MONSEÑOR FELLAY SIEMBRA MÁS CONFUSIÓN
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Proporcionamos solamente parte de los textos de cuatro sermones de Monseñor Fellay, en los cuales destacamos algunas expresiones.
Es muy importante acompañar la lectura con el audio.
A) Respecto de la identificación Iglesia Conciliar-Iglesia Oficial
LUJÁN, 7 de octubre de 2012
Nosotros, queridos fieles, tenemos la misma prueba. Esta vez no con el Cuerpo físico de Nuestro Señor, sino con su Cuerpo Místico, con la Iglesia.
Vemos de nuevo la Iglesia, la Iglesia crucificada. Esta Iglesia, la Iglesia Católica, estamos obligados de creer, de profesar su carácter divino, totalmente sobrenatural en su esencia. Divina en su Cabeza que es Nuestro Señor mismo, Dios, con privilegios que pertenecen solamente a un origen divino: la infalibilidad, la indefectibilidad, jamás el demonio podrá destruir la Iglesia, la sola, la única, la verdadera que puede salvar… y que salva. Que puede santificar y que santifica.
Esta Iglesia es la que vemos frente de nosotros casi muerta. Lo que percibimos con nuestros sentidos de la Iglesia hoy, son realmente percepciones de un cadáver, de uno que está tan, tan herido, que está casi muerto.
Y de nuevo, muchísima gente está tentada de tomar solamente una parte, sea la parte divina, sea la parte humana. Pero tomar los dos, que son tan contradictorios, eso pesa. Una prueba, la más dura, la más peligrosa que se puede imaginar, es aquella que Dios permite, que nosotros sufrimos.
Y como en la cruz, hay personas que insisten tanto en la Fe que niegan la realidad. Dicen: «la Iglesia no puede engañarse, la Iglesia no puede decir, enseñar errores. La Iglesia no puede hacer algo mal. Entonces todo lo que ha hecho, todo lo que pasa en la Iglesia hoy, tiene que ser justo, bueno, verdadero».
En nombre de la Fe, entonces de un punto que es necesario creer, aceptar. ¡Cuidado! Estamos obligados de profesar la santidad de la Iglesia, que la Iglesia es indefectible, que es infalible, ¡es verdadero, cuidado!
Pero, hay una realidad.
La otra tentación es de insistir tanto sobre la realidad que se va a negar, rechazar, las implicaciones de la Fe. Aquellos que viendo el desastre, dicen: «Eso no puede ser la Iglesia, imposible. Eso no es la Iglesia. ¿Por qué? Porque muere. Porque está lleno de errores, lleno de escándalos, lleno de todo lo que conduce las almas al infierno. Eso, la Iglesia no puede hacerlo». Que es, de nuevo, una verdad.
Y entonces rechazan, rechazan al Papa, rechazan a la jerarquía, dicen que «aquella que tenemos enfrente de nosotros, ¡bah!, no es verdad, no es la verdadera Iglesia, nosotros somos la verdadera Iglesia».
Falso. Falso, como pretender frente a la cruz que, porque Jesús muere, no es más Dios.
¿Ven cómo es difícil la prueba? Cómo es difícil de mantener los dos, los dos puntos, que nos parecen tan contradictorios, insoportables, como para San Pedro el anuncio de la pasión y la muerte de Nuestro Señor.
Sí, ahora la Iglesia sufre. Podríamos preguntar hasta qué punto puede ir este sufrimiento. Hasta qué punto Dios permite o quiere que el Cuerpo Místico siga el padecimiento del Cuerpo físico. Hasta qué punto vamos a ir en esta tribulación de la Iglesia. ¿Vamos a ir hasta la muerte?, preguntamos.
Parece que no. La Fe nos dice que no.
En La Salette, Nuestra Señora habló de un eclipse de la Iglesia, como si la Iglesia desaparece, diciendo también que el Anticristo estará reinando en el lugar donde necesita de ver el Vicario de Cristo. Misterio. Gran, gran misterio.
Pero de nuevo: el único modo de mantenerse en la verdad, es de aceptar los dos: los lados de la Fe totalmente sin romper una parte y también la verdad. Los dos.
Y aquellos que quieren explicar, ¡cuidado! Cuidado, porque olvidamos muchísimas veces que la Iglesia, como Nuestro Señor, son misterios. Un misterio es una verdad, no es una confusión. Cuando nosotros hablamos de un misterio es algo raro, curioso, misterioso. Pero cuando hablamos de un misterio de la Fe, hablamos de una verdad. Una verdad tan luminosa que es demasiada luz para nuestros pobres ojos. Pero no de una confusión. Demasiada alta para la percepción de nosotros como creaturas.
Sí. Cuando hablamos de lo que pasó el año pasado, estamos dentro de esta prueba.
¿Cómo accionar, cómo reaccionar de frente a la Iglesia, a Roma? ¿Cómo hacer? Muy claramente, juntando los dos elementos. No solo uno.
Los sedevacantistas niegan una parte. Los de «Ecclesia Dei», y los modernistas, niegan la otra.
Hay aquellos que dicen «toda esta realidad es mala, entonces no hay Iglesia, no hay Papa». Los demás que dicen: «La Iglesia no puede engañarse, entonces todo es bueno, tenemos que seguir y aceptar todo». Y los dos no son verdaderos. Hay que distinguir con mucha prudencia.
Hay que reconocer que esta Iglesia, hoy, continúa salvando. También nosotros, si estamos salvados, es gracias a esta Iglesia. Realmente. Una Iglesia que en este estado de heridas terribles, continúa sin problema, santificando, comunicando la gracia santificante.
Porque nuestra Iglesia humana es Dios, es Nuestro Señor, que hace de esta Iglesia su instrumento. Un instrumento increíblemente débil, pero un instrumento.
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FLAVIGNY, 2 de septiembre 2012
Cuando vemos la Iglesia, encontramos estos dos componentes: un componente humano y un componente divino.
