para obtener ese objetivo? Es aquí que debemos situar la misión del Motu proprio

Pero el cardenal Castrillón Hoyos no solo anticipó la función del documento, sino que se precipitó el día siguiente de su promulgación, el 8 de julio, para hacer al cotidiano italiano Il Giornale la siguiente declaración:

«Con este Motu proprio, la puerta se abre ampliamente para una vuelta de la Fraternidad San Pío X a la plena comunión. Si después de este acto, esta vuelta no tiene lugar, no seré verdaderamente capaz de comprender».

(…)

No se comprende cómo puede decirse que el Motu proprio de Benedicto XVI no tiene en la mira a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y a las Sociedades e Institutos unidos a ella para culpabilizarlos de «fractura», «herida», «acción cismática de las consagraciones episcopales» y «dolorosa situación cismática».

Las circunstancias de la publicación del Motu proprio constituyen una evocación de tres textos históricos de muy alta importancia:

«He aquí aquellos que, bajo pretexto de una mayor fidelidad a la Iglesia y al Magisterio, rechazan sistemáticamente las enseñanzas del Concilio, su aplicación y las reformas que se derivan de ella, su aplicación gradual puesta en obra por la Sede Apostólica y las Conferencias Episcopales, bajo nuestra autoridad, querida por Cristo. Se siembra el descrédito sobre la autoridad de la Iglesia so capa de una tradición por la cual se manifiesta solamente un respeto material y verbal; se aleja a los fieles de los lazos de la obediencia a la Sede de Pedro y de sus obispos legítimos; se rechaza la autoridad de hoy en nombre de la de ayer. ¡Es tan duro comprobarlo! Pero, ¿cómo no ver en tal actitud el hecho de ubicarse fuera de la obediencia al sucesor de Pedro y de la comunión con él, y, por lo tanto, fuera de la Iglesia?» (Discurso de Pablo VI al Consistorio, 24 de mayo de 1976).

«Monseñor Marcel Lefebvre, llevando a cabo un acto de naturaleza cismática, incurrió en la pena prevista por el canon 1364 § 1 y por el canon 1382 del Código de Derecho Canónico. Declaro a todos que los efectos jurídicos son los siguientes: por una parte Monseñor Marcel Lefebvre, y por otra parte Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta han incurrido ipso facto en la excomunión latæ sententiæ reservada a la Sede apostólica (…) Los sacerdotes y los fieles son exhortados a no adherir al cisma de Monseñor Lefebvre a fin de no incurrir en la misma pena» (Decreto de la Congregación para los Obispos. Cardenal Gantin, 1 de julio de 1988).

«Es con mucha tristeza que la Iglesia ha conocido la ordenación episcopal ilegitima conferida el 30 de junio último por Monseñor Marcel Lefebvre, que ha hecho vanos todos los esfuerzos que la Santa Sede desplegó estos últimos años para asegurar la plena comunión con la Iglesia de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X fundada por el mismo Monseñor Lefebvre (…) Las circunstancias particulares, objetivas y subjetivas, que rodean el acto cismático llevado a cabo por Monseñor Lefebvre ofrecen a todos una ocasión de reflexión profunda y de compromiso de fidelidad renovado a Cristo y a su Iglesia. En sí mismo este acto ha sido una desobediencia al Soberano Pontífice romano en una materia muy grave y de capital importancia para la unidad de la Iglesia puesto que se trata de la ordenación de obispos por la cual se realiza sacramentalmente la sucesión apostólica. Es por ello que una tal desobediencia, que constituye en sí misma un rechazo práctico de la primacía del obispo de Roma, constituye un acto cismático [cf. CIC, can. 751]. Llevando a cabo tal acto (…) Monseñor Lefebvre incurrió, con los sacerdotes Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta, en la pena muy grave de la excomunión prevista por la disciplina eclesiástica [cf. CIC, can. 1382]. En la raíz de este acto cismático se encuentra una noción incompleta y contradictoria de la Tradición (…) En las circunstancias presentes, deseo ante todo lanzar un llamado a la vez solemne y emocionado, paterno y fraterno, a todos los que hasta el presente has estado de diversas maneras ligados al movimiento nacido de Monseñor Lefebvre para que ellos comprendan el grave deber que les compete de permanecer unidos al Vicario de Cristo en la unidad de la Iglesia católica, y de no continuar sosteniendo de ninguna manera este movimiento. Nadie debe ignorar que la adhesión formal al cisma constituye una grave ofensa a Dios y conlleva la excomunión prevista por el derecho de la Iglesia [cf. CIC, can. 1364]»
(Motu proprio de Juan Pablo II ECCLESIA DEI AFFLICTA, del 2 de julio de 1988).

