DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
XXIII. ASIÉNTATE, COMO LLAMA DE AMOR,
EN MEDIO DE NUESTROS CORAZONES
Esta petición tiene por objeto la mansión estable del Espíritu Santo en nuestras almas, según la palabra de Nuestro Señor: «Vendrá a vosotros y permanecerá en vosotros.»
1. Presencia del Espíritu Santo en la Iglesia
Antes de subir al Cielo prometió Jesús a sus discípulos que rogaría para que les diese el Espíritu Santo. Hizo de este don del Espíritu a las almas el objeto de una petición: «Rogaré al Padre y os dará otro Consolador, el Espíritu de verdad.» Ya sabéis cuan eficaz ha sido la oración de Jesús y con cuanta abundancia colmó de bienes el Espíritu Santo a los Apóstoles el día de Pentecostés.
Aquel prodigio fue como la toma de posesión de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Jesucristo, por el Espíritu Santo. Se puede decir que si Jesucristo es el Jefe, es la Cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma. Él es quien guía con sus inspiraciones a la Iglesia, Él quien guarda, como decía Jesús, en la verdad enseñada por el Mesías y en la luz que el Mesías trajo a la tierra: «Os enseñará toda la verdad, y os sugerirá cuantas cosas os he dicho.»
La obra del Espíritu Santo en la Iglesia es múltiple y variada. El Espíritu Santo ha consagrado a Jesucristo Mesías y Pontífice con una unión inefable; también reciben la unción del Espíritu todos los que Jesucristo quiere hacer aquí partícipes de su poder sacerdotal para continuar en el mundo su misión redentora y santificadora. Recibid el Espíritu Santo, se lee en el Pontifical Romano…, pues el Espíritu Santo puso a los obispos para regir la Iglesia de Dios.
Del mismo, los medios auténticos que Jesucristo confió a sus miembros para transmitir la vida a las almas, los santos Sacramentos, siempre se confieren invocando al Espíritu Santo.
El Espíritu Santo fecunda las aguas del Bautismo; «es preciso renacer del agua por el Espíritu Santo para entrar en el reino de Dios»; «Dios nos salva, dice San Pablo, en la fuente de la regeneración, renovándonos por el Espíritu Santo.» Se nos da el Espíritu Santo en la confirmación para ser la unción que haga del cristiano un valiente soldado de Jesucristo; en este Sacramento nos comunica la plenitud del estado de cristianos y nos reviste de la fortaleza de Cristo; como lo expresa sobre todo la liturgia oriental al Espíritu Santo se atribuye la transubstanciación que hay en la Misa del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Jesucristo; en la penitencia perdona los pecados, el Espíritu Santo; en la extremaunción se le pide para que su gracia cure al enfermo de sus languideces y pecados; en el matrimonio se invoca al Espíritu Santo para que los dos desposados puedan, con su vida imitar la unión que existe entre Jesucristo y la Iglesia.
¿Veis qué viva, penetrante y continuada es la acción del Espíritu Santo en la Iglesia? Sí, es, como decía San Pablo, «el Espíritu de vida»; verdad que la Iglesia repite en el Credo cuando proclama su fe en el Espíritu Vivificador: credo… in Spiritum Sanctum… Vivificantem.
Es verdaderamente el alma de la Iglesia, el principio vital que anima a la sociedad sobrenatural, la señorea, une a todos sus miembros y les da la fortaleza y hermosura sobrenaturales.
Esta acción del Espíritu Santo fue más visible en los comienzos de la Iglesia que en nuestros días; entraba en el plan divino, pues era necesario que se estableciese más sólidamente, mostrando a los paganos los milagros que daban a conocer la divinidad de su Fundador, su origen y su misión.
Estos portentos, fruto de la efusión del Espíritu Santo, eran admirables; nos deslumbran cuando recorremos las páginas de la narración de los comienzos de la Iglesia. El Espíritu Santo bajaba sobre los que con el bautismo se hacían discípulos de Jesucristo; les llenaba de carismas tan numerosos como admirables: gracias para obrar milagros, para profetizar, para hablar diversas lenguas, y muchos otros favores extraordinarios, concedidos a los primeros cristianos, con el fin de que la Iglesia, adornada con tanta abundancia de dones maravillosos, fuese reconocida por la verdadera sociedad fundada por Jesucristo.
