LA PALABRA DEL SUPERIOR GENERAL
RESPECTO DE CAMPOS
Marzo-Abril de 2002
La conjunción, en pocos días, del reconocimiento de Campos por Roma, que algunos presentan como un reconocimiento de la Tradición, y de la jornada de Asís, que se encuentra en el extremo opuesto de la Tradición, presenta tal contradicción que ella nos obliga a una mirada en profundidad; la demolición sistemática de todo lo que es tradicional en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II impone una consistencia lógica en el trabajo emprendido.
Antes de festejar el reconocimiento de Campos como un regreso de Roma a la Tradición, estamos obligados a preguntarnos si este evento no puede también, no debe también, insertarse en la lógica post-conciliar: y precisamente la jornada de Asís proporciona un argumento convincente para esta tesis. Si la Roma post-conciliar es capaz de reunir tantas religiones, incluso puede decirse todas las religiones, por una causa común religiosa, ¿cómo no podría también encontrar un pequeño lugar para la Tradición?
¿Habría que ver un dilema para Roma: sea superar el «cisma de la Tradición» pero aceptándola, mientras que esta última ha demostrado hasta aquí ser exclusiva y condenatoria (y por lo tanto, aceptar que ella tiene razón contra la Roma modernista), sea continuar en la línea de las reformas?
Muy claramente, la línea de las reformas es mantenida como principio intangible e irreversible.
Por lo tanto, la condición que Roma debe poner para la aceptación de un movimiento tradicional es el acuerdo de principio del Concilio (puede discutirse sobre los matices y ciertas conclusiones).
Este es el paso necesario. Lo que se impone es la entrada en el pluralismo bajo la apariencia de reconocimiento por parte de Roma, no es el retorno de la Iglesia conciliar a la Tradición.
El Cardenal Castrillón me reprochó este argumento. No sería en nombre del pluralismo que Roma desea nuestro regreso, no es en una posición pluralista en la que se nos quiere ubicar. Y, sin embargo…
La condición para lograr a este nuevo prodigio ha sido expresada por el Cardenal Castrillón, autor del acuerdo camposiano, antes del inicio de las discusiones, en un artículo de 30 Giorni, primero en otoño del 2000, luego en La Nef, finalmente en Campos, en una Conferencia de Prensa, el 19 de enero de 2002.
El teólogo de la Casa Papal, el Padre Cottier, no utiliza otro argumento: la aceptación del Concilio es, manifiestamente, el punto clave y determinante (viene luego la aceptación de la Nueva Misa).
Es el principio del cual parte la revolución en la Iglesia; y de hecho, todo lo demás sigue. Ante este hecho, me parece que nos encontramos frente a una nueva ambigüedad respecto de la Iglesia conciliar: cuando decimos aceptar el Concilio con restricciones (rechazar lo que es contrario a la enseñanza perenne, interpretar lo ambiguo a la luz de la Tradición, aceptar lo enseñado siempre), parece que decimos una cosa completamente distinta de lo que comprenden los romanos. Porque fundamentalmente, consideramos ese Concilio como la gran catástrofe del siglo XX, la causa de daños incalculables hechos a la Iglesia y a las almas, mientras que ellos ven allí el gran milagro del siglo XX, el baño de rejuvenecimiento de la Iglesia.
Todo el resto sigue. El Padre Cottier anunció el siguiente paso: se espera de Campos la concelebración de la Nueva Misa, por supuesto. Y Monseñor Perl dijo que esto se hará piano piano, poco a poco. Piano piano, los sacerdotes y los fieles de Campos serán reintegrados en la Diócesis y en la «Iglesia» postconciliar. También él prevé que será muy pronto, sin embargo. No se puede atribuir a Monseñor Perl estos pensamientos sólo en nombre de venganza por haber sido mantenido lejos de las negociaciones; es la visión dominante en la Roma conciliar. Campos no quiere reconocerlo. La realidad se hará sentir pronto. Muy probablemente demasiado tarde. Todavía piensan que, por parte de Roma, es el reconocimiento de la Tradición. Mientras que sucedió lo contrario. Una parte de la Tradición, un movimiento tradicional, aceptó, con algunas reservas es cierto, la realidad postconciliar.
Roma considera suficiente el paso. También hay que señalar que, por primera vez, han hecho de un Concilio no dogmático un criterio determinante de catolicidad.