Lo que encontramos, pues, en el corazón mismo del Motu proprio es este presente trágico de la Iglesia. Por lo tanto, para refutar esta acusación y demostrar claramente dónde se encuentra el verdadero cisma y quiénes son los que deben regresar a la verdadera Iglesia Católica, poseemos varios textos, de los cuales les proporciono algunas citas con sus referencias, para que puedan estudiarlos y meditarlos en su contexto:

«Nos adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma, a la Roma católica, guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias para el mantenimiento de esa fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad.

Por el contrario, nos negamos y nos hemos negado siempre a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas que de éste salieron».
(Declaración de Monseñor Lefebvre, 21 de noviembre de 1974. «La Condenación Salvaje de Monseñor Lefebvre» Itinéraires, Crónicas y Documentos, Número Especial fuera serie 205 ter, agosto de 1976. Fideliter, Número 81, mayo-junio de 1991. Le Sel de la terre, N° 25).

«No pertenecemos a esta religión, no aceptamos esta nueva religión. Pertenecemos a la religión de siempre, pertenecemos a la religión católica. No somos de esta religión universal, como ellos la llaman hoy en día. Ya no es la religión católica. No somos de esta religión liberal, modernista, que tiene su culto, sus sacerdotes, su fe, sus catecismos, su biblia ecuménica. No los aceptamos».
(Sermón de Monseñor Lefebvre, 29 de junio de 1976. Homilías «Eté Chaud 1976». Fideliter, Número 81, mayo-junio de 1991).

«Resulta imposible abordar el problema de fondo, que es el acuerdo entre la Iglesia conciliar, como la llama S.E. Monseñor Benelli en su última carta, y la Iglesia católica. Que no se engañen, no se trata de un diferendo entre Monseñor Lefebvre y el Papa Pablo VI. Se trata de la incompatibilidad radical entre la Iglesia católica y la Iglesia conciliar, representando la misa de Pablo VI el símbolo y el programa de la Iglesia conciliar«.
(Nota preliminar de Monseñor Lefebvre, 12 de julio de 1976. «La Condenación Salvaje de Monseñor Lefebvre»).

«¡Nada más claro! De ahora en más es a la Iglesia conciliar que es necesario obedecer y ser fiel, y ya no más a la Iglesia católica. Es precisamente todo nuestro problema. Estamos «suspendidos a divinis» por la Iglesia conciliar y para la Iglesia conciliar, de la cual no queremos formar parte. Esta Iglesia conciliar es una Iglesia cismática, porque ella rompe con la Iglesia católica de siempre. Ella tiene sus nuevos dogmas, su nuevo sacerdocio, sus nuevas instituciones, su nuevo culto, ya condenados por la Iglesia en numerosos documentos oficiales y definitivos (…) Esta Iglesia conciliar es cismática porque ella ha tomado por base de su puesta al día principios opuestos a los de la Iglesia católica (…) La Iglesia que afirma semejantes errores es a la vez cismática y herética. Esta Iglesia conciliar no es por lo tanto católica. En la medida que el Papa, los Obispos, los sacerdotes o fieles adhieren a este nueva Iglesia, se separan de la Iglesia católica (…) El pedido de Monseñor Benelli es esclarecedor: sumisión a la Iglesia conciliar, a la Iglesia de Vaticano II, a la Iglesia cismática. En cuanto a nosotros, permanecemos en la Iglesia católica, con la gracia de Nuestro Señor Jesucristo y la intercesión de la Bienaventurada Virgen María».
(Reflexiones de Monseñor Lefebvre sobre la Suspensión a divinis, 29 de julio de 1976. «La Condenación Salvaje de Monseñor Lefebvre»).

