CARTA DE LECTORES: JOSÉ LUIS ORTIZ-DEL-VALLE VALDIVIESO: OBJECIONES AL ELEISON 279 DE MONS. WILLIAMSON

Apreciado Fabián:

Le envío el texto del último «Comentario Eleison» de Mons. Williamson, sobre el que hago unas objeciones porque encuentro en él contradicciones insolubles de su autor.

En unión de oraciones,

José Luis Ortiz-del-Valle Valdivieso.

OBJECIONES AL TEXTO CITADO, que evidencian contradicciones insolubles de su autor: (en rojo)

Numéro CCLXXIX (279) 17 de Noviembre de 2012

PROFUNDO PROBLEMA

Muchos católicos no conciben la completa profundidad del problema ocasionado por la Revolución Conciliar del Vaticano II (1962-1965) en la Iglesia católica. Si conocieran más sobre la historia de la Iglesia estarían menos tentados sea por el liberalismo para pensar que el Concilio no fue tan malo después de todo, sea por el «sedevacantismo» para pensar que las autoridades de la Iglesia ya no son sus autoridades. Nuestro Señor, ¿cuestionó la autoridad religiosa de Caifás o la autoridad civil de Poncio Pilato?

El Vaticano II no es el punto de partida de la revolución, como lo manifiesta Mons. Williamson, sino el punto de llegada, en nuestro tiempo, de esa revolución de la que el mismo Mons. Williamson dice que «sus raíces están enterradas bajo siglos y siglos de historia de la Iglesia«. No resulta congruente que se equipare el liberalismo, condenado por muchos Papas y Doctores de la Iglesia y la posición sedevacantista en general, porque son apreciaciones o corrientes que tienen como objeto y como finalidad aspectos diferentes; mientras que la posición liberal se dirige a hacer del hombre su dios, es decir a instaurar la «Religión e Iglesia del Hombre», por su parte la corriente que sostiene que la Sede está vacante, correctamente entendida, busca desenmascarar a los supuestos Papas que han conducido la revolución desde el Vaticano II, precisamente para que los católicos no caigan en la trampa de profesar el error por obediencia. Tenemos muy claro que la obediencia, en todo caso, está subordinada o sometida siempre a la verdad, luego la obediencia a los errores o herejías es claramente falsa obediencia. Que este o aquél Papa sea verdadero Papa no es asunto de fe, no hace parte del dogma y no es requisito sine qua non para salvarse. Entonces, es completamente legítimo que los católicos reflexionemos sobre ese aspecto de la Sede de Pedro sin que por ello seamos «satanizados» o considerados igual que los liberales, eso es un despropósito enorme que no goza de la presunción de haber sido hecho de buena fe; mas bien parece hecho de manera tendenciosa para «meter en su mismo saco» a quienes son, por naturaleza y en esencia, no solo diferentes sino sobretodo contrarios.

Meter en este asunto a Nuestro Señor obediente a Caifás y a Poncio Pilato, es un argumento demasiado ramplón pues Jesucristo no vino «a abrogar la ley sino a cumplirla» y por supuesto a redimirnos, lo que pone una diferencia sustancial entre la obediencia de Nuestro Señor al mandato del Padre y la obediencia de los fieles a los jerarcas de la Iglesia. La autoridad de esos jerarcas está dada para la salvación de las almas y en esa medida lo que manden será legítimo; al contrario, cuando esa autoridad se ejerce en perjuicio de las almas, debe ser repudiada tanto en sus órdenes como en sus personas, pues de qué serviría decir que no obedecemos sus mandatos heréticos pero sí los tenemos como autoridades legítimas. Eso sería absurdo. Entonces, ¿por qué dice Mons. Williamson que «nadie que quiera salvar su alma debe seguirlos a ellos o a sus sucesores»?
No hay alguien que afirme con más vehemencia la autoridad dentro de la Iglesia que los sedevacantistas, porque en esa posición se reconoce la fidelidad verdadera a la Cátedra de Pedro y a la jerarquía eclesiástica, en cuanto sean legítimos sucesores de los apóstoles y en consecuencia de la fe y doctrina cristianas.

El problema es profundo porque sus raíces están enterradas bajo siglos y siglos de historia de la Iglesia. Cuando en los albores del 1400 San Vicente Ferrer (1357-1419) predicaba en toda Europa que el fin del mundo estaba próximo, hoy en día sabemos que estaba fuera de tono por más de 600 años. Sin embargo, Dios confirmó su predicación otorgándole la realización de miles de milagros y de miles sobre de miles de conversiones. ¿Estaba Dios confirmando la mentira? ¡Ni pensarlo! La verdad es que el Santo estaba correctamente discerniendo, implícito en la decadencia del final de la Edad Media, la explícita y casi total corrupción de nuestros propios tiempos como ensayo general de la corrupción total al fin del mundo.

