DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
XXIV. LEVANTAD SIEMPRE CUAL ARDIENTES BRASAS,
NUESTROS PENSAMIENTOS,
NUESTROS AFECTOS
Y NUESTROS ACTOS HACIA LO ALTO
En el alma que mora el Espíritu Santo, no está Dios Amor inactivo; sus divinas operaciones, poderosas y fecundas, llegan a influir en todas las actividades del alma humilde y dócil.
1. Nuestros pensamientos
Levanta el Espíritu Santo nuestros pensamientos hacia lo alto iluminándonos con su luz divina, conforme lo expresó el mismo Jesucristo: «El Espíritu de verdad, que os enseñará toda la verdad».
Considerad lo que hizo el Espíritu en las almas de los Apóstoles el día de Pentecostés. Les llenó de verdad.
Me preguntaréis extrañados: ¿Es que no les había ya llenado Jesucristo? ¡Oh! Sí. Lo declara Él mismo: «Yo soy la verdad.» Había venido al mundo a dar testimonio de la verdad y lo sabemos también, por Él mismo, que había cumplido enteramente su misión: opus consummavi.
Ciertamente, pero cuando dejaba a sus Apóstoles, el Espíritu iba a venir a hacer sus veces de maestro. «No hablará de suyo», decía Jesús, queriendo darnos a entender con ello que el Espíritu Santo —que procede del Padre y del Hijo, y recibe de ambos la vida divina—, nos dará la verdad infinita que recibe en su procedencia inefable.
«Os dirá cuanto ha oído, es decir, toda la verdad», «os recordará todo cuanto yo os he enseñado» (Jesucristo en sus misterios, cap. XVII, 5).
No es vana promesa, porque las palabras de Jesucristo se cumplen. Jesucristo, el Verbo encarnado, nos dio su Espíritu el día de nuestro Bautismo; nos le envió, juntamente con su Padre, porque fuimos hechos hijos del Padre celestial y hermanos suyos; este Espíritu permanece en nosotros. Y ¿qué hace en nosotros? Lo dijo Jesús: el Espíritu de verdad os «recordará cuantas cosas, os tengo dichas.» ¿Qué quiere significar esto?
Por medio del don de entendimiento el Espíritu nos hace penetrar y profundizar las verdades de fe. San Pablo escribe que Dios, nos ha revelado por medio de su Espíritu (lo que nos tiene preparado) pues el Espíritu de Dios penetra todas las cosas, aun las más íntimas de Dios» y «las revela a quien le place».
Lo cual no quiere decir que el don de entendimiento disminuya la incomprensibilidad de los misterios o que nos quite la fe, sino que por este don nuestro entendimiento penetra más en el misterio que la simple aquiescencia de la fe; este don le aclara las conveniencias o la no sin razón que existen en el misterio, las grandezas de las verdades reveladas, las relaciones de unas con otras y las que tienen con nuestra vida espiritual.
Son objeto del don de entendimiento las verdades contenidas en los libros revelados; el don de entendimiento es el que, podríamos decir se ha concedido especialmente a los que han brillado en la explicación de las doctrinas cristianas por sus profundos conocimientos y los llamamos «Doctores de la Iglesia»; sin embargo, todo bautizado está en posesión de este don preciosísimo.
Leéis un paso de la Biblia, lo habréis leído y releído muchas veces y no os ha chocado nada; pero un buen día, se enciende una luz en vuestra inteligencia que esclarece su sentido, penetráis los misterios que encierra y la verdad se os presenta en todo su brillo deslumbrador y empieza a ser para vosotros el principio de una vida nueva y de nueva actividad espiritual.
¿Habéis llegado a penetrar su significado reflexionando sobre él? No. Ha sido efecto de una ilustración del Espíritu Santo el que, mediante el don de entendimiento, os ha hecho penetrar más hondo en las verdades reveladas para que las creáis y viváis prácticamente de ellas.
Cuando somos solícitos para recoger esas inspiraciones y escuchar esas hablas del Espíritu Santo, entonces las palabras de Cristo, Verba Christi como las llama San Agustín, son más frecuentes, inundan el alma de luz divina y abren en ella fuentes de vida, para que se abreve y sacie en ellas (Jesucristo vida del alma, cap. VIII, 2, y cap. V, 3).
También el Espíritu Santo «nos manifiesta a Jesús»; es ese maestro interior que nos le da a conocer, para que penetremos el sentido de su doctrina y sus misterios; porque, dice Jesús, procede Él de mí, como de mi Padre, me glorifica a mí en vosotros, ille me glorificabit. Nos comunica la ciencia divina, nos mantiene siempre en la presencia de Jesús, nos inspira el cumplimiento de los preceptos y actos gratos a Jesús y así hace que Jesús reine en nosotros.