Pero no solamente eso; encontramos también lo que se puede llamar las consecuencias extremas de estos dos elementos, y allí es donde interviene la tentación que, para muchos, parece insoportable, inaceptable.
La fe en la Iglesia nos obliga a profesar lo que decimos en el Credo: «Yo creo en una Iglesia una, santa». Nosotros lo decimos
¡y no hablamos de una Iglesia en el aire! Nosotros hablamos de la Iglesia que está allí, real, delante de nosotros, con una jerarquía, con un papa. Ese no es el fruto de nuestra imaginación, allí está la Iglesia, es real, la Iglesia católica romana.
Nosotros debemos decir y debemos profesar a esta Iglesia como santa, como una, porque la fe nos obliga.
Veamos ahora un poco las consecuencias, mis queridos hermanos, sobre todo en relación a la santidad. Nos damos cuenta que, si actualmente tenemos la fe, si nosotros tenemos esta alegría de poder profesar la fe, es gracias a esta Iglesia tan concreta… que está en un estado lamentable.
Cuando ustedes llevan a un niño a un sacerdote de la Fraternidad para un bautismo, la primera pregunta es: «¿Qué le pides a la Iglesia?»¡Y no a la Fraternidad!
Y la respuesta es: «la fe». No es la Fraternidad, sino la Iglesia la que otorga esta fe… ¡Y la Iglesia de hoy! Es la Iglesia de hoy la que santifica. Cuando se dice «extra ecclesiam nulla salus», fuera de la Iglesia no hay salvación, es bien de la Iglesia de hoy que hablamos. Es absolutamente cierto, es necesario afirmarlo.
Pero, vean, el simple hecho de evocar estas palabras, nos hace plantear inmensas preguntas: ¿Cómo puede ser esto? Estos obispos que propalan toda suerte de herejías, ¿cómo pueden darnos la fe?
¡Pues, sí! ¿Cómo este Jesús que muere, puede ser Dios?
Es de fe, es absolutamente cierto que la fe y la gracia, que cada una de las gracias que recibimos por los sacramentos, las recibimos de la Iglesia.
Y una vez más, esta Iglesia es bien concreta, no se debe hacer de ella una abstracción, ¡Ella es real!
Y nosotros formamos parte de Ella.
Si nosotros estamos vivos en esta Iglesia, esta vida la recibimos de la Cabeza de la Iglesia, esta Cabeza que es, por principio y antes que nada, Nuestro Señor Jesucristo.
Sin embargo, también hay todo un organismo; y este organismo, por un lado, debemos confesarlo como santo, y, por el otro lado, nos choca y escandaliza tanto que sólo tenemos ganas de decir: «¡Nosotros no tenemos nada que hacer con estas personas! Estas dos cosas no van juntas, no puede ser»
Estos hombres de Dios que conducen a los cristianos, a los hijos de la Iglesia, a la pérdida de la fe… ¡esto no puede ir junto!
Evidentemente debemos rechazar esos errores con horror.
Pero hay que distinguir, porque, si no distinguimos, hacemos como aquellos que al pie de la Cruz rechazaron todo.
Es muy interesante ver que ante la Cruz, encontramos dos clases de herejías.
Encontraremos aquellos que están tan golpeados, marcados por el dolor y la muerte, que todavía se niegan a acordar la divinidad de Nuestro Señor. Es el caso más frecuente. Es lo que todavía encontramos actualmente en todas partes, aquellos que dicen, como los discípulos de Emaús lo dijeron: «Creíamos que era un gran profeta, nos ha entusiasmado pero ahora está muerto, todo terminó. Teníamos puesta nuestra esperanza en él, pero ahora se acabó».
Actualmente los modernistas extremadamente viciosos, les hablan de Cristo, de la fe, ¡desconfíen! Esas personas les dicen: «Sí, Jesús vivió pero ahora está muerto». Y este Jesús de la historia, es decir, el verdadero, el que estuvo en la realidad, su historia terminó en la tumba. Está muerto, ¡es el fin!
Pero entonces ¿Y la Iglesia Católica? «Bien, la Iglesia Católica —dicen ellos— viene de que el día de la Resurrección, algo ocurrió. Pero no es que Jesús haya resucitado. Es que ese día los apóstoles comenzaron a creer que había resucitado» Dicho de otro modo, inventaron esta cosa magnífica, inventaron lo que se llama «el Cristo de la fe». Estos modernistas, si ustedes los interrogan: «¿Cree usted lo que enseña la Iglesia?»—Por supuesto, por supuesto que creemos, responderán ellos.
No se podrá arrinconarlos por ese lado. Solamente que su fe ya no está en la realidad. Es de fantasía. Un cardenal, el cardenal Koch, escribió un libro sobre la fe de la Iglesia, sobre el Credo. Allí explica que los apóstoles atribuyeron la divinidad a Nuestro Señor en el momento de la Resurrección. Continúa diciendo que con el desarrollo de la historia, las comunidades cristianas, algunos siglos más tarde, han atribuido esta divinidad a Nuestro Señor al momento de su bautizo. Y así sucesivamente, con el desarrollo de la filosofía sobre la persona se atribuyó la divinidad a Nuestro Señor desde el principio de su vida. ¡Pero esta no es la fe! Es pura fantasía, es el modernismo puro. Hay que desconfiar verdaderamente de estas personas.
Y vean ustedes, es la gran tentación delante de este muerto que hizo decir que se tiene la prueba de que es un hombre y nada más que un hombre. Entonces se le niega su divinidad.
El arrianismo es otra forma de este error.
Hoy en día, esta tentación aplicada a la Iglesia sería decir: «Esto que vemos allí, lo constatamos, es un desastre, es herejía por todas partes, la inmoralidad… ¡Esa no es la Iglesia!»
Por un lado como de otro, el único medio de estar en la verdad, es de tomar las dos puntas. Incluso si no sabemos cómo llegar a juntarlas.
