MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capitulo trece
LA VIDA CRISTIANA
II
EL CRISTIANO Y LA NATURALEZA
Continuación…
2
Consejos prácticos
Ruego al lector se detenga un instante, ponga su mano en su conciencia, y se pregunte: «¿Es éste el modo con que yo, cristiano, contemplo la naturaleza?»
Probablemente la respuesta sea desoladora. Pero la culpa no es toda nuestra. Corresponde, en parte, a la equivocada educación que se proporciona a la juventud actual, a la que se le enseñan con todo cuidado los primeros principios de las matemáticas, de la literatura, de la ciencia, de las lenguas, sin tener para nada en cuenta los primeros principios del Cristianismo. ¿Qué culpa tienen tantas almas juveniles, que en el fondo son generosas, delicadas y nobles, si nadie las ha ayudado nunca a descifrar el pensamiento de Dios escrito en la naturaleza? Como los jeroglíficos egipcios permanecieron mudos hasta que los estudiosos del siglo pasado los interpretaron y nos enseñaron a comprenderlos, así la naturaleza será un jeroglífico inútil para las conciencias no educadas cristianamente.
«El sentimiento de la naturaleza —permítaseme otra cita de Contardo Ferrini—, preciosa dote de las almas privilegiadas, debería tener una parte principalísima en nuestra educación. ¡Pobre juventud que crece raquítica, mísera de cuerpo y de espíritu, sin ideas y sin valor, que no conoce más paseos que las avenidas, más horizontes que los del balcón, más espectáculos de la naturaleza que los leídos en los libros! ¡Pobre juventud, sin conciencia y sin dignidad, que no piensa más que en modas, en novelas, en teatros y en lujo, sin aventurarse jamás sobre el borde de un abismo, ni alcanzar la cima nevada de un monte!… ¡Aprenda a gozar del sol naciente, contemplado desde el picacho de un monte, del sol que muere en el ocaso e incendia los vastos neveros, del claror de luna que juguetea en los valles desiertos; recoja las flores que crecen junto a las nieves perpetuas y exulte con risas de cielo entre la horrosa magnificencia de las montañas!».
Especialmente nuestros Alpes —parece que exclamara desde el Vaticano el Sumo Pontífice PÍO XI con Ferrini— nos hacen sentir la proximidad de Dios y sus maravillas:
«Dios habla desde la cima nebulosa del monte, desde el fragor del torrente montañoso, desde el horror de la roca enriscada, desde el candor de las nieves perpetuas, desde el sol que empurpura el occidente y desde el viento que despeina la cabellera de los abetos vetustos: la naturaleza vive animada con el soplo omnipotente de Dios, sonríe con su sonrisa, se obscurece con su ira, en medio de las mil vicisitudes jóvenes todavía, como es perennemente joven la sonrisa de Dios».
Es necesario habituarse —lentamente, pero con tenaz constancia y con inconmovible voluntad— a leer cristianamente la naturaleza. Todos los días hagamos algún ejercicio de lectura. Nunca nos acostemos por la noche, sin contemplar las estrellas. ¡Pobres almas disipadas y superficiales, a menudo os lamentáis porque aún no habéis encontrado un libro de oraciones que os ayude a orar con fervor! ¡Contemplad los cielos estrellados! He ahí un libro de oraciones escrito por Dios. Leedlo, y las estrellas os invitarán a amar a Dios con las palabras con que un día invitaron a San Agustín: «Señor, todo me dice que te ame».
Aprenderéis de este modo a hacer uso de este hilo telefónico, la naturaleza, y penetraréis de una vez en el alma del verdadero San Francisco, que no es el San Francisco del racionalismo, del panteísmo, ni, mucho menos, el San Francisco de cierta enfermiza literatura franciscana de nuestros días, sino el San Francisco cristiano, el San Francisco de los estigmas, que amaba a Dios y a cada paso lo veía en su verde Umbría, en el hermano lobo y en la migratoria alondra:
Laudato si, mi Signore, cum tucte le tue creature
spetialmente messer lo frate sole,
lo quale jorna, et illumini per lui.
Et ellu è bellu e radiante cum grande splendore:
da te, altissimo, porta significatione.
Laudato si, mi Signore, per sora luna e le stelle,
in celu l’ái fórmate clarite et pretiose et belle.
Laudato si, mi Signore, per frate vento
et per aere et nubilo et sereno et onne tempo,
per lo quale a le tue creature dai sustentamento.
Laudato si, mi Signore, per sora acqua,
la quale é multo utile ed humile et pretiosa et casta.
Laudate si, mi Signore, per frate focu,
per lo quale ennallumini la nocte,
ed è bello et jocundo et robustoso et forte.
Laudate si, mi Signore, per sora nostra madre terra
la quale ne sustenta et governa
et produce diversi fructi con coloriti fiori ed herba.
Laudato si, mi Signore, per sora nostra morte corporale,
de la quale nullo homo vivente puo scampare.
Laudate et benedicete mi Signore et rengratiate
et servitelo cum grande humilitate.
Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el hermano Sol,
el cual hace el día e ilumina por él,
Y es bello y radiante con grande esplendor,
de tí, Altísimo, porta significación.
Loado seas, mi Señor, por sor Luna y las estrellas,
en el cielo las has formado claras y preciosas y bellas.
Loado seas, mi Señor, por el hermano Viento,
y por el Aire y Nublado y Sereno y todo Tiempo
por el cual a tus criaturas das sustentamiento.
Loado seas, mi Señor, por la hermana Agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.
Loado seas, mi Señor, por el hermano Fuego,
con el cual alumbras la noche,
y es bello y jocundo y robusto y fuerte.
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana madre Tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos, con coloridas flores y hierba.
Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar
Alabad y bendecid a mi Señor y gracias le dad
y servidle con grande humildad.
(Traducción del Padre Luis de Sarasola, O.M.)
RECAPITULACIÓN
1. La naturaleza es un libro escrito y compuesto por el Padre celestial, para nosotros, sus hijos.
2. Tratan de interpretarlo:
– el SABIO, el cual, en el estudio de los fenómenos aspira a llegar a la gramática de la naturaleza y a sus reglas o leyes;
– el ARTISTA que admira la belleza de la naturaleza;
– el CRISTIANO, el cual en el orden de los fenómenos y en el esplendor del universo, siente la voz de la misma Sabiduría increada y ve un rayo de la Belleza divina.
3. Nosotros, con ejercicios graduales, debemos aprender a leer el libro de la naturaleza con el método cristiano, acordándonos, en todas partes, de la presencia de Dios, creador y conservador de todas las cosas, y Padre nuestro amantísimo.
Continuará…
