DOM COLUMBA MARMION – La Trinidad en nuestra vida espiritual – XXVIII. MADRE DEL AMOR SANTO

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

XXVIII. MADRE DEL AMOR SANTO

1. Amor especial de que fue objeto María Santísima por parte de Nuestro Señor a causa de su Divina Maternidad

Una corona llena de gracias adorna las sienes de María, la Madre de Jesús, aunque todas esas gracias arranquen del privilegio de su Divina Maternidad.

Jesús, en cuanto hombre, depende de María; pero, en cuanto Verbo, es anterior a ella. Fijémonos en lo que ha hecho por la que iba a darle una naturaleza humana. Siendo Dios, es decir, la Omnipotencia y la Sabiduría divinas, adornó a esta criatura con preseas incomparables.

En primer lugar, a una con el Padre y el Espíritu Santo, la eligió con preferencia a toda otra criatura. Para encarecernos esta elección, la Iglesia, en las fiestas de la Virgen, aplica a María un pasaje de la Escritura que, en cierta expresión, sólo puede entenderse de la Sabiduría increada: «El Señor me poseyó en el principio de sus caminos, desde el principio antes que Él crease cosa alguna. Desde la eternidad fui ordenada y desde antiguo antes que la tierra fuese hecha. Aún no eran los abismos, y yo ya era concebida; aún no habían brotado las fuentes de las aguas; aún no se habían asentado los montes sobre su pesada masa; antes que los collados yo había sido dada a luz: Ante colles ego parturiebar.» ¿Qué significan estas palabras? ¿Qué profetizan? La predestinación particular de María en el plan divino.

El Padre eterno no la separa, en sus pensamientos divinos, de Jesucristo; su mirada eterna abraza a la Virgen que será la Madre de Cristo con un solo y mismo acto de amor con que Él se complace en la humanidad de su Hijo. Esta predestinación singular de María es para ella la fuente de gracias especialísimas.

La Virgen María es Inmaculada. Todos los descendientes de Adán nacen tarados con la mancha original, esclavos del demonio, enemigos de Dios. Es la ley decretada por Dios para la raza entera de Adán pecador. Sola entre todas las criaturas, María va a escapar a ese decreto; el Verbo Eterno va a hacer una excepción con esta ley, una sola excepción, en favor de aquella en que se encarnará un día. Ni un solo instante el alma de María pertenecerá al demonio; su pureza será esplendorosa, y tenemos ya explicado el porqué, apenas cometieron el pecado nuestros padres, Dios, puso la enemistad irreconciliable entre Satán y la Virgen elegida; esta Virgen, con su calcaño aplastará a la serpiente infernal.

Con la Iglesia, recordemos a menudo a María este privilegio, la única criatura que lo posee, la única que estuvo sin mancha; digámosle complacidos: Tota pulchra es, Maria, et macula originalis non est in te. «Tu vestido es blanco como la nieve y tu rostro resplandeciente como el sol; por eso te ha deseado con tantas ansias el Rey de la gloria,»

No sólo María nace Inmaculada sino que abunda en ella la gracia. Cuando la saluda el Ángel le dice que está llena de gracia: Gratia plena; porque el Señor, única fuente de toda gracia, está con ella: Dominus tecum.

Más tarde, en la concepción y alumbramiento de Jesús, María guarda intacta la virginidad. Concibe sin dejar de ser virgen, como lo canta la Iglesia, «a la gloria sin par de la virginidad, María junta el gozo de la fecundidad virginal: Gaudia matris habens cum virginitatis honore.

Otra fuente de gracias para María Santísima fue la vida oculta de Jesús; las que recibió de su unión con el Hijo en los misterios de su vida pública y de su pasión y llenóla de gracias su Asunción a los cielos: el cuerpo virginal de María, en el que Jesucristo tomó la naturaleza humana, no podía padecer la corrupción; en su cabeza pondrá Dios una corona de inestimable valor; la Virgen, Nuestra Señora, a la diestra de su Hijo, adornada con vestidos de gloria, reinará como soberana, ostentando todos los privilegios con que ha sido agraciada: Adstitit regina a dextris tuis, in vestitu deaurato.

Ahora bien, ¿de dónde proceden todas esas gracias tan singulares y estos privilegios insignes de María, que la hacen la criatura más excelsa, bienaventurada entre todas las mujeres, Benedicta tu in mulieribus?