Hay que afirmar al pie de la Cruz la verdad de la divinidad de Nuestro Señor y la Verdad de su Pasión y su muerte.
En la Iglesia, por un lado hay que afirmar y mantener que Ella tiene las promesas de Nuestro Señor, que Ella no caerá. Las puertas del infierno no prevalecerán.
Y por el otro lado, con igual fuerza, sobretodo no hay que negar la percepción que tenemos de la realidad. Vemos bien el estado de la Iglesia, desastroso, una catástrofe sin nombre.
Entonces ¿cómo van juntos los dos elementos? Tratamos de explicar como podemos. Decimos bien: Es el lado falible de la Iglesia… ¡pero están las promesas de Nuestro Señor! Sí, es verdad, están los dos, y uno no excluye al otro.
Pero en el momento que se quiera ir más de un lado que de otro, no podemos guardar este equilibrio entre los dos. Y nos deslizamos al error. Esta situación no es fácil. Es esto que yo llamo la tentación de los apóstoles. Y ustedes saben cuántos apóstoles quedaron al pie de la Cruz.
Esta es una prueba de las más terribles que se pueda imaginar, es la que tenemos nosotros. Una prueba que nos fuerza a desconfiar de aquellos que fueron establecidos por Dios para darnos la fe, la gracia y la salvación. Esto es terrible. No puede ser peor. Hay que pedir verdaderamente al Buen Dios esta gracia de mantener el rumbo, de permanecer en este equilibrio justo y verdadero.
Entre los nuestros, algunos dicen: «No tenemos nada que hacer con esas personas ¿por qué querríamos discutir con Roma? ¡No sirve para nada! ¡Es demoler la fe!, etc.»
Yo les respondo: No, atención. El hecho de ir a Roma no quiere decir que estemos de acuerdo con ellos. Pero es la Iglesia. Es la verdadera Iglesia.
Rechazamos lo que no es bueno; no hay que rechazar todo. Ella sigue siendo la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
Ciertamente no es fácil de conciliar, pero hay que tener mucho cuidado al rechazar ciertas cosas, no rechazar todo.
Así como cuando aceptamos la realidad de la muerte de Nuestro Señor en la Cruz, no hay que decir que no es Dios; igualmente, cuando rechazamos el mal que se encuentra en la Iglesia, no hay que concluir que ya no es la Iglesia.
Hay partes que ya no son la Iglesia, sí; pero no toda.
Es un gran misterio. Y hay que suplicar al Buen Dios de mantenernos en el buen camino en esta prueba.
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ECÔNE, 1°de noviembre de 2012
Y por lo tanto, continuamos, ¡pase lo que pase! Sabemos muy bien que un día esta prueba —esta prueba que afecta a toda la Iglesia— va a terminar, pero no sabemos cómo. Tratamos de hacer todo lo que podemos. No hay que tener miedo. El Buen Dios está por encima de todo eso, Él sigue siendo el gobernador.
Eso es lo extraordinario.
Y la Iglesia, incluso en este estado, todavía es santa, todavía es capaz de santificar. Si hoy, queridos hermanos míos, recibimos los sacramentos, la gracia, la fe, es a través de la Iglesia Católica Romana, no a través de sus defectos, pero sin duda a través de esta Iglesia real y concreta. No es una imagen, no es una idea, sino una realidad, cuyo aspecto más hermoso que celebramos hoy es el Cielo.
Y bien, el Cielo se prepara desde aquí abajo. Es esto que es hermoso en la Iglesia, este combate terrible, extraordinario con las fuerzas del mal en el que se encuentra la Iglesia, e incluso en ese estado de sufrimiento terrible en la que está hoy en día, Ella sigue siendo capaz de transmitir la fe, de transmitir la gracia, los sacramentos. Y si administramos los sacramentos y esta fe, es a través de esta Iglesia, es el nombre de esta Iglesia, es como instrumentos y miembros de la Iglesia Católica que lo hacemos.
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ECÔNE, 11 de noviembre de 2012
Nuestra vida en la tierra es una prueba. Debemos mostrar a Nuestro Señor que lo elegimos a Él, y que por lo tanto renunciamos a nuestros amores, a los amores de las cosas de la tierra, que lo preferimos. No hay que desalentarse ante esta cizaña. Esta puede ser una reacción ante este mal que está en todas partes, que invade todo, y siempre más. Podría ser una reacción, pero una reacción demasiado humana.
En la colecta de hoy, la Iglesia nos dice que Ella se apoya en la gracia, para todo lo que necesitamos, para nuestra lucha. Querer apoyarse sobre sus propias fuerzas puede fácilmente llevar a la desilusión. Nuestra fuerza, es lo que decimos todos los días: «Adjutorium nostrum in nomine Domini». Nuestra ayuda, así que nuestra fuerza, está en el Nombre del Señor. Es sólo en el Señor que se puede contar. Y sabemos que si Dios permite las pruebas, nunca permite una prueba sin darnos la gracia proporcional para superarla. Estas palabras, debemos tomarlas como son: son verdaderas. «Todo coopera para el bien de aquellos que aman a Dios» (Rom. 8, 28), todo y, sobre todo, por supuesto, las pruebas.
Y así, pues, si tenemos pruebas, no debemos desanimarnos. Redoblemos nuestros rezos. Volvamos los ojos hacia Dios. Hagamos algunos esfuerzos, algunos sacrificios, y confiemos en su gracia. La Iglesia siempre ha dicho que hay una mirada, un pensamiento que es la solución de todos los problemas. Ellos nos dan la fuerza, el valor, sea cual sea nuestro estado. Es la mirada que lleva a Jesús crucificado, a la cruz, a Jesús en momento de morir en la cruz por nosotros, por nuestro bien. Podría muy bien habernos dejado caer. Es Dios, infinitamente superior a sus criaturas que lo han ofendido de manera tan ingrata. ¿Qué hace? En vez de dejar las cosas así, Él viene a repararlo. Se hizo hombre, en una aniquilación indescriptible. En su Pasión, Él toma nuestros pecados sobre sí mismo, Él los lleva, paga por nosotros. Él toma sobre sí el castigo que merecemos por nuestros pecados.
