DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
Última entrega – Fin de la Obra
XXIX. FORMADNOS VOS MISMA SEGÚN EL CORAZÓN DE VUESTRO HIJO
1. Por voluntad de su Hijo, su Madre fue constituida Madre nuestra
El Verbo no sólo predestinó a María para que fuese su Madre según la humanidad, no sólo le dio, llenándola de gracias, el honor que esta dignidad exigía, sino que le asoció a sus misterios.
Examinemos rápidamente las páginas del Evangelio, en ellas Jesús y María van inseparablemente unidos en los misterios de la vida de Jesucristo.
Los Ángeles que anuncian a los pastores el Nacimiento, en la gruta de Belén, les dicen que hallarán «al niño y a la madre»; María es quien presenta a Jesús en el templo y quien preludia así el sacrificio del Calvario; toda la vida oculta de Jesús en Nazaret transcurre sumisa a la autoridad de María; a ruegos de María comienza el Salvador su vida pública, obrando el primer milagro en las bodas de Caná; los Evangelistas nos refieren que la Virgen Santísima siguió a Jesús en más de una de sus correrías apostólicas.
Quiero que notéis que no se trata de una simple unión material, es una unión íntima, unión de alma y de corazón, la unión que media entre la Madre y el Hijo en los misterios de Jesús.
San Lucas observa que conservaba María en su Corazón las palabras de su Hijo para meditarlas: Maria conservabat omnia verba hæc, conferens in corde suo. Las palabras de Jesús constituían para ella la fuente de su contemplación, ¿no diríamos otro tanto de los misterios de Jesús? Sin duda que cuando Jesús vivía esos misterios, llenaba de luces sobre cada uno de ellos a su Madre; cuanto decía o hacía Jesús era para Aquella, la más amada por Él entre todas las mujeres, una fuente de gracias.
Si nos es permitido expresarnos así, Jesús devolvía a su Madre en vida divina, de la que era Él venero riquísimo, lo que de ella había recibido de vida humana. Ved por qué están tan inseparablemente unidos en todos los misterios Jesucristo y la Virgen Santísima y por qué también la Virgen está tan unida a nosotros de corazón con su divino Hijo.
¿Y qué fin tienen todos los misterios de Jesucristo? Convertirle en dechado de nuestra vida sobrenatural, rescate de nuestra santificación y fuente de nuestra santidad; crear una sociedad eterna y gloriosa de hermanos que se le semeja. Por eso al nuevo Adán se le asoció María cual otra Eva; pero ésta, mejor que la primera, es la «madre de los vivientes», la madre de los que viven de la gracia de su Hijo.
Pues bien, la obra grande por excelencia de Jesús, el santo de los santos de todos sus misterios, es su sagrada Pasión; con el sacrificio sangriento ofrecido en la Cruz entregó Jesús a los hombres la vida divina, restituyéndoles a su dignidad de hijos de Dios; Jesús quiso que su Madre tuviese parte muy principal en este misterio, María se unió tan plenamente a la voluntad divina de su Hijo Redentor que participa con Él en toda verdad aunque conservando su rango de simple criatura, la gloria de habernos engendrado, en aquel solemne día, a la vida de la gracia.
Subamos al Calvario en el momento en que Jesucristo va a consumar la obra que su Padre le ha confiado realizar en este mundo. Nuestro Señor ha llegado al término de su misión apostólica en la tierra; está a punto de reconciliar con su Padre a la humanidad entera. ¿Quién se halla al pie de la Cruz en aquel momento supremo? María, la madre de Jesús, con Juan, el discípulo amado y algunas mujeres: Stabat mater ejus. Allí está María, de pie. Y ha renovado la ofrenda que de su Hijo hizo años atrás en el templo al Eterno Padre, como rescate del género humano, «el fruto bendito de sus entrañas».
Jesús está a punto de expirar; cuando exhale el último aliento entonces se consumará el sacrificio, y entonces se devolverá la gracia divina a los mortales. Quiere darnos a María como madre. Así se realiza una parte de esta verdad: el Verbo se unió, en la Encarnación, a la humanidad entera, los elegidos forman el cuerpo místico de Jesucristo del cual no se les puede separar. Jesucristo nos dará a su Madre para que sea también nuestra en el orden espiritual; María no nos separa de Jesús, su Hijo, nuestra cabeza.
