CARTA DEL PADRE CERIANI
A MONSEÑOR WILLIAMSON
Agosto de 2003
Nota de Radio Cristiandad: las cartas y artículos del Padre Ceriani sobre Monseñor Williamson, prueban varias cosas, entre las que deseamos destacar:
1ª) En ningún momento ha faltado el respeto al Obispo. La utilización de fórmulas fuertes es perfectamente justificable, máxime cuando a quien se dirigen está acostumbrado a emplearlas, incluso con el Superior General de la FSSPX.
2ª) Al contrario, ha manifestado su estima por el purpurado:
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Usted sabe bien cuánto me alegra su llegada como Director del Seminario Nuestra Señora Corredentora (agosto de 2003).
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Habíamos concertado con Monseñor Williamson que festejaría en febrero de 2008 mis 25 años Sacerdotales con una Misa predicada por él, en el Seminario de La Reja (septiembre de 2007).
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Esta es la doctrina que yo, y muchos otros, esperamos encontrar en la enseñanza de Monseñor Richard Williamson.
Rezando al Corazón de María para que sólo se trate de un lapsus pasajero y para que vuelva a ser el Monseñor Williamson que conocimos y necesitamos, lo saludo respetuosamente en Jesús y María (septiembre de 2007).
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En lugar de leer sus artículos en el blogspot, prefiero seguir con la lectura de Sardá y Salvany Como le dije, esa es la doctrina que yo, y muchos otros, esperamos encontrar en la enseñanza de Monseñor Richard Williamson (diciembre de 2007).
3ª) Su disenso respecto a Monseñor Williamson, con su correspondiente reclamo, no data de agosto-septiembre de 2012. Esto viene, como mínimo, de 2002. Tampoco indica la simple y pura oposición a que el Obispo asuma el liderazgo de una reacción contra las desviaciones de la Nueva F$$PX, a la cual sorprendentemente, sin embargo, todavía sigue perteneciendo.
4ª) Este disenso se debe a cuestiones doctrinales o sus consecuencias:
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A la luz de estas preguntas y respuestas (que podría multiplicar con el material de los Comentarios Eleison de los años 2009-2012), como conclusión, y dilucidando las dudas que pudieron provocar los verbos en potencial simple del comienzo («… quienes estarían realmente dividiendo las filas de la Tradición»
«… los verdaderos responsables de la división actual en las filas de la Tradición serían aquellos que promueven la mezcolanza de la Verdad Católica con el error Conciliar»), afirmo:
1º) que Monseñor Williamson dividió y divide las filas de la verdadera Tradición;
2º) que Monseñor Williamson promovió y promueve la mezcolanza de la Verdad Católica con el error Conciliar.
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Los prelados de la Tradición dejaron que la fantasía de los hombres pesara más que la realidad de Dios, y que la autoridad pesara más que la verdad.
Sacerdotes: guardémonos de reaccionar como Monseñor Williamson, cuando en realidad necesitamos reaccionar como Monseñor José Sarto.
Feligreses, si los horrores de la Obra de la Tradición os hacen tener «hambre y sed de justicia», alégrense, si pueden, que los horrores los mantengan en la realidad; y no duden que si perseveran en vuestra hambre, «seréis hartados».
En cuanto a la protección más segura para evitar que vuestros espíritus y vuestros corazones sean presos de la fantasía, no sólo recen el Santo Rosario, sino también apártense de aquellos que firmaron aquellas innobles cartas de enero de 2009 (de las cuales aún no se han retractado), y aférrense a aquellos que mantienen la Declaración de noviembre de 1974 y la Carta Abierta del 6 de julio de 1988.
Leamos ahora su carta de agosto de 2003:
A su Excelencia Reverendísima
Monseñor Richard Williamson
Presente
Estimado Monseñor:
Usted sabe bien cuánto me alegra su llegada como Director del Seminario Nuestra Señora Corredentora. Dios quiera que usted pueda formar durante muchos años los sacerdotes de Hispanoamérica con la piedad, la sabiduría y el espíritu contrarrevolucionario que la crisis de la sociedad y de la Iglesia lo exigen.
También quiero manifestarle mi alegría porque es la primera vez que en un sermón de ordenaciones en Ecône se intenta dar una visión de la situación actual a la luz de «los últimos tiempos».
Es evidente que no era el momento ni el lugar para proponer toda una estrategia conforme a esos principios; pero confío en que usted sí lo hará como Director del Seminario.
Es muy importante que los sacerdotes del Seminario y del Distrito, así como los seminaristas y futuros sacerdotes, sean formados con esa orientación: que sepan bien qué tiempos vivimos y cuáles son las consignas que para ellos han sido dadas por las profecías del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Sobre este punto quiero adelantarle un tema de «disputa» que espero tener personalmente con usted:
En su sermón usted dice: «Aparentemente la mentira del Concilio Vaticano II es monolítica, pero no lo es. Y esta pequeña piedra terminará derribando al gigante, como en la Sagrada Escritura; la piedrecita no lo derribará si no lo golpea; si la piedrecita se queda escondida, si no golpea al gigante, éste quedará de pie».
Monseñor, sin ningún lugar a dudas la piedra golpeará al gigante y lo destruirá; pero, la Sagrada Escritura dice: «Mientras estabas todavía mirando, se desgajó una piedra −no desprendida por mano de hombre− e hirió la imagen en los pies (…) En los días de aquellos reyes el Dios del cielo suscitará un reino que nunca jamás será destruido, y que no pasará a otro pueblo; quebrantará y destruirá todos aquellos reinos, en tanto que él mismo subsistirá para siempre, conforme viste que de la montaña se desprendió una piedra −no por mano alguna− que desmenuzó el hierro, el bronce, la plata y el oro» (Daniel 2: 34 y 44-45).
Si usted está de acuerdo, me gustaría hablar personalmente sobre la exégesis de este texto, así como de la de Daniel 7:13ss. y sus aplicaciones tanto al Apocalipsis como a la situación que vivimos.