Es el amor de Jesús por nosotros. ¿Y tendríamos alguna duda que nos quiere rescatar, nos quiere ayudar? Retomemos nuestro espíritu. Retomemos la fe. E incluso, si se oculta, si duplica la prueba, no importa, es el dueño absoluto de todas las cosas. Él es capaz de salvarnos en la situación de la Iglesia actual, como en los mejores tiempos.
Y este misterio llega tan lejos, mis amados hermanos, que este poder, el poder de la santidad, de santificación, reside hoy todavía en esta Iglesia que vemos en la tierra. Si tenemos fe, es en esta Iglesia; si recibimos la gracia del bautismo hasta el último de los sacramentos, es en y por esta Iglesia. Esta Iglesia que no es una idea, que es real, que está delante de nosotros, que la llaman la Iglesia Católica y Romana, la Iglesia con su Papa, con sus Obispos, que también pueden estar en debilidad.
Pero esto no importa, Dios no permite que su Iglesia caiga. No nos dejemos angustiar, ni digamos: porque está la asistencia de Dios, ¡todo es bueno! ¡Por supuesto que no!
Ved, es el problema que tenemos con Roma en nuestras discusiones. Les decimos que hay un problema y que este problema viene manifiestamente del Concilio y sus secuelas. Y nos responden: «Esto es imposible. No, no hay problemas. No puede haber problemas, porque la Iglesia tiene la asistencia del Espíritu Santo. Por lo tanto, la Iglesia no puede hacer nada malo. No es posible. Y, por lo tanto, el Concilio debe ser bueno, por necesidad. Y así, lo que ustedes dicen no tiene valor. Hay algunos abusos aquí y allá, pero lo que dicen no tiene valor.
La nueva Misa fue realizada por la Iglesia. La Iglesia cuenta con la asistencia. Es necesariamente buena, y usted no tiene derecho a decir que es mala.»
He aquí a qué nos enfrentamos. Y nosotros decimos: «Aceptamos la fe hasta la mínima iota, y también la fe en la Iglesia, en sus privilegios, en la asistencia del Espíritu Santo. Sin embargo, y esto también es cierto, aceptamos la realidad. No estamos a punto de negar la realidad. Y sabemos que no hay contradicción entre los dos. Habrá un día una explicación, aunque hoy no la haya».
Este es el misterio de la Cruz. Cuando Jesús está en la cruz, la fe nos obliga a profesar que Él es Dios, Él es Todopoderoso, Él es eterno e inmortal. Él no puede morir, no puede sufrir. Dios es infinitamente perfecto. Es imposible que Dios sufra. Y Jesús en la cruz es Dios. La fe nos lo dice. Y nos vemos obligados a aceptarlo totalmente, sin reducción alguna. Pero, al mismo tiempo, la experiencia humana nos dice que este mismo Jesús sufre e, incluso, murió.
A los pies de la Cruz, sólo están en la verdad los que tienen los dos cabos, aunque parezcan contradictorios. Y vemos en toda la historia de la Iglesia el mismo problema; la gran mayoría se apegará a lo que dice el conocimiento humano y concluye: «Por lo tanto, no es Dios. Realmente ha muerto. Está muerto y enterrado. Todo se ha terminado.» Esta es la mayor parte de los enemigos de la Iglesia, los ateos, los herejes y los modernistas escondidos en la iglesia que hacen creer que tienen fe, cuando no es así. Distinguen hábilmente un Cristo de la historia, aquél es el Cristo real y lo dirán muerto y jamás resucitado, y un Cristo de la Fe, aquél que la Iglesia obliga a creer, y para Él inventa una resurrección.
Esto es absolutamente falso. Esto no es justo. Él ha resucitado verdaderamente.
Pensemos que otros herejes, por el contrario, insisten: «Sí, Él es Dios. Por lo tanto, esta muerte, el sufrimiento, son sólo apariencias. No está realmente muerto.» Este error también se encuentra, pero es menos común.
Hoy en día, respecto de la Iglesia, es el mismo problema. Para permanecer en la verdad, debemos tener estos dos datos, los datos de la fe y también los datos de la observación de la razón.
Este Concilio quiso estar en armonía con el mundo. Él hizo entrar el mundo en la Iglesia y ahora tenemos el desastre. Y todas estas reformas que se han hecho desde el Concilio, han sido hechas por las autoridades para esto.
Hoy nos hablan de la continuidad, pero ¿dónde está ella? ¿En Asís? ¿En el beso del Corán? ¿En la supresión de los Estados católicos? ¿Dónde está esta continuidad?
Y, por lo tanto, simplemente continuamos, queridos hermanos, sin cambiar nada, hasta que el buen Dios quiera. Eso no significa que haya que permanecer inactivos. Todos los días tenemos la obligación de ganar almas. Y sabemos que la solución vendrá de Dios, y hasta podemos decir, por la Virgen Santísima.
Se puede decir que es una evidencia de nuestro tiempo, significada por esas apariciones, bellas, magníficas, de Nuestra Señora de La Salette, de la Virgen de Fátima, que anuncian esta época, dolorosa, terrible. Roma se convertirá en la sede del Anticristo, Roma perderá la fe… esto es lo que se dijo en La Salette. La Iglesia será eclipsada.
Estas no son palabras pequeñas. Tenemos la impresión de que es ahora que vivimos ésto.
No hay que entrar en pánico. Es terrorífico, sí, pero debemos aún más buscar refugio cerca de la Virgen, cerca de su Corazón Inmaculado.
Este es el mensaje de Fátima: Dios quiere dar al mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. ¡No es por nada!
Pidamos en todas nuestras oraciones, en cada Misa, la gracia de la fidelidad, de no abandonar, no importa lo que pase. Y que Dios nos proteja y nos guía al cielo. Que así sea.
