DOM COLUMBA MARMION – La Trinidad en nuestra vida espiritual – XXVI. SEA NUESTRA VIDA ENTERA UN «GLORIA AL PADRE, AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO»

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

XXVI. SEA NUESTRA VIDA ENTERA UN

«GLORIA Al PADRE, AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO»

Aquí repite Dom Marmion, dándole forma de oración, una página que escribió sobre la Trinidad, tres años antes de hacer su Consagración. Nada mejor que ilustrarla, reproduciendo otra vez sus palabras, fruto de una inspiración del Espíritu Santo. Cuando nuestros lectores vuelvan a recordarlas y profundizarlas, les llenará su belleza y verán cuan prácticas y provechosas son y cómo resumen toda la doctrina expuesta en esta síntesis.

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20 de enero de 1906

He recibido una ilustración muy clara para llegar a entender cómo hay que honrar a la Santísima Trinidad, para saber lo que debo hacer para que mi vida entera sea un Gloria Patri ininterrumpido. Estas consideraciones me sirven como de composición de lugar en la meditación.

El Padre es principio y fuente de toda vida, Fons vitæ. De Él proceden el Hijo y el Espíritu y la creación entera viene de Él por el Verbo en el Espíritu Santo.

Ante todo le honramos como Principio, poniendo a sus -pies todo cuanto somos, pensamos y deseamos, para que Él sea el iniciador de todo en nosotros.

Así imitamos a Jesucristo:

a) que procede por entero del Padre;

b) que pensaba, deseaba y obraba dependiendo absolutamente del Padre: «En verdad, en verdad os digo que el Hijo no hace nada por sí, sino sólo lo que ve hacer al Padre» «Mi doctrina no es mía, sino del que me envió» Durante su vida hacía en todos los instantes «lo que era grato a su Padre». Permaneció oculto en el oscuro taller de Nazaret treinta años y empezó su vida pública sólo en la hora prefijada por su Padre. Se limitó a predicar a los judíos, porque no había sido enviado más que a las ovejas de la casa de Israel que se perdían: «ni una tilde de la ley pasará, se cumplirá todo».

He comprendido que sin esta dependencia absoluta de Dios valen bien poco a los ojos divinos los actos más resonantes, aunque deslumbren a los mundanos. Cuando dejamos a nuestro Creador y Padre disponer libremente de nuestras personas, de nuestra actividad; entonces somos verdaderamente sus creaturas, entonces somos sus hijos adoptivos. El verdadero religioso, y más en particular el monje, es quien debe entregarse a Dios.

El Hijo no sólo procede todo entero del Padre y como tal depende en absoluto de Él, sino por ser Hijo perfecto es, además, la imagen perfecta del Padre. «Imagen de Dios invisible.» Es la sabiduría del Padre y realiza perfectamente toda la voluntad del Padre y todos sus designios.

Al Hijo le honramos como verdad y sabiduría del Padre, como perfecto cumplidor de todos los deseos del Padre, de la voluntad «significada» que cumple fidelísimamente, conociendo todos los quereres de Dios, obedeciendo sus mandamientos, sus consejos y sus inspiraciones, también secundando su voluntad «oculta» abandonándose a ella enteramente.

Para Él y para todos sus miembros ha aceptado la voluntad de su Padre, y al unirnos a Jesucristo le honramos aceptándola también nosotros, pidiéndole que aparte de nuestro corazón todo deseo, todo lo que se oponga lo más mínimo a la voluntad divina.

Puede ser provechosísima la consideración de la vida de Jesucristo contemplada desde este punto de vista y esta meditación produce en el alma una paz muy grande y una unión muy íntima con Él.

Así realizamos aquella palabra del Apóstol: «Todo lo que hacéis, sea lo que fuere, hacedlo todo en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo.» Porque sólo hacemos en su Nombre lo que Él tiene dispuesto sobre nosotros.

Así se realiza aquella palabra: «Conviene que Él crezca y yo mengüe», así nos hacemos «el objeto de las complacencias del Padre», «de quien procede toda dádiva preciosa y todo don perfecto». Los actos más insignificantes se convierten en actos grandes porque «se hacen en Dios».

Es el Espíritu Santo el amor mutuo del Padre y del Hijo y ese amor mismo, el Espíritu Santo, vuelve al seno del Padre y del Hijo con un amor infinito.

Damos honra al Espíritu Santo uniéndonos humildemente, por Jesucristo, a este mismo Amor y por Él volvemos a Dios como a nuestro último fin. Este amor da valor a nuestros actos y este amor del Padre y del Hijo nos lleva a Dios en la dependencia y en el amor. Nuestra vida entera procede así del Padre y del Hijo para volver al seno del Padre, en el Espíritu Santo.

Unida así a Jesucristo, en su Espíritu, nuestra vida es un holocausto de amor a Dios y a las almas. Jesucristo por impulso «del Espíritu Santo se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios». Si nos dirigimos al Espíritu Santo con amor y confianza, no dejará de llenarnos del verdadero amor divino, pues es el «Padre de los pobres», y «la esperanza no burla, porque ha sido derramada la caridad de Dios en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que habita en nosotros.»