ALEGRÍA DE MORIR
UN CARMELITA DESCALZO
CAPITULO XI
ALEGRÍA DEL JUSTO AL APROXIMARSE
LA HORA DE IR A DIOS
¡Qué dulce es, oh muerte, tu memoria para el alma que sueña en la luz y vuela a regiones de inmortalidad! ¡Cuándo viviré en la sabiduría y me envolverá la claridad eterna, y me abrasará la llama del amor que sueño! Salta mi corazón de gozo pensando cuándo haré mi entrada en el día del resplandor perpetuo, donde no se conoce la noche y siempre brilla la alborada.
Tanto mayor son el gozo y el deleite que inundan al alma justa, cuanto más crecido es el amor a Dios y ve más próximo el momento de emprender el vuelo en alas de la muerte, guiada por los Ángeles, a las moradas del Señor. ¡Oh día venturoso! Mi corazón suspira por ti y te llama. ¿Cuándo entrarás por mi puerta y cuándo respiraré tus auras de inmortalidad?
Dios, en su bondad, me ha enseñado por la fe que la muerte no aniquila ni hunde en el vacío de la nada. Esas negras y erróneas doctrinas de aniquilación son propias de los paganos y de los paganizados, de los descreídos y ciegos con incurable ceguera de racionalismo materialista, adonde los arrastró la apostasía y la soberbia. Mi fe de cristiano me enseña que la muerte me visita para transformarme, para iluminarme, para sobrenaturalizar y vestir de gloriosa inmortalidad mi alma, si he vivido amando a Dios y ejercitando actos y obras espirituales.
La muerte viene para llevarme a la misma morada de Dios y recoger allí en felicidad el fruto sembrado aquí en trabajo; para subirme al Cielo a vivir la luz y la bienaventuranza de Dios, en compañía de todos cuantos le amaron y obedecieron en la tierra. Seremos levantados todos mucho más alto y a mayor claridad y gloria de la que soñamos; a la ciencia y sabiduría del amor increado. Alma mía, bate tus alas y gózate de la próxima vida eterna.
Ni ha de ser causa bastante para impedirme este gozo la sombra de tristeza que pudiera infundirme el temor natural de la muerte, por ser, como queda ya dicho, castigo puesto por Dios a la naturaleza, o la incertidumbre y miedo de que pudiera no llegar a ver a Dios, o el juicio que sigue a la muerte, o el Purgatorio que lava las faltas veniales.
Viendo yo la serenidad del rostro del eremita santo, en la visita que le hice, me atreví a preguntarle: «¿Cómo es su vida en esta soledad? ¿No tiene preocupación y miedo a la muerte?»
¡Cuán llenas de luz y de ánimo fueron las palabras que salieron de sus labios! Ni una sola se borró de mi memoria. Vi juntas y abrazadas en él la dulzura y el sosiego:
«Mi soledad -me dijo- es mi cielo. Todo me lo llena Dios, y yo cierro, a ratos, estos ojos del cuerpo, y me olvido de esta vegetación que me rodea para gozar más a Dios en el centro de mi alma; en este silencio de todo, se le oye mejor. Aquí vivo a Dios, y Dios pone en mí su cielo. Es alegría de alma, no de sentidos, la que inunda mi espíritu, y a veces inunda también los sentidos. Dios está aquí, y donde está Dios no puede faltar la felicidad ni envidiarse cosa alguna, sino desear venga la muerte a romper el lazo que aún me ata a la tierra y me lleve a la gloria.
Hablan del miedo a la muerte. ¿Cómo he de tenerla miedo aquí? Abierto la tengo esta puertecilla; siempre la estoy esperando y la llamo. ¡Qué gozo me dará oír sus pasos! Es la claridad de la aurora que precede al sol; son los pasos que me anuncian que ya voy a ver a Dios. ¡Hace tanto que le espero!, ¡le tengo tan metido en mi alma!