Mientras tanto, le ruego humildemente que medite sobre nuestras conversaciones en diciembre y enero últimos; concretamente sobre el tema de los Dos combates y las Dos tácticas con que concluyo mi trabajo sobre el Padre Castellani.
Allí digo:
«Como síntesis de la reflexión sobre todos estos textos sólo nos queda decir que es cada vez más evidente que la lucha contrarrevolucionaria abarca dos combates que han de desarrollarse en dos tiempos distintos:
* un combate de resistencia, conservador,
* y un combate para restablecer el Reino de Cristo Rey.
En primer lugar debemos combatir para conservar las últimas posiciones que nos quedan. Es necesario, con toda necesidad, conservar nuestros Seminarios, nuestros Noviciados, nuestros Monasterios, nuestros Prioratos, nuestras Capillas, nuestros Centros de Misa, nuestros Retiros y Casas para Retiros, nuestras Familias Católicas, nuestras Escuelas, nuestras Asociaciones, nuestras Publicaciones…
Por sobre estos innumerables compromisos conservadores se entablará el combate por el restablecimiento del Reino de Nuestro Señor Jesucristo.
Estas dos contiendas tienen sus tiempos y tendrán, en un momento, los mismos combatientes. Es importantísimo no confundir ambos combates, es necesario distinguirlos, porque ellos tienen objetivos diferentes y, por lo mismo, también poseen tácticas distintas.
Muchas veces, el comportamiento erróneo de los jefes y de los soldados tradicionalistas se debe a que existe una incomprensión respecto a estos dos combates y a sus objetivos. Es decir, muchas veces se piensa que existe un solo combate y se confunden los objetivos de la batalla de conservación con los fines de la lucha posterior, se mezcla la parte que les corresponde a los hombres con la acción que deben llevar a cabo Cristo Rey y su Madre Santísima.
Por lo tanto, es de la mayor importancia considerar las tácticas de estas dos confrontaciones superpuestas.
A) ¿Cómo combatir la batalla defensiva, de mantenimiento?
Ante todo, hay que hacer dos advertencias previas:
* esta batalla apunta solamente a objetivos secundarios y no le es proporcionada ninguna asistencia divina extraordinaria.
* Además, ella posee particularidades que dependen de sus raíces históricas e imponen tres límites a los combatientes, que deben ser respetados:
1º) La misión de las fuerzas contrarrevolucionarias no es de ruptura, sino de resistencia, para conservar los restos.
La tendencia espontánea de nuestras filas es hacia la restauración. Pero, la batalla que debemos librar no es una refriega de ruptura, de arremetida. Los medios con los que contamos no son proporcionados para intentar romper el asedio.
Nuestra misión es vigilar, conservando los restos que van a perecer. Si intentásemos la ruptura, equivocaríamos la táctica.
2º) Las fuerzas contrarrevolucionarias son, humanamente, impotentes.
La batalla de mantenimiento es llevada a cabo por una minoría, vigorosa y valiente ciertamente, pero humanamente impotente. El dispositivo revolucionario es inexpugnable. El enemigo ha tejido un asedio cerrado que, si bien es artificial, se impone de una manera absoluta. Las fuerzas contrarrevolucionarias son incesantemente neutralizadas, mutiladas y aniquiladas.
3º) Las fuerzas contrarrevolucionarias están constreñidas por los medios de la «legalidad» revolucionaria.
Los contrarrevolucionarios tienen consciencia de defender los derechos de Dios contra el poder de la Bestia. Es de esa fuente que extraen su ardor y su confianza. Pero se imaginan demasiado fácilmente que esta posición de principio les da sobre el Estado laico una preeminencia jurídica.
Es demasiado tarde para exigir del Estado laico el reconocimiento de los derechos de la Iglesia, para pretender del Estado apóstata el reconocimiento de los derechos de Jesucristo, para esperar del Estado sin Dios el reconocimiento de los derechos de Dios [agrego aquí, Monseñor: lo mismo vale cuando se trata de las autoridades religiosas, tanto del Vaticano como de los Episcopados]
En el combate que llevamos a cabo, somos constreñidos a los medios de la «legalidad» revolucionaria, que, por añadidura, será cada día más rigurosa, reduciendo cada vez más nuestros medios de defensa.
B) La batalla ulterior, la que tendrá por objetivo arrancar el poder a la Bestia y restituírselo a Cristo Rey, es obra personal de Dios.
Sin embargo, el Divino Maestro espera que el pequeño número intervenga por la oración y la penitencia para remover el obstáculo que se opone a la acción divina, e incluso, en una cierta medida, para desencadenarla…
Mientras combatimos conservando nuestros puestos de resistencia, por la oración y la penitencia obtendremos la decisión divina de hacer misericordia, adelantaremos el triunfo del Corazón Inmaculado de María y el restablecimiento definitivo del Reino de Cristo Rey».
Monseñor, todo esto coincide con lo que usted mismo dijo a los ordenandos: «Cumplan con su deber. No pretendan salvar la Iglesia. La salvarán sin ocuparse de Ella, ocupándose de su deber de estado. El deber que está a nuestro alcance, es el pequeño heroísmo que hoy es grande. El gran heroísmo consiste en las pequeñas cosas y esas pequeñas cosas constituirán la piedra, constituyen ya la piedra que amenaza al gigante».
¿Por qué no valdría esto para el Superior General, para los Asistentes, y para los Superiores de Distrito, de Casas Autónomas y de Seminarios?
¿Por qué no valdría esto en orden a la actitud que debemos tener respecto del gigante? ¿Por qué «tenemos el deber de permitir que los de Roma tengan contacto con la verdad»?
De todas estas cosas me gustaría hablar personalmente con usted. Lamentablemente no estaré el 24 de agosto en La Reja. Cuando regrese de Montevideo lo llamaré para que usted me conceda una entrevista, una vez que se halla instalado tranquilamente en su nueva función.
Desde ya, muchas gracias por leer mi larga carta y por la atención que siempre me ha dispensado.
Sin otro particular, me despido de usted implorando su bendición y sus oraciones.
Suyo en los Corazones de Jesús y María.
