DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
XXV. HASTA EL SENO DEL PADRE
Las «alturas» a que pedimos levante el Espíritu Santo nuestros pensamientos, afectos y acciones, son el seno del Padre, el santuario de la divinidad.
Dom Marmion repite muchas veces este pensamiento, preferido por él y expresado además en la invocación al Padre: el Hijo, que vive la misma vida del Padre, mora siempre en el seno del Padre y en él nos introduce a nosotros cuando estamos unidos a Jesús.
Es el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, término inefable de su mutuo y único amor.
Refluye, si nos es permitido expresarnos así, de los misterios, hacia el Padre y el Hijo. Cuando recibimos al Espíritu Santo —que, en expresión de algunos Doctores de la Iglesia, nos viene del Padre por el Hijo— y cuando nos dejamos guiar por el Espíritu Santo en toda nuestra vida espiritual nos lleva, por el Verbo, al seno del Padre, como a nuestro último fin.
Insinúa San Pablo esta doctrina cuando escribe a los de Éfeso: «Por Jesucristo tenemos entrada en la presencia del Padre en uno y mismo Espíritu.»
Para este capítulo extractamos sólo notas sacadas de sus apuntes espirituales y de las cartas de Dom Marmion, tomadas y escritas durante su permanencia en Lovaina.
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3 de mayo de 1900
Al desposarse el Verbo con su humanidad, la dotó y, siendo Dios, la dote fue una dote divina. Según los Padres y Doctores de la Iglesia esta dote fue el Espíritu Santo que procede de Él, lo mismo que del Padre, y es substancialmente la plenitud de la santidad. Él consagró la humanidad del Verbo con la unción viva e infinita: «Dios te ha ungido con el óleo de la alegría, con preferencia a tus compañeros.»
Hace algún tiempo que cada día me atrae más especialmente el Espíritu Santo; quiero que Él me guíe, gobierne y me mueva en todo el Espíritu de Jesucristo. En cuanto hombre Nuestro Señor no hacía nada sino impulsado por el Espíritu Santo y bajo su dependencia. Por eso el Verbo, que poseía, y sólo Él, por la unión hipostática, esta santa humanidad, nunca obrara en ella nada, sino mediante el Espíritu Santo.
También nosotros hemos recibido el Espíritu Santo en el Bautismo y en la Confirmación: «porque sois hijos, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo» y «quien está unido a Dios es un mismo espíritu con Él». San Pablo habla continuamente del Espíritu de Jesús, que le guiaba e ilustraba en todo.
Lo que, en nuestra actividad, procede de este Santo Espíritu, es santo: «lo que nace del Espíritu es espíritu» y «el espíritu vivifica». El que se entrega sin reserva ni resistencia a este Espíritu, que es el «Padre de los pobres, el dador de los dones», infaliblemente será conducido por el mismo camino de Jesús y como Jesús quiere llevar a cada uno.
Este Espíritu mueve a Isabel para que alabe a María, y María, por el Espíritu de Jesús, glorifica al Señor.
El Espíritu Santo nos impulsa a que digamos confiadamente como Jesús: «Padre»; a dar gloria a Jesús: «él dará testimonio de mí»; a rezar como es debido, profiriendo nuestras súplicas con gemidos inenarrables; a humillarnos, a dolernos, porque es Él la remisión de nuestros pecados; por Él hacemos bien a las almas (muy poco hacían los Apóstoles antes de Pentecostés), y Él fecunda nuestra actividad, pues «nadie puede decir (sobrenaturalmente): Jesús es Señor, si no le mueve el Espíritu Santo».
iOh! Me esforzaré por vivir del Espíritu Santo (Un maestro de la vida espiritual, cap. VII, 12).
1904. Amor substancial del Padre y del Hijo, me uno a Vos; quiero amaros como amáis; no valgo nada, pero permitidme unirme a Vos con todo mi corazón y llevadme al seno del Padre (Un maestro de la vida espiritual, cap. VIII, 9).
Dom Marmion escribía en enero de 1906 la bella síntesis sobre la Trinidad. A partir de esta fecha, lo hemos dicho, son muchas las luces que esclarecen diversos aspectos de este misterio y especialmente la acción del Espíritu Santo en el alma dócil y generosa.
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Febrero de 1906
La palabra de Nuestro Señor: «Ved lo que Dios os pide, que creáis en el que Él ha enviado», me hace ver más claramente que lo tenemos todo en Jesucristo. El que se ha entregado sin reserva a Jesucristo por la fe, cumple perfectamente con Él, en Él y por Él todos los deberes para con el Padre. Jesucristo es uno con su Padre: «El Padre y yo somos uno.» «Está en el seno del Padre» y el que está unido, por la fe, a Jesucristo, hace, en la unidad, lo que Jesús hace para su Padre. El miembro realiza a su manera lo que hace la persona: «Sois el cuerpo de Cristo y miembros los unos de los otros.» Cuando por la fe se vive unido a Jesucristo y cuando, en las tinieblas de esta fe, se pone la inteligencia a los pies de Cristo, aceptando con amor todo lo que hace Él en nuestro nombre, en la plena visión de su Padre, entonces nuestra oración es muy sublime, entonces es una oración hecha en espíritu y en verdad. En estos momentos, a veces el Espíritu de Jesucristo nos mueve a permanecer silenciosos y adorando a los pies de Jesús, a veces nos empuja a unirnos a su oblación, a su sumisión al Padre. Es necesario que secundemos estas inspiraciones (Un maestro de la vida espiritual, cap. VIII, 11).