Esperemos la publicación de los estatutos finales de la Administración Apostólica, que aún no han sido comunicados a los interesados.
Leído la víspera del 18 de enero a los sacerdotes de Campos, el texto fue devuelto a Roma para mejorarlo. Faltaba una palabra, sólo la Misa y el Breviario tradicionales fueron previstos, faltaban los sacramentos.
En relación con el nombramiento del obispo de la Administración, está regulado por el derecho común. Para el nombramiento de obispos diocesanos, el Vaticano no está obligado a elegir a un sacerdote de la Diócesis. Para una Administración que tiene 25 sacerdotes, se puede entender fácilmente que Roma no quiere obligarse a tal limitación. Si el sucesor inmediato de Monseñor Rangel fuese elegido entre los miembros de la Unión Sacerdotal San Juan María Vianney, lo cual no es seguro, sería por una especial y diplomática «misericordia». Téngase en cuenta también que los límites territoriales de esta Administración Apostólica personal son muy estrictos: la Diócesis de Campos. De este modo, el reintegro en la diócesis, anunciado por Monseñor Perl, no será difícil. 1
Confesamos no entender cómo, en la situación que vivimos, Campos pudo embarcarse tan a la ligera en esta aventura sin tomar o pedir ninguna medida de protección.
Se han ensalzado los beneficios obtenidos por la nueva estructura canónica, el derecho a la Misa Tridentina, por ejemplo, un obispo tradicional, también, el hecho de que en el papel nada sustancial ha sido maltratado: la fragilidad de la Administración por un lado, la estabilidad de la línea de la reforma del Vaticano por otro lado, son argumentos suficientes para predecir la caída de Campos, a pesar de todas las declaraciones de las mejores intención.
Además, debe distinguirse bien una falta en la virtud de la fe en sí misma, un defecto en la confesión pública de fe que es necesaria en determinadas circunstancias, como recordó tan bien Monseñor de Castro Mayer el día de las consagraciones. Ahora bien, una prevaricación como la de Asís reclama esta confesión pública… que no hemos escuchado de Campos. La situación no tendría un particular interés para nosotros, si de repente empezasen a resistir y llegasen a un enfrentamiento con la Roma modernista.
+ Bernard Fellay
1. La versión final de los Estatutos de la Administración confirma el análisis de Monseñor Fellay en estos dos puntos: la sucesión de Monseñor Rangel y la limitación territorial únicamente a la Diócesis de Campos. Con respecto a la sucesión, el «derecho común» significa que el Nuncio Apostólico presenta una terna a la Congregación de los Obispos, es decir que prepara un dossier sobre tres sacerdotes y Roma elegirá entre ellos -a menos que la Congregación no reclame carpetas adicionales. El Nuncio puede presentar cualquier sacerdote que encuentre idóneos en la diócesis o en el país. No existe, por tanto, ninguna garantía de que el sucesor de Monseñor Rangel sea un sacerdote de la Asociación, aunque esto sea posible. En cuanto a la limitación territorial, también es mencionada en los artículos, no se informó de ninguna excepción.
RECUADROS ANEXOS AL ARTÍCULO
Tras el acuerdo de los sacerdotes de Campos apareció una entrevista (en Radio Vaticana) con el teólogo de la Casa Pontificia, el padre Georges Cottier, O.P., en la que expresó que no es suficiente que los sacerdotes de Campos reconozcan la validez de la Nueva Misa, sino que se debería conducirlos a celebrarla: «Debemos esperar, poco a poco, otros actos de reconciliación; por ejemplo, una participación en las concelebraciones en el rito reformado.
Pero todavía hay que ser pacientes. Es esencial que sus corazones no se nieguen a esto por mucho tiempo. La unidad reencontrada en la iglesia contiene en sí misma una dinámica interna que dará sus frutos».
«La amplitud y la profundidad de las enseñanzas del Concilio Vaticano II requieren un renovado esfuerzo de profundización que permitirá poner de relieve la continuidad del Concilio con la Tradición (…)» Ecclesia Dei Adflicta, 2 de julio de 1988.
«Reconocemos el Concilio Vaticano II como uno de los concilios ecuménicos de la Iglesia católica, aceptándolo a la luz de la Santa Tradición.» Declaración de Monseñor Rangel, 