Ahí sentado sobre esa piedra, para ver mejor, sin el estorbo de los árboles, lo hermoso del firmamento, he pasado noches enteras mirando la obra de Dios. He hundido mi mente en lo inmenso del universo, más allá de a donde llegan los aparatos y las matemáticas de los astrónomos, y si de mis lecturas recordaba que la tierra metida en el sol sería como una pequeña semilla metida en la pulpa del melocotón, así el sol, metido en astros inmensos e incontables, era aún más pequeño, en proporción, que la pequeña semilla metida en el melocotón.
Y todos los astros inmensos, brillantísimos en cantidad hablan los astrónomos de trillones, ¿y qué saben los astrónomos ni de la vigésima parte?, y con los astros, todos los hombres, los Ángeles, todos los seres que han sido, son y serán, comparados con Dios son nada, y veía al hombre, que tanto presume, menos que un microbio, ante el Creador.
Y cerrando los ojos de nuevo veía a Dios, al mismo Dios, inmenso, omnipotente, creador de todo, simplicísimo e infinito dentro de mí y para mí. ¡Oh noches serenas, en las cuales leía la obra del Creador! ¡Cómo encendíais mi espíritu! ¡Cuántas lágrimas de amor me habéis hecho derramar! Lágrimas que no cambiaría por nada de lo criado. Unas veces en silencio, otras dejando sonar mi voz en la soledad, o mezclándola en los amaneceres con la melodiosa del ruiseñor y la pastosa y llena de la oropéndola, me unía a la creación entera cantando al Hacedor, y las alabanzas de la Virgen y del mismo Jesús las hacía mías y míos sus amores para ofrecerlos al Señor. Porque con los ojos cerrados me veía como rodeado de los Ángeles y de los Bienaventurados todos, mis íntimos; con ellos he pasado y paso mi vida, y parece que siempre me dicen: Mira lo infinito de nuestro Dios: ¿cómo podrás soñar la gloria suya y nuestra gloria en Él? Ángeles, mis queridos Bienaventurados, bien oigo y muy dulcemente resuena en mi alma vuestra invitación.
¿Cómo he de tener miedo a la muerte, si lo que hago es quererla y llamarla? Cuentan de San Hilarión que su naturaleza se resistía a salir de este mundo, y se animaba diciéndose a sí mismo: Has vivido casi setenta años del todo consagrado a Dios, ¿qué temes? ¿No vas a ver al Señor, a quien has amado y por quien todo lo dejaste? Muchos favores y muy especiales había recibido el santo en su soledad, y muchas bellezas del cielo había visto y gustado para resistirse a morir. Más bien creo que desearía con ansia, como casi todas las almas consagradas de verdad a Dios y desprendidas de todo, volar pronto a su Dios y llamaría a la muerte. ¿A qué podía tener apego el que lo dejó todo por vivir en Dios y para Dios, el que siempre estuvo totalmente desasido de bienes y de personas para que sólo el Señor ocupara todo su corazón? ¿Cómo no desearía cambiar la soledad, con tanto esmero buscada, por los brazos amorosísimos del Padre que en esa hora le llamaba?
Ni quiero con esto decir se esté siempre libre, durante la vida, del temor de la muerte. Permite el Señor que a veces acongoje el temor de condenarse para prueba del alma y su mayor ganancia, y aún puede en algunos ser ese temor casi habitual, pero desaparece en los buenos al acercarse la hora de presentarse ante el Señor. San Hilarión no sufrió ese temor durante la vida, y querría el Señor probarle con él antes de su muerte, para que fuera como la última prueba, fuerte y rápida, y con el ofrecimiento especial de su vida, mereciera más y fueran sus últimos momentos de mayor gozo y más alegre aspiración. Porque eso hizo el santo aceptación de la muerte y ofrecimiento a Dios venciendo la tentación con generoso espíritu y muriendo gozoso en las manos del Señor. Porque ¿a quién buscó el santo en el desierto sino a Dios?
Cuando el Señor permite que algún fiel servidor suyo sea tentado con el miedo especial a la muerte, le comunica una gracia y una confianza también grandes, con las cuales se disipan todas las incertidumbres y recupera la alegría y desea ir a la morada del Amado.