«El Concilio Vaticano II representa, tanto a los ojos de las autoridades romanas como a los nuestros, una nueva Iglesia que, por otra parte, ellos llaman Iglesia conciliar (…) Creemos poder afirmar, teniendo en cuenta la crítica interna y externa del Concilio Vaticano II, es decir analizando los textos y estudiando las modificaciones y los resultados que aporta, que este concilio, dando la espalda a la Tradición y rompiendo con la Iglesia del pasado, es un concilio cismático (…) Todos los que cooperan a la aplicación de este desorden, aceptan y adhieren a este nueva Iglesia conciliar, entrando en el cisma».
(Declaración de Monseñor Lefebvre, 4 de agosto de 1976. «La Condenación Salvaje de Monseñor Lefebvre». Le Sel de la terre, Nº 18, page 217).

«¿Qué han pretendido los católicos liberales durante un siglo y medio? Unir en matrimonio la Iglesia y la Revolución, casar la Iglesia y la subversión, casar la Iglesia y las fuerzas destructoras de la sociedad y de todas las sociedades: la sociedad familiar, civil religiosa. Este matrimonio de la Iglesia está inscripto en el Concilio. Leed el esquema «Gaudium et Spes» y encontraréis allí: Es necesario casar los principios de la Iglesia con la concepción del hombre moderno. ¿Qué quiere decir ésto? Esto quiere decir que es necesario casar la Iglesia, la Iglesia católica, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, con los principios que son contrarios a esta Iglesia, que la minan, que siempre han estado contra la Iglesia (…) Esta unión querida por los católicos liberales entre la Iglesia y la Revolución es una unión adúltera. De esta unión adúltera no pueden nacer sino bastardos. ¿Quiénes son estos bastardos? Son los ritos. El rito de la Misa es un rito bastardo. Los sacramentos son sacramentos bastardos. Los sacerdotes que salen de los seminarios son sacerdotes bastardos». (Sermón de Monseñor Lefebvre, Lille, 29 de agosto de 1976. Homilías «Eté Chaud 1976»).

«Roma nos he hecho preguntar si teníamos intención de proclamar nuestra ruptura con el Vaticano con ocasión del Congreso de Asís. La cuestión nos parecería más bien ser la siguiente: «¿Creéis vosotros y tenéis le intención de proclamar que el Congreso de Asís consuma la ruptura de las Autoridades romanas con la Iglesia Católica?» Porque es bien ésto lo que preocupa a aquellos que permanecen todavía católicos. Es evidente, en efecto, que desde el concilio Vaticano II, el papa y los episcopados se alejan cada vez más de sus predecesores.

El colmo de esta ruptura con el magisterio anterior de la Iglesia se cumplió en Asís, después de la visita a la Sinagoga. El pecado público contra la unicidad de Dios, contra el Verbo Encarnado y su Iglesia hace temblar de horror: Juan Pablo II animando a las falsas religiones a rezar a sus falsos dioses: escándalo sin medida ni precedentes (…) Podríamos retomar nuestra Declaración del 21 de noviembre de 1974, que permanece más actual que nunca. En cuanto a nosotros, permaneciendo indefectiblemente unidos a la Iglesia católica y romana de siempre, estamos obligados a comprobar que esta Religión modernista y liberal de la Roma moderna y conciliar, se aleja siempre más de nosotros, que profesamos la fe católica de los once Papas que han condenado esta falsa religión. La ruptura no viene de nosotros, sino de Pablo VI y de Juan Pablo II, que rompen con sus predecesores. Esta negación de todo el pasado de la Iglesia por estos dos papas y los obispos que los imitan es una impiedad inconcebible y una humillación insostenible para aquellos que permanecen católicos en la fidelidad a veinte siglos de profesión de la misma fe. Consideramos, pues, como nulo todo eso que ha sido inspirado por este espíritu de renuncia: todas las reformas post conciliares, y todos los actos de Roma que se realizan con esta impiedad».
(Monseñor Lefebvre y Monseñor de Castro Mayer, Declaración de Buenos Aires, 2 de diciembre de 1986. Itinéraires, Número 309, enero de 1987. Le Sel de la terre, Nº 30).

