CARTA DE LECTORES: ALEJANDRO BAYER: SOBRE LA AUTORIDAD Y MONS. WILLIAMSON

Apreciado Fabián:

A raíz de unas palabras de Mons. Williamson en uno de sus Comentarios Eleison se podrían decir algunas cosas, quizás importantes. Las palabras fueron estas. «Nuestro Señor, ¿cuestionó la autoridad religiosa de Caifás o la autoridad civil de Poncio Pilato?». Como él supone que no lo hizo, y se le hace que es realidad del todo patente a todos que el Señor se abstuvo de discutir la autoridad de esas personas, de un modo retórico (puramente argumental, no esperando respuesta alguna) lanza esas preguntas a su lector a modo de prueba de que las autoridades eclesiásticas actúales son legítimas y de que nosotros haríamos mal en cuestionar (poner en cuestión, dudar del fundamento correcto, de la autorización… es decir, lo que él debería llamar con mayor precisión legitimidad) la autoridad.

Pero esto es un mal argumento, además de falso.

  1. Si eso fuera así, ¿deberían los cristianos de todos los tiempos haberse abstenido de cuestionar toda autoridad? ¿Debemos concluír que toda autoridad es legítima, es decir, que todo hombre que detenta el poder lo hace según derecho? Según M. Williamson, el Señor nos dio el ejemplo de aceptar toda autoridad, haga ésta lo que haga (si fueran ejemplares no servirían como ejemplo): matar a Dios en el caso de las citadas, destruír la Iglesia en el caso nuestro, y nosotros, según este modo de razonar, debemos tener a todo detentador de poder como autoridad. ¡Curioso razonamiento al que no hay que gastarle más teclado!
  2. Por otro lado, ¿realmente Nuestro Amado Señor, como afirma el obispo y como lo creen tantos, se abstuvo de cuestionar esas autoridades? ¿Se puede afirmar eso a partir de las narraciones evangélicas? Lo que a mí me parece que se puede decir con verdad a partir de los textos: a Pilatos le quiso hacer ver que estaba usando mal de su autoridad; le quiso hacer ver que la tenía, sin duda, pero no por sí mismo, sino porque Dios dispuso que hubiera autoridades, quizás porque lo dispuso en su caso, e innegablemente porque lo permitió en su caso. También me parece patente que cuestionó (negó) la idea de Pilato de que podía legítimamente hacer lo que quisiera, es decir, cuanto estuviera en la esfera de su potestad. Entonces: si alguien me preguntara si el Señor cuestionó esa autoridad, yo no lo negaría tan rotundamente como lo hace M. W. No parece evidente; hay que pensarlo mucho. Está claro que el Señor no ratificó la legitimidad de su autoridad (yo creo que M. W. se refiere a esto en el comentario), sino tan solo la facticidad, la evidencia de que ese hombre ostentaba ese poder, y me aventuraría a decir que trató de que comprendiera que debía dar cuenta de la administración de lo que tenía. Pero se puede decir más aún: ¿cómo puede saber el lector del Evangelio si Pilatos tenía o no, para ese momento, remordimientos respecto al modo en que había obtenido el poder que ostentaba, y que en las palabras del Señor, junto a la mirada que las acompañó, no iba un dulce reproche que le indicaba que ese poder que tenía era ilegítimo, o una amable invitación a un examen de conciencia, a un repasar la verdad (tema que salió allí mismo, despreciado cobardemente por Pilato) de sus cosas, y a tener cuidado con lo que hacía? Negar, pues, que el Señor cuestionó su autoridad, parece mucho más que arriesgado si nos importa la verdad. Simplemente no se puede negar con certeza, como lo hace —abusivamente desde mi punto de vista— Mons. Williamson.
  3. Respecto al poder religioso de Caifás es mucho peor la cosa, pues es mucho más clara y resulta mucho más errada la postura de M. W. ¿No se podría decir que el Señor no solo cuestionó la autoridad religiosa del Sumo Sacerdote (de un modo distinto a como se la negó absolutamente al títere llamado Herodes) sino que se la quitó para siempre? Yo creo que el Legislador del Universo no se detuvo en nuestras leguleyadas procedimentales, en nuestros razonamientos juridicistas, en nuestra palabrería. Simplemente fundó una «nueva» Iglesia (a la que podía entrar Caifás, claro) y cerró la otra. Todo por medio de un Nuevo Testamento o Nueva Alianza. Dios hecho hombre, el sometido a juicio por ese infame (¡¡Dios mío, mis pecados!!), dijo que la viña sería entregada a otros administradores, «haciendo perecer a esos homicidas» (palabras de oyentes de la parábola y no negadas por el Señor). Y así lo hizo: les quitó la viña (por eso escribí ‘nueva’ entre comillas para referirme a la Iglesia) sobre la cual ejercían su autoridad, e hizo perecer de un modo terrible a muchos de ellos. Dios lo dio, Dios lo quitó. Ellos la administraron mal, se valieron de su autoridad para hacer su propia voluntad, y entonces Dios se la dio a otros. ¿No cuestionó su autoridad, como lo dice Mons. Williamson? Claro que sí. ¡¡Y de qué modo!! Por la vía de los hechos, de un modo absolutamente patente, claro, rotundo, sin ninguna ambigüedad. «¿No dan frutos (sino agraces), sacan a mi Hijo y me lo matan fuera de la viña? (Relea mi lector desde el versículo 33 del capítulo 21 del evangelio de San Mateo). ¡Afuera ustedes, malditos, obradores de la iniquidad!».
  4. ¿En qué se basa, por demás, la idea de que debemos honrar a las autoridades y, por tanto, obedecerlas, que es lo que parece que nos quiere enseñar Mons. Williamson? ¿Consta acto de obediencia expresa, o de honra, por parte de Nuestro Señor (modelo al cual acude en el Comentario)? Nada: por ningún lado. El evangelio parece mudo al respecto. Lo único que se puede encontrar es el mandato, vigente durante poquísimo tiempo respecto a esas autoridades, «haced como ellos dicen pero no hagáis como hacen». Con lo cual se quiso decir: si las autoridades enseñan conforme a lo revelado (la cátedra de Moisés en la cual se habían sentado), aprendan, vivan, actúen; pero no los imiten en sus obras. De ese mandato tan solo se podría concluír, y tan solo si la autoridad enseña bien: hagan lo que digan las autoridades cuando sean fieles. Que es como decir que debemos reconocer su autoridad en Su autoridad, en Su palabra. Si enseñan bien, obedezcan. Si no…, no lo hagan. Cada sujeto, pues, debe vigilar, ser juez, re-conocer… (difícil tarea, pero mandato divino). ¿De dónde, pues, nos aconseja Monseñor, eso de no cuestionar su autoridad cuando tenemos tantos indicios de que quienes hoy la detentan no solo hacen sino que enseñan contra lo revelado y lo mandado por Dios? ¡Mons. Williamson me parece muy imprudente en esto, y hasta contrario a Nuestro Señor y Redentor.

