PÍO XII Y LA FAMILIA CRISTIANA – EL CENÁCULO DE LA ORACIÓN

PÍO XII Y LA FAMILIA CRISTIANA

Discursos de Su Santidad Pío XII a los recién casados ente los años 1939 y 1943

EL CENÁCULO DE LA ORACIÓN

27 de Marzo de 1940

Os saludamos paternalmente, queridos recién casados, ante los cuales se abre la vida como un sendero florido. Pero bien sabéis que este camino, si es cierto que os conduce ahora entre flores primaverales, a través de soleados valles, tendrá también para vosotros, como para todos, sus ascensiones ásperas, sus bajadas peligrosas, acaso hasta sus horas de tormenta.

Tened siempre vuestro cenáculo, un asilo de retiro y de oración en vuestro propio hogar doméstico.

Allí encontraréis el reposo después de las más duras jornadas, en la fidelidad a vuestras promesas y en la unión perfecta de vuestras almas: «Perseverantes unanimiter»; allá viviréis bajo la mirada de María: «cum Maria matre Jesu», cuya imagen os reunirá cada noche para la oración de familia: «unanimiter in oratione».

Mejor aún; toda vuestra vida personal y familiar puede resultar una oración incesante: «perseverantes unanimiter in oratione».

El Apostolado de la Oración os da el medio para ello con la ofrenda de la mañana. Como la varita mágica de los cuentos de hadas, que cambia en oro todo lo que toca, esta ofrenda hecha por el cristiano en estado de gracia, y con la cual dirige a Dios todas sus obras por las grandes necesidades de la Iglesia y de las almas, puede elevar a la categoría de actos sobrenaturales de apostolado hasta las más pequeñas y modestas acciones.

El aldeano con su arado, el empleado en su oficio, el comerciante en su mostrador, el ama de casa en su cocina, pueden ser, como lo hemos dicho ya, los colaboradores de Dios, que espera de ellos y cumple con ellos las humildes obras de los deberes de su estado.

Amados hijos: cuando Jesús, en el silencio del Cenáculo, pronunció las palabras: «Pax vobis»: ¡La paz sea con vosotros!, los Apóstoles temblaban de espanto, aún teniendo las puertas bien cerradas: «cum fores essent clausæ… propter metum judeorum».

La paz que no habían podido ellos gozar en su refugio, pero de la que serían luego anunciadores «usque ad ultimum terræ», hasta la extremidad del mundo, les acompañará en los viajes, en las pruebas, en el martirio. No será para ellos la paloma de las alas de plata que gime dulcemente en la fronda embalsamada; sino como el alción, que no hace su nido durante la tempestad, pero que cuando eleva su vuelo desde la cresta de las olas a lo alto de los palos del navío, parece decir al marinero aterrado la inutilidad de los esfuerzos y la inanidad de las agitaciones del hombre dejado a sí mismo, la potencia y la gozosa serenidad de la débil criatura que se abandona a su Creador.

¿Querrá el género humano comprender esta lección y buscar en un confiado retorno a Dios la reconquista de aquella paz cuyo pensamiento domina las mentes y los corazones como el recuerdo molesto de una felicidad perdida?

No pocos pueblos han perdido hoy la paz, porque sus profetas o sus gobernantes se han alejado de Dios y de su Cristo.

Los unos, pregoneros de una cultura y de una política arreligiosa, cerrándose en el orgullo de la razón humana, «cum fores essent clausæ!», han cerrado la puerta a la idea misma de lo divino y de lo sobrenatural, arrojando de la creación al Creador, removiendo de las escuelas y de las salas de los tribunales las imágenes del Divino Maestro crucificado, eliminando de las instituciones nacionales, sociales y familiares, toda mención del Evangelio, aunque no puedan borrar sus profundas huellas.

Los otros han huido lejos de Cristo y de su paz, renegando los siglos de civilización luminosa, benéfica y fraterna, para sumergirse en las tinieblas del paganismo antiguo o de idolatrías modernas.

Ojalá puedan reconocer su error y comprender que Cristo, el Salvador, a pesar de las defecciones, de las apostasías, y de los ultrajes, sigue siempre a su lado, con las manos extendidas y el corazón abierto, pronto a decirles: «Pax vobis», si ellos, en un rasgo sincero y confiado, caen a sus pies con aquel grito de fe y de amor: «Dominus meus et Deus meus!»; ¡Señor mío y Dios mío!