DOM COLUMBA MARMION: La Trinidad en nuestra vida espiritual: XXI. SANTIFÍCANOS EN LA VERDAD

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

XXI. SANTIFÍCANOS EN LA VERDAD

Invocación final en la que se resumen, como en el elemento más rico en consecuencias prácticas, todas las peticiones precedentes.

Por la unión con Jesucristo, que se ha convertido en nuestro todo, realizamos nuestra santificación con verdad, según el plan que Dios se ha trazado sobre cada uno de nosotros.

Dom Marmion formula otra vez, dirigiéndose ahora a Jesús, la petición que Él hizo en la oración de la Última Cena, cuando intercedió por sus apóstoles (Joan, XVII, 17): «Santifícales en la verdad. Tu palabra es la Verdad misma.»

Vivimos en la verdad y nos santificamos en ella, en la medida en que estamos con nuestra conducta acordes con el pensamiento de Dios, en nuestra creación y en nuestra adopción.

Esta doctrina es familiar a Don Marmion y concuerda con la que expresa San Pablo cuando escribe: «Siguiendo la verdad crezcamos en todas las cosas en Aquel que es la cabeza, Cristo.» (Efes., IV, 15). Y con San Juan: «Andar en la verdad», cuya sentencia hacía propia escribiendo desde Lovaina el 7 de marzo de 1907: «Mucho me he gozado, porque, he hallado a mis hijos que andan en la verdad» (II Joan, I, 4).

Este mismo pensamiento reaparece en sus cartas el 17 de mayo de 1915, el 27 de diciembre de 1907 y el 1º de diciembre de 1922.

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1. En la verdad de nuestra condición de creaturas

Dios nos ha creado por el Verbo. «Todo ha sido hecho por Él», dice San Juan. «Dijo una palabra y todo fue hecho.» Permanecemos, pues, en la Verdad del Verbo creador y nos santificamos en ella, viviendo en nuestra condición de creaturas, en lo que, según las miras de Dios, tiene de esencial.

Dice San Pablo que tenemos que «hacer obras verdaderas». ¿Qué quiere significarnos con esto el Apóstol?

Decir la verdad es expresar una cosa que pensamos. Un objeto es verdadero cuando en él existe, en su realidad, lo que le corresponde por su naturaleza: el oro es de ley, legítimo, si tiene las propiedades (o quilates) que pertenecen a la naturaleza del metal oro; y es falso cuando tiene la apariencia y no las propiedades del oro; es falso si, lo que parece y lo que debe ser, no tiene realidad, porque carece de los elementos constitutivos de su naturaleza.

Una acción humana es verdadera, si responde realmente a nuestra naturaleza de hombres, es decir, de seres dotados de razón, de voluntad y de libertad.

Realicemos obras verdaderas, dice San Pablo, lo que equivale a pedirnos que se conformen con nuestra naturaleza; los actos contrarios a ella, a los seres dotados de razón, son actos falsos. Nosotros no somos estatuas, ni autómatas, pero tampoco Ángeles. Somos hombres: el carácter que ante todo y sobre todo debe aparecer en nuestros actos, el que Dios quiere encontrar en ellos, es el carácter de actos humanos, actos realizados por una criatura libre, dotada de voluntad, ilustrada por la razón.

El hombre, por naturaleza, es un ser racional, no puede, como el animal privado de razón, obrar sólo por instinto; la razón, la libertad le distinguen de los seres inferiores de la creación. La razón, por tanto, ha de ser en el hombre la potencia dominadora, pero, como criatura, siempre sometida al divino querer, del que depende y que le intiman y manifiestan la razón y los preceptivos positivos promulgados por Dios.

Para ser verdadera una acción —es la condición primera, requerida para que sea grata a Dios— debe conformarse a nuestra condición de seres libres, racionales, debe realizarse ajustada a la voluntad divina; de lo contrario no responde ni a nuestra naturaleza, ni a las propiedades con que Dios la ha enriquecido, ni a las leyes que la rigen; es una acción falsa.

No olvidéis que la ley natural es algo esencial en el orden religioso. Dios podía no haberme creado; mas después que me ha sacado de la no existencia, soy y permanezco siempre criatura y las relaciones que esta condición de criatura crean en mí son inmutables.

No cabe imaginar, por ejemplo, que el hombre que pudo ser creado, a ese le sea posible y fácil blasfemar y abominar de su Creador.

Las obras que han de aparecer ante los ojos de Dios, nuestros actos, deben estar marcados con la impronta y carácter de ser ante todo humanos, plenamente libres, pero acordes con nuestra naturaleza de hombres racionales y con el último fin para que fuimos creados.

