DOM COLUMBA MARMION – La Trinidad en nuestra vida espiritual – LA MADRE DEL VERBO ENCARNADO – XXVII. ¡OH, MARÍA, MADRE DE JESUCRISTO!

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

LA MADRE DEL VERBO ENCARNADO

La dignidad excelsa de Madre de Dios colocó a la Virgen María en relaciones especiales e inmutables con cada una de las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad.

Por eso Dom Marmion acaba la consagración con una plegaria a la augusta Madre de Jesús. Los títulos que le da y la oración que la dirige condensan, concisamente, lo más esencial de la doctrina mariana.

XXVII. ¡OH, MARÍA, MADRE DE JESUCRISTO!

1. Por la Encarnación del Verbo María Santísima llega a ser Madre de Jesucristo

¿Qué ha dado María a Jesús?

Le ha dado, permaneciendo ella Virgen, una naturaleza humana. Ved aquí un privilegio único, sin igual, del que María no puede hacer participante a ningún otro: Nec primam similem visa est, nec habere sequentem.

Pudo el Verbo venir al mundo tomando una naturaleza humana creada de la nada, ex nihilo; perfectamente organizada, como lo fue la de Adán en el paraíso. Al unirse a la humanidad el Verbo quiso recorrer, para santificarlas, todas las etapas del crecimiento humano; quiso nacer de una mujer.

Pero más admirable es aún el que, al nacer, el Verbo se sujeto por decir así, al consentimiento de esta mujer.

Transportémonos en espíritu a Nazaret, para contemplar aquel espectáculo inefable. El Ángel se aparece a la Virgen; después de saludarla, le comunica el mensaje de que es portador: «Mira, vas a concebir en tu seno y darás, a luz un hijo, y le llamarás Jesús; será grande; será llamado Hijo de Dios Omnipotente; su reino no tendrá fin». María pregunta al Ángel cómo podrá tener lugar todo aquello, puesto que ella es virgen: Quomodo fiet istud quoniam virum non cognosco? Y Gabriel responde: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el ser que nacerá de ti es la santidad, se llamará Hijo de Dios.»

Después, recordando a la Virgen lo sucedido a Isabel, que había concebido en la vejez y a pesar de ser estéril, porque así le plugo al Señor, el espíritu celestial añade: «Nada hay imposible a Dios»; puede, cuando quiere, suspender las leyes de la naturaleza.

Propone Dios el misterio de la Encarnación que no se realizará en la Virgen, sino después que María haya dado su consentimiento. La realización del misterio queda en suspenso hasta que dé Ella su aquiescencia.

En este instante, dice Santo Tomás, María nos representa a todos en su persona: diríase que Dios aguardaba la respuesta de la humanidad entera a la que quería unirse: Per annuntiationem expectabatur consensus virginis loco totius humanæ naturæ.

¡Momento solemne aquel! En él se iba a decidir el misterio vital del cristianismo.

En una de sus más hermosas homilías San Bernardo nos describe al género humano, que tras miles de años espera al Salvador, a los coros angélicos y a Dios mismo, como en espera, anhelantes, aguardando el consentimiento de aquella doncella virgen.

María da su respuesta; confiada en la palabra del cielo, totalmente rendida a la voluntad divina que acaba de manifestársela, responde con una sumisión y entero abandono: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Este Fiat es el consentimiento de María al plan divino de la Redención que acababan de revelarle ante sus ojos; ese Fiat es el eco del Fiat de la creación; pero es un mundo nuevo, un mundo infinitamente superior, un mundo de gracia que Dios mismo creará como consecuencia de este asentimiento de la Virgen María; porque en aquel instante el Verbo divino, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se encarna en María: «Y el Verbo se hizo carne.»

Sin duda, hemos oído al Ángel decir, hace unos momentos, que no intervendrá concurso de varón, porque todo ha de ser santo en la concepción y nacimiento de Jesús; pero concebirá María de su propia y purísima sangre, por obra del Espíritu Santo, de sus entrañas saldrá el Hombre Dios.

Cuando Jesús nace en Belén, ¿quién es el que está reclinado allí sobre las pajas? El Hijo de Dios, el Verbo, el cual, permaneciendo Persona divina, quod erat permansit, en el seno de la Virgen se unió a una naturaleza humana.

En ese Niño hay dos naturalezas distintas, pero una sola Persona, la Persona divina; el término de este alumbramiento virginal es el Hombre Dios; el ser santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios; este Hombre Dios, este Dios hecho hombre, es el Hijo de María.