Leed la primera carta de San Pablo a los Corintios y veréis con qué complacencia los enumera el Apóstol, testigo de aquellos prodigios, y casi en cada enumeración de los dones termina con estas palabras: Todas, estas cosas las causa el mismo invisible Espíritu, repartiéndolas a cada uno según quiere, porque es el amor y el amor es principio y fuente de todos los dones: in eodem Spiritu (Jesucristo vida del alma, cap. V, 3).
El Espíritu Santo, prometido por el Padre y enviado por Jesucristo, es quien daba la plenitud e intensidad de vida sobrenatural de los primeros cristianos; aunque diferían unos de otros, no tenían, sin embargo, más que «un solo corazón y una sola alma», efecto del amor que difundía en todos el Espíritu Santo.
Desde entonces mora en la Iglesia el Espíritu Santo de una manera permanente, indefectible, ejerciendo en ella una acción incesante, vital y santificadora: «Porque morará con vosotros y estará dentro de vosotros.»
La hace infalible en la verdad: «Cuando venga el Espíritu de verdad, decía Jesús, Él os enseñará todas las verdades» y os preservará de todo error.
Hace que la Iglesia brille con una maravillosa fecundidad de vida sobrenatural; hace que la fecundidad nazca y se abra esplendorosa en las vírgenes, en los mártires, en los confesores, con las virtudes heroicas, señales inequívocas de la santidad.
En una palabra, el Espíritu Santo es quien trabaja en las almas, por medio de sus inspiraciones, para hacer que la Iglesia, que Jesucristo ha conquistado de una vez por siempre con su preciosa Sangre, aparezca llena de gloria, sin mancha ni arruga, santa inmaculada, digna de ser presentada por Jesucristo a su Padre el día del triunfo final (Jesucristo en sus misterios, cap. XVII, 5).
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2. Inhabitación del Espíritu Santo en todas las almas justas
Para nosotros, la santidad no es sino el completo desenvolvimiento de la primera gracia, es decir, de nuestra adopción divina, concedida en el Bautismo, la cual nos hace hijos de Dios, y hermanos de Jesucristo.
Substancialmente, la santidad no es más que sacar de la gracia primera de adopción los frutos, los tesoros y riquezas que Dios ha encerrado en ella y quiere que se difundan de ella. Os he dicho que el modelo de nuestra filiación divina es Jesucristo, pues Él nos la ha merecido y Él ha establecido los medios por los que esta filiación se hace efectiva.
Pero su realización en nosotros es obra de las tres Personas de la Trinidad, aunque se atribuya, no sin motivo, especialmente al Espíritu Santo. ¿Por qué al Espíritu Santo? Siempre por la misma razón. Porque esta adopción es puramente gratuita, porque nace del amor: «Mirad qué tierno amor hacia nosotros ha tenido el Padre, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos en efecto.»
Pues bien, en la adorable Trinidad, el Espíritu Santo es el amor substancial; lo expresa el Apóstol: «la caridad de Dios, o sea, la gracia que nos hace hijos de Dios, ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado».
Desde que en el Bautismo se nos infunde la gracia, mora en nosotros el Espíritu Santo, pero habitan también el Padre y el Hijo. Lo declaró nuestro Señor con estas palabras: «cualquiera que me ama y observa mi doctrina, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos nuestra mansión dentro de él».
La gracia hace a nuestras almas templo de la Santísima Trinidad, morada de Dios, en la que no habita sólo como en toda criatura por esencia, presencia y potencia, sosteniéndola y conservándola en el ser, sino para comunicarse a ella dándose a conocer y amándola.
Porque este conocimiento y amor se aplican principalmente al Espíritu Santo, por eso, con más razón, se dice que Él «habita en nosotros»; lo que no quiere significar exclusión del Padre y del Hijo, sino que por proceder por amor de entrambos y unirlos.
Nuestro Señor dijo muy bien: «Morará con vosotros y estará dentro de vosotros.» Aun en el hombre pecador residen la virtud y la sabiduría de Dios, pero sólo el justo, que está en gracia, participa de la caridad, la señal exclusiva del Espíritu Santo. A este propósito dijo el Apóstol: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo que habita en vosotros, el cual habéis recibido de Dios?»