Esa misma particular gracia, y luz de Dios pone confianza y perfecta contribución en el alma, con las cuales desaparece el temor a perderse para siempre y extiende anhelosa los brazos de su deseo y esperanza. Así como los niños pequeños corren hacia sus padres, cuando les hacen señas llamándoles para abrazarles, así el alma corre hacia su Padre celestial, a quien siempre había querido y buscado, para cobijarse en el abismo de su ternura. A los brazos de Dios tiende y en ellos se pone, confiada, porque sabe por la fe que Dios nunca rechaza ni puede rechazar lejos de sí a quien se entregó a Él.
Se pierden para siempre los soberbios y altaneros, porque se creen mucho no siendo nada, y no quieren ponerse en las manos de Dios. La soberbia no puede entrar ni tener su morada en el Cielo ni acercarse a Dios, y se retira al horror de la separación, donde siempre vivirá en negruras y odio. Pero el humilde, reconociendo su nada e impotencia, se entrega, confiado, al Señor para que le lleve al Paraíso.
Cogen los padres a sus hijitos, por enfermos que estén, en sus brazos y los estrechan contra su pecho, y les dan calor y besos de amor; pues mucho más amorosamente estrecha el Señor en su pecho y clarifica con su luz al alma humilde que se pone confiada en él. Jamás, repito, arrojó ni arrojará a quien se le entrega y confía.
El humilde tiene seguridad completa en la misericordia y bondad de Dios, a quien procuró amar y continúa amando. No puede temer, porque sería desconfiar del amor de su Padre. No miraba San Juan de la Cruz sus obras para esperar su salvación, cuando estaba ya en sus últimos días, sino la misericordia del Señor y la Pasión de Jesús, y la Carmelita Madre Josefa de Jesús, que había padecido de escrúpulos durante su vida, ya moribunda, estaba tan serena y alegre, que extrañaba a las religiosas, y ella les dijo: «Yo de mi salvación no tengo cuidado, ni de muerte ni de vida que a mí me toque, porque parece que mi salvación la tengo metida en una gaveta y que allí está muy segura; porque la tengo vinculada en sólo la misericordia de Dios, los méritos de Nuestro Redentor y la intercesión de la Virgen Santísima… Me entregué al servicio de Jesús, María y José tan de veras, que estoy creída que mi salvación corre de su cuenta» (1).
Ni el recuerdo del juicio, que sigue a la muerte, hace perder la paz, ni ahuyenta la alegría el deseo de morir, y no es que se tenga olvidada la sentencia de David: No quieras entrar en juicio con tu siervo; porque ningún viviente puede aparecer justo en tu presencia (2), sino porque con corazón contrito mira la misericordia del Señor y en ella confía. Es el juicio de Dios todo precisión y exactitud, pero es juicio de Padre que viene a examinar en el amor (3) y mi alma está muy arrepentida de no haber amado cuanto ha podido o de haber faltado en las obras de amor, y en este momento me confío al amor, todo humillado, sabiendo que Dios no desprecia el corazón arrepentido (4).
Con muchísima frecuencia nos repite la Iglesia, en el Oficio Divino, la enseñanza de San Gregorio sobre el momento en que Dios llama al alma y la respuesta del alma: «Dios llama, dice el santo, cuando por las molestias de la enfermedad hace ver que ya está cercana la muerte y le abrimos prontamente si le recibimos con amor. Quien tiembla salir del cuerpo y se llena de miedo al recordar que va a presentarse ante quien despreció, no quiere abrir al Juez que ya llama. Pero el que está seguro de su esperanza y de sus obras, abre prontamente y con alegría y recibe gozoso al Juez que viene. Cuando llega el momento de la muerte próxima salta de gozo pensando en la gloria que recibirá como premio» (5).
Nadie es digno de presentarse ante Dios, y no hay limpieza que resista a la claridad del Señor, pero Él pone su misma claridad y transforma al alma en luz.