Pues antes de expirar «y de terminar, dice San Pablo, la conquista del pueblo de las almas con el cual quiere hacer su reino glorioso», Jesús ve al pie de la Cruz a su Madre sumida en tan acerbo dolor y a su discípulo Juan al que tanto amaba, el mismo que oyó y nos transmitió las supremas palabras que Jesús dijo a su Madre: «Mujer, he ahí a tu hijo» y después dirigióse a Juan: «He ahí a tu madre.» San Juan nos representa aquí a todos; a nosotros nos hace Jesús, al expirar, el don de su Madre. ¿No es acaso nuestro «hermano mayor»? ¿No estamos predestinados para ser semejantes a Él, de modo que sea «el primogénito de una multitud de hermanos»?
Pues bien, si Jesucristo se ha hecho nuestro hermano mayor cuando tomó carne humana en el seno de María, que le hizo partícipe de nuestra naturaleza, ¿qué de maravillar tiene que, al morir, nos haya dado como madre, en el orden de la gracia, a la que lo fue suya según la naturaleza humana asumida?
Y como esta palabra, por ser palabra del Verbo, es todopoderosa y de una eficacia divina, crea en el corazón de la Virgen una ternura especial hacia los que la gracia convierte en hermanos de Jesucristo.
¿Dudaremos un instante de que, por otra parte, la Virgen no haya respondido, como en Nazaret, con un Fiat, silencioso esta vez, pero igualmente lleno de amor, de humildad y de obediencia, en aquel lugar en que la plenitud de su voluntad se fundía en la de Jesús, para realizar el deseo supremo de su Hijo?
Al igual que Jesús, también la Virgen, en aquel momento, acabó de engendrarnos a la vida de la gracia por un acto de amor. Madre del que es nuestra cabeza, según San Agustín, por haberlo concebido en sus entrañas, la Virgen llegó a ser de alma, de deseo y de corazón, madre de todos los miembros de esa divina Cabeza. Corpore mater capitis nostri, spiritu mater membrorum ejus.
Cuenta Santa Gertrudis que oyendo cantar un día en el Oficio divino estas palabras del Evangelio: Primogenitus Mariæ Virginis, el primogénito de la Virgen María, se decía: «Mejor cuadraría a Jesús el título de Hijo único que el de Primogénito«. Y pensando en esto se le apareció la Virgen y le dijo: «No, no es Hijo único, es Hijo primogénito el que más le conviene; porque después de Jesús, mi muy amado Hijo, o con más verdad, en Él y por Él os he engendrado en las entrañas de mi caridad y os habéis trocado en mis hijos vosotros, los hermanos de Jesús» (Jesucristo vida del alma, cap. IX, 3, 4 y 5).
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2. El poder de la Virgen para formarnos según el Corazón de su Hijo
¿Qué hemos de pedir a María, la Madre de Jesús?
¿Qué, sino que, ante todo y sobre todo forme a Jesús en nosotros y nos comunique, para eso su fe y su amor?
La vida entera del .cristiano no tiene más fin que el de «engendrar a Jesucristo» en nosotros y vivir de Jesucristo. He aquí el ideal del Apóstol.
¿Dónde, pues, se formó primeramente Jesús? En el seno de la Virgen, por obra del Espíritu Santo. Mas dicen los Santos Padres que María concibió primero a Jesús por la fe y el amor, cuando dio, con su Fiat, el consentimiento esperado: Prius concepit mente quam corpore.
Pidamos a María Santísima que nos alcance esa fe que engendra a Jesús en nosotros: Christum habitare per fidem in cordibus vestris; ese amor que nos haga vivir la vida de Jesús; pidamos a la Virgen la gracia de transformarnos en hijos semejantes a su Hijo; no hay favor más preciado que podamos solicitar de nuestra Madre y tampoco gracia que quiera Ella concedernos de mejor grado, pues sabe y ve que su Hijo no se puede separar de su Cuerpo Místico, y Ella está tan unida de alma y de corazón a su divino Hijo que, ahora, en el Cielo, no tiene sino un solo deseo: que la Iglesia, el reino de los elegidos, el precio de la Sangre de Jesús, se presente ante Dios «gloriosa sin mancha ni arruga, santa e inmaculada».
