DEL PADRE LACUNZA
LAS CUATRO BESTIAS DEL CAPÍTULO SÉPTIMO DE DANIEL
§ 1 El misterio de estas cuatro bestias, dicen todos los intérpretes de la Escritura, que es el mismo que el de la estatua,
representado solamente por diversos símbolos o figuras.
En esta suposición, que les parece cierta, no tienen que hacer aquí otra diligencia, que procurar acomodar del modo posible a los cuatro reinos célebres de la estatua todo lo que dice de las cuatro bestias, con esta sola diferencia, bien digna de particular atención; a saber, que este último misterio, no obstante de ser el mismo que el de la estatua, según dicen, no lo concluyen como el primero, en la primera venida del Mesías, así les fuera de algún modo posible, sino que pasan muy adelante, y lo llevan hasta la segunda; llevando por consiguiente hasta aquel tiempo su imperio romano, bajado de la luna, o resucitado.
Este imperio romano, prosiguen diciendo, es el que aquí se representa bajo la figura de una bestia nueva y ferocísima, esto es, la cuarta, coronada de diez cuernos terribles, que el Profeta mismo explica diciendo que significan otros tantos reyes, los cuales aunque en el imperio romano, mientras vivía en este mundo, nadie los ha podido señalar; mas es cosa fácil señalarlos, a lo menos en general, para otros tiempos todavía futuros.
Estos diez reyes, pues, (nos advierten con gran formalidad) hasta ahora no han venido al mundo; pero vendrán infaliblemente hacia el fin del mismo mundo.
Aunque el Profeta los pone en la cabeza de la cuarta bestia, esto es, del imperio romano (nos advierten segunda vez), no por eso serán reyes del imperio romano, sino que saldrán de este imperio, y habiendo salido de este imperio, irán a reinar a otras partes, y en ellas harán todos aquellos males y estragos horribles que anuncia la profecía.
Esto es lo mismo que si dijéramos, según me parece, los cuernos que vemos en la cabeza, verbi gratia de un toro, no son en realidad cuernos de un toro, sino cuernos que han salido del toro y habiendo salido del toro, hacen grandes males, y matan mucha gente, sin que el toro tenga en esto la menor parte; lo cual no dejará de parecer una novedad bien singular.
Mas dejando estas cosas, que parecen tan poco serias, atendamos ya a la observación de nuestro fenómeno.
Dos puntos principales contiene este misterio, que piden toda nuestra atención, ni más ni menos que el misterio de la estatua.
El primero es las bestias mismas, o el conocimiento y verdadera inteligencia de lo que en ellas se simboliza.
El segundo, la venida en las nubes de cierto personaje admirable, que al profeta le pareció, como Hijo de Hombre, y todas las resultas de su venida.
§ 2 Descripción de las cuatro bestias y explicación de este misterio, según se halla en los expositores.
Veía de noche en mi visión, y he aquí los cuatro vientos del cielo combatía en el mar grande. Y cuatro grandes bestias subían de la mar diversas entre sí.
La primera como leona, y tenía alas de águila; mientras yo la miraba le fueron arrancadas las alas, y se alzó de tierra y se tuvo sobre sus pies como un hombre, y se le dio corazón de hombre.
Y vi otra bestia semejante a un oso, que se paró a un lado; y tenía en su boca tres órdenes de dientes, y decíanle así: Levántate, come carnes en abundancia.
Después de esto estaba mirando, y he aquí como un leopardo, y tenía sobre sí cuatro alas como de ave, y tenía cuatro cabezas la bestia, y le fue dado el poder.
Después de esto miraba yo en la visión de la noche, y he aquí una cuarta bestia espantosa, y prodigiosa, y fuerte en extremo, tenía grandes dientes de hierro, comía y despedazaba, y lo que le sobraba lo hollaba con sus pies; y era desemejante a las otras bestias que yo había visto antes de ella, y tenía diez astas.
Contemplaba las astas, y he otra asta pequeña, que nació de en medio de ellas; y de las primeras astas fueron arrancadas tres delante de ella, y en aquella asta había ojos,
como ojos de hombre, y boca, que hablaba cosas grandes, etc.
Este es el texto de la primera parte de la profecía consideremos ahora la explicación común de los intérpretes.
La primera bestia, dice el Profeta, era semejante a una leona con alas de águila. A esta bestia, añade, la estuve mirando con atención, hasta que vi que la arrancaban las alas, la levantaron de tierra, ella se puso en pie como hombre y se le dio corazón de hombre.
Esta primera bestia, nos dice la explicación, corresponde a la cabeza de oro de la estatua, o al primer imperio de los Caldeos; se representa en figura de leona con alas, por su generosidad, valor e intrepidez, y por la suma ligereza con que hizo sus conquistas.
Lo demás que se dice de esta leona, esto es, que la arrancaron las alas, que la levantaron de la tierra, que se puso en pie como hombre, y se le dio corazón de hombre, no significa otra cosa sino aquel célebre y justísimo castigo que dio el Señor a Nabuco, primer monarca de este primer reino, quitándole por fuerza las alas, esto es, el reino mismo, transformándolo, formándolo en bestia, y después de algún tiempo volviéndolo a su juicio, dándole corazón de hombre, y restituyéndolo a su antiguo honor y dignidad.
Esta explicación no hay duda que tiene muy bellas apariencias, y aunque pudieran notarse en ella algunas impropiedades, e inconexiones bien visibles, yo me contento con haceros notar una sola, porque no puedo disimular.
Ya sabéis el tiempo preciso en que este Profeta tuvo esta visión, que fue, como él mismo lo dice, en el año primero de Baltasar, rey de Babilonia. Según esto, es evidente que el trabajo de Nabuco (llamo así esta trasformación en bestia, o lo que parece más verosímil, pérdida de su juicio, demencia, locura, frenesí, etc.) fue muy anterior a la visión. Este trabajo duró cuando menos siete años, después de los cuales volvió otra vez a reinar, no sabemos cuanto tiempo, hasta que por su muerte se sentó en el trono Baltasar, en cuyo tiempo sucedió la visión.
Ahora, ¿os parece creíble que Dios revelase a este Profeta debajo de un símbolo o figura tan oscura, un suceso público, que ya había pasado algunos años antes? ¿Un suceso, que el mismo Profeta había visto por sus ojos, como que estaba en Babilonia, y con oficio en palacio? ¿Un suceso, en fin, que el mismo Daniel se lo había anunciado al rey de parte de Dios un año antes que se verificase? La cosa es realmente difícil de creer; mas será necesario creerlo así, si creemos buena la explicación.
Desde aquí podemos ya empezar a sospechar que el misterio de esta bestia acaso es muy diverso de lo que hasta ahora se ha pensado; la cual sospecha deberá crecer al paso que la fuéremos mirando más de cerca, confrontándola con la explicación. La que acabáis de oír de la primera bestia no parece la más difícil, ni la más impropia de todas.
Algunos autores se dan por entendidos de la dificultad que hemos apuntado; mas responden en breve, que la visión de esta primera bestia, con todas las circunstancias con que se describe, no fue para revelar algún suceso nuevo, oculto, o futuro, sino solamente para tomar el hilo de aquel misterio, esto es, de los cuatro imperios, desde su principio. Yo dudo mucho, que os pueda contentar esta decisión, por más que se presente con figura de explicación.
La segunda bestia, prosigue el Profeta, era semejante a un disforme oso, el cual se puso a una parte, o a un lado. Tenía en su boca y en sus dientes tres órdenes, y le decían estas palabras: levántate y come muchas carnes.
Esta bestia, nos dicen, figura el imperio de los Persas, y corresponde al pecho y brazos de la estatua.
¿Cómo y en qué? ¿Qué similitud puede tener el imperio de los Persas, aun permitido que fuese un imperio diverso del de los Caldeos, con una bestia tan feroz, y tan horrible a la vista como el oso? ¿Con qué propiedad se puede decir del imperio de los Persas, que se puso a una parte, o a un lado, como lee Pagnini? ¿A qué propósito se le dice a este imperio: levántate, y come carnes en abundancia?
Ved aquí lo único que sobre esto se halla, no en todos, sino en algunos intérpretes de los más ingeniosos y eruditos. La semejanza con el oso, dicen, no deja de cuadrarle bien al imperio de los Persas; pues como dice Plinio, la osa pare sus hijos tan informes, que no se les ve figura de osos, ni casi de animales, hasta que la madre, a fuerza de lamerlos y frotarlos con su lengua, les va dando la forma y figura de lo que son en realidad. De esta suerte, añaden, Ciro, fundador de este imperio, viendo a los Persas informes, bárbaros y salvajes, les dio con su lengua, esto es, con sus exhortaciones e instrucciones, la forma y figura de hombres racionales, los hizo después de esto soldados, los llenó de valor y coraje militar, y conquistó con ellos tres órdenes de presas o de comidas, esto es, la Caldea, la Media y la Persia misma.
¡Cosa admirable! Aunque fuese cierto todo lo que aquí se dice de Ciro; tomado en gran parte de su panegirista Jenofonte (a quien ningún hombre sensato ha tenido jamás en esto por historiador) ¿será creíble a algún hombre sensato, que el Espíritu Santo tuviese en mira el parto de la osa, ni las supuestas instrucciones de Ciro, para figurar con esta bestia el imperio de los Persas?
¡Oh! ¡Con cuanta mayor razón y prudencia proceden otros doctores, los cuales suponiendo que en el oso se figura el imperio de los Persas, no se detienen en probarlo con proporciones y congruencias, que les podrían hacer poquísimo honor! Vamos adelante.
La tercera bestia parecía un leopardo o tigre: tenía cuatro alas como ave, y cuatro cabezas, y se le dio potestad.
Este es, dicen, el imperio de los Griegos, correspondiente al vientre y muslos de la estatua.
Viene aquí figurado en un leopardo o tigre, por la variedad de colores, esto es por la variedad de gobiernos, y también por la variedad de artes, y ciencias que florecían entre los Griegos.
También porque, como dicen Aristóteles y Plinio, el leopardo atrae a sí otras bestias inocentes con sus juegos, diversiones y halagos fingidos; y los Griegos con su elocuencia, con su industria, con sus juegos públicos, con sus poesías, con sus artes y ciencias, que cada día inventaban, atraían a sí otras naciones sencillas e inocentes, y seguramente les bebían la sangre, esto es, el dinero.
Ahora, las cuatro alas de este leopardo, y sus cuatro cabezas deben significar una misma cosa, esto es, que el imperio que fundó Alejandro se dividiría después de su muerte en cuatro cabezas, y hacia los cuatro vientos, como sucedió, o por mejor decir, como no sucedió, pues los sucesores de Alejandro sólo fueron dos, Seleuco, y Ptolomeo, que el mismo Daniel llama rey de Aquilón, y rey de Austro.
Mas esto parece nada en comparación de otras mil impropiedades y frialdades que yo dejo a vuestra reflexión. Volved a leer lo que queda observado en el fenómeno antecedente sobre el imperio de los Griegos.
La cuarta bestia en fin, como la más terrible de todas, es también la que más resiste a la explicación del sistema ordinario.
Como todas las cosas que dicen de ella pertenecen manifiestamente a los últimos tiempos por confesión de los mismos doctores; como por otra parte, el imperio romano (en quien todas se deben acomodar según el sistema) días ha que ha desaparecido del mundo, y nadie sabe donde se halla; es una consecuencia natural y forzosa, que la acomodación al imperio romano sea infinitamente difícil y embarazosa; pero al fin no hay otro recurso; todo se debe acomodar al imperio romano, cueste lo que costare.
Por consiguiente este imperio no sólo existe, sino que debe durar hasta el fin del mundo.
En efecto, todos lo suponen así. Preguntadles ahora sobre qué fundamento, y quedaréis llenos de admiración, al ver que os remiten por toda respuesta a esta cuarta bestia, y os hacen notar los estragos que ha de hacer hacia los últimos tiempos, su castigo, su muerte, su sepultura, etc.
¿Y no hay otro fundamento que este? No, amigo, no hay otro.
Y si por desgracia, ¿esta cuarta bestia no significa el imperio romano, sino otra cosa diversísima? En este caso ¿no caerá todo el edificio por falta de fundamento?
Sí; en este caso caerá; mas no hay que temer este caso, porque algunos antiguos sospecharon que el imperio romano (que en su tiempo se hallaba en la mayor grandeza y esplendor) duraría hasta el fin del mundo, creyendo que estaba figurado en esta cuarta bestia, y así lo han creído, y sospechado después casi todos los doctores.
No obstante esta persuasión común, yo voy a proponer
una razón que tengo (dejando otras por brevedad) para no creer, que en la cuarta bestia se figure el imperio romano, aun prescindiendo de su existencia, o no existencia actual.
Esta misma razón comprende a las tres primeras bestias, para tampoco creer que en ellas se figuran los otros tres imperios.
Argumento así, y pido toda vuestra atención:
Si la cuarta bestia figura el imperio romano, y las otras tres figuran los otros tres imperios, no solamente el imperio romano, sino también los otros tres imperios de Caldeos, Persas, y Griegos, deben estar vivos y coexistentes en los últimos tiempos.
O conceden esta proposición, o la niegan.
Si la conceden (lo que parece duro de creer), se les pide alguna buena razón, para hacer salir del sepulcro aquellos tres imperios, de quienes apenas nos queda alguna memoria por los libros.
Si la niegan, se les muestra al punto el texto expreso de esta misma profecía, el cual no pueden negar sin negarse a sí mismos. Y vi (dice el profeta, versículo 11) que había sido muerta la bestia, y había perecido su cuerpo, había sido entregado al fuego para ser quemado. Y que a las otras bestias se les había también quitado el poder, y se les habían señalado tiempos de vida hasta tiempo y tiempo.
De modo que, según la explicación de los doctores, la cuarta bestia, esto es el imperio romano, morirá muerte violenta en los últimos tiempos: su cuerpo perecerá y será arrojado al fuego, sin que puedan librarle los diez cuernos que tiene en la cabeza; y después de ejecutada esta justicia, las otras tres bestias, esto es, los tres primeros imperios de Caldeos, Persas, y Griegos, serán despojados de su potestad: y vi que había muerto la bestia… y que a las otras bestias se les había también quitado el poder…
De aquí se sigue, evidentemente, que los tres primeros imperios no menos que el romano estarán en aquel mismo tiempo vivos, coexistentes, y cada uno con toda su potestad, y si no, ¿qué potestad se les podrá entonces quitar?
Apuro un poco más el argumento. Si las tres primeras bestias figuran los tres imperios de Caldeos, Persas, y Griegos, como la cuarta el imperio romano, parece necesario que aquellos tres imperios primeros, no sólo duren tanto tiempo cuanto el romano, sino que le sobrevivan y alcancen en días.
¿Por qué? Porque expresamente dice la profecía, que muerta la cuarta bestia, a las otras tres se les quitó solamente la potestad, mas no se les quitó la vida, antes se les señaló algún tiempo o tiempos en que debían todavía vivir; el cual tiempo o tiempos no sabemos precisamente cuánto tiempo significa.
Ahora, pregunto yo, ¿qué sentido tienen estas palabras? ¿Cómo se pueden acomodar a los cuatro imperios de los últimos tiempos?
Empresa verdaderamente difícil, imposible; y, al mismo tiempo, la más fácil de todas en el modo ordinario de exponer la Escritura.
Algunos autores, clásicos por otra parte, tocan este punto, y dan muestras de querer resolver esta dificultad, o a lo menos, de querer desembarazarse de ella del modo posible; mas, ¿qué es lo que responden?
Apenas lo creyera, si no lo viera por mis ojos. Lo que responden es, que aunque el Profeta vio estas cosas después de la cuarta bestia; aunque entonces vio que despojaban de su potestad a las tres primeras bestias, y les señalaban cierto espacio de vida, no por eso se sigue que entonces sólo se haya de verificar así el despojo de la potestad de las bestias, o de los imperios, como la asignación o limitación precisa de tiempo que debían vivir; pues estas son cosas muy anteriores.
A estas bestias, prosiguen, se les quitó la potestad; no a todas en un mismo tiempo, sino a cada cual en el suyo. A la primera, esto es, al imperio de los Caldeos, se les quitó en tiempo de Darío, y Ciro. A la segunda, esto es, al imperio de los Persas, en tiempo de Alejandro. A la tercera, esto es, al imperio de los Griegos, en tiempo de los Romanos; y al imperio Romano se le quitará la potestad en los últimos tiempos.
Lo que añade el Profeta, esto es, que a las tres primeras bestias despojadas de su potestad se les señaló algún espacio más de vida, hasta tiempo y tiempo, no tiene otro misterio, sino que estos tres primeros imperios, así como todas las cosas caducas de este mundo, tuvieron su tiempo de vida fijo y limitado desde la eternidad por la providencia.
Leed otra vez el texto y juzgad: y vi que había sido muerta la bestia, y había perecido su cuerpo, y había sido entregado al fuego para ser quemado. Y que a las otras bestias se les había también quitado el poder, y se les habían señalado tiempos de vida.
El poco caso que se hace, o que se afecta hacer de este texto, omitiéndolo unos como cosa de poco momento, dándole otros la inaudita explicación que acabáis de oír, ¿os parece, amigo, que será sin misterio?
Por más que se quiera disimular, es visible y claro, que debe poner en gran cuidado lo que aquí se dice sobre el fin de las bestias, conocidamente incompatible con las ideas ordinarias.
Porque ¿qué quiere decir, que muerta la cuarta bestia, quedarán las tres primeras sin potestad, pero con vida?
¿Qué quiere decir lo que se añade poco después, esto es, que la potestad, reino o imperio, se dé al que acaba de llegar en las nubes, como Hijo de Hombre, y junto con él a todo el pueblo de los santos del Altísimo?
¿Qué quiere decir que la potestad, reino o imperio que se da entonces a Cristo y a sus santos, comprende todo cuanto esta debajo de todo el cielo?
Todo esto es necesario que ponga en gran cuidado a los que piensan y dan por supuesto que el Señor ha de venir a la tierra por muy breve tiempo para volverse luego; que a su venida ha de hallar resucitado a todo el linaje humano; que luego al punto ha de hacer su juicio de vivos y muertos; y antes de anochecer se ha de volver al cielo con todos sus santos, etc.
Por tanto no hay otro remedio más oportuno que, o despreciar este cuidado, no dándose por entendidos de estas menudencias, o darles alguna especie de explicación, la primera que ocurra, que el pío y benigno lector pasará por todo.
§ 3 Se propone otra explicación de estas cuatro bestias
Habiendo visto y considerado lo que sobre este misterio nos dicen los doctores, y quedando poco o nada satisfechos de su explicación, es bien que busquemos otra más verosímil, que se conforme enteramente con el texto sagrado, y con el contexto de la profecía.
Yo voy a proponer una que me parece tal. Si después de bien mirada y examinada intrínseca y extrínsecamente, no se hallare digna de particular atención, ni proporcionada a la grandeza de las metáforas que usa aquí el Espíritu Santo, fácil cosa es desecharla y reprobarla, poniéndola en el número de tantas otras, que en otros asuntos semejantes han merecido esta censura.
Así como yo no admito, antes tengo por impropia, por violenta, por falsa e improbable, la explicación que hasta ahora se ha dado a estas bestias metafóricas, así del mismo modo cualquiera es libre y perfectamente libre para admitir la que voy a proponer.
Esta yo no puedo probarla con evidencia, con la autoridad de la divina Escritura, porque se trata de una metáfora oscura, que la Escritura misma no explica, como suele hacerlo con otras metáforas. Así, sólo la propongo como una mera sospecha vehementísima, y a mi parecer fundada en buenas razones de congruencia, cuyo examen y decisión no me toca a mí, sitio al que leyere.
Aun en caso de reprobarse o no admitirse esta explicación, no por eso perderá alguna cosa sustancial nuestro sistema general, pues sea de estas bestias lo que yo pienso, o sea otra cosa diferente que hasta ahora no se ha pensado, a lo menos es evidente que todo ello se encamina y todo se concluye perfectamente en la segunda parte de esta profecía, que es la que hace inmediatamente a mi asunto principal.
Y, primeramente, yo no puedo convenir en que el misterio de las cuatro bestias sea el mismo que el de los cuatro metales de la estatua, si a lo menos no se considera este último por otro aspecto muy diverso, o no se le añade alguna circunstancia sustancial y gravísima, que lo haga mudar de especie absolutamente.
El Profeta mismo dice de sí, acabando de referir esta última visión, versículo quince se horrorizó mi espíritu, yo Daniel fui consternado de estas cosas, y me conturbaron las visiones de mi cabeza.
Si hubiese visto el mismo misterio, ¿qué razón había para horrorizarse y conturbarse? ¿Este misterio no lo sabía muchos años antes? ¿No se lo había revelado Dios en su juventud? ¿El mismo no se lo había explicado individualmente a Nabuco, sin dar muestra de horror ni conturbación? Pues ¿por qué se horroriza y conturba en otra visión del mismo misterio?
Luego o el misterio no es el mismo, o a lo menos en esta segunda visión se le mostró el misterio por otro aspecto muy diverso, y él vio otras cosas de mayor consecuencia, capaces de conturbar y horrorizar a un Profeta, en aquel tiempo ya viejo y acostumbrado a grandes visiones.
Fuera de esto, a poca reflexión que se haga, comparando los cuatro metales con las cuatro bestias, se halla una diferencia tan sensible, cuanto difiere un cuerpo muerto de un cuerpo vivo, o cuanto va de una estatua inmóvil y fría, a un viviente que se mueve y obra.
No por eso decimos, que las cuatro bestias no simbolicen cuatro reinos, y los mismos reinos de la estatua, si así se quiere, pues expresamente se le dijo al Profeta en medio de la visión. Estas cuatro bestias grandes son cuatro reinos, que se levantarán de la tierra.
Lo que únicamente decimos es, que simbolizan los cuatro reinos mirados por otro aspecto diversísimo del que se miran en la estatua.
En esta se miran los reinos solamente por su aspecto material, es decir, por lo que toca a lo físico y material de ellos mismos, sin respecto o relación con lo espiritual.
En las bestias al contrario, se miran los reinos por el aspecto formal, esto es, en cuanto dicen relación a lo espiritual, como la dicen todos por precisión.
Más claro; en el misterio de la estatua
se prescinde absolutamente de la religión de los reinos, ni hay señal alguna en toda la profecía de donde poder inferir alguna relación o respecto, o comercio de los reinos mismos con la divinidad. Sólo se habla de grandezas materiales, de conquistas, de pleitos, de dominación de unos hombres sobre otros, de fuerza, de violencia, de destrozos, de enemistades, de amistades, de casamientos, etc.; y todo ello figurado por metales de la tierra, por sí mismos fríos e inertes.
Mas en el misterio de las bestias no es así, se divisan algunas señales nada equívocas de religión, o de relación a la divinidad, verbi gratia, el corazón de hombre, que se le da a la primera bestia, las blasfemias contra el verdadero Dios, la persecución de sus santos, la opresión y humillación de estos mismos, el consejo en fin, y tribunal extraordinario que se junta, en que preside el Anciano de días, para juzgar una causa tan grave que parece por todas sus señas una causa de religión, que inmediatamente pertenece a Dios.
En suma, en el misterio de la estatua solamente se habla de los reinos por la parte que estos tienen de tierra, o de terrenos, sin otro respecto o relación, que a la tierra misma; mas en el misterio de las bestias ya se representan estos reinos con espíritu y con vida, por el respecto y relación que dicen a la divinidad; pero con espíritu y vida de bestias salvajes y feroces, porque este respecto y relación a la divinidad no se endereza a darle el culto y honor que le es debido; sino antes a quitarle este culto, y a privarle de aquel honor.
Estas dos cosas de que vamos hablando parecen necesarias y esenciales en un reino cualquiera que sea, esto es, lo material y terreno, que es todo lo que pertenece al gobierno político y civil, y lo formal o espiritual, que pertenece a la religión.
Según esto podemos ahora discurrir, sin gran peligro de alejarnos mucho de la verdad, que estas cuatro bestias grandes y diversas entre sí, no significan otra cosa que cuatro religiones grandes y falsas, que se habían de establecer en los diversos reinos de la tierra figurados en la estatua.
Todas cuatro grandes en la extensión, todas cuatro diversas entre sí; mas todas cuatro muy semejantes y muy hermanas en ser todas falsas, brutales, disformes, y feroces, las cuales, como otras tantas bestias salidas del infierno, habían de hacer presa en el mísero linaje de Adán, habían de hacer en él los mayores estragos, y lo habían de conducir a su última ruina, y perdición irremediable y eterna.
Aquí, según parece, no se trata ya en particular de Caldeos, ni de Persas, ni de Griegos, ni de Romanos. No es este el aspecto de los reinos que aquí se considera. Ya este aspecto queda considerado en el misterio de la estatua.
Se considera, pues, en general todo reino, todo principado, toda potestad, todo gobierno de hombres, comprendido todo en los cuatro reinos o imperios célebres que se han visto en esta nuestra tierra, atendiendo en ellos solamente a la religión dominante de ellos mismos.
Estas religiones falsas y disformes, aunque en los accidentes y en el modo, han sido y son innumerables; todas ellas se reducen fácilmente a solas cuatro grandes, y diversas entre sí.
El Profeta de Dios las representa aquí con la mayor puntualidad y propiedad posible, las tres bestias conocidas de todos, y conocidas por las más salvajes, las más feroces y más dignas de horror y de temor.
La cuarta debajo de la semejanza de otra bestia del todo nueva, inaudita en los siglos anteriores, diferentísima de todas las otras, y que une en sí sola la ferocidad de todas las demás.
§ 4 Explicación de la primera bestia
La primera como leona, y tenía alas de águila; mientras yo la miraba, le fueron arrancadas las alas, y se alzó de tierra, y se tuvo sobre sus pies como un hombre, y se le dio corazón de hombre.
Esta primera bestia, o esta leona con alas de águila, parece un símbolo propio y natural de la primera y más antigua de todas las falsas religiones, quiero decir, de la idolatría.
Represéntase aquí esta falsa religión como una leona terrible, a la cual, aunque de suyo ligera, se le añaden alas de águila, con que queda no sólo capaz de correr con ligereza, sino de volar con rapidez y velocidad; expresiones todas propísimas para denotar, ya la rapidez con que voló la idolatría, y se extendió por toda la tierra; ya también los estragos horribles que hizo en poco tiempo en todos sus habitadores, sujetándolos a su duro, tiránico y cruel imperio.
Aun el pequeño pueblo de Dios, aun la ciudad santa, aun el templo mismo, lugar el más respetable el más sagrado que había entonces sobre la tierra, no fueron inaccesibles a sus alas de águila, ni respetados de su voracidad, y fue bien necesaria la protección constante, y los esfuerzos continuos de un brazo omnipotente, para poder salvar algunas reliquias, y en ellas la Iglesia de Dios vivo, o la verdadera religión. Toda la Escritura divina nos da testimonio de esta verdad.
No quedó en esto sólo la visión. Prosiguió el Profeta contemplando esta bestia hasta otro tiempo en que vio que le arrancaban las alas, la levantaban de la tierra, la ponían sobre sus pies como hombre, y le daban corazón de hombre. Veis aquí puntualmente lo que sucedió en el mundo al comenzar la época feliz de la vocación de las gentes.
Lo primero que sucedió a la idolatría con la predicación de los apóstoles, que por todas partes le dieron tan fuertes batallas, fue que se le cayeron las alas, o le fueron arrancadas a viva fuerza, para que ya no volase más en adelante.
Estas dos alas, me parece (otros pueden pensar otra cosa mejor) que son símbolos propios de aquellos dos principios o raíces de todos los males que produjeron la idolatría, y la hicieron extenderse por toda la tierra, quiero decir, la ignorancia por una parte, y la fabula por otra.
La ignorancia del verdadero Dios, de quien las gentes brutales y corrompidas se habían alejado tanto, y la fábula que había sustituido tantos dioses falsos y ridículos, de quienes se contaban tantos prodigios.
A estas dos alas acometieron en primer lugar los hombres apostólicos; dieron noticias al mundo del verdadero Dios, dieron ideas claras, palpables, innegables de la divinidad, enseñaron lo que sobre esto acababan de oír de la boca del Hijo de Dios, y lo que les enseñaba e inspiraba el mismo Espíritu de Dios que en ellos hablaba; descubrieron por otra parte la falsedad, y la ridiculez de todos aquellos dioses absurdos, que hasta entonces habían tenido los hombres, y en quienes habían esperado; y con esto sólo la bestia quedó ya incapaz de volar, y empezó a caer en tan gran desprecio entre las gentes, que avergonzada y corrida como un águila sin plumas, se fue retirando hacia los ángulos más remotos, y más escondidos de la tierra.
Arrancadas las alas a la leona, todo lo demás que vio el Profeta debía luego seguirse sin gran dificultad, y realmente así sucedió.
Una parte bien grande y bien considerable del linaje humano, en quien esta bestia dominaba, y que ya era ella misma, como que estaba convertida en su propia sustancia, fue levantada de la tierra, dándole la mano, y ayudándola los Apóstoles mismos.
Con este socorro, puesta en pie como un hombre racional, se le dio al punto corazón de hombre, quitándole con esto la sustancia, y aun los accidentes de bestia: mientras yo la miraba (dice Daniel), le fueron arrancadas las alas, y se alzó de tierra, y se tuvo sobre sus pies como un hombre, y se le dio corazón de hombre.
Leed las Actas de los Apóstoles, y la historia eclesiástica do los primeros siglos, y veréis verificado esto con toda propiedad.
No será inútil, ni fuera de propósito observar aquí una circunstancia que nos servirá bien a su tiempo; es a saber, que a esta primera bestia no le quitaron la vida, sino solamente las alas, y con ellas la libertad de volar.
Así aunque perdió por esto una gran parte de sí misma, y la mayor y máxima parte de sus dominios, ella quedó viva, y viva está aún, y lo estará sin duda hasta que se le quite enteramente la potestad, lo cual, según esta misma profecía, no sucederá sino después de la muerte de la cuarta bestia; vi (añade el mismo Daniel), que había sido muerta la bestia… y que a las otras bestias se les habla también quitado el poder.
Y aunque entonces, quitada la potestad, se les dará algún tiempo de vida, mas no ya vida bestial, sino vida racional; del cual privilegio no gozara ciertamente la cuarta bestia, como veremos a su tiempo.
§ 5 Explicación de la segunda bestia
Y vi a otra bestia semejante a un oso, que se paró a un lado, y tenía en su boca tres órdenes de dientes, y decíanle así: Levántate, come carnes en abundancia.
La segunda bestia era semejante a un oso. Este no tenía alas para volar, y extenderse por toda la tierra como la leona, por lo cual se puso solamente a un lado, o hacia una parte determinada de la tierra en donde fijó su habitación, para moverse de allí a una parte, y como lee Pagnini, que se paró a un lado; mas en lugar de alas tenía esta bestia tres órdenes en su boca, y en sus dientes.
Estos tres órdenes no parece que pueden significar tres especies de viandas o carnes, como se dice comúnmente, en la suposición de que el oso simboliza el imperio de los Persas, pues este imperio no sólo tuvo los tres órdenes de viandas que le señalan, esto es, la Asiria, la Caldea, y la Persia misma, sino otras muchas más, que no hay para que olvidarlas; cuales fueron la Media, toda la Asia Menor, la Siria, la Palestina, el Egipto, las Arabias, y una parte considerable de la India, etc., según lo cual, el oso debía tener en su boca y en sus dientes, no solo tres órdenes, sino diez o doce, y tal vez, veinte o treinta.
Fuera de esto, si en su boca tres órdenes de dientes, significan tres especies de viandas, o de carnes, ¿a qué propósito se le dice a esta bestia: Levántate, come carnes en abundancia? ¿Con
qué propiedad se podrá convidar a un perro, o a un hombre que ya tiene en su boca y entre sus dientes tres especies de viandas; diciéndole: Levántate, come carnes en abundancia?
Parece, pues, mucho más natural que estos tres órdenes en la boca y en los dientes de esta segunda bestia signifiquen solamente tres modos de comer, o tres especies de armas con que hace su presa, y atiende a su sustento y conservación.
Todas estas enseñanzas y circunstancias tan individuales, llevan naturalmente toda nuestra atención hacia otra religión grande y disforme, que se levantó de la tierra cuando ya la primera estaba sin alas, quiero decir, el Mahometismo.
De esta falsa religión se verifica con toda propiedad, lo primero, la semejanza con el oso, que es la bestia más disforme y horrorosa a la vista. Lo segundo, la circunstancia o distintivo particular de ponerse hacia una parte, o hacia un lado de la tierra: a un lado… a una parte; porque es cierto que esta bestia no ha dominado jamás sobre toda la tierra como la leona, sino solamente en aquella parte, y hacia aquel lado, donde se estableció desde su juventud, esto es, hacia el mediodía del Asia, y a la parte septentrional del África.
Habiendo nacido en Arabia cerca del mar rojo, creció desde allí al oriente y al occidente; al oriente hasta la Persia e India; al occidente por las costas de África hasta el océano. En esta parte o hacia este lado se ha estado el Mahometismo mas de mil años casi sin dar un paso, ni moverse de allí, pues aunque los príncipes otomanos, que profesan esta religión, han hecho grandes conquistas en Asia, África, y Europa; mas el Mahometismo ha hecho pocas o ningunas. Todos los dominios del gran Señor están llenos de Cristianos y de Judíos, hacen la mayor parte de sus habitadores, y unos y otros están muy lejos de abrazar esta religión. Mas aunque el Mahometismo no ha hecho más progresos de los que hizo en su juventud, tampoco ha perdido alguna parte considerable de sus dominios.