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B) Respecto de las relaciones Roma – FSSPX
ECÔNE, 1°de noviembre de 2012
¿Dónde nos encontramos con Roma? Permítanme explicar dos puntos.
En primer lugar, un vistazo a lo que ha ocurrido. A continuación, un vistazo a la actualidad y tal vez en el futuro.
En primer lugar, ¿qué ha sucedido? Una prueba, quizás la más grande que hemos tenido, se debió a la conjunción de varios factores que se han producido al mismo tiempo y creó un estado de confusión, la duda más bien profunda que deja lesiones y de las heridas más graves, de hecho, el que nos causa dolor enorme: la pérdida de uno de nuestros obispos. ¡Esto no es una bagatela! Esto no se debe únicamente a la crisis actual. Esta es una larga historia, pero que encuentra su conclusión aquí.
Dos mensajes contrarios de Roma
Bueno, ¿qué pasó? Creo que el primer factor es un problema que existe desde hace varios años y que he mencionado al menos desde 2009.
Yo digo que nos encontramos frente a la contradicción en Roma. Y ha habido una manifestación de esta contradicción en las relaciones con la Santa Sede desde hace un año, desde septiembre, en la medida en que he recibido por vía oficial algunos documentos que claramente expresan la voluntad por parte de Roma para reconocer la Fraternidad, pero que era necesario firmar un documento que no podíamos firmar.
Y al mismo tiempo, había otra línea de información que he recibido, y que era imposible para mí dudar de su autenticidad. Esta línea de información realmente dijo algo diferente.
Esto comenzó a mediados de agosto, mientras que yo recibí el documento oficial el 14 de septiembre de 2011. Desde mediados de agosto, una persona del Vaticano nos ha estado diciendo: «El Papa va a reconocer a la Fraternidad y será como para con la excomunión, es decir, sin contrapartida».
Fue, pues, en este estado de ánimo que me preparé para la reunión del 14 de septiembre; preparando los argumentos, diciendo: «Pero, ¿han reflexionado bien sobre lo que están haciendo? ¿Qué están tratando de hacer? Eso no va a funcionar.» Y de hecho, el documento que se nos presentó era completamente diferente de lo que se nos había anunciado para nosotros.
Pero yo no tenía una sola fuente, tuve varias notificaciones que decían lo mismo. Un cardenal declaró: «Sí, es cierto, hay diferencias, pero es el Papa quien lo quiere.» Esta misma persona que nos había dado esta información nos dijo, después de haber recibido el documento oficial: «Esto no es lo que el Papa quiere.»
¡Contradicción!
¿Qué íbamos a hacer? Dada la gravedad de la información que nos indicaba que el Papa quería hacer algo, pero ¿hasta qué punto?, me vi obligado a comprobarlo. Pero era imposible comunicarlo a los fieles.
Esto venía a través de canales oficiosos, pero muy cercanos al Papa.
Voy a citar a algunas de las declaraciones que me fueron transmitidas.
En primer lugar esta: «Yo sé muy bien que sería más fácil para mí y para la Fraternidad que las cosas sigan como están.» Lo que demuestra claramente que él sabe que él mismo va a tener problemas, y nosotros también. Pero, ¿hasta qué punto?
Otras declaraciones del Papa: «Que la Fraternidad sepa que la solución del problema de la Fraternidad está en el corazón de las prioridades de mi Pontificado.»
O esto: «Hay hombres en el Vaticano que están haciendo todo lo posible para acabar con los proyectos del Papa».
Y este otro: «No teman; después ustedes podrán seguir atacando todo lo que quieran, igual que ahora»
Y esta otra declaración:»El Papa está por encima de la Congregación para la Doctrina de la fe; incluso si la Congregación para la Doctrina de la Fe toma una decisión desfavorable en su sentido, el Papa pasará por arriba».
Este es el tipo de información que me ha llegado.
Obviamente no es claro, cuando por un lado se tienen documentos oficiales a los que se tiene que decir que no, porque nos están pidiendo que aceptemos el Concilio, y que no es posible; y cuando por otro lado están esos otros informes que nos son comunicados.
Sin embargo, hice una primera respuesta en la que dije que no.
Me llamaron por teléfono para decirme: «¿No podría ser un poco más preciso?»
Escribí una segunda vez. No estuvieron más contentos que la primera vez.
Y así llegamos al 16 de marzo, cuando se me presentó una carta, diciendo: «Esta carta viene de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero ha sido aprobada por el Papa.»
No tenía en mis manos más que esta carta.
Nuestras relaciones con Roma estaban terminadas, porque esta carta dice que nadie tiene el derecho de oponer el Magisterio pasado contra el Magisterio de hoy. Por lo tanto, nadie tiene el derecho de decir que hoy en día las autoridades romanas están en contradicción con las de ayer.
También dice que el hecho de rechazar el documento del 14 de septiembre, que fue aprobado explícitamente por el Papa, equivale, de hecho, a rechazar la autoridad del Papa. Había incluso referencia a los cánones que hablan de cisma y de excomunión por cisma. La carta continúa: «El Papa, en su bondad, le concede un mes más para reflexionar, y si usted desea cambiar su decisión, informe a la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el tema»
¡Entonces es claro! No hay nada más que hacer.
Esta carta, que me llegó por el canal oficial, concluye el debate. Se terminó.
Pero al mismo tiempo, recibí un consejo informal que me dijo: «Sí, usted recibirá una carta dura, pero mantenga la calma», o bien: «Nada de pánico».
La carta al Papa y su respuesta
Porque hubo intervenciones de este tipo, tuve la osadía de pasar por alto la Congregación para la Doctrina de la Fe y para escribir directamente al Papa.
Y también porque me di cuenta de que el punto más delicado en las relaciones era el siguiente: las autoridades romanas estaban persuadidos de que estábamos diciendo, en teoría, que reconocemos al Papa, pero, en la práctica, rechazamos todo.