Al Espíritu Santo le llama la Iglesia en su liturgia el don por excelencia, el don del Altísimo: donum Dei altissimi, porque se comunica a nuestras almas en el Bautismo como don de amor. Es un don divino, un don vivificador, un huésped munífico que viene a enriquecer al alma que le recibe.
Siendo Él mismo el Don increado, perfecciona la vida sobrenatural de nuestras almas con la gracia santificante y las virtudes infusas.
Aunque el alma esté provista de la gracia y de las virtudes infusas, todavía no se ha reintegrado a aquel estado de integridad del Adán primero; la razón puede errar, le disputan el apetito inferior y los sentidos ese poder soberano de la inenarrancia; la voluntad puede desfallecer. ¿Qué sucede en este estado? Que en la obra principalísima de nuestra santificación necesitamos constantemente la dirección y ayuda del Espíritu Santo.
Esta necesidad la socorre Él con las inspiraciones, dirigidas todas a perfeccionar nuestra santificación; y para que sus inspiraciones las recibamos nosotros, Él mismo dispone nuestras almas haciéndolas dóciles y obedientes con sus dones.
Los dones del Espíritu Santo no son inspiraciones, sino disposiciones que nos hacen obedecer con prontitud y facilidad a sus inspiraciones. Con estos dones —son siete; don de sabiduría, don de ciencia, don de entendimiento, don de consejo, don de fortaleza, don de piedad y don de temor de Dios—, con estos dones se capacita el alma para dejarse mover y dirigir hacia la propia santificación y filiación divina; con estos dones entra en posesión de un como instinto para conocer y gustar las cosas divinas y sobrenaturales.
El alma que, así dispuesta con los dones, se deja guiar por el Espíritu Santo, obra con toda seguridad cual conviene a un hijo de Dios: en toda su vida espiritual piensa y obra justa y sobrenaturalmente, si así puedo expresarme.
El alma fiel a las inspiraciones del Espíritu Santo está en posesión de un tacto sobrenatural que la hace pensar y obrar con facilidad y prontitud como hija de Dios. Por esto podréis comprender sin más que los donen ponen al alma en disposición de moverse en una esfera enteramente sobrenatural.
Con sus dones se reserva el Espíritu Santo la alta dirección de las almas y las maneja maravillosamente. Son de un valor incalculable para ellas, ya que con ellos las llama Dios a vivir la vida divina.
Concedidos a las que están en estado de gracia, en él se conservan mientras no arrojan de sí por el pecado mortal al huésped divino.
Los dones los hacen crecer y desarrollar y fructificar su vida sobrenatural, pues se mueven bajo la acción inmediata del Espíritu Santo obedeciéndole sumisos.
Ahora bien, el Espíritu Santo es Dios como el Padre y el Hijo, y como ellos nos ama con amor inefable, como ellos quiere nuestra santificación.
Sus inspiraciones, bondad y amor, no tienen otra mira que la de hacernos, en lo posible a una criatura humana, semejantes a Jesucristo.
¡Cuán grande es la bondad de Dios que tan cuidadosa y ricamente nos provee de lo que es necesario para que lleguemos hasta Él! ¿No sería injuriar al Huésped divino de nuestras almas dudar de su bondad y de su tierno amor; no sería desconfiar de sus larguezas y de su munificencia, no sería mostrar despreocupación el desaprovechar sus dones? (Jesucristo vida del alma, cap. V, 3).
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3. Condiciones requeridas para que la acción del Espíritu Santo sea estable y fecunda en nosotros: oración humilde y generosa docilidad
Tenemos en primer lugar que rezar al Espíritu Santo. Lo mismo que el Padre y el Hijo, también es Dios el Espíritu Santo; también Él desea nuestra santificación. Entra en los planes de Dios el que invoquemos al Espíritu Santo lo mismo que al Padre y al Hijo, a los que es igual en poder y bondad.
