ALEGRÍA DE MORIR – UN CARMELITA DESCALZO – CAPITULO II – LA MUERTE ES ARCO TRIUNFAL PARA EL CIELO

ALEGRÍA DE MORIR

UN CARMELITA DESCALZO

CAPITULO II

LA MUERTE ES ARCO TRIUNFAL PARA EL CIELO

Del concepto que los paganos tenían sobre Dios, sobre el alma y sobre la felicidad futura, al concepto que nos da la fe a los cristianos, hay distancias infinitas.

La filosofía pagana de todos los tiempos −aún en la más alta representación de Platón y Aristóteles− con ráfagas de esplendores de verdad, estaba llena de errores. No había alcanzado la idea clara de un Dios infinito en toda perfección, único, bondad suma y comunicador de todo bien a cuanto goza de alguna perfección; veía, al contrario, un dios limitado, que no era Dios. No conocía claramente ni con certeza lo que era el alma, sus perfecciones, ni su fin eterno y sobrenatural, y mucho menos había alcanzado el conocimiento de la gloria esencial e imperecedera. Los filósofos paganos no conocían, ni conocen, la verdad, y la que alcanzan, aparece inundada de errores.

La fe nos enseña con seguridad absoluta a los cristianos, sin vacilaciones ni dudas, las verdades más sublimes y hermosas.

Nos enseña que Dios es infinito, todo sabiduría, todo amor, todo perfección; que es nuestro Padre y quiere ser nuestra dicha en la eternidad, siendo Él nuestra misma vida.

Por la fe sabemos que el Cielo es la visión de la esencia de Dios, y el goce en Dios de todo bien, sin la menor sombra de tristeza ni de temor de perderle; que todo lo conoceremos en Él, según el amor que cada alma haya vivido y adquirido en la tierra.

Por la fe sabemos que el Cielo es un bien tan intenso, tan sobre todo bien, que ningún hombre puede merecerlo ni ser digno de conseguirlo; pero Dios nos ha creado para el Cielo libremente y para que entraran en él cuantos lo elijan, si quieren cumplir la voluntad divina manifestada en sus mandamientos y si practican las virtudes Como en el Cielo no hay nada manchado, en desorden, ni injusto, todo allí es luz y brillo, no pueden entrar en él los soberbios, ni los impuros, ni los avarientos acaparadores.

Nuestro Señor Jesucristo nos dijo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos, y bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (1). Da su Cielo a los humildes de corazón y a los que viven en la hoguera de su amor. Caridad y gracia son el vestido que cubre y hermosea el alma, dándole derecho a la gloria.

La puerta de entrada al Cielo es la muerte y por este arco triunfal ha de pasar el alma a recibir su premio de gloria eterna, a la posesión del palacio de Dios, donde Cristo lo colocará en los vergeles siempre amenos de su Paraíso (2).

El alma cristiana, que vive la verdad, que está hermoseada con la luz de la gracia y se ha cuidado de agradar a Dios con los actos de su vida, siente un tierno amor y una ilusión creciente por pasar el arco triunfal, que le ha de poner en la luz y posesión de Dios.

Atrás quedan las oscuridades, incertidumbres y tristezas; después ya todo será gozo y luz. Abajo quedan los lamentos y luchas; arriba empieza la visión de paz y en los oídos resuenan melodiosas las palabras del mismo Dios: «Entra en el gozo de tu Señor» (3).

Se estremecerá de admiración la naturaleza humana ante la presencia de esta puerta, pues sabe muy bien que, una vez franqueada, Dios se hace presente al alma en gracia, envolviéndola y llenándola de luz y felicidad eterna; sabe que, pasado este arco de triunfo, si está del todo limpia, aparece el Cielo con todas sus luminarias y bellezas infinitas y entra a la vida y sabiduría de Dios. «Venturosa fue vuestra suerte» (4), decía Santa Teresa a tales almas.

Ya muy cercana a la muerte la carmelita Francisca de la Encarnación, en Jaén, tuvo una suspensión de los sentidos y cuando volvió en sí estaba llena de alegría. Preguntóle una hermana suya, también religiosa con ella, por qué estaba tan gozosa y contestó: «He sido llevada por un camino áspero lleno de cruces y al término he visto una puerta llena de resplandores. Ya he andado el camino y sólo me falta un paso, el de la muerte, para entrar a gozar de la luz esplendorosa» (5).

¿Cómo es posible no sentir amor a lo que nos ha de colocar en el mismo Cielo?

(1) San Mateo, V. 3-8.

(2) «Jesucristo Hijo de Dios vivo te ponga en los siempre floridos vergeles de su paraíso.» (Recomendación del alma. Oración III.)

(3) San Mateo, XXV 21-23.

(4) Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, XIII, «Oh almas, que ya gozáis sin temor de vuestro gozo, y estáis siempre embebidas en alabanzas de mi Dios… Ayudad a nuestra miseria y sednos intercesoras ante la divina misericordia, para que nos dé algo de vuestro gozo y reparta con nosotros ese claro conocimiento que tenéis.» (5) Año Cristiano Carmelitano, por el P. Dámaso de la Presentación, C. D. Tomo III, día 7 de diciembre.