DIFUSIÓN INDISCRETA DE PÁRRAFOS DE UNA CARTA DE MONSEÑOR FELLAY Y DE LOS SUPERIORES DE LA FSSPX A ALGUNOS SACERDOTES Y FELIGRESES

secretoDIFUSIÓN INDISCRETA

DE PÁRRAFOS DE UNA CARTA DE MONSEÑOR FELLAY

Y DE LOS SUPERIORES DE LA FSSPX

A ALGUNOS SACERDOTES Y FELIGRESES

Circulan por Internet párrafos de una Carta dirigida a los sacerdotes y feligreses refractarios de la Fraternidad.

Según ha trascendido, la misma fue escrita por Monseñor de Galarreta y ha sido firmada por el Superior General, los Superiores Mayores y gran parte de los Priores de todo el mundo.

Los publicamos tal como los hemos recibido:

Está claro que un elemento nuevo debe ser introducido en nuestros intercambios, si no queremos aparecer ante la Fraternidad, ante el público en general y ante nosotros mismos como comprometidos en un intercambio cortés pero sin salida y sin fruto.

Es necesario desarrollar algunas nuevas consideraciones de naturaleza más espiritual y teológica, que serán enfocadas sobre nuestro deber de preservar y de apreciar la unidad y la paz de la Fraternidad.

En este contexto, las palabras de San Pablo vienen a la mente: «Os exhorto, pues, yo, prisionero por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos. (Efesios 4, 1-6)

Con estas palabras, el Apóstol Pablo nos amonesta a mantener la unidad de la Fraternidad.

San Pablo los exhorta a «vivir de manera digna de la vocación con que han sido llamados» (Efesios 4:1) para vivir preservando este precioso don de la unidad.

Para perseverar en la unidad de la Fraternidad, Santo Tomás de Aquino dice que, de acuerdo con San Pablo, «cuatro virtudes deben ser cultivadas, y los cuatro vicios opuestos deben ser evitados» (Comentario a la Epístola a los Efesios, §191).

¿Qué se interpone en el camino de la unidad? El orgullo, la ira, la impaciencia y el celo excesivo.

De acuerdo con Santo Tomás de Aquino, «el primer vicio que San Pablo rechaza es el orgullo. Cuando una persona arrogante decide mandar a otros mientras que los otros individuos orgullosos no quieren someterse, el desacuerdo surge en la sociedad y desaparece la paz…

La ira es el segundo vicio. Una persona iracunda está inclinada a infringir injuria, sea verbal o física, de la cual nacen los disturbios.

El tercero es la impaciencia. Ocasionalmente, alguien que es humilde y suave, que se abstiene de causar problemas, sin embargo no aguantará pacientemente el intento o el verdadero mal hecho en su contra…

Un celo excesivo es el cuarto vicio. El celo excesivo para todo, el hombre hará juicio a cualquier cosa que vea, no esperando el tiempo y el lugar apropiados, y la confusión surge en la sociedad (ibíd.)

¿Cómo se vencen estos vicios? San Pablo dice: «con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor» (Efesios 4:2)

De acuerdo con Santo Tomás, la humildad se adquiere: reconociendo la bondad en otros y reconociendo nuestras propias fuerzas y debilidades, nos ayuda a evitar enfrentamientos en nuestras interacciones con otros.

La mansedumbre «allana las dificultades preserva la paz» (Comentario a la Epístola a los Efesios, §191).

Esto nos ayuda a evitar excesiva muestra de cólera dándonos serenidad para cumplir nuestro deber de estado con igualdad de humor y con espíritu de paz.

La paciencia nos permite sobrellevar el sufrimiento cuando es necesario en aras del bien que buscamos, especialmente en el caso de un bien difícil o arduo o cuando las circunstancias externas militan en contra de lograr la meta.

La caridad hace evitar el celo desordenado permitiendo soportarnos los unos a los otros, «tolerando los defectos de otros en la caridad» (ibíd.).

En los últimos años, ¿ha habido a veces falta de humildad, de mansedumbre, de paciencia y de caridad en nuestras relaciones mutuas?

¿Cómo pueden las virtudes de humildad, de mansedumbre, de paciencia y de caridad modelar nuestros pensamientos y acciones?

Primero, si buscamos reconocer la bondad que existe en otros con quienes estamos en desacuerdo, incluso en cuestiones aparentemente fundamentales, estamos en condiciones de abordar las cuestiones controvertidas con un espíritu de apertura y buena fe.

Segundo, practicando la verdadera mansedumbre mantendremos un espíritu de serenidad, evitando la introducción de un tono divisivo o declaraciones imprudentes que ofenden más que promueven la paz y entendimiento mutuo.

Tercero, si tenemos una verdadera paciencia, reconoceremos que, en la búsqueda del bien precioso que perseguimos, debemos estar dispuestos, si es necesario, aceptar el sufrimiento de la espera.

Por último, si sentimos todavía la necesidad de corregir a nuestros hermanos, debe ser hecho con caridad, en el momento y lugar apropiados.

Si nuestras relaciones están marcadas por el orgullo, la ira, la impaciencia y el celo excesivo, nuestra búsqueda inquieta del bien de la Fraternidad nos llevará a la amargura.

Incluso si están convencidos de que sus perspectivas en una cuestión particular disputada es la verdadera, no pueden usurpar el oficio del Superior General, o del Superior del Distrito, o del Prior, presumiendo públicamente el corregir a otros dentro de la Fraternidad.

Pueden proponer y tratar de ejercer influencia, pero no deben ser irrespetuosos o actuar en contra de las autoridades legítimas locales.

Ha sido un error de hacer de cada punto difícil de interpretación una cuestión de controversia pública, tratando de empujar a aquellos que no son teológicamente competentes a adoptar el propio punto de vista acerca de sutiles cuestiones teológicas.

El trabajo de un sacerdote, actuando con un espíritu leal, animado por el amor a la Fraternidad, a veces puede ser una prueba difícil. Puede ser un llamado a sufrir por la verdad, en el silencio y la oración, pero con la certeza de que, si es realmente la verdad lo que está en juego, prevalecerá ésta en última instancia.

Por el contrario, el examen crítico de los actos de los Superiores nunca debe convertirse en una especie de «magisterio paralelo», ya que debe ser sometido al juicio del Superior General, que tiene el deber de salvaguardar la unidad de la Fraternidad con la preocupación de ofrecer ayuda a todos a fin de responder adecuadamente a esta vocación y gracia divina.

El Superior General, en su magnánimo ejercicio de la misión encomendada, se esfuerza por superar las tensiones que han existido entre Fraternidad y ustedes.

Una reconciliación inmediata y total, ¿pondrá fin a las sospechas y a la desconfianza de una y otra parte? Sin duda no fácilmente.

Pero lo que estamos buscando no es una obra humana: estamos buscando la reconciliación y la curación por la gracia de Dios, bajo la guía amorosa del Espíritu Santo.

Vuestras almas necesitan primero ser sanadas, para ser limpiadas de la amargura y del resentimiento que viene de años de desconfianza y de angustia.

Tienen que orar al Señor para que los sane de todas las imperfecciones suscitadas precisamente por causa de las dificultades, sobre todo del deseo de autonomía, que es, de hecho, extraño a las formas tradicionales de gobierno en la Iglesia y, por lo mismo, en la Fraternidad.

El único futuro imaginable para todos ustedes se encuentra en el camino de la plena comunión con el Superior General y su Capítulo.

Siguen las firmas del los Superiores