Con su decir de madre, tan natural, tan ingeniosa y tan amante, daba aliento Santa Teresa de Jesús a sus Carmelitas para esta hora, recomendando vida santa y sufrida. Porque esta vida es una mala noche en una mala posada, y será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgados de quien hemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama….; esforcémonos a hacer penitencia en esta vida. Mas ¡qué dulce será la muerte de quien de todos sus pecados la tiene hecha y no ha de ir al purgatorio! Como desde acá aún podrá ser comience a gozar de gloria, no verá en sí temor, sino todo paz» (6).
Mueren los justos no sólo en la paz del Señor, sino en gozosos deseos de entrar en la posesión de la herencia de Dios. Y aunque pasajeramente permitiera el Señor que actuase la debilidad de la naturaleza, dejando sentir el miedo a la muerte, como vimos en San Hilarión y San Pedro Pascual y otras muchas almas, sus vidas habían estado llenas de deseos de Cielo y su muerte fue en gran paz y ansias de Dios, con dulcísimo consuelo.
He visto que los aeroplanos, antes de despegar del suelo y emprender el vuelo, recorren veloces la pista tomando las curvas necesarias para ponerse en dirección conveniente para elevarse, y en el momento antes de remontarse se paran y aumentan las revoluciones de las hélices y crece el zumbido y se estremece todo el aparato al impulso de la maniobra cual brioso caballo que tiembla e intenta encabritarse sólo detenido por las bridas, como deseando, y simultáneamente temiendo, dejar la tierra y subir a la atmósfera; pero al instante se repone, empieza de nuevo sereno y vertiginosamente su carrera y se eleva raudo del suelo a la clara luz y sube seguro sobre las nubes a cruzar la diafanidad de horizontes amplios y abiertos para dominar desde la altura la belleza y moverse en la límpida transparencia del aire. Así puede el alma estremecerse un momento al recuerdo de la muerte que llega para levantarla al Cielo, pero es para hacer más conscientemente el ofrecimiento de sí misma a Dios, ponerse en su manos y entrar a ver su divina hermosura y su infinita belleza, para recibir la luz, la sabiduría, el amor y goce eterno y empezar la inmortalidad feliz y gloriosa en perfecta e inacabable dicha. Entra ya a vivir para siempre la codiciada felicidad. Sube a ver a Dios y a vivir su vida, sabiendo que ya nunca la perderá.
Está en nuestras manos proporcionarnos esta paz y este deseo: Quiero exponerlo con palabras de Santa Teresa, pues son más autorizadas y están escritas con elegante encanto: «Vida, dice la Santa, es vivir de manera que no se tema la muerte, ni todos los sucesos de la vida… En nuestra mano está el vivir y morir con ella (la paz y alegría), como veis que mueren las que hemos visto morir en estas casas» (7).
Le había prometido el Señor «que tuviese por cierto que a todas las monjas que muriesen en estos monasterios Él las ampararía así, y que no hubiera miedo de tentaciones a la hora de la muerte». «Yo quedé harto consolada y recogida. Desde a un poquito llegúele a hablar (a la religiosa moribunda), y díjome: «Oh Madre, qué grandes cosas tengo de ver».
Así murió como un ángel. Y algunas que mueren después acá, he advertido que es con una quietud y sosiego, como si les diese una quietud y arrobamiento de oración» (8).
Las almas buenas y humildes no tienen asegurada su salvación, pero tienen toda la confianza de que Dios las salvará; ni desean se prolonguen los días de su peregrinación sobre la tierra por miedo al juicio que han de pasar, pues cuanto más vivan, de más obras tendrán que dar cuenta, se ven más expuestas al peligro de la inconstancia y más se retrasa el momento de ver a Dios.
Por otra parte, el amor, cuando es crecido, quita el recuerdo de todo lo que no es el mismo amado y sólo tiene presente la imagen y la memoria de poseer al amado, que es Dios. Ni de cielo, ni de juicio, ni de purgatorio, ni de infierno, dice la Santa, se acordaba, sino de Dios (9).