Lo tercero, se verifican propiamente en el Mahometismo aquellos tres órdenes que vio el Profeta en la boca y en los dientes de la segunda bestia; es decir, los tres modos de comer, o las tres especies de armas de que ha usado esta religión brutal para mirar por su conservación.
El primer orden, o la primera arma fue la ficción, suficientísima a los principios para hacer presa y devorar una tropa de ladrones, vagabundos, ignorantes y groseros.
Mas como era no solo difícil, sino imposible que la ficción durase mucho tiempo sin descubrirse, ni todas habían de ser tan rudos que creyesen siempre cosas tan increíbles, le eran necesarios a la bestia, para poder vivir, otros dos órdenes mas u otras dos maneras de comer.
Estas son, a mi parecer, la espada y la licencia.
La primera, para hacer creer por fuerza lo que por persuasión parece imposible, para defender de todo insulto la ficción misma, para responder a todo argumento con la espada, para resolver con ella misma toda dificultad, y para que esta espada quedase en los siglos venideros como una señal de credibilidad clara, patente e irresistible.
Aun con estos dos primeros órdenes, aun con estas dos armas o modo de comer, la bestia no podía naturalmente sustentarse, ni vivir largo tiempo. Su vitalicio quedaba a lo menos contingente e incierto; pues al fin una visión grosera se descubre con el tiempo, y a una espada se puede muy bien oponer otra espada igual o mejor.
Érale, pues, necesario al Mahometismo otro orden más u otra manera más de comer, sin lo cual en pocos años hubiera muerto de hambre, y se hubiera desvanecido infaliblemente. Érale, digo, necesaria para poder vivir, la licencia sin límite en todo lo que toca al sentido. Con este orden, mucho mejor que con la espada, se hacía creíble, respetable y amable todo el símbolo de esta monstruosa religión, no quedaba ya dificultad en creer cuanto se quisiese, el entendimiento quedaba cautivo, y cautiva la voluntad, ni había que temer herejías ni cismas, ni mucho menos apostasías.
Así armada la bestia con estos tres órdenes, y con estos tres modos de comer, se le podían ya decir, y realmente se le dijeron aquellas palabras irónicas: Levántate bestia feroz, come, y hártate de muchas carnes.
A esta bestia horrible y espantable no se le ha podido dar hasta ahora corazón de hombre; ni hay apariencia, ni esperanza alguna razonable de que ella quiera recibirlo jamás. Así como fue necesario, antes que todo,
arrancarle las alas a la leona para disponerla con esta diligencia a querer recibir, y a recibir en realidad un corazón de hombre, dejando el de fiera; así ni más ni menos era necesario arrancar al oso los tres órdenes que tiene en su boca y en sus dientes, a lo menos los dos últimos: y si ambos no se pueden a un tiempo, a lo menos el último de todos, que por desgracia suya es el más duro, y el más inflexible.
Bien se necesitaban para esta difícil empresa aquellas primicias del espíritu, que despreciando generosamente la propia vida, se presentaron delante de la leona, se llegaron a ella, la acometieron, y no sin heridas, consiguieron en fin arrancarle las alas, y después llenos de caridad y misericordia, la ayudaron a levantarse de la tierra.
Paréceme más que verosímil, y poco menos que cierto, que esta segunda bestia, o esta falsa y monstruosa religión de que hablamos, perseverará en este mismo estado en que la hemos visto tantos siglos ha, hasta que juntamente con la primera y la tercera (de que luego vamos a hablar) se le quite toda la potestad; lo cual parece del mismo modo, o cierto o verosímil, que solo podrá suceder, según las escrituras,
cuando venga el Señor en gloria y majestad, como iremos viendo en todo el discurso de estas observaciones.
Para este tiempo feliz espera toda la tierra, y espera todo el mísero linaje de Adán el remedio de todos sus males: y será muy llena de su majestad toda la tierra; así sea, así sea; porque la tierra está llena de la ciencia del Señor, así como las aguas del mar, que la cubren.
§ 6 Explicación tercera bestia
Después de esto estaba mirando, y he aquí como un leopardo, y tenía sobre sí cuatro alas como de ave, y tenía cuatro cabezas la bestia, y le fue dado el poder.
La tercera bestia era semejante a un leopardo o tigre, en cuya piel o superficie exterior se nota alguna especie de hermosura por la variedad de colores. En esta bestia se veían cuatro alas, como de ave, y también cuatro cabezas, y se le dio potestad.
Todas estas señales y distinciones parece que nos muestran como con la mano, y nos convidan a reparar con más atención lo mismo que tenemos a la vista.
Esta tercera bestia, señor, (¡quien lo creyera!) esta tercera bestia es el cristianismo. No penséis que hablo del cristianismo verdadero, de aquel que es la única y verdadera religión, esto no tiene semejanza alguna con las bestias, antes a las bestias las convierte en hombres, como a las piedras en hijos de Abrahán. Hablo, pues, únicamente del cristianismo falso, del cristianismo sólo en la piel, en la superficie, en la apariencia, en el nombre: ved la propiedad.
Este cristianismo falso, lo primero, es muy vario en la superficie, como lo es el leopardo, se ve en él una gran variedad y diversidad de colores, los cuales no dejan de formar alguna perspectiva agradable a los ojos superficiales.
Lo segundo, ha volado el falso cristianismo hacia los cuatro vientos cardinales, y ha extendido su dominación en todas las cuatro partes de la tierra; para esto son, y a esto aluden las cuatro alas como de ave que se ven sobre la bestia.
Lo tercero, se ven en el falso cristianismo cuatro cabezas, que es cosa bien singular y bien monstruosa, y tenía cuatro cabezas la bestia. ¿Qué quieren decir cuatro cabezas en una misma bestia? Lo que quieren decir visiblemente es, que aunque aquella parece una sola individua bestia, mas en realidad son cuatro bestias muy diversas, unidas todas cuatro en un cuerpo, cubiertas en una misma piel, y como un seguro debajo del nombre sagrado y venerable de Cristianismo.
Lo que quiere decir es, que cuatro bestias muy diversas se han unido entre sí, casi sin entenderlo, para despedazar y devorar, cada una por su lado, el verdadero cristianismo, y convertirlo todo (si esto fuese posible) en la sustancia de todas.
Consideremos ahora con distinción estas cuatro bestias, o estas cuatro cabezas del falso cristianismo.
La primera de todas es, la que llamamos con propiedad herejía, en que debemos comprender todas cuantas herejías particulares se han visto y oído en el mundo, desde la fundación del cristianismo. Todas ellas son partes de esta bestia, y pertenecen a esta cabeza.
La segunda, es el cisma, que no se ignora ser un mal muy diverso de la herejía. A esta cabeza pertenece todo lo que se sabe: ¿y os parece poco? Toda la Grecia, la Asia Menor, la Armenia, la Georgia, la Palestina, el Egipto; en una palabra, todo lo que se llamaba antiguamente el imperio de oriente, donde floreció en los primeros siglos el verdadero cristianismo, y fuera de todo esto, un vastísimo imperio hacia el norte de la Europa y del Asia. Todo este cristianismo, sin cabeza, es el que forma la segunda cabeza de la bestia.
La tercera cabeza del falso cristianismo es la hipocresía. Le doy aquí este nombre equívoco, aunque no impropio, porque no me parece conveniente darle su propio nombre.
Mi atención es servirla con un servicio real y oportuno, no ofenderla, ni exasperarla. Basta para mí propio que ella me entienda, y que me entiendan los que la conocen a fondo.
Como hablamos actualmente de falsas religiones, figuradas en las bestias, ninguno se podrá persuadir que aquí no se hable del vicio de la hipocresía en punto de religión. De aquella, digo, que tiene anunciada el Apóstol para los últimos tiempos, con estas palabras: Mas el espíritu manifiestamente dice, que en los postrimeros tiempos apostatarán algunos de la fe, dando oídos a espíritus de error, y a doctrinas de demonios, que con hipocresía hablarán mentira… (o como la versión siriaca) que engañan con hipocresía (I ad Timot. IV, 1, 2). De esta vuelve a hablar en otra parte, diciendo: Mas has de saber esto, que en los últimos días vendrán tiempos
peligrosos… habrá hombres… teniendo apariencia de piedad; pero negando la virtud
de ella (II ad Timot. III, 1, 2, et 5). En suma, no hace a mi propósito el decir quienes son, o quienes serán estos hombres cubiertos con la piel de cristianos, y aun escondidos en el seno de la verdadera Iglesia, para despedazar este seno más a su salvo, me basta mostrar esta tercera cabeza, y pedir atención a los inteligentes.
Nos queda ahora que mostrar la cuarta y última cabeza de esta bestia, digo del falso cristianismo.
No obstante de ser esta la más antigua y como madre de las tres primeras, que a sus tiempos las ha ido pariendo; no obstante de ser la más perjudicial y la más cruel, en medio de un semblante halagüeño, y de una cara de risa, es al mismo tiempo la menos conocida, y por eso es la menos temida de todas.
No os canséis, señor, en buscar esta bestia fuera de casa, es bestia muy casera y muy sociable, llena por otra parte de gracias, de dulzuras y de atractivos. Con ellos ha divertido, ha descuidado, ha encantado en todos tiempos la mayor parte de los hijos de Adán, y con ellos mismos ha hecho también, y hará todavía en adelante grandes presas, y daños sin número, en lo que pasa por verdadero cristianismo.
Dad una vista por todo el orbe cristiano. Visitad en espíritu, con particular atención, todos aquellos países católicos que pertenecen a la verdadera Iglesia cristiana. ¿Y qué veréis? Veréis sin duda con admiración y pasmo, tantas cosas universalmente recibidas, no sólo ajenas, no sólo contrarias al verdadero cristianismo, que os dará gana de cerrar luego los ojos, y de no volverlos a abrir jamás. No hablo de los pecados, flaquezas y miserias propias de nuestro barro, hablo sólo, o principalmente de aquellas cosas (tantas y tan graves) que siendo conocidamente monedas falsas, reprobadas y prohibidas en el evangelio, corren, no obstante, sin contradicción, y son miradas como indiferentes, y tal vez como necesarias.
¿No os parece, señor mío, cosa durísima, después de haber leído los evangelios, y estar bien instruido en la doctrina de los Apóstoles de Cristo, dar el nombre de verdadero cristianismo a todo aquello donde apenas se divisa otra cosa, por más que se desee, que aquella tres de que habla San Juan: concupiscencia de carne, y concupiscencia
de ojos, y soberbia de vida?
¿Y pensáis que esta es alguna cosa nunca vista, o muy rara en el mundo católico?
¿Pensáis que no corre esta falsa moneda aún en el sacerdocio?
¿No os parece cosa durísima dar el nombre de verdadero cristianismo a todo aquello donde apenas se ve otra cosa que un poco de fe, y esta fe, o muerta del todo, sin dar señal alguna de vida, o tan distraída y adormecida, que casi nada obra de provecho, fuera de tal cual acto externo que se lleva el viento?
¿No os parece cosa durísima dar el nombre de verdadero cristianismo a todo aquello donde por maravilla se ve alguno de aquellos doce frutos que debe producir el Espíritu Santo, esto es, caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad?
¿No os parece, en fin, cosa durísima dar el nombre de verdadero cristianismo a todo aquello donde en lugar de frutos del Espíritu, apenas se ve otra cosa que los frutos, o las obras propias de la carne? Mas las obras de la carne están patentes; como son fornicación, impureza, deshonestidad, lujuria, enemistades, contiendas, celos, iras, riñas, discordias, sectas, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías, y otras cosas como estas, sobre las cuales os denuncio, como ya lo dije, que los que tales cosas hacen, no alcanzarán el reino de Dios.
Si quieren que a todo esto le demos el nombre de verdadero cristianismo, sólo porque todo esto sucede dentro de la verdadera Iglesia de Cristo, sólo porque los que tales cosas hacen, creen al mismo tiempo los principales misterios del cristianismo, cuya fe seca y estéril en nada perjudica a su sensualidad y vanidad; yo no me atrevo a darle este nombre, ni me parece que puedo hacerlo en conciencia, porque sé de cierto, que la fe que prescribe el verdadero cristianismo es aquella sola que obra por caridad, aquella que, como principio de vida, porque el justo vive de la fe, hace vivir al hombre en cuanto cristiano, y vivifica y anima todas sus acciones para la vida eterna.
Es pues este un cristianismo evidentemente falso, como tan ajeno y tan contrario a la institución del Hijo de Dios. Es verdad que ahora está mezclado con el verdadero, y tan mezclado, que lo molesta, lo oprime, y casi no lo deja crecer, ni más ni menos como lo hace la cizaña con el grano, mas ya sabemos el fin y destino del uno y del otro. Coged primero la cizaña (dijo el Señor), y atadla en manojos para quemarla; mas el trigo recogedlo en mi granero.
Parece muy difícil explicar con una palabra, o con un sólo nombre esta cuarta cabeza del falso cristianismo.
Ya sabéis cuantas cosas comprende la concupiscencia de la carne, cuando no se niega y crucifica, como deben hacerlo los verdaderos cristianos, pues según el Apóstol, los
que son de Cristo, crucificaron su propia carne con sus vicios y concupiscencias.
Ya sabéis cuantas cosas comprende la concupiscencia de los ojos; no digo de los ojos propios, que esta pertenece a la concupiscencia de la carne, sino de los ojos de otros, en que entra toda la gloria vana del mundo, y toda su pompa y ornato, a que todos los cristianos renunciamos desde el bautismo; todo lo cual no tiene otro fin que buscar la gloria que recibís los unos con los otros… para ser vistos de los hombres.
Ya sabéis cuantas cosas comprende la soberbia de la vida, que hace a los hombres verdaderos hijos del diablo, cuyo principal carácter es la soberbia, según esta expresión de Job: Es el rey de todos los hijos de soberbia.
No hallo, pues, otro nombre más propio, ni que más se acomode a esta cuarta cabeza del falso cristianismo, que el que acabamos de decir: concupiscencia de carne, y concupiscencia de ojos, y soberbia de vida. Todo lo cual no sé si pudiera comprenderse con propiedad bajo el nombre de libertinaje.
Esta tercera bestia con sus cuatro cabezas, de que acabamos de hablar, parece cierto, que perseverará viva, y haciendo cada día más daño, hasta que venga el Señor a remediarlo todo; pues expresamente se dice en el evangelio que habiéndose ofrecido los operarios para ir a arrancar la cizaña, que crecía con el trigo, respondió: No;…no sea que cogiendo la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega… Ahora, el mismo Señor explica lo que debemos entender por cizaña, diciendo: la cizaña son los hijos de la iniquidad así como el buen grano son los hijos del reino.
§ 7 Explicación de la cuarta bestia terrible y admirable
Después de esto miraba yo en la visión de la noche, y he aquí una cuarta bestia espantosa, y prodigiosa, y
fuerte en extremo, tenía grandes dientes de hierro, comía y despedazaba, y lo que le sobraba lo hollaba con sus pies, y era desemejante a las otras bestias, que yo había visto antes de ella, y tenía diez astas, etc.
Os considero, amigo, con gran curiosidad de saber quién es esta bestia, a qué es lo que aquí se nos anuncia.
Si las tres primeras bestias, os oigo decir, simbolizan tres falsas religiones, esto es, idolatría, mahometismo, y falso cristianismo, ¿qué religión falsa nos queda todavía que ver, figurada por unas semejanzas tan terribles?
A esta pregunta yo no puedo responder en particular, porque no sé con ideas claras e individuales lo que será esta bestia en aquellos tiempos, para los cuales está anunciada.
Sobre lo que ya es actualmente podré decir cuatro palabras, y pienso que seré entendido desde la primera.
Esta bestia terrible parece hija legítima de las dos últimas que forman el leopardo (hipocresía y libertinaje), y a ellas dicen que debe su ser y su crianza, y no falta quien diga, que también debe no poco a la primera (herejía).
Mas ella descubre un natural tan impío, tan feroz, tan inhumano (aunque llena por otra parte de humanidad), que aun estando todavía en su primera infancia, ya no respeta ni conoce a los que la engendraron.
Elevada en la contemplación de sí misma, y considerándose superior a todas las cosas, piensa de sí, que es única en la especie, que a nadie tiene obligación alguna, que todo lo tiene de sí misma, o del fondo de su razón, y que todo se lo debe a sí misma.
Por este carácter tan sin ejemplar, que ya descubre desde la cuna, es fácil inferir lo que será después cuando llegue a la edad varonil.
Ahora está todavía como un cachorro dentro de la cueva, y si tal vez se asoma a la puerta, y sale fuera de ella, no se aleja mucho, por pura prudencia, considerando su tierna edad, sus débiles armas, y la multitud de enemigos que pueden asaltarla. Ahora se halla todavía, casi sin dientes, porque aunque los ha de tener de hierro, grandes y durísimos, estos le empiezan solamente a salir, y no están en estado de acometer a todo sin discreción.
Por otra parte, los diez cuernos que ha de tener en su cabeza, y con que ha de hacer temblar a todo el mundo, no los tiene aún; a lo menos, no los tiene como propios suyos, de modo que pueda jugarlos libremente y a su satisfacción.
Con todo eso, aún en este estado de infancia, ya se lleva las atenciones de todos, ya se hace temer, a lo menos de los que son capaces de temor, ya se hace admirar, y casi adorar de toda suerte de gentes, ya se ven estas dejar su campo, y correr a tributarle sus obsequios, y ofrecerle sus servicios.
Principalmente observaréis, que de todas aquellas cuatro cabezas que componen el leopardo, salen cada día desertores a centenares, con lo cual el cachorro va creciendo, y se va fortificando más presto de lo que se piensa.
Pues si ahora sin salir de la cueva, sin dientes grandes, sin cuernos duros y crecidos, hace tantos males, cuantos ven y lloran los que tienen ojos, ¿qué pensamos que hará cuando se rebele, cuando se declare, cuando se deje ver en público, llena de coraje, vigor y fortaleza, y bien armada, ya de dientes grandes de hierro, ya también de diez cuernos terribles, que pueda manejar a su satisfacción?
Y ¿qué hará cuando le nazca el undécimo cuerno, cuando este cuerno se arraigue, crezca y fortifique, cuando la bestia pueda usar de él a su voluntad, y manejar sin embarazo aquella arma, la más terrible que se ha visto?
Verdaderamente que se hace no sólo creíble, sino visible, por lo que ya vemos, todo cuanto se dice de esta bestia misma (aunque unida ya con las otras) desde el capítulo trece del Apocalipsis hasta el diez y nueve, y todo cuanto está anunciado a este mismo propósito en tantas otras partes de la Escritura santa, en los Profetas, en los Salmos, en las epístolas de San Pedro y San Pablo, y en el evangelio mismo.
Verdaderamente que ya se hace no sólo creíble, sino visible, por lo que ya vemos, lo que de esta bestia se le dijo al Profeta en medio de la visión, esto es, que devorará toda la tierra, y la hollará, y desmenuzará. Leed lo que se sigue desde el versículo veinte y cuatro, y no hallaréis otra cosa que horrores y destrozos.
Acaso me preguntaréis, ¿cuál es el nombre propio de esta cuarta bestia, o de esta monstruosa religión?
Yo me maravillo que ignoréis una cosa tan pública en el mundo, que apenas ignora aún la ínfima plebe. Años ha que se leen por todas partes públicos carteles, por los cuales se convida a todo el linaje humano a la dulce, humana, suave y cómoda religión natural.
Si a esta religión natural le queréis dar el nombre de deísmo, o de anticristianismo, me parece que lo podréis hacer sin escrúpulo alguno, porque todos estos tres nombres significan una misma cosa; aunque algunos son de sentir, y esto parece lo más cierto, que este último nombre es el más propio de todos, siendo los dos primeros vacíos de significación.
No obstante, se llama religión, lo primero, porque no se niega en ella la existencia de un Dios, aunque un Dios ciertamente hecho con la mano que no adoraron sus padres; un Dios insensible a todo lo que pasa sobre la tierra, un Dios sin providencia, sin justicia, sin santidad, un Dios, en fin, con todas la cualidades necesarias para la comodidad de la nueva religión.
Lo segundo, se llama religión, porque no se impide, antes se aconseja que se dé a Dios alguna especie de culto interno, que como tan bueno, con este sólo se contenta, sin querer incomodar a sus adoradores. Aunque estos dicen, que su Dios no les ha puesto otra ley, ni otro dogma de fe, que su propia razón (la cual en todos debe estar en toda su perfección); con todo eso, si hemos de creer a nuestros ojos, parece que tienen un dogma especial, y una ley fundamental a que todos deben asentir y obedecer efectivamente.
Este dogma, y esta ley, es todo cuanto significa la palabra anticristianismo con toda su extensión. Es decir; se profesa en esta religión terrible y admirable, no sólo el abandono total, sino el desprecio, la burla, el odio y la guerra viva, no digo ya a las religiones falsas, de que hemos hablado, sino a la verdadera religión, al verdadero cristianismo, y a todo lo que hay en él de venerable, de santo, de divino. Comía, dice el Profeta, y desmenuzaba, y lo que quedaba lo hollaba con sus pies.
El falso cristianismo con sus cuatro cabezas (mucho menos el mahometismo, y la idolatría), no le dan gran cuidado a esta bestia feroz. Sabe muy bien que le bastan sus dientes de hierro, aunque todavía pequeños, para desmenuzarlos, y convertirlos en su propia sustancia. Ya vemos que lo hace en gran parte, y debemos pensar que hará infinito más, cuando los dientes hayan llegado a su perfección.
Mas el cristianismo verdadero es demasiadamente duro; no hay bronce, ni mármol, ni diamante que se le pueda comparar. Son poca cosa los dientes de hierro para poder vencer su dureza. Para este, pues, no hay otra arma que pueda hacer algún efecto, ni más fácil de manejar que los pies.
Por tanto, ya ha empezado la joven bestia a servirse de ellos desde la cueva; ya ha empezado a conculcar con grande empeño el verdadero cristianismo, a burlarlo, a ridiculizarlo, sin perdonar a la persona sacrosanta, infinitamente respetable y adorable y amable de Jesucristo. Así lo vemos ya con nuestros ojos en nuestro mismo siglo, de donde inferimos legítimamente, según las Escrituras, lo que será esta bestia, cuando llegue a su perfecta edad, y cuando los dientes y cuernos estén bien crecidos y arraigados, y todos a su libre disposición.
El mismo Jesucristo, hablando de estos tiempos, dice, que será menester abreviarlos, y que se abreviarán en efecto por amor de los escogidos: Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva, mas por los escogidos aquellos días serán abreviados.
Esto es, señor mío, lo que se me ofrece sobre el misterio de estas cuatro bestias, a quienes puedo decir con verdad, que he estudiado muchos años con todo el cuidado y atención de que soy capaz.
Si la inteligencia que he propuesto no es en realidad la verdadera, a lo menos puede servir como de ensayo para pensar otra cosa mejor, que se conforme enteramente con la profecía, con la historia, y con otros lugares de la Escritura, que iremos observando.
No penséis por esto, que ya tenéis concluida la observación de estas cuatro bestias, y que no nos queda otra cosa que decir en el asunto. Las veréis salir de nuevo en el fenómeno siguiente, en donde combinadas con la bestia del Apocalipsis se darán mejor a conocer.
Lo que a lo menos parece evidente, es que este misterio no es el mismo que el de la estatua; ya por las razones que hemos apuntado, ya por otras más, que fácilmente pueden ocurrir a cualquiera que quiera entrar en este examen; ya también y mucho más por lo que se sigue.
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Lacunza |
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Reino Caldeos |
León |
Reino Caldeos |
La idolatría |
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Medos y Persas |
Oso |
Griegos |
El mahometismo |
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Alejandro Magno |
Leopardo |
Romanos |
Cisma Falso cristianismo Hipocresía Libertinaje |
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Romanos |
Cuarta Bestia |
Bárbaros |
Anticristianismo |
§ 8 SEGUNDA PARTE DE LA PROFECÍA
Muerte de la cuarta bestia, y sus resultas
Nos queda ahora que observar brevemente lo más claro que hay en esta visión, que es lo que hace inmediatamente a nuestro asunto principal; es a saber, el fin de las bestias, en especial de la cuarta, y todo lo que después de esto debe suceder.
Lo que vio el Profeta en los tiempos de la mayor prepotencia de la cuarta bestia; en los tiempos, digo, en que ya se veía en público, armada con todas sus armas, en que hacía en el mundo impunemente los mayores estragos, en que perseguía furiosamente a los santos, o al verdadero cristianismo, y podía más que ellos (Dan. 7, 21).
Lo que vio fue, que se pusieron sillas o tronos como para jueces, que iban luego a conocer aquella causa, y poner el remedio más pronto y oportuno a tantos males. Estaba mirando (dice Daniel) hasta tanto que fueron puestas sillas, y sentose el Anciano de días, etc (Este mismo consejo, o tribunal con las mismas circunstancias, y con otras todavía más individuales, lo veréis formarse para los mismos fines en el capítulo cuarto del Apocalipsis, como observaremos a su tiempo.)
Sentado, pues, Dios mismo, y con él otros con jueces, y habiéndose producido y declarado toda la causa, se dio inmediatamente la sentencia final, cuya ejecución se le mostró también al Profeta.
La sentencia fue esta; que la cuarta bestia y todo lo que en ella se comprende, muriese con muerte violenta, sin remedio ni apelación; que su cuerpo (no ciertamente físico, sino moral, compuesto de innumerables individuos) se disolviese del todo, pereciese todo, y fuese todo entregado a las llamas, para ser quemado.
Que a las otras tres bestias, cuyos individuos no se habían agregado a la cuarta, y hecho un cuerpo con ella, se les quitase solamente la potestad, que hasta entonces habían tenido, mas no la vida, concediéndoles algún espacio de vida, hasta tiempo y tiempo.
Dada esta sentencia irrevocable (y antes de su ejecución, como consta de otros lugares de la Escritura que se irán observando), dice el mismo Profeta, que vio venir en las nubes del cielo una persona admirable, que parecía Hijo de Hombre, el cual entrando en aquella venerable asamblea, se avanzó hasta el mismo trono de Dios, ante cuya presencia fue presentado, que allí recibió solemnemente de mano de Dios mismo la potestad, el honor, y el reino, y que en consecuencia de esta investidura, le servirán en adelante todos los pueblos, tribus y lenguas, como a su único y legítimo soberano. Miraba yo, pues,
en la visión de la noche, y he aquí venía como Hijo de Hombre con las nubes del cielo, y llegó hasta el Anciano, de días, y presentáronle delante de él. Y diole la potestad, y la honra, y el reino, y todos los pueblos, tribus, y lenguas, le servirán a él…
Más adelante, versículo veinte y seis, explicando los males que hará en el mundo la cuarta bestia, especialmente por medio de su último cuerno, se le dice al Profeta el fin para que se juntará aquel consejo tan majestuoso y tan solemne por estas palabras: Y se sentará el juicio para quitarle el poder, y que sea quebrantado, y perezca para siempre. Y que el reino, y la potestad, y la grandeza del reino, que está debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los reyes le servirán y obedecerán.
§ 9
Ahora, amigo mío, después de haber leído, y considerado atentamente así este texto como el antecedente con todo su contexto, decidme con sinceridad, ¿qué os parece de lo que aquí se anuncia con tanta claridad?
¿Se verificará todo esto alguna vez, o no?
¿Podremos creerlo y esperarlo todo así como lo hallamos escrito, o será necesario borrarlo, o arrancarlo de la Biblia, como una cosa no solo inútil, sino peligrosa, y que puede confirmar y fomentar el error de los Milenarios?
¿Podremos creer, lo primero; que en aquellos tiempos de que aquí se habla (que por confesión precisa de todos los doctores son ya los tiempos del Anticristo), hará Dios una especie de consejo solemne, para quitar a los hombres toda la potestad que habían recibido de su mano: Y se sentará el juicio para quitarle el poder, y que sea quebrantado y perezca para siempre. Y como los consejos de Dios, y sus decretos no pueden quedar sin efecto, parece que también podremos creer, que en aquellos mismos tiempos serán despojados enteramente de su potestad los que la tuvieren; a lo cual alude manifiestamente aquella evacuación de todo principado, potestad y virtud, de que habla el Apóstol.
¿Podremos creer lo segundo; que quitada la potestad a los hombres, se pondrá todo en aquel mismo consejo en manos del hijo del hombre, o del hombre Dios Jesucristo, y esta, no en acto primero, o en derecho, como ahora la tiene, sino en acto segundo, o en ejercicio; y llegó hasta el Anciano de días, y presentáronle delante de él. Y diole la potestad, y la honra, y el reino?
¿Podremos creer lo tercero; que toda la potestad que se acaba de quitar a los hombres, todo el reino, toda la grandeza de un reino tal, que comprende todo entero el orbe de la tierra, que está no encima sino debajo de todo el cielo, se dará entonces, junto con Jesucristo que es el supremo Rey, a otros muchos correinantes, esto es, al pueblo de los santos del Altísimo?
(
Dan.
7, 27) .A lo cual alude claramente aquel texto célebre del Apocalipsis, que hablando de los mártires y de los que no adoraron a la bestia, dice: vivieron, y reinaron con Cristo mil años.
¿Podremos creer lo cuarto; que tomada la posesión por Cristo y sus santos de todo el reino que está debajo de todo el cielo, le servirán en adelante todos los pueblos, tribus y lenguas?
¿Podremos creer en suma, que después de la venida del Hijo del Hombre, que creemos y esperamos todos los Cristianos; después del castigo y muerte de la cuarta bestia, o del Anticristo, después del destrozo y ruina entera de todo el misterio de iniquidad, han de quedar todavía en esta nuestra tierra, pueblos, tribus, y lenguas, que sirvan y obedezcan al supremo Rey y a sus santos, y también reyes, puestos sin duda de su mano, en diferentes países de la tierra, y sujetos enteramente a sus leyes?
Todo esto leemos expreso y claro en esta profecía, y en otros mil lugares de la divina Escritura, que iremos observando, y si todo esto no es cierto, ni creíble, ¿qué hemos de decir, sino que o nos engañan nuestros ojos, o nos engaña la divina Escritura?
Si esta no nos engaña, ni puede engañarnos; si tampoco nos engañan nuestros ojos, parece necesario confesar de buena fe, aquel gran espacio de tiempo que propusimos en nuestro sistema entre la venida del Señor y la resurrección y juicio universal.
Parece necesario mirar con más atención el capítulo XIX y XX del Apocalipsis, donde se dice esto mismo con mayor claridad.
Parece necesario reflexionar un poco más sobre el misterio grande de la piedra, que debe destruir y aniquilar toda la estatua, y cubrir luego toda la tierra.
Parece en fin necesario distinguir bien el juicio de los vivos del de los muertos, dando a cada uno lo que es propio suyo, dando vivos al primero, y muertos al segundo.
Si no se hace esta distinción, no se sabe, ni entiende cómo, ni en qué puedan servir a Jesucristo, después que vuelva del cielo a la tierra, todos los pueblos, tribus y lenguas. No se sabe, ni entiende, cómo, o en qué puedan obedecerle y servirle todos los reyes de la tierra.
No se sabe ni entiende, para qué fin se les concede a las tres primeras bestias algún espacio más de vida (no cierto de vida brutal, sino de vida racional) quitándoles primero toda la potestad que hasta entonces se les había dado o permitido; vi (dice el texto) que había sido muerta la bestia… (la cuarta). Y
que a las otras bestias se les había también quitado el poder, y se les habían señalado tiempos de vida hasta tiempo y tiempo.
Al contrario; si se hace la debida distinción entre uno y otro juicio, todo se entiende al punto, sin más dificultad que abrir los ojos, y sin más trabajo que tomar la llave y abrir la puerta.
Así se entiende seguidamente, sin que quede ni aun sospecha de duda, todo el salmo setenta y uno y todas las cosas que en él se dicen del Mesías; por ejemplo, estas: dominará de mar a mar, y desde el río hasta los términos de la redondez de la tierra. Delante de él se postrarán los de Ethiopia (o como lee la paráfrasis Caldea, se humillarán los de primer rango), y sus enemigos lamerán la tierra. Los reyes de Tharsis, y las islas le ofrecerán dones; los reyes de Arabia, y de Saba le traerán presentes, y le adorarán todos los reyes de la tierra, todas las naciones le servirán, etc
.
Con este salmo, y con otros lugares semejantes que se hallan a cada paso en los Profetas, se han defendido siempre los judíos para no creer, antes negar absolutamente la venida de su Mesías; pues hasta ahora no se ha verificado lo que en ellos se anuncia.
Mas los cristianos, ¿qué les responden? Palabras en tono decisivo, y nada más, esto es, que este salmo, y esos otros lugares de los Profetas sólo pueden entenderse en sentido espiritual, y en este sentido espiritual, parte se han cumplido ya en las gentes y reyes que han creído, parte se cumplirán en adelante, cuando crea lo restante de la tierra.