«Estando ocupados por anticristos la Cátedra de Pedro y los puestos de autoridad de Roma, continúa rápidamente la destrucción del Reino de Nuestro Señor al interior mismo de su Cuerpo Místico en la tierra, especialmente por la corrupción de la santa Misa, expresión espléndida del triunfo de Nuestro Señor sobre la Cruz y fuente de extensión de su Reino en las almas y en las sociedades (…) Es por ésto, convencido de cumplir la santa voluntad de Nuestro Señor, que les pido por la presente carta acepten recibir la gracia del episcopado católico, como lo he conferido a otros sacerdotes en otras circunstancias (…) Os conjuro a permanecer unidos a la Sede de Pedro, a la Iglesia Romana, Madre y Maestra de todas la Iglesias, en la fe católica integral, expresada en los símbolos de la fe, en el catecismo del Concilio de Trento, conforme a aquello que os fue ensenado en vuestro seminario. Permaneced fieles en la transmisión de esta fe para que venga el Reino de Nuestro Señor». (Carta de Monseñor Lefebvre a los futuros obispos, 29 de agosto de 1987. Fideliter Fuera de serie, 29-30 de junio de 1988;  Número 81, mayo-junio de 1991. Le Sel de la terre, N° 25).

«Nos es necesario resistir, absolutamente resistir, resistir frente y contra todo. Y ahora llego a lo que os interesa particularmente; yo digo: Roma ha perdido la fe, mis queridos amigos. Roma está en la apostasía. No son simples palabras, no son frases en el aire lo que os digo. Es la verdad. Roma está en la apostasía. No se puede confiar más en ese mundo, él abandona la Iglesia; ellos han abandonado la Iglesia, ellos abandonan la Iglesia. Es cierto, cierto, cierto…».
(Conferencia de Monseñor Lefebvre, retiro sacerdotal, 4 de septiembre de 1987, Ecône. Le Sel de la terre, Nº 31, página 194).

«Tenemos un mandato apostólico de la Iglesia Romana que, en su fidelidad a las santas tradiciones recibidas de los Apóstoles, nos manda transmitir fielmente esas santas tradiciones –es decir, el depósito de la fe– a todos los hombres, en razón de su deber de salvar su alma.

Dado que después del Concilio Vaticano II hasta hoy día, las autoridades de la Iglesia Romana están animadas de un espíritu modernista, obrando contra la Santa Tradición –ellos no soportan más la sana doctrina, apartan el oído de la Verdad para volverse a las fabulas, como dice San Pablo a Timoteo– estimamos que todas las penas y censuras aplicadas por esta autoridades no tienen ningún peso«. (Texto del Mandato, 30 de junio de 1988. Fideliter Fuera de serie, 29-30 de junio de 1988).

«La Iglesia de Dios afligida… ¿Por las consagraciones del 30 de junio? ¿O por la ocupación de Roma y del propio Vaticano por la ideología modernista?

Por el momento y desde hace 25 años, el Papa está ocupado por una ideología extranjera a la fe católica (…) ¿Cómo queréis que el Pontífice Romano pueda, en tales condiciones interiores de su espíritu, gobernar normalmente la Iglesia católica? El está moralmente impedido
(…) Por ejemplo, le resulta imposible dar buenos obispos a la Iglesia, sin exigir de ellos, a breve plazo, ¡la obediencia fiel a todo el concilio y el reconocimiento de la legitimidad de la nueva misa!