La Santísima Virgen sabe que en el plan divino Ella está inseparablemente unida a Jesús, sabe que nuestra santidad consiste en entrar lo más posible que podamos en los planes de la economía divina.
En los eternos pensamientos de Dios, María, en efecto, ocupa lugar esencial en el misterio de Cristo; Madre de Jesús, es Madre de Aquel que lo es todo para nosotros. En el plan divino la vida se comunica a los hombres por Jesucristo, Hombre Dios: Nemo venit ad Patrem nisi per me, pero Jesucristo no se da al mundo sino mediante su Madre: Propter nos homines el propter nostram salutem, descendit de cœlis, et incarnatus… ex Maria Virgine, para nosotros los hombres, para salvarnos, descendió de los cielos y se encarnó… de María Virgen.»
No es otro el plan divino, el plan inmutable. Y notadlo bien que no fue sólo para el día en que tuvo lugar la Encarnación, el valor de ese plan divino continúa actualmente, siempre sigue aplicándose a las almas el fruto salvador de la Encarnación. ¿Por qué? Por ser el Verbo, Jesucristo, la fuente de la gracia; en calidad de tal, como Mediador, el Verbo permanece inseparablemente unido a la naturaleza humana que tomó de la Virgen.
Y por estar María tan íntimamente asociada a todos los misterios de nuestra redención, Jesús la ha coronado en el Cielo no sólo de gloria, sino que además le ha dado un poder eficacísimo; ha puesto a su Madre a su diestra para que pueda disponer, como Madre, titulo único de una criatura humana, de los tesoros de la vida eterna; Adstitit regina a dextris tuis. Esta verdad nos quiere inculcar la piedad del pueblo cristiano cuando la proclama Madre de Jesús, la Omnipotencia suplicante: Omnipotentia supplex.
En efecto, nadie tiene tanto crédito como María ante Jesús para alcanzarnos la gracia. Por la Encarnación, Dios se complace, no en derogar el poder mediador de su Hijo, hecho hombre, sino al contrario, en extenderle y ensalzarle para reconocer el poder de los que están unidos a Jesús, Cabeza del Cuerpo Místico; ese crédito es tanto más poderoso cuanto más íntima es la unión de los Santos con Jesucristo.
Dice el Doctor Angélico: cuanto más cerca está una cosa de su principio, tanto más experimenta los efectos que proceden de ese principio. Cuanto más os acercáis a un fuego, más recibís el calor benéfico que de él dimana. Pues, añade el mismo Santo, Cristo es el principio de la gracia porque, en cuanto Dios, es el autor y como hombre es el instrumento; es así que la Virgen ha sido la criatura más próxima a la humanidad de Cristo, ya que Cristo tomó de Ella su naturaleza humana, de aquí se sigue que María Santísima ha recibido de Jesucristo una gracia superior a la gracia de todas las criaturas.
Pero todos y cada uno de nosotros recibimos de Dios, continúa hablando Santo Tomás, un caudal de gracia proporcionado al destino providencial de cada cual. Como hombre, Jesucristo fue predestinado y elegido para que, en cuanto Hijo de Dios, tuviese el poder de santificar a todos los hombres in virtute sanctificandi, por consiguiente tenía que tener, y Él sólo, una plenitud tal que fuese capaz de difundir gracia a todas las almas: De plenitudine ejus omnes nos accepimus.
La plenitud de la gracia que recibió la bienaventurada Virgen María tenía como objeto acercarla más que ninguna otra criatura al Autor de la gracia; y tan cerca, en efecto, estuvo, que encerró en su seno al que está lleno de gracia y al mundo, en el parto, le daría la gracia misma, la fuente de la gracia: Ut eum, qui est plenus omni gratia, pariendo, quodammodo gratiam ad omnes derivaret.
Al formar en sus purísimas entrañas la humanidad de Jesucristo la Virgen nos dio al autor mismo de la vida. Lo canta la Iglesia en la oración de la antífona de la Virgen, durante el tiempo de Navidad, celebrando los regocijos del Nacimiento del Verbo; Per quam meruimus auctorem vitæ suscipere: Por ti nos ha sido dado el autor de la vida»; también invita a las naciones a cantar a la vida que esta maternidad virginal les ha proporcionado: «Vitam datam per vlrginem, gentes redemptæ plaudite: celebrad con cantos a la vida santa dada por la virginidad, pueblos redimidos.»
