MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capítulo Doce
LA IGLESIA Y LA UNIÓN SOBRENATURAL CON DIOS
Continuación…
III
EL SACRIFICIO Y LA COMUNIÓN
La memorable noche en que Cristo fue traicionado, tomó el pan y el vino, los bendijo y los distribuyó entre sus Apóstoles diciendo: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo… Tomad y bebed, esto es mi Sangre… Haced esto en memoria mía».
La Eucaristía está instituida. Hasta el fin de los siglos Jesús va a permanecer con nosotros en nuestros altares.
Aquella cena fue en la antigüedad el prototipo de las reuniones litúrgicas. Los Apóstoles, a imitación de Jesús, se reunieron luego para la oración y la fracción del pan, acto que en las generaciones cristianas se tuvo como cosa indispensable para el culto que se debe tributar a Dios y para la misma vida de la Iglesia.
La Santa Misa fue así justamente considerada como el acto principal y más importante de la religión, del que todos se consideraban obligados a participar. La Eucaristía fue y sigue siendo el sol divino, alrededor del cual se mueven y se desarrollan todas las almas redimidas por la Sangre de Jesús, que quieren conseguir la herencia de la vida eterna.
Desde aquella noche la Hostia y el Cáliz de la salud fueron y son ensalzados hasta el Cielo en todo extremo de la tierra, desde aquel momento —como lo dijo un día Jesús a Santa Matilde— ninguna abeja se ha lanzado jamás al cáliz de las flores para libarles la miel con tanta avidez como el Corazón divino se vuelca en las almas deseosas de recibirlo. Hacia el Tabernáculo vuela el pensamiento de todas las almas cristianas. En torno al altar se aglomera el pueblo creyente, para ofrecer a Dios el sacrificio junto con la Iglesia y el Sacerdote.
Jesús Hostia todo lo explica: desde las Catacumbas al heroísmo de los Mártires, desde las Basílicas grandiosas a la abnegación sublime del apostolado, desde la Virginidad que ora o que trabaja hasta los castos Ministros del Cordero que se apacienta entre los lirios.
Los niños se acercan a Jesús, vestidos de blanco y reciben en la tierna edad de la inocencia su primer beso; hombres y mujeres acuden en busca del Pan bajado de los cielos y le piden ayuda; pueblos y ciudades lo conducen en triunfo, a cada instante surge de millones de corazones el saludo al buen Maestro: «Alabado sea, en todo momento y lugar, el Santísimo Sacramento del altar».
No bastan algunas páginas ni la vida entera, ni toda la elocuencia humana serían suficientes para hablar dignamente del misterio eucarístico. Daremos, pues, solamente, una rápida mirada al Sacrificio de la Misa y a la Santa Comunión.
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1
La Santa Misa
Todo pueblo y toda religión tuvieron sus sacrificios. Y el sacrificio, si se investiga su naturaleza, preséntase en primer lugar como oferta y destrucción de la víctima. Con ello reconoce el hombre su sujeción a Dios y la nada de su ser frente a las perfecciones infinitas del Creador.
El acto de la destrucción es un verdadero acto de adoración, al que se juntan los otros significados, esto es, el agradecimiento a la divinidad por los beneficios recibidos, la súplica para obtener favores y protección, la propiciación que invoca piedad por los pecados cometidos.
Todos los sacrificios de la Ley antigua eran la figura del gran sacrificio del Hombre-Dios sobre la Cruz. Como dice San Pablo, «Jesucristo se ofreció a sí mismo a Dios por nosotros, como una oblación y como víctima de suave fragancia», llevando a cabo, de este modo, el acto más sublime y rindiendo al Padre el homenaje más perfecto.
El sacrificio del Calvario bastaba por completo, siendo de valor infinito. Pero Jesús quiso instituir la Santa Misa por los siguientes motivos:
a) para RENOVAR su Sacrificio, ofreciéndose a sí mismo al Padre en toda Misa e inmolándose de manera incruenta sobre nuestros altares. La doble consagración del pan y del vino, realizada con dos actos separados, significa la mística inmolación del Salvador, de modo que la Misa es un verdadero y propio Sacrificio. Cada vez que se celebra una Misa, es Jesucristo quien se sacrifica; el Sacerdote no es más que el ministro, y por esto no dice: «Éste es el Cuerpo, la Sangre de Jesucristo», sino: «Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre».
b) para RECORDAR el Sacrificio del Calvario. En el Sacramento admirable —hablando el lenguaje de la Iglesia— Jesús nos ha dejado la memoria de su pasión. Y todas las veces que asistimos a una Misa, debemos revivir en nosotros el drama divino del Gólgota.
c) para APLICAR a los fieles los frutos de la inmolación cruenta sobre la Cruz. De modo que entre el Altar y el Calvario existe un nexo esencial.
«El sacrificio que se realiza en la Misa —hace resaltar el Catecismo Romano— y el que fue ofrecido en la Cruz, no son ni pueden ser más que un solo e idéntico Sacrificio», aunque a diferencia de la Misa, en el Calvario Jesucristo se sacrificó con la real efusión de su Sangre.
Y si nosotros queremos llegar a las fuentes de la gracia, debemos participar de la Santa Misa, con la que nos es dado ofrecer a Dios un homenaje de valor infinito, una adoración perfecta, un himno de agradecimiento digno de Él, una reparación adecuada a nuestras culpas y una súplica de inmensa eficacia.
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2
La Comunión
En los sacrificios de la antigüedad no había solamente la oferta y la destrucción de la víctima; existía también la participación al mismo sacrificio, o sea, la comunión.