Y si estos lugares de la Escritura, mirados con todo su contexto, hablan conocidamente para después de la venida del Mesías en gloria y majestad, como lo acabamos de ver en el texto de Daniel, y como lo hemos de ver en otros muchísimos; en este caso, ¿qué se les responde a los Judíos?
¡Oh! ¡Cuánto bien se pudiera haber hecho a estos míseros hombres, y se les pudiera hacer en adelante, si se les concediese, o no se les negase tan del todo lo que ellos creen o esperan, para que ellos por su parte conociesen también lo que creen los Cristianos, y lo que es tan necesario y esencial para su salud y remedio: si se les concediese o no se les negase tan del todo lo que pertenece a la segunda venida del Mesías en gloria y majestad, que ellos piensan ser la única, para que ellos por su parte desengañados abracen lo que pertenece a la primera!
Todo esto parece que estaba compuesto y allanado con solo distinguir el juicio de vivos del de los muertos.
CONCLUSIÓN
A todas las reflexiones que acabamos de hacer, principalmente sobre la segunda parte de la profecía, yo no ignoro la única respuesta que se puede dar.
Esto es, que aunque todo lo que dice este profeta, es cierto e indubitable; aunque todo se cree, como que es una escritura canónica, en que no habla el hombre sino Dios; mas eso que nos dice el espíritu de Dios, no debe ni puede entenderse como está escrito, sino en otro sentido diverso, conforme lo entienden comúnmente los doctores.
Que es lo mismo que decir en término equivalente: no puede, ni debe entenderse como lo mandó escribir el espíritu de Dios, sino como le pareció a este o a aquel hombre particular, a quienes han seguido otros, siguiendo el mismo sistema, como si fuese único y definido por verdadero.
¿Qué hemos de decir a esta respuesta decisiva, sino llorar la cautividad en que nos hallamos, sin sernos lícito dar un paso adelante, aun cuando ya el tiempo, y todas las circunstancias nos convidan a darlo?
¡Qué! ¿Hemos de cautivar nuestro entendimiento en obsequio de un sistema conocidamente inacordable con los hechos?
¡Qué! ¿Hemos de ver la verdad casi a dos pasos de nosotros, sin poderla abrazar ni confesar, por la atadura tiránica de respetos puramente humanos? Si es justo delante de Dios, les decía San Pedro a los príncipes de los sacerdotes, oíros a vosotros antes que a Dios, juzgadlo vosotros.
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EL ANTICRISTO
§ 1
Noticias que tenemos del Anticristo hasta el presente
Represéntase universalmente este Anticristo como un monarca potentísimo, y al mismo tiempo como un insigne seductor, el cual ha de sujetar a su dominación a todos los pueblos y naciones del orbe, exigiendo de ellas, entre otros tributos, el de la adoración de latría, como a Dios.
Se dice comúnmente que debe traer su origen de los judíos, y de la tribu de Dan.
El lugar de su nacimiento y el principio de su grandeza, dicen, que será Babilonia.
Aquí en Babilonia el Anticristo, ya de edad varonil, se fingirá el Mesías, y comenzará a hacer tantas y tan estupendas maravillas, que esparcida luego la fama, volarán los judíos de todas las partes del mundo a unirse con él, y ofrecerle sus servicios.
Viéndose reconocido por el Mesías, y adorado de todas las tribus de Israel, dejando a Babilonia su patria, partirá con este ejército formidable a la conquista de la Palestina.
Las doce tribus se volverán a establecer en la tierra de sus padres, y en breve tiempo edificarán para su Mesías la ciudad de Jerusalén, la capital de su imperio universal.
Desde Jerusalén conquistará el Anticristo con gran facilidad todo lo restante de la tierra.
Inmediatamente entrará en el pensamiento impío y sacrílego de hacerse Dios, y el único Dios de todo el orbe.
Para esto prohibirá en primer lugar con severísimas penas, no solo el culto de los falsos dioses, y el ejercicio de todas las falsas religiones, sino principalmente el culto del verdadero Dios de sus padres, y sobre todo, el ejercicio de la religión cristiana.
Con esto empezará luego la más terrible, la más cruel, la más peligrosa persecución contra la Iglesia de Jesucristo, que durará tres años y medio.
§ 2 Se pide y examina el fundamento de estas noticias
Hay algunas pocas que se presentan con algún aire o apariencia de verdad. Estas pocas se reducen a cuatro principales:
El origen del Anticristo.
Su patria, y principios de su grandeza.
Su corte en Jerusalén, como rey y Mesías.
Su monarquía universal sobre toda la tierra.
Artículo I
Origen del Anticristo
Los que hacen venir al Anticristo de los judíos, y de la tribu de Dan señalan el fundamento de la Revelación divina, citando tres lugares de la Escritura.
El primero es del Génesis 49: 16-18. Los Padres que tocaron este punto, conjeturaron dos cosas diversas, sin empeñarse mucho por la una, ni por la otra parte. Unos sospecharon que se hablaba del Anticristo; otro más literalmente pensaron que se hablaba de Sansón. San Jerónimo es uno de estos últimos, a quien han seguido muchísimos intérpretes.
El segundo es de Jeremías, 8: 16. Se habla manifiestamente de la venida de Nabucodonosor contra Jerusalén.
El tercer lugar es el capítulo 7 del Apocalipsis; en el cual ni siquiera se nombra la tribu de Dan. Tampoco se nombra la tribu de Efrain su hermano.
El silencio del Apocalipsis, respecto de la tribu de Dan, nada puede probar en el asunto de que hablamos.
Artículo II
Patria y Principio del Anticristo
Para hacerlo nacer en Babilonia, y empezar allí a reinar entre prodigios y milagros los más inauditos, ¿qué fundamentos se habrán hallado?
Yo los busco por todas partes, y de ninguna manera los hallo, salvo la autoridad extrínseca.
Si preguntamos a San Jerónimo, nos responderá que él no ha asegurado jamás que la noticia sea cierta, ni la produjo como opinión propia suya, sino como opinión de otros doctores de su tiempo, que así lo pensaban.
Artículo III
El Anticristo será creído y recibido de los judíos como su verdadero Mesías,
por cuyo motivo pasará su corte de Babilonia a Jerusalén
No hallaréis otro fundamento que una suposición: la que queda ya examinada y negada en el artículo primero; esto es, que el Anticristo ha de ser un judío o hebreo de la tribu de Dan.
Dos puntos principales contiene toda esta noticia de que hablamos.
El primer punto se pretende sostener con aquellas palabras del Señor, que se leen en el evangelio de San Juan 5:43: Yo vine en nombre de mi Padre (les dice a los judíos), y no me recibís: si otro viniere en su nombre, a aquel recibiréis. Las cuales palabras, nos dicen, aunque no nombran expresamente al Anticristo, se entiende bien que hablan de él, y lo que anuncian es que los judíos recibirán al Anticristo por su Mesías, en castigo de no haber querido recibir a Cristo.
Y si esta profecía del Señor ha tenido ya su perfecto cumplimiento, ¿será bien en este caso dejar lo cierto, por lo incierto, lo que sabemos, por lo que ignoramos, lo que ya sucedió, por lo que puede suceder?
Y si no hay tal Anticristo judío, ni tal Anticristo falso Mesías, ¿cómo quedará una profecía del Hijo de Dios? Quedará convencida de falsa.
Este inconveniente gravísimo está evitado con decir y confesar que la profecía de que hablamos ya se cumplió con tanta plenitud que nada más nos queda que esperar.
Dejo aparte la turba de falsos y pequeños Mesías; mas aunque no hubiera habido otro que aquel insigne Bar-Cochebas, que apareció en tiempo de Adriano, en este solo estaba llena la profecía: si otro viniere en su nombre, a aquel recibiréis.
Caído este primer punto de la noticia, el segundo punto cae de suyo, sin que nadie lo mueva. ¿De dónde se prueba que el Anticristo ha de poner en Jerusalén la corte de su imperio?
¿Sabéis de dónde? De que ha de ser recibido de los judíos por su rey y Mesías.
Artículo IV
Monarquía universal del Anticristo
Dos lugares de la divina Escritura se alegan comúnmente para probar esta monarquía universal del Anticristo.
El primero es el capítulo VII de Daniel, en el cual nos señalan, y nos hacen observar, no ya la cuarta bestia terrible y admirable (porque esta quieren que sea el imperio romano) sino uno de los cuernos que tiene esta bestia en su cabeza, que es el mayor de todos, de quien se dicen y anuncian cosas nada ordinarias.
Mas después de leído y considerado todo lo que se anuncia de este cuerno terrible, así como no hallamos vestigio alguno por donde poder siquiera sospechar, que el cuerno insigne, o esta potencia, o este rey haya de ser judío, ni falso Mesías; así tampoco lo hallamos para creer ni sospechar su monarquía universal.
Lo que hallamos únicamente es, que esta potencia o este rey será mayor que los otros diez que están como él en la cabeza de la terrible bestia, y le sirven de cuernos o de armas.
Que humillará tres de estos diez reyes (de los otros siete nada se dice, ni de los que quedan en lo restante de la tierra).
Que lleno de altivez, orgullo y soberbia, hablará blasfemias contra el Altísimo, y perseguirá a sus santos.
En suma, que su presunción será tan grande, que le parecerá posible y fácil mudar los tiempos y las leyes, etc. para todo lo cual se dará licencia por algún tiempo.
Esto es todo lo que se lee de esta potencia o de este rey en el capítulo VII de Daniel.
Todo lo cual así como puede suceder en Asia, o en África, así puede suceder en Europa, o en América, sin ser necesario hacer a este rey, sea quien fuere, monarca universal de todo el orbe.
Además de esto, ¿cómo se prueba que este cuerno insigne, que nace, crece y se fortifica en la cabeza de la bestia, es propiamente el Anticristo que esperamos, y no la bestia misma? Pero de esto hablaremos más adelante (§ 8 El cuerno undécimo).
El segundo lugar que se alega es el capítulo XIII del Apocalipsis, en el cual se habla manifiestamente del Anticristo debajo de la metáfora de una bestia terrible de siete cabezas y diez cuernos.
Aquí, pues, se dice que a esta bestia se le dará potestad sobre toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación (13:7), y que la adorarán todos los habitadores de la tierra (13:8).
Yo creo firmemente lo que anuncia esta profecía, que en el asunto de que hablamos me parece clarísima; mas del mismo modo me parecen clarísimos dos equívocos que se ven en su explicación.
Primero, el texto no dice que la potestad sobre toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación, se le dará a un rey o a un hombre individuo y singular, que es lo que se intenta probar, solo dice, que esta potestad se le dará a la bestia de que se va hablando, y esta bestia está infinitamente distante de simbolizar un rey, una persona singular o una cabeza de monarquía.
Segundo equívoco, el texto no dice que todos los habitadores de la tierra adorarán a esta bestia con adoración formal de latría como a Dios; solo dice simplemente que la adorarán, y todos sabemos que es lícito adorar a una criatura, mas no es lícito adorarla como a Dios.
Entre tanto, para no creer esta monarquía universal que no consta de la misma Revelación, nos puede ayudar mucho otra cosa que consta de la misma Revelación, es decir, la estatua de cuatro metales que dejamos observada en el fenómeno primero.
Allí se habla de solas cuatro monarquías, o reinos o imperios célebres que habrá en nuestra tierra, y el último de todos se lleva hasta la caída de la piedra, o hasta la venida segunda del Mesías, como allí probamos.
Ahora, si fuera de estos cuatro imperios, hubiese de haber otro, y éste mayor que todos los cuatro, no solo divididos, sino juntos, parece natural, que se dijese de él alguna palabra, y no se pasase tan en silencio un suceso tan maravilloso.
Además de esto, la piedra debe caer directamente sobre los pies y dedos de la grande estatua, es decir, sobre el cuarto y último reino dividido en muchos, y convertirlo en polvo junto con toda la estatua. Conque este cuarto reino deberá estar existente y entero, cuando venga el Señor, porque de otra suerte la piedra errará el golpe, y la profecía no podrá cumplirse.
Si este reino está existente y entero hasta la venida del Señor, ¿adónde reinará el Anticristo? ¿Cómo podrá ser monarca universal de toda la tierra?
Dicen, que todos los reyes de la tierra, sin dejar de serlo, se le sujetarán a su voluntad, o él los sujetará por fuerza, y le servirán con todo su poder. Para lo cual alegan el capítulo XVII (13 y 17) del Apocalipsis, donde hablándose de los diez reyes, se dice: Éstos tienen un mismo designio, y darán su fuerza y poder a la bestia. Porque Dios ha puesto en sus corazones… que den su reino a la bestia.
Mas esta bestia de que se habla, a quien los reyes darán su potestad, no por fuerza, sino voluntariamente, como se infiere claramente del mismo texto, esta bestia, ¿será acaso otro rey como ellos, o algún hombre individuo y singular?
Esto era necesario que se probase antes con buenas razones. Porque si el Anticristo con que estamos amenazados, no ha de ser un hombre individuo y singular, sino otra cosa muy diversa, con esto solo desaparece la monarquía universal, con esto solo quedan falsificadas todas las noticias de que hemos hablado.
§ 3 Se propone otro sistema del anticristo
¿Quién sabe si toda esta variedad de noticias se habrán originado de algún principio falso: haberse imaginado a este Anticristo como a una persona singular e individua, y en este supuesto haber querido acomodar a esta persona todas las cosas generales y particulares que se leen en las Escrituras?
Se sigue de todo esto que llegamos a leer aquellos lugares de la Revelación donde se nos habla del Anticristo, y no le conocemos, y pasamos sobre ellos sin haber entendido ni aun sospechado lo que realmente nos anuncian.
Según todas las señas que nos dan las santas Escrituras, y otras nada equívocas que nos ofrece el tiempo, que suele ser el mejor intérprete de las profecías, el Anticristo no es otra cosa que un cuerpo moral, compuesto de innumerables individuos, diversos y distantes entre sí, pero todos unidos moralmente, y animados de un mismo espíritu, contra el Señor, y contra su Cristo.
Este cuerpo moral, después que haya crecido cuanto debe crecer por la agregación de innumerables individuos; después que se vea fuerte, robusto y provisto con abundancia de todas las armas necesarias, será el verdadero y único Anticristo.
§ 4 Definición del Anticristo
Lo primero que se entiende bien en un cuerpo moral, y lo primero que no se entiende de modo alguno en una persona singular es la definición del Anticristo.
En toda la Biblia sagrada desde el Génesis hasta el Apocalipsis, no se halla esta palabra expresa y formal Anticristo, sino dos o tres veces en la epístola primera y segunda del Apóstol San Juan, y aquí mismo es donde se halla su definición: todo espíritu que divide a Jesús, no es de Dios, y este tal es un Anticristo, de quien habéis oído que viene; y que ahora ya está en el mundo (I Io, IV, 3).
Dos cosas claras dice aquí este Apóstol a todos los cristianos:
Primera, que el Anticristo, de quien han oído que vendrá cuando sea su tiempo, es todo espíritu que divide a Jesús.
Dividir a Jesús, según su propia y natural significación, no suena otra cosa que la apostasía verdadera y formal de la religión Cristiana, que antes se profesaba; mas considerada esta apostasía con toda su extensión, esto es, no solamente en sentido pasivo, sino también y principalmente en sentido activo, esta es, el magisterio de doctrinas blasfemas contra Cristo.
La cual está anunciada en términos bien claros para los últimos tiempos. Es espíritu manifiestamente dice, que en los postrimeros tiempos apostatarán algunos de la fe (I ad
Tim. IV, 1) dice San Pablo, y en otra parte, que el Señor no vendrá sin que suceda primero esta apostasía (II ad Thes. II, 3).
Esta anuncia San Pedro en todo el capítulo II de su epístola II, y en la católica de San Judas, y por abreviar, esta anuncia el mismo Jesucristo, cuando dice como preguntando: Mas cuando viniere el Hijo del Hombre, ¿pensáis que hallará fe en la tierra? (Luc. XVIII, 8).
Pues esta apostasía de la religión Cristiana, este dividir a Jesús, cuando ya sea público y casi universal; cuando ya sea con guerra declarada contra Jesús; cuando no contentos muchos con haber desatado a Jesús respecto de sí mismos, procuren con todas sus fuerzas desatarlo también respecto de los otros, este es, nos dice el amado discípulo, el verdadero Anticristo, de quien habéis oído que vendrá (I Joan. IV, 3).
La segunda cosa que nos dice es que este mismo Anticristo estaba ya en su tiempo en el mundo (I Joan. IV, 3); y para que ninguno piense que habla de los judíos o de los étnicos, añade luego que estos Anticristos habían salido de entre los cristianos.
De esta definición del Anticristo, que es lo más claro y expreso que sobre este asunto se halla en las Escrituras, parece que podemos sacar legítimamente esta consecuencia:
que el Anticristo no puede ser un hombre o persona individual y singular, sino un cuerpo moral,
que empezó a formarse en tiempo de los apóstoles,
que desde entonces empezó a existir en el mundo,
que ha existido hasta nuestros tiempos,
que existe actualmente, y bien crecido y robusto,
y que en fin, se dejará ver en el mundo entero, y perfecto en todas sus partes, cuando esté concluido enteramente el misterio de iniquidad.
Esta consecuencia se verá más clara en la observación que vamos a hacer de las ideas que nos da la Escritura del Anticristo mismo, con que nos tiene amenazados.
§ 5 Ideas del Anticristo, que nos da la divina Escritura
Casi todos los intérpretes del Apocalipsis convienen entre sí, como en una verdad general, que la bestia terrible de siete cabezas y diez cuernos, cuya descripción en toda forma se lee en el capítulo XIII, y cuyo fin en el XIX, es el Anticristo.
Pues esta bestia, y todas las cosas particulares que se dicen de ella, ¿cómo se podrán acomodar, como se podrán concebir, si se habla de una persona individual y singular?
La sola descripción de la bestia, aunque no se considerase otra cosa, parece inacomodable a una persona singular:
§ 6 Explicación de este misterio,
supuesto que el Anticristo sea una persona singular
Dicen primeramente y en general, que la bestia de que aquí se habla, no es otra cosa que el Anticristo. Mas les es necesario acomodar a esta persona todas las particularidades.
Yo solo busco la explicación de tres: las siete cabezas de la bestia, sus diez cuernos, la herida de muerte y su milagrosa curación.
Cuanto a lo primero, nos aseguran que la bestia en general es el Anticristo; mas como este Anticristo ha de ser un monarca universal de toda la tierra, como para llegar a esta grandeza ha de hacer guerra formal a todos los reyes, que en aquel tiempo, dicen, serán solos diez en todo el orbe, como de estos diez ha de matar tres, y los otros siete los ha de sujetar a su dominación: por eso estos siete reyes, súbditos ya del Anticristo y sujetos a su imperio, se representan en la bestia como cabezas suyas: tenía siete cabezas.
No obstante, si leemos la Escritura, no hallamos tal noticia. Una circunstancia que es la única que podía servirle, esa es puntualmente la que falta en el texto.
Explícome. Hallamos en el capítulo VII de Daniel:
una bestia, terrible con diez cuernos, los cuales figuran otros tantos reyes.
entre estos diez cuernos, sale otro pequeño al principio; mas, que con el tiempo crece y se hace mayor que todos
a la presencia de este caen y son arrancados tres de los diez; lo cual, como se explica allí mismo, quiere decir, que este cuerno o esta potencia humillará tres reyes, y humillar no es lo mismo que matar.
Buscamos después de esto lo que debe suceder con los otros siete reyes que quedan, y no hallamos que se hable de ellos ni una sola palabra.
¿Cómo, pues, se asegura sobre este sólo fundamento, y se asegura con tanta formalidad, que el Anticristo matará tres reyes, y sujetará a su dominación los otros siete?
El texto solo dice, que este último cuerno humillará tres, y si los otros siete son vencidos y obligados a recibir el yugo de otra dominación, ¿qué mayor humillación pueden sufrir? Luego en este caso debía decir, que humillará no solo tres, sino todos los diez.
Fuera de esto, ¿con qué razón se puede decir que este cuerno terrible será el Anticristo, y no la bestia misma espantosa y prodigiosa, que lo tiene en su cabeza, y usa de él, y lo juega según su voluntad?
Crece mucho más el embarazo de esta explicación, si considerando la bestia del Apocalipsis, pedimos que nos muestren en ella con distinción y claridad la persona misma del Anticristo.
Nos dicen que es la bestia, y que sus siete cabezas son siete reyes súbditos suyos que él ha vencido y humillado, y que los tiene prontísimos a ejecutar todas sus órdenes.
Y la persona misma de este Anticristo, digo yo, ¿cuál es? O es el cuerpo trunco de la bestia, sólo y sin cabeza alguna, o aquí falta otra cabeza mayor que todas.
Es más que visible el embarazo. Por lo cual no reparan en avanzar una especie de contradicción, diciendo que una de las siete cabezas de la bestia es la persona misma del Anticristo.
Por otra parte, las siete cabezas de la misma bestia son los siete reyes que han quedado vivos, aunque vencidos y sujetos a la dominación del Anticristo, luego la persona misma del Anticristo es uno de los siete reyes, etc., luego siendo estos siete reyes, como son, las cabezas de la bestia, son al mismo tiempo solas seis.
La segunda cosa son los diez cuernos todos coronados que tiene la bestia. El texto solo dice que la bestia tenía diez cuernos; mas no dice si todos diez estaban en una sola cabeza, o si estaban repartidos entre todas.
No obstante, los doctores los ponen todos diez o los suponen en una sola cabeza, a quien hacen la persona del Anticristo; y así dicen, que los diez cuernos son los diez reyes que entonces habrá en el mundo, todos súbditos del Anticristo, y prontos a ejecutar sus órdenes.
De aquí se sigue otro enigma; este es, que el Anticristo tendrá a su disposición diez reyes todos coronados, y por consiguiente vivos y actualmente reinantes, y al mismo tiempo solo tendrá siete.
¿Por qué? Porque según nos acaban de decir en la explicación de las siete cabezas, estas significan los siete reyes que han de quedar vivos y súbditos del Anticristo, después de la muerte de los otros tres.
Si solo han quedado siete vivos, ¿cómo aparecen en la cabeza de la bestia todos diez coronados?
Podrá decirse, que en lugar de los tres reyes muertos, pondrá de su mano el Anticristo otros tres, que le quedarán obligados, y lo servirán con empeño y fidelidad, con los cuales se completará el número de diez.
La tercera cosa que hay que explicar es, la herida de muerte de una de las siete cabezas, su maravillosa curación, y lo que de esto resultó en toda la tierra.
Los intérpretes se dividen aquí en dos opiniones.
La primera dice, que uno de aquellos siete reyes súbditos ya del Anticristo, morirá y el Anticristo públicamente a vista de todos, y sabiéndolo todos, lo resucitará por arte del diablo.
La segunda opinión dice que la cabeza herida de muerte será el mismo Anticristo, que morirá y resucitará al tercer día, todo fingidamente.
Ahora, esta imitación de la muerte y resurrección de Cristo, ¿para qué la habrá menester el Anticristo? ¿Acaso para que lo tengan por el verdadero Mesías prometido en las Escrituras? Sí, puntualmente para esto. ¿Pero quiénes?
Todos los habitadores de la tierra se reducen fácilmente a cuatro clases de personas:
-
cristianos, tomada esta palabra latísimamente con toda su extensión,
-
étnicos o gentiles,
-
mahometanos,
-
judíos.
¿Para cuál de estas cuatro clases de gentes podrá ser a propósito aquel milagro? ¿A cuál de ellas pretenderá persuadir el Anticristo que es el verdadero Mesías?
¿A los cristianos? Cierto que no; respecto de estos el milagro probará lo contrario: probará que no puede ser Cristo verdadero, sino fingido un hombre que muere, aunque resucite luego; pues que habiendo Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere: la muerte no se enseñoreará más de él. Cristo verdadero que murió y resucitó una vez, no puede volver a morir.
¿Será acaso el milagro para los étnicos o gentiles? Tampoco, como estos no tienen idea alguna del Mesías, no podrán admirarse.
Lo mismo digo de los mahometanos.
No nos queda, pues sino la última clase de gentes, que son los judíos. Así la muerte y resurrección del Anticristo será solamente para engañar a los judíos, los cuales por sus mismas Escrituras podrán tener alguna luz de la muerte y resurrección de su Mesías.
Mas no obstante esta luz de las Escrituras, es cierto que esa muerte y resurrección del verdadero Mesías fue para ellos piedra de tropiezo, y piedra de escándalo.
Al mismo Mesías, cuando les habló claramente de su muerte, le respondieron como escandalizados, Nosotros hemos oído de la ley, que el Cristo permanece para siempre; ¿pues cómo dices tú, conviene que sea alzado el Hijo del Hombre? Tan lejos como esto estaban de pensar que su Mesías podía morir, aunque fuese para luego resucitar.
¿Y creemos que recibirán por su Mesías al Anticristo por verlo morir y resucitar? ¿Y creemos, que recibirán al Anticristo que se fingirá muerto y resucitado para que los judíos lo crean y reciban por su Mesías?
Bebe añadirse otra reflexión: esto es, que en el tiempo de la herida y curación de una de las cabezas de la bestia, los más de los doctores suponen ya al Anticristo monarca universal de toda la tierra; ya suponen muertos tres reyes, y sujetos a su obediencia todos los demás; por consiguiente ya lo suponen creído mucho antes de los judíos, y recibido por su rey y Mesías; pues según ellos mismos esta ha de ser la primera empresa del Anticristo, aun antes de salir de Babilonia.
¿Para qué, pues, podrá ser buena esta ficción de muerte, y de muerte no natural sino violenta, cuando ya los judíos lo adoran como a su Mesías, y lo restante del linaje humano, como a su rey, y como a su Dios?
Parece bien difícil de comprenderse:
-
por una parte, la bestia de siete cabezas y diez cuernos es el Anticristo;
-
por otra parte, el Anticristo no es más que una de las siete cabezas de la bestia;
-
por una parte las siete cabezas son siete reyes vencidos del Anticristo y súbditos suyos;
-
por otra parte, el Anticristo mismo es uno de los siete;
-
por una parte, los diez cuernos son diez reyes coronados, vivos y sanos, que sirven al Anticristo;
-
por otra parte, no pueden señalarse arriba de siete; pues el Anticristo mismo mató tres, que no quisieron servirle de cuernos, etc.
¡Qué oscuridad! La causa de todo no parece que pueda ser otra, sino el sistema o principio sobre que se ha procedido, mirando a este Anticristo como a una persona individua y singular.
§ 7 Se propone otra explicación de todo este misterio en otro principio
Figurémonos ahora al Anticristo como un gran cuerpo moral, compuesto de millares de personas, mas todas unidas; todas animadas de aquel espíritu que divide a Jesús.
En este Anticristo se comprende bien, lo primero, la metáfora de siete cabezas en una bestia; se concibe, digo, como siete cabezas diversas entre sí, o siete falsas religiones que pueden entrar en una misma idea o proyecto particular, se unirán para esto en un solo cuerpo, esto es, para hacer guerra en toda forma al cuerpo y Cristo, y a Cristo mismo, no en alguna parte determinada de la tierra, sino en toda ella y a un mismo tiempo.
Se comprende bien lo segundo, la metáfora de los diez cuernos todos coronados; y se concibe sin dificultad, como diez o más reyes pueden entrar en el mismo sistema o misterio de iniquidad, prestando a la bestia, compuesta ya de siete, toda su autoridad y potestad, ayudándola para aquella empresa.
Se concibe en fin, como una de las siete cabezas, o una de las siete bestias unidas, puede recibir algún golpe mortal, y no obstante ser curada la llaga metafórica.
Sería conveniente y aún necesario leer otra vez todo el párrafo VII del fenómeno antecedente, trayendo también a la memoria lo que dijimos sobre las cuatro bestias de Daniel.
Estas cuatro bestias tienen una relación tan estrecha con la bestia del Apocalipsis, que más parece identidad que parentesco.
Yo a lo menos no hallo otra diferencia, sino que el Profeta toma a las bestias cada una de por sí, mirando a cada una separadamente desde su nacimiento, y siguiéndola en espíritu desde su tiempo hasta otro; San Juan por el contrario las toma todas juntas, y unidas en un mismo cuerpo, como que solamente las considera en el estado de madurez y perfección brutal, que han de tener en los últimos tiempos.
San Juan dice, que la bestia que vio, tenía siete cabezas, que es lo mismo que decir, ni sé que otra cosa se pueda decir más natural, que a siete bestias diversas entre sí, las vio unidas en un mismo cuerpo, y animadas de un mismo espíritu.
Daniel, aunque solo nombra cuatro, mas estas cuatro son siete en la realidad, pues la tercera que es el leopardo, se compone de cuatro; y estas cuatro con las dos primeras, leona y oso, y con la última terrible hacen siete.
San Juan dice de su bestia, que era semejante a un leopardo con boca de león y pies de oso; conque la compara al mismo tiempo, y la asemeja al león, oso y leopardo.
Estas son puntualmente las tres primeras bestias de Daniel: mejor diremos las seis primeras, pues en el leopardo se incluyen cuatro.
A la bestia que falta no se le halla semejanza con las otras bestias conocidas, y por eso no se le pone nombre, ni en el Apocalipsis, ni en Daniel: solo dice este Profeta, que no tenía semejanza alguna con las otras.
San Juan dice de su bestia, que la vio salir del mar; lo mismo dice Daniel de sus cuatro bestias, y casi con las mismas palabras.
San Juan nos representa su bestia con diez cuernos todos coronados; lo mismo en sustancia hace Daniel, con sola esta diferencia, que pone los diez cuernos en la cabeza de la última bestia, porque a ésta la considera en sí misma, y como separada de las otras; mas San Juan, que la considera unida con las otras y formando entre todas un solo cuerpo, o una sola bestia, pone todos los diez cuernos en esta bestia, o en este conjunto, sin decirnos en particular si están todos en una cabeza, o repartidos entre todas, o todos en cada una.
Los diez cuernos, dice Daniel, y lo mismo dice San Juan, significan diez reyes (sea éste un número determinado, o indeterminado, hace poco a la sustancia del misterio).
Estos diez cuernos los vio Daniel en la cabeza de su última bestia, que es visiblemente la que debe hacer el papel o figura principal en esta tragedia; porque si esta bestia se considera en sí misma, prescindiendo de las otras, los cuernos parece que han de ser propios suyos; ella los ha de criar, y sustentar, y arraigar con grandes cuidados, como que le son infinitamente necesarios para poner en obra sus proyectos.
Mas cuando esta bestia se trague las otras, es decir, cuando traiga a su partido un número suficiente de individuos pertenecientes a las otras bestias; cuando les haga entrar en sus impías ideas; cuando en todas las partes del mundo haga declararse formalmente contra Cristo muchos gentiles, muchos mahometanos, y principalmente muchísimos cristianos de los que pertenecen al falso cristianismo, aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero; cuando en suma, todos estos formen con ella un solo cuerpo, y sean animados de un mismo espíritu (que es el estado en que los considera San Juan) entonces todos los cuernos serán comunes a todas las cabezas, o a todas las bestias unidas; todas herirán, o espantarán con ellos; y todo aquel cuerpo de iniquidad estará como en seguro por los cuernos; será como una consecuencia necesaria, que tiemble en su presencia toda la tierra; que se rindan sus habitadores, y que le hinquen la rodilla.
§ 8 El cuerno undécimo
Se puede objetar: si el misterio de las cuatro bestias de Daniel es lo mismo en sustancia que el del Apocalipsis, ¿por qué San Juan no hace mención alguna de aquel cuerno insigne, que hace tanto ruido en la cabeza de la cuarta bestia, siendo este un suceso tan notable, que los doctores piensan comúnmente que este cuerno es el Anticristo mismo?
A esta dificultad se responde que este silencio del Apocalipsis respecto del undécimo cuerno, es una prueba clara y sensible, de que este cuerno no es el Anticristo; pues hablando San Juan de propósito del Anticristo, dando tantas noticias y tan individuales de esta gran tribulación, con todo eso, omite este suceso particular, como si fuese ajeno del Anticristo, o no tan esencial al misterio de iniquidad.
Síguese de aquí que, si este cuerno último, o este rey, o esta potencia es propiamente el Anticristo, luego no es la bestia del Apocalipsis; y si esta bestia es el Anticristo, como parece innegable por el contexto de toda la profecía, luego no es el cuerno undécimo de que se habla en Daniel.
El Anticristo, señor mío, no es ni puede ser un cuerno solo de la bestia, ni aun todos juntos.
El Anticristo perfecto y completo, como lo esperamos para los últimos tiempos y como lo considera San Juan, es la bestia misma del Apocalipsis con sus siete cabezas y diez cuernos.
Si Daniel, pues, nombra otro cuerno más, fuera de los diez, lo que quiere decirnos es que su bestia cuarta se servirá más de él y hará más daño con él solo que con los otros diez.
Tal vez la bestia misma se valdrá de este cuerno para humillar tres de los diez que no viere tan arraigados en su cabeza, o tan prontos a servirla como ella los quisiera.
¿Quién sabe si este cuerno terrible, o esta potencia, producción propia de la cuarta bestia, la tenemos ya en el mundo, y por verla todavía en su infancia no la conocemos?
§ 9 Se explica la herida y curación de una de las cabezas de la bestia,
y todas sus resultas
La cuarta bestia de Daniel la tenemos ya nacida y existente en el mundo, aunque todavía cubierta de piel finísima, que disimula no poco su ferocidad natural.
