MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capitulo trece
LA VIDA CRISTIANA
Continuación…
IV
EL CRISTIANO Y EL DOLOR
La vida organizada cristianamente es vida de alegría.
Esta conclusión que fluye espontáneamente de cuanto hemos expuesto, causará sorpresa y estupefacción a no pocos, ¿Cómo? se preguntarán. ¿Puede uno ser feliz acá en la tierra, entre tantas espinas, amarguras, desilusiones, deseos no saciados, enfermedades, separaciones, traiciones y dolores?
El cristiano no lo puede poner en duda. El cristiano no es un fatuo optimista, no niega las lágrimas y el mal, pero exclama con San Pablo:
«¡Regocijaos en el Señor! Lo repito: ¡Regocijaos! ¡Que todos los hombres conozcan vuestra modestia! (…) Y que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús».
La fe nos muestra en todo, y por tanto también en el dolor, la voluntad de Dios; la esperanza nos indica el valor precioso de los sacrificios en relación a la eterna recompensa; y el amor transforma en alegría aun el sufrimiento. Si se aprende a sufrir cristianamente, hállase la verdadera y completa solución del problema del dolor, problema importantísimo, que hay que estudiar a la luz de lo sobrenatural.
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1
De qué manera se puede sufrir
Todos sufren. No hay excepción a la regla. Aun el que se corona de rosas, siento el punzar de las espinas.
Pero hay varias maneras de sufrir; puesto que se puede sufrir como un bruto, como un filósofo o como un cristiano.
1. —COMO UN BRUTO, ante todo. Es el método más en boga, hasta entre los que se dicen creyentes. ¿Qué diferencia descubrís entre un perro enfurecido o un león herido y la mayor parte de los bautizados, cuando son presas del dolor? Ninguna. Por una y otra parte desesperación, esfuerzos instintivos para librarse del dolor; ayes, ladridos y rugidos lastimosos; son pobres vencidos y envilecidos, que sufren por fuerza.
Mientras tanto, el mundo sigue su curso; las estrellas parecen sonreír a nuestro llanto, y los hombres, hasta los más allegados a nosotros, repiten la escena acaecida en el castillo de Chantilly.
Vatel, el cocinero del príncipe de Condé, hallábase muy atareado porque el mismo rey con su séquito había llegado al castillo. Mas ¡ay! aquella noche faltó el asado en la vigesimaquinta mesa. El pobre Vatel estaba inconsolable. Fueron necesarios toda la elocuencia y los elogios de su amo para infundirle un poco de ánimo y de consuelo, A la mañana siguiente, después de una noche de insomnios, volvió a sus tareas. Lo esperaba una mala sorpresa. Los proveedores de pescado sólo trajeron una pequeña cantidad. ¡Qué desastre! Vatel no pudo resistir tanta desventura. Tomó la espada y se suicidó. Poco después llegaron los proveedores con el pescado necesario; el rey, su séquito y el príncipe de Condé se compadecieron sobremanera del pobre Vatel; pero a mediodía todos estaban alegres y a la noche ya nadie se acordaba de él. Y mientras el cuerpo del suicida no estaba todavía del todo frío, en el castillo de Chantilly reinaba loca alegría.
Ésta es la historia de todas las épocas y de todos los días. Millones y millones de Vatel se mortifican, sufren tormentos, no encuentran paz ni alivio y se desesperan. Y después de una existencia sin sol, rica solamente de tempestades y de borrasca, mueren, desaparecen. Un ramo de flores, un funeral y a veces un discurso… Después, nada más. ¿Hay, acaso, entre mis lectores alguno que se aflija por los sufrimientos de los que vivieron hace doscientos, cien, o cincuenta años?
2. — Puesto que este método es desastroso en sí y en sus consecuencias, algunos sabios de todos los tiempos han querido afrontar y resolver, COMO HOMBRES, COMO FILÓSOFOS, el problema angustioso del dolor.
Mas ¡en vano! sus resultados no son concordes. Todo lo contrario. La religión de Buda que para arrancar de raíz la triste planta del dolor, niega y suprime la vida y nos quiere engolfar en el Nirvana de la inacción y de una aquiescencia insípida e inconsciente; la filosofía de Arturo Schopenhauer que proclama la irracionabilidad del universo y la caprichosa e inevitable evolución creadora de la Voluntad ciega; el sueño de Eduardo Vonhartmann de inducir a todos los hombres a un suicidio universal, que extermine para siempre a la humanidad; las teorías que se hallan en Jacobo Ortis de Fóscolo, en Die Leiden des Jungen Werthers de Goethe, en los cantos de Leopardi o en la musa de Byron, no son por cierto, parangonables con el sistema de Leibniz, para quien el mundo actual es el mejor de los mundos posibles. Los estoicos predican la austeridad en el dolor; el hombre, en nombre de sus fuerzas y de la afirmación de su dignidad, debe sobrellevar todo sufrimiento sin lágrimas y sin lamentos; la sensibilidad es una debilidad femenina; hay que destruir el corazón. Hegel y sus secuaces explican el dolor como un momento, necesario del devenir, como la antítesis de la tesis, o sea, antítesis de la alegría con la cual el dolor forma la síntesis de la realidad concreta…
Y nosotros no negamos que con la filosofía se intenta pasar del nivel del bruto, al nivel del hombre.
Sin embargo, comprobamos la debilidad de todas estas doctrinas, que, con todo invitan al hombre a no vivir de lo exterior, sino a organizarse a sí mismo. No es aquí el lugar de hacer esa crítica; ésta incumbe a la filosofía cristiana; bástenos poner de relieve la ineficacia práctica de todas estas soluciones, destinadas al exiguo grupo de la aristocracia del pensamiento, mientras que el dolor —como la muerte— son inexorablemente democráticos.
3. —Existe, por último, el tercer modo de sufrir: sufrir COMO CRISTIANOS, o sea, sufrir como deben hacerlo los hijos de Dios, o para ser más precisos, como ha sufrido el Hijo de Dios.
Es la divinización del dolor, consecuencia necesaria de la divinización de la vida.
Es levantarse, no sólo desde el nivel del bruto al del hombre, sino del del hombre al de Dios.
Es imitar a los aviadores, los cuales, cuando los amenaza el huracán, en vez de bajar a tierra con peligro de arruinar el aparato y perder la vida, ascienden por sobre las nubes y la atmósfera agitada y se aproximan al sol.
No es difícil percatarse de que en la vida cristiana todo está ligado entre sí: el dogma de la gracia y de nuestra elevación al orden sobrenatural con la Cruz de Cristo y con la santificación del dolor.
La solución de este último problema se reduce a un comentario de esta expresión: «Somos hijos de Dios».
Continuará…