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5 de octubre de 1906
Busca Dios a los que le buscan en espíritu y en verdad. El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo y los que se dejan conducir por Él buscan al Padre y al Hijo en verdad. Es el Espíritu Santo porque todas sus inspiraciones son infinitamente santas; es el mismo Espíritu que inspiraba a Jesús en cada uno de sus actos y pensamientos. La unión con Él es lo que interiormente forma a Jesucristo en nuestros corazones. Es el «Padre de los pobres» y no cesa de unirse con los que permanecen en su presencia en adoración y anonadamiento de espíritu. Es el Espíritu del amor santo y siendo el mismo en todos, a todos nos une en el amor santo (Un maestro de la vida espiritual, Ibid.).
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1º de enero de 1907
Me mueve cada día más y más nuestro divino Salvador a abandonarme por entero a Él y a los impulsos del Espíritu Santo (Un maestro de la vida espiritual, cap. VIII).
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Día de Pentecostés de 1907
El Espíritu Santo habita en nuestros corazones. «Morará y estará en vosotros.» Está todo entero en el Padre y el Hijo y lleva consigo a toda la creación (a la que ama en su «procesión») en el seno del Padre y del Hijo. Cuanto mayor es nuestra entrega al Espíritu Santo de amor, tanto más se dirige nuestro ser hacia Dios. Tres espíritus pretenden nuestra posesión: el espíritu de las tinieblas, el espíritu humano y el Espíritu Santo. Importa sobremanera distinguir la acción de los tres, para que nos entreguemos sólo al Espíritu de Dios (Un maestro de la vida espiritual, Ibid.).
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2 de diciembre de 1908
«Para mí Jesús lo es todo. Soy incapaz de orar, de celebrar la Misa, de ejercer el ministerio más que dependiendo enteramente de su acción y de su Espíritu.»
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15 de diciembre de 1908
«Recen mucho por mí, a fin de que Jesús llegue a convertirse en supremo señor de mi interior, y a fin de que viva cada vez más en completa dependencia de su Espíritu» (Un maestro de la vida espiritual, Ibid.).
Pocos días después firmaba, el 25 de diciembre, el Acto de Consagración que es objeto del comentario de estas páginas. Terminémoslas con una carta del 5 de enero de 1908, resumen de la doctrina de Dom Marmion sobre la acción del Espíritu Santo.
En toda alma existen tres espíritus que pugnan por adueñarse de ella: El espíritu de falsedad y blasfemia, desde el principio sugiérele lo contrario de lo que le inspira Dios. «Si coméis de este fruto, moriréis», dijo Dios. «Nequaquam moriemini; de ningún modo moriréis», replica Satanás. Estas dos sugerencias son el eco de la primera mentira.
Late en el alma también el espíritu del mundo, que nos mueve a juzgar las cosas según los sentidos y la prudencia de la carne; y la prudencia de este mundo es necedad para Dios.
Tiene el alma dentro de sí al Espíritu de Dios, que tiende siempre a levantar nuestros corazones por encima de lo natural, «sursum corda»; a enseñarnos a vivir de la fe, pues «mi justo vive de la fe». El Espíritu de Dios, nos inclina siempre a creer con una fe sencilla, amorosa, a abandonarnos en las manos divinas; nos llena «de paz y de gozo creyendo», produce en nosotros esos frutos que enumera el Apóstol.
Hija mía, la acción de estos tres distintos espíritus es más palpable, más clara en unas personas que en otras.
En ti es muy notable esta influencia. Los conocerás por sus frutos, aunque Satanás se puede transformar en ángel de luz. Ha dicho Jesús: «Estos espíritus los conoceréis por los frutos que producen en tu alma.»
El Espíritu de Dios, aun cuando nos reproche, nos confunda o nos haga llorar nuestras culpas, siempre llena nuestra alma de paz y confianza filiales Nuestro Padre celestial. Los otros dos espíritus secan nuestra alma y la tornan naturista, y si es el espíritu infernal, nos aherroja en el abatimiento y desesperación.
Te recomiendo gran fidelidad a los movimientos del Espíritu Santo. Tu Bautismo y Confirmación: han abierto en tu alma como una fuente de vida.
Escucha la música de sus chorros y tapa tus oídos a las inspiraciones de los otros dos. Si eres fiel, poco a poco este Espíritu divino se hará tu guía y con Él irás al seno de Dios (Cartas de dirección, cap. I, 1).