No obstante, resalta sobre su misma piel el odio formal a Cristo y a su cuerpo.
A las otras religiones las mira con suma indiferencia, no las odia, no las injuria, no las insulta; antes muchas veces las lisonjea con fingidos elogios. No le incomodan de modo alguno; no son capaces de hacerle resistencia, antes pueden ayudarle con servicios más oportunos. Las puede muy bien unir consigo, formar con ellas un mismo cuerpo, y hacer que este cuerpo se anime de aquel espíritu terrible que a ella le agita.
Podemos ya profetizar sin ser profetas, que finalmente llegará tiempo en que vea el mundo entera y perfecta una bestia monstruosa compuesta de siete, conforme la describe San Juan en el capítulo XIII de su profecía.
Con esta idea sencilla y clara, se concibe al punto cómo pueda suceder naturalmente la circunstancia particular de que habla San Juan, diciendo que vio una de sus cabezas como herida de muerte: y fue curada su herida mortal, etc.: y cómo esta bestia compuesta ya de siete, pueda recibir un golpe terrible en una de sus cabezas, y sanar después de algún tiempo con asombro de toda la tierra.
Imaginad para esto, que alguna de las bestias unidas no se acomode bien con aquella mezcla; que descontenta y desengañada dé muestras de querer oír la verdad, de querer para esto desatarse de aquel cuerpo y de aquel espíritu que lo ama y se desata efectivamente; veis aquí con esto solo alterada y desconcertada toda la bestia, y como en peligro de perderlo todo.
Veis aquí puestos en movimiento la tierra y el infierno, para haber modo de curar aquella llaga, y remediar aquel mal.
Si esto se consigue, ya tenemos hecho el milagro que debe admirar a toda la tierra, y llenarla de nuevo espanto y temblor.
Esta cabeza herida puede ser verosímilmente alguna de las cuatro del falso Cristianismo, por ejemplo, la segunda; mas esto no es posible asegurarlo, porque como puede ser una, puede ser otra.
Yo me inclino más por ciertas señales a pensar o sospechar, que este golpe duro y terrible lo ha de recibir de la mano omnipotente de Dios vivo la cabeza más culpada de todas, la más impía, la más audaz, la que mueve, o ha de mover toda la máquina, y parece que esto deberá suceder hacia los principios de la impía unión.
Acaso este golpe terrible se lo dará por medio de aquellos tres reyes que han de ser humillados por el cuerno undécimo, y acaso esta humillación de estos tres reyes será una resulta de su fidelidad y celo por la defensa de la religión. Y acaso, en fin, esta misma humillación de tres reyes cristianos y píos, que podían hacer alguna oposición, será todo el bálsamo necesario y eficaz para curar aquella herida.
En este caso, parece una consecuencia necesaria, que herida la cabeza principal de la bestia se disuelva al punto, y desaparezca por algún tiempo todo aquel cuerpo de iniquidad: que las otras cabezas se separen unas de otros, y que se escondan donde pudieren, mientras se pone en cura formal la cabeza enferma, es decir, mientras la filosofía ayudada de todo el infierno, halla modo de remediar aquel mal, volviendo a trabajar de nuevo sobre fundamentos más sólidos y más infernales.
Así se entiende de algún modo otro texto o enigma oscurísimo del capítulo XVII del Apocalipsis.
§ 10 Reflexiones
Es muy de temer, que esta idea que nos hemos formado del Anticristo, y que hallamos en toda suerte de libros, menos en la Escritura santa, sea la causa principal o la verdadera de aquel descuido tan grande en que estarán los hombres, cuando llegue el día del Señor.
Paréceme que una de las causas de este descuido, y tal vez la mayor, o la más inmediata, será sin duda las falsas ideas, no menos de la venida de Cristo, que de la venida o manifestación del Anticristo, y del Anticristo mismo.
No obstante, el gran trabajo es que el Anticristo que nos anuncian las Escrituras no es solamente la bestia de diez cabezas y diez cuernos; le falta a esta bestia, o a esta máquina, para su total complemento una pieza importante y esencial, sin la cual la gran máquina quedara sin efecto, y no tardara mucho en disolverse.
Esta pieza importante necesita una observación particular.
§ 11 La bestia de dos cuernos, del mismo Capítulo XIII del Apocalipsis
Esta bestia de dos cuernos, nos dicen con gran razón los intérpretes del Apocalipsis, que será el pseudo-profeta del Anticristo. Mas así como hacen al Anticristo una persona individua y singular, así del mismo modo conciben a su falso profeta.
Muchos piensan que éste será algún obispo apóstata, pareciéndoles ver en sus dos cuernos como de cordero, un símbolo propio de la mitra. Pues este hombre nuevo, y extraordinario, será toda la confianza y todo el amor del Anticristo; siempre lo tendrá a su lado en calidad de su consejero, y de su Profeta, y lo llevará consigo en todas sus expediciones.
A la confianza del soberano corresponderá el fiel ministro, y fervoroso misionero, con servicios reales, y de suma importancia; pues ya con su elocuencia admirable, ya con su exterior de santidad, ya con milagros continuos, e inauditos, ya con promesas, ya con amenazas hará creer a todos los habitadores de la tierra, que el Anticristo es su verdadero y legítimo rey.
No contento con esto solo, les hará creer que también es el verdadero Dios, y hará que todos lo adoren como a tal; hará que todos, grandes y pequeños, traigan siempre en la mano, o la frente, cierta señal o carácter que los dé a conocer por fieles adoradores de este nuevo dios; hará que ninguno sea admitido a la sociedad o comercio humano, ni pueda, comprar, ni vender, si no lleva públicamente dicha señal; hará morir en los tormentos a aquellos pocos que tuviesen la audacia de resistir a la fuerza de su predicación.
En suma: un hombre solo, en menos de cuatro años de ministerio, conseguirá lo que millares de hombres no han conseguido en muchos siglos. Convertirá, digo, a la nueva religión y al culto del nuevo dios a todos los pueblos, tribus y lenguas, haciendo en todas las cuatro partes del mundo, que los idólatras renuncien a sus ídolos, los mahometanos a su Mahoma; los judíos al Dios de Abrahán, y los cristianos a Cristo.
Éste es, según ellos, el misterio encerrado en esta metáfora; ni hay otra cosa que poder pensar ni sospechar. Mas los que no podemos concebir al Anticristo como una individua persona, ¿cómo podremos concebir en esta forma a su pseudo-profeta? Los que miramos en la primera bestia un cuerpo moral, o una gran máquina compuesta de muchas piezas diferentes, ¿cómo podremos, guardando consecuencia, mirar otra cosa en la segunda?
Esta bestia nueva, lejos de significar un obispo particular, o un hombre individuo y singular, significa y anuncia, según la expresión clara del mismo Cristo, un cuerpo inicuísimo y peligrosísimo, compuesto de muchos seductores: se levantarán (dice) muchos falsos profetas… y darán grandes señales y prodigios…
Pues esta bestia nueva, este cuerpo moral, compuesto de tantos seductores, será sin duda en aquellos tiempos infinitamente más perjudicial, que toda la primera bestia, compuesta de siete cabezas, y armada con diez cuernos todos coronados.
No espantará tanto al cuerpo, o al rebaño de Cristo la muerte, los tormentos, los terrores y amenazas de la primera bestia, cuanto el mal ejemplo de los que debían darlo bueno, la persuasión, la mentira, las órdenes, las insinuaciones directas o indirectas; y todo con aire de piedad y máscara de religión, todo confirmado con fingidos milagros, que el común de los fieles no es capaz de distinguir de los verdaderos.
Es más que visible a cualquiera que se aplique a considerar seriamente esta bestia metafórica, que toda ella es una profecía formal y clarísima del estado miserable en que estará en aquellos tiempos la Iglesia Cristiana, y del peligro en que se hallarán aun los más de los fieles, aun los más inocentes, y aun los más justos.
Sí, amigo mío, nuestro sacerdocio; éste es, y no otra cosa el que viene aquí significado, y anunciado para los últimos tiempos debajo de la metáfora de una bestia con dos cuernos semejantes a los del cordero.
¿Qué tenéis que extrañar esta proposición? ¿Ignoráis acaso la historia? ¿Ignoráis los principales y más ruidosos escándalos del sacerdocio hebreo? ¿Ignoráis los escándalos horribles y casi continuados por espacio de diez y siete siglos del sacerdocio cristiano?
¿Quién perdió enteramente a los judíos, sino su sacerdocio?
Ahora digo yo: ¿este sacerdocio lo era acaso de algún ídolo o de alguna falsa religión? ¿Había apostatado formalmente de la verdadera religión que profesaba? ¿Había perdido la fe de sus Escrituras y la esperanza de su Mesías? ¿No tenía en sus manos las Escrituras? ¿No podía mirar en ellas como en un espejo clarísimo la verdadera imagen de su Mesías, y cotejarla con el original que tenía presente?
Sí, todo es verdad; mas en aquel tiempo y circunstancias, todo esto no bastaba, ni podía bastar. ¿Por qué? Porque la iniquidad de aquel sacerdocio, generalmente hablando, había llegado a lo sumo. Estaba viciado por la mayor y máxima parte; estaba lleno de malicia, de dolo, de hipocresía, de avaricia, de ambición; y por consiguiente lleno también de temores y respetos puramente humanos, que son lo que se llaman en la Escrituras la prudencia de la carne y el amor del siglo, incompatibles con la amistad de Dios.
Ésta fue la verdadera causa de la reprobación del Mesías, y de todas sus funestas consecuencias.
¿Qué tenemos, pues, que maravillarnos de que el sacerdocio cristiano pueda en algún tiempo imitar en gran parte la iniquidad del sacerdocio hebreo? ¿Qué tenemos que maravillarnos de que sea el únicamente simbolizado en esta bestia de dos cuernos?
Los que ahora se admiren de esto, o se escandalizaren de oírlo, o lo tuvieren por un despropósito increíble, es muy de temer, que llegada la ocasión, sean los primeros que entren en el escándalo, y los primeros presos en el lazo. Por lo mismo que tendrán por increíble tanta iniquidad en personas tan sagradas, tendrán también por buena la misma iniquidad.
¿Qué hay que maravillarse después de tantas experiencias? Así como en todos tiempos han salido del sacerdocio cristiano bienes verdaderos e inestimables, que han edificado y consolado la Iglesia de Cristo, así han salido innumerables y gravísimos males, que la han escandalizado y afligido.
Consideradlo bien, y entenderéis fácilmente cómo la bestia de dos cuernos puede hacer tantos males en los últimos tiempos.
Entenderéis, digo, cómo el sacerdocio de los últimos tiempos, corrompido por la mayor parte, pueda corromperlo todo, y arruinarlo todo, como lo hizo el sacerdocio hebreo.
Entenderéis en suma, cómo el sacerdocio mismo de aquellos tiempos, con su pésimo ejemplo, con persuasiones, con amenazas, con milagros fingidos, etc., podrá alucinar a la mayor parte de los fieles, podrá deslumbrarlos, podrá cegarlos, podrá hacerlos desconocer a Cristo, y declararse en fin por sus enemigos.
¡Oh! ¡Qué tiempos serán aquéllos! ¡Qué oscuridad! ¡Qué temor! ¡Qué tentación! ¡Qué peligro! Si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva.
¿Qué pensáis que será cuando las simples ovejas de Cristo de toda edad, de todo sexo, de toda condición, viéndose perseguidas de la primera bestia, y amenazadas con la potencia formidable de sus cuernos, se acojan al abrigo de sus pastores, implorando su auxilio, y los encuentren con la espada en la mano, no cierto para defenderlas, como era su obligación; sino para afligirlas más, para espantarlas más, para obligarlas a rendirse a la voluntad de la primera bestia?
¿Qué pensáis que será, cuando poniendo los ojos en sus pastores, como en su único refugio y esperanza, los vean temblando de miedo, mucho más que ellos mismos, a vista de la bestia, y de sus cuernos coronados, por consiguiente los vean aprobando prácticamente toda la conducta de la primera bestia, aconsejando a todos que se acomoden con el tiempo por el bien de la paz, que por este bien de la paz (falsa verdaderamente) tomen el carácter de la bestia en las manos o en la frente, esto es, que se declaren públicamente por ella, fingiendo para esto milagros y portentos, para acabar de reducirlas con apariencia de religión?
¿Qué pensáis que será, cuando muchos fieles justos y bien instruidos en sus obligaciones, conociendo claramente que no pueden en conciencia obedecer a las órdenes que saldrán en aquel tiempo de la potestad secular, se determinen a obedecer a Dios, arriesgarlo todo por Dios, y se vean por esto abandonados de todos, arrojados de sus casas, despojados de sus bienes, separados de sus familias, privados de la sociedad y comercio humano, sin hallar quien les dé, ni quien les venda, y todo esto por orden y mandato de sus propios pastores?
Todo esto porque no se les ve ni en las manos ni en la frente señal alguna de ser contra Cristo. Todo esto porque no se declaran públicamente por Anticristos.
Persecuciones de la potencia secular las padeció la Iglesia de Cristo terribilísimas, y casi continuas, por espacio de 300 años, y con todo eso se salvaron tantos, que se cuentan no a centenares ni a millares, sino a millones. Lejos de ser aquellos tiempos de persecución peligrosos para la Iglesia, fueron por el contrario los más a propósito, los más conducentes, los más útiles para que la misma Iglesia creciese, se arraigase, se fortificase y dilatase por toda la tierra.
No fue necesario ni conveniente abreviar aquellos días por temor de que pereciese toda carne; antes fue convenientísimo dilatarlos para conseguir el efecto contrario. Así los dilató el Señor muy cerca de tres siglos, muy cierto y seguro de que por esta parte nada había que temer; mas en la persecución o tribulación horrible de que vamos hablando, se nos anuncia claramente por boca de la misma verdad, que deberá suceder todo lo contrario: Porque
habrá entonces grande tribulación, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora, ni será. Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva.
Pensad, amigo, con formalidad, cuál podrá ser la verdadera razón de una diferencia tan grande, y difícilmente hallareis otra, que la bestia nueva de dos cuernos que ahora consideramos, o lo que es lo mismo, el sacerdocio cristiano, ayudando a los perseguidores de la Iglesia y de acuerdo con ellos, por la abundancia de su iniquidad.
En las primeras persecuciones hallaban los fieles en su sacerdocio o en sus pastores, no solamente buenos consejos, instrucciones justas y santas, exhortaciones fervorosas, etc., sino también la práctica de su doctrina. Los veían ir delante con el ejemplo; los veían ser los primeros en la batalla; los veían no estimar ni descanso, ni hacienda, ni vida, por la honra de su Señor, y por la defensa de su grey.
Si leéis el Martirologio romano, apenas hallareis algún día del año que no esté ennoblecido y consagrado con el sacrificio de estos santos pastores; mas en la persecución anticristiana, en que el sacerdocio estará ya por la mayor y máxima parte enemigo de la cruz de Cristo (Ad Philip. III, 18) , en que estará mundano, sensual, y por eso provocando a vómito, como lo anuncia claramente San Juan, en que estará resfriado enteramente en la caridad por la abundancia de la iniquidad; será ya imposible que los fieles hallen en él lo que no tiene, esto es, espíritu, valor, desinterés, desprecio del mundo, y celo de la honra de Dios; y será necesario que hallen lo que sólo tiene, esto es, vanidad, sensualidad, avaricia, cobardía, y todo lo que de aquí resulta en perjuicio del mísero rebaño, esto es, seducción, tropiezo, escándalo y peligro.
No por esto se dice, que no habrá en aquellos tiempos algunos pastores buenos, que no sean mercenarios. Sí, los habrá; ni se puede creer menos de la bondad y providencia del sumo pastor; mas estos pastores buenos serán tan pocos, y tan poco atendidos, respecto de los otros, como lo fue Elías respecto de los profetas de su tiempo, que unos y otros resistieron obstinadamente y persiguieron a los profetas de Dios; unos y otros hicieron inútil su celo, e infructuosa su predicación; unos y otros fueron la causa inmediata, así de la corrupción de Israel, como de la ruina de Jerusalén.
Los doctores mismos lo reconocen así, lo conceden en parte; y esta parte una vez concedida, nos pone en derecho de pedir el todo. No hallando otra cosa a que poder acomodar lo que aquí se dice de la segunda bestia (a la cual en el capítulo XVI y XIX se le da el nombre de pseudo-profeta), convienen comúnmente en que esta bestia o este pseudo-profeta, será algún obispo apóstata, lleno de iniquidad y malicia diabólica, que se pondrá de parte del Anticristo, y lo acompañará en todas sus empresas.
Mas este obispo singular (sea tan inicuo, tan astuto, tan diabólico, como se quisiere o pudiere imaginar) ¿será capaz de alucinar con sus falsos milagros, y pervertir con sus persuasiones a todos los habitantes de la tierra? ¿Y esto en el corto tiempo de tres años y medio? ¿Y esto en un asunto tan duro, como es que todos los habitadores de la tierra tengan al Anticristo no sólo por su rey, sino por su dios? ¿No choca esto manifiestamente al sentido común? ¿No pasa esto fuera de los límites de lo increíble?
Lo que no puede concebirse en una persona singular, se puede muy bien concebir y se concibe al punto en un cuerpo moral, compuesto de muchos individuos repartidos por toda la tierra; se concibe al punto en el sacerdocio mismo, o en su mayor y máxima parte, en el estado de tibieza y relajación en que estará en aquellos tiempos infelices.
Tampoco es menester decir, que el sacerdocio de que hablamos, habrá ya apostatado de la religión cristiana. Si hubiere en él algunos apóstatas formales y públicos, que sí los habrá, y no pocos, éstos no deberán mirarse como miembros de la segunda bestia, sino de la primera.
Bastará, pues, que el sacerdocio de aquellos tiempos peligrosos se halle ya en aquel mismo estado y disposiciones en que se hallaba en tiempo de Cristo el sacerdocio hebreo, quiero decir, tibio, sensual y mundano, con la fe muerta o dormida, sin otros pensamientos, sin otros deseos, sin otros afectos, sin otras máximas que de tierra, de mundo, de carne, de amor propio, y olvido total de Cristo y del Evangelio.
De manera, que así como los cuernos coronados de la primera bestia significan visiblemente la potestad, la fuerza, y las armas de la potencia secular de que aquella bestia se ha de servir para herir y hacer temblar toda la tierra; así los cuernos de la segunda, semejantes a los de un cordero, no pueden significar otra cosa, que las armas o la fuerza de la potestad espiritual, las cuales aunque de suyo son poco a propósito para poder herir, para poder forzar, o para espantar a los hombres; mas por eso mismo se concilia esta potencia mansa y pacífica, el respeto, el amor y la confianza de los pueblos; y por eso mismo es infinitamente más poderosa, y más eficaz para hacerse obedecer, no solamente con la ejecución, como lo hace la potencia secular, sino con la voluntad, y aun también con el entendimiento.
Mas esta bestia en la apariencia mansa y pacífica tenía un arma horrible y ocultísima, que era su lengua, la cual no era de cordero, sino de dragón.
Lo que quiere decir esta similitud, y a lo que alude manifiestamente, lo podéis ver en el capítulo III del Génesis. Allí entenderéis cuál es la lengua, o la locuela del dragón, y por esta la locuela entenderéis también fácilmente la locuela de la bestia de dos cuernos en los últimos tiempos, de la cual se dice, que como habló el dragón en los primeros tiempos, y engañó a la mujer, así hablará en los últimos la bestia de dos cuernos, o por medio de ella el dragón mismo.
Hablará con dulzura, con halagos, con promesas, con artificio, con astucias, con apariencias de bien, abusando de la confianza y simplicidad de las pobres ovejas para entregarlas a los lobos, para hacerlas rendirse a la primera bestia, para obligarlas a que la adoren, la obedezcan, la admiren, y entren a participar o a ser iniciadas en su misterio de iniquidad.
Y si algunas se hallaren entre ellas tan entendidas que conozcan el engaño, y tan animosas que resistan a la tentación (como ciertamente las habrá) contra éstas se usarán, o se pondrán en gran movimiento las armas de la potestad espiritual, o los cuernos como de cordero, prohibiendo que ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la señal, o el nombre de la bestia. Éstas serán separadas de la sociedad y comunicación con las otras, a éstas nadie les podrá comprar ni vender, si no traen públicamente alguna señal de apostasía: porque ya habían acordado los judíos, dice el evangelista, que si alguno confesase a Jesús por Cristo, fuese echado de la sinagoga (Joan. IX, 22). Aplíquese la semejanza.
§ 12 Carácter de la bestia, su nombre, o el número de su nombre
Sobre lo cual, para evitar desde luego todo equívoco, debemos notar ante todas cosas, y tener muy presente una que parece clara e innegable.
Es a saber: que todas estas expresiones de que usa San Juan, esto es, el carácter de la bestia, frente, manos, etc., son puramente metafóricas, así como lo es la bestia misma, sus cabezas, y sus cuernos.
En la idea de un cuerpo moral anticristiano, compuesto de muchísimos individuos, se concibe al punto que ese cuerpo debe estar animado todo de algún espíritu, que es lo que llamamos el carácter, o el distintivo propio de este mismo cuerpo, particular y determinado.
Ahora pues, ¿qué otro espíritu puede unir y animar un cuerpo moral anticristiano, como tal, sino aquel mismo que apuntamos en el párrafo IV, con su propia definición, esto es, el espíritu que divide a Jesús?
De aquí se sigue manifiestamente, que el carácter y distintivo propio de este cuerpo moral no puede ser otro que dividir a Jesús activa y pasivamente; no puede ser otro, que el odio formal a Jesús, el oponerse a Jesús, perseguir a Jesús, procurar destruirlo, o desterrarlo del mundo, borrando del todo su nombre y su memoria.
Lo que falta solamente es que este carácter se halle también en el número 666 del mismo modo que se escribe en griego, esto es, que las letras griegas que componen dicho número, den al mismo tiempo este mismo carácter, o distintivo expreso y claro.
Entre las varias combinaciones que se han hecho de las letras griegas que forman el número 666, se halla una que da puntualmente la palabra griega ARNOUME o ARNOUMA, que corresponde a la palabra latina ABRENUNTIO, y a la española RENIEGO.
Hallada esta palabra, comparémosla luego con el texto de la profecía, y con todo su contexto, para ver si corresponde a todo con propiedad.
Siendo, pues, toda una metáfora, el carácter, o nombre, o distintivo no puede significar otra cosa que una profesión pública y descarada de aquel ABRENUNTIO, o hago profesión de renegado, que parece el carácter, o el espíritu, o el distintivo propio de toda la bestia.
Se dice que este carácter lo llevará en la frente o en las manos, para denotar la publicidad y descaro con que se profesará ya entonces el anticristianismo; pues la frente y las manos son las partes más públicas del hombre, y al mismo tiempo son dos símbolos propísimos, el primero del modo de pensar, el segundo del modo de obrar.
Se dice que no podrán comprar ni vender los que no lleven este carácter, para denotar el estado lamentable de desprecio, de burla, de odio, de abandono en que quedarán los que quisieren conservar intacta su fe; y también para denotar la tentación terrible, y el sumo peligro que será para ellos este desprecio, burla, odio, y abandono; viéndose excomulgados de todo el linaje humano.
Este reniego, este dividir a Jesús, este abandonar la fe, esta formal apostasía de las gentes cristianas, ¿os parece que será algún fantasma imaginario semejante a vuestro Anticristo?
¿Os parece que será a lo menos alguna cosa incierta, dudosa y opinable? ¿Os parece que yo lo avanzo aquí libremente sin fundamento, sin razón, sólo por llevar adelante mis ideas?
La cosa es tan clara y tan repetida en las Santas Escrituras que no lo niegan del todo, aunque procuran mitigarlo cuanto les es posible, aun aquellos mismos doctores empeñados en beatificar de todos modos al pueblo de Dios y en anunciarle segurísimamente la perpetuidad de su fe.
Por ahora nos basta tener presente aquella pregunta del Señor: cuando viniere el Hijo del Hombre, ¿pensáis que hallará fe en la tierra?
§ 14 La mujer sobre la bestia
Leed y considerad los capítulos XVII y XVIII.
Dos cosas principales debemos conocer aquí: ¿Quién es esta mujer sentada sobre la bestia? y ¿De qué tiempos se habla en la profecía, si ya pasados o todavía futuros?
Cuanto a lo primero, convienen todos los doctores que la mujer de que aquí se habla es la ciudad misma de Roma, capital en otros tiempos del mayor imperio del mundo, y capital ahora, y centro de unidad de la verdadera Iglesia cristiana.
Cuanto a lo segundo hallamos solas dos opiniones en que se dividen los doctores cristianos:
La primera sostiene, que la profecía se cumplió ya toda en los siglos pasados en la Roma idólatra y pagana.
La segunda confiesa, que no se ha cumplido hasta ahora plenamente; y afirma, que se cumplirá en los tiempos del Anticristo en otra Roma todavía futura, muy semejante a la antigua idólatra y pagana, pero muy diversa de la presente., compuesta entonces de idólatras e infieles, los cuales se habrán hecho dueños de Roma, echando fuera al Sumo Sacerdote, y junto con él a toda su corte, y a todos los cristianos.
Examinemos brevemente estas dos opiniones, o estas dos consolatorias, confrontándolas con el texto de la profecía.
Primera opinión
Entre otras grandes dificultades que padece, yo sólo propongo dos principales: una que pertenece a los delitos de la mujer, otra al castigo que se le anuncia.
Primera dificultad
El mayor delito de que la mujer viene acusada, es la fornicación; y para cerrar la puerta a todo equívoco o efugio, se nombran claramente los cómplices de esta fornicación metafórica: esto es, los reyes de la tierra (Apoc. XVII, 2); y así los reyes con la meretriz, como ella con los reyes, vivieron en delicias (Apoc. XVIII, 9).
Se pregunta ahora: ¿cómo pudo verificarse este delito en la antigua Roma? Según todas las noticias que nos da la historia, tan lejos estuvo la antigua Roma de esta infamia, que antes por el contrario, siempre miró a todos los reyes de la tierra con un soberano desprecio; ni hubo alguno en todo el mundo conocido a quien no humillase y pusiese debajo de sus pies.
A esta dificultad que salta a los ojos, y no es posible disimular, responden lo primero: que la palabra fornicación en frase de la Escritura, no significa otra cosa que la idolatría; y como la antigua Roma, viéndose señora del mundo, obligaba a los reyes de la tierra a que adorasen sus falsos dioses o ellos los adoraban por lisonjearla y complacerla, por eso se dice que fornicaba con los reyes, entendiendo por esta expresión figurada la idolatría.
Débil fundamento, porque lo más que podrá decirse en este caso es, que así Roma como los reyes fornicaban con los ídolos a quienes adoraban; pues esta adoración a los ídolos es lo que llaman los profetas fornicación; y esto no siempre, sino cuando hablan de la idolatría de Israel y de Jerusalén.
Mas no es esto lo que leemos en nuestra profecía: con quien fornicaron (dice) los reyes de la tierra, y vivieron en deleites. Habla aquí manifiestamente de un comercio criminal, no entre Roma y los ídolos; ni tampoco entre los reyes de la tierra y los ídolos de Roma.
Habla, pues, nuestra profecía clara y expresamente de un comercio ilícito con nombre de fornicación entre Roma misma y los reyes de la tierra.
Ésta es una cosa infinitamente diversa, y ésta es la que se debe explicar con propiedad y verdad; lo demás es visiblemente huir la dificultad saliendo muy fuera de la cuestión.
Segunda dificultad
La segunda dificultad de esta opinión, se funda en el castigo que se anuncia a la meretriz, el cual si se atiende a la profecía, parece cierto que hasta ahora no se ha verificado.
Fuera de esto, debe repararse en todo el contexto de la profecía desde el capítulo XVI. En lo cual se ve, que así como las phialas son unas señales terribles, que deben suceder hacia los últimos tiempos, así lo es el castigo de dicha meretriz.
A todo esto debemos añadir otra reflexión bien importante. Si, como pretenden los autores de esta opinión, la profecía se enderezaba toda a la antigua Roma, ¿cuándo se verificó este castigo?
Responden (ni hay otra respuesta que dar, ni otro tiempo a que recurrir) que se verificó el castigo de la meretriz cuando Alarico con su ejército terrible la tomó, la saqueó, la incendió y la destruyó casi del todo.
Mas, lo primero, es cosa cierta, que los males que hizo en Roma el ejército de Alarico, no fueron tantos como los que hicieron los antiguos Galos; ni como los que padeció en tiempo de las guerras civiles; ni como los que padeció en tiempo de Nerón; y sobre todo, no fueron tantos como todos los que aquí anuncia claramente la profecía, que habla de la ruina total, y exterminio eterno.
Lo segundo: en tiempo de Alarico, esto es, en el quinto siglo de la era cristiana, ¿qué Roma saqueó este príncipe bárbaro? ¿Qué Roma destruyó, e incendió casi del todo? ¿Acaso la Roma idólatra, la Roma inicua, la Roma fornicaria y meretriz por su idolatría? Cierto que no, porque en este tiempo ya no había tal Roma. La Roma única que había en este tiempo, y que persevera hasta hoy, era toda cristiana; ya había arrojado de sí todos los ídolos; por consiguiente ya no merecía el nombre de fornicaria y meretriz, ya adoraba al verdadero Dios, y a su único Hijo Jesucristo.
Segunda opinión
¿Cuándo sucederá todo esto? Sucederá, dicen con gran razón, en los tiempos del Anticristo.
Para componer ahora esta ingenua confesión con el honor y consuelo de la ciudad sacerdotal y regia, que es lo que en ambas opiniones se tira a salvar a toda costa, ha parecido conveniente, o por mejor decir necesario, hacer primero algunas suposiciones:.
Primera: el imperio romano debe durar hasta el fin del mundo.
Segunda: este imperio volverá hacia los últimos tiempos a su antigua grandeza, lustre y esplendor.
Tercera: las cabezas de este imperio serán idólatras de profesión.
Cuarta: volverá Roma a toda aquella grandeza, riquezas, lujo, majestad y gloria que tuvo en los pasados siglos.
Quinta: desterrarán de Roma estos impíos emperadores al sumo sacerdote de los cristianos, y junto con él a todo su clero secular y regular, y también a todos los cristianos que no quisieren dejar de serlo, con lo cual, libre Roma de este gran embarazo, establecerá de nuevo el culto de los ídolos, y volverá a ser tan idólatra como antes.
Con esta ingeniosidad se salva la verdad de la profecía, se salva el honor de la grande reina, y ella queda consolada, quieta, segura, sin que haya cosa alguna que pueda perturbar su paz, o alterar su reposo; pues la indignación tan ponderada del esposo, no es, ni puede ser contra ella, sino solamente contra sus enemigos.
Estos enemigos, o esta nueva Roma así considerada, cometerá sin duda nuevos y mayores delitos que la antigua Roma; volverá a ser fornicaria, meretriz y prostituta, esto es, idólatra (porque en ambas opiniones se explica del mismo modo la fornicación metafórica con los reyes de la tierra, sin querer hacerse cargo de que los reyes y los ídolos son dos cosas infinitamente diversas).
Ved ahora el modo fácil y llano con que sucederá en esta opinión el gran castigo de Roma ya idólatra y meretriz, de que habla la profecía.
Aquellos diez reyes, antes de su infortunio, sabiendo que Roma idólatra e inicua favorece las pretensiones del Anticristo su enemigo, se indignarán terriblemente contra ella, y la aborrecerán, como dice el texto.
En consecuencia de este odio se coligarán entre sí, y unidas sus fuerzas ejecutarán por voluntad de Dios todo lo que anuncia la profecía.
A poco tiempo después de esta ejecución, estos mismos diez reyes serán vencidos por el Anticristo y sujetos a su dominación, menos tres que habrán quedado no sólo vencidos, sino muertos; con lo cual, así estos diez reinos, como el mismo imperio romano, también vencido por el Anticristo, no obstante que un momento antes se supone aliado y amigo, y por serlo perdió su capital, todo esto, digo, quedará agregado al imperio de oriente o Jerusalén, quedando con esto vencidos todos los obstáculos, y abiertas todas las puertas para la monarquía universal de este vilísimo judío.
Ahora bien: y toda esta agradable historia o todas estas suposiciones, ¿sobre qué fundamento estriban, sobre qué profecía?
Diréis, acaso, lo primero, que todo esto se hace prudentemente por no dar ocasión a los herejes y libertinos a hablar más despropósitos de los que suelen contra la Iglesia romana; mas esto mismo es darles mayor ocasión, y convidarlos a que hablen con menos sinrazón, poniéndoles en las manos nuevas armas, y provocándolos a que las jueguen con más suceso.
La Iglesia Romana, fundada sobre piedra sólida, no necesita de lisonja, o de puntales falsos y débiles en sí para mantener su dignidad, su primacía sobre todas las Iglesias del orbe, y sus verdaderos derechos, a los cuales no se opone de modo alguno la profecía de que hablamos.
Nadie nos dice lo que significa en realidad y propiedad la fornicación de la mujer con los reyes de la tierra. ¡Oh, qué punto tan delicado! Por este delito se le da el nombre de fornicaria, meretriz y prostituta; y por este delito se le anuncia un castigo tan público y ruidoso.