Padre Juan Carlos Ceriani
Nota mía de octubre 2012:
Cabe preguntarse: la exégesis y aplicación del pasaje del Profeta Daniel, ¿se debe solamente a una mala elección para justificar la «estrategia» de la FSSPX (como ellos mismos dicen)?
¿O es que la exégesis de este pasaje (y otros…) llevan a Monseñor Williamson, no sólo a justificar, sino incluso a propulsar los contactos con la Roma Conciliar?
¿Qué prima: la elección del texto, o la exégesis del mismo?
Es muy importante la respuesta. En efecto, si Monseñor Williamson siguiese sosteniendo (incluso hoy, a nueve años de distancia, esta interpretación del pasaje del Profeta Daniel), esté adentro o afuera de la F$$PX, forzosamente ha de propulsar los contactos con la Roma Conciliar.
Si Monseñor Williamson sigue sosteniendo lo siduiente:
Pero entonces, si Roma está compenetrada por la locura moderna (…), ¿se los puede tratar? Si se trata de un contagio, ¿no corremos el riesgo de dejarnos contaminar con el trato?, ¿no deberíamos cortar por completo?
Queridos amigos, este es, me atrevo a decirlo, el equilibrio de la Fraternidad.
Por una parte nosotros, que por la gracia de Dios, conservamos la verdad, la plenitud de la verdad católica (…), tenemos el deber de permitir que los de Roma tengan contacto con la verdad.
Tenemos el deber de conservar esta verdad, tenemos el deber de huir de todo contacto que la ponga en peligro.
(…) Debemos pues, poner al alcance de Roma estas verdades, Y ¿cómo se podrá hacerlo, si rechazamos todo contacto?
Digo, si Monseñor Williamson sigue sosteniendo esto, ningún sacerdote o feligrés católico puede sostenerlo y/o seguirlo.
Más tarde vinieron los festejos y defensas del Motu proprio…
Más tarde llegaron las innobles cartas de enero de 2009…
Esto prueba a posteriori que la piedra ni rozó al coloso… Antes al contrario, el coloso desmenuzó a la pobre piedrecita del F$$PX…
El coloso retrocede…, dicen por allí…
El coloso nos necesita…, vociferan por allá…
¡Sí! El coloso los necesita… ¡para llevar a cabo la continuidad de la religión babilónica!
Dejemos por ahora estos puntos aún en disputa y no aclarados por Monseñor Williamson, y vengamos al fundamental, al que marca las distancias y establece, junto con otros, las diferencias: la exégesis del texto del Profeta Daniel. En los Especiales de Radio Cristiandad del 27 de julio de 2010, citando al Padre Lacunza, dije:
Este último reino, dice la profecía, lo fundará establemente cierta piedra desprendida de un monte, sin manos, esto es por sí misma, sin que ninguno la desprenda, ni le dé movimiento, impulso y dirección, la cual bajará a su tiempo directamente contra la estatua, le dará el más terrible golpe que se ha dado jamás; y los quebrantará, y aun los hará polvo.
Y la piedra misma que dio el golpe, se hará al punto un monte tan grande que ocupará toda la tierra.
La piedra de que habla esta profecía, es evidentemente el mismo Jesucristo hijo de Dios e hijo de la Virgen.
Mas como todos los cristianos sabemos y creemos de la misma Persona de Jesucristo, no una sola, sino dos venidas infinitamente diversas, para no confundir lo que es de la una, con lo que es de la otra, tenemos una regla cierta e indefectible dictada por la lumbre de la razón, y también por la lumbre de la fe; es a saber, que si lo que anuncia una profecía para la venida del Señor no tuvo lugar, ni lo pudo tener en su primera venida, lo esperamos seguramente para la segunda, que entonces tendrá lugar, y se cumplirá con toda plenitud.
Jesucristo bajó ya del cielo, al vientre de la Virgen, predicó, enseñó, murió, resucitó, alumbró al mundo con la predicación del Evangelio, poco a poco ha ido destruyendo en el mundo el imperio del diablo, etc.; todo esto es cierto e innegable, mas todo eso pertenece únicamente a la venida del Mesías, que ya sucedió.
Fuera de esta esperamos otra no menos admirable, en la cual sucederá infaliblemente lo que a ella sólo pertenece, y está anunciado para ella clarísimamente, y entre otras cosas sucederá en primer lugar todo lo que anuncia esta grande profecía, que actualmente observamos.
Estas y otras cosa me hubiese gustado debatir con Monseñor Williamson. Diversas circunstancias, pero, entre otras, la más importante su rehúso (por escrito o personalmente), me lo impidieron.
Todo aquello que lleva a Monseñor Williamson a esperar un reflorecimiento o restauración de la Iglesia, un gran Monarca y un Papa angélico, fundamenta su posición respecto de la Roma Conciliar. Y en esto no se diferencia de Monseñor Fellay. Los medios a adoptar podrán ser distintos, pero la finalidad es la misma.
He aquí mi disenso, tanto con uno como con el otro.
El estado calamitoso de la actual Obra de la Tradición, no sólo indica que los medios (estrategia y tácticas) no han sido los adecuados, sino que el objetivo y la finalidad no son los dictados por la Providencia:
Pero a vosotros, a los demás que estáis en Tiatira, que no seguís esa doctrina, y que no habéis conocido «las profundidades de Satanás», como ellos dicen, os digo: No os impongo ninguna otra carga; sólo guardad bien lo que tenéis, hasta que Yo venga (del mensaje a la Iglesia de Tiatira).
Ponte alerta y consolida lo restante que está a punto de morir. Pues no he encontrado tus obras cumplidas a los ojos de mi Dios.
Acuérdate, por tanto, tal cómo recibiste y oíste mi Palabra: guárdala y arrepiéntete (del mensaje a la Iglesia de Sardes).
Vengo pronto; guarda con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate la corona (del mensaje a la Iglesia de Filadelfia).
Como escribe el Padre Lacunza: Las profecías no dejarán de verificarse porque no se crean, ni porque se haga poco caso de ellas; por eso mismo se verificarán con toda plenitud.