De la elección que desde toda eternidad hizo con Ella Dios para ser la Madre de su Hijo. Si es «bienaventurada entre todas las mujeres»; si Dios ha traspasado, en favor suyo, tantas leyes por Él establecidas, ha sido porque debía ser la Madre de su Hijo. Si quitáis a esta Madre, a María, la dignidad de Madre de Dios, ya no tienen razón de ser tantas prerrogativas y nada significan, pues esos privilegios preparan o acompañan a María Santísima en su calidad de Madre de Dios.

Pero lo que no admite ponderación es el amor grande que el Verbo demostró al elegir a esta Virgen para tomar de sus entrañas una naturaleza humana.

Jesucristo ha amado a su Madre. Jamás ha amado Dios a una simple criatura; jamás ha amado un hijo a su madre como Jesucristo a la suya.

Nos dice en su Evangelio Jesús que ha amado tanto a los hombres, que se entregó por ellos a la muerte, que no pudo darles mayor señal de amor: Majorem hac dilectionem nemo habet ut animam suam ponat quis pro amicis suis. Mas no olvidéis esta verdad: Jesucristo murió sobre todo y antes que por nadie por su Madre, para conseguirle estos privilegios; porque las gracias singularísimas que María recibió son el primer fruto de la Pasión de Jesús. La Virgen Santísima no disfrutaría de tantas prerrogativas sin los méritos de su Hijo; la Virgen es la gloria mayor de Jesucristo, porque es quien más ha recibido de gloria.

Esta verdad nos inculca la Iglesia cuando celebra la festividad de la Inmaculada Concepción, la primera, en el tiempo, de las gracias que recibió la Virgen.

Leed la colecta de la fiesta y veréis que este privilegio se concede a María porque la muerte de Jesús, prevista en los eternos decretos de Dios, de antemano había saldado el precio: Deus qui per immaculatan Virginis conceptionem dignum Filio tuo habitaculum præparasti, concede, quæsumus, ut qui ex morte ejusdem Filii tui prævissa, eam ab omni labe præservasti…; Oh Dios, que por medio de la concepción inmaculada de María preparaste digna morada a tu Hijo, concédenos, te lo pedimos, que por la prevista muerte de ese tu mismo Hijo, nos libremos de toda mancha de pecado…

Podemos afirmar que María ha sido, en la humanidad, el primer objeto del amor de Cristo, aun del Cristo paciente; por María, para que María rebosase de gracia más que otra criatura ninguna, vertió Jesucristo su Preciosísima Sangre (Jesucristo en sus misterios, cap. IX, 1).

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2. Amor perfecto de la Madre de Jesús hacia su Hijo

El Corazón de la Virgen María rebosa de amor, de un amor inconmensurable hacia Jesús.

Primero de amor humano. Dios que es amor, para darnos a comprender un poco el amor, se lo comunica a las madres…

El corazón de una madre, con su ternura infatigable, con la constancia solícita y las delicadezas inagotables de su afecto, es una creación maravillosa, divina, a pesar de que el Hacedor ha puesto sólo una centelleria del amor que Él nos tiene. Con todo, por muy imperfectamente que se refleje en el corazón de una madre el amor de Dios para con nosotros, nos da las madres para que de algún modo reemplacen el que Él nos tiene; nos pone a la madre siempre a nuestro lado, desde la cuna, para que sea nuestro guía, para que nos guarde, principalmente en esos primeros años en los que necesitamos tanto la ternura del amor.

Imaginaos, pues, ahora con qué predilección plasmó la Trinidad Santísima el Corazón de la Virgen elegida para Madre del Verbo Encarnado; a Dios le plugo derramar con profusión el amor en su Corazón, en formar expresamente ese Corazón para amar a un Hombre Dios.

En el Corazón de María Santísima se juntaban, en admirable consorcio, la admiración de una criatura a su Dios, y el amor de una madre a su único hijo.

No menos maravilloso es el amor sobrenatural de la Virgen. Lo sabéis, muy bien; el amor de un alma a Dios se mide por el grado de gracia.

¿Qué es lo que obstaculiza en nosotros el crecimiento de la gracia y del amor? Nuestros pecados, nuestras fallas deliberadas, nuestras voluntarias infidelidades y nuestro apego a las criaturas… Toda falta deliberada estrecha el corazón, acrecienta y arraiga más el egoísmo.

En cambio el alma de la Virgen es la pureza suma; no la ha mancillado ni un solo pecado, no la ha tocado ni la sombra de pecado; su blancura brilla con un resplandor sin par.

María es Virgen; y aprecia tanto su virginidad, que se lo hace notar al Ángel, cuando éste le propone el misterio de la Divina Maternidad.

No sólo es Virgen, sino que su alma no tiene mancha.