Afirmar que el fin del mundo sea en esta época que vivimos, es algo muy pretencioso frente a los designios divinos; mas bien parece una clase de adivinamiento que no es católico por ningún lado. El mismo Mons. Williamson habla de
«el tiempo de Dios, varios siglos«, como si él supiera por alguna razón oculta a qué equivale el tiempo de Dios (un siglo?, seis siglos?, veinte siglos?…) La verdad es que nadie lo sabe y eso está reservado al último día, como dice el Apocalipsis. Lo único cierto es que SIEMPRE hemos de estar preparados porque no sabemos ni el día ni la hora como dice el Evangelio.

Simplemente ha llevado su tiempo, el tiempo propio de Dios, varios siglos, para que esa corrupción implícita devenga explícita, porque Dios ha elegido, a intervalos regulares, suscitar Santos para detener el desliz en el tobogán, especialmente la cosecha de Santos famosos que lideraron la Contra-Reforma en el siglo 16. Sin embargo, El no quitaría el libre albedrío a los hombres, de manera que si ellos elegían no permanecer a la altura de la Edad Media, El no los forzaría a hacerlo. En su lugar, El permitiría a su Iglesia, al menos en cierta medida, adaptarse a los tiempos, porque Ella existe para salvar almas presentes y no glorias pasadas.

No es católico desdeñar así las glorias pasadas, entendidas como los grandes santos que Dios ha suscitado en todos los tiempos, a pesar de los veinte siglos de traición que llevamos a cuestas. Esas glorias pasadas son los ejemplos y mediadores que Dios nos ha dado para ayudarnos en la lucha diaria por la salvación. Es claro que la Iglesia existe para ambos propósitos: salvar almas y dar gloria a Dios, a través de esas glorias, para nosotros, pasadas.

Dos ejemplos pueden ser la teología Molinista que Lutero y Calvino hicieron casi necesaria para garantizar la protección del libre albedrío, y el Concordato de 1801 que el Estado Revolucionario hizo necesario para permitir que la Iglesia en Francia funcionara, siquiera un poco, en público. Ahora bien, ambos el Molinismo y el Concordato eran compromisos con el mundo de sus tiempos, pero ambos permitieron que muchas almas se salvaran. Al mismo tiempo la Iglesia no permitió el socavado de los principios que permanecieron sagrados, de Dios como Acto Puro y de Cristo como Rey de la Sociedad, respectivamente. Sin embargo, ambos compromisos dieron lugar a una cierta humanización de la Iglesia divina y ambos contribuyeron a una secularización gradual del Cristianismo. Los compromisos sí tienen consecuencias.

Cómo es posible que se diga que esos errores tan graves «permitieron que muchas almas se salvaran». Lo católico es creer que A PESAR de ellos Dios obró como siempre lo hace, porque en El no hay antes y después, todo ocurre en un mismo momento. No sería acorde con la justicia divina que fuera más difícil salvarse en determinada época y menos difícil en otra.

Así, si un lento proceso de humanización y secularización fuera a ir muy lejos en ese mundo del cual él sólo hombres y mujeres son llamados por Dios para servir en su Iglesia, ellos casi no podrían ingresar a Su servicio sin una fuerte dosis de liberalismo radio-activo en sus huesos, requiriendo así un antídoto vigoroso en su formación religiosa. Naturalmente, ellos compartirían la convicción instintiva de casi todos sus contemporáneos de que los principios revolucionarios e ideales del mundo del cual provinieron, eran normales, mientras que su formación religiosa opuesta a ese mundo podía parecer piadosa pero en el fondo anormal. Tales religiosos y religiosas acabarían por ser un desastre a la espera de suceder.

Ese desastre golpeó a mediados del siglo 20. La gran mayoría de los 2000 obispos Católicos del mundo, se regocijó en lugar de sublevarse cuando Juan XXIII dejó en claro que estaba abandonando la Iglesia anti-moderna. Así es que nadie que quiera salvar su alma debe seguirlos a ellos o a sus sucesores, pero, por otro lado, estos últimos están tan convencidos que son normales en relación a los tiempos modernos que ellos no son tan culpables por destruir la Iglesia de Dios como lo hubieran sido en tiempos previos. Benditas sean las almas católicas que pueden aborrecer los errores de ellos sin dejar de honrar sus cargos.

Kyrie eleison.»