Frente a tal situación, Monseñor Lefebvre ha interpretado la intención habitual e implícita del Papa, contraria, fatalmente, a la intención actual y explícita de este último
(…)

Creemos haber demostrado que las consagraciones episcopales son legítimas y no cismáticas, dado que Roma está ocupada y el Pontífice Romano está impedido de gobernar rectamente la Iglesia (…)

La ruptura esencial es bien de carácter doctrinal. Pero no es un cisma de Monseñor Lefebvre con la Iglesia. ¡Es la ruptura de la Iglesia del Vaticano II y de la Roma ocupada con la verdadera tradición viva! La declaración de excomunión del Arzobispo fiel, de su colega en el episcopado y de sus cuatro hijos es la declaración oficial de Roma de esta última ruptura: es la Roma ocupada la que declara su propia ruptura con la tradición (por no decir su propio cisma y su propia excomunión). En cuanto a nosotros, declaramos que permanecemos en comunión con todos los papas de la Iglesia católica que han precedido esta «Iglesia conciliar» que aflige y mancha el rostro de la Esposa Inmaculada de Jesucristo»
(La Iglesia de Dios afligida, Monseñor Bernard Tissier de Mallerais. Boletín San José de Colmar; Fideliter, Número 72, noviembre-diciembre de 1989).

«Eminencia. Reunidos en torno a su Superior general los Superiores de los distritos, seminarios y casas autónomas de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, consideran expresarle respetuosamente las reflexiones siguientes.

Por su carta del 1° de julio último, usted consideró un deber hacer saber a Su Excelencia Monseñor Marcel Lefebvre, a Su Excelencia Monseñor Antonio de Castro Mayer y a los cuatro obispos consagrados el 30 de junio último en Ecône, su excomunión latae sententiae. Quiera usted mismo juzgar el valor de una tal declaración que viene de una autoridad que, en su ejercicio, rompe con la de todos sus antecesores hasta el papa Pío XII, en el culto, las enseñanzas y el Gobierno de la Iglesia.

En cuanto a nosotros, estamos en plena comunión con todos los Papas y todos los Obispos que han precedido el Concilio Vaticano II, celebrando exactamente la Misa que ellos codificaron y celebraron, enseñando al Catecismo que ellos compusieron, oponiéndonos contra los errores que ellos condenaron muchas veces en sus encíclicas y cartas pastorales. Quiera usted entonces juzgar de qué lado se encuentra la ruptura. Nos entristece extremadamente la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón de las autoridades romanas.

En cambio, nosotros jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia Conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad. Sí, nosotros no formamos parte, nullam partem habemus, del panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión por un decreto de Vuestra Eminencia o de otro dicasterio no sería más que la prueba irrefutable. No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione, fuera de la comunión, del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace veinticinco años; excluidos de la comunión impía con los infieles. Creemos en un solo Dios, Nuestro Señor Jesucristo, con el Padre y el Espíritu Santo, y seremos siempre fieles a su única Iglesia, la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana. El ser asociados públicamente a la sanción que fulmina a los seis obispos católicos, defensores de la fe en su integridad y en su totalidad, sería para nosotros una distinción de honor y un signo de ortodoxia delante de los fieles. Estos, en efecto, tienen absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista…»
(Carta abierta al cardenal Gantin de los superiores de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Fideliter, Número 64, julio-agosto de 1988; Credidimus Caritate, septiembre 1988. Le Sel de la terre, N° 25).

Hasta aquí el recuerdo de mi artículo ante la Carta sibilina enviada a los miembros de la Neo-FSSPX.

Valga este texto, no como respuesta a Monseñor Joseph Augustine Di Noia, sino como simple recordatorio para aquellos (sacerdotes o feligreses):

* que aún permanecen en la Neo-FSSPX en plena sumisión a Monseñor Fellay y demás Superiores, (entre ellos el Padre Bouchacourt; ¿recordará su triste carta del 6 de octubre de 2007?);

* que aún permanecen en la Neo-FSSPX, pero en insubordinación más o menos manifiesta;

* que han roto con la Neo-FSSPX solamente a partir de mayo de 2012.

Padre Juan Carlos Ceriani