MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capítulo Doce
LA IGLESIA Y LA UNIÓN SOBRENATURAL CON DIOS
Esbozado este divino organismo de la Iglesia, trataremos de recoger algunas de sus palpitaciones, alguna fase de su actividad sobrenatural, alguna función y algún movimiento que nos dé una somera idea de su admirable vitalidad. Así podremos comprender siempre mejor de qué manera la Iglesia, en cuyo seno estamos sobrenaturalmente unidos a Jesús, nos une también a Dios.
1. Este organismo divino, cuya Cabeza es Cristo y cuya Alma es el Espíritu Santo y del cual somos los miembros, eleva su voz al Padre, tiene su plegaria que se llama la LITURGIA; por lo cual convendrá, ante todo, buscar con exactitud su valor y su significado.
2. Unidos en este Cuerpo Místico, vivimos y nos desenvolvemos sobrenaturalmente, participando de la vida de Cristo y de su gracia. La gracia nos es conferida por muchos caminos y continuamente llegamos a su plenitud. Pero el medio ordinario, principal y seguro de tal participación de la gracia, son los SACRAMENTOS. El que los rechaza, pisotea la voluntad de Cristo y no comulga con su vida sobrenatural.
Las diversas teorías que entonan himnos al culto individual y privado, olvidan el hecho de que hasta en el orden natural los hombres deberían rendir homenaje a Dios también con actos exteriores, como individuos y como sociedad, porque dependen de Dios no sólo en el alma, sino también en el cuerpo, y no sólo como particulares, sino como colectividad; y además olvidan que toda actividad nuestra, aunque sea interna, noble y elevada, no puede por sí sola elevarse al orden sobrenatural. Nos preguntamos, pues, ¿qué son los Sacramentos?
3. Sin duda de ningún género, el mayor de los Sacramentos es la EUCARISTÍA, el sol de la vida cristiana. Los otros sacramentos nos dan la gracia; la Eucaristía nos da al mismo Autor de la gracia, a Cristo Jesús, por lo cual es necesario decir una palabra acerca de ella. Tanto más que, si todos los Sacramentos producen la unión sobrenatural con Dios, en la Eucaristía es el mismo Hijo de Dios quien con el Sacrificio une su Iglesia al Padre y con la Comunión se une a nosotros para divinizar nuestras almas, para nutrirlas con su Carne inmaculada, para fortificarlas con su Sangre divina.
4. En la Iglesia, finalmente, están los que Jesús ha escogido como instrumentos activos de nuestra divinización y que, precisamente para obtener tal finalidad sobrenatural, tienen la potestad y el deber de instruirnos, dirigirnos y administrarnos los Sacramentos. Es la JERARQUÍA sagrada, la sagrada falange del Vicario de Cristo, de los Obispos y de los Sacerdotes, que debemos estudiar.
Al contemplar toda esta vida de la Iglesia, no olvidemos jamás nuestro hilo conductor: la unión sobrenatural del hombre con Dios, que constituye el programa y explica toda y cualquier función y actividad del gran organismo.
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I
LA LITURGIA
Existe y se difunde en nuestros días un vigoroso y consolador movimiento litúrgico. Conviene por lo tanto conocer la verdadera naturaleza de la liturgia, para disipar ciertas ideas seductoras que pueden deslumbrar con su falso resplandor, pero que desconocen y arruinan el verdadero significado y valor de la vida litúrgica de la Iglesia.
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1
Lo que no es la liturgia
Tres errores principales campean en nuestros días a propósito de liturgia y hasta se difunden en obras literarias y en novelas de renombre.
a) Algunos confunden la liturgia con la SATISFACCIÓN ESTÉTICA, o con el sentido artístico que conmueve a los espíritus cultos y procura emociones exquisitas a los que aprecian la belleza de los ritos de la Iglesia.
¡Ay! Desgraciadamente muchos penetran a un templo con mucha erudición científica, con el más refinado gusto por el simbolismo, con las puertas del alma abiertas al soplo de la belleza, a la fascinación del arte, al perfume del incienso, sin penetrar en la fuente de la vida litúrgica.
No se obtiene lo sobrenatural con la superficialidad, aun cuando, como en el caso, sea una superficialidad dorada.
b) Incluso algunos buenos católicos confunden la liturgia con el CONJUNTO DE LAS CEREMONIAS que se cumplen en la acción litúrgica.
Ignoran que el ceremonial es necesario, como son indispensables para un orador las reglas de la gramática y de la sintaxis; pero ¿qué se diría —pregunta un preclaro benedictino, el Padre BEAUDUIN— de un crítico literario que no buscase en los discursos de Bossuet sino la aplicación de los preceptos de la gramática y de la sintaxis?
Nota de Radio Cristiandad: recordemos que la Obra de Monseñor Olgiati data de 1929. En ese entonces no se podía ver todavía la desviación del Movimiento Litúrgico, una de cuyas cabezas fue, precisamente, Dom Beauduin.
c) Más todavía: EL ORIGEN HISTÓRICO DE LOS RITOS, el significado dogmático y simbólico de las acciones litúrgicas, contribuyen grandemente a hacer inteligible y fecunda la participación en los sagrados misterios y en las funciones; pero todo eso es la corteza y la parte exterior, no es el alma de la liturgia.