Entonces, ¿en qué quedamos?

1. Aún si el Señor no hubiera cuestionado esas autoridades, creo que los cristianos sí que debemos hacerlo en cualquier momento en que veamos que la autoridad se ejerce contra Él. ¿O es que hemos de permitir que sus mandamientos sean burlados, violados, manipulados, o lo que fuere cuando se diera el caso, por una mal entendida sumisión a toda autoridad?

2. Hemos de obedecer al Dios hecho hombre, del cual somos discípulos, cuidando no malinterpretar Sus enseñanzas o Sus actos. ¿No nos dijo Él mismo que debíamos vigilar pues habría falsos profetas? ¿Para qué lo hizo si, cuando los descubriéramos, habríamos de imitarlo a Él sometiéndonos a la autoridad? El problema de la falsedad del profeta es que actúa como profeta, es decir, valiéndose de la autoridad divina supuestamente recibida, de lo cual se sigue un daño peor que el de la falsa autoridad civil. Repito: ¿para qué hemos de vigilar si luego no podemos actuar? (Suponga tan solo el lector que nos damos cuenta de que un nombramiento o una ordenación fueron inválidas: ¿nada que hacer?; ¿chitón?).

3. No se puede decir que Nuestro Señor no haya cuestionado esas autoridades; más bien se puede decir todo lo contrario: el Señor cuestionó y deslegitimó definitivamente a esas autoridades, por lo menos la que nos importa: la religiosa.

¿De veras creerá M. Williamson que los profetas que producen frutos malos son verdaderos profetas porque detentan la autoridad, y por esa sola razón sus cargos merecen honra, o, según argumenta, porque Dios los corroboró en sus puestos de poder mediante Su silencio hace veinte siglos? ¿Será que Dios los corrobora ahora mismo por medio de nuestros pastores, de los doctores de la ley, de quienes, según mi punto de vista, parecen incapaces de ver más allá de cánones o de hechos mal comprendidos, incapaces de juzgar por los frutos, único criterio por el cual se nos mandó juzgarlos?

Oigo otro argumento en el aire. El de quienes creen que los apóstoles imitaron al Señor y tampoco cuestionaron la autoridad de los miembros del Sanedrín (ver el cap. 5, vv. 17 y ss., de los Hechos de los Apóstoles). Estos suponen que ese ejemplo es el que debemos seguir. Yo les podría argumentar lo siguiente: los apóstoles sí cuestionaron (no con argumentos de tipo jurídico, ni más faltaba) esa autoridad, y retiraron a esos desobedientes deicidas toda obediencia; incluso les explicaron la razón: como no mandaban en unión con Dios —e incluso lo hacían contra Él— no les debían obediencia: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres», les dijeron. Y lo hicieron obedeciendo al Señor, ejerciendo la nueva autoridad que Dios les daba al constituirlos pilares de Su Iglesia.

* * *

¡Cuán parecida la situación de tantos bautizados a la de aquellos judíos deicidas, que negaron cuantas pruebas se les ofrecieron de la presencia del Cristo en nombre de una concepción errada de la Revelación! Tuvieron delante al Mesías que ellos esperaban ansiosamente, ¡y lo mataron! Nosotros tenemos en nuestras narices el despliegue absoluto del poder de lo anti-Cristo y la mayor parte de los bautizados no lo ve, hasta el punto increíble de honrar y reafirmar la autoridad de quienes, en flagrancia patente de palabras y obas, enseñan, predican y practican un evangelio distinto al que nos fue transmitido por los apóstoles: he ahí la consumación de la desobediencia a Nuestro Señor y Redentor.

Alejandro Bayer