MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capitulo trece
LA VIDA CRISTIANA
Continuación…
III
EL CRISTIANO Y LA VIDA
Un buen padre capuchino hablaba una vez acerca de un hermano suyo, el cual, habiendo sido nombrado Obispo de una diócesis de Italia, obraba prodigios de apostolado y de bien.
Para expresar en una palabra toda su admiración, prorrumpió en esta frase: «¿Queréis que os lo diga? Ese hermano mío, obispo, cree en Dios».
Recibióse con una sonrisa esa espontánea y sentida exclamación, ya que al parecer no es una cosa del otro mundo que un obispo crea en Dios. ¡Válgame Dios! ¡No faltaría más que ni siquiera los obispos creyeran en Dios!… Sin embargo; la expresión del buen capuchino es profunda. Se puede creer en Dios sólo con los labios y se puede creer en Él también con la vida.
La vida del verdadero cristiano no debe ser otra cosa que un acto de fe, pronunciado con acciones, no con palabras. El hombre justo, dice la Escritura, vive de la fe. Es igual que decir: «el hijo de Dios, justificado y divinizado por la gracia», no ve más que a Dios en todas las cosas, y todas las cosas las ve en Dios, como se expresa San Francisco de Sales; y por consiguiente, a sus ojos todo brilla con resplandor de paraíso y su actividad está cristianamente inspirada.
Él —añade el P. Mateo Crawley— quiere vivir divinamente, no con la simple vida del hombre, sino con la vida de Dios.
Muchas personas, cuando oyen o leen semejantes ideas, no saben que se trata de principios elementales del cristianismo y afirman que ésas son normas buenas para los santos, para las monjas de clausura, para los ermitaños del desierto.
Por lo tanto, vamos a detenernos a explicar el sentido de este programa, que debe ser un programa común al poeta, al carpintero, al rey, al sano, al enfermo, al diputado, al estudiante, a la madre de familia, al policía, al artista y al carnicero.
—¿Cómo? —se objetará. —¿También el carnicero debe vivir divinamente? ¿También el diputado?…
No temo responder que la objeción demuestra una sola cosa: la supina ignorancia religiosa de nuestros días. Un cristiano que no vive divinamente, es una máscara de cristiano, o sea un traidor a Cristo.
1. Ante todo, es conveniente recordar una vez más, que para vivir divinamente es necesario tener la gracia en el corazón. El que posee la gracia, sea un príncipe o un barrendero, es hijo de Dios, tiene a Dios en sí, sus buenas acciones ya no son puramente humanas, sino divinizadas. Y adviértase —como lo hace Marmion acertadamente— que no solamente las acciones, que, por su propia naturaleza se refieren directamente a Dios —tales como los ejercicios de piedad, la asistencia a la santa Misa, la Comunión y los otros Sacramentos, las obras de caridad espirituales y corporales—, sino también las acciones más ordinarias y triviales, los incidentes más vulgares de nuestra existencia cotidiana —tales como comer, atender las propias obligaciones, trabajos y negocios, llenar en la sociedad las diversas obligaciones de hombre y de ciudadano, abandonarse al descanso—; todas estas acciones que se repiten todos los días y van tejiendo literalmente, en su monótona y habitual sucesión, la trama de nuestra vida entera, pueden ser transformadas por medio de la gracia y del amor en actos muy agradables a Dios y riquísimos en méritos. También el grano de incienso es un poco de polvo sin consistencia, pero al ser echado al fuego se vuelve un perfume agradable. Cuando la gracia y el amor se apoderan de toda nuestra vida, entonces toda nuestra existencia resulta un himno perpetuo a la gloria del Padre celestial; nuestra vida es para Dios, por medio de nuestra unión con Cristo, como un incensario, del que se eleva una fragancia que le es grata.
No hay, pues, que juzgar la actividad y la vida humanas por la materialidad exterior de las acciones, sino por el principio interno vivificador. Si este principio es la gracia y la fe que obra por la caridad, nuestra actividad es inmensamente preciosa, es divina, y nosotros vivimos divinamente.
