QUÉ HAY DETRÁS DE LA IDEOLOGÍA DE LA NO DISCRIMINACIÓN
10. Conclusión
Es necesario, por último, denunciar la oscuridad del logos en un mundo que no quiere distinguir, pero no porque pretenda acoger desinteresadamente a los extranjeros, no porque desee un trato caritativo y respetuoso por igual para blancos, negros y amarillos; sino porque rechaza a la luz de la verdad, rechaza el límite que marca diferencias entre lo que es y lo que no es. Rechaza en última instancia su carácter de razón fundada y pretende colocarse como Razón Fundante, pretendiendo ser Fuente de las cosas y Norma Primera de legitimidad para los comportamientos.
Así justifica la homosexualidad. Así justifica las uniones contranatura. Así justifica los comportamientos llamados, eufemísticamente, “gay” y las relaciones sexuales entre lesbianas. Así justifica, en última instancia, la reducción de la sexualidad humana –traspasada siempre de espíritu, o más aún, ella misma penetrada por lo espiritual– a la pura y desencarnada genitalidad, en donde mientras más
próxima está la carne, más lejos están las personas unas de otras; en donde se da contra la naturaleza la fusión de los cuerpos pero nunca, nunca, la fusión de las almas; en donde la persona queda reducida a materia prima experimentable e intercambiable, como lo atestigua el altísimo índice de promiscuidad de los comportamientos homosexuales. Porque los mismos que ahora luchan por el “matrimonio gay” son los que escriben en graffitis “Ni te cases ni te embarques”. No les interesa el “compromiso” “matrimonial” entre dos personas del mismo sexo; les interesa el desvirtuar una institución natural para que no quede ya sombra de la señorial distinción del intelecto.
Es tal el misterio de la sexualidad que respecto a su despliegue no caben términos medios:
“La sexualidad humana está fatalmente colocada en esta alternativa: o fiscalizada y sobrealzada por el amor del espíritu, o prostituida por el pecado del espíritu” [39].
Quienes levantan la bandera de la no discriminación se encuentran –lo sepan o no– desesperados. No cabe duda de que se están negando a sí mismos: rechazan su sexualidad tal como la tienen, ya fuera masculina, ya fuera femenina; rechazan la vocación propia de su cuerpo, rechazan el sentido espiritual, psicológico y biológico de la fusión con el sexo opuesto. Es un sistema de negaciones y rechazos. En suma, se trata de una oposición radical a todo lo que sea dado; hay aquí un enfrentamiento con la naturaleza –en su más noble y pura acepción–, y por esto, en última instancia, con el Autor de la naturaleza.
En el fondo, es la inmadurez de quien no quiere aceptarse a sí mismo, que ve su error, su mal, pero que no quiere emplearse a fondo para cambiarlo. Teme arriesgarse, empeñarse en corregirse y luego caer, nuevamente, habiendo gastado sus energías en cambiar inútilmente. Por eso elige el camino –fácil camino– de dejar de luchar. Y en este “dejar de luchar”, debe encontrar una justificación teórica ante los demás. Así pasa a la negación de lo que nos es dado naturalmente, para volcarse sobre sí como un Nuevo Creador, pretendiendo substituir al Verdadero.
Proclamemos la verdad, no suavizándola o matizándola indebidamente. No con ingredientes cosméticos que disimulen su intransigencia, como si toda intolerancia fuese en sí un mal. Proclamemos que hay discriminaciones y discriminaciones: unas justas, hijas de la inteligencia que es luz; otras injustas, hijas del desorden de las pasiones y de la voluntad. Es el malvado el que odia la luz, porque la luz pone en evidencia sus acciones. Amemos la luz de la Verdad, sabiendo que si somos fieles a Ella, Aquél que recompensa a los trabajadores fieles y laboriosos nos brindará –ya en la otra vida– la belleza con la cual Se engalana y de la cual, en este valle de lágrimas, sólo atisbamos fragmentos.
Cristo, Logos Eterno y Verbo Increado del Padre, nos dé la gracia de restaurar la palabra en nosotros mismos, nuestras familias, nuestra sociedad, nuestra Patria.
Juan Carlos Monedero (h)
[39] Gustave Thibon. Lo que Dios ha unido (Ensayo sobre el amor), Buenos Aires, Librería, 1952, pág. 164.