Como Anexo va el comentario del Padre Lacunza a la Profecía de Daniel:
PADRE LACUNZA
VENIDA DEL MESÍAS EN GLORIA Y MAJESTAD
PARTE SEGUNDA
Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares
sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.
FENÓMENO I
LA ESTATUA DE CUATRO METALES DEL CAPÍTULO SEGUNDO DE DANIEL
Segunda parte de la profecía
Caída de la piedra sobre los pies de la estatua,
y fundación de otro nuevo reino sobre las ruinas de todos
§7 No me hubiera detenido tanto en esta primera parte de la profecía, si no viese la necesidad que hay de su plena inteligencia para la inteligencia plena de la segunda parte, que es la que hace inmediatamente a nuestro propósito. Mas en los días de aquellos reinos el Dios del cielo levantará un reino, que no será jamás destruido, y este reino no pasará a otro pueblo, sino que quebrantará y acabará todos estos reinos: y él mismo subsistirá para siempre.
Este último reino, dice la profecía, lo fundará establemente cierta piedra desprendida de un monte, sin manos, esto es por sí misma, sin que ninguno la desprenda, ni le dé movimiento, impulso y dirección, la cual bajará a su tiempo directamente contra la estatua, le dará el más terrible golpe que se ha dado jamás, no en la cabeza, ni en el pecho, ni en el vientre, pues allí ya no estará el reino o el imperio, sino en sus pies de hierro y de greda, a donde actualmente se hallará todo, habiendo ido bajando de la cabeza al pecho, del pecho al vientre, del vientre a las piernas y pies.
Al primer golpe los quebrantará, y aun los hará polvo; cuando
sin mano alguna se desgajó del monte una piedra (dice Daniel), e hirió a la estatua en sus pies de hierro, y de barro, y los desmenuzó.
Entonces, al mismo golpe de la piedra, sin ser necesario repetir otro golpe, todo el coloso vendrá a tierra, reduciéndose todo a una como leve ceniza, que desaparecerá con el viento; Entonces fueron asimismo desmenuzados el hierro, el barro, el cobre, la plata, y el oro, y reducidos como a tamo de una era de verano, lo que arrebató el viento; y no parecieron más; y la piedra misma que dio el golpe, se hará al punto un monte tan grande que ocupará toda la tierra; pero la piedra que había herido la estatua, se hizo un grande monte, e hinchió toda la tierra.
Este es el hecho anunciado en la profecía. Veamos ahora la explicación.
Todos los intérpretes de la Escritura, en cuanto yo he podido averiguar, dan por cumplida plenamente esta profecía y verificado este gran suceso. Todos suponen citándose por toda prueba los unos a los otros, que la piedra de que aquí se habla ya bajó del monte siglos ha.
¿Cuándo? Cuando bajó del cielo a la tierra el Hijo de Dios… que fue concebido por el Espíritu Santo y nació de santa María Virgen.
Esta encarnación del Hijo de Dios de María Virgen por obra del Espíritu Santo, quieren que signifique aquella expresión, sin mano alguna se desgajó del monte una piedra… esto es (dicen) sin consorcio de varón, que hirió ya la estatua, y la convirtió toda en polvo y ceniza.
¿Cuándo? Cuando con su doctrina, con su pasión, con su muerte de cruz, con su resurrección, con la predicación del evangelio, etc. destruyó el imperio del diablo, de la idolatría y del pecado.
Suponen que la misma piedra comenzó entonces a crecer, y poco a poco ha ido creciendo tanto, que se ha hecho un monte de una desmesurada grandeza, y ha llenado casi toda la tierra.
¿Qué monte es este? No es otro que la Iglesia cristiana, la cual es el quinto y último reino de la profecía, incorruptible y eterno.
No se puede negar que todo está bien discurrido. Aquí podéis ya ver con vuestros propios ojos, lo que os decía al principio, esto es, la verdadera razón que ha obligado a nuestros doctores a dar al imperio romano el cuarto lugar en el orden de los reinos que figura la estatua.
Mas yo no quiero ya reparar en esto, dejándolo todo a vuestras reflexiones, pues me llama toda la atención otra cosa que hallo aquí, mucho más admirable y digna de reparo; quiero decir, el salto repentino y prodigioso que veo dar en un momento desde lo material hasta lo espiritual.
Sobre este salto tan repentino se me ofrecen naturalmente dos dificultades, cuya solución no se halla en los doctores, ni me parece posible hallarla a lo menos del modo que la habíamos menester; no cierto porque no vean dichas dificultades, ni porque no den muestras de querer resolverlas; sino porque su respuesta me parece, como de una persona que habla entre dientes, o con voz tan baja, que no es fácil entender lo que quiere decir.
Primera dificultad
Si la piedra de que habla la profecía se desprendió ya del monte, y cayó o bajó sobre esta nuestra tierra en tiempo de Augusto, debió haber bajado o caído, directa o indirectamente sobre los pies y dedos de la grande estatua, y desmenuzarlos a ellos en primer lugar; porque esta circunstancia de la profecía, tan particular y tan ruidosa, debe significar algún suceso particular.
Se pregunta, pues, ¿qué pies y dedos pueden ser estos, parte de hierro y parte de greda que había en el mundo en tiempo de Augusto, o sea en el mismo imperio romano, o en el imperio del diablo, los cuales quebrantó la piedra con su golpe?
Segunda dificultad
Los cuatro metales de la estatua, oro, plata, bronce y hierro, ¿figuraban cuatro reinos sólo metafóricos o espirituales, o cuatro reinos materiales, corporales, visibles, que físicamente habían de aparecer en el mundo?
Si lo primero: ¿para qué nos cansamos, y se han cansado tanto los doctores en buscar estos reinos entre los Caldeos, Persas, Griegos y Romanos? ¿No ha sido este un trabajo perdido?
Si lo segundo: a estos reinos materiales, corporales, visibles, de que solamente se habla, debía haber quebrantado y desmenuzado ya la piedra; no a reinos metafóricos y espirituales de que no sé habla; quebrantará y acabará todos los reinos, dice la profecía hablando de la piedra, y luego añade; quebrantará el hierro, el barro, el cobre, la plata, y el oro.
