«Monseñor Tissier le envió una carta a Mons. Williamson, preguntándose si Monseñor Lefebvre tomó una buena decisión al consagrarlo obispo».
Lo afirma M. Williamson, lo que no aclara es a quién se refería la duda de M. Tissier, si al remitente o al destinatario de la misiva. Pues dada la trayectoria de los cuatro obispos consagrados por M. Lefebvre, cualquiera de ellos pueden autoplantearse la preguntita de marras.
Un poquito de autocrítica no les vendría mal a ninguno de los cuatro. ¿Se equivocó M. Lefebvre?, somos legión los que pensamos que sí, pues él, lamentablemente, no poseía la prerrogativa de la infalibilidad. De lo contrario, ni yo estuviera ahora escribiendo este artículo, ni M. Tissier hubiese tenido la oportunidad de hacerse la pregunta, ni dirigida a él ni a M.Williamson, ya que de no haberse equivocado Mosnseñor, ambos serían dos curitas sin más de la Fraternidad.
La pregunta que si nos hacemos, es si M. se equivocó sólo o por el contrario lo condujo alguien a la errata, pues si mal no recuerdo el propio M. Tissier era uno de sus asistentes, y el superior general era el P. Franz Schmidberger, al parecer alumno de Ratzinger de lo cual presume y que según tengo entendido le enviaba ramos de flores por su aniversario, ¡Que tiernos!. ¿Quién o quienes aconsejaron a M. Lefebvre tamaña equivocación?. ¿Funcionaba ya la conjura?, es factible la duda.
La Fraternidad necesitaba cuatro leones con sus zarpas preparadas para la defensa de la Tradición, en ello confiábamos todos los fieles hasta el fatídico momento en que se decide las fatales conversaciones con Roma, ahí nos empezamos a dar cuenta de que que aquellos obispos que considerábamos unos gigantes se convirtieron en enanitos, y por consiguiente lo que pensábamos que eran fieros leones vinieron a ser sólo unos gatitos mansos de angora.
Lo peor de todo esto es que ninguno tiene la humildad de reconocer su ineptitud para la gran batalla para que M. Lefebvre los eligió, y es que atendiendo al refranero español: «ningún camello se ve su jorobas».
Aconsejo a los cuatro la lectura de una fábula de Tomás de Iriarte, titulada: «el topo y otros animales».
Les adelanto la moraleja:
Si el que es ciego y lo sabe,
aparenta que ve,
Quien sabe que es idiota,
¿confesará que lo es?
Andrés Carballo Rodríguez