Con su acción suavísima y muy eficaz, dice, forma a Jesús en nosotros. ¿No es esto substancialmente la verdadera santidad? (Jesucristo en sus misterios, cap., XVII, 5).
Con el don de ciencia nos enseña el Espíritu Santo a conocer sobrenaturalmente las cosas de la creación, como sólo puede ver y conocer un hijo de Dios.
Hay muchas maneras de considerar lo que está en nosotros, y lo que existe en derredor nuestro. El creyente y el incrédulo, cada cual a su modo, consideran y admiran la naturaleza. De un modo meramente natural la mira el incrédulo y estudia y profundiza sus maravillas; el hijo de Dios la contempla a través del prisma de la luz que irradia el Espíritu Santo y a éste la naturaleza se lo presenta como una obra de las manos de Dios, que refleja sus eternas perfecciones.
Este don de ciencia nos hace conocer los seres de la creación y nuestro mismo ser en cuanto ellas y nosotros estamos relacionados con Dios; nos ensena el fin sobrenatural que ellas y nosotros tenemos y los medios de alcanzarla, pero con intuiciones que nos ponen en guardia contra las máximas del mundo y las sugestiones, del espíritu de las tinieblas (Jesucristo vida del alma, cap. V, 3).
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2. Nuestros afectos
Hemos sido creados para gozar de la felicidad; nuestro corazón tiene una capacidad casi infinita, pero sólo Dios puede saciarle enteramente. «Señor, tú nos has hecho y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti», decía San Agustín. De aquí que si buscamos algo fuera de Dios o que no sea de su beneplácito, nada hallamos enteramente bueno ni estable.
Hay diversas categorías de almas.
Veréis unas siempre rebosando alegría, reconcentradas en su interior, derraman luz al exterior. No me refiero a esa alegría sensible, que en muchas la producen el temperamento, la salud corporal, o las circunstancias que nada influyen en la voluntad; me refiero a esa alegría que anida en el fondo del alma y es un disfrute anticipado de la bienaventuranza eterna.
¿No tienen estas almas, pruebas algunas veces? ¿No luchan, no experimentan contradicciones y trabajos? Sí por cierto; todo el que es seguidor de Cristo tiene que cargar con la cruz de Cristo, su cruz; pero el fervor y la unción que da la gracia divina hacen y permiten que esos sufrimientos se lleven con alegría.
Hay otras almas que no disfrutan de esta alegría; en su interior y con mucha frecuencia en su exterior también, estas almas pasan por pruebas, tienen sus inquietudes y no son dichosas.
¿Por qué esta diferencia?
Es que las unas buscan a Dios en todo y sólo le encuentran, le ven por doquier y, con Él, el bien por excelencia, la felicidad inmutable: Bueno es el Señor para el alma que le busca: Bonus est Dominus animæ quærenti illum.
Las otras almas, o se apegan a las criaturas o se buscan a sí mismas por egoísmo y amor propio, por ligereza; pero se encuentran a sí mismas, a ellas mismas, es decir, a la nada, y este hallazgo no es capaz de contentarlas en fin de cuentas, porque el alma creada para Dios, está sedienta del sumo bien.
Mas cuando el alma busca a Dios, y sólo a Dios le halla y a Él tiende con todas sus fuerzas y se despega de todo lo creado, y Dios la llena de gozo, de ese gozo desbordante del que dice San Benito: «A medida que se adelanta en las sendas de la piedad y de la fe, se corre dilatado el corazón en el camino de los divinos mandamientos con inefable dulzura de caridad» (Jesucristo ideal del monje, cap. I, 2).
A este venturoso estado levanta a las almas el Espíritu Santo con el don de sabiduría.
¿Qué es la sabiduría, el don de sabiduría? El sabroso regusto de las cosas espirituales, el don sobrenatural para conocer y estimar las cosas divinas con ese gusto espiritual que deja sentir con sus inspiraciones el Espíritu Santo. El conocimiento sabroso, íntimo, profundo de las cosas de Dios; el que pedimos en la oración al mismo Espíritu Santo: Haz que saboreemos en el mismo Espíritu las cosas rectas y que nos alegremos siempre de su consuelo.