Esto quiso significar el Apóstol San Juan cuando escribió: «Quien dice que conoce a Dios y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y no está en él la verdad.»

Para obrar como cristianos, antes de nada, es preciso obrar como hombres. Esto es importantísimo. Sin duda muchos cristianos cumplirán necesariamente con los deberes de hombres, pues la ley presupone y perfecciona la ley natural; pero hay almas cristianas, o mejor, que se tienen por tales; qué digo, hay religiosos, religiosas y sacerdotes, exactos y escrupulosos cumplidores de las prácticas de devoción que ellos mismos se han impuesto, pero que para eso dan al traste con preceptos de la ley natural. Son almas que tendrán escrúpulos de haber omitido los rezos, está muy bien; pero detraerán v. gr., a sus prójimos, mentirán a sabiendas, quebrantarán la palabra dada, harán decir a un autor lo que ni pasó por sus mientes y robarán la propiedad literaria o artística, diferirán, a veces con detrimento de la más estricta justicia, el pagar deudas, o dejarán incumplidas cláusulas de un contrato…

Bien, esas almas, en quienes, según la frase del célebre político inglés Gladstone, «la religión eclipsa la moralidad», no han entendido el mandamiento promulgado en San Pablo: «Veritatem autem facientes in charitate, crescamus in illo per omnia; siguiendo la verdad con caridad, en todo vayamos creciendo en Cristo.» Hay elogismos en su vida espiritual, y hay «mentira»; la mentira, acaso, para muchos, sea inconsciente; pero no por eso es menos, perniciosa, porque Dios no ve en ellas ese orden que Él quiere que reine en todas sus obras. (Jesucristo vida del alma«, cap. III, 3).

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2. En la verdad de nuestra vocación sobrenatural

También en Jesús, su Verbo Encarnado, nos ha llamado el Padre a la vida sobrenatural: «Nos escogió por Él mismo antes de la creación del mundo.» «Nos predestinó para que llegásemos a ser hijos adoptivos por Jesucristo.» Así es que nos santificamos cuando vivimos en la verdad de nuestra adopción sobrenatural.

La vida natural, que tiene su primer origen en el Verbo, la recibimos inmediatamente de nuestros padres. Pero hay otra vida superior, nos llama Dios a otra mejor, nos destina a participar de la vida propia de Dios: Ut efficiamini divinæ consortes naturæ, para que participemos de la naturaleza divina.»

Esta vocación a la bienaventuranza es obra del amor por excelencia, que corona y, con un profundo sentido, explica todos los otros amores. Si nuestra vida natural procede de las manos de Dios: «Tus manos me hicieron y me plasmaron por entero», de su corazón brotó la vida sobrenatural. Oíd lo que escribe San Juan: «Mirad qué tierno amor hacia nosotros ha tenido el Padre, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos en efecto.» Esta vida divina no destruye la natural en lo que tiene de positivo y bueno, sobrepasando sus posibilidades, exigencias y derechos la eleva y la transfigura.

Pues bien, en el Verbo se encuentra también la fuente de esta vida divina y en Él, en el Verbo nos ve Dios, no sólo como simples criaturas, sino en nuestro ser de gracia. Cada uno de los predestinados representa un pensamiento eterno de Dios: «Por un puro querer de su voluntad nos ha engendrado para hijos suyos con la palabra de la verdad», el Verbo Encarnado, Jesucristo, es efectivamente «la imagen según la cual seremos y permaneceremos hechos hijos de Dios»; Jesucristo es hijo por naturaleza, nosotros por gracia; pero la misma vida divina es la que llena con su plenitud a la humanidad de Jesucristo y a nuestras almas.

Ese Hijo único, que nació de Dios en los esplendores de la santidad por una generación eterna e inefable, es el Hijo de Dios vivo, porque posee la vida en sí mismo; es la vida misma, Ego sum vita, y no se encarna más que para darnos parte de su vida: «Vine al mundo para que tengan vida.»

Y ¿cómo participamos de esta vida? Recibiendo a Jesucristo por la fe: «A todos los que le recibieron, que son los que creen en su nombre, dióles poder de llegar a ser hijos de Dios, los cuales no nacen de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de querer de hombre, sino que nacen de Dios.»

Este llegarnos a la vida nueva es un verdadero nacimiento, nacimiento que tiene lugar por la fe, por el bautismo, sacramento de adopción; el cristiano es el renacido del agua y del Espíritu Santo.