Así, pues, si queréis beber con abundancia la vida de la gracia en su misma fuente, id a María, pedid a María que os lleve a la fuente de la vida; Ella mejor que ninguna otro criatura os introducirá donde está Jesús.
Por eso con razón le damos este justo título: Mater divinæ gratiæ: Madre de la divina gracia; por eso también la Iglesia le aplica el texto de la Escritura: «Quien me hallare habrá encontrado la vida y beberá la salud que procede del Señor: Qui me invenerit, inveniet vitam et hauriet salutem a Domino.
La salvación, la vida de las almas proviene de Nuestro Señor Jesucristo y sólo de Él, a Domino, es el único y solo Mediador; pero, ¿quién nos llevará con mayor seguridad que María, quién nos hará propicio a ese Mediador con tanto poder de intercesión como su Madre? (Jesucristo vida del alma, cap, IX, 5, 6).
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3. Sentimientos de piedad filial en que hemos de abundar respecto a la Madre de Jesús, también Madre nuestra
Para conocer el lugar aparte en que le plugo a Jesús poner a su Madre en los misterios de vida y el amor de María a los hombres, tenemos que tributar a la Virgen el honor, darle el amor y la confianza que le corresponden como a Madre de Jesús y Madre nuestra.
¿No habremos de amarla, si amamos a Jesús? Si quiere Jesús que amemos a todos los miembros de su Cuerpo Místico, ¿cómo no amaremos primero a la que le dio esta naturaleza humana que le hizo Cabeza de todos los hombres, este Cuerpo que le sirve de instrumento para comunicarnos la gracia? No podemos- poner en duda que el amor que demostremos a la Madre de Jesús le sea sumamente grato; si queremos amar a Jesús, si queremos que Él lo sea todo para nosotros, tenemos, que amar muchísimo a su Madre.
¿Cómo demostraremos este amor? Jesús se lo demostró colmándola, como Dios, de privilegios excepcionales; nosotros ensalzándola; si aspiramos a agradar a Nuestro Señor, admiremos esos mismos privilegios con los que Él ha enriquecido a su Madre; su deseo es que con su misma Madre agradezcamos a la Trinidad beatísima por esos dones; que alabemos a María por haber sido escogida entre todas las mujeres para dar a luz al mundo al Salvador.
Así nos compenetramos en los verdaderos sentimientos que Jesús tiene respecto de su Madre, de la Madre que le dio el ser Hijo del hombre. «Sí, cantamos en honor de la Virgen, sí; Tú sola has cautivado el Corazón de tu Dios: Sola sine exemplo placuisti Domino. Sé bendita entre todas las criaturas; bendita porque creíste la palabra de Dios y porque en Ti se han cumplido las promesas eternas.»
Para ayudarnos a mantener en nuestros corazones esta devoción siempre viva y actual, no tenemos más que considerar lo que hace la Iglesia. Cómo ha multiplicado esta Esposa de Jesucristo los homenajes en honor de la Virgen y cómo realiza este culto, un culto especial por su trascendencia sobre el que tributa a todos los santos.
La Iglesia ha establecido muchas fiestas en honor de María; celebra sucesivamente en el decurso del año su Inmaculada Concepción, su Nacimiento, la Presentación en el templo, la Anunciación, la Visitación, la Purificación y la Asunción.
En cada época del año litúrgico le dirige mía antífona propia y hace obligatoria su recitación al terminar el Oficio canónico en sus distintas horas; en cada una de las antífonas la Iglesia se complace en recordar el privilegio de la Divina Maternidad, base y fundamento de las demás grandezas de María. Así no se pasa un día en que la voz de la Iglesia no felicite a María por las gracias que ha recibido y sin que rememore que nosotros somos sus hijos.
¿Para aquí todo? No. Todos los días en Vísperas, la Iglesia canta el Magnificat, y se une a la misma Virgen para alabar a Dios por las bondades de que ha sido objeto por parte de su Hijo. Repitamos a menudo con María y con la Iglesia: «Alma mía glorifica al Señor, y que mi espíritu se estremezca de alegría en Dios, porque se ha dignado mirar la bajeza de su sierva. Desde ahora, María, todas las naciones Te llamarán bienaventurada, porque el Omnipotente ha obrado en Ti grandes cosas.»