Sapere…, es decir no sólo conocer, sino gustar y saborear la dulzura de las cosas celestiales, sobrenaturales, y no lo que se llama, Dios nos libre, la devoción sensible, sino la experiencia espiritual de lo divino que nos quiere comunicar el Espíritu Santo; es el llegar al «Gustate et videte quoniam suavis et Dominus, probad y veréis qué suave y dulce es el Señor.»
Este don de sabiduría hace que antepongamos a todas las alegrías terrenales, la felicidad que hay en servir a Dios; servir a Dios es reinar; es el don que hace exclamar al alma: «Qué amables son tus tiendas, Señor. El día pasado en tu casa vale más que los años que transcurren lejos de ti» (Jesucristo vida del alma, cap. V, 3).
Después de pedir la sabiduría, la Iglesia nos manda implorar la gracia de alegrarnos siempre del consuelo que trae a las almas el Espíritu Santo»: et de ejus semper consolatione gaudere.
Por ser el Espíritu Santo el Espíritu de verdad, sacia las necesidades que experimenta nuestra inteligencia; por ser el Espíritu de amor, apaga los deseos de nuestro corazón; por ser el Espíritu de fortaleza, nos sostiene en los trabajos, las pruebas y los desconsuelos: es el óptimo Consolador, dulce huésped del alma, nuestro dulce refrigerio.
¡Oh!, Ven, Padre de los pobres, ven, dador de los dones, ven, luz de los corazones, consolador lleno de bondad, dulce huésped del alma, reconfortante dulcísimo (Jesucristo en sus misterios, cap. XVII).
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3. Nuestros actos
Levanta hacia arriba el Espíritu Santo nuestras acciones guiándonos con el don de consejo y ayudándonos con el de fortaleza.
¿Qué hace en las almas el Espíritu Santo? Primeramente está dando testimonio a nuestro espíritu (con la confianza y amor que nos inspira) de que somos hijos de Dios; es el Espíritu de amor, de santidad, que, porque nos ama, quiere hacernos partícipes de su santidad para que obremos como verdaderos hijos de Dios.
Por el don de consejo responde el Espíritu Santo a los deseos del alma que le pide así: «¿Qué quieres que yo haga?» Nos previene contra toda precipitación y ligereza, pero más que nada contra toda presunción, tan peligrosa, en los caminos espirituales.
El alma presuntuosa pagada de sí y que tributa culto al yo, obra sin pedir nada a Dios en la oración, obra prácticamente cual si Dios no fuese su Padre celestial de quien dimana toda dádiva preciosa y todo don perfecto desciende del Padre de las luces.
Ved a Nuestro Salvador, ved cómo dice: «El Hijo no hace cosa alguna fuera de lo que viere hacer al Padre.» El alma de Jesús contemplaba al Padre para ver en Él el modelo de sus obras, y el Espíritu de consejo le descubría los deseos de su Padre; por eso todas las acciones de Nuestro Señor le eran gratas: «Hago siempre lo que le place.»
Es el don de consejo una disposición mediante la cual los hijos de Dios se elevan y capacitan para juzgar las cosas conforme a principios superiores a toda humana sabiduría.
Miope y limitada, la prudencia del hombre aconseja obrar de tal o cual manera, pero el don de consejo nos descubre normas superiores de conducta por las cuales deben regirse los hijos de Dios.
No basta conocer siempre el divino beneplácito; la naturaleza caída ha menester frecuentemente energías para realizar lo que Dios pide de nosotros, y el Espíritu Santo, con el don de fortaleza, nos sostiene en esos momentos especialmente críticos.
Almas hay tan apocadas que temen las pruebas de la vida espiritual intensa. Es imposible que falten esas pruebas, serán tanto más duras cuanto a más altas cumbres nos quiera Dios sublimar. No temamos: el Espíritu de fortaleza está a nuestro lado, dentro de nosotros: apud vos manebit et in vobis erit.
Como los Apóstoles, el día de Pentecostés, también nosotros seremos revestidos de la fuerza de lo alto —virtute ex alto— para cumplir generosamente la voluntad de Dios; para obedecer, si es preciso, antes a Dios que a los hombres; para soportar con valor las adversidades que se nos vayan presentando a medida que corramos hacia Dios.
Por eso rogaba San Pablo con tantas veras por sus queridos fieles de Éfeso, a fin de que, según las riquezas de su gloria, les concediese por medio de su Espíritu el ser fortalecidos en virtud en el hombre interior.
El Espíritu Santo dice al que ha enriquecido y llenado de fortaleza lo que significó Dios a Moisés, cuando se sobrecogía ante la responsabilidad y lo arduo de la misión que le intimaba de librar al pueblo israelita del yugo de los faraones: «¡Yo estaré contigo: No temas!»