Nos enseña la Iglesia a pedir al Espíritu Santo. Cierra el ciclo de las fiestas, con que honra los misterios de Jesucristo, con la del Espíritu Santo, con la misión visible del Espíritu Consolador el día de Pentecostés. Ha compuesto oraciones admirables, piadosísimas: el Veni, Sancte Spiritus para pedirle su venida a nuestras almas: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones, de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Podíamos llamarle así: «Tú, que procedes del Padre y del Hijo, dame el espíritu de adopción, enséñame a obrar siempre como un verdadero hijo de Dios. Habita en mí, haz que more yo en ti, para amar como amas Tú. Sin tu santa inspiración nada hay dentro del hombre, nada hay que sea puro. Sólo quiero que me tengas unido a Ti; lléname de tu amor, para que permanezca unido por Ti con el Padre y con el Hijo».
«Ven y envíanos desde lo alto del cielo un rayo de tu luz. Bienhadada luz, llena con tus resplandores lo más secreto de los corazones de tus fieles. Fuente viva, fuego abrasador, amor, unción toda espiritual, ven. Vierte las luces sobre nuestras mentes, reparte la caridad a nuestros corazones, fortalece con tu poder nuestra flaqueza y debilidad».
Pidámosle sobre todo al Padre celestial que nos envíe a este Espíritu Santo. Por la gracia somos sus hijos; por ser sus hijos que se mueve al Padre a llenarnos de sus dones. Porque nos ama como a hijos suyos nos dé a su Hijo; la comunión es el pan de los hijos, panis filiorum; pues también por ser sus hijos que nos envíe su Espíritu, que es el mejor de sus mejores dones: Donum Dei altissimi.
Dice San Pablo: «Y por cuanto sois vosotros sus hijos, ¿no envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo?»; es el Espíritu del Hijo, porque procede del Hijo como del Padre.
En el prefacio de la Misa del Espíritu Santo confesamos esta procedencia y nuestra adopción de hijos de Dios: «Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que siempre y en todo lugar te demos, gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios, por Cristo nuestro Señor que, al ascender sobre todos los cielos y sentarse a tu diestra, derramó sobre los hijos de adopción el Espíritu Santo prometido, promissum Spiritum Sanctum in filios adoptionis effudii.
Sí, porque se dio el Espíritu, Santo a todos los hijos adoptivos, a todos los que son hermanos de Jesucristo por la gracia santificante, que nos alcanzó el Espíritu Consolador; porque este Don es divino y contiene en sí los dones más preciosos de vida y de santidad, su efusión tiene que ser un motivo y fuente de alegría para todo el mundo: «por eso», por la efusión del Espíritu prometido, todo el mundo, esparcido por el orbe de las tierras, sr alegra con profusión (Jesucristo vida del alma, y Jesucristo en sus misterios, cap. XVII, 4).
Así pues, tratemos de no oponernos a su acción en nosotros: «No queráis contristar (con vuestros pecados) al Espíritu santo de Dios» «No queráis apagar al Espíritu de Dios», escribía San Pablo.
La acción del Espíritu Santo en un alma supone delicadeza, es una acción de perfilamiento hasta la perfección; es toque de infinita exquisitez.
A nosotros nos pide vigilancia, para no contrariar la obra del Espíritu Santo con nuestra ligereza, voluntaria disipación, despreocupación, deliberadas resistencias y apego a nuestro juicio: «No os tengáis dentro de vosotros mismos por sabios o prudentes». No os fiéis, en las cosas de Dios, de la prudencia humana, porque entonces el Espíritu Santo os dejará a merced de los juicios de los hombres, y ya sabéis lo que es la sabiduría de este mundo a los ojos divinos: «necedad delante de Dios, stultitia apud Deum» dice San Pablo.
No hay incompatibilidad entre la acción del Espíritu Santo y las debilidades y flaquezas humanas, de sorpresa, de las que somos víctimas con tanta frecuencia y deploramos también; no la hay con las enfermedades, esas humanas servidumbres, dificultades y tentaciones; ni siquiera se desaira el Espíritu Santo de nuestra natural pobreza de espíritu: es el Padre de los pobres, como le llama la liturgia de la Iglesia.
Lo que es incompatible con su acción es la resistencia premeditada y fría a sus inspiraciones. ¿Por qué? En primer lugar porque el Espíritu Santo procede por la vía del amor, es el Amor mismo; y, aunque el amor que nos profesa sea un amor inconmensurable y aunque su acción sea infinitamente poderosa, el Espíritu Santo respeta sobremanera nuestra libertad y no violenta nunca nuestra voluntad.