Ellos están convencidos de que para nosotros, desde 1962, no queda nada: ni Papa, ni Magisterio.
Pensé que debía corregir eso, porque no es cierto. Rechazamos muchas cosas, no estamos de acuerdo con muchas cosas, pero cuando decimos que lo reconocemos como Papa, esa es la verdad, realmente se lo reconoce como Papa. Somos conscientes de que es muy capaz de realizar actos papales.
Y así tuve la osadía de escribir. Era obviamente un asunto delicado, porque era necesario decir, al mismo tiempo, que estamos de acuerdo y que no estamos de acuerdo.
Esta carta extremadamente delicada parece haber sido aprobada por el Papa, e incluso haber sido aprobada después por los cardenales.
Sin embargo, en el texto que se me presentó en junio, todo lo que había quitado porque no podía ser aceptado, se había puesto de nuevo.
Cuando este documento me fue entregado, dije: «No, yo no firmo esto, la Fraternidad no firma«.
Le escribí al Papa: «No podemos firmar eso», precisando: «Hasta ahora —puesto que no estamos de acuerdo sobre el Concilio y puesto que usted desea, al parecer, reconocernos—, yo había pensado que usted estaba dispuesto a dejar de lado el Concilio.»
Di un ejemplo histórico, el de la unión con los griegos en el Concilio de Florencia, en el que no se llegó a un acuerdo sobre la cuestión de la nulidad del matrimonio por causa de infidelidad. Los ortodoxos estiman que esta es una causa que puede anular un matrimonio, la Iglesia Católica no lo hace. No llegaron a un acuerdo. ¿Qué hicieron? Dejaron el problema a un lado.
Uno puede ver muy claramente la diferencia entre el Decreto para los armenios, donde se menciona la cuestión del matrimonio, y el caso de los griegos, donde se omite.
Hice esta referencia, diciendo: «Tal vez usted haga lo mismo, tal vez usted piensa que es más importante reconocernos, a nosotros, como católicos, que de insistir sobre el Concilio.
Pero ahora, con el texto que usted nos entrega, pienso que me equivoqué. Por lo tanto, díganos, realmente lo que quiere. Porque entre nosotros estas cuestiones siembran confusión»
El Papa me respondió en una carta fechada el 30 de junio en la que expone tres condiciones:
1ª) La primera es que debemos reconocer que el Magisterio es el juez auténtico de la Tradición Apostólica —esto significa que el Magisterio es el que nos dice lo que pertenece a la Tradición. Esto es cierto. Pero, evidentemente, las autoridades romanas van a utilizar esto para decir: ustedes reconocen esto, por lo tanto ahora decidimos que el Concilio es tradicional, ustedes deben aceptarlo. Y esta es, por cierto, la segunda condición.
2ª) Es necesario que aceptemos que el Concilio forma parte integrante de la Tradición, la Tradición Apostólica. Pero decimos que la observación cotidiana nos demuestra lo contrario. ¿Cómo se podría decir de golpe que este Concilio es tradicional? Es necesario haber cambiado completamente el significado del término «Tradición» para poder decir tal cosa. Y, de hecho, nos damos cuenta claramente de que han cambiado el significado de la palabra «Tradición», porque no es insignificante que en el Concilio Vaticano II rechazaron la definición de San Vicente de Lerins, que es la definición totalmente tradicional: «Lo que fue creído por todos, en todas partes y siempre.»
Lo que se ha creído es un objeto. Ahora, para ellos, la Tradición es algo vivo, ya no es el objeto, es lo que ellos llaman el «sujeto Iglesia», es la Iglesia que crece. Esa es la Tradición, que de edad en edad hace cosas nuevas, acumula, y esta acumulación es una Tradición que se desarrolla, que aumenta. Este sentido es verdad también, pero es accesorio.
3ª) Como tercer punto, es necesario aceptar la validez y la licitud de la Nueva Misa.
Yo había enviado a Roma los documentos del Capítulo General, nuestra Declaración final, que es clara, y nuestras condiciones para eventualmente, cuando llegue el momento, estar de acuerdo acerca de un posible reconocimiento canónico.
Condiciones sin las cuales es imposible vivir; sería simplemente la auto-destrucción. Puesto que aceptar todo lo que se está haciendo hoy en la Iglesia es destruirnos a nosotros mismos. Se trata de abandonar todos los tesoros de la Tradición.
La reconciliación propuesta, de hecho, consiste en reconciliarnos con al Vaticano II. No con la Iglesia, no con la Iglesia de siempre. Además, no es necesario reconciliarse con la Iglesia de siempre, estamos allí. Y Roma dice: «Aún no hemos recibido su respuesta oficial». Pero, por tres veces respondí que no podía, que no íbamos por ese camino.
No hace mucho tiempo, tuvimos una declaración de posición del presidente de Ecclesia Dei, que es al mismo tiempo el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, afirmando que las discusiones con la Fraternidad habían terminado. Y el sábado pasado, una nueva declaración de Ecclesia Dei dice: «No, hay que dejarles un tiempo, es comprensible que, después de treinta años de debate, quieran tener un cierto tiempo, vemos bien que tienen un deseo ardiente de ser reconciliados.»
Tengo la impresión de que lo tienen más que nosotros. Y nos preguntamos: ¿qué está pasando?
Obviamente, esto, una vez más, siembra la confusión, pero no hay que dejarse preocupar. Seguimos nuestro camino. Simplemente. Ustedes tienen aquí, una vez más, una manifestación de la contradicción que se encuentra en Roma.
¿Por qué hay contradicción? Porque hay personas que quieren continuar por el camino moderno, por el camino de la destrucción, de demolición, y luego hay otros que están empezando a darse cuenta de que eso no está funcionando y que nos desean el bien. Pero, ¿podemos poner nuestra confianza en ellos? Eso depende de las circunstancias, no es suficiente que quieran nuestro bien.