Lo repite San Juan: Qui credit quoniam Jesus est Christus, ex Deo natus est: Todo el que cree que Jesús es el Cristo (o Mesías) es hijo de Dios (Jesucristo ideal del monje, cap. V, 4 y 5).

No tenemos que ser santos como simples criaturas humanas, tenemos que serlo como hijos de Dios, tenemos que obrar la santidad con actos inspirados y animados por la gracia. La gracia se ha convertido en nosotros en principio de una vida divina. En nuestra vida natural se injerta, por decirlo así, otra vida que tiene su origen en la gracia, y la gracia es en nosotros el origen de actos y operaciones sobrenaturales y que tienden a un fin divino: el de conocer un día a Dios, gozar de Dios, .como Dios se conoce y se goza de sus perfecciones.

Verdad capitalísima: Dios hubiera podido contentarse con que se le tributase un homenaje religioso meramente natural; nuestra religión hubiera sido la fuente de una moralidad humana, naturalmente buena, nuestra unión con Dios, como seres racionales, fundada en nuestras relaciones naturales con nuestro Creador y con nuestros semejantes. Mas Dios no se ha satisfecho con esta religión meramente natural.

Todos nosotros hemos hallado personas que no están bautizadas, y que a pesar de eso son rectos, leales, íntegros, equitativos, justos, compasivos, pero esto no es sino la bondad natural; no repudia Dios esta bondad, pero no se contenta con ella sola; al contrario. Una vez que ha decidido hacernos participar de su vida divina, de su propia bienaventuranza —para nosotros un fin sobrenatural—, pues nos ha dado su gracia, Dios nos pide que nuestra unión con Él sea una unión y santidad sobrenatural, que tenga como principio esta misma gracia.

Fuera de este plan, para nosotros no hay más que la eterna condenación. Dios es dueño de sus dones, y ha decretado, desde toda la eternidad, el que fuésemos santos a sus ojos sólo viviendo por la gracia en calidad de hijos suyos.

¡Oh Padre celestial, conserva en mi alma la gracia que me hace tu hijo! (Jesucristo vida del alma, cap. I, 34).

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3. Armonía entre la naturaleza y la gracia

Aunque hayamos recibido por la adopción divina, como un ser nuevo (Nova creatura), la gracia, que ha de transformarse en nosotros en fuente y principio de operaciones nuevas y sobrenaturales, supone la naturaleza las operaciones propias y que de ella derivan. Lejos de oponerse, la gracia y la naturaleza se armonizan maravillosamente en lo que posee la naturaleza de bueno, conservando cada una su carácter y belleza propios.

Mirad lo que sucede en Jesucristo, pues siempre hemos de verle como nuestro dechado perfecto en todo. ¿No es el modelo de la santidad? Es Dios y hombre. El ser Hijo de Dios da el valor infinito a todas sus obras; pero es hombre y hombre perfecto: Perfectus homo. Aunque unida de un modo inefable a la persona del Verbo, su naturaleza humana en él no perdía nada de su actividad propia, su modo de obrar especial: esta naturaleza era la fuente de acciones auténticamente humanas: Jesucristo trabajaba, rezaba, comía, sufría, descansaba y dormía; eran acciones humanas que mostraban bien a las claras que era hombre, casi me atrevería a decir, que no ha existido hombre como Él, porque no ha existido otra naturaleza más perfecta. Pero en él la naturaleza humana subsistía en la divinidad.

Algo análogo sucede en nosotros: la gracia no suprime ni cambia a la naturaleza, ni en su esencia ni en sus cualidades; constituye en el hombre un nuevo estado sobreañadido, un estado infinitamente superior a nuestro estado natural; por parte del fin convertido en un fin sobrenatural y por parte de las energías que capacitan para la consecución del mismo fin.

Ha operado en nosotros un trueque, pero sin que por ello la naturaleza humana se haya cambiado ni disminuido; sigue ejerciendo sus propias facultades: obran nuestra inteligencia, voluntad, corazón, sensibilidad e imaginación, pero los actos que realiza la naturaleza, con la gracia, quedan elevados hasta ser naturales, con la gracia, ya son dignos de Dios.

Primero tenemos que conservar nuestra naturaleza de hombres, tenemos que vivir como seres libres y racionales: es el primer elemento de la «verdad» de nuestros actos, así son verdaderos actos humanos.

Pero añadiremos que es preciso vivir de un modo que corresponda a la individualidad o personalidad y aprovechar lo bueno que haya en ella en nuestra vida sobrenatural. Forma esto parte de la «verdad», de la «sinceridad» que reclama la vida de la gracia.