Parece un modo de explicar la santa Escritura bien fácil y cómodo; tomar la mitad de un texto en un sentido, y la otra mitad en otro tan diverso y distante, cuanto lo es el oriente del occidente.
Mientras se responde a estas dos dificultades de algún modo, siquiera perceptible, yo voy a satisfacer a otra, o a mostrar el equívoco en que se funda.
Examen de la piedra
§8 La piedra de que habla esta profecía, nos dicen con suma razón, es evidentemente el mismo Jesucristo hijo de Dios e hijo de la Virgen.
Del mismo modo es evidente, que esta piedra preciosa ya bajó del monte, o del cielo, al vientre de la virgen en el siglo de Augusto, cuando el imperio romano estaba en su mayor grandeza y esplendor.
Del mismo modo es evidente, que en consecuencia de esta bajada, en el vientre de la virgen, aunque no luego al punto, como parece que lo da a entender la profecía, mas poco a poco se ha ido arruinando el imperio del diablo, el cual estaba en los imperios de los hombres, y era sostenido por ellos.
Con lo cual también es evidente que poco a poco ha ido creciendo la misma piedra, y ha llenado casi todo el mundo por medio de la predicación del evangelio, y establecimiento del cristianismo.
Todo esto en sustancia es lo que anuncia esta grande profecía ya cumplida, y no tenemos otra cosa que esperar, ni que temer en ella.
Todo esto en sustancia, es también lo que se halla en los intérpretes de la Escritura, y a este solo sofisma se reduce todo su modo de discurrir.
La piedra de que habla esta profecía, se responde, es evidentemente el mismo Mesías Jesucristo, hijo de Dios e hijo de la Virgen. Esta proposición general es cierta e indubitable.
Mas como todos los cristianos sabemos y creemos de la misma persona de Jesucristo, no una sola, sino dos venidas infinitamente diversas, para no confundir lo que es de la una, con lo que es de la otra, tenemos una regla cierta e indefectible dictada por la lumbre de la razón, y también por la lumbre de la fe; es a saber, que si lo que anuncia una profecía para la venida del Señor no tuvo lugar, ni lo pudo tener en su primera venida, lo esperamos seguramente para la segunda, que entonces tendrá lugar, y se cumplirá con toda plenitud.
Todo esto, pues, que nos dicen, de que la piedra, esto es, Cristo, bajó ya del cielo, al vientre de la Virgen, que predicó, que enseñó, que murió, que resucitó, que alumbró al mundo con la predicación del evangelio, que poco a poco ha ido destruyendo en el mundo el imperio del diablo, etc.; todo esto es cierto e innegable, lo creemos y confesamos todos los cristianos, penetrados del más vivo reconocimiento; mas todo eso pertenece únicamente a la venida del Mesías, que ya sucedió.
Fuera de esta esperamos otra no menos admirable, en la cual sucederá infaliblemente lo que a ella sólo pertenece, y está anunciado para ella clarísimamente, y entre otras cosas sucederá en primer lugar todo lo que anuncia esta grande profecía, que actualmente observamos.
Del Mesías, en su primera venida, se habla claramente en muchísimos lugares de la Escritura, y en ellos se anuncia su vida santísima, su predicación, su doctrina, sus milagros, su muerte, su resurrección, la perdición de Israel, y la vocación de las gentes, etc.
Mas no es preciso que siempre se hable de estos misterios por grandes y admirables que sean, habiendo otros igualmente grandes y admirables, que piden su propio y natural lugar.
Aun debajo de la similitud de piedra se habla en Isaías, capítulo XXVIII, de la primera venida del Mesías, y las consecuencias terribles para Israel. He aquí, (dice) que yo pondré en los cimientos de Sión una piedra, piedra escogida, angular, preciosa, fundada en el cimiento.
Y en el capítulo octavo había anunciado que el Mesías sería para el mismo Israel, por su incredulidad y por su iniquidad, como una piedra de ofensión y de escándalo, y como un lazo y una ruina para los habitadores de Jerusalén.
Mas esta piedra preciosa, electa, probada, que bajó al vientre de la Virgen ni bajó con ruido ni terror, sino con una blandura y suavidad admirable, no bajó para hacer mal a nadie; sino antes para hacer bien a todos porque no envió Dios su hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
Decía el mismo Señor, que lo envió Dios a este mundo, y lo puso en él como una piedra angular y fundamental, para que sobre esta piedra, como sobre el más firme y sólido fundamento, se levantase hasta el cielo el grande edificio de la Iglesia.
Así lejos de hacer daño alguno con su caída, o con su bajada del cielo, lejos de caer sobre alguna cosa, y quebrantarla con el golpe, fue por el contrario, y lo es hasta ahora una piedra bien golpeada y bien martillada; una piedra sobre quien cayeron muchos, y caen todavía con pésima intención, con intención de quebrantarla, y desmenuzarla, y reducirla a polvo, si les fuese posible.
Y no obstante la experiencia de su dureza, no obstante la experiencia de lo poco que se avanza, y de lo mucho que se arriesga en golpear esta piedra preciosa, hasta ahora no ha faltado, ni faltará gente ociosa y perversa que quiera tomar sobre sí el empeño inútil y vano de dar contra ella y perseguirla.
¿Nunca leísteis en las Escrituras (les decía él mismo a los Judíos), la piedra, que desecharon los que edificaban, esta fue puesta por cabeza de esquina… el que cayere sobre esta piedra será quebrantado, y sobre quien ella cayere, lo desmenuzara? (Mat. XXI, 42, et 44).
Veis aquí claramente las dos venidas del Mesías, y las consecuencias inmediatas de la una y de la otra; lo que ha hecho y hace con ella, y lo que hará cuando baje del monte contra la estatua, y contra todo lo que en ella se incluye.
De manera, que habiendo bajado la primera vez pacíficamente, sin ruido ni terror, habiendo sufrido con infinita paciencia todos los golpes que le quisieron dar, se puso luego por base fundamental del edificio grande y eterno que sobre ella se había de levantar.