Solamente el pecado, esto es, la rebelión contra Dios, no puede ser santificado, por la contradicción que no lo consiente, pero todos los demás actos libres —desde la humilde labor del que limpia un mueble con un estropajo hasta la del que dirige un Estado— pueden ser la actuación de ese programa, que enunciamos ya y que todos los cristianos —no sólo las monjas y los cenobitas— tienen la obligación de cumplir.
En virtud de la vida vivida en gracia y de las acciones sobrenaturalmente meritorias por el influjo actual o virtual de la caridad, la misma gracia santificante aumenta en nosotros. Como existe desarrollo en el organismo físico, así también hay desenvolvimiento y progreso en la vida espiritual, aunque es muy cierto que también en la vida espiritual puede haber retraso, debilidad, anemia, cansancio, frialdad (pecados veniales) y también la muerte (culpas graves).
Crezcamos por medio de todas las cosas, nos recomienda San Pablo; todo acto divinizado por la gracia e informado por la caridad, prepara y obra en nosotros un crecimiento divino, el perfeccionamiento del hijo de Dios, que se diviniza cada vez, haciéndose cada vez más semejante al Padre.
2. Para vivir dignamente no basta adquirir la gracia, sino que es necesario hacer la voluntad de Dios. He aquí el segundo punto, que por lo demás, forma un solo precepto con el primero, porque no se hace la voluntad de Dios al no estar en gracia, y no se puede perseverar en la gracia, sino siguiendo la voluntad del Padre.
El significado de esta segunda idea es claro.
Somos hombres y si hiciésemos nuestra voluntad viviríamos humanamente, con las concomitancias de la existencia, limitada a la visión de las cosas y a las fuerzas propias.
En cambio, si vivimos conforme a la voluntad de Dios, nuestra vida se desenvuelve divinamente.
Viven, pues, divinamente, el matarife cuando trabaja, el estudiante cuando estudia, el diputado cuando asiste a una sesión parlamentaria, y así sucesivamente, si en esos momentos hacen lo que Dios quiere de ellos.
Por lo mismo, es evidente que no viviría divinamente un maestro, que en lugar de permanecer en la escuela a atender a sus alumnos los dejase abandonados a sí mismos, o al poco seguro cuidado de otros, refugiándose horas y horas en la iglesia postrado ante el Santísimo Sacramento, mientras la voluntad de Dios le exige una cosa muy distinta.
Los santos no son santos por los prodigios o las cosas maravillosas que han realizado, sino sólo porque han hecho la voluntad de Dios. He aquí por qué es santo un Vicente de Paul o un Cottolengo y es santa Sor Teresa del Niño Jesús; los dos primeros en sus inmortales obras de caridad para con el prójimo hacían lo que Dios quería de ellos; la última, era, en el silencio del monasterio carmelitano, «una pelota en las manos de Jesús» y no tenía otra preocupación que la de poner su voluntad al servicio de la voluntad de Dios.
Por lo tanto, no sólo el obrero, el comerciante, la empleada, la costurera y el poeta, pueden vivir divinamente; sino que, si Dios los quiere en el puesto en que están, y ellos desearen hacer la propia voluntad aspirando a cosas de suyo grandes y mejores, a las que sin embargo Dios no los llama, no habiéndoles otorgado dotes y virtudes convenientes, se equivocarían.
Si, contra la voluntad de Dios, el comerciante quisiera trocarse en gran poeta; o un empleado, atado por los vínculos de familia en la que debe pensar, quisiera tomar los hábitos de monje, estaríamos frente a un desastre. ¿No sucede siempre así, en todas las actividades, cuando en vez de conformarnos con la santa voluntad de Dios, hacemos nuestra poco santa voluntad?
Es la gran lección que San Buenaventura dio a un hermanito de su convento. El pobre lego miraba con admiración a su Padre Buenaventura, a quien sabía muy docto. Un buen día no pudo contenerse y le dijo: ¡Dichoso vos, Padre Buenaventura, que sois maestro de teología y conocéis tantas cosas que yo ni siquiera entiendo!… ¡Dichoso vos!» El Santo sonrió y repuso: Mira, querido. Si una viejecita ignorante ama a Dios más que yo y hace su voluntad con mayor amor que el mío, créeme que es más dichosa que yo con toda mi ciencia. Entonces el frailecito, en su sublime simplicidad se puso a gritar: ¡Viejecita, viejecita, ama a tu Dios, porque si lo amas más que mi Padre Buenaventura, eres más grande que él!