La fornicación en frase de la Escritura, nos dicen todos, no es otra cosa que la idolatría.
¿Será posible que siquiera no reparen en la diferencia de cómplices, que tan claramente se nombran en los Profetas y en el Apocalipsis?
La fornicación de Jerusalén, dicen los Profetas, era con los reyes de palo y de piedra.
La fornicación de Roma, dice el Apocalipsis, será con los reyes de la tierra.
¿Es lo mismo dioses o ídolos de palo y de piedra, que reyes de la tierra?
La fornicación de Jerusalén no es ciertamente otra cosa que la idolatría.
Y la fornicación de Roma, ¿cuál será? Será, si así quiere llamarse, alguna otra especie de idolatría; mas no terminada en dioses falsos de palo y de piedra, sino en reyes de la tierra vivos y verdaderos; pues estos son los cómplices, clara y expresamente nombrados.
Mientras la reina no viere dentro de sí ídolo alguno, le parecerá que está segurísima, que nada hay que temer, que todo camina óptimamente, porque así se lo dicen sus doctores.
La idolatría de Jerusalén, que fue la principal causa de su ruina en tiempo de Nabucodonosor, es ciertísimo que la llaman fornicación los Profetas de Dios: mas, ¿por qué razón le dan este nombre? ¿Acaso precisamente porque adoraba los ídolos?
Parece que no, porque los mismos Profetas, hablando muchas veces de la idolatría de otras ciudades de las gentes, jamás le dan el nombre de fornicación.
Mas la idolatría de Jerusalén, y de todo Israel, tenía una circunstancia gravísima que la hacía mudar de especie; y por esta circunstancia merecía el nombre de fornicación o de adulterio, que de ambos nombres usan indiferentemente los Profetas.
Ahora, señor mío, respondedme con sinceridad: si hubiese otra Jerusalén, otra esposa del verdadero Dios, asunta a esta dignidad en lugar de aquella; otra dilecta y mucho más que la primera; si esta nueva Jerusalén, si esta nueva dilecta llegase con el tiempo a resfriarse en la caridad, a descuidarse en sus verdaderas obligaciones, a envilecer su dignidad; si fuese notada y acusada formalmente de un comercio ilícito, no ya con dioses de palo y de piedra como la primera esposa, sino con los reyes de la tierra; si el mismo esposo por alguno de sus Profetas le diese a éste tal comercio el nombre de fornicación: ¿qué otra cosa pudiera ni debiera entenderse en este caso, sino aquello mismo en sustancia, mudados solamente los cómplices, que dicen los Profetas, explicando la fornicación de la primera Jerusalén?
La fornicación de la primera esposa era con ídolos: era con dioses vilísimos de palo y de piedra: ¿y en qué consistía esta fornicación? Consistía en tenerlos por algo, siendo nada en realidad; consistía en preferirlos o igualarlos al legítimo esposo; consistía en pedirles, en esperar en ellos, en temerlos, en…
Pues aplicad la semejanza, y aplicadla según lo que sabéis: no queráis cerrar los ojos voluntariamente, no queráis haceros desentendidos, y esconder y desfigurar una verdad de tan graves consecuencias.
Lejos está por ahora la piísima y prudentísima madre de indignarse contra quien le dice, con suma reverencia y con íntimo afecto, la pura verdad. Esto sería indignarse contra Dios mismo.
Mucho menos deberá indignarse si considera, que aquí no se habla de modo alguno de Roma presente, sino solamente de Roma futura, que es puntualmente de la que habla la profecía.
Lo que decimos de los delitos de la mujer, decimos consiguientemente de su castigo.
Roma, no idólatra, sino cristiana; no cabeza de un imperio romano, sino cabeza del cristianismo, y centro de unidad de la verdadera Iglesia de Dios vivo, puede muy bien, sin dejar de serlo, incurrir alguna vez y hacerse rea delante de Dios mismo del crimen de fornicación con los reyes de la tierra, y de todas sus resultas.
Y la misma Roma en este mismo aspecto, puede recibir sobre sí el horrendo castigo de que habla la profecía.
El gran trabajo es que la profecía se cumplirá, según parece por esto mismo, quiero decir, porque nuestra buena madre se fiará más de lo que debiera de palabras consolatorias, no queriendo advertir que nacen solamente del respeto y amor de sus fieles súbditos, los cuales han mirado, y miran como un punto de piedad y aun de religión, el beatificarla a todas horas, y de todos modos.
Digámosle: No señora, no madre nuestra: no caeréis otra vez en el delito de idolatría. No es esta ciertamente la fornicación, que aquí se os anuncia; no os debe dar esto cuidado alguno, está muy lejos de vos, no menos que del texto y contexto de toda la terrible profecía.
Vuestra fe no faltará, y en esto os dicen la verdad todos vuestros doctores; pero mirad, señora, que sin faltar vuestra fe, puede muy bien faltar algún día vuestra fidelidad; sin faltar vuestra fe, puede muy bien verificarse en vos algún día otra especie de fornicación tan metafórica como la fornicación de los ídolos de la primera esposa de Dios, mas no menos abominable en sus divinos ojos, ni menos peligrosa para vos, ni menos funesta para vuestros fieles hijos, ni tampoco menos digna de castigo.
Si en esto os descuidáis algún día, por atender a vos misma, y cuidar de otra grandeza, que ciertamente no os compete, podéis temer, señora, con gran razón, que caiga sobre vos infaliblemente todo el peso de la profecía; mas tú por la fe estás en pie.
Cuando el Mesías se dejó ver en Jerusalén, es cosa cierta, que no halló en toda ella ídolo alguno. Además de esto, el culto externo, o el ejercicio externo de la religión estaba corriente; toda la ciudad en suma, era y se llamaba con propiedad la santa ciudad.
Con todo eso, Jerusalén estaba entonces en tan mal estado en los ojos de Dios, que el Mesías mismo lloró sobre ella, y no solamente la halló digna de sus lágrimas, sino también de aquel terrible anatema que fulminó contra ella en forma de profecía.
Esta profecía del hijo de Dios se verificó plenamente pocos años después, ni fue necesario para su perfecto cumplimiento que la ciudad volviese a la antigua idolatría, ni que fuese tomada por algunos príncipes étnicos, que desterrasen de ella la verdadera religión, y substituyesen el culto de los ídolos. Nada de esto fue necesario.
Jerusalén fue castigada, no por idólatra, sino por inicua; no por sus antiguos delitos, sino por aquellos mismos que el Señor la había reprendido máximamente en su sacerdocio.
La semejanza, pues, corre libremente por todas partes sin embarazo alguno, y la explicación por sí misma se manifiesta.
§ 15
Se propone y resuelve la mayor o la única dificultad
que hay contra nuestro sistema del Anticristo
Objeción en favor de la persona individua y singular del Anticristo: el Apóstol San Pablo en todo el capítulo II de su Segunda Epístola a los Tesalonicenses, habla ciertamente del Anticristo.
No se debe ni se puede dudar que hable de una persona singular; ya porque esto suena en todas sus expresiones, y su modo de hablar: ya porque siempre habla en singular, y nunca en plural; ya en fin, porque dice del Anticristo algunas cosas particulares; una en especial que no puede competer a muchos individuos, sino precisamente a uno solo.
Para responder pues, a esta gran dificultad de un modo formal e inteligible, vamos por partes. Dos son los puntos únicos sobre que estriba toda ella:
Primero: San Pablo habla del Anticristo en singular, no en plural.
Segundo: San Pablo dice de este hombre de pecado… que se sentará en el templo de Dios, mostrándose como si fuese Dios: luego habla de una persona individua y singular.
Se satisface al primer punto de la dificultad
Precisamente por hablar en singular, nada puede probar contra el asunto ni en provecho ni en contra.
Tan en singular se habla ordinariamente de un cuerpo moral, compuesto de muchos individuos, como de una sola persona: y ambos modos de hablar son igualmente buenos.
En la Escritura Divina tenemos de esto ejemplares sin número, y el mismo San Pablo nos ofrece no pocos.
Este es un modo propio de hablar en toda suerte de escrituras sagradas y profanas, cuando se habla de muchos que moralmente componen un todo.
Supongamos ahora por un momento que el Anticristo ha de ser un cuerpo moral; en este caso, ¿no serían verdaderas y propísimas las expresiones de San Pablo? ¿No le convendrían perfectamente bien a este cuerpo moral los nombres de el hombre de pecado, el hijo de perdición, etc.?
Parece que sí, y mucho más que sí se hablase en plural, diciendo hombres de pecado, hijos de perdición.
Aunque todos los individuos que deben componer el Anticristo considerados en sí mismos sean innumerables; considerados en unión, todos aquellos individuos son un todo, son un cuerpo, son un Anticristo, y ya se puede hablar de todos ellos como se habla de una persona, dando a todo aquel conjunto el nombre que le da el Apóstol cuando dice el hombre de pecado, el hijo de perdición, etc.
De este modo podemos discurrir, mirando con atención todo lo que el mismo Apóstol dice del Anticristo en el lugar citado.
Se satisface al segundo punto de la dificultad
Entre las cosas particulares que dice San Pablo del hombre de pecado, del hijo de iniquidad, o del Anticristo, una es, que no solo se opondrá, sino que se elevará sobre todo lo que se llama Dios, o que es adorado… de tal modo, que se sentará en el templo de Dios, mostrándose como si fuese Dios.
Este sentarse en el templo de Dios, mostrándose como si fuese Dios, solamente puede competir a una persona individua y singular: luego el hombre de pecado, el hijo de iniquidad, o el Anticristo debe ser, según San Pablo, un hombre individuo, o persona singular.
Ahora pregunto yo: esta parte del texto de San Pablo, ¿es clara o inteligible en todas sus partes, o no lo es?
Si no es perfectamente clara e inteligible, no puede servir de apoyo, ni ser fundamento para afirmar una cosa tan grande, tan repugnante al sentido común y tan opuesta a todas las ideas, que en tantas otras partes nos da del Anticristo la Divina Escritura.
Si es claro y perceptible a todos, deberá ser clara y perceptible la explicación.
En este supuesto, se pregunta en primer lugar, ¿de qué templo de Dios habla San Pablo?
O habla de templo solo espiritual, figurado y metafórico, o habla de algún templo material y manufacto.
Entre estos dos templos no parece que hay medio. Si habla en el primer sentido, el texto nada prueba en favor, antes prueba en contra; pues en el mismo sentido en que se tomase la palabra templo, se deberá tomar el hombre de pecado, que se sienta en él, y también el asiento mismo, y la acción de sentarse, etc.
Si se habla de templo material, y manufacto, se vuelve a preguntar ¿qué templo será éste?
Resuelven, que será el templo mismo de Jerusalén, pues en tiempo de San Pablo no había en toda la tierra otro templo material de Dios.
Se debe suponer que San Pablo no habla aquí de aquel mismo templo que existía en su tiempo; pues en este caso hubiera sido mal profeta: San Pablo no podía ignorar que aquel templo de Dios debía destruirse en breve, así por la profecía de Daniel, capítulo IX, como por la profecía clarísima del mismo Cristo.
Conque si el Apóstol habla del templo de Jerusalén, es preciso que hable de otro templo todavía futuro. ¿Cual es éste? Es, dicen con gran formalidad, el que edificará el mismo Anticristo, cuando ponga su corte en Jerusalén.
¿Y esta noticia es cierta y segura? ¿Cuál es, pues, la revelación sobre esta noticia particular? ¿Será acaso este mismo lugar de San Pablo?
Increíble parece; mas la verdad es, que no se señala otro ni parece posible señalarlo, porque no lo hay en toda la Biblia Sagrada; antes hay no pocos para afirmar todo lo contrario.
Ved aquí uno que vale por mil. El profeta Daniel, capítulo IX, hablando de la muerte del Mesías y de sus resultas, dice así: será muerto el Cristo, y no será más suyo el pueblo que le negará. Y un pueblo con un caudillo que vendrá, destruirá la ciudad, y el santuario, y su fin estrago, y después del fin de la guerra vendrá la desolación decretada… y durará la desolación hasta la consumación y el fin.
Si la desolación de Jerusalén, y de su templo debe perseverar hasta la consumación, y hasta el fin, ¿en qué tiempo edificará este judío Anticristo la ciudad y el templo que desolaron los Romanos?
Si antes de la consumación y del fin, falsificará la profecía, y será ésta una de sus mayores proezas.
Si después, será todavía mayor proeza, como es salir del infierno para edificar el templo, y la ciudad.
No es esto lo más; aun dado caso y permitido por un momento que el pérfido judío Anticristo sea quien edifique otra vez el templo de Jerusalén, se pregunta: ¿este templo edificado por el Anticristo será realmente un templo de Dios?
Dura cosa parece el concederlo; pues no aparece razón, ni título alguno para poderle dar este nombre. ¿Cómo ha de ser un templo de Dios vivo; como le hemos de dar este nombre a un edificio construido por el mayor enemigo de Dios, por un hombre de pecado, hijo de la iniquidad? ¡Y esto de propia autoridad, sin mandato, ni beneplácito de Dios! ¡Y esto no para Dios, sino para sí mismo! ¿Cómo ha de habitar Dios en este templo de modo que merezca con propiedad el nombre de templo de Dios?
Si no merece este nombre, sino es de modo alguno propio y racional, templo de Dios; luego el Apóstol no habla de este templo imaginario, pues dice expresamente, que el hombre de pecado se sentará en el templo de Dios.
Pues ¿de qué templo de Dios habla San Pablo? Debemos consultarlo con el mismo Apóstol, examinando entre sus escritos.
En las 14 epístolas de San Pablo, solas siete veces se halla esta palabra templo de Dios.
En las seis primeras el sentido es uno mismo, y está manifiesto y clarísimo: siempre se toma en sentido figurado y espiritual, nunca en sentido material.
Mas la séptima vez el sentido no está claro; no se sabe con tanta certeza si habla también de templo espiritual o de templo material. A esta duda se añade, que el sentido material sufre grandes dificultades, y el espiritual ninguna.
Por si acaso se dudare del sentido cierto en que toma San Pablo la palabra templo de Dios las seis primeras veces, se pueden ver éstas en sus propios lugares, que son:
Tres veces en el capítulo tercero de la epístola primera a los Corintios, donde dice: ¿No sabéis, que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno violare el templo de Dios, Dios le destruirá. Porque el templo de Dios, que sois vosotros, santo es.
En el capítulo VI de la misma epístola se halla otra vez esta palabra: ¿o no sabéis, que vuestros miembros son templo del Espíritu Santo, que está en vosotros?
En la epístola segunda a los mismos Corintios, capítulo seis, se halla otras dos veces esta misma palabra: ¿qué concierto, el templo de Dios con los ídolos?
No nos queda pues otro, que el que ahora disputamos.
Siendo, pues, solo figurado y espiritual el templo de Dios, de que aquí se habla, con esta sola idea se entiende al punto todo el misterio.
El templo de Dios, de que siempre ha hablado San Pablo, no es otro que la Iglesia de Cristo, no es otro que la congregación de todos los fieles, no es otro que los mismos fieles unidos entre sí.
Pues éste es el templo de Dios, en que formalmente se sentará el hombre de pecado, el hijo de la iniquidad, mostrándose públicamente, y obrando libremente en él, como si fuese Dios.
¿Qué quiere decir esto?: el hombre de pecado, el hijo de perdición de que habla San Pablo, no es otra cosa que una multitud de verdaderos apóstatas; los cuales, habiendo primero desatado a Jesús (o desatádose de Jesús) y con esto verificado en sí mismos lo que anuncia el Apóstol en primer lugar por estas palabras sin que antes venga la apostasía, se han de unir en un cuerpo moral, han de trabajar en acrecentar y fortificar este cuerpo cuanto sea posible; y, después que esto se haya conseguido, se han de revelar y declarar contra el mismo Jesús y contra Dios su padre.
Por esto se le da a este hombre de pecado, el nombre de Anticristo o contra-Cristo.
Pues este hombre de pecado, este hijo de perdición, este cuerpo moral, cuerpo de pecado cargado de ellos, cuando se vea crecido y en perfecta madurez; cuando ya no tenga impedimento alguno para salir al público; cuando ciertos cuernos, que le han de nacer, hayan crecido hasta la perfección; cuando en fin haya ganado y puesto de su parte una bestia terrible de dos cuernos con todo su talento de hacer milagros, etc. entonces este hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone, y se levanta sobre todo lo que se llama Dios, se sentará en la Iglesia de Cristo, que es el templo del verdadero Dios.
Entonces mandará en este templo y se hará obedecer, ya con el terror y fuerza de sus cuernos, ya también con los cuernos como de cordero de la otra bestia y con su locuela de dragón.
Entonces dispondrá libremente en este mismo templo de lo más sagrado, de lo más venerable, de lo más divino, ya impidiendo el sacrificio continuo; ya alterando, ya mezclando, ya mudando, ya confundiendo lo sagrado con lo profano, la luz con las tinieblas, y a Cristo con Belial.
Entonces se verá este monstruo de iniquidad abrir públicamente su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar su nombre, y su tabernáculo, y a los que moran en el cielo
(Apoc. XIII, 6). Entonces se verá que hiciese guerra a los santos, y que los venciese (Apoc. XIII, 7). Entonces en suma, se verá hecho dueño y señor de la casa y templo de Dios, que sois vosotros, mostrándose dentro de este templo, en su conducta, en sus operaciones, en su despotismo, como si fuese Dios (II ad Thes. II, 4).
Dos anotaciones
Primera
En el párrafo IV se traen aquellas palabras de la epístola primera de San Juan, espíritu, que divide a Jesús, como la propia definición del Anticristo, y se dice, que estas palabras no suenan otra cosa en su propio y natural sentido, que la apostasía verdadera de la religión cristiana que antes se profesaba.
No obstante, desde el párrafo VII se empieza a hablar de una bestia de siete cabezas, como que ésta es el verdadero Anticristo; mas entre estas siete cabezas, solo cinco hay a quienes pueda competir el dividir a Jesús o la apostasía, pues las otras dos, que son el mahometismo y la idolatría, como no tienen atadura alguna con Jesús, tampoco pueden desatarlo, o desatarse de él.
O estas dos cabezas de la bestia no vienen al caso, o no es justa la definición.
Respuesta
En varias partes de este fenómeno hemos advertido, que la expresión dividir a Jesús, no solamente la tomamos en sentido pasivo, sino también y principalmente en sentido activo.
El dividir a Jesús, en sentido pasivo será como el fondo del Anticristo, y como la primera diligencia necesaria, para que sobre este fondo se forme todo el Anticristo; más después de formado enteramente, después de unidas en un cuerpo todas sus diferentes piezas, el dividir a Jesús será principalmente en sentido activo, procurando desatarlo de todos cuantos se hallaren en el mundo atados de algún modo con él, y haciendo para esto una guerra viva al cuerpo del Cristianismo y a Cristo mismo.
Por eso San Pablo pone primeramente la apostasía, y después la revelación del hombre de pecado, como que la apostasía es el primer paso necesario para que el Anticristo se forme enteramente y se rebele, o declare públicamente.
Ahora, para hacer esta guerra a Cristo con buen suceso en todas las partes del mundo, le será absolutamente necesario al cuerpo de apóstatas, fuera de las cinco cabezas que salieron de entre nosotros (I Joan. II, 19), y ya están unidas, unir también otras dos más, esto es, muchísimos individuos principales, que pertenecen al mahometismo y a la idolatría.
Estos, aunque no se verifique en ellos el dividir a Jesús pasivamente; mas lo verificarán activamente; pues también desatarán a Jesús, o procurarán desatarlo, respecto de muchísimos cristianos que entonces se hallarán entre ellos.
Así, la definición general parece justa.
Segunda anotación
Las siete cabezas de la bestia del capítulo XIII del Apocalipsis, se explican diciendo, que simbolizan siete falsas religiones, o muchos individuos de cada una de ellas unidos moralmente en un cuerpo, y animados de un mismo espíritu contra el Señor, y contra su Cristo.
No obstante, en el mismo Apocalipsis capítulo XVII se hallan explicadas en otro modo estas cabezas: las siete cabezas que viste en la bestia, se le dice a San Juan, son siete montes, y también siete reyes (Apoc. XVII, 9 y 16).
Respuesta
En el capítulo XIII del Apocalipsis se habla en general del Anticristo y de su misterio de iniquidad; mas en el capítulo XVII se habla en particular de un solo suceso perteneciente únicamente a la ciudad de Roma.
Para aquel misterio general, y para este suceso particular, se usa de una misma metáfora, por la relación o conexión que debe tener lo uno con lo otro.
Así, no es maravilla que las cabezas de la bestia metafórica simbolicen una cosa en el misterio general del Anticristo y otra cosa diversa en el misterio particular de la mujer; pues aun en este misterio particular vemos en el texto mismo dos símbolos diversos de las mismas cabezas, esto es, siete montes y, al mismo tiempo, siete reyes: aquí hay sentido que tiene sabiduría, las siete cabezas son siete montes, sobre los que está sentada la mujer; y también son siete reyes.
En el capítulo XIII, donde no se habla de esta mujer, la cual sólo al último de este misterio general vino en memoria delante de Dios, para darle el cáliz del vino de la indignación de su ira (Apoc. XVI, 19.); en este capítulo, digo, ¿queréis que las cabezas de la bestia signifiquen siete montes y siete reyes?
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EL FIN DEL ANTICRISTO
La observación exacta y fiel del fin del Anticristo, nos es absolutamente necesaria para entender bien muchísimas profecías, cubiertas siglos ha con cierto velo sagrado, que ya podemos alzar seguramente.
No perdamos el tiempo inútilmente en averiguar qué especie de muerte, o qué fin ha de tener esta persona o este cuerpo moral. Los autores mismos no están de acuerdo.
Los más nos aseguran (no se sabe sobre qué fundamento) que el ángel o arcángel San Miguel bajará del cielo con todos los ejércitos y los matará, por orden de Dios, a él y a todos sus secuaces.
Lo que aquí se dice expresamente de Cristo mismo, del Rey de los reyes, del Verbo de Dios, se lo aplican a San Miguel, mirando sin duda, por la vida de su sistema, que sin este violento remedio infaliblemente perece, como veremos más adelante.
Otros creyendo o sospechando, que aquel príncipe Gog de que habla Ezequiel, es el Anticristo mismo, le dan por consiguiente el mismo fin que dice la profecía: Y le juzgaré con peste, y con sangre, y con lluvia impetuosa, y con grandes piedras: fuego y azufre lloveré sobre él, y sobre su ejército, y sobre los muchos pueblos que están con él (Ezeq. XXXVIII, 22)
Otros, citando a Santo Tomás, que verosímilmente lo tomó de otros más antiguos, sin tomar partido por ellos, refieren el fin de su Anticristo con circunstancias más individuales.
Ved aquí en breve toda la historia, que por ser tan interesante, y tan curiosa, no es bien omitirla del todo.
No contento el vilísimo judío con toda aquella grandeza, felicidad y gloria a que se ve elevado; no contento de verse tan superior a todos los héroes de la fábula y de la historia; no satisfecho con su monarquía universal, ni con los honores divinos que le tributan todos los pueblos, tribus y lenguas, viendo que por acá ya no hay otra cosa a que aspirar, entrará finalmente en él gran pensamiento de subir al cielo, sin duda para imitar la ascensión de Cristo, así como imitó su resurrección.
Para esto acompañado de su pseudoprofeta, y a vista de innumerables gentes que habrán concurrido a aquella solemnidad, subirá hasta lo más alto del monte Olivete, y puestos los pies en el mismo lugar en que los puso Cristo, empezará a levantarse por el aire, cabalgando sobre su ángel de guarda Satanás, y sobre todas las legiones del infierno.
A poca distancia de la tierra, y tal vez antes que alguna nube pueda ocultarlo, se encontrará a deshora con otras legiones más numerosas, que bajarán del cielo a impedirle el paso: San Miguel y sus ángeles traban batalla con Satanás y los suyos; ya vencidos estos, y puestos en fuga, queda en el aire nuestro gran monarca, abandonado a su peso natural.
¿Qué ha de hacer, sino empezar al punto a bajar con mayor ligereza de aquella con que subió? La tierra, que ya se creía libre de la dominación del hombre de pecado, viendo que vuelve a ella con tanta prisa, abre su boca antes que llegue, y le dará paso franco para el infierno.
La historia es ciertamente bien singular. Yo dudo mucho, y aun me parece increíble, que el angélico doctor, a quien se cita, hablase aquí de propia sentencia, y no de sentencia de otros, como lo hace comúnmente en su brevísimo comentario.
El fundamento de toda esta historia es el capítulo XI de Daniel, en donde nos hacen observar estas palabras, que son las últimas: Y sentará su tienda real entre los mares, sobre el noble y santo monte y llegará hasta la cima de él, y nadie le dará auxilio (Dan. XI, 45).
Si pedimos ahora que nos digan formalmente de quien se habla en este lugar, nos responden comúnmente los doctores, que aunque en sentido literal parece que habla del rey Antioco; mas en sentido alegórico se habla del Anticristo como antitipo de Antioco, que solo fue tipo.
Y esto, ¿cómo se prueba? No se sabe.
Y aunque se permitiese o se concediese que aquí se habla en figura del Anticristo, ¿dónde están en el texto, ni en todo el capítulo el monte Olivete, ni los diablos, ni la subida al cielo, ni la bajada al infierno, etc.?
Todo esto es preciso que se supla de gracia, o que el sentido alegórico mal entendido supla por todo.
Mas dejando estas cosas, en que no tenemos interés alguno, convirtamos nuestra atención al examen quieto, y atento de un solo punto, que es el que únicamente nos interesa.
Se pregunta: el fin del Anticristo, sea como fuere, ¿sucederá con la venida misma de Cristo en gloria y majestad, que creemos y esperamos todos los Cristianos o no?
La Escritura Divina dice que sí; y lo dice tantas veces, y con tanta claridad, que es de maravillarse, cómo ha podido caber sobre esto alguna duda.
Con todo eso, los intérpretes de la Escritura Divina (unos resueltamente y con presencia de ánimo, otros modestamente y con miedo) dicen o suponen que no.
Se exceptúan de esta regla general muchos varones eclesiásticos y mártires, o un considerabilísimo número (expresiones de San Jerónimo) de los cuatro primeros siglos de la Iglesia, los cuales se desprecian días ha por los doctores peripatéticos; porque fueron Milenarios, o favorecieron de algún modo éste que llaman error, sueño, delirio o extravagancia.
El fundamento de estos antiguos es cierto que no fue, ni pudo ser su propia imaginación, sino la Escritura misma, como lo es evidentemente.
El fundamento de los contrarios, ni es la Escritura Divina, ni lo puede ser; ya porque la Escritura no se puede oponer a sí misma, siendo su autor el mismo Espíritu de verdad; ya porque no producen a su favor ningún lugar de la Escritura misma, lo cual es una prueba evidente de que no lo hay; pues si lo hubiera, así como parece imposible que no lo produjesen, porque se les ocultase, parece mucho más imposible que no lo produjesen como un triunfo.
Tampoco puede ser alguna tradición apostólica, cierta, constante, segura, uniforme, universal y declarada por la Iglesia (que son las condiciones necesarias para una verdadera tradición); porque ésta ni la hay, ni la puede haber.
Tradición verdadera de algunas cosas que no constan claramente de la Escritura, la puede haber y la hay; mas de cosas contrarias y contradictorias a las que constan claramente de la misma Escritura, repugna absolutamente, y será imposible señalar alguna.
No obstante, un teólogo moderno, tocando el punto de Milenarios solo en general, y con una suma brevedad, se atreve a pronunciar esta sentencia en tono definitivo: La verdad opuesta se ha conservado siempre en la Iglesia romana con las demás tradiciones divinas (Ant. de Deo Uno, c. IV, art. 3).
Si ésta que llama verdad, la ha conservado siempre la Iglesia romana con todas las otras tradiciones divinas; luego ésta es una tradición divina; luego es una verdad de fe, así como lo son todas las otras tradiciones divinas; luego todas las otras tradiciones divinas son unas verdades de fe, así como lo es ésta; luego ni ésta tiene más firmeza que aquellas, ni aquellas más que ésta; luego, etc.
¡Qué consecuencias! Con razón se queja Monseñor Bosuet de aquellos doctores que no tienen el menor embarazo en llamar las conjeturas de los padres verdaderas tradiciones y artículos de fe (Bos. pref. sur l’Apoc. núm).
Entremos, a observar este fenómeno realmente importantísimo, con toda la atención y exactitud posible, mirando bien y pesando en fiel balanza lo que hay por una parte y por otra.
§ 1 Parábola
En cierta ciudad principal, como nos lo aseguran testigos fidedignos, se excitó los años pasados una célebre controversia. La cuestión era: si el papa Pío VI había ido verdaderamente en su propia persona a la corte de Viena y pasado por esa misma ciudad.
Lo que al principio pareció una mera diversión, o una de aquellas sutilezas de escuela, que en otros tiempos fueron tan del gusto de los hombres ociosos, se vio pasar en pocos días aun empeño formal y declarado. Los que estaban por la parte afirmativa (que a los principios eran los más) no alegaban otra razón a su favor, que el testimonio de sus ojos, y de sus oídos: pareciéndoles, que en una cuestión de hecho, y no de derecho, no podía haber otra razón más eficaz, ni más conveniente, ni más decisiva.
Esta razón, lejos de convencer a los contrarios, era recibida con sumo desprecio, y tratada de insuficiente, de débil, y también de grosera; y por eso indigna de un hombre racional. Decían, y en esto insistían, que el testimonio de los sentidos, no siempre es seguro: que puede fácilmente engañar aun a los más cuerdos, pues tantas veces los ha engañado, que el ángel San Rafael no era hombre, y por hombre lo tuvo el Santo Tobías, que Cristo no era fantasma, y por fantasma lo tuvieron sus discípulos cuando lo vieron andar sobre las aguas en el mar de Galilea, que el mismo Cristo no era hortelano, y por hortelano lo tuvo su Santa discípula María Magdalena; de estos ejemplares citaban muchísimos con facilidad.
Es verdad, añadían, que el viaje de Pío VI a la corte de Viena, fue un suceso tan público y ruidoso, que no lo ignoraron los ciegos, ni los sordos: aquellos porque lo oyeron, estos porque lo vieron. Es verdad que muchísimas ciudades de Alemania y de Italia, y entre ellas la nuestra, lo recibieron con públicas aclamaciones, le hincaron la rodilla, y recibieron su bendición. Muchas personas eclesiásticas y seculares, le besaron el pie, lo adoraron como a vicario de Jesucristo, le hablaron y oyeron su voz.
También es verdad que los avisos públicos, y las cartas de los particulares, casi no hablaban de otra cosa, etc.; mas todo esto ¿qué importa (proseguían diciendo) todo esto ¿qué prueba? ¿No pudo haber sido todo esto una apariencia? ¿No pudo muy bien haber sucedido, que esa persona que todos vieron, y que a todos pareció la persona misma del Papa, no lo fuese en la realidad?
Pues en efecto, concluían, así fue. Pareció a todos la persona misma del Papa; mas todos se alucinaron, y se engañaron; porque no era sino un ministro suyo, un príncipe de su corte, revestido de su autoridad, de sus ornamentos, y aun de su propia figura.
Era el papa Pío VI en cierto sentido; mas en otro sentido no lo era. Era el Papa figurada y simbólicamente mas no lo era física y realmente. Era el Papa en virtud; mas no lo era en persona.
Preguntados estos doctores con qué razón, y sobre qué fundamento se atrevían a avanzar una especie tan extraña contra el testimonio de los ojos del mundo, y aun de los suyos propios, no se les pudo por entonces sacar otra respuesta, sino esta sola: ¿qué necesidad hay de que el Papa mismo se mueva de Roma, y haga un viaje tan dilatado, cuando le están fácil el tratar y concluir cualquier negocio, por grave que sea, por medio de algún ministro suyo, de algún nuncio o enviado extraordinario; dándole su autoridad y plenipotencia?
Aunque realmente no se les oía otra respuesta por más que se desease y se les pidiese; mas después se ha sabido con plena certidumbre la verdadera y única razón que los movía, que era; pero dejémosla por ahora oculta hasta que ella se revele por sí misma.
Por abreviar: el efecto de esta gran disputa, fue, que habiéndose sabido que algunos doctores de gran fama favorecían de algún modo la parte negativa, esto bastó para que poco a poco y casi insensiblemente fuese prevaleciendo esta opinión; y se fue mirando la parte afirmativa como una estulticia, como una necedad, como grosería, como un error, como un sueño. De modo que ya hoy día apenas se halla en dicha ciudad quien no tenga por una verdadera fábula el viaje del papa Pío VI en su propia persona a la corte de Viena.
§ 2 Aplicación
Un escritor antiguo, y de grande autoridad entre los Cristianos, refiere prolijamente con todas sus circunstancias, las más individuales, un suceso de que él mismo fue testigo ocular. Este escritor célebre es aquel mismo, el cual ha dado testimonio de la palabra de Dios, y testimonio de Jesucristo, de todas las cosas que vio (Apoc. I, 2)
Su relación es como se sigue. Concluidos los 42 meses que debe durar la tribulación horrible, cual no fue desde el
principio del mundo hasta ahora, ni será (Mat. XXIV, 21); de la cual tribulación se ha hablado tanto desde el capítulo XIII del Apocalipsis, se seguirá luego inmediatamente lo que acabo de ver.