Además de estas alabanzas el pueblo cristiano reza el Rosario, devoción gratísima a la Virgen, porque la alabamos siempre unida a su Hijo, repitiendo sin ces.ar, con amor, la alabanza que le dirigió el mensajero celestial el día de la Encarnación: Ave Maria, gratia plena, Dios te salve María, llena eres de gracia.
Excelente y piadosa devoción esta del Rosario, en el que contemplamos a Jesucristo en los misterios unido a María, en el que felicitamos a la Virgen de estar tan íntimamente asociada a Jesús y damos a la Santísima Trinidad por el Gloria, gracias rendidas a causa de los privilegios otorgados a María.
Finalmente rezamos el Angelus, la plegaria que renueva todos los días en el Corazón de María Santísima el gozo inefable que tuvo que experimentar en el instante de la Encarnación del Verbo, como asimismo otras devociones marianas.
Vayamos por tanto a María, pero vayamos con confianza. Hay almas que van a Ella como a una Madre y le confían sus intereses y le exponen sus cuitas y sus dificultades y recurren a su ayuda en las necesidades, en la tentación, porque «existe eterna enemistad entre la Virgen y el dragón infernal», y con su calcañal María aplasta la cabeza de la demoníaca serpiente.
Hay almas también que caen de hinojos ante la imagen de la Virgen para exponerle sus deseos. Son niñerías, me diréis. Pueden serlo, pero no me negaréis, que ha dicho Jesús: «Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.»
Sí, digamos a María con la Iglesia, digámosle confiados: «Muéstrate madre; Madre de Jesús por el crédito que tienes ante Él; muéstrate Madre nuestra por tu misericordia para con nosotros, y reciba, te lo rogamos, tu Hijo, por tu mediación, nuestras súplicas, ese Jesús nacido de Ti, el cual, para traernos la vida, ha querido ser Hijo tuyo: Monstra te esse matrem, sumat per te preces qui pro nobis natus, tulit esse tuus» (Jesucristo vida del alma, Ibid.).
Por la mañana, después de celebrar, cuando tengo a Jesús dentro de mi pecho, me presento a María para consagrarme a Ella y le digo: Ecce Filius tuus, he aquí a tu Hijo. Oh, Virgen María, soy tu hijo, y además participo del sacerdocio de Jesús. Indigno de tus dones, soy, sin embargo, un miembro del Cuerpo Místico de tu divino Hijo y Él tiene dicho: «todo lo que hagáis al menor de los que creen en mí, a mí me lo hacéis»; soy uno de esos pequeñuelos; rechazarme, sería rechazar al mismo Jesús (Un maestro de la vida espiritual, cap. XVI).
Pidamos a María que, de la humanidad de su Hijo, que posee la plenitud, descienda la gracia divina sobre nosotros con la mayor abundancia, para que así nos conformemos más y más, por el amor, a ese Hijo muy amado del Padre, que lo es también de Ella. No podemos dirigirle mejor petición.
En la Última Cena decía Nuestro Señor a los Apóstoles: «Mi Padre os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que he nacido de Él».
Otro tanto podría decirnos de María: «Mi madre os ama porque vosotros me amáis y creéis que he nacido de Ella.» Nada le agrada tanto a María como oír llamar a Jesús, su Hijo y verle amado de todas las criaturas.
No es para vosotros un secreto las poquísimas palabras que en el Evangelio se dicen salidas de los labios de la Virgen. Una de ellas fue la que dijo a los servidores de las bodas de Cana: Todo lo que mi hijo os diga, hacedlo. Esta palabra es como un eco de la del Padre Eterno: Ved aquí a mi Hijo en que he puesto todas mis complacencias, escuchadle.» Ipsum audite.
Podemos aplicarnos estas palabras de María: «Haced cuanto os diga mi Hijo». Será la mejor de las fórmulas devotas en honor de la Virgen, que no tiene otro deseo sino que su Hijo sea obedecido, amado, glorificado y exaltado, del mismo modo que para el Padre Eterno, Jesús es el objeto de sus complacencias (Jesucristo vida del alma, cap IX 4).