En la destrucción, el hombre se volvía a Dios. En la comunión, Dios se volvía al hombre, en cuanto que el hombre, al comer parte de la víctima que se había hecho santa y sagrada, en cierta manera se apropiaba la virtud divina.
También en el Sacrificio por excelencia, en la Santa Misa, la participación o comunión es el último acto que cierra la acción del sacrificio. Y como la víctima es el Hombre-Dios, recibimos en nuestro corazón a Jesucristo, que se inmoló en el Calvario y cada día se inmola sobre nuestros altares.
La enseñanza de Jesús no podía ser más clara. En el discurso de la promesa y en la institución de la Eucaristía ha usado palabras que son de una claridad absoluta.
Y el dogma, cuando nos obliga a creer que después de la consagración el pan ya no es más pan, el vino ya no es más vino, sino que la substancia del pan y del vino en virtud de las palabras se ha cambiado en la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo; cuando nos dice que, consecuentemente, bajo las especies del pan y bajo las especies del vino está presente de un modo verdadero, real y substancial Jesucristo, no sólo con su Cuerpo o con su Sangre, sino también con el Alma y la Divinidad, no hace más que aplicar las expresiones del divino Instituidor de la Eucaristía.
La teología estudia el dato de la revelación y discutiendo los varios géneros de presencia, nos hace notar cómo yo puedo estar presente en un lugar localmente, al modo de los cuerpos naturales; puedo estar presente con el pensamiento en diversos lugares; mi mismo pensamiento expresado en palabras e impreso, puede ser reproducido en mil ejemplares y hallarse presente en mil volúmenes, aunque no deje de ser un solo pensamiento.
Y la teología aclara cómo Jesús no está presente bajo las especies del pan y del vino en ninguno de estos modos, sino de un modo misterioso, de un modo sacramental, que puede ser comparado con el modo en que está presente la substancia. Como, en verdad, la substancia está toda en todo un cuerpo y toda en cada parte, así todo Jesucristo está presente en la Hostia entera, en todas y cada una de las Hostias consagradas y está presente en todas las partes de la Hostia, aunque sea un solo Jesús.
Pero en este Silabario del Cristianismo no queremos entrar a discutir estos problemas. Nos basta advertir que también en el Sacrificio de la Misa —o sea en la unión del hombre con Dios— está incluida la Comunión, o sea, la unión de Dios con el hombre.
Dios ha querido venir a nuestra alma, precisamente para divinizarla cada vez más, para conservar en ella la vida de la gracia sobrenatural, para acrecentarla, para reparar las culpas veniales y los defectos que la empañan, y para llenarnos de toda bendición celestial y de alegría.
«El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y Yo en él», ha dicho Jesucristo. Con la Comunión ya no somos nosotros los que vivimos, es Jesucristo quien vive en nosotros. Él nos transforma en Él y nunca como entonces estamos unidos a Nuestro Dios.
Un rayo de luz se proyecta sobre este misterio de amor infinito, si lo estudiamos a la luz de los principios expuestos a propósito del orden sobrenatural. Nuestra divinización por medio de Cristo nos explica porque nuestro Redentor, no contento con haberse sacrificado por nosotros, ha querido hacerse nuestro alimento.
El valor de la Misa y de la Comunión; la importancia de la propaganda para que se frecuente ésta y aquélla, más aún, para la Misa y la Comunión diarias; la conveniencia de comulgar —cuando razones de utilidad o de necesidad no aconsejan lo contrario— no antes o después, sino durante la Misa, junto con el Sacerdotes, son cosas que deben brillar con intuitiva evidencia.
Tagore, el poeta hindú, en una hermosa poesía describe a un mendicante que narra su afortunada aventura.
«He ido a mendigar de puerta en puerta a lo largo de las calles de la aldea, cuando tu carroza dorada apareció a lo lejos como un sueño fastuoso. Maravillado me preguntaba: —¿Quién será este rey de reyes? Mis esperanzas crecieron hasta tocar los cielos. Pensé que por fin habrían llegado días alegres para mí. Me detuve a esperar la limosna que es dada sin ser pedida y aguardé las riquezas que doquiera se esparcen en el polvo. La carroza se detuvo frente a mí. Tu mirada cayó sobre mí y tú descendiste con una amable sonrisa. ¡Me forjé la ilusión de que había llegado el momento afortunado de mi vida! Pero entonces, de improviso extendiste la mano diestra y dijiste: —¿Qué tienes para darme? ¡Ah! ¿no fue un escarnio tender tu mano a un mendigo, para pedirle? Quedé confuso e indeciso. Después saqué lentamente de la alforja el más pequeño granito de trigo y te lo di. ¡Pero cuál no fue mi sorpresa, cuando al anochecer de aquel día, al volcar la alforja sobre el pavimento de mi tugurio descubrí en el mísero montón un pequeñísimo granito de oro! Lloré con amargura y en esos instantes lamenté no haber tenido la generosidad de darte todo mi haber cuando me lo pediste».
También nuestro Rey de reyes, Nuestro Señor Jesucristo, ha venido hasta nosotros, pobres mendigos, extendió su mano y tomó nuestro granito de trigo.
Pero Él no se conformó con convertirlo en un granito de oro, sino que lo transformó en sí mismo, para ofrecerse al Padre y para ofrecerse a nosotros, a fin de que entre Dios y el hombre no hubiese separación sino unión santa e inefable.
Continuará…