Vi el cielo abierto, y lo primero que vi fue un caballo blanco, sobre el cual venía sentado un personaje admirable, que tiene el nombre o por nombre, el Fiel, el Veraz, el que juzga y castiga con justicia. Sus ojos llenos de indignación parecían dos llamas de fuego, y su cabeza se veía adornada, no con una sola, sino con muchas coronas. Tenía otro nombre escrito, que ninguno es capaz de comprender plenamente su significado, sino él solo. Su vestido se veía todo teñido en sangre, y su propio nombre con que debe ser llamado y conocido de todos, es el Verbo de Dios
Seguían a este personaje admirable todos los ejércitos del cielo, sentados asimismo en caballos blancos, y vestidos de lino blanco y limpio. De su boca salía una espada terrible de dos filos, para herir con ella a las gentes. Él es el que las ha de juzgar y gobernar con vara de hierro, y él mismo es el que ha de calcar el lagar del vino del furor, y de la ira de Dios omnipotente. En suma, en el vestido o manto real de este mismo personaje admirable, se leían claras, y en varias partes, estas palabras: Rey de reyes y Señor de señores.
Puesto en marcha este grande ejército, vi un ángel en el sol, el cual a grandes voces convidaba a todas las aves del cielo: venid, les decía, y congregaos a la grande cena que os prepara el Señor. Comeréis las carnes de los reyes, de los capitanes, de los soldados, de los caballos y caballeros, de libres y esclavos, de grandes y pequeños.
En esto vi que aparecía por otra parte la bestia de siete cabezas, y con ella o en ella, los reyes de la tierra con todos sus ejércitos, que tenían congregados para hacer guerra al Rey de los reyes.
La función se decidió desde el primer encuentro. La bestia fue presa en primer lugar, y con ella el pseudoprofeta, o la segunda bestia de dos cuernos, que era la que hacía los milagros, y la que había seducido a los habitantes de la tierra, haciéndoles tomar el carácter de la primera bestia, o declararse por ella. Estas dos bestias, y todo lo que en ellas se comprende, fueron arrojadas vivas en un grande estanque de fuego, que arde y se alimenta con azufre. La demás muchedumbre fue muerta con la espada del Rey de los reyes, que salía de su boca, y todas las aves se hartaron este día con sus carnes.
Sobre esta relación, que todos tenemos por indubitable, se excitó muchos días ha una disputa muy semejante a la pasada, y parece cierto que ha producido el mismo efecto.
En los primeros siglos de la Iglesia se pensaba, y creía buenamente:
-
que la persona admirable de que aquí se habla no era, no podía ser otra que el mismo Jesucristo Hijo de Dios, e Hijo de la Virgen, en su propia persona y majestad.
-
que toda esta visión tan magnífica, representada con tantos símbolos y figuras admirables, era una profecía clara de la venida del Cielo a la tierra, del mismo Jesucristo, la cual venida en su propia persona, y en suma gloria y majestad, nos predican todas las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento, y tenemos expresa en nuestro símbolo de la fe.
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que viniendo aquel personaje del Cielo a la tierra con tanto aparato, y encaminándose todo directa e inmediatamente contra la bestia, y contra el Anticristo, este Anticristo y todo cuanto se comprende debajo de este nombre, debía fenecer en aquel día, y quedar enteramente destruido y aniquilado con la venida del Señor; por consiguiente, que la venida misma del Señor, había de ser la ruina y el fin del Anticristo.
La razón y fundamento para todo esto, parecía entonces evidente y clarísimo. Fuera de la persona adorable del Hombre-Dios, decían entonces, no hay, ni puede haber en el Cielo, ni en la tierra, persona alguna a quien puedan competir los nombres o títulos que se dan a esta persona, ni las señales y circunstancias tan particulares con que se describe su venida y su expedición.
Los nombres o títulos son: el Fiel por esencia: el Veraz, el que juzga y pelea con justicia, el Verbo de Dios, el Rey de los reyes, el Señor de los señores.
Las otras señales y circunstancias son las muchas coronas que trae en la cabeza, su vestido rociado con sangre (como se ve el mismo Cristo en el capítulo LXIII de Isaías, a donde alude visiblemente todo este paso del Apocalipsis), sus ojos como dos llamas de fuego, del mismo modo que se describe el mismo Cristo en el capítulo primero del Apocalipsis, la espada de dos filos en su boca como también se describe en el mismo capítulo primero, el ser esta persona misma la que ha de regir y gobernar a las gentes con vara de hierro como se lo promete su divino Padre en el salmo II, el ser esta persona la que ha de calcar metafóricamente el lagar metafórico del vino de la ira e indignación de Dios Omnipotente.
No obstante todos estos nombres, y todas estas circunstancias tan claras, tan individuales, tan propias y peculiares de sola la persona de Cristo, y tan ajenas, tan distantes de cualquiera otra pura criatura; no obstante de hallarse todas estas expresiones, o las más de ellas en otros muchos lugares de la Escritura, en los cuales por confesión expresa de todos los doctores, se habla ciertamente de Cristo; mas llegando a este capítulo XIX del Apocalipsis se nota en ellos, no sé qué grande novedad.
Como si viesen ya de cerca un escollo inminente, y un próximo peligro Es necesario evitarlo del modo posible, cueste lo que costare, o perecer en él.
Llegando pues a este lugar del Apocalipsis, nos dicen y aseguran resueltamente que no se habla aquí de la venida de Cristo en gloria y majestad que todos creemos como un artículo de fe; por consiguiente, que el personaje admirable que viene sentado sobre un caballo blanco con una espada de dos filos en la boca, con muchísimas coronas en la cabeza, con… aunque es un símbolo propio de Jesucristo, mas no es Jesucristo mismo, y si lo es, solamente lo es en su virtud, en su potestad, no en su persona.
Quieren decir, según todo lo que yo puedo comprender, que por todos estos símbolos y figuras se representan admirablemente toda la virtud, la grandeza, la omnipotencia de Cristo mismo, el cual envía al arcángel San Miguel, como archistratego (el emperador del ejército, o el principal de los capitanes de él) suyo, con todos los ejércitos que hay en el cielo, para que mate al Anticristo y destruya enteramente su imperio universal.
Ahora, si yo o cualquiera otro asombrados de una expresión tan ingeniosa, les pedimos con toda cortesía que nos den alguna buena razón, que nos muestren algún fundamento positivo para persuadirnos, nos quedamos más asombrados de ver que unos se hacen sordos del todo a nuestra petición; otros no queriendo parecer tan desatentos, responden dos palabras, como personas que van muy de prisa y no pueden detenerse en cosas de tan poco interés.
¿Qué necesidad tiene (dice un autor de los más advertidos y juiciosos, en nombre de todos) qué necesidad tiene el Señor de cielo y tierra de moverse de su lugar para combatir contra unos hombrecillos, a quienes con la menor insinuación puede arruinar y aniquilar, y echar por tierra millaradas de ellos en solo un momento por medio del menor
de los ángeles.
Veis aquí, amigo, con toda claridad aquella misma razón, y aquel único fundamento con que negaban los doctores de nuestra parábola el viaje del papa Pío VI a la corte de Viena.
No nos detengamos ahora en ponderar la fuerza invencible de esta razón, que por sí misma se manifiesta. Tal vez no se alega otra, porque ella sola basta y sobra; y verdaderamente basta y sobra para combatir cualquiera verdad por clara que sea.
¿Qué necesidad había de que el Hijo unigénito de Dios se hiciese hombre, ni de que el Hombre-Dios muriese desnudo en una cruz, cuando se podía remediar el linaje humano por otra vía más suave? ¿Qué necesidad había de que Cristo fuese en persona a resucitar a Lázaro hallándose actualmente tan lejos de Bethania, a la otra ribera del Jordán… en donde primero estaba bautizando Juan… cuando esto lo podía haber hecho con una palabra, o con un acto de su voluntad? ¿Ni qué necesidad puede haber de que el mismo Cristo envíe desde el Cielo a San Miguel con todos los ejércitos del cielo, para combatir contra unos hombrecillos, a quienes con la menor insinuación puede arruinar y aniquilar?
Si hay necesidad o no, es claro que esto no toca al hombre enfermo, escaso y limitado, por docto que sea.
Yo estoy muy lejos de creer, ni me parece creíble que por esta sola razón nieguen los doctores que sea Jesucristo mismo en su propia persona, el personaje sacrosanto de que vamos hablando. Parece imposible que no tengan otra razón oculta, la cual por justos motivos no pueden declarar.
Si alguna vez es lícito juzgar de las intenciones del prójimo, en esta ocasión lo podemos hacer sin escrúpulo alguno; así por ser claras y palpables, como por ser inocentes y justas, atendidas las circunstancias, de lo cual no dudamos.
Otra razón, pues, hay, que es la verdadera y la única; pero pide una gran circunspección.
¿Cuál es ésta? Que su sistema general sobre la segunda venida del Mesías, en que han tomado partido y en qué han procurado explicar todas las Escrituras, cae al punto, se desvanece, se aniquila, sólo con este lugar del Apocalipsis, sólo con admitir y confesar, como parece necesario, que se habla en él de la persona de Jesucristo, y de su venida que esperamos en gloria y majestad. Vedlo claro.
Si una vez se concede que aquel personaje admirable que baja del cielo a la tierra con tanta gloria y majestad es el mismo Jesucristo en su propia Persona, es necesario conceder que allí se habla ya de su venida segunda.
Solo se han creído, se creen y se creerán dos venidas del mismo Señor Jesucristo, de las cuales todas las Escrituras dan claros testimonios: una que ya sucedió, otra que infaliblemente debe suceder.
Si se concede que el personaje sacrosanto de que hablamos es Jesucristo en su propia Persona, y que se habla ya de su segunda venida en gloria y majestad, parece imposible separar un momento el fin del Anticristo de la venida de Cristo.
Ahora, pues, si no se separa el fin del Anticristo, y de todo su misterio de iniquidad, de la venida de Cristo en gloria y majestad: ¿qué se sigue?
¡Oh qué consecuencia tan importuna y tan terrible! Se sigue evidentemente, según todas las reglas de la sana lógica, que todas aquellas cosas particulares que están anunciadas claramente en las Escrituras para después de destruido y aniquilado el Anticristo, deberán igualmente verificarse después de la venida del Señor Jesucristo en gloria y majestad.
Más claro: aquel no pequeño espacio de tiempo que todos los doctores se ven precisados a conceder después de destruido el Anticristo, lo deberán conceder después de la venida de Cristo en gloria y majestad, y con esto sólo, adiós sistema.
Para evitar el terrible golpe de una consecuencia tan clara o tan oportuna, ¿qué remedio?
Difícilmente se hallará otro más oportuno, ni más ingenioso, ni más eficaz que el que vamos ahora considerando, esto es: negar resueltamente que se hable en este lugar de la venida de Cristo que esperamos, en su propia persona, concediéndola liberalmente en su virtud o en su potestad.
Sustituir en lugar de la persona de Cristo al príncipe San Miguel, sin otro fundamento que suponerlo así, es prepararse para hacer lo mismo con cualquiera otro lugar de la Escritura que hable con la misma o mayor claridad, y que se atreva a unir el fin del Anticristo con la venida del Señor en gloria y majestad.
§ 3 Se establece, con el consentimiento unánime de todos los doctores,
un espacio de tiempo después del Anticristo
No hay intérprete alguno, que yo sepa, que no admita como cierto e indubitable un espacio de tiempo pequeño o grande, determinado o indeterminado, después del Anticristo.
La Divina Escritura se explica sobre esto con tanta claridad, que no deja lugar a otra interpretación.
Es verdad que casi todas las cosas de las que están anunciadas para este tiempo se procuran disimular y aun encubrir por varios de ellos con el mayor empeño, acomodando las que lo permiten, ya a la Iglesia presente en el sentido alegórico, ya al Cielo en sentido anagógico, ya a cualquiera alma santa en sentido místico, y omitiendo del todo las que no se dejan acomodar, que no son pocas, ni de poca consideración.
Para mi propósito actual, me bastan aquellas pocas que son concedidas de todos, pues por ellas tienen por indubitable dicho espacio de tiempo.
Algunos pretenden que este tiempo durará solamente cuarenta y cinco días. Fúndanse en aquellas palabras bien oscuras de Daniel: Y desde el tiempo en que fuere quitado el sacrificio perpetuo, y fuere puesta la abominación para desolación, serán mil doscientos y noventa días. Bienaventurado el que espera, y llega hasta mil trescientos y treinta y cinco días (Dan. XII, 11 et 12). El residuo entre uno y otro número son 45.
Mas este tiempo les parece a los más poquísimo para los muchos y grandes sucesos que desean colocar en él.
El primero de todos es la conversión de los judíos, que tantas veces y de tantas maneras se anuncia en las Escrituras, y que los doctores no hallan donde colocarla que no estorbe, sino después de la muerte del Anticristo.
Esta conversión, dicen o deciden, sucederá después que los judíos vean muerto al Anticristo que creían inmortal: después que vean descubiertos y patentes a todo el mundo los embustes y artificios diabólicos de aquel inicuo, que ellos habían recibido y adorado por su Mesías. Con este desengaño, avergonzados y confusos, abrirán finalmente los ojos, renunciarán a sus vanas esperanzas, y abrazarán de veras el Cristianismo.
Pasemos por alto el modo y circunstancias con que se atreven a referirnos la conversión futura de los judíos, de todo lo cual no se halla el menor vestigio en las Escrituras todas.
Sin atender por ahora a otra cosa, recibamos lo que aquí nos dan, y contentémonos con el espacio de tiempo que es necesario, lo primero, para que tantos millares de hombres ignorantes y durísimos, entren en verdaderos sentimientos de penitencia. Lo segundo, para que sean instruidos suficientemente en los principios esenciales, y máximas fundamentales de la religión cristiana. Lo tercero y principal, para hallar en aquellos tiempos y circunstancias tantos ministros celosos y hábiles, que puedan instruir, bautizar y arreglar toda aquella infinita muchedumbre. Parece que todo esto requiere tiempo y no poco.
Mucho más tiempo será menester, si después de la conversión de los judíos se descubre el arca del Testamento, el tabernáculo y el altar del incienso, que escondió Jeremías en una cueva del monte Nevo, situada en la tierra de Moab, como sabemos de cierto que entonces se ha de descubrir para los fines que Dios solo sabe, y que no ha querido revelarlos.
Esta noticia la hallamos expresa en el capítulo II del libro 2 de los Macabeos. Todo lo cual, no habiéndose verificado jamás, es necesario que se verifique algún día, el cual debe ser el mismo que señala la profecía: esto es, cuando reúna Dios la congregación del pueblo, y se le muestre propicio.
Sobre este lugar dicen muchos doctores, aunque con voz muy baja, casi imperceptible, que todo esto se verificó ya en tiempo de Nehemías, como consta del capítulo I del mismo libro de los Macabeos.
Mas leído todo este capítulo, hallamos otra cosa infinitamente diversa. En él se habla únicamente del fuego del templo que escondieron algunos píos sacerdotes en un pozo vecino, lo cual conservado por tradición de padres a hijos hasta el tiempo de Nehemías, esto es, por espacio de 150 años poco más o menos.
Envió el mismo Nehemías a los descendientes de dichos sacerdotes a que buscasen el pozo, y sacasen fuera lo que hallasen en él: no hallaron el fuego, sino una agua crasa; con la cual agua hizo rociar el sacrificio, y la leña que estaba preparada; y sin otra diligencia se encendió la leña, y se consumió el sacrificio, y todos se maravillaron.
Mas esto, ¿qué conexión tiene con lo que se dice en el capítulo II? ¿Es lo mismo el fuego que escondieron los sacerdotes en un valle vecino, que el tabernáculo, el arca, el altar que llevó Jeremías a la tierra de Moab, a la otra parte del Jordán, y que escondió en una cueva del monte Nevo?
¿Este depósito sagrado se ha descubierto?
¿No es cierto que se ha de descubrir alguna vez? ¿Cuándo? Cuando reúna Dios la congregación del pueblo, y se le muestre propicio: Y entonces mostrará el Señor estas cosas, y aparecerá la majestad del Señor, y habrá nube, como se manifestaba a Moisés, y así como apareció a Salomón, cuando pidió que el templo fuese santificado para el grande Dios.
Aún será menester mucho más tiempo, si después de la muerte del Anticristo se verifica aquella nueva y exactísima repartición de toda la tierra prometida entre todas las tribus de Israel; la cual repartición se halla anunciada con la mayor claridad y precisión en el capítulo último de Ezequiel, y ni se ha verificado hasta ahora, como es por sí conocido, ni es muy creíble que se verifique un suceso tan grande, solo para que dure cuatro días.
Acaso se dirá, que esta profecía se verificará en tiempo del Anticristo, cuando éste sea reconocido por Mesías, y ponga en Jerusalén la corte de su imperio universal, mas fuera de lo que queda dicho contra este supuesto Mesías, y contra todo su imperio imaginario, el texto mismo de la profecía con todo su contexto, lo contradice manifiestamente.
En el tiempo de dicha repartición de la tierra se suponen todas las tribus recogidas de todas las naciones donde están esparcidas, no por manos de hombres, sino por el brazo omnipotente de Dios vivo; se suponen en estado de confusión, de llanto y de penitencia; se suponen humildes y dóciles a la voz de su Dios, y obedientes a sus mandatos; se suponen bañadas con aquella agua limpia que se les promete en el capítulo XXXVI del mismo Profeta, desde donde, hasta el fin de la profecía en los 14 capítulos siguientes, se habla ya seguidamente de su vocación a Cristo, y a la dignidad de pueblo de Dios.
El segundo suceso, que según los doctores, debe verificarse después de la muerte del Anticristo, es el que se halla latísimamente anunciado en los capítulos 38 y 39 de Ezequiel: es a saber, la expedición de Gog, con toda su infinita muchedumbre contra los hijos de Israel; ya establecidos en la tierra de sus padres, y todas las resultas de esta expedición.
Dije ya establecidos en la tierra de sus padres, porque así lo hallo expreso en la misma profecía; no una vez sola sino muchas. Al fin de los años, le dice Dios a este Gog, vendrás a la tierra aniquilada con la espada, trillada con la espada, la que fue derribada por la espada, y se ha recogido de muchos pueblos a los montes de Israel, que estuvieron mucho tiempo desiertos, ésta ha sido sacada de los pueblos
y morarán todos en ella sin recelo… sobre aquellos que habían sido abandonados y después restablecidos, y sobre el pueblo que ha sido recogido de las gentes, que comenzó a poseer, y ser morador del ombligo de la tierra (Ezeq. XXXVIII, 8, et 12).
Este Gog, dicen unos que será el Anticristo mismo (por consiguiente, digo yo, no será una persona singular).
Otros dicen que será un príncipe amigo o aliado suyo; otros, que será alguno de sus principales capitanes, el cual vendrá a la tierra de Israel, a vengar la muerte de su soberano.
Mas esta venganza ¿sobre quienes vendrá? ¿Sobre los judíos? Éstos son dignos más de lástima, que de castigo; pues han perdido a su Mesías, sin culpa suya, y contra su voluntad: la culpa toda la tiene San Miguel.
¿No será mejor que este príncipe Gog llame otra vez todas las legiones del infierno, y con ellas suba al cielo, presente batalla a San Miguel, lo venza, lo humille, y vengue con esto la muerte del Anticristo?
Mas sea de esto lo que fuere, que esto pide observación particular, lo que hace ahora a nuestro propósito es una circunstancia notable que se lee expresa en esta profecía: esto es, que sucedida la muerte de Gog, y la ruina total de toda su infinita muchedumbre en la tierra, y montes de Israel, los judíos, contra quienes habían venido injustísimamente, quedarán ricos con los despojos de este ejército terrible, y una de sus principales riquezas será la leña.
Por espacio de siete años, dice la profecía, no tendrán el trabajo de cortar árboles en sus bosques, ni buscar leña por otras partes, porque la tendrán con abundancia solo con las armas del ejército de Gog: Y saldrán los moradores de las ciudades de Israel, y encenderán y quemarán las armas, el escudo, y las lanzas, el arco, y las saetas, y los báculos de las manos, y las picas, y los quemarán con fuego siete años. Y no llevarán leña de los campos, ni la cortarán de los bosques, porque quemarán las armas al fuego, y despojarán a aquellos, de quienes habían sido presa, y robarán a los que los habían destruido, dice el Señor Dios (Ezeq. XXXIX, 9 et 10).
Según esto, tenemos después del Anticristo, y aun después de Gog, amigo y capitán suyo, vengador de su muerte, un espacio de siete años, cuando menos. Digo cuando menos, porque no es creíble que acabada la leña del ejército de Gog, se acabe con ella también el mundo.
De esto parece se hacen cargo no pocos doctores graves con San Jerónimo; los cuales son de parecer, que estos siete años de que habla este profeta, significan indeterminadamente muchos años; lo cual, lejos de negarlo, lo aprobamos de buena fe y lo recibimos con buena voluntad, concluyendo esto mismo, que después de la muerte del Anticristo es preciso conceder un espacio de tiempo bien considerable, que a lo menos no sea más breve que siete años determinados: esto es, de mucho o muchísimo tiempo, según pareciere necesario para colocar en este tiempo, lo que no es posible colocar en otro según las Escrituras.
Supuesto esto, en que vemos convenir unánimemente a todos los doctores, de aquí mismo sacaremos una consecuencia (que es la final) terrible y durísima; pero legítima y necesaria, y de fácil demostración.
Es ésta. Que este mismo espacio de tiempo, sea cuanto fuere, que se concede después del Anticristo, se debe conceder después de la venida de Cristo que creemos y esperamos en gloria y majestad.
¿Por qué? Porque no hay razón alguna para separar el fin del Anticristo de la venida de Cristo, pues la Escritura divina, que es la única luz que debemos seguir en cosas de futuro, no separa jamás estas dos cosas, sino que las une.
Esto es lo que ahora debemos observar.
No hay que olvidar lo que queda observado en el párrafo antecedente; lo cual parece tan claro, y tan evidente, que aunque no hubiese otro lugar en toda la Escritura, este solo bastaba, si se mirase sin preocupación, y sin empeño declarado.
Mas no es solamente el capítulo XIX del Apocalipsis el que une estrechamente el fin del Anticristo con la venida de Cristo; hay fuera de éste, otros muchos lugares, que se explican en el asunto con la misma, o mayor claridad, que los intérpretes mismos cuando llegan a ellos y cuando miran todavía muy distantes, o tal vez, no miran la terrible consecuencia no dejan de reconocerlos.
¡Oh cuánto importaba aquí estar medianamente versado en la lección de esta especie de libros!
§ 4 Se examinan los lugares de la Escritura
enteramente conformes al capítulo XIX del Apocalipsis
Primero. San Pablo escribiendo a los Tesalonicenses, alborotados por la voz que se había esparcido entre ellos de que ya instaba el día del Señor, les declara en primer lugar, que aquella era una voz falsa sin fundamento alguno, y no os dejéis seducir de nadie en manera alguna: porque el día del Señor no vendrá si primero no se verifican dos cosas principalísimas que deben preceder a este día.
La primera la apostasía.
La segunda, la revelación o manifestación del hombre de pecado o del Anticristo.
De éste, pues, dice en términos formales que, llegado su tiempo, el Señor Jesucristo lo matará con el espíritu de su boca, y lo destruirá con la ilustración de su venida.
Parece que el punto no podía decidirse con mayor claridad y precisión.
Si Jesucristo mismo ha de matar al Anticristo con el espíritu de su boca, si lo ha de destruir con la ilustración de su venida, luego la muerte y destrucción del Anticristo no puede separarse ni mucho ni poco de la venida de Cristo.
La consecuencia parece buena, y lo fuera en otro cualquier asunto de menos interés; mas en el presente parece imposible que se le dé lugar.
¿Por qué razón?
¿Para qué hemos de repetir la verdadera razón, que está saltando a los ojos?
Si Jesucristo mismo destruye al Anticristo con la ilustración de su venida, quien concede un espacio de tiempo después de la destrucción del Anticristo, lo debe conceder forzosamente después de la venida de Cristo.
Esto no se puede conceder, sin destruir y aniquilar el sistema.
Luego es necesario una de dos cosas; o que ceda el texto, o que ceda el sistema.
Del sistema no hay que pensarlo, luego deberá ceder el texto.
Y para que ceda con alguna especie de honor, ved aquí lo que se ha discurrido.
El Apóstol dice, que el Señor Jesús destruirá al Anticristo con la ilustración de su venida: mas esto no quiere decir que el Señor mismo vendrá en su propia persona a destruir al Anticristo, porque esto no es necesario; sino que lo destruirá sin moverse de su cielo, ya con el espíritu de su boca; esto es, por su orden, ya con la ilustración de su venida; esto es, con la aurora, o crepúsculos del día grande de su venida.
Si preguntáis ahora, qué aurora, qué crepúsculos son estos del día del Señor, os responden, que no son otros que la venida gloriosa del arcángel San Miguel con todos los ejércitos del cielo; el cual matará al Anticristo, y destruirá todo su imperio universal, por orden y mandato expreso del mismo Jesucristo, que lo envía al mundo revestido de toda su autoridad, y de toda su omnipotencia.
Lo más admirable es que, como si esta explicación fuese la más natural, la más genuina, y la más clara, como si no quedase otra dificultad alguna, pasan luego algunos doctores graves a hacer sobre esto una reflexión, o ponderación, o no sé cómo llamarla.
Si la aurora, dicen, si los crepúsculos solos del día del Señor han de ser tan luminosos, ¿qué será el día mismo? Es decir. Si la venida al mundo del príncipe San Miguel, que no es más que ministro de Cristo, ha de ser tan terrible contra el Anticristo, y contra todo su imperio universal, ¿qué será el día de la venida del mismo Cristo, cuando Él venga del cielo a la tierra con toda su gloria y majestad?
¡Oh, a lo que puede obligar una mala causa, aun a los hombres más sabios y más cuerdos!
El segundo lugar que tenemos que examinar con gran cuidado es el capítulo XXIV del Evangelio de San Mateo, en el que hablando el Señor de propósito de la tribulación del Anticristo, la cual será necesario abreviar por amor de los escogidos, etc., concluye así: Y luego después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su lumbre, y las estrellas caerán del cielo, y las virtudes del cielo serán conmovidas: Y entonces parecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo, y entonces plañirán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre que vendrá en las nubes del cielo con grande poder y majestad (Mt. XXIV, 29-30)
De modo, que concluida la tribulación de aquellos días, sucederá inmediatamente todo lo que se sigue: el sol y la luna se oscurecerán, las estrellas caerán del cielo (o porque también se oscurecerán, y por esto se perderán de vista como piensan unos; o porque caerán a la tierra muchísimas centellas, o exhalaciones encendidas que parecerán estrellas, como piensan los más, con San Agustín y San Jerónimo), las virtudes, o los quicios, o los fundamentos de los cielos se conmoverán, aparecerá en el cielo la señal o el estandarte real del Hijo del Hombre, llorarán a vista de todo esto todas las tribus de la tierra, y en fin, lo que hace más al caso, verán todos venir en las nubes del cielo al mismo Hijo del Hombre Jesucristo en su propia persona con gran virtud y majestad, las cuales palabras corresponden perfectamente a aquellas con que empieza el Apocalipsis: He aquí que viene con las nubes, y le verá todo ojo (Apoc. I, 7)
Todas estas cosas dice el mismo Señor, que sucederán luego después de la tribulación de aquellos días.
Ahora: antes de pasar adelante, sería convenientísimo el saber de cierto la verdadera y propia significación de la palabra luego (statim) a lo menos saber de cierto si esta palabra tiene alguna vez otra significación diversa de aquella ordinaria, que todos sabemos, y que tenemos por única.
Digo que sería buena esta noticia en el punto presente, porque son muy diversas las sentencias de los autores (In diversis diversa legi. Hyeron).
En algunos, especialmente en aquellos que no exponen toda la Escritura, sino solamente los Evangelios y que por consiguiente no tienen que atender a otras consecuencias, se halla la palabra luego en su sentido natural sin novedad alguna.
Conceden francamente que todo lo que contiene el texto citado, incluido en ello la venida misma del Señor, sucederá infaliblemente luego después de la tribulación
de aquellos días.
Mas otros doctores más advertidos, divisando bien el inconveniente, no son tan liberales con la palabra luego, la cual se halla en ellos con más novedad de lo que parece a primera vista.
Es verdad que la dejan pasar; más con mucha discreción y economía, suavizándola primero, de modo que no pueda hacer mucho daño.
Así pues, la palabra luego, según su explicación, no se debe entender con tanto rigor, sino en sentido más lato, o más benigno, como si dijera: en breve, presto, no mucho después.
Yo estoy muy lejos de contradecir esta pequeña violencia, ni de formar disputa sobre palabras.
El sentido que aquí se le da a la palabra luego, después, fuera bastante natural y obvio, si no se pusiese de por medio un gravísimo interés; si a lo menos nos declarasen los doctores un poco más su mente; si nos dijesen qué es lo que realmente pretenden con esta economía; si su expresión no mucho después, es absoluta, o solamente respectiva; si significa pocos días, o pocas horas después, absolutamente hablando, o significa poco tiempo, comparado con otro mayor, verbi gratia de mil o dos mil años, porque en la realidad nos dejan en esta incertidumbre, y su poco tiempo nos parece muy equívoco, y por eso no poco sospechoso.
Para que podamos conocer mejor este equívoco, y al mismo tiempo el misterio de esta expresión equívoca, consideremos atentamente estas dos proposiciones, y veamos si puede haber entre ellas alguna diferencia notable.
Primera: Cristo ha de venir (luego después) de la tribulación de aquellos días.
Segunda: Cristo ha de venir (no mucho después) de la tribulación de aquellos días.
No perdamos tiempo en consultar sobre ello a los dialécticos. El problema no es tan difícil que no baste para resolverlo la dialéctica natural, o la sola lumbre de la razón.
Primeramente se concibe bien, que las dos proposiciones (moralmente hablando) pueden ser verdaderas y significar una misma cosa. No se ve entre ellas oposición alguna sustancial; no se destruyen mutuamente, pueden fácilmente acordarse.
Con todo esto, si atendidas bien las circunstancias, buscamos en ambas proposiciones aquel sentido, sencillo y claro, que nos prescribe el evangelio cuando dice: vuestro hablar sea, sí, sí; no, no, es fácil divisar no sé qué diferencia, la cual va creciendo, mientras más de cerca se va mirando.
La primera proposición se ve clara, y se entiende al punto sin otra reflexión.
La segunda no tanto.
La primera no admite equívoco ni sofistería.
La segunda puede muy bien admitirla, si se la quieren dar.
La primera nos da una idea sencilla y natural, de que no ha de mediar, entre el fin de aquella tribulación y la venida del Señor, algún espacio considerable de tiempo: por consiguiente, que entre estas dos cosas no ha de haber algunos sucesos grandes y extraordinarios que pidan tiempo considerable para verificarse; sino que, concluidos aquellos días de tribulación, luego al punto, o físicamente o materialmente, o a lo menos moralmente, sucederá la venida del Señor con todas las cosas que la deben acompañar, y están expresas en el texto.
Mas en la segunda proposición no se ve esta idea tan inocente, tan sencilla, tan natural; antes por el contrario nos deja en una grande confusión, sin poder saber determinadamente la verdadera significación de las palabras no mucho después. Pues, aunque la intención sea extenderlas a cuanto tiempo se quiera o se haya menester, verbi gratia a tres o cuatro siglos, siempre queda el efugio fácil de que tres o cuatro siglos es un espacio de tiempo casi insensible respecto de cuatro o cinco mil, mucho más respecto de la eternidad.
Así que, la primera proposición cierra enteramente la puerta a todo suceso, y a todo espacio considerable de tiempo.
Mas la segunda no es así. Parece que también la cierra, pero es innegable que no la cierra bien; es innegable que la deja como entreabierta; y quedando en este estado, es cosa bien fácil irla abriendo más cuanto fuere necesario, y hacer entrar insensiblemente y sin ruido, todos los sucesos que se quisiere, por grandes que sean.
En efecto, esto es lo que se pretende, y este es, según parece, todo el misterio.
Y si no, ¿por qué fin se convierte la palabra luego después, que es tan clara, en las palabras, no tan claras, brevemente, al instante, no mucho después?
El espacio de tiempo que deben significar estas palabras, no puede ser tan corto, en la intención de los doctores, que no sea suficiente para abarcar cómodamente los muchos y grandes sucesos que pretenden colocar en él.
Ved aquí algunos de los principales, fuera de los que quedan apuntados en el párrafo antecedente.
Ha de haber tiempo, dicen, lo primero, para que muchísimos cristianos, de uno y otro sexo, de todas clases y condiciones, que ya por flaqueza, ya por temor, ya por ignorancia, ya por seducción, habían renunciado a Cristo, y adorado al Anticristo, reconozcan su culpa, hagan frutos dignos de penitencia, y sean otra vez admitidos al gremio de la Iglesia, y a la comunión de los santos.
