DOM COLUMBA MARMION – La Trinidad en nuestra vida espiritual – XXII. ¡OH ESPÍRITU SANTO!

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

XXII. ¡OH ESPÍRITU SANTO!

AMOR DEL PADRE Y DEL HIJO

1. La Santidad en Dios y en la Trinidad

Sólo Dios es el Santo por esencia, o mejor, es la santidad misma.

La santidad es la perfección de Dios que extasía eternamente a los Ángeles.

Abrid las Sagradas Escrituras y veréis que sólo dos veces se dejó el cielo entreabrir ante los ojos de los grandes Profetas, una vez en el Antiguo y otra en el Nuevo Testamento: a Isaías y a San Juan.

¿Qué vieron? ¿Qué oyeron? Los dos contemplaron a Dios en su gloria, los dos vieron a los espíritus celestes rodear su trono, los dos oyeron cantar sin interrupción, no la hermosura de Dios ni su misericordia, ni su justicia, ni su grandeza, sino su santidad: Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus exercituum; plena est omnis terra gloria ejus. Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria.

Ahora bien, la santidad en Dios., ¿qué es?

En Dios todo es simplicidad; sus perfecciones se identifican en Él, la noción de santidad no puede apropiársele sino de una manera transcendente, reduciéndola a los límites analógicos; no existe en el lenguaje humano expresión que traduzca y concrete lo que es la perfección en Dios.

Así y todo, podemos emplear esta palabra santidad. Pues bien, ¿qué es la santidad en Dios?

Para nosotros, la santidad consta de dos elementos: primero es el apartamiento de todo lo que es imperfección, de todo lo que es criatura, de todo lo que no es Dios mismo.

Es lo que diríamos la santidad en su aspecto negativo.

En la santidad hay otro elemento, y es la unión de Dios por un acto inmutable, siempre actual de su divina voluntad, al Bien infinito (que no es otro bien que sí mismo); es la conformidad adecuada al bien infinito.

Dios se conoce perfectamente; su Sabiduría la manifiesta su propia esencia, como la norma suprema de toda actividad.

Dios no puede querer, no puede hacer, ni puede aprobar nada que no esté regulado por su infinita Sabiduría, que no se base en la regla de todo bien, su esencia divina.

Esta conformidad y adhesión absoluta de la voluntad de Dios a la esencia infinita, como norma suprema de su actividad, son lo más perfecto, porque en Dios su voluntad se identifica con su esencia. Así, pues, la santidad de Dios es el amor perfecto, la fidelidad inmutable con los cuales se ama infinitamente como Bien supremo.

En Dios no hay sólo una naturaleza infinita, sino tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Inteligencia infinita, el Padre conoce totalmente sus perfecciones.

Expresa este conocimiento con una sola palabra: el Verbo, Palabra viva, substancial, expresión adecuada de lo que es el Padre.

Cuando el Padre pronuncia esta palabra, engendra al Hijo y le comunica toda su esencia, su naturaleza, sus perfecciones, su vida: Sicut Pater habet vitam in semetipso, sic dedit et Filio habere vitam in semetipso.

También el Hijo es por entero del Padre, se da totalmente al Padre con una donación absoluta de su naturaleza de Hijo.

De esta mutua entrega procede, como de único principio, el Espíritu Santo, el cual sella la unión del Padre y del Hijo, por ser el amor substancial y viviente de entrambos.

Esta comunicación mutua de las tres Personas, esta adhesión infinita y completa, que media entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es una revelación de la santidad de Dios: es la santidad es la unión de Dios consigo mismo en la unidad de su naturaleza y trinidad de Personas.

Cada una de las tres Personas divinas es santa por la unión inefable que las liga infinitamente entre sí, aunque sean distintas.

Sin embargo, la tercera Persona se llama santa, porque procede de las otras dos por amor: el amor es el acto principal por el cual la voluntad tiende y se une a su fin; el amor expresa el acto más eminente de unión que se ajusta a toda bondad, es decir, a la santidad.

He aquí por qué el Espíritu Santo que, en Dios, procede por amor, se llama por excelencia Santo (Jesucristo vida del monje, cap. I, 1).

Se llama este Espíritu divino Santo y es el Espíritu de santidad: santo en sí mismo, santifica.