Somos fuertes cuando Dios nos sostiene. Esa es la fortaleza en que se forjan los mártires y la que alienta a las vírgenes; pásmase el mundo al verlos tan animosos, cuando en realidad, sólo la reciben de la generosidad de Dios (Jesucristo vida del alma, cap. VI, 3).
Pidamos al Espíritu que nos dé el don de fortaleza con sobrada abundancia. No hay nada que más redunde en honor de Dios como fiarlo todo de Él precisamente cuando nos sentimos débiles e impotentes (Cartas de dirección, cap. IV, 3).
También levanta a lo alto nuestros actos el Espíritu Santo cuando nos inspira el obrar siempre movidos por el amor de Dios que nos infundió en el Bautismo.
El Espíritu Santo es el amor personal, subsistente, de la vida divina. Es como el aliento, la aspiración del amor infinito que nos comunican la vida.
Se lee en el libro del Génesis que Dios «sopló la vida a la materia formada del barro de la tierra» y este soplo o aliento era el símbolo del Espíritu Santo al que debemos la vida sobrenatural (Jesucristo en sus misterios, cap. XVII).
Dice, en efecto, San Pablo: «la caridad de Dios ha sido derramada en vuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que se os ha dado»; y esta caridad nos mueve a ofrecerlo todo a Dios, a encontrar en Dios el bien supremo, a posponerlo todo a todo otro bien.
Cierto que la caridad sobrenatural no es la gracia, «pero la caridad y la gracia van siempre unidas. La gracia eleva nuestra naturaleza; la caridad transforma nuestros actos; tan unidas van una y otra, que la una señala en qué grado mora la otra en nuestra alma.
Cuando estamos en posesión de la gracia divina, hacemos real en nosotros lo que Nuestro Señor nos pide: «Permaneced en mí, que yo permaneceré en vosotros», y permanece con el Padre y el Espíritu Santo: «Vendremos a él y haremos mansión dentro de él.»
Las tres Personas que habitan en nosotros como en un templo, no se quedan inactivas; dentro de nosotros están para sostenernos siempre y para que nuestra alma trabaje en su vida espiritual (Jesucristo vida del alma, cap. III, 4).
Y cuando este amor de Dios es ferviente, cuando ha enraizado en el alma, dirige todos nuestros actos y es el rey de todas las virtudes: Sí, es el rey, porque es poderoso y sin cesar inclina la voluntad hacia el bien, hacia Dios. Es sinónimo de fidelidad inquebrantable al divino beneplácito, a las inspiraciones del Espíritu Santo.
Con esas almas abrasadas en el amor de Dios habla San Agustín, cuando exclama: «Dilige et fac quod vis: Ama y haz lo que quieras», pues esas almas no aspiran más que a agradar a Dios, y como Jesús pueden decir: «Yo siempre hago lo que le place a mi Padre celestial.» En esto consiste la perfección.
No siempre llegan los mundanos a comprender la vida cristiana que animan el amor de Dios y la gracia; es cierta la sentencia de nuestro divino Salvador que al árbol se le conoce por los frutos; es cierto también que el Espíritu, que mora en el alma, es quien le hace producir los frutos de caridad y benignidad que tan de manifiesto ponen el poder de su moción en las almas; pero hay muchos espíritus, almas adocenadas, triviales que no ven el principio interno del que dimanan los actos de esa alma enamorada de Dios, y no distinguen los rayos de luz que difunden sus actos: omnis gloria filiæ regis ab intus.
Asestemos la flecha más alto, tiremos con todas nuestras fuerzas, ejercitándonos en todas las virtudes, sobre todo la fe, la esperanza y la caridad, y más principalmente por esa disposición de hacerlo todo para agradar al Padre; miremos, digo, más arriba para dejar obrar a Dios y para que el Espíritu Santo se expansione en nuestras almas, que así «creceremos en Jesucristo, nuestra cabeza».
Que estas sean nuestras aspiraciones, porque para esto nos llamó Jesucristo: «Yo sigo mi carrera por ver si alcanzo aquello para lo cual fui destinado o llamado por Jesucristo: sequor autem, si quo modo comprehendam in quo et comprehensus sum a Christo Jesu» (Jesucristo vida del alma, cap. IV, 5).
En la oración es cuando más se experimenta la influencia del Espíritu Santo en las almas.
Dios había prometido, por el profeta Zacarías, que en la Nueva Alianza, derramaría sobre las almas «el espíritu de gracia y de oraciones: spiritum gratiæ et precum«.