Ha de haber tiempo, lo segundo, para que los obispos de todo el orbe, que en tiempo de la gran tribulación habían huido al desierto, y escondiéndose en los montes y cuevas (que esto quieren que signifique la huida al desierto de aquella célebre mujer, vestida del sol, del capítulo XII del Apocalipsis, como veremos en su lugar) tengan noticia cierta de la muerte del Anticristo y ruina total de su imperio universal.
Ha de haber tiempo, lo tercero, para que estos obispos vuelvan a sus iglesias, recojan las reliquias de su antiguo rebaño, curen sus llagas, las exhorten, las enseñen de nuevo, y les den todo el pasto necesario y conveniente en aquellas circunstancias.
Ha de haber tiempo, lo cuarto, para aquellos sucesos de que hablamos, esto es, para que se conviertan los judíos, para que sean instruidos, bautizados, arreglados, etc.; y también para que se recojan y consuman todas las armas del ejército de Gog; lo cual no pueden hacer en menos de siete años, según la profecía; y si estos siete años significan un número grande de años indeterminado, tanto mejor; mucho más tiempo será necesario conceder.
Y veis aquí señor mío, descifrado todo el misterio. Veis aquí en lo que viene finalmente a parar el luego, el brevemente, al instante, no mucho después.
Ésta parece que es la razón verdadera y única que ha obligado a convertir las palabras claras y sencillas del Apóstol: el Señor Jesús destruirá al Anticristo con la ilustración de su venida, en las palabras sumamente oscuras y poco sinceras, lo destruirá con la aurora o crepúsculos de su venida; dando el nombre de aurora o crepúsculos del día del Señor a una venida imaginaria de San Miguel, para huir de este modo la dificultad.
Ésta es, en fin, la razón verdadera y única que los ha obligado a convertir en el príncipe San Miguel aquel grande y admirable personaje del capítulo XIX del Apocalipsis; esto es, al Rey de los reyes y al Verbo de Dios.
§ 5 Consecuencias duras y pésimas de este espacio de tiempo
que pretenden los doctores entre el fin del Anticristo, y venida de Cristo
Los tres lugares de la Escritura Divina, que acabamos de observar (dejando otros muchos por evitar prolijidad) combaten directamente el espacio de tiempo que pretenden comúnmente los doctores no tanto probar como suponer.
Estos tres lugares, del Apocalipsis, de San Pablo y del Evangelio, parece claro que no tienen otra respuesta ni otro efugio que las inteligencias y explicaciones casi increíbles, que también hemos observado.
Fuera de éstos, hay otros muchos que combaten indirectamente dicho espacio de tiempo; mas cuya fuerza y eficacia parece todavía más sensible, por los gravísimos inconvenientes, por las consecuencias duras e intolerables que se siguieran legítimamente, si una vez se concediese o tolerase este espacio de tiempo entre el fin del Anticristo y la venida del Señor.
Para que podamos ver con mayor claridad estos inconvenientes, o estas consecuencias legítimas, aunque duras e intolerables, discurramos.
Yo sé bien, amigo mío, que, según todos vuestros principios, habéis menester algún espacio de tiempo (no tan corto como queréis dar a entender) entre el fin del Anticristo y la venida de Cristo, que esperamos en gloria y majestad.
También sé con la misma certidumbre para qué fin habéis menester aquel tiempo, y cuál es el verdadero motivo de vuestra pretensión.
Certificado plenamente de vuestros pensamientos, y también de vuestras intenciones, os pregunto en primer lugar: ¿con qué derecho, con qué razón, sobre qué fundamento queréis suponer un espacio de tiempo entre el fin del Anticristo y la venida de Cristo?
En la Escritura Divina no lo hay; antes hay fundamentos a centenares para todo lo contrario. Vos mismo no podéis negarlo; pues siendo tan versado en las Escrituras, y tan empeñado por este espacio de tiempo, del cual tenéis una extrema necesidad, con todo eso no podéis alegar algún lugar a vuestro favor.
Cualquiera otro fundamento que no sea de la Divina Escritura, mucho más si se opone a ella, no puede tener firmeza alguna en un asunto de futuro.
¿Sobre qué estriba vuestra suposición? ¿Solamente sobre vuestra palabra?
Por otra parte: yo os he mostrado tres lugares clarísimos de la misma Escritura, que destruyen evidentemente vuestro espacio de tiempo. He oído con asombro la explicación ciertamente inaudita que les habéis dado, y que estáis resuelto a dar a muchos otros que pudiera mostraros en los Profetas y en los Salmos. Mas esto sería continuar eternamente la discordia.
Por tanto, dejando ya este camino directo, o este argumento a priori que parece áspero y molesto, probemos por el otro, que llaman a posteriori (excusad estas palabras un poco anticuadas); el cual camino, aunque algo más dilatado, suele ser más llano, y no menos eficaz.
Yo os concedo, sin límite alguno, todo el tiempo que quisiereis y hubiereis menester entre el fin del Anticristo y la venida de Cristo. Haced cuenta que por ahora sois dueño del tiempo, que todo se ha puesto en vuestras manos, y dejado a vuestra libre disposición. Repartidlo, pues, como os pareciere más conveniente.
Colocad en él todos aquellos sucesos que os acomodaren, y que no halláis por otra parte dónde, ni cómo acomodarlos a vuestro gusto, así los revelados, como también los imaginados.
Entre tanto, yo os pido solamente una gracia, que no podéis negarme honestamente, es a saber: que me sea lícito hallarme presente a la repartición que hiciereis de este tiempo y ver por mis ojos todos los sucesos que fuereis colocando en él.
Así podré observar más fácilmente las consecuencias que podrán seguirse; y después, con vuestra licencia, las podré ofrecer amigablemente a vuestra consideración.
Primeramente pedís tiempo suficiente entre el fin del Anticristo y la venida de Cristo para que muchísimos Cristianos (mejor diréis los más o casi todos, según las Escrituras) que habían sido engañados por el Anticristo, y entrado en su misterio de iniquidad, puedan reconocer su engaño, llorar sus errores, y hacer una verdadera y sincera penitencia.
Esto decís que se debe creer piadosamente de la bondad y clemencia de Dios, ¡y yo me maravillo cómo no pedís ese espacio de penitencia para el mismo Anticristo, para su profeta, para toda aquella infinita muchedumbre que en aquel día se ha de abandonar a las aves del cielo, pues leemos que se hartaron todas las aves de las carnes de ellos!
Ahora, como vuestro Anticristo era un monarca universal de todo el orbe, como no hubo parte alguna del mismo orbe en que no hiciese los mayores males, a todas partes se deberá extender aquella indulgencia; así no habrá reino, ni provincia, ni ciudad en todas las cuatro partes del mundo, ni aun las islas más remotas, que quede excluida de este espacio de penitencia.
Es fácil concebir cuanto tiempo es necesario para que llegue desde Palestina, hasta los términos de la redondez de la tierra, la noticia de la muerte del monarca, y después de esto, para que produzca unos efectos tan buenos.
Lo segundo, pedís tiempo suficiente para que aquellos pastores, que habían huido a vista de los lobos, desamparando su grey, escondiéndose en los montes y cuevas, tengan también noticia cierta de la muerte y destrucción del hombre de pecado, y de la paz, tranquilidad y alegría en que ha quedado todo el mundo, para que puedan volver a sus iglesias, o a los lugares donde antes estaban; para que puedan buscar, llamar y recoger el residuo de su grey; para que puedan curar este residuo de sus heridas, y ayudarlo a levantarse de la tierra, sustentarlo, apacentarlo, acrecentarlo, etc.
Y como se debe suponer, que muchos de estos pastores, no queriendo o no pudiendo huir quedaron muertos en la batalla, y como también se puede o debe suponer que muchos de los que huyeron a los montes y cuevas murieron de hambre, de frío, de incomodidad, etc.; deberá haber tiempo suficiente para elegir y consagrar nuevos obispos y enviarlos a todas aquellas partes donde han faltado y donde son tan necesarios (lo cual Roma ya no podría hacer, por haber muerto antes del Anticristo); y después de esto debería haber tiempo suficiente, para que estos nuevos obispos, así como los antiguos, ejerciesen su ministerio; pues no parece justo ni verosímil, que queden excluidas de este socorro tan necesario, solamente aquellas iglesias, cuyos pastores, como buenos, dieron la vida por sus ovejas, o muriendo de otra manera; mas siempre debajo de la cruz.
Lo tercero, pedís tiempo. ¿Para qué? Para la conversión de los judíos, si no con todas, a lo menos con algunas de las circunstancias gravísimas con que se anuncia este gran suceso en todas las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento, lo cual es tan claro, que es imposible disimularlo del todo.
Lo cuarto, en fin, pedís tiempo, o determinado o indeterminado (pero que no sea menos de siete años) para que los mismos judíos, después de convertidos a Cristo, puedan consumir las armas del ejército innumerable de Gog, destruido enteramente por el brazo omnipotente de Dios en la tierra y montes de Israel; el cual ejército había ido contra ellos después de estar establecidos en su tierra.
Habiendo, pues, estado el tiempo a vuestra libre disposición, habiendo colocado en él todos los sucesos que os ha parecido, toca a mí ahora decir una palabra y mostraros una consecuencia justísima que se sigue de todo esto, la cual no podéis negar ni prescindir de ella, estando de acuerdo con vos mismo.
La consecuencia es ésta: luego cuando venga el Señor, que será según el Evangelio luego después… y según vuestra explicación no mucho después de la tribulación del Anticristo, deberá estar todo el mundo quieto y tranquilo: la iglesia en suma paz, en religión, en piedad, en observancia de las leyes divinas; todos los hombres atónitos y compungidos con la venida a la tierra del príncipe San Miguel con todos sus ángeles; con el castigo y muerte del monarca, con la ruina de su imperio universal, y con la desgracia de tantos otros cuyas carnes se abandonaron a las aves del cielo, congregadas a la grande cena de Dios.
Todos en suma, estarán desengañados, iluminados y penetrados de los más vivos sentimientos de penitencia, aun entrando en este número, no solamente los étnicos, los mahometanos, herejes, ateos, etc., sino también los duros, obstinados y pérfidos judíos.
¿Qué os parece de esta consecuencia? ¿Os atreveréis a negarla? ¿Podréis omitirla o prescindir de ella? ¿No habéis pedido el espacio de tiempo determinadamente para todo esto? ¿Qué tenéis ahora que temer ni que recelar?
Concedida, pues, la consecuencia, pasemos luego a confrontarla con solos tres lugares del Evangelio, que, dejando otros muchos, os pongo a la vista.
Primero: Jesucristo hablando de su venida, dice así: Mas cuando viniere el Hijo del Hombre, ¿pensáis que hallará fe en la tierra? (Luc. XVIII, 8).
Las cuales palabras, aunque parecen una simple pregunta, mas ninguno duda que en su divina boca son una verdadera profecía, son una afirmación clarísima del estado de perfidia y de iniquidad en que hallará toda la tierra cuando vuelva del cielo; pues si no ha de hallar fe, que es el fundamento de todo lo bueno, ¿qué pensáis que hallará?
Síguese de aquí que, o las palabras del Señor nada significan, o que son falsos y algo más que falsos los sucesos que habéis colocado en vuestro espacio imaginario de tiempo, y por consiguiente el espacio mismo.
Segundo: Jesucristo dice, que cuando vuelva del cielo a la tierra, hallará el mundo como estaba en tiempo de Noé, así como en los días de Noé, así será también la venida del Hijo del Hombre (Mat. XXIV, 37).
Reparad ahora la propiedad de la semejanza: y así como en los días antes del diluvio se estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca. Y no lo entendieron hasta que vino el diluvio, y los llevó a todos: así será también la venida del Hijo del Hombre.
De modo que, así como cuando vino el diluvio estaba todo el mundo en sumo descuido y olvido de Dios, y por buena consecuencia en una suma perfidia, iniquidad y malicia, porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra (Gen. VI, 12); así como el diluvio los cogió a todos de improviso, menos a aquellos pocos justos que Dios quiso salvar; asimismo, dice el Señor, sucederá en la venida del Hijo del Hombre. Y por San Lucas: De esta manera será el día en que se manifestará el Hijo del Hombre (Luc., XVII, 30).
Tercero: Jesucristo llama al día de su venida, día repentino; y añade, que este día será como un lazo para todos los habitadores de la tierra (Luc., XXI, 34-35). Y como dice el Apóstol a este mismo propósito: Cuando dirán paz y seguridad, entonces les sobrecogerá una muerte repentina, como el dolor a la mujer que está encinta, y no escaparán (I Tess. V, 3).
Paremos aquí un momento, y hagamos alguna reflexión sobre estos tres lugares del Evangelio.
Y para entendernos mejor y evitar todo equívoco y sofisma, supongamos que vos y yo, entre otros muchos nos hallamos vivos en todo aquel espacio de tiempo que habéis pedido entre el fin del Anticristo y la venida de Cristo.
Habiendo pues, en nuestra hipótesis, sobrevivido al Anticristo, hemos sido testigos oculares, así de los males gravísimos que ha hecho en toda nuestra tierra, como de la venida de San Miguel con todos los ejércitos del cielo, como también de todas las circunstancias particulares de la muerte de nuestro monarca y de la ruina plena y total de su monarquía universal.
Ya, gracias a Dios, nos hallamos libres de este monstruo de iniquidad. Con su muerte goza toda la tierra de una perfecta tranquilidad; ya vemos con sumo júbilo que los obispos fugitivos vuelven a sus iglesias, y son recibidos del residuo de su grey con las mayores muestras de devoción, de piedad y de ternura; que los templos parte profanados, parte arruinados, se purifican, o se edifican de nuevo; vemos con edificación muchos hombres apostólicos salir acompañando a sus obispos, a predicar penitencia entre los cristianos que se habían pervertido; otros más animosos los vemos volar hacia las partes más remotas del mundo a predicar el Evangelio, donde antes no se había predicado, o donde no había tenido tan buen efecto su predicación.
Vemos a los míseros judíos bañados en lágrimas, compungidos, desengañados y convertidos de todo corazón a su verdadero y único Mesías por quien tantos siglos habían suspirado.
Vemos en suma, con nuestros propios ojos, verificados plenamente todos los sucesos que vos mismo habíais anunciado para este tiempo.
Con todo eso oídme una palabra. El espacio de tiempo que habíais pedido para todos estos sucesos grandes, y admirables, no fue ni pudo ser tan grande, que pasase todos los límites de la discreción y aun de la revelación.
¿Qué límites son éstos? Son el luego después del Evangelio, y también el en breve, presto, no mucho después de vuestra misma explicación.
Según vos mismo, la venida del Señor con grande poder y majestad, debe estar ya tan cerca, que la podemos y aun debemos esperar por días o por horas. Todos los que hemos quedado vivos después del Anticristo estamos en esta expectación.
Todos sabemos que el Señor ha de venir, o luego al punto, si esto significa la palabra luego, o a lo menos no mucho después de la gran tribulación que hemos visto y experimentado en los días del Anticristo.
Ya casi no hay persona alguna que no lo sepa: todos en fin estamos en vela, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.
Esto supuesto, decidme ahora: ¿Os parece creíble, ni posible, que en tan corto espacio de tiempo, no sólo se hayan podido hacer en todo el mundo cosas tan gloriosas, sino que el mismo mundo se haya otra vez pervertido como en tiempo del Anticristo?
¿Que se haya olvidado tan presto de la venida de San Miguel; de su espanto y terror en el castigo de tanta muchedumbre de su llanto, de su penitencia, y también de la cercanía del día del Señor? ¿Cómo ha podido suceder una mudanza tan extraña y tan universal? ¿Qué otro Anticristo ha venido de nuevo, mayor que el que acaba de matar San Miguel?
En este tiempo en que ahora nos hallamos, vemos muerto al Anticristo con su falso profeta; los reyes de la tierra que tanto le ayudaban, muertos todos con sus ejércitos; la muchedumbre de Gog muerta; el resucitado imperio romano con su corte idólatra y sanguinaria, muerto; todos los capitanes, gobernadores y soldados, secuaces del Anticristo, muertos por San Miguel, y devorados por todas las aves del cielo.
Por otra parte, los obispos fugitivos han vuelto a sus iglesias, las ovejas a sus pastores, los que estaban fuera de la iglesia han entrado en ella, y han sido recibidos con suma caridad, y la misma iglesia se halla en una grande paz sin enemigos que la perturben ni dentro ni fuera, etc.
Y no obstante todo esto, Jesucristo que ya viene, que ya está casi a la puerta, ¿ha de hallar toda la tierra tan olvidada de Dios, tan corrompida, tan inicua, así como en los días de Noé?
Jesucristo que ya viene, ¿apenas ha de hallar en toda la tierra algún vestigio de fe: pensáis que hallará fe en la tierra?
Jesucristo que ya viene, ¿ha de coger de improviso a todos los habitadores de la tierra? El día de su venida, que ya insta, ¿ha de ser aquel día repentino; y como un lazo vendrá sobre todos los que están sobre la haz de toda la tierra?
Si vos, señor, o algún otro ingenio sublime, puede concebir estas cosas, y concordarlas entre sí, yo confieso francamente mi pequeñez; no hallo cómo, ni por dónde salir de este laberinto; ni sé lo que hubieran respondido los doctores mismos, si hubiese habido en su tiempo quien les propusiese estas dudas, y les pidiese una respuesta categórica.
Veis aquí, pues, las consecuencias que naturalmente se siguen del espacio de tiempo que pretendéis entre el fin del Anticristo, y la venida de Cristo.
No ignoráis que de esta consecuencia os pudiera presentar muchísimas, sin otro trabajo que copiar otros muchos lugares de las Escrituras; mas esta diligencia sería tan inútil, como encender muchas lámparas para añadir con ellas más claridad al día más sereno.
No obstante, parece que no será del todo inútil, ni fuera de propósito, representaros brevemente otra buena consecuencia, que infaliblemente se seguiría, si el fin del Anticristo sucediese de otro modo que con la venida misma de Cristo en gloria y majestad.
§ 6 Otra consecuencia
Si se lee con alguna mayor atención lo que queda observado en el párrafo VII del primer fenómeno, se deberá reparar con alguna especie de terror el gran fracaso y el terrible estrago que debe hacer en el mundo cierta piedra cuando baje del monte.
Se deberá reparar, que dicha piedra desprendida de un alto monte sin mano alguna, o sin que nadie la toque, ni la tire, ella se desprende por sí misma, ella se mueve, ella se encamina directamente hacia los pies de la grande estatua: al primer golpe los quebranta y reduce a polvo, y todo el coloso terrible cae a tierra, y se desvanece como humo.
Ahora pregunto yo: ¿después del fin y ruina del Anticristo, quedará en esta tierra existente, entero y en pie este gran coloso o no?
Según los principios ordinarios, o según todas las ideas que nos dan los doctores del Anticristo, parece claro que no.
Lo primero, porque suponen como cierto que el Anticristo ha de ser un monarca universal de todo el orbe; y esta monarquía universal no puede concebirse, si la estatua queda en pie, o por hablar con mayor propiedad, si los pies y dedos de la estatua quedan todavía divididos, e independientes. Para la monarquía universal es preciso, que todos los reinos y señoríos particulares se reduzcan a una misma masa; y si acaso quedan algunos, que estos queden súbditos, no libres, e independientes: por consiguiente es necesario que la monarquía universal se haya tragado e incorporado en sí misma todos cuantos reinos, principados y señoríos particulares se conocían en la tierra.
Lo segundo, porque no niegan los doctores, antes lo suponen como una verdad (y esto con suma razón) que juntamente con el Anticristo han de morir del mismo accidente todos los reyes de la tierra, todos los príncipes, grandes, capitanes y soldados de todo su imperio universal, pues todos estos son nombrados expresamente en el convite general que se hace a todas las aves del cielo, diciéndoles: Venid y congregaos a la grande cena de Dios; para comer carnes de reyes, y carnes de tribunos, y carnes de poderosos, y carnes de caballos, y de los que en ellos cabalgan.
Lo tercero, porque suponen que el imperio romano (no obstante que debe durar hasta el fin del mundo, como nos aseguran tantas veces con gran formalidad; mas aquí no guardan consecuencia), suponen, digo, y nos aseguran, que este imperio romano bajado en aquellos tiempos de los espacios imaginarios y vuelto a su antigua grandeza y esplendor, deberá también ceder al Anticristo, y agregarse al imperio de oriente, o de Jerusalén que debe ser el único. Lo cual sucederá, dicen, cuando Roma idólatra y sanguinaria sea destruida por diez reyes enemigos del Anticristo, y estos sean vencidos poco después por el mismo Anticristo.
Según esto, parece que deben confesar aquí de buena fe, que muerto el Anticristo, y destruido enteramente su imperio universal, y con él todos los reyes y príncipes, con todos sus ejércitos congregados para pelear con el que estaba sentado sobre el caballo, no puede quedar en el mundo reliquia alguna del gran coloso; pues estando todo incorporado en el imperio universal del Anticristo, destruido este imperio universal, es consiguiente que quede destruido y aniquilado el coloso mismo.
Ved ahora la consecuencia y juzgad rectamente.
Luego la piedra que ha de bajar del monte sobre el coloso, y reducirlo todo a tamo de era de verano, lo que arrebató el viento, no puede ser Cristo mismo, sino San Miguel; por consiguiente, San Miguel crecerá entonces, y se hará un monte tan grande, que cubrirá toda la tierra: porque la piedra que había herido la estatua, se hizo un grande monte, e hinchió toda la tierra.
Si la piedra debe ser Cristo mismo, como no se puede dudar, luego cuando esta piedra baje del monte, cuando Cristo mismo baje del cielo, que según dicen, será poco después de San Miguel, ya no hallará tal coloso, donde dar el golpe, y, adiós profecía.
Si halla todavía el coloso, y en efecto lo destruye cayendo sobre él; luego no lo destruye San Miguel; luego fue inútil la venida de este príncipe con todos los ejércitos que hay en el cielo; luego todo el capítulo XIX del Apocalipsis no tiene significado alguno…
Mejor diremos, luego, la venida de San Miguel es una pura imaginación y un puro efugio de la dificultad.
De otro modo. Si la piedra de que habla la profecía es Cristo mismo indubitablemente, luego, Cristo mismo al bajar del cielo a la tierra hallará toda la estatua en pie, dará contra ella y la convertirá en polvo.
Luego, no puede haber espacio alguno de tiempo entre la ruina de la estatua y la venida de Cristo.
Y como toda la estatua, o todos los reinos, principados y señoríos, según nos dicen, deberán estar entonces no solamente incluidos, sino identificados con el imperio universal del Anticristo, que debe componerse de todos juntos; quien destruye la estatua, destruye forzosamente este imperio universal; y quien destruye este imperio universal, destruye forzosamente toda la estatua.
Quien destruye todo esto, debe ser Cristo mismo cuando baje del monte; luego no puede haber un instante de tiempo entre la venida de Cristo y la destrucción de todo esto, y por consiguiente del Anticristo, a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca, y le destruirá con el resplandor de su venida.
El argumento, aunque me parece bueno, no por eso pienso que no puede tener alguna solución.
Se puede responder lo primero: que la piedra que ha de bajar sobre la estatua será Cristo mismo; mas no en su propia persona, sino en virtud.
Se puede responder lo segundo (volviendo a las antiguas): que la piedra de que se habla es Cristo mismo; mas no en la segunda venida, sino en la primera; por consiguiente esta piedra ya bajó del monte siglos ha, y destruyó entonces la grande estatua, esto es, el imperio de Satanás, etc.
Será preciso tenerse en esto, cueste lo que costare, sin ceder un punto; ni yo pienso hablar sobre esto una palabra más. Me remito enteramente a vuestras serias reflexiones.
§ 7 Resumen y conclusión
Deseara, señor, si esto fuese posible, que quedásemos de acuerdo, o que a lo menos nos formásemos una idea clara y precisa de todas las cosas que acabamos de observar en este fenómeno.
Nuestra disputa, según parece, no consiste en la sustancia de la cosa misma, sino solamente en una circunstancia que se cree gravísima por una y otra parte; y en efecto lo es tanto, que ella sola basta para decidir y terminar el pleito.
Estamos perfectamente de acuerdo en la sustancia: esto es, en el espacio de tiempo, que según las Escrituras, ha de haber después del Anticristo (sea este Anticristo lo que quisiereis que sea); este espacio de tiempo os lo he concedido, y os lo concedo de nuevo sin límite alguno. Confieso que tenéis gran razón en pedirlo, porque es innegable.
Conque la discordia está solamente en una circunstancia: es a saber, si el espacio de tiempo debe ser después del Anticristo, muerto y destruido por el príncipe San Miguel, antes de la venida de Cristo; o muerto y destruido por Cristo mismo, en el día grande de su venida en gloria y majestad.
Vos decís lo primero, yo digo lo segundo; con esta sola diferencia, que vos decís lo primero libremente sin fundamento alguno; pues no alegáis, ni es posible alegar la autoridad divina que es la que únicamente nos puede valer en asunto de futuro. Al contrario, yo digo lo segundo, fundado en esta autoridad divina, de que me dan testimonio claro e indubitable las Santas Escrituras, en quienes yo creo firmemente.
Según estas Santas Escrituras, me parece imposible separar el fin del Anticristo, de la venida del Señor que estamos esperando.
Lo habéis visto claro, con circunstancias las más individuales, en el capítulo XIX del Apocalipsis.
Lo habéis visto claramente confirmado por el Apóstol de las gentes, el cual dice expresamente, que el mismo Señor Jesús destruirá al Anticristo con la ilustración de su venida.
Lo habéis visto claramente en el Evangelio, en que declara el mismo Señor que su venida del cielo a la tierra con grande poder y majestad, sucederá luego después de la tribulación de aquellos días…
Después de todo esto, lo habéis visto todavía más claro, por las consecuencias intolerables que se seguirían legítimamente, si se separase el fin del Anticristo de la venida de Cristo, como queda observado en los §§ 5 y 6.
Por otra parte, los sucesos que habéis imaginado, con los cuales queréis llenar este espacio de tiempo, son evidentemente incompatibles con los que nos anuncia con tanta claridad el mismo Señor.
Después del Anticristo, y antes de la venida de Cristo, suponéis a todos los hombres (y esto sin prueba alguna) no solamente atónitos y espantados de lo que acaba de suceder en el mundo con la venida de San Miguel, y del castigo del Anticristo con todos los reyes, príncipes y grandes de su corte, y de todo su imperio universal; sino también compungidos y llorosos que se volvían, dándose golpes en los pechos, haciendo penitencia, y pidiendo misericordia; pues para esto en primer lugar, según vos mismo, se concederá este espacio de tiempo.
Suponéis del mismo modo, sin prueba alguna, a todos los obispos que se habían escondido en los montes y cuevas, restituidos a sus iglesias, y recibidos de sus antiguas ovejas con lágrimas de devoción y de ternura.
Suponéis todo el mundo desengañado, iluminado, y arrepentido; sin excluir de este gran bien a los duros y obstinados judíos.
Suponéis en fin, así a estos, como a todo el residuo de los hombres, esperando por momentos la venida del Señor, en su propia persona y majestad; la cual debe ser presto, en breve, no mucho después, según vos mismo, y según el Evangelio: luego.
Ahora, si una vez admitimos estas ideas, ¿cómo podremos componerlas con las que hallamos en los Evangelios?
¿Cómo será posible en estas suposiciones, que el día grande de la venida del Señor, que ya insta, halle a todo el mundo tan descuidado y tan inicuo, así como en los días de Noé?
¿Cómo será posible que lo halle casi enteramente sin fe?
¿Cómo será posible que aquel día sea para todos los habitadores de la tierra, día repentino, y como un lazo imprevisto, en que queden prendidos, porque así como un lazo vendrá sobre todos los que están sobre la haz de toda la tierra?
Amigo mío, consideradlo bien, poniendo aparte por un momento toda preocupación.
Entre tanto, la conclusión sea, que según todas las Escrituras, parece todavía mucho más difícil separar el fin del Anticristo de la venida de Cristo que separar el fin de la noche del principio del día.
No pudiendo, pues, de modo alguno hacerse esta separación, ¿qué se sigue?
Me parece que se sigue al punto inevitablemente la dura y terrible consecuencia: luego si se concede y aun se pide un espacio de tiempo después del fin del Anticristo, se debe forzosamente conceder y pedir después de la venida de Cristo.
Luego, si después del fin del Anticristo ha de haber tiempo suficiente para que puedan verificarse cómodamente los muchos y grandes sucesos que pretenden los doctores, lo deberá haber necesariamente después de la venida de Cristo.
Y veis aquí con esto solo arruinado desde los cimientos todo el sistema.
Veis aquí con esto solo claro, manifiesto y concedido por los mismos doctores, aunque contra su voluntad, aquel espacio de tiempo, que con tantos temores, temblores y recelos propusimos al principio solo como una mera hipótesis o suposición.
Veis aquí ya más de cerca los mil años de San Juan, y todos los misterios nuevos y admirables del capítulo XX del Apocalipsis.
Veis aquí el juicio de los vivos separado enteramente del de los muertos.
En suma, veis aquí con esto solo abiertas todas las puertas, y también todas las ventanas, corridas todas las cortinas, y alzados todos los velos, para ver y entender innumerables profecías, que sin esto nos parecen no solamente oscuras sino la misma oscuridad.
Apéndice
Cualquiera que lea las observaciones que acabamos de hacer sobre este fenómeno, y no tenga por otra parte suficiente conocimiento de esta causa, es fácil y muy natural que piense dentro de sí una de dos cosas:
-
o que es falso que los doctores separen el fin del Anticristo de la venida de Cristo, haciendo venir en su lugar al arcángel San Miguel:
-
o que si realmente han tomado este partido (que según parece es muy antiguo), habrán hallado en la Escritura Divina algún fundamento sólido e incontrastable; pues no es creíble que hombres tan sensatos y tan eruditos avanzasen una especie como esta, sin estar primero perfectamente asegurados.
Esta reflexión, a lo menos cuanto a la segunda parte de la disyuntiva, me parece óptima: y yo confieso, que esta misma es la que me ha hecho buscar con toda diligencia este fundamento.
Vamos por partes.
Primeramente, es innegable que los intérpretes de la Escritura, según su sistema, procuran del modo posible separar el fin del Anticristo de la venida de Cristo, que esperamos en gloria y majestad, haciendo venir en lugar de Cristo al arcángel San Miguel a la frente de todas las legiones celestiales.
Ésta proposición se puede probar de dos maneras, ambas claras, fáciles y perceptibles a todos, por su simplicidad.
La primera
es remitir a los que dudaren a que lo vean por sus ojos en la mayor y más noble parte de los mismos intérpretes; y para minorarles el trabajo, y suavizarles la gran molestia, pedirles solamente, que vean por sus ojos lo que dicen sobre el capítulo XIX del Apocalipsis, sobre el XXXVIII y XXXIX de Ezequiel, sobre el capítulo XII de Daniel, sobre el capítulo XXIV de San Mateo, y sobre el capítulo II de la epístola segunda a los Tesalonicenses.
Dije en la mayor y más noble parte de los intérpretes, porque algunos otros gravísimos por otra parte penetrando bien la gran dificultad, procuran prescindir de ella, y alejarse todo lo posible; como que no consideran toda la Escritura, sino solamente una parte.
Véase lo que queda dicho en el fenómeno tercero párrafo XIII.
El segundo modo de probar aquella proposición para los que no pueden o no quieren registrar autores, puede ser este llano y simple discurso. O conceden los doctores que Cristo mismo en su propia persona ha de venir a destruir al Anticristo, o no:
Si lo conceden, luego aquel espacio de tiempo que también conceden inevitablemente después de destruido el Anticristo, lo deberán conceder después de la venida de Cristo en su propia persona. Por consiguiente deberán renunciar a su sistema.
Si no lo conceden, luego en lugar de la persona de Cristo deberá venir alguna otra persona a la frente de todos los ejércitos del cielo a destruir al Anticristo; pues sin este todo el capítulo XIX del Apocalipsis será una visión sin significado, o será por decirlo mejor una pura ilusión.
Si en lugar de Cristo viene otra persona con todos los ejércitos del cielo, ¿quién puede ser sino el príncipe grande San Miguel? Conque aun sin el trabajo de registrar muchos libros, la verdad de aquella proposición queda indubitable.
Satisfecha la primera parte de la disyuntiva, nos queda que satisfacer a la segunda que es la principal, en la cual se pueden hacer estas dos preguntas.
Primera: ¿con qué fundamento se niega que Jesucristo en su propia persona, y en el día grande de su venida que esperamos, ha de destruir al Anticristo, estando esto tan claro y expreso en las Escrituras?
Segunda: ¿con qué fundamento se le da este honor al príncipe grande San Miguel?
El fundamento para lo primero lo hemos ya visto por nuestros ojos, ni concibo cómo pueda quedarnos sobre esto alguna duda. Hablando francamente, no hay otro fundamento real que el miedo y pavor del capítulo doce del Apocalipsis, o del espacio de tiempo que es necesario conceder, y que se concede aunque a más no poder, después del fin del Anticristo. Si fuera de este fundamento hubiese otro siquiera pasable, es claro que se debía producir, y mucho más claro que no se dejara de hacer.
El fundamento para lo segundo, es el que ahora voy a exponer, que al fin lo hallé después de alguna diligencia.
No digo que lo hallé en la Escritura misma, sino en la Escritura explicada del modo que se explican los tres lugares, de que hemos hablado, principalmente en este fenómeno.