El que cree, de fe no fingida, el que quiere de veras ajustarse a esta piedra fundamental, el que para esto se labra a sí mismo, y se deja labrar, devastar y golpear, etc., este es salvo seguramente, este es una piedra viva, infinitamente más preciosa de lo que el mundo es capaz de estimar; éste se edifica sobre fundamento eterno, y hará eternamente parte del edificio sagrado. Al cual allegándoos, que es la piedra viva, desechada en verdad por los hombres, mas escogida de Dios, y honrada. Y sobre ella como piedras vivas sed edificados casa espiritual; les decía San Pedro a los primeros fieles al contrario, el que no cree, o sólo cree con aquella especie de fe, que sin obras es muerta; mucho más el que persigue a la piedra fundamental, y da contra ella, él tendrá toda la culpa, y a sí mismo se deberá imputar todo el mal, si se rompe la cabeza, las manos y pies; el que cayere sobre esta piedra será quebrantado.
Esto es puntualmente lo que sucedió a mis Judíos en primer lugar. Después de haber reprobado y arrojado de sí esta piedra preciosa, después que, no obstante su reprobación, la vieron ponerse por cabeza de esquina, después que vieron el nuevo y admirable edificio, que a gran prisa se iba levantando sobre ella, llenos de celo, o de furor diabólico, comenzaron a dar golpes y más golpes a la piedra fundamental, pensando romperla, despedazarla, y hacer caer sobre ella misma el edificio que sustentaba; mas a poco tiempo se vio verificada en estos primeros perseguidores la primera parte de la profecía del Señor; el que cayere sobre esta piedra será quebrantado.
Salieron de aquel empeño tan descalabrados, que ya veis por vuestros ojos, y ha visto y ve todo el mundo, el estado miserable en que han quedado; no han podido sanar, ni aun volver en sí en tantos siglos.
Siguieron los Gentiles el mismo empeño, armados con toda la potencia de los Césares; y habiéndola golpeado en diferentes tiempos, y cada vez con nuevo furor, nada consiguieron al fin, sino hacerse pedazos ellos mismos, y servir, sin saberlo, a la construcción de la obra, labrando piedras a millares, para que creciese más presto.
Después acá, ¿qué máquinas no se han imaginado y puesto en movimiento para vencer la dureza de esta piedra? Tantas cuantas han sido las herejías. ¿Con qué empeño, con qué obstinación, con qué violencia, con qué artificios, con qué fraudes han trabajado tantos para arruinar lo que ya está edificado sobre piedra sólida? Pero todo en vano. No han sacado otro fruto de su trabajo, que el que se lee en Jeremías; trabajaron para proceder injustamente, y la piedra ha quedado incorrupta e inmóvil como el edificio que sustenta.
Y no obstante la experiencia de tantos siglos, piensan todavía algunos, que se dan a sí mismos el nombre bien impropio de espíritus fuertes, que bastará su filosofía y su coraje para salir con la empresa: veremos al fin en lo que para su coraje y su filosofía, el que cayere sobre esta piedra será quebrantado.
Lo que sobre esto han visto los siglos pasados, eso mismo en sustancia deberán ver los venideros, como está escrito. La piedra que bajó del cielo al vientre de la Virgen, cuanto es de su parte, a nadie ha hecho daño, porque no bajó sino para bien de todos, para que tengan vida, y para que la tengan en más abundancia.
Si muchos se han quebrado en ella la cabeza, la culpa ha sido toda suya, no de la piedra. El hijo del hombre no ha venido a perder las almas, sino a salvarlas.
El profeta Isaías, hablando del Mesías en su primera venida, dice: la caña cascada no la quebrará, y la torcida que humea no la apagará. Expresiones admirables y propísimas para explicar el modo pacífico, amistoso, modesto y cortés con que vino al mundo, con que vivió entre los hombres, y con que hasta ahora se ha portado con todos, sin hacer violencia a ninguno, sin quitar a ninguno lo que es suyo, y sin entrometerse en otra cosa, que en procurar hacer todo el bien posible a cualquiera que quiera recibirlo, sufriendo al mismo tiempo con profundo silencio, y con infinita paciencia, descortesías, ingratitudes, injurias y persecuciones.
Pero llegará tiempo, y llegará infaliblemente, en que esta misma piedra, llenas ya las medidas del sufrimiento y del silencio, baje segunda vez con el mayor estruendo, espanto y rigor imaginable, y se encamine directamente hacia los pies de la grande estatua.
El Señor como fuerte saldrá, como varón guerrero despertará su celo, voceará, y gritará, sobre sus enemigos se esforzará. Callé siempre, estuve en silencio, sufrí, hablaré como la que está de parto, destruiré, y devoraré al mismo tiempo (Isai. XLII, 13, et 14).
Entonces se cumplirá con toda plenitud la segunda parte de aquella sentencia, el que cayere sobre esta piedra será quebrantado, y sobre quien ella cayere lo desmenuzará; y entonces se cumplirá del mismo modo la segunda parte de nuestra profecía, cuya observación y verdadera inteligencia nos ha tenido hasta aquí suspensos y ocupados: cuando sin mano alguna se desgajó del monte una piedra, e hirió a la estatua en sus pies de hierro, y de barro, y los desmenuzó, etc.
No tenemos, pues, razón alguna para confundir un misterio con otro. Aunque la piedra en sí es una misma, esto es, Cristo Jesús, mas las venidas, o caídas, o bajadas a esta nuestra tierra son ciertamente dos muy diversas entre sí, y tan de fe divina la una como la otra.
Así, lo que no se verificó, ni pudo verificarse en la primera, se verificará infaliblemente en la segunda.
Esto es lo que andan huyendo los doctores, sin duda, para no exponer su sistema a un peligro tan evidente.
Esto los ha obligado a invertir el orden de los reinos, dando al de los Griegos el lugar y el distintivo que no es suyo, ni puede competerle; que es este; el cual mandará toda la tierra; y dándole al imperio romano el último lugar, para que se halle presente a lo menos a la primera venida del Señor; y a esto se enderezan, en fin, tantas ingeniosas acomodaciones, tan visiblemente arbitrarias, violentas y fuera del caso.