Tenemos el triste privilegio de poderle resistir; pero nada contraría tanto al amor como la resistencia obstinada a sus avances.
En segundo lugar, el Espíritu Santo nos dirige principalmente con sus dones por el camino de la santidad y con ellos nos hace vivir cual hijos de Dios; ahora bien, con los dones, el Espíritu Santo nos mueve y determina a obrar, lo dice el Aquinate: In donis Spirtus mens humana non se habet ut movens, sed ut magis mota; el papel del alma no es quedarse enteramente pasiva, sino disponerse a secundar a las inspiraciones divinas, escucharlas y obedecerlas. No hay nada en nosotros, que tanto ate las manos, al Espíritu Santo como el permanecer rígidos, fríos, insensibles a las mociones interiores que nos impulsan a ir a Dios, a la guarda de sus preceptos, al cumplimiento de su voluntad, a la caridad, a la humildad y a la confianza; un «no» contestado voluntariamente, un «no» deliberado, aun en las cosas más mínimas, impide obrar al Espíritu Santo en nosotros; su acción disminuye poco a poco, se enrarece cada vez más, el alma vuelve a la ordinariez, al nivel mediocre de la santidad; su vida espiritual se entibia, ya es de esas almas que contristan al Espíritu Santo: «No lo contristéis.»
Cuando estas resistencias voluntarias, deliberadas, fríamente consentidas se multiplican, se convierten en frecuentes y habituales; entonces el Espíritu Santo enmudece y el alma, entregada a sí misma, sin guía y sin arrimo interior para caminar por la senda de la salvación y de la perfección, está en trance de convertirse en presa del príncipe de las tinieblas: ha muerto el amor. Spiritum nolite extinguere: No apaguéis al Espíritu de Dios, porque es como fuego de amor que abrasa a las almas.
Permanezcamos, por el contrario, en cuanto nos lo permita nuestra humana flaqueza, fieles al Espíritu de verdad, que es también el Espíritu de santificación; seamos almas que se muevan prontas a las pulsaciones de ese mismo Espíritu.
Pues cuando nos dejamos guiar por las mociones del Espíritu de amor; cuando en nuestra debilidad, somos constantemente fieles a sus santas inspiraciones, a esas inspiraciones que nos llevan a Dios, a lo que es grato a Dios, entonces el resultado es obrar el alma enteramente como hija de adopción, —es cierto que los que se rigen por el Espíritu Dios, esos son hijos de Dios—; entonces el alma da frutos que son a la vez el término de la acción del Espíritu Santo en nosotros, y también, por su suavidad para nosotros, repito, la recompensa anticipada de nuestra fidelidad a esa misma acción del Espíritu.
Son los frutos que enumera el Apóstol: Caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. Estos frutos, dignos del Espíritu de amor y de santidad, son dignos asimismo de Nuestro Padre celestial que se gloría en ellos: «Mi Padre, decía Jesús, queda glorificado en que vosotros llevéis mucho fruto y seáis mis discípulos.» Son dignos de Jesucristo que nos los ha merecido y con quien está unido el Espíritu Santo: «Quien está unido a mí y yo con él, ese da mucho fruto.»
En la fiesta de los Tabernáculos, una de las más solemnes entre los judíos, se hallaba Jesús en Jerusalén y el último de los días se expresó así ante la turba: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba; el que cree en mí, de su vientre, como dice la Escritura, correrán ríos de agua viva.» Y añade, explicando estas palabras el mismo San Juan: «Lo decía del Espíritu que recibirían los que creyeran en él».
El Espíritu Santo, que Jesucristo nos mereció enviarnos y que como Verbo nos envía Él, en nosotros es el principio, la fuente de esas aguas de vida, y de gracia que nos sacia hasta la vida eterna, es decir, que nos hace producir frutos de vida eterna…
Hasta que llegue la bienaventuranza, esas aguas ¡cómo regocijan a las almas que ellas riegan!: Fluminis impectus lætificat civitatem Dei (Jesucristo vida del alma, cap. VI, 1).