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2
Lo que es la liturgia
Para encontrar esta alma de la liturgia, hay que partir del principio de que el cristiano no es un átomo aislado, un individuo separado del mundo sobrenatural, sino que es un miembro de la Iglesia, o sea, del Cuerpo Místico de Cristo. Unido por medio de la gracia, a la Iglesia y a Jesús, su Cabeza, el cristiano debe tener conciencia de tal unión, si quiere vivir con la plenitud de la vida divina que palpita en este organismo.
Este organismo, o sea, la Iglesia, «con su vida íntima, su pensamiento, sus aspiraciones, sus tradiciones y toda su alma, se ha transfundido en su lenguaje que es la oración» y precisamente la oración litúrgica.
Obsérvese que hay una forma de oración, la oración individual que hace uno cuando se recoge dentro de sí mismo pensando y meditando en Dios, la que lejos de ser superflua, resulta condición indispensable para arribar a la oración de la liturgia, que es oración colectiva, oficial, revestida necesariamente de un elemento exterior, llevada a cabo por personas autorizadas, o sea, por la jerarquía establecida por Cristo.
He ahí lo que es la oración litúrgica; por ella, el hombre ya no queda librado a sus fuerzas naturales para glorificar a Dios, ni abandonado a sí mismo, aunque tenga la gracia sobrenatural en su corazón; ya no es «una gota de agua tomada aisladamente», sino que se halla unido a Jesucristo y a toda la Iglesia y participa de la fuerza y de la inmensidad del océano, y por esto, —como escribe CHAUTARD— «su oración se diviniza y abarca todos los siglos, desde la creación de los Ángeles y su primera adoración, hasta nuestros días. Comprende a Adán y sus afectuosos coloquios del Paraíso terrestre con el Creador, y los holocaustos de Abel, de Melquisedec, de Abraham; se extiende desde la Pascua israelita y las oraciones y reparaciones de David y de todos los Santos do la antigua ley, hasta el Calvario, centro de la liturgia, y hasta la Eucaristía, su viviente memorial. La oración abarca todas las generaciones de almas santas que la Iglesia ha creado desde el día de Pentecostés, más aún (…) se identifica con el Verbo, mediante la divina alabanza que brota constantemente de la hoguera de Amor infinito de la Santísima Trinidad».
Así oraban los primeros cristianos. Cuando al caer la noche se reunían para asistir al Sacrificio y recibir la Comunión, se sentían verdaderos hermanos en Cristo, esto es, unidos a Él en el organismo de la Iglesia. Y con Cristo y con la Iglesia ofrecían al Padre el Cáliz y la Hostia.
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3
La liturgia y el dogma
He aquí por qué la liturgia de la Misa, que floreció en los primeros tiempos y se conserva hasta nuestros días substancialmente la misma, es un himno a la Trinidad, pues ¿qué otra cosa deben hacer los hijos adoptivos de Dios, unidos con Cristo su Hijo Natural, sino alabar al Padre en unión con el Espíritu Santo?
En aquel entonces, no era solamente el Pontífice, representante de la jerarquía, el que oraba, sino que vibraban al unísono con él las almas de todos los que asistían; a esto se debe que las plegarias litúrgicas empleen siempre el plural en sus expresiones; no se dice: «Yo te ofrezco, Señor», sino «Nosotros te ofrecemos». Así como el pan que comemos, es la resultante de muchos granos de trigo unidos entre sí para formar una sola substancia, y como el vino resulta de muchas uvas exprimidas para producir una sola bebida, así los fieles —advierte San Agustín— se sienten unidos entre sí y con Cristo, y con Cristo oran y se inmolan.
En una palabra, «la piedad del pueblo cristiano, y por lo tanto, sus acciones y su vida reposaban entonces sobre las verdades fundamentales que constituyen el alma de la liturgia: o sea, sobre la ofrenda de todas las cosas para la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; la mediación necesaria y universal de Jesucristo; el lugar central del Santo Sacrificio eucarístico en la vida cristiana, la misión de la jerarquía en nuestra unión con Dios; la realización visible de la Comunión de los Santos».
Todos estos dogmas, —lamenta el Padre Beauduin— dormitan hoy en el fondo de las almas; el pueblo cristiano ya no los conoce, y, por consiguiente, la piedad litúrgica se ha reducido a una participación mecánica, pasiva, a menudo muerta y distraída, con frecuencia, a un barniz obtenido en la lectura de algún libro mientras se asiste a la Misa y a las funciones sagradas.
Hacemos votos para que el movimiento litúrgico, tan rico en promesas en los tiempos presentes, prosiga en sus obras de saludable despertar; y, sin excesos de peligrosas exageraciones, comience a sacudir a los durmientes con la alegre diana de una sólida cultura catequística.
Será el mejor medio para actualizar las esperanzas del Santo Pontífice Pío X, que al hablar de la liturgia, esperaba de ella el reflorecimiento del verdadero espíritu cristiano.
Nota de Radio Cristiandad: ya sabemos en qué terminaron las esperanzas de San Pío X. Las infiltraciones de los modernistas elaboraron e impusieron un rito bastardo.
Continuará…