Cuando anunció el Ángel a la Santísima Virgen el misterio de la Encarnación, dijo a María: El Espíritu Santo bajará sobre ti; por eso el Ser santo que nacerá de ti se llamará Hijo de Dios: Las obras de santificación se atribuyen especialmente al Espíritu Santo. Es el artista divino que, con sus últimos retoques, perfecciona la obra: Dextræ Dei tu digitus.

La obra del Espíritu Santo, así en la Iglesia como en las almas, consiste en acabar y perfeccionar el trabajo de la santidad. (Jesucristo vida del alma, cap. V, 1).

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2. La santidad en Jesucristo es fruto de las operaciones del Espíritu Santo

Acerquémonos, con respeto a la Persona de Jesucristo, para contemplar algo de las maravillas que en Él se han realizado en la Encarnación y, después de la Encarnación, por obra del Espíritu Santo.

La Santísima Trinidad creó un alma que unió a un cuerpo humano para formar una naturaleza humana, y unió esta naturaleza humana a la Persona divina del Verbo.

Las tres divinas Personas concurrieron a esta obra inefable, aunque es necesario decir que es la obra terminó en el Verbo sólo; sólo el Verbo, el Hijo se encarnó.

Para valernos de un símil de algunos Santos Padres, cuando a una persona le ayudan otras dos a revestir sus vestidos, a la acción, a terminar la acción, concurren los otras dos y, sin embargo, el acto se atribuye a una sola. Aunque imperfecta, esta comparación es bastante adecuada y expresiva.

Esta obra se debe, por tanto, a toda la Trinidad, más especialmente al Espíritu Santo, lo decimos en el símbolo con estas palabras: «Creo… en Jesucristo, Nuestro Señor, que fue concebido del Espíritu Santo.»

El Credo reproduce las palabras del Ángel a la Virgen; «El Espíritu Santo vendrá sobre ti; el Ser santo (lo santo) que nacerá de ti, se llamará Hijo de Dios».

Me preguntaréis acaso por qué se atribuye esta obra especialmente al Espíritu Santo. Entre otras razones, porque, según Santo Tomás, el Espíritu Santo es el amor sustancial, el amor del Dios Padre y del Hijo; ahora bien, aunque la Redención por la Encarnación sea una obra cuya realización reclame una sabiduría infinita, la Redención tiene, no obstante, como causa primera, el amor que Dios nos tiene; «Tanto ha amado Dios al mundo, nos dice el mismo Jesús, que le ha entregado su único Hijo.»

Considerad cuán fecunda y maravillosa es la obra del Espíritu Santo en Jesucristo. NO sólo unió él la naturaleza humana al Verbo, sino que es preciso atribuirle también la infusión de la gracia santificante en el alma de Jesús.

En Jesucristo hay dos naturalezas distintas, las dos perfectas, pero unidas en la Persona: el Verbo.

«La gracia de unión es la que hace subsistir a la naturaleza humana en la persona divina del Verbo; la gracia de unión es de orden único, transcendente e incomunicable; por ella la humanidad de Jesucristo pertenece al Verbo, se ha hecho la humanidad del verdadero Hijo de Dios y objeto de las complacencias infinitas del Padre Eterno.

Mas la naturaleza humana, aunque unida así al Verbo, no se ha aniquilado y tampoco queda inmóvil; guarda su esencia, su integridad, sus energías y sus potencias; es capaz de obrar.

Pues bien, «la gracia santificante», que eleva a esta naturaleza humana, es la que hace que obre sobrenaturalmente.

Y por eso esta gracia santificante no se dio al alma de Jesús con medida, como a los elegidos, sino que se la sublimó al más alto grado: «Y le vimos lleno de gracia» Pues bien, la efusión de esta gracia santificante en el alma de Jesucristo se atribuye al Espíritu Santo.

Al mismo tiempo que la gracia santificante, el Espíritu Santo derramó en el alma de Jesús la plenitud de las virtudes y la plenitud de los dones: Et requiescet super eum Spiritus Domini.

Oíd lo que Isaías decía hablando de la Virgen y de Jesucristo que nacería de ella: «Un ramo saldrá de la raza de Jesé (es decir, la Virgen) y de sus raíces nacerá un tallo (Jesucristo). Sobre el descansará el Espíritu del Señor: el espíritu do sabiduría y de entendimiento, el espíritu de consejo y de fortaleza, el espíritu de ciencia y de piedad y será lleno del espíritu de temor del Señor.»