Si se siente alguna pena o tristeza al salir de la tierra para ir a Dios, es por falta de fe viva y confiada, o por no vivir tan santa y recogida en Dios, como se debiera, y por la pobre condición de este barro, que aún llevamos, que se apega a la vida, porque no sabe dónde está la verdadera vida. Ni esto ni los efectos de las amistades de acá debieran ser bastantes para quitarnos el gozo de ver aproximarse la hora de la muerte y el deseo de ir a Dios.
La buena hija rebosa de contento por el afortunado matrimonio, que cree haber realizado en lejanas tierras, con el hombre de sus sueños y está deseando dejar la tierra de sus padres para marcharse al país remoto y unirse allí con el esposo escogido, y vivir sus ensueños y su ideal de felicidad. No la quitan su alegría ni la aminoran sus deseos de partir unas lagrimillas de tristeza al despedir a sus buenos padres, que tan bien la criaron y tanto la aman. Los deja por su marido, por la realización del ideal del corazón, por la futura felicidad que sueña para toda su vida, felicidad que pocas veces llega. Pero se ilusiona y llena de contento pensando en él y en aquel momento y marcha gozosa.
Cierta tristeza invade al labrador curtido en su trabajo y hastiado del duro bregar con el arado, con las crudezas del tiempo, la esterilidad de la tierra y la incertidumbre de frutos poco remunerados, al despedirse de sus convecinos y compañeros de trabajo para marcharse a un lugar lejano, donde le llama un hijo que ganó cuantiosa fortuna y que le asegura la abundancia, la comodidad, el descanso y la convivencia con personas agradables y amistades poderosas; pero se va lleno de gozo y parece tarda en llegar el momento de partir a la vida tan halagüeña como nunca soñó. Deja las bestias y el áspero trabajo para empezar vida más suave y encumbrada.
El pobre minero que trabaja en las tristes galerías, siempre entre peligros, trabajos fuertes y en la oscuridad, salta de gozo cuando le anuncian que deje la mina y se traslade a la ciudad a vivir con fortuna heredada, sin que la despedida, siempre penosa, de los compañeros de trabajo le enturbie el contento recibido.
Y mientras los jóvenes soldados conviven entre sí sirviendo a la patria, contraen amistades tan fuertes que no olvidan en toda la vida. Pero ¡cómo cantan y qué gozo sienten cuando les anuncian que ya quedan libres y pueden marchar a su casa a vivir con los suyos! Habían hablado y gozado con sus amigos pensando en este día de libertad y de la anhelada vuelta a los seres amados, y ahora que ya es llegado el momento, vocean y saltan de gozo y todo lo olvidan preparándose a la partida.
¿Cómo vamos a comparar la alegría que experimenta la joven esposa que va con su marido, ni el contento del labrador libre de su trabajo, ni la satisfacción del minero al dejar la mina, ni el gozo de la licencia del soldado con la alegría que siente el alma que ama a Dios sobre todas las cosas, cuando la notifican y ve por los efectos de la enfermedad que llega la hora de partir de la tierra para el cielo, de dejar a los hombres para ir a gozar de Dios ?
Por que quien ama al Señor se olvida entonces, por una especial gracia, del infierno y del juicio y no ve nada más que a Dios que le llama para estar con Él, como tanto se lo había pedido. Da el último adiós en la tierra a los seres queridos y se despide gozosa de su mismo cuerpo, esperando que pronto volverá a buscarle y entonces le hará glorioso.
A todos les dice con los ojos radiantes de esperanza, por lo que inmediatamente va a recibir: «Aquí quedáis vosotros, mis amados, por un poco más de tiempo. Yo salgo ya de este destierro y me voy a la seguridad y gozo de la casa de mi Padre Celestial, ya los deseados brazos de mi Dios que me llama. Allí os espero en la alegría y en la claridad del Cielo. Me inunda el gozo de que se llega el momento de ir a Dios y con Él recibiré la luz y el bien celestial para siempre. Desde allí, radiante en la luz de Dios, os veré, os acompañaré y amaré. Vivid de modo que nos veamos allí.»
No es posible tenga tanta prisa el ciego para abrir los ojos y ver como el alma por recibir la claridad sobrenatural del nuevo mundo del cielo.