La santidad no es un molde único en el que tienen que desaparecer las cualidades naturales que caracterizan la personalidad propia de cada uno, para reproducir más que un tipo único o igual. Nada de eso. Al crearnos, Dios nos dotó a cada cual de dones, talentos y privilegios; cada alma tiene su belleza natural y peculiar: una resplandece por su inteligencia penetrante, otra se distingue por su tenacidad de voluntad y esta otra cautiva por la caridad abnegada y sin límites. La gracia respetará esta beldad peculiar, como respeta a la naturaleza que es su fondo; sólo añadirá al resplandor nativo una centella divina que la eleva y la transforma; en su obra santificadora, Dios respeta su obra creadora, porque se ha complacido Él en esta diversidad: cada alma, al traducir uno de los pensamientos divinos, ocupa su lugar propio en el corazón de Dios.

Finalmente hemos de ser verdaderos viviendo acordes con la vocación a que hemos sido llamados por Dios. No somos individuos aislados, sino que formamos parte de una sociedad que abarca diversos estados de vida. Y claro está que, para «estar en la verdad» habremos de guardar también los deberes propios que establece el estado especial en que nos ha colocado la Providencia: la gracia no se puede oponer a esto. Sería una «falsedad», un error el que una madre de familia se quedase horas enteras en la iglesia, cuando reclaman su presencia los quehaceres y el gobierno de su casa; sería entender mal las cosas si un religioso por devoción se pase una hora contemplando, dejando de cumplir el trabajo encomendado por la obediencia, aunque éste fuese lo más trivial e insignificante. Estos y semejantes actos no son enteramente verdaderos.

Decía Jesús en la Última Cena, rezando por sus discípulos: «Padre, santifícalos en la verdad.»

En sus líneas generales, esta es la ley fundamental de nuestra vida espiritual. Sin cambiar nada de lo que es esencial a nuestra naturaleza, de lo bueno que hay en nuestra personalidad, de lo que requiere nuestro estado de vida particular, tenemos que vivir de la gracia de Jesucristo, haciendo que todos nuestros actos vayan enderezados a la gloria de su Padre. La gracia se injerta en la naturaleza, en sus energías naturales, y desarrolla sus propias operaciones. Tal es la primera fuente de esa gama que diferencia a los santos (Jesucristo vida del alma, cap. III, 4).

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10 de diciembre de 1912

Estoy satisfechísimo de ver que entre tanta baraúnda de negocios y ocupaciones siempre tiene sus ojos puestos en Dios. Respice finem: mire al fin, así vivirá en la verdad; el omnia quacumque facies prosperabuntur y todo lo que emprenda le saldrá a pedir de boca.

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4 de diciembre de 1917

Por usted pido a Dios continuamente, para que viva junto al Corazón de Jesús en la verdad, para que el enemigo no se acerque a usted en las horas de ajetreo para apartarle de la voluntad de Dios, es decir, de Dios mismo.

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1º de mayo de1918

Sea muy veraz con Dios y tan pronto como caiga en alguna falta o infidelidad (lo que sucede de cuándo en cuándo) mire al Padre celestial de hito en hito y enséñele su alma tal como es, en la verdad (Cartas de dirección, cap. I, 1, 2).

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1º de diciembre de 1922

Yo puedo exclamar con San Juan que no estoy más contento que «cuando oigo que mis hijos van por el camino de la verdad». Para estar en la verdad, tenemos que estar en el Verbo, pues el Verbo es la Verdad, Ego sum veritas.

Ahora bien, verdad supone vivir y obrar conforme a las relaciones que Dios ha fijado a nuestra naturaleza y a nuestra dignidad de hijos de Dios.

1. Nuestra naturaleza supone que la creatura permanece siempre en la adoración más rendida delante del Creador; esta actitud es tan esencial que nada la ha de cambiar. Nuestra adopción de hijos de Dios eleva a la naturaleza humana, pero no la destruye. Por eso al rebelarnos contra el divino beneplácito, contra lo que Dios permite, no estamos ya en la verdadera actitud de criaturas.

2. Nuestra adopción de hijos de Dios supone que obramos siempre como hijos amorosos de nuestro Padre celestial, siempre buscando el modo de complacer su beneplácito. Quærite faciem ejus semper: Buscad su rostro. Y este rostro del Señor es la sonrisa de su aprobación amorosa.

Si guarda siempre la verdad de esta relación de Creador y criatura, cada día se afianzará más en la verdad y en la paz (Cartas de dirección, capítulo I, 1).