En una circunstancia, bien digna de notarse y que consigna San Lucas, se aplica Nuestro Señor este mismo pasaje del Profeta. Cuenta San Lucas que cierto sábado, al empezar ‘su vida pública, nuestro divino Salvador entró en la sinagoga de Nazaret. «Fuéle dado el libro del profeta Isaías. Y en abriéndole, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor reposó sobre mí: por lo cual me ha consagrado con su unción divina, y me ha enviado a evangelizar a los pobres, a curar a los que tienen el corazón contrito, a anunciar a los cautivos la libertad, a promulgar el año de las misericordias del Señor y el día de la retribución.

Y arrollado, o cerrado el libro, entregósele al ministro y sentóse. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él. Y comenzó diciendo: La escritura que acabáis de oír, hoy se ha cumplido.»

Nuestro Señor se aplicaba a sí mismo las palabras de Isaías, que compara la acción del Espíritu Santo a una unción.

La gracia del Espíritu Santo se difundió en Jesús como un aceite de alegría, que le consagró primero Hijo de Dios y Mesías, después le llenó de la plenitud de sus dones y de la abundancia de los tesoros divinos: «Le ungió con el óleo de la alegría más que a todos sus familiares».

Esta unción tuvo lugar en el momento de la Encarnación, y para significarla, para comunicarla a los judíos, para proclamarle el Mesías, el Cristo, es decir, el Ungido del Señor, el Espíritu Santo bajó visiblemente sobre Jesús en figura de paloma el día de su bautismo, cuando el Verbo encarnado se disponía a comenzar su vida pública.

En efecto, por esta señal se debía reconocer al Cristo, así le proclamó su Precursor, San Juan Bautista: «Es el Mesías aquel sobre quien descienda el Espíritu Santo.»

Desde este instante, los evangelistas afirman de Jesucristo que su alma está dirigida y su actividad inspirada por el Espíritu Santo: le conduce al desierto donde será tentado por el diablo: ductus est in desertum a Spiritu Sancto ut tentaretur a diabolo; cuando ha pasado cuarenta días en el yermo «el Espíritu Santo le mueve a volverse a Galilea»; por obra del Espíritu Santo lanza Jesús al demonio de los cuerpos de los posesos; el Espíritu Santo hace estremecer de gozo a Jesús: cuando da gracias al Padre porque revela los secretos divinos a las almas sencillas: «In ipsa hora exultavit Spiritu Sancto»; en fin, San Pablo escribe que la obra principal de Jesús, la obra en que sobre todo brilla su amor al Padre, su amor a los hombres, su sacrificio sangriento sobre la cruz para salvar al mundo, es inspiración del Espíritu Santo, «por inspiración del Espíritu Santo Jesucristo hace la oferta de sí mismo al Padre: Qui per Spiritum Sanctum semetipsum obtulit immaculatum Deo.

¿Qué nos dicen todas estas revelaciones? Que la actividad humana en Jesucristo estaba dirigida por el Espíritu de amor. El que obra es Jesucristo, el Verbo Encarnado; todos sus actos son acciones de la única Persona del Verbo en el que subsiste la naturaleza humana; pero el Espíritu era quien le inspiraba y movía a obrar. El alma humana de Jesús en virtud de la unión hipostática, era el alma del Verbo, estaba llena de gracia y obraba dirigida por el Espíritu Santo. Así todas sus acciones eran santas.

Adoremos las maravillas que se obran en Jesucristo: el Espíritu Santo santifica su ser y su actividad, y porque en Jesucristo la santidad llega al sumo grado porque toda santidad se modelará en ella y será su tributaria; de aquí el que la Iglesia cante todos los días: «Tú solo eres santo, oh Jesucristo».

El solo santo, porque por tu encarnación eres el verdadero Hijo de Dios; Tú solo santo, porque Tú solo posees la gracia santificante en toda su plenitud para poderla comunicar; Tú solo santo, porque tu alma era docilísima a las mociones del Espíritu de amor que inspiraba y regulaba tus movimientos y tus actos y les hacía gratos a tu Padre (Jesucristo vida del alma, cap. V, 1 y 2).