En todas estas discusiones, he llegado a la conclusión —y creo que esto explica lo que está sucediendo ahora— que el Papa realmente, muy en serio, querría reconocer la Fraternidad. Sin embargo, las condiciones que establece son imposibles para nosotros. Las condiciones que se encuentran en su carta son para nosotros, sencillamente, imposible.
¡Decir que el Concilio es tradicional! ¡Mientras que todo nos dice lo contrario! ¡Cincuenta años de historia de la Iglesia dicen lo contrario!
¡Decir que la nueva Misa es buena! También en este caso, sólo hay que abrir los ojos para ver el desastre. La experiencia que hemos tenido en los últimos años con los sacerdotes que vienen a vernos es instructiva. Volví a tener uno de estos encuentros, hace muy poco. Yo estaba en Argentina, donde conocí a un sacerdote relativamente joven que no sabía absolutamente nada acerca de la Tradición, que estaba descubriendo la Misa. Esta fue la primera vez que vio a una Misa Tradicional: hasta hace poco tiempo ni siquiera sabía que existía. ¿Cuál fue su reacción? Dijo que se sentía frustrado, ¡terriblemente enfadado con los que le habían escondido este tesoro! Esta es su reacción: «¿Esta es la Misa? ¡Y nunca nos dijeron esto! »
Ahora, para hablar sobre el futuro, lo que vamos a tratar de hacer con las autoridades romanas es decirles que no sirve de nada pretender que la Iglesia no puede equivocarse en nombre de la fe. Puesto que, en el plano de la fe, estamos totalmente de acuerdo sobre la asistencia del Espíritu Santo, ¡pero hay que abrir los ojos sobre lo que está sucediendo en la Iglesia!
Hay que dejar de decir: la Iglesia no puede hacer nada malo, por lo tanto, la nueva Misa es buena. Hay que dejar de decir: la Iglesia no puede errar, y por lo tanto no hay ningún error en el Concilio.
Pero, ¡mirad la realidad, entonces! No puede haber contradicción entre la realidad que captamos y la fe. Es el mismo Dios quien hizo las dos.
Por lo tanto, si hay una contradicción aparente, sin duda hay una solución. Tal vez no se la tiene todavía, ¡pero no vamos a negar la realidad en nombre de la fe! Ahora bien, esta es realmente la impresión que uno tiene con respecto a lo que Roma está tratando de imponernos hoy. Y aquí les respondemos: no podemos. Eso es todo.
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PARÍS, 11 de noviembre de 2012
Me gustaría abordar brevemente con ustedes estos pocos meses que han causado sufrimientos a fin de sacar algunas lecciones; a fin de poder encontrarse también si es necesario.
Ustedes conocen estos momentos de dificultad; hablo, por supuesto, de nuestras relaciones con Roma, las reacciones que tuvieron lugar entre nosotros, y de esta consecuencia dolorosa fue la pérdida de uno de nuestros obispos… ¡No es poca cosa!
Deseo aquí precisar y confirmar que no es el problema de nuestras relaciones con Roma la causa de sesta partida. Ha sido la ocasión, pero es de hecho el resultado de un problema que dura desde hace mucho tiempo. Un problema de disciplina interna de la Fraternidad, que se ha manifestado al final por una especie de rebelión abierta contra la autoridad en virtud, digamos, de un falso pretexto.
Tratemos de explicar un poco más. ¿Qué ha pasado durante todos estos meses? ¿Dónde se encuentra la causa de todos estos problemas?
Creo que es múltiple, pero el fondo es una contradicción en Roma.
Contradicción que hemos comprobado, que ya hemos explicado, al menos desde el año 2009.
Contradicción que, directamente para nosotros, se manifiesta en las decisiones y declaraciones de la misma autoridad, es decir de la Santa Sede, pero que emana de diversas personas de la Santa Sede, personas diversas, opuestas y hasta contradictorias.
Y nos parece que en Roma las personas tienen posiciones divergentes, incluso respecto de la crisis y, después, respecto de nosotros.
Por otra parte, es evidente que hay una división en el ejercicio de la autoridad en Roma.
De allí una dificultad que existe desde hace varios meses, después de varios años, saber qué quiere realmente quiere la cabeza, es decir, el Santo Padre, el Soberano Pontífice.
En principio, eso que llaman la Santa Sede, el Vaticano, es su mano. No se hace ninguna distinción entre la Santa Sede y al Papa.
Cuando decimos Roma, decimos este conjunto, esta autoridad en la Iglesia. Es así como esto debería ser.
Pero, en la realidad, hemos comprobado más de una vez que existen como sabotajes de la autoridad, en particular cuando se han tomado decisiones en favor de la Tradición.
Una de las más evidentes es el que se produce respecto de la Misa. Esta vez, la oposición no sólo fue en Roma, sino un poco por todos lados en las diócesis. Este sabotaje provenía de los obispos que impidieron a los sacerdotes y fieles tener acceso a la Misa de siempre.
En este clima, tuvimos las discusiones doctrinales que terminaron un poco en nada. Sobre la comprobación de un no-entendimiento.
A continuación de estas discusiones —y eso fue para nosotros un motivo de asombro, de sorpresa— la Santa Sede ha propuesto, sin embargo, una solución canónica.
Al mismo tiempo que de un lado, por el canal oficial de la Congregación de la Fe y de la Comisión Ecclesia Dei, se nos ha dado documentos a firmar o a discutir, por el otro recibimos de personas que trabajan en estos mismos lugares, en Ecclesia Dei, o a través de un cardenal, un mensaje diferente de la línea oficial.
Un poco como esto: «El Papa va a reconocer a la Fraternidad como lo ha hecho para las excomuniones, sin contrapartida por parte de la Fraternidad».
Tal situación no deja de crear grandes problemas, ya que este mensaje no dice lo mismo que el texto recibido.
Estas mismas personas lo reconocen: «Los textos que les proponen, esto no corresponde con lo que el Papa quiere.»