Al Espíritu Santo, que nos trae el espíritu de adopción, lo ha enviado Dios a los corazones de los que predestina para hacerles sus hijos en Jesucristo. Para regular las relaciones de los hijos de Dios, nuestras relaciones con nuestro Padre celestial nos da sus dones el Espíritu Santo en el Bautismo. Nos lleva el temor de Dios de reverencia ante su divino acatamiento; el don de piedad armoniza con el de temor la ternura del hijo para con su padre; el don de ciencia presenta a las almas las verdades naturales bajo aspectos nuevos; el don de entendimiento la hace entrar en los secretos de los misterios de la fe; el don de sabiduría da el gusto y conocimiento afectivo que tienen y comunican las verdades reveladas, por Dios.
Los dones son reales disposiciones en las que de ordinario no reparamos lo suficiente; por ellos el Espíritu que mora en las almas desde el día del Bautismo, como en un templo, las ayuda y las enseña a vivir en cristiana y estrecha relación con el Padre celestial.
El elemento esencial de la oración es el contacto sobrenatural del alma con Dios; en él bebe la vida divina que es la fuente de toda santidad. Este contacto se establece en el momento en que el alma, elevada por la fe y el amor, apoyada en Jesucristo, se entrega a Dios, se entrega a su beneplácito divino, movida por el Espíritu Santo: «El Sabio (o el justo} entregará su corazón desde por la mañana al Señor que lo hizo, para volar y orar en presencia del Altísimo.»
No hay razonamiento alguno, no hay ningún trabajo puramente natural capaces de llegar a este contacto con Dios: «Nadie puede decir: Señor Jesús, sino movido por el Espíritu Santo»; este contacto que tiene lugar en la oscuridad de la fe, llena al alma de luz y de vida.
La oración es, pues, el desarrollo, bajo la acción de los dones del Espíritu Santo, de los sentimientos que resultan de nuestra adopción divina en Jesucristo.
«No sabemos, dice San Pablo, lo que hemos de pedir a Dios para nuestras necesidades, pero viene en ayuda de nuestra debilidad el Espíritu y ruega por nosotros con gemidos inenarrables.»
El mismo San Pablo afirma que «infundiéndonos el espíritu de adopción pide el Espíritu Santo por nosotros y nos da testimonio de que somos hijos y herederos de Dios y nos hace exclamar: Padre.»
Cuando llegó la plenitud de los tiempos nos envió Dios a su Hijo para conferirnos la adopción. Desde entonces ya no somos extranjeros ni huéspedes de paso, somos miembros de la familia divina, de la casa cuya piedra angular es Jesucristo (Jesucristo vida del alma, cap. VII, 5).
La oración es el normal desarrollo de los movimientos que resultan de nuestra adopción de hijos de Dios y tiene que estar informada por la piedad más acendrada y la más profunda reverencia.
Para el hijo de Dios, hermano de Jesucristo, no es excesiva ninguna ternura, ninguna intimidad, con tal de que vaya siempre acompañada y esté sostenida por el respeto que impone la majestad del Padre: Patrem inmensæ majestatis. Esto es adorar al Padre en espíritu y en verdad (Jesucristo ideal del monje, cap. XV, 3, 4, 5).
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29 de mayo de 1915
Mire, hijo mío, Dios nos ha hecho para sí y no podemos hacer cosa mayor que someternos a sus designios sobre nosotros. Dejar a Dios que obre en nosotros mientras rezamos, no hay que atribuirlo a pereza e inacción; cuando oramos, en lo más íntimo de nuestro ser, se opera una actividad divina, infinitamente más preciosa que toda actividad propia humana. A medida que el alma se va acercando a Dios, se simplifica más y no hay palabra, ni fórmula que pueda expresar lo que quisiera decir; lo significa hermosamente la liturgia en esta oración: «¡Oh Dios!, a quien todo corazón está patente, a quien habla toda voluntad y a quien nada hay oculto, purifica nuestros corazones, con la infusión del Espíritu Santo, para que te amemos perfectamente y dignamente también te alabemos (Un maestro de la vida espiritual, cap. XII, 6).
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24 de febrero de 1921
No olvide nunca que la oración, que el rezar, es un estado, y que las almas que buscan a Dios rezan continuamente, muchas veces inconscientes, en lo íntimo de su ser… Estos deseos silenciosos y no expresados, esos suspiros son la verdadera voz del Espíritu Santo que habla dentro de nosotros y que conmueve el Corazón de Dios: «Tu oído escucha el deseo de los pobres» (Un maestro de la vida espiritual, cap. XVII).