La liturgia nos descubre que el fin que Dios tenía al conceder a María Santísima el privilegio único de su Concepción Inmaculada era «el de preparar al Verbo una morada digna del mismo. María estaba destinada a ser la Madre de Dios, y esta dignidad excelsa reclamaba el que fuese no sólo Virgen, sino también que su pureza sobrepasase la pureza de los Ángeles y fuese reflejo de los esplendores de los Santos entre los cuales el Padre engendra a su Hijo: In splendoribus sanctorum, Dios es Santo, tres veces Santo; los Ángeles, los Arcángeles, los Serafines cantan esta infinita pureza: Sanctus, Sanctus, Sanctus.

El seno de Dios, resplandeciente con pureza sin mancilla, es la natural morada del Unigénito del Padre; el Verbo vive siempre in sinu Patris; pero al encarnarse quiso además por una condescendencia inefable, vivir in sinu Virginis Matris, en el seno de la Madre Virgen; era, pues, necesario que el tabernáculo que le ofrecía, la Virgen se lo recordará con su pureza sin igual, la claridad indefectible de la luz eterna, en la que como Dios, vive siempre desde la eternidad: Christi sinus erat in Deo Patri divinitas, in Maria Matre virginitas.

La Virgen es toda pura, toda limpia, toda llena de gracia: Gratia plena; lejos de encontrar en Ella el menor obstáculo al crecimiento de la gracia, el Espíritu Santo halló siempre el Corazón de María docilísimo a sus inspiraciones. Por esta razón el Corazón de María está lleno de amor.

¡Cuál no sería el gozo que experimentó el alma de Jesús al sentirse amar así por su madre! Después de la alegría incomprensible que le causaba la visión beatífica y de aquella mirada llena de complacencia con que le contemplaba su Padre celestial, nada le regocijó tanto como el verse amar de María, su Madre.

En ese amor hallábase recompensado con creces ante la indiferencia de los que se negaban a recibirle; en el Corazón de esta Virgen hallaba un horno de amor inextinguible que Él atizaba con sus miradas divinas y con la gracia interior del Espíritu Santo.

Entre las dos almas se cambiaban rayos de fuego y de luz que avivaban y estrechaban más y más la unión; Jesús daba a María luces, y María correspondía tan fielmente que, después de la unión de las Personas divinas de la Trinidad augusta y la unión hipostática de la Encarnación, no cabe imaginar correspondencia ni mayor ni más completa (Jesucristo en sus misterios, cap. IX y VII).

«Soy la madre del amor hermoso».

En su sentido literal estas palabras se refieren a la Sabiduría eterna, pero la Santa Iglesia las aplica también a María. Por ser madre de la Sabiduría, lo que se dice con verdad de Jesucristo, de un modo absoluto, se afirma también de la Virgen, habida proporción, ya que los mismos dones le han sido conferidos por Él a su Madre.

«Soy la madre del amor hermoso».

María es el tipo perfecto de la humanidad, la obra maestra de toda criatura… La raíz de todos los dones depositados en María es sólo su prerrogativa de Madre de la Eterna Sabiduría.

Así como todas las gracias y dones del Espíritu Santo, concedidos a nosotros, son efecto de nuestra predestinación como hijos de Dios, así también a María Santísima, todas las gracias que recibió dimanan de su dignidad de Madre de Dios.

Pues bien, María recibió del Padre el Corazón más perfecto de todas las madres. En él no hubo jamás el menor atisbo de egoísmo; es una maravilla del verdadero amor, un tesoro lleno de gracias: Gratia plena.

El Corazón de María fue plasmado, no sólo para Jesucristo, que cuando viniese al mundo no le habrían de recibir los suyos y tendría que compensarse en el amor de su Madre, sino también para este otro Cristo, si nos es permitido expresarnos así, el Cuerpo Místico de Cristo.

Cuanto más amamos a Dios, más amamos al prójimo. Lo propio cabe afirmar de María Santísima: el amor de la Virgen, el amor de esta Madre se extiende a Jesucristo y a sus miembros; divide el amor con sus devotos; y las almas que son especialmente fieles a tan grande Señora alcanzan ese amor purísimo; todos los actos de su vida son reflejo de la vida de María.

Existen almas a las que lleva el Espíritu Santo a esa muestra tan clara de amor, y el deseo de María es hacerlas partícipes del amor que a Ella le anima.

La devoción a María es una gracia que Dios da a los que Él distingue con una predilección; a su vez la Virgen despertará en los corazones de las mismas el amor a Jesús (Melonges Marmion, pp. 79-80).