Preguntaba el Señor a su sierva Catalina de Jesús si quería ir con Él, y ella respondió: «Sí, Señor». De nuevo la pregunta que cuándo quiere, y ella le dice: «En seguida, Señor, en seguida.»
Era la pregunta que hacía al Señor, como vimos ya, Santa Catalina de Sena: ¿Por qué no ahora?
Cuando moría en Córdoba, el Hermano José de la Madre de Dios, viéndole que rebosaba alegría, le preguntó el Prior la causa y él respondió: «¿Pues qué le parece, Padre? Como Dios me quiere llevar, estoy alegre.» y murió diciendo: «Adiós, hermanos míos, que me voy al Cielo» (10).
Días antes de la partida, hermosea Dios el alma con las últimas purificaciones de la enfermedad y la pone un conocimiento más alto, por el cual ve que ante la hermosura, grandeza y sabiduría del Señor, es oscuridad y nada toda la belleza criada y toda la ciencia que pueda soñarse, y pura flaqueza y ruindad el poderío y estruendo de los grandes de la tierra y amargura los placeres apetecidos. Ella se va al Sumo Bien, al que es por esencia Bien, y en Él para siempre vivirá. Desea el momento de cerrar los ojos a esta oscuridad terrenal, para abrirlos en la luz y hermosura del Cielo. Ya se aplica a sí misma las palabras del Evangelista San Juan: Porque conozco que voy a ser trasladado de la muerte a la vida (11).
Esta verdad se comprueba diariamente. El 20 de octubre de 1948 moría, muy jovencita, la Hermana Ana María del Santísimo, Carmelita Descalza, del convento de Mancera de Abaio. Durante las recreaciones canta aquella Comunidad cánticos piadosos y sencillos, compuestos por las religiosas o tomados de otros poetas santos, para conservar más viva y con mayor alegría la presencia de Dios y salir más fervorosas de aquel acto, sin perder la alegría. Entre otros, entonan frecuentemente la poesía de Santa Teresa de Jesús a San Andrés, con una música montañesa popular de deje nostálgico, mezcla armoniosa de himno vibrante y de remembranza elegiaca, muy apta para levantar el espíritu, con añoranzas de Cielo. En esa poesía repiten a coro las religiosas el verso de la Santa: ¡Qué será! ¡Qué será cuando veamos aquella soberana Majestad!
Y la joven religiosa, que había salido del convento a una clínica, escribía, ante lo inminente y seguro del fin, a sus hermanas religiosas, animada y contenta, una carta de despedida hasta el Cielo, y les decía, refiriéndose a ese estribillo de la poesía: Ya va a dejar de ser enigma para mí el «¡Qué será!» Voy a ver a Dios. Y gozosísima se fue al encuentro de la infinita hermosura.»
***
Estas consoladoras ideas me decía dulcemente aquel santo ermitaño en la apacible y callada naturaleza; yo lo escuchaba encantado y sentí que en mi pecho había nacido la llama del deseo de ver a Dios, y me dije: «Quién hay semejante a Ti, oh Señor» (12). Oh hermosura y felicidad eterna y siempre nueva, ¿cuándo me veré en tu hermosura y me darás a beber de tu felicidad?
(1) Año Cristiano Carmelitano», por el P. Dámaso de la Presentación, C. D. Tomo III, día 28 de septiembre.
(2) Salmo 142, 2.
(3) San Juan de la Cruz, Avisos, 57.
(4) Salmo 50.
(5) San Gregorio Papa, Lecciones del tercer nocturno de Confesor Pontífice.
(6) Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, cap. XL.
(7) Santa Teresa de Jesús, Fundaciones, capitulo XXVII.
(8) Santa Teresa de Jesús, Fundaciones, capítulo XVI
(9) Santa Teresa de Jesús, Moradas, VI, capítulo XI. Vida, cap, XX. Relaciones, V.
(10) Año Cristiano Carmelitano, tomo I, día 12 de marzo.
(11) San Juan, Epístola I, III, 4.
(12) Salmos 70, 19 y 88, 9.