Nuestra vida está organizada cristianamente, cuando amamos y cantamos el himno del amor divino en el cumplimiento, aunque modestísimo, de nuestro deber cotidiano.
El amor divino, que es la caridad, la tercera y la mayor de las virtudes teologales, ordena entonces los actos de las demás virtudes al último fin, y les da forma y mérito, como fundamento y raíz que los sustenta y los nutre. Cuanto más amamos a Dios, cuanto más uniformamos nuestra voluntad con la suya, cuanto más recitamos, no con los labios, sino con los hechos, el «fiat voluntas tua» del Padre Nuestro, tanto más cristianos somos, esto es, santos. Los santos —dice el P. Mateo Crawley— son cálices de amor.
De este modo se resuelve el problema de la vida.
Cada uno debe averiguar cuál es la voluntad de Dios, con respecto a sí mismo; y pensando que Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos, debe arrojarse en sus brazos con devoto afecto, teniendo fe en Él y siguiendo el camino que le traza. El verdadero acto de caridad no consiste en la fórmula que constantemente se recita, ni mucho menos en los suspiros y en los gemidos de una perezosa y caprichosa sensibilidad; sino en realizar la voluntad de Dios, manifestada en la condición, en el estado, en las vicisitudes de la vida y en las circunstancias en que nos ha colocado, o ha permitido que fuéramos puestos.
He aquí —concluiremos con San Agustín— el breve precepto para gobernar tu corazón: Haz lo que Dios quiere y no quieras que Dios haga lo que tú quieres. La súplica del Padre Nuestro: Hágase tu voluntad, no debe ir seguida del apéndice: con tal que sea como la mía.
Si penetraras al taller de un herrero —prosigue el pensador de Hipona— no te atreverías a criticar los fuelles, los yunques y los martillos. Haz, en cambio, que penetre un ignorante que no sabe el porqué de las cosas, y todo lo critica. Pero el que, sin poseer la pericia del herrero, tiene al menos el sentido común ¿qué se dice? Los fuelles no están aquí sin motivo; si yo lo ignoro, el herrero sabrá por qué. Ahora bien, si el sentido común te impide criticar las herramientas del herrero, ¿osarías censurar a Dios en este mundo?
A semejanza del Hijo de Dios, que pudo afirmar con verdad: «No busco mi voluntad, sino la voluntad de Aquél que me ha enviado», también nosotros, hijos del Padre, debemos vivir conformando nuestro corazón a la voluntad de Dios.
Por lo tanto, la vida está cristianamente organizada, cuando así en la alegría como en el dolor, en las horas de descanso o en las jornadas fatigosas, entre el perfume de las flores o entre las prolongadas borrascas, nos ilumina el sol divino. En esto consiste la resignación, que no es fatalismo, antes bien, lucha y ascensión, teniendo siempre presente a Dios, su voluntad y su amor.
El que vive de esta manera, recibe en lo más íntimo de su alma el beso de la paz y la felicidad celestial.
La vida cristiana debe ser un paraíso —entre dolores y penas en este mundo— y sin lágrimas en el otro. ¿Y qué otra cosa es el paraíso sino la visión de Dios? Acá debemos ver a Dios con la fe activa, allá con la contemplación, cara a cara.
Pero tanto la vida terrenal como la celestial no pueden estar organizadas sino tomando como centro, a Dios, autor del orden sobrenatural.
RECAPITULACIÓN
1. El cristiano es un hombre divinizado; por lo tanto, debe VIVIR DIGNAMENTE. Cada uno, en cualquier momento de su existencia, y en cualquier condición social, puede y debe cumplir semejante programa.
2. Para vivir divinamente, es necesario:
a) tener y conservar la gracia en el alma;
b) hacer la voluntad de Dios.
Continuará…