Se lo dijo Isabel, llena del Espíritu Santo: «¿De dónde a mí esta dicha que la madre de mi Señor se digne visitarme?» María es la Madre de Jesucristo, porque como todas las madres para sus hijos, también ella ha formado y alimentado con su sangre purísima el Cuerpo de Jesús; Jesucristo, escribe el Apóstol, ha sido «formado de una mujer», es dogma de fe.

Si por su nacimiento eterno en los esplendores de los santos, in splendoribus sanctorum, Jesucristo es verdaderamente Hijo de Dios, Deum verum de Deo vero, por su nacimiento temporal es verdaderamente Hijo de María; el Hijo unigénito de Dios es también el Hijo unigénito de la Virgen Santísima.

Esta es la unión inefable que existe entre Jesús y María: Ella es su Madre, Él su Hijo; unión indisoluble; para salvar al mundo. María, en efecto, está íntimamente asociada al misterio vital de todo el cristianismo. Se basan todas sus grandezas en el privilegio de su Maternidad Divina (Jesucristo vida del alma, cap. IX, 2).

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2. El hijo de Dios debe ser, a ejemplo de Jesucristo, hijo de María

Nuestra santidad consiste en imitar a Jesucristo, en la conformidad absoluta con Él, en nuestra participación de la filiación divina. Ser por la gracia lo que Jesucristo es por naturaleza, he aquí el fin de nuestra predestinación y la norma de nuestra santidad.

Ahora bien, en nuestro Señor podemos considerar lo que es en Él esencial y lo que es accidental.

Jesucristo nació en Belén, huyó a Egipto, pasó su infancia en Nazaret, murió bajo el poder de Poncio Pilato; estas distintas circunstancias de lugar y de tiempo en la vida de Nuestro Señor, son cosas únicamente accidentales. En Él hay otras que son esenciales y sin las cuales dejaría de ser Jesucristo.

Jesucristo es Dios y hombre, Hijo de Dios e Hijo del hombre, verdadero Dios y verdadero hombre; estos son títulos constitutivos, intangibles.

Pues bien, si Jesucristo es el Hijo de Dios por su nacimiento inefable y eterno «en el seno del Padre», Filius meus es tu, ego hodie genui te, es el Hijo del hombre por su nacimiento temporal en el seno de una mujer: Misit Deus Filium suum, factum ex muliere.

Esta mujer es María, pero esta mujer es también Virgen. En Ella y de Ella sola tomó la naturaleza humana; por Ella Jesucristo es Hijo del hombre, y María es verdaderamente Madre de Dios.

Por tanto, María ocupa en el cristianismo un lugar único, trascendental, esencial. Así como la cualidad de Hijo del hombre es inseparable en Jesucristo de la de Hijo Dios, de igual suerte María va unida siempre a Jesús; María Santísima tiene en el misterio de la Encarnación un título que es esencial en este misterio.

¡Maravilla sorprendente! Que una simple criatura tenga relación tan íntima en la economía del misterio fundamental de la religión cristiana y como consecuencia en nuestra vida sobrenatural, en la vida divina que nos comunica Jesucristo, Hombre Dios, y que nos da Jesucristo, en cuanto Dios, pero sirviéndose, como acabo de decir de su humanidad santísima.

Como Jesús, hemos de ser hijos de Dios y de María: Filius Dei, et Filius Mariæ, una y otra cosa es Jesucristo, y si queremos, reproducir su imagen en nosotros, tenemos, que ser también hijos de Dios e hijos de María.

No sería piedad cristiana verdadera y bien entendida si no abarcase también la devoción y amor a la Madre del Verbo Encarnado. La devoción a María es no sólo importante, sino necesaria si hemos de vivir la vida espiritual intensa.

En nuestra piedad separar a Jesús de su Madre es dividir a Jesucristo; es perder de vista el papel importantísimo y esencial que ejerce su humanidad en la distribución de la gracia divina.

Cuando se deja abandonada a la Madre, no se comprende al Hijo. ¿No ha sido esto cabalmente lo que ha pasado en las naciones protestantes?

So pretexto de no rebajar o prescindir de la dignidad de un mediador único, rechazaron la devoción a María; y ¿no han acabado por perder hasta la fe en la divinidad de Jesucristo?

Si Jesucristo es nuestro Salvador, nuestro mediador, nuestro hermano primogénito, por haberse revestido de nuestra mortalidad, ¿cómo se le amará de verdad, cómo nos pareceremos a Él perfectamente, sin tener para con Aquella de quien Él tomó esta nuestra naturaleza humana, una devoción particular? (Jesucristo vida del alma, cap. IX, 2).