Y durante meses, este doble lenguaje continuará. A los mensajes oficiales — porque nos piden que aceptemos lo que en las discusiones no hemos aceptado— nuestra respuesta es no. No podemos.
Pero, al mismo tiempo que obtenemos estas respuestas oficiales, siguen estos mensajes de benevolencia cuyo origen es imposible poner en duda. Y el origen está en la parte superior. Os doy algunas de estas frases:
«Que la Fraternidad sepa que la solución de los problemas de la Fraternidad está en el corazón de mis preocupaciones», o incluso «es una prioridad de mi pontificado». Esto con la intención de solucionar el problema.
En cuanto a los medios, otras frases del mismo género, como:
«Hay enemigos en Roma que sabotean todas las iniciativas del Papa a favor de una restauración».
U otras como: «Que Monseñor Fellay no se preocupe, después de este reconocimiento, podrá seguir atacando todos los puntos como antes.»
O aún más fuerte: «El Papa está por encima de la Congregación de la Fe. Si la Congregación de la Fe toma una decisión contraria a la Fraternidad, el Papa intervendrá para romper esa decisión».
¿Podíamos ignorar por completo esta segunda línea? Era necesario verificarla, comprobar su autenticidad, su veracidad. Pero era absolutamente imposible decirlo, comunicarlo. Porque, de hablar, hubiese complicado aún más las cosas.
Finalmente —se puede decir para el mes de mayo—, las cosas comenzaron a aclararse. En junio, finalmente, llegamos a una claridad. ¿Por qué? Porque llego, puede decirse, a reunir los dos canales.
Por carta, escribo al Papa diciendo esto: «por un momento, dado que usted conoce nuestra oposición al Concilio, y ya que usted nos quiere, sin embargo, reconocer, llegué a la conclusión de que usted estaba dispuesto a dejar de lado para más tarde esos problemas del Concilio«.
Entre otras cosas, esto significa «degradar el Concilio», someterlo a opiniones, a debates, ya que hablaban sobre posibles discusiones, incluso legítimas.
Así que pensé de este modo: «ya que usted realiza este gesto hacia nosotros, a pesar del problema, significa que usted estima más importante declarar católica la Fraternidad que mantener a toda precio el Concilio; puesto que veo que, al final, usted mismo parece imponer el Concilio, debo concluir que yo me engañé. Por lo tanto, por favor, díganos lo que realmente quiere.»
Y recibí una carta, respuesta escrita, fechada el 30 de junio.
Esta carta del 30 de junio manifiesta que es bien él, el Papa, que intervino para obligar la aceptación del Concilio, para reintroducir en el texto todo lo que yo había retirado y que no podíamos firmar. Esto fue entregado.
Y él continúa diciendo que para lograr el reconocimiento jurídico, hay tres condiciones, tres aceptaciones de parte de la Fraternidad:
Aceptar que «el Magisterio es el juez de la Tradición Apostólica», es decir que es el Magisterio quien nos dice lo que pertenece a la Tradición. Esto es de fe. Obviamente, en el contexto, el Papa lo utiliza para obligarnos a aceptar las novedades.
Y lo más importante, nos pide que aceptemos que «el Concilio forma parte de esta Tradición.» Esto significa que el Concilio sería «la Tradición», sería tradicional.
Hace cuarenta años que decimos lo contrario, no para nuestro gusto, sino, de acuerdo con esta palabra consagrada, que se encuentra muchas veces en la boca de nuestro venerado fundador: «estamos obligados a comprobar —son los hechos los que lo muestran— que este Concilio tiene la voluntad de hacer algo nuevo. Y no es cualquier novedad, superficial, sino una novedad profunda, en oposición, en contradicción con lo que la Iglesia enseñó, e incluso ha condenado».
No es para nuestro placer que estamos en esta lucha desde hace tantos años, contras estas innovaciones, esas reformas conciliares que demuelen la Iglesia y la hacen una ruina. Y he aquí que ahora se nos dice: la condición es aceptar que «el concilio es parte de la Tradición»…
Por último, otra condición que afecta esta vez a la Misa. Tenemos que aceptar la validez de la Nueva Misa, pero no sólo la validez. También nos sería necesario aceptar la legalidad.
Se habla de validez cuando se pregunta: «¿Es que la cosa es tal?». Una Misa que se celebra válidamente significa que Nuestro Señor está ahí. No se miran entonces las circunstancias en las que esta misa se dice. Por lo tanto, una masa negra puede ser válida. Es horrible, es un sacrilegio terrible, pero, por desgracia, hay sacerdotes que consagran en lo se llama una misa negra. Esta misa es válida.
Tomando este ejemplo chocante, ustedes entienden que esto no está permitido, no es lícito porque es malo. Lícito quiere decir permitido porque es bueno. Y hemos visto los estragos de esta nueva masa, vimos cómo se hizo, con qué propósito fue hecha, por el ecumenismo. Y vemos los resultados, la pérdida de la fe, las iglesias vacías, y decimos que es malo.
Esto es lo que he respondido a Roma. Por lo general, no hablamos de legalidad, simplemente decimos de esta Misa que es mala. Eso es suficiente.
He aquí, mis queridos hermanos, la situación. He aquí por qué está claro que, a partir del mes de junio —lo anunciamos en las ordenaciones—, las cosas están bloqueadas. Es un retorno a cero. Estamos exactamente en el mismo punto que Monseñor Lefebvre en 1975, 1974.
Y así continuamos nuestro combate. No abandonamos la idea de un día recuperar la Iglesia, de reconquistar la Iglesia para la Tradición. La Tradición es su tesoro, el tesoro de la Iglesia. Continuamos, esperando el día feliz… Él vendrá, aunque no sabemos cuándo. Ya veremos bien. Está es el secreto de Dios.
Vendrá ese día en que la cizaña será extirpada, ese mal que hace sufrir a la iglesia.
Esta crisis es probablemente la más terrible que la Iglesia haya sufrido.
