Sería una tremenda injusticia, no ponderar sobremanera, como se merece, a quien con honor, con dignidad, con elevación moral de intenciones,en suma como digno sucesor de M. Lefebvre, ha estado a la altura de las circunstancias en estos momentos tan difíciles, al verse «expulsado» de la fraternidad, paradógicamente por quien carece de autoridad moral para tal felonía.
Son las cosas inimaginables de la Providencia, porque aquellos que no nos hemos dejado convencer por los «cantos de sirena» de los «enanitos de siempre», hemos visto ahora en M. Williamson esa lección magistral, no sólo de calidad humana sino también, y eso es lo más importante, de una recuperación del norte perdido en estos tres largos años de entreguismo al enemigo y durante los cuales se han ido quedando en el camino gran cantidad de almas decepcionadas, despistadas y engañadas por aquellos que cual «brujos de la tribu» han logrado con sus «maléficas maracas» embobecerlos, embaucarlos y aturdirles la inteligencia.
Ah, ojalá sea éste el acicate, el aldabonazo, el toque de arrebato para la larga y definitiva lucha que nos espera y que M. Williamson cual Capitán, cual nuevo César, recoja esa antorcha que M. Lefebvre encendió hace tantos años y que ha estado abandonada en el umbral de la penumbra y a punto de extinguirse, que sea usted Monseñor el que avive esa llama de todos aquellos que nos hemos sentido sumidos en la orfandad por culpa de los que con actitudes de mujeres necias, no han sabido mantener ese pábilo encendido.
Sabemos que Dios escribe derecho en renglones torcidos, y pocas veces como ahora se ha hecho tan patente. Sólo nos resta enviarle nuestras felicitaciones por su entereza, desearle que reciba todo tipo de bendiciones de lo Alto y que redunde todo ello en fortificar la trinchera ante los ataques del conciliarismo, el liberalismo y de la revolución anticatólica en general.
Andrés Carballo.