Es, pues, todo el fundamento para hacer venir a San Miguel, a destruir al Anticristo, el capítulo XII de Daniel, que empieza así: Y en aquel tiempo se levantará Miguel príncipe grande, que es el defensor de los hijos de tu pueblo, y vendrá tiempo, cual no fue desde que las gentes comenzaron a ser hasta aquel tiempo. Y en aquel tiempo será salvo tu pueblo, todo el que se hallare escrito en el libro.
Consideremos este texto con particular atención, porque no hay duda que mirándolo solo a bulto, superficialmente, y de prisa, no deja de mostrar alguna apariencia.
Para que este texto favorezca de algún modo la expedición de San Miguel que se pretende contra el Anticristo, es necesario que aquellas primeras palabras: Y en aquel tiempo se levantará Miguel, aludan al tiempo mismo del Anticristo, porque si realmente aluden a otro tiempo anterior, de nada pueden servir para el intento.
Más claro. Si la expedición de San Miguel de que se habla en este lugar, debe suceder antes del Anticristo, antes de los tiempos borrascosos y terribles de la grande tribulación, con esto solo estará concluida la disputa, pues ésta se prueba fácilmente con el mismo texto sin salir de él.
Es claro que aquí se habla de dos tiempos diversos: Y en aquel tiempo se levantará Miguel; éste es el primero.
El segundo tiempo es posterior, y como una consecuencia de él se levantará Miguel, y de este tiempo que se ha de seguir después de la expedición de San Miguel, se dice que será tan terrible cual nunca se habrá visto hasta entonces: y vendrá tiempo, cual no fue desde que las gentes comenzaron a ser hasta aquel tiempo.
Ahora, se pregunta: este tiempo tan terrible, posterior y consiguiente a la expedición de San Miguel, ¿cuál será?
¿Será acaso el tiempo que debe seguirse por confesión de los doctores después de la muerte del Anticristo?
Cierto que no: porque este espacio de tiempo lo suponen como el más quieto y pacífico de todos los tiempos.
¿Será el tiempo que puede emplear San Miguel con todos los ejércitos del cielo en matar al Anticristo, y destruir su imperio universal?
Tampoco: ya porque para esto sobra un minuto, pues sabemos que un ángel solo destruyó todo el ejército do Senaquerib, matando en una noche o en un momento de esta noche 185 mil soldados; ya porque no es creíble que la terribilidad tan ponderada de aquel tiempo hable solamente con el Anticristo, y con sus secuaces.
En este caso no dijera el Señor: habrá entonces grande tribulación, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora, ni será. Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva: mas por los escogidos aquellos días serán abreviados.
¿Qué daño puede hacer San Miguel a los escogidos? ¿Es creíble que Dios abrevió aquellos días, o aquel tiempo de tribulación que causa San Miguel en el Anticristo, y en sus amigos, para que no se perviertan, ni se pierdan aun los mismos escogidos?
Es creíble que esta tribulación causada por San Miguel sea tan peligrosa, de modo que, si puede ser, caigan en error aun los escogidos?
Luego no es éste el tiempo de que habla Daniel, cuando dice: se levantará Miguel… y vendrá tiempo, cual no fue, etc.
Luego este vendrá tiempo, alude a otro tiempo posterior a la expedición de San Miguel.
Luego es el tiempo mismo de la tribulación que causará en el mundo el Anticristo, el cual será necesario abreviar para que no se pierdan aun los escogidos.
Luego la expedición de San Miguel no puede ser contra el Anticristo, pues éste no ha venido.
¿Pues a qué viene San Miguel, y contra quién viene si no viene contra el Anticristo?
Esta pregunta procede sobre una falsa suposición. Aquí se supone que San Miguel ha de venir con sus ángeles a esta nuestra tierra contra alguno; mas esto ¿de dónde se prueba?
El texto no lo dice, ni insinúa, ni da señal por donde sospecharlo. Solo dice: Y en aquel tiempo se levantará Miguel.
En aquel tiempo de que acaba de hablar el capítulo antecedente, se levantará San Miguel, no solo, sino con otros ángeles, pues el verbo consurgo esto significa; mas no dice a qué se levantará, ni contra quién, ni a dónde irá, ni qué cosas hará, etc. Todo esto lo deja en un profundo silencio.
Mas lo que no dice este antiquísimo Profeta, lo dice claramente circunstanciado el último de los Profetas, que es San Juan, que es el que en ciertos puntos particulares los explica a todos.
Leed el capítulo XII del Apocalipsis, y allí hallaréis este mismo misterio con todas las noticias que podéis desear.
Allí hallaréis esta misma expedición de San Miguel explicada y aclarada.
Allí hallaréis contra quién es, adónde es, y para qué fin.
Allí veréis que no es contra el Anticristo, sino contra el dragón, o contra el diablo; que no es en la tierra, sino en el cielo; que no es en los tiempos del Anticristo, sino antes que este aparezca en el mundo.
Allí hallaréis que el Anticristo con todo su misterio de iniquidad, y todo la gran tribulación de aquellos días, será solo una resulta y como consecuencia de la expedición de San Miguel; pues arrojado el dragón a la tierra después de la batalla, se oyen luego en el cielo unas voces de compasión y lástima que dicen: ¡Ay de la tierra, y de la mar, porque descendió el diablo a vosotros con grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo!
Allí hallaréis en fin, que el dragón vencido y arrojado a la tierra con todos sus ángeles, convierte todas sus iras contra cierta mujer que ha sido la causa de aquella gran batalla; que la mujer huye al desierto con dos alas de águila grande que para esto se le dan; que el dragón la sigue, y no pudiendo alcanzarla, se vuelve lleno de furor a hacer guerra contra los otros de su linaje, que guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo.
Y para hacer esta guerra en toda forma, y sobre seguro, se va a las orillas del mar (metafórico y figurado) a llamar en su ayuda a la bestia de siete cabezas y diez cuernos, la cual se ve al punto salir del mar, y dar principio a la gran tribulación.
Que la expedición de San Miguel, de que se habla en este capítulo XII del Apocalipsis, sea la misma que la del capítulo XII de Daniel, me parece que lo conceden todos los doctores; pues a uno y otro lugar dan la misma explicación.
No hablo aquí de aquellos pocos que con la mayor violencia e impropiedad tiran a acomodar este capítulo XII del Apocalipsis a la persecución de Diocleciano; ni habló de aquellos no pocos que en sentido místico aplican a la santísima Virgen algunas pocas cosas de toda esta gran profecía, dejando todas las otras como que no hacen a su propósito.
Hablo solo de los intérpretes literales, quienes, aunque conceden que el misterio es el mismo en el apóstol que en el profeta, mas en uno y otro se explican tan poco, y con tanta oscuridad, que no se puede formar idea de lo que quieren decir.
Lo que únicamente se conoce es, que confunden demasiado al dragón con la bestia que sale del mar; y lo que es batalla de San Miguel con el dragón, lo hacen igualmente batalla con la bestia; no advirtiendo, o no haciéndose cargo que la bestia no sale del mar sino después que el dragón ha sido vencido en la batalla; después que ha sido arrojado a la tierra; después que ha perseguido a la mujer metafórica; después que ésta ha olvidado el destierro; después que ha perdido la esperanza de alcanzarla.
A lo menos es cierto que esta batalla de San Miguel con el dragón, la ponen y suponen en los tiempos del Anticristo, pues dicen que será para defender a la iglesia de la persecución del Anticristo.
No obstante esta certeza y seguridad tan poco fundada, tan ajena, tan distante, tan opuesta al texto sagrado, ninguno nos dice una palabra sobre algunas otras cosas que quisiéramos saber, verbi gratia si en esta batalla quedará también vencido el Anticristo, o solamente el dragón; si en esta batalla morirá el Anticristo, y todo su imperio universal, o si será necesaria otra venida del mismo San Miguel para matar a este monarca.
No hay que esperar sobre esto alguna idea precisa y clara. Todo se halla confuso e ininteligible.
Que en esta batalla de que hablamos, muera también el Anticristo, o quede vencido, o destruido por San Miguel, parece imposible que se atrevan a decirlo, a lo menos de modo que se entienda claramente que así lo dicen.
¿Por qué? Porque después de esta batalla, después de vencido el dragón con todos sus ángeles, arrojados a la tierra, se ve claramente en el texto sagrado que el dragón mismo convierte toda su indignación contra la mujer vestida del sol: la cual quieren, o suponen, sea la Iglesia; se ve que esta mujer (sea lo que quisieren por ahora) se libra del dragón huyendo al desierto; se ve que en el desierto se está escondida, de la presencia de la serpiente, todo el tiempo que dura la persecución del Anticristo, esto es, mil doscientos y sesenta días, que son los días que debe durar la gran tribulación como se dice en el capítulo siguiente (por estas palabras), y le fue dado poder de hacer aquello cuarenta y dos meses (42 meses, y 1260 días es lo mismo).
De todo lo cual se concluye evidentemente, que la batalla de San Miguel con el dragón debe suceder antes de los 42 meses de tribulación; por consiguiente, antes de la revelación del Anticristo.
Luego no puede ser contra el Anticristo; luego la venida de San Miguel a destruir al Anticristo es puramente imaginaria; luego el personaje admirable que se describe en el capítulo XIX del Apocalipsis con todas las señales y circunstancias de que tanto hemos hablado, no puede ser el príncipe San Miguel, sino el mismo Jesucristo, hijo de Dios, e hijo de la Virgen, en su propia persona; luego, etc.
Esta expedición del príncipe grande San Miguel, de que se habla en Daniel y en el Apocalipsis, con todos los misterios nuevos y admirables de la mujer vestida del sol, etc., pide una observación muy particular y muy prolija, la cual deberemos hacer cuando sea su tiempo.
Os la prometo, queriendo Dios, para el fenómeno VIII, después que hayamos observado los tres siguientes, no solo interesantes en sí, sino necesarios para que este pueda entenderse.
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§ 11 LA BESTIA DE DOS CUERNOS
del mismo Capítulo XIII del Apocalipsis
Y vi otra bestia que subía de la tierra, y que tenía dos cuernos semejantes a los del cordero, mas hablaba como el dragón, y ejercía todo el poder de la primera bestia en su presencia; e hizo que la tierra y sus moradores adorasen a la primera bestia, cuya herida mortal fue curada. E hizo grandes maravillas, de manera que aun fuego hacía descender del cielo a la tierra a la vista de los hombres. Y engañó a los moradores de la tierra con los prodigios que se le permitieron hacer delante de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra, que hagan la figura de la bestia, que tiene la herida de espada, y vivió. Y le fue dado que comunicase espíritu a la figura de la bestia, y que hable la figura de la bestia; y que haga que sean muertos todos aquellos que no adoraren
la figura de la bestia. Y a todos los hombres, pequeños, y grandes, ricos, y pobres, libres, y siervos hará tener una señal en su mano derecha, o en sus frentes. Y que ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la señal, o nombre de la bestia, o el número de su nombre. Aquí hay sabiduría. Quien tiene inteligencia calcule el número de la bestia. Porque es número de hombre; y el número de ella seiscientos sesenta y seis.
Esta bestia de dos cuernos, nos dicen con gran razón los intérpretes del Apocalipsis, que será el pseudo-profeta del Anticristo.
Mas así como hacen al Anticristo una persona individua y singular, así del mismo modo conciben a su falso profeta.
Muchos piensan que éste será algún obispo apóstata, pareciéndoles ver en sus dos cuernos como de cordero, un símbolo propio de la mitra. Pues este hombre nuevo, y extraordinario, será toda la confianza y todo el amor del Anticristo; siempre lo tendrá a su lado en calidad de su consejero, y de su Profeta, y lo llevará consigo en todas sus expediciones.
A la confianza del soberano corresponderá el fiel ministro, y fervoroso misionero, con servicios reales, y de suma importancia; pues ya con su elocuencia admirable, ya con su exterior de santidad, ya con milagros continuos, e inauditos, ya con promesas, ya con amenazas hará creer a todos los habitadores de la tierra, que el Anticristo es su verdadero y legítimo rey.
No contento con esto solo, les hará creer que también es el verdadero Dios, y hará que todos lo adoren como a tal; hará que todos, grandes y pequeños, traigan siempre en la mano, o la frente, cierta señal o carácter que los dé a conocer por fieles adoradores de este nuevo dios; hará que ninguno sea admitido a la sociedad o comercio humano, ni pueda, comprar, ni vender, si no lleva públicamente dicha señal; hará morir en los tormentos a aquellos pocos que tuviesen la audacia de resistir a la fuerza de su predicación.
En suma: un hombre solo, en menos de cuatro años de ministerio, conseguirá lo que millares de hombres no han conseguido en muchos siglos. Convertirá, digo, a la nueva religión y al culto del nuevo dios a todos los pueblos, tribus y lenguas, haciendo en todas las cuatro partes del mundo, que los idólatras renuncien a sus ídolos, los mahometanos a su Mahoma; los judíos al Dios de Abrahán, y los cristianos a Cristo.
Éste es, según ellos, el misterio encerrado en esta metáfora; ni hay otra cosa que poder pensar ni sospechar. Mas los que no podemos concebir al Anticristo como una individua persona, ¿cómo podremos concebir en esta forma a su pseudo-profeta? Los que miramos en la primera bestia un cuerpo moral, o una gran máquina compuesta de muchas piezas diferentes, ¿cómo podremos, guardando consecuencia, mirar otra cosa en la segunda?
Será bien notar aquí, que en toda la historia profética del Anticristo, que leemos en el Apocalipsis, y en otras partes de la Escritura, no hallamos que se hable ni una sola palabra de prestigios, de magias, o de aquella gracia de hacer milagros, que los doctores atribuyen a la persona de su Anticristo.
San Juan pone esta gracia solamente en el pseudo-profeta, o en la segunda bestia, no en la primera.
Es verdad que San Pablo dice de su hombre de pecado, que se revelará o manifestará al mundo en señales y en prodigios mentirosos (II ad Thes. II, 9); mas esto puede muy bien verificarse, sin que él mismo haga los milagros, pues ciertamente no faltarán en aquellos tiempos muchos pseudo-profetas que descubran y empleen bien este talento, recibido del padre de la mentira. Y digo ciertamente, porque así lo hallo expreso y claro en el Evangelio: que se levantarán muchos falsos profetas, y engañarán a muchos… y darán grandes señales, y prodigios, de modo que, si puede ser, caigan en error aun los escogidos (Mat. XXIV, 11 y 24). Estas palabras del Hijo de Dios, son una explicación la más natural y la más clara, así del lugar de San Pablo como de la bestia de dos cuernos que ahora consideramos.
Esta bestia nueva, lejos de significar un obispo particular, o un hombre individuo y singular, significa y anuncia, según la expresión clara del mismo Cristo, un cuerpo inicuísimo y peligrosísimo, compuesto de muchos seductores: se levantarán (dice) muchos falsos profetas… y darán grandes señales y prodigios…
Pues esta bestia nueva, este cuerpo moral, compuesto de tantos seductores, será sin duda en aquellos tiempos infinitamente más perjudicial, que toda la primera bestia, compuesta de siete cabezas, y armada con diez cuernos todos coronados.
No espantará tanto al cuerpo, o al rebaño de Cristo la muerte, los tormentos, los terrores y amenazas de la primera bestia, cuanto el mal ejemplo de los que debían darlo bueno, la persuasión, la mentira, las órdenes, las insinuaciones directas o indirectas; y todo con aire de piedad y máscara de religión, todo confirmado con fingidos milagros, que el común de los fieles no es capaz de distinguir de los verdaderos.
Es más que visible a cualquiera que se aplique a considerar seriamente esta bestia metafórica, que toda ella es una profecía formal y clarísima del estado miserable en que estará en aquellos tiempos la Iglesia Cristiana, y del peligro en que se hallarán aun los más de los fieles, aun los más inocentes, y aun los más justos.
Considerad, amigo, con alguna atención todas las cosas generales y particulares que nos dice San Juan de esta bestia terrible, y me parece que no tendréis dificultad en entender lo que realmente significa, y lo que será o podrá ser en aquellos tiempos de que hablamos la bestia de dos cuernos.
El respeto y veneración con que miro, y debemos mirar todos los fieles cristianos a nuestro sacerdocio, me obliga a andar con estos rodeos, y cierto que no me atreviera a tocar este punto, si no estuviese plenamente persuadido de su verdad, de su importancia, y aun de su extrema necesidad.
Sí, amigo mío, nuestro sacerdocio; éste es, y no otra cosa el que viene aquí significado, y anunciado para los últimos tiempos debajo de la metáfora de una bestia con dos cuernos semejantes a los del cordero.
Nuestro sacerdocio, que como buen pastor, y no mercenario, debía defender el rebaño de Cristo, y poner por él su propia vida, será en aquellos tiempos su mayor escándalo, y su mayor y más próximo peligro.
¿Qué tenéis que extrañar esta proposición? ¿Ignoráis acaso la historia? ¿Ignoráis los principales y más ruidosos escándalos del sacerdocio hebreo? ¿Ignoráis los escándalos horribles y casi continuados por espacio de diez y siete siglos del sacerdocio cristiano?
¿Quién perdió enteramente a los judíos, sino su sacerdocio? Éste fue el que resistió de todos modos al Mesías mismo; no obstante que lo tenía a la vista, oía su voz, y admiraba sus obras prodigiosas. Éste fue el que cerrando sus ojos a la luz, se opuso obstinadamente a los deseos y clamores de toda la nación que estaba prontísima a recibirlo, y lo aclamaba a gritos por Hijo de David, y Rey de Israel. Éste fue el que a todos les cerró los ojos con miedos, con amenazas, con persecuciones, con calumnias groseras, para que no viesen lo mismo que tenían delante, para que desconociesen a la esperanza de Israel, para que olvidasen enteramente sus virtudes, su doctrina, sus beneficios, sus milagros, de que todos eran testigos oculares. Éste, en fin, les abrió la boca para que lo negasen, y reprobasen públicamente, y lo pidiesen a grandes voces para el suplicio de la cruz.
Ahora digo yo: ¿este sacerdocio lo era acaso de algún ídolo o de alguna falsa religión? ¿Había apostatado formalmente de la verdadera religión que profesaba? ¿Había perdido la fe de sus Escrituras y la esperanza de su Mesías? ¿No tenía en sus manos las Escrituras? ¿No podía mirar en ellas como en un espejo clarísimo la verdadera imagen de su Mesías, y cotejarla con el original que tenía presente?
Sí, todo es verdad; mas en aquel tiempo y circunstancias, todo esto no bastaba, ni podía bastar. ¿Por qué? Porque la iniquidad de aquel sacerdocio, generalmente hablando, había llegado a lo sumo. Estaba viciado por la mayor y máxima parte; estaba lleno de malicia, de dolo, de hipocresía, de avaricia, de ambición; y por consiguiente lleno también de temores y respetos puramente humanos, que son lo que se llaman en la Escrituras la prudencia de la carne y el amor del siglo, incompatibles con la amistad de Dios.
Ésta fue la verdadera causa de la reprobación del Mesías, y de todas sus funestas consecuencias, la cual no se avergonzó aquel inicuo sacerdocio de producir en pleno concilio preguntando: ¿Qué hacemos porque este hombre hace muchos milagros? Si lo dejamos así, creerán todos en él, y vendrán los Romanos, arruinarán nuestra ciudad y nación (Joan XI, 47-48).
¿Qué tenemos, pues, que maravillarnos de que el sacerdocio cristiano pueda en algún tiempo imitar en gran parte la iniquidad del sacerdocio hebreo? ¿Qué tenemos que maravillarnos de que sea el únicamente simbolizado en esta bestia de dos cuernos?
Los que ahora se admiren de esto, o se escandalizaren de oírlo, o lo tuvieren por un despropósito increíble, es muy de temer, que llegada la ocasión, sean los primeros que entren en el escándalo, y los primeros presos en el lazo. Por lo mismo que tendrán por increíble tanta iniquidad en personas tan sagradas, tendrán también por buena la misma iniquidad.
¿Qué hay que maravillarse después de tantas experiencias? Así como en todos tiempos han salido del sacerdocio cristiano bienes verdaderos e inestimables, que han edificado y consolado la Iglesia de Cristo, así han salido innumerables y gravísimos males, que la han escandalizado y afligido. ¿No gimió todo el orbe cristiano en tiempo de los Arrianos? ¿No se admiró de verse Arriano casi sin entenderlo, según esta expresión viva de San Jerónimo: lamentándose el mundo todo se admiró al reconocerse Arriano? ¿Y de dónde le vino todo este mal, sino del sacerdocio?
¿No ha gemido en todos tiempos la Iglesia de Dios entre tantas herejías, cismas y escándalos, nacidos todos del sacerdocio, sostenidos por él obstinadamente? Y ¿qué diremos de nuestros tiempos?
Consideradlo bien, y entenderéis fácilmente cómo la bestia de dos cuernos puede hacer tantos males en los últimos tiempos. Entenderéis, digo, cómo el sacerdocio de los últimos tiempos, corrompido por la mayor parte, pueda corromperlo todo, y arruinarlo todo, como lo hizo el sacerdocio hebreo. Entenderéis en suma, cómo el sacerdocio mismo de aquellos tiempos, con su pésimo ejemplo, con persuasiones, con amenazas, con milagros fingidos, etc., podrá alucinar a la mayor parte de los fieles, podrá deslumbrarlos, podrá cegarlos, podrá hacerlos desconocer a Cristo, y declararse en fin por sus enemigos: se levantarán muchos falsos profetas, y engañarán a muchos. Y darán grandes señales. Y porque se multiplicará la iniquidad, se resfriará la caridad de muchos.
¡Oh! ¡Qué tiempos serán aquéllos! ¡Qué oscuridad! ¡Qué temor! ¡Qué tentación! ¡Qué peligro! Si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva.
¿Qué pensáis que será cuando las simples ovejas de Cristo de toda edad, de todo sexo, de toda condición, viéndose perseguidas de la primera bestia, y amenazadas con la potencia formidable de sus cuernos, se acojan al abrigo de sus pastores, implorando su auxilio, y los encuentren con la espada en la mano, no cierto para defenderlas, como era su obligación; sino para afligirlas más, para espantarlas más, para obligarlas a rendirse a la voluntad de la primera bestia?
¿Qué pensáis que será, cuando poniendo los ojos en sus pastores, como en su único refugio y esperanza, los vean temblando de miedo, mucho más que ellos mismos, a vista de la bestia, y de sus cuernos coronados, por consiguiente los vean aprobando prácticamente toda la conducta de la primera bestia, aconsejando a todos que se acomoden con el tiempo por el bien de la paz, que por este bien de la paz (falsa a la verdad) tomen el carácter de la bestia en las manos o en la frente, esto es, que se declaren públicamente por ella, fingiendo para esto milagros y portentos, para acabar de reducirlas con apariencia de religión?
¿Qué pensáis que será, cuando muchos fieles justos y bien instruidos en sus obligaciones, conociendo claramente que no pueden en conciencia obedecer a las órdenes que saldrán en aquel tiempo de la potestad secular, se determinen a obedecer a Dios, arriesgarlo todo por Dios, y se vean por esto abandonados de todos, arrojados de sus casas, despojados de sus bienes, separados de sus familias, privados de la sociedad y comercio humano, sin hallar quien les dé, ni quien les venda, y todo esto por orden y mandato de sus propios pastores?
Todo esto porque no se les ve ni en las manos ni en la frente señal alguna de ser contra Cristo. Todo esto porque no se declaran públicamente por Anticristos. Con razón dice San Pablo: que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos (II ad Tim. III, 1) y con razón dice el mismo Jesucristo: si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva… (Mat. XXIV, 22).
Persecuciones de la potencia secular las padeció la Iglesia de Cristo terribilísimas, y casi continuas, por espacio de 300 años, y con todo eso se salvaron tantos, que se cuentan no a centenares ni a millares, sino a millones. Lejos de ser aquellos tiempos de persecución peligrosos para la Iglesia, fueron por el contrario los más a propósito, los más conducentes, los más útiles para que la misma Iglesia creciese, se arraigase, se fortificase y dilatase por toda la tierra.
No fue necesario ni conveniente abreviar aquellos días por temor de que pereciese toda carne; antes fue convenientísimo dilatarlos para conseguir el efecto contrario. Así los dilató el Señor muy cerca de tres siglos, muy cierto y seguro de que por esta parte nada había que temer; mas en la persecución o tribulación horrible de que vamos hablando, se nos anuncia claramente por boca de la misma verdad, que deberá suceder todo lo contrario: Porque
habrá entonces grande tribulación, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora, ni será. Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva.
Pensad, amigo, con formalidad, cuál podrá ser la verdadera razón de una diferencia tan grande, y difícilmente hallareis otra, que la bestia nueva de dos cuernos que ahora consideramos, o lo que es lo mismo, el sacerdocio cristiano, ayudando a los perseguidores de la Iglesia y de acuerdo con ellos, por la abundancia de su iniquidad.
En las primeras persecuciones hallaban los fieles en su sacerdocio o en sus pastores, no solamente buenos consejos, instrucciones justas y santas, exhortaciones fervorosas, etc., sino también la práctica de su doctrina. Los veían ir delante con el ejemplo; los veían ser los primeros en la batalla; los veían no estimar ni descanso, ni hacienda, ni vida, por la honra de su Señor, y por la defensa de su grey.
Si leéis el Martirologio romano, apenas hallareis algún día del año que no esté ennoblecido y consagrado con el sacrificio de estos santos pastores; mas en la persecución anticristiana, en que el sacerdocio estará ya por la mayor y máxima parte enemigo de la cruz de Cristo (Ad Philip. III, 18) , en que estará mundano, sensual, y por eso provocando a vómito, como lo anuncia claramente San Juan, en que estará resfriado enteramente en la caridad por la abundancia de la iniquidad; será ya imposible que los fieles hallen en él lo que no tiene, esto es, espíritu, valor, desinterés, desprecio del mundo, y celo de la honra de Dios; y será necesario que hallen lo que sólo tiene, esto es, vanidad, sensualidad, avaricia, cobardía, y todo lo que de aquí resulta en perjuicio del mísero rebaño, esto es, seducción, tropiezo, escándalo y peligro.
No por esto se dice, que no habrá en aquellos tiempos algunos pastores buenos, que no sean mercenarios. Sí, los habrá; ni se puede creer menos de la bondad y providencia del sumo pastor; mas estos pastores buenos serán tan pocos, y tan poco atendidos, respecto de los otros, como lo fue Elías respecto de los profetas de su tiempo, que unos y otros resistieron obstinadamente y persiguieron a los profetas de Dios; unos y otros hicieron inútil su celo, e infructuosa su predicación; unos y otros fueron la causa inmediata, así de la corrupción de Israel, como de la ruina de Jerusalén.
Si todavía os parece difícil de creer que el sacerdocio cristiano de aquellos tiempos sea el únicamente figurado en la terrible bestia de dos cuernos, reparad con nueva atención en todas las palabras y expresiones de la profecía; pues ninguna puede estar de más.
Decidme ahora, amigo, con sinceridad, ¿a quién pueden competir todas estas cosas, piénsese como se pensare, sino a un sacerdocio inicuo y perverso, como lo será el de los últimos tiempos?
Los doctores mismos lo reconocen así, lo conceden en parte; y esta parte una vez concedida, nos pone en derecho de pedir el todo. No hallando otra cosa a que poder acomodar lo que aquí se dice de la segunda bestia (a la cual en el capítulo XVI y XIX se le da el nombre de pseudo-profeta), convienen comúnmente en que esta bestia o este pseudo-profeta, será algún obispo apóstata, lleno de iniquidad y malicia diabólica, que se pondrá de parte del Anticristo, y lo acompañará en todas sus empresas.
Mas este obispo singular (sea tan inicuo, tan astuto, tan diabólico, como se quisiere o pudiere imaginar) ¿será capaz de alucinar con sus falsos milagros, y pervertir con sus persuasiones a todos los habitantes de la tierra? ¿Y esto en el corto tiempo de tres años y medio? ¿Y esto en un asunto tan duro, como es que todos los habitadores de la tierra tengan al Anticristo no sólo por su rey, sino por su dios? ¿No choca esto manifiestamente al sentido común? ¿No pasa esto fuera de los límites de lo increíble?
Si en la Escritura Santa hubiese sobre esto alguna revelación expresa y clara, yo cautivaría mi entendimiento en obsequio de la fe; mas no habiendo tal revelación; antes repugnando esta noticia todas las ideas que nos da la misma Escritura, parece preciso tomar otro partido. Lo que no puede concebirse en una persona singular, se puede muy bien concebir y se concibe al punto en un cuerpo moral, compuesto de muchos individuos repartidos por toda la tierra; se concibe al punto en el sacerdocio mismo, o en su mayor y máxima parte, en el estado de tibieza y relajación en que estará en aquellos tiempos infelices.
No es menester decir para esto, que el sacerdocio de aquellos tiempos persuadirá a los fieles que adoren a la primera bestia con adoración de latría como a Dios. El texto no dice tal cosa, ni hay en todo él una sola palabra de donde poderlo inferir. Sólo habla de simple adoración, y nadie ignora lo que significa en las Escrituras esta palabra general, cuando no se nombra a Dios, o cuando no se infiere manifiestamente del contexto: e hizo (ésta es la expresión de San Juan) que la tierra y sus moradores adorasen a la primera bestia…
Así, el hacer adorar a la primera bestia, no puede aquí significar otra cosa, sino hacer que se sujeten a ella, que obedezcan a sus órdenes, por inicuas que sean, que no resistan como debían hacerlo, que den señales externas de su respeto y sumisión, y todo esto por temor de sus cuernos.
Tampoco es menester decir, que el sacerdocio de que hablamos, habrá ya apostatado de la religión cristiana. Si hubiere en él algunos apóstatas formales y públicos, que sí los habrá, y no pocos, éstos no deberán mirarse como miembros de la segunda bestia, sino de la primera.
Bastará, pues, que el sacerdocio de aquellos tiempos peligrosos se halle ya en aquel mismo estado y disposiciones en que se hallaba en tiempo de Cristo el sacerdocio hebreo, quiero decir, tibio, sensual y mundano, con la fe muerta o dormida, sin otros pensamientos, sin otros deseos, sin otros afectos, sin otras máximas que de tierra, de mundo, de carne, de amor propio, y olvido total de Cristo y del Evangelio.
Todo esto parece que suena aquella expresión metafórica de que usa el apóstol, diciendo: que vio a esta bestia salir o levantarse de la tierra.
Añade, que la vio con dos cuernos semejantes a los de un cordero; la cual semejanza, aun prescindiendo de la alusión a la mitra, que reparan varios doctores, parece por otra parte, siguiendo la metáfora, un distintivo propísimo del sacerdocio, que a él solo puede competir. De manera, que así como los cuernos coronados de la primera bestia significan visiblemente la potestad, la fuerza, y las armas de la potencia secular de que aquella bestia se ha de servir para herir y hacer temblar toda la tierra; así los cuernos de la segunda, semejantes a los de un cordero, no pueden significar otra cosa, que las armas o la fuerza de la potestad espiritual, las cuales aunque de suyo son poco a propósito para poder herir, para poder forzar, o para espantar a los hombres; mas por eso mismo se concilia esta potencia mansa y pacífica, el respeto, el amor y la confianza de los pueblos; y por eso mismo es infinitamente más poderosa, y más eficaz para hacerse obedecer, no solamente con la ejecución, como lo hace la potencia secular, sino con la voluntad, y aun también con el entendimiento.
Mas esta bestia en la apariencia mansa y pacífica (prosigue el amado discípulo), esta bestia en la apariencia inerme, pues no se le veían otras armas que dos pequeños cuernos semejantes a los de un cordero, esta bestia tenía una arma horrible y ocultísima, que era su lengua, la cual no era de cordero, sino de dragón: hablaba como el dragón.
Lo que quiere decir esta similitud, y a lo que alude manifiestamente, lo podéis ver en el capítulo III del Génesis. Allí entenderéis cuál es la lengua, o la locuela del dragón, y por esta la locuela entenderéis también fácilmente la locuela de la bestia de dos cuernos en los últimos tiempos, de la cual se dice, que como habló el dragón en los primeros tiempos, y engañó a la mujer, así hablará en los últimos la bestia de dos cuernos, o por medio de ella el dragón mismo.
Hablará con dulzura, con halagos, con promesas, con artificio, con astucias, con apariencias de bien, abusando de la confianza y simplicidad de las pobres ovejas para entregarlas a los lobos, para hacerlas rendirse a la primera bestia, para obligarlas a que la adoren, la obedezcan, la admiren, y entren a participar o a ser iniciadas en su misterio de iniquidad.
Y si algunas se hallaren entre ellas tan entendidas que conozcan el engaño, y tan animosas que resistan a la tentación (como ciertamente las habrá) contra éstas se usarán, o se pondrán en gran movimiento las armas de la potestad espiritual, o los cuernos como de cordero, prohibiendo que ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la señal, o el nombre de la bestia. Éstas serán separadas de la sociedad y comunicación con las otras, a éstas nadie les podrá comprar ni vender, si no traen públicamente alguna señal de apostasía: porque ya habían acordado los judíos, dice el evangelista, que si alguno confesase a Jesús por Cristo, fuese echado de la sinagoga (Joan. IX, 22). Aplíquese la semejanza.


