P. BASILIO MÉRAMO: LA SANTIDAD DEL P. CASTELLANI

Estimado Fabián:

Hace poco acabo de enterarme que en el blog Castellaniana aparece un artículo de Sebastián Randle, biógrafo y admirador del P. Castellani, en el que relata lo que dijo el Padre Pío, referente a él, señalándolo como un santo, lo cual vale la pena publicarlo, para conocimiento de todos; a lo cual si se le suma lo que ya sabíamos sobre el relato del doctor Hugo Giuliani sobre la curación milagrosa del cáncer que padecía, dando el testimonio que le adjunto, no cabe duda de la santidad del Padre Castellani, humanamente hablando.

P. Basilio Méramo

Noviembre, 9 de 2012

Dr. Sebastián Randle, «¿Quién era Leonardo Castellani? Aproximación a un personaje difícil.»

Castellani: un tipo difícil

(…) Entonces sucede el milagro, tal como lo predice Taulero. Había tenido un compañero de colegio al que no veía desde hacía más de treinta años. Se trata de Santiago Graffigna, el sanjuanino de la famosa bodega. Lo que sigue ha sido contado por una nieta, monja dominica que relató el sucedido que ella había oído por tradición familiar.

Graffigna se había enterado de las peripecias sufridas por su compañero de colegio a través de los diarios, sabía poco sobre su suerte pues vivía en San Juan, y estaba preocupado con todo lo que oía. El asunto es que en 1950 resolvió ir a Roma para el Año Santo y resolvió confesarse con el famoso Padre Pío. Al terminar la confesión le preguntó al famoso confesor: «¿Qué debo pensar sobre el P. Castellani?» Y el Padre Pío le respondió: «El Padre Castellani es un santo y hay que ayudarlo.»

De regreso al país, fue a verlo y acordaron la publicación en el diario del sanjuanino, «El Tribuno», de una columna semanal en la que Castellani comentaría las lecturas del evangelio correspondientes a cada domingo. Graffigna le pagaría como a cualquier periodista y de allí salió el primer libro sobre Dios de nuestro autor: «El Evangelio de Jesucristo», libro luminoso, espléndido, brillante, genial en donde Castellani despliega todo su genio, su erudición, su humor, su incisiva percepción de la realidad, su talento para ponerlo en negro sobre blanco.

Y con eso arrancará una serie de libros sobre Dios, no ya sobre los hombres. «Las Parábolas de Cristo», «Cristo ¿vuelve o no vuelve?», «El Apocalipsis», «Los Papeles de Benjamín Benavídes», «El Ruiseñor Fusilado» y muchos, muchos más.

Y así es que el viejo hucha, el ermitaño urbano que masca rabias en un departamento de la calle Caseros durante treinta años, produjo y le regaló a la Argentina una veintena de libros sin par, dos novelas fantásticas (Juan XXIV y Su Majestad Dulcinea) además de la mejor revista que jamás se haya hecho en este ingrato país.

¿Y ustedes creen que el Padre Pío lo conocía al Padre Castellani? No hay la menor posibilidad. Pero lo conocía a Dios.

Y Dios lo conocía a Castellani. Y permitió que padeciera tribulaciones sin par. Y quiso hacer de él un profeta para la Argentina.

Y que todos nosotros nos beneficiáramos de su obra.

La obra de Dios. (…)

Tomado del blog Castellaniana

Enlace web http://castellaniana.blogspot.com.ar/2011/10/dr-sebastian-randle-quien-era-leonardo.html

+++++++++

CARTA DEL DOCTOR HUGO GIULIANI

Cuando el doctor Domínguez me pidió que le relatase algunas de mis reflexiones y recuerdos que pude haber atesorado durante mi relación profesional con el Padre Castellani, no sabría como explicar que ningún acontecimiento como ése, me hubiese desprendido más de las cosas de este mundo.

Fue en el invierno de 1970, cuando, entre pacientes que esperaban ser atendidos en el hospital donde yo trabajaba, (El Instituto Municipal de Radioterapia) observé que un sacerdote se encontraba entre ellos, leyendo un libro. Pensé que se trataba de algún acompañante, pues al ver su tranquilidad creí que nada grave podría tener ese hombre que evidenciaba una fortaleza de un joven de 30 años que leía con tranquilidad su breviario. Al finalizar la consulta matinal, comprobé que el sacerdote aún estaba allí, en la sala desierta. Me acerqué a él y le pregunté si esperaba a alguien en particular, mirándome con una ternura extraña, me respondió que el enfermo era él, que venía para tratarse, pues «tengo cáncer».

En ese momento toda mi estructura de cancerólogo se tambaleó pues no estaba habituado a ese tipo de franqueza y a la vez, conmovido por la aceptación de su mal con tanta paz. Le pedí disculpas por la espera, e inmediatamente me dediqué a aquella persona excepcional.

Luego de examinarlo, comprobé que padecía realmente, un cáncer de la región latero posterior de la lengua. Ni más está decir que yo estaba más conmovido que él, cuando le propuse hacerle un tratamiento curioterápico con regulares posibilidades de curación, pero que tenía la ventaja de no ser mutilante como la cirugía, pero que en caso de un fracaso, siempre se podría acceder a ella, me respondió «Estoy aquí y no vine solo». Una corriente de simpatía y compasión nació en mí desde aquel momento.

Al día siguiente, le implanté en pleno tumor, seis fuentes de radium, ese implante es considerado como un martirio, pues no solo por la colocación de las fuentes en una región tan sensible, sino además porque debe mantenerse implantada por cinco días, estar aislado, no hablar y solo beber líquidos. Tampoco se puede anestesiar mucho, pues la infiltración de novocaína, deforma la geometría de la lesión haciendo imperfectos los cálculos de dosis. Todo esto se lo expliqué, hablándole con toda franqueza como a un amigo de toda la vida, a pesar de la gran diferencia de edad. Mi paciente admitió todo y lo aceptó.

Durante los cinco días siguientes estuvo aislado (es ley hacerlo). Lo visitaba guardando las reglas de radioprotección, Él leía su breviario, no podía hablar por razones obvias pero me hacía comprender que estaba perfectamente bien, que no me preocupe. Cuando le retiré las agujas, era un sábado por la mañana, sus primeras palabras balbuceantes fueron: «Gracias hijo, mira que bello día». Allí comprobé, que miraba como un favor del cielo, lo que es una desgracia ante los ojos del mundo. Le expliqué que la reacción a las radiaciones serían más fuertes y dolorosas los próximos quince días, no le dije nada más pues ya sabía de su coraje y su paz interior lo protegían.

Concurrió puntualmente a las siguientes consultas, siempre sin hacerse anunciar, pues no quería «privilegios» pero yo, advertido de su presencia lo hacía pasar a mi escritorio a pesar suyo. Ahora comprendo que lo hacía más por mí que por él. Mi ilustre paciente me enriquecía con sus diálogos observaciones y ternura que mucho me ayudaban puesto que yo pasaba terribles penurias en aquellos días. En una de las consultas, al ver su boca inflamada, le pregunté si le dolía y contestó que no, yo insistí, pues sé que era imposible que no le doliese, entonces me contestó. «doctorcito, usted se ha esforzado tanto conmigo que no quiero apenarlo» (¡).

A los dos meses, el milagro se había consumado, la lesión había desaparecido. Yo partía para el extranjero, pues había ganado una beca en Francia. Nunca más lo vi, supe que recibió el llamado del Eterno a los años 80. Tuve una gran alegría, el saber que el tratamiento fue exitoso y que Dios lo esperaba para santificarlo.

Firmado.

Dr. Hugo Giuliani