Se ve claramente que temen, y exceptuando el peligro de su sistema, no se sabe por qué temen, ni qué es lo que temen.
Pues bajando la piedra del monte, y habiendo desmenuzado y convertido en polvo la grande estatua, dice el texto sagrado, que la piedra misma se hizo luego un monte tan grande, que cubrió y ocupó toda la tierra.
El cual enigma explica el Profeta por estas palabras. (Ved si las podéis acomodar a la Iglesia presente.) Mas en los días de aquellos reinos (de los que acaba de hablar, que son figurados en los dedos de la estatua, o si queréis de los figurados en toda ella) el Dios del cielo levantará un reino, que no será jamás destruido, y este reino no pasará a otro pueblo; sino que quebrantará y acabará todos estos reinos, y él mismo subsistirá para siempre.
Ahora decidme de paso, ¿la Iglesia presente es realmente aquel reino de Dios de quien se dice, y no pasará a otro pueblo?
¿Cómo?, cuando sabemos de cierto que habiéndose fundado este reino en solos los Judíos, y habiendo estado algún tiempo en este pueblo, solo la potestad o lo activo de este reino, después de algunos años se entregó a otro pueblo diverso, cuál es el de las gentes.
Decidme más. La Iglesia presente, ¿es en realidad aquel reino célebre, que ha arruinado ya, ha desmenuzado, ha convertido en polvo y consumido enteramente todos los reinos figurados en la estatua, o en los dedos de sus pies? Pues esto asegura la profecía de este reino célebre: que quebrantará y acabará todos estos reinos.
Aunque no hubiera otras pruebas que esto sólo, bastaba para hacernos conocer hasta la evidencia, la poca bondad de vuestra explicación; y por consiguiente de vuestro sistema.
Pues ¿qué será, si a esto se añaden todas las otras observaciones generales y particulares que quedan hechas sobre el asunto?
Comparad ahora por último estas palabras que se dicen de la piedra, cuando bajó del monte; que quebrantará y acabará todos estos reinos; con aquella evacuación de que habla San Pablo; cuando hubiere destruido todo principado, y potestad, y virtud, y veréis un mismo suceso, anunciado con diversas palabras.
San Pablo dice, hablando de propósito de la resurrección de los santos, y por consiguiente de la venida de Cristo, en que esta debe suceder, que cuando el Señor venga, evacuará la tierra, en primer lugar, de todo principado, potestad y virtud. Daniel dice, que destruirá y consumirá todos los reinos figurados en la estatua. ¿No dicen una misma cosa el Apóstol y el Profeta?
Comparad del mismo modo estos dos lugares con lo que se dice en el salmo CIX, hablando con Cristo mismo, El Señor está a tu derecha, quebrantó a los reyes en el día de su ira, con lo que se dice en el salmo II, entonces les hablará él en su ira, y los conturbará en su furor, con lo que se dice en Isaías en varias partes; que en aquel día visitará el Señor… sobre los reyes de la tierra, que están sobre la tierra. Y serán cogidos y atados en un sólo haz para el lago, etc., con lo que se dice en Abacuc, capítulo III; maldijiste sus cetros; y por abreviar, con lo que se dice de todos los reyes de la tierra en el capítulo XIX del Apocalipsis, y esto al venir ya del cielo el Rey de los reyes.
Todo esto, y muchas más cosas que sobre esto hay en las Escrituras, es necesario que se verifiquen algún día, pues hasta el día de hoy no se han verificado, y es necesario que se verifiquen, cuando la piedra baje del monte; pues para entonces están todas anunciadas manifiestamente.
Entonces deberá comenzar otro nuevo reino sobre toda la tierra, absolutamente diverso de todos cuantos hemos visto hasta aquí, el cual reino lo formará la misma piedra que ha de destruir y consumir toda la estatua; la piedra que había herido la estatua, se hizo un grande monte, e hinchió toda la tierra.
A lo que alude visiblemente San Pablo cuando añade luego después de la evacuación de todo principado, potestad y virtud, que es necesario que él reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies.
Y veis aquí, señor mío, claramente comenzado el juicio de los vivos, que nos enseña el símbolo de nuestra fe, y que tanto nos anuncian y predican las Escrituras.
Conclusión
La seria consideración de este gran fenómeno, después de observado con tanta exactitud, podría ser utilísima, en primer lugar para aquellas personas religiosas y pías, que lejos de contentarse con apariencias, ni deleitarse con discursos ingeniosos y artificiales, buscan solamente la verdad, no pudiendo descansar en otra cosa.
Mucho más útil pudiera ser respecto de otras personas, de que tanto abunda nuestro siglo, que afectan un soberano desprecio de las Escrituras, en especial de las profecías; diciendo ya públicamente, que no son otra cosa que palabras al aire, sin otro sentido que el que quieren darle los intérpretes.
Unas y otras podrían quedar, en la consideración de esta sola profecía, y en el confronto de ella con la historia, penetradas del más religioso temor, y del más profundo respeto a Dios y su palabra.
Desde Nabucodonosor hasta el día de hoy, esto es, por un espacio de más de dos mil trescientos años, se ha venido verificando puntualmente lo que comprende y anuncia esta antiquísima profecía.
Todo el mundo ha visto por sus ojos las grandes revoluciones que han sucedido para que la estatua se formase y se completase desde la cabeza hasta los pies.
La vemos ya formada y completa, según la profecía, sin que haya faltado la menor circunstancia. Lo formal de la estatua, es decir, el imperio y la dominación, que primero estuvo en la cabeza, se ha ido bajando a vista de todos, por medio de grandes revoluciones, de la cabeza al pecho y brazos; del pecho y brazos al vientre y muslos; del vientre y muslos a las piernas, pies y dedos, donde actualmente se halla.
No falta ya sino la última época, o la más grande revolución, que nos anuncia esta misma profecía con quien concuerdan perfectamente otras muchísimas, que en adelante iremos observando.
Mas esta última ¿por qué no se recibe como se halla? Quien ha dicho la verdad en tantos y tan diversos sucesos que vemos plenamente verificados, ¿podrá dejar de decirla en uno sólo que queda por verificarse?
¿Por qué, pues, se mira este suceso con tanta indiferencia? ¿Por qué se afecta no conocerlo? ¿Por qué se pretende equivocar y confundir la caída de la piedra sobre los pies de la estatua, y el fin y término de todo imperio y dominación, con lo que sucedió en la primera venida quieta y pacífica del hijo de Dios?
No sé, amigo, ¡qué es lo que tememos, qué es lo que nos obliga a volver las espaldas tan de repente, y recurrir a cosas tan pasadas, y tan ajenas de todo el contexto!
¿Acaso tememos la caída o bajada de la piedra, la venida del Señor en gloria y majestad? Mas este temor no compete a los siervos de Cristo, a los fieles de Cristo, a los amadores de Cristo; porque la caridad… echa fuera el temor…
Estos por el contrario deben desear en esta vida, y clamar día y noche con el profeta: ¡Oh si rompieras
los cielos, y descendieras! A tu presencia los montes se derretirían. Como quemazón de fuego se deshicieran, las aguas ardieran en fuego, para que conociesen tus enemigos tu nombre.
A estos se les dice en el salmo segundo; Cuando en breve se enardeciere su ira, bienaventurados todos los que confían en él.
A estos se les dice en el evangelio, entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad. Cuando comenzaren pues a cumplirse estas cosas, mirad, y levantad vuestras cabezas, porque cerca está vuestra redención.
A estos les dice en el Apocalipsis; Y el Espíritu, y la Esposa dicen: Ven. Y el que lo oye diga: Ven.
A estos en fin les dice San Pablo: esperamos al Salvador nuestro Señor Jesucristo, el cual reformará nuestro cuerpo abatido, para hacerlo conforme a su cuerpo glorioso, según la operación con que también puede sujetar a sí todas las cosas.
Estos, pues nada tienen que temer, deben arrojar fuera de sí todo temor, y dejarlo para los enemigos de Cristo, a quienes compete únicamente temer, porque contra ellos viene.
¿Acaso tememos las consecuencias de la caída y bajada de la piedra, esto es, que la piedra se haga un monte tan grande, que cubra toda esta nuestra tierra? O por hablar con los términos que habla casi toda la divina Escritura, ¿tememos aquí al reino o al juicio de Cristo sobre la tierra?
Mas, ¿por qué? ¿No están convidadas todas las criaturas, aun las insensibles, a alegrarse y regocijarse, porque vino, porque vino a juzgar la tierra?
¿No estamos certificados de que juzgará al orbe de la tierra con equidad, y los pueblos con su verdad; que juzgará el orbe de la tierra en justicia, y los pueblos en equidad; que juzgará la tierra, y no juzgará según vista de ojos, ni argüirá por oído de orejas (que ahora falla muchas veces); sino que juzgará a los pobres con justicia, y reprenderá con equidad en defensa de los mansos de la tierra? ¿No nos dan los Profetas unas ideas admirables de la bondad de este Rey, y de la paz, quietud, justicia y santidad de todos los habitadores de la tierra, de bajo del pacífico Salomón?
Pues, ¿qué tienen que temer los inocentes un Rey infinitamente sabio, y un juicio perfectamente justo?
¿Acaso tememos (y este puede ser motivo aparente de temor) acaso tememos el afligir, desconsolar, ofender y faltar al respeto y acatamiento debido a las cabezas sagradas y respetables del cuarto reino de la estatua?
¡Oh, qué temor tan mal entendido! El decir clara y sencillamente lo que está declarado en la escritura de la verdad; el decir a todos los soberanos actuales, que sus reinos, sus principados, sus señoríos, son conocidamente los figurados en los pies y dedos de la grande estatua, haciéndoselos ver por sus ojos en la Escritura de la verdad; el decirles, que estos mismos reinos nos son los inmediatamente amenazados del golpe de la piedra, ¿se podrá mirar como una falta de respeto, y no antes como un servicio de suma importancia?
Lo contrario, sería faltarles al respeto, faltarles a la fidelidad, faltarles al amor que les debemos, como a imágenes de Dios, ocultándoles una verdad tan interesante después de conocida. Para decir esta verdad, no hay necesidad de tomar en boca a las personas sagradas que actualmente reinan; esto sí que sería una falta reprensible; pues no es lo mismo los reinos actuales, que las cabezas actuales de los reinos; las cabezas se mudan, por cuanto la muerte no permitía que durasen; mas los reinos van adelante.
Así como ninguno sabe cuándo bajará la piedra, ni Dios lo ha revelado, ni lo revelará jamás; así ninguno puede saber quiénes serán entonces las cabezas de los reinos, ni las novedades que en ellos habrá en los siglos venideros.
Por eso el mismo Señor con frecuencia nos exhorta en los Evangelios a la vigilancia en todo tiempo, porque no sabemos cuándo vendrá. Velad… porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. Velad… en todo tiempo; Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.
Ni a los soberanos presentes, ni a sus sucesores, ni a sus ministros, ni a sus consejeros, ni a sus grandes, les puede ser esta noticia del menor perjuicio; antes por el contrario, les puede ser de infinito provecho si la creen. Y dichosos mil veces los que la creyeren; dichosos los que le dieren la atención y consideración que pide un negocio tan grave; ellos procurarán ponerse a cubierto, ellos se guardarán del golpe de la piedra, ciertos y seguros que nada tienen que temer los amigos; pues sólo están amenazados los enemigos. Mas si la noticia, o no se cree, o se desprecia y echa en olvido, ¿qué hemos de decir, sino lo que decía el Apóstol de la venida del Señor? Que el día del Señor vendrá como un ladrón de noche. Porque cuando dirán paz y seguridad, entonces les sobrecogerá una muerte repentina.
Las profecías no dejarán de verificarse porque no se crean, ni porque se haga poco caso de ellas; por eso mismo se verificarán con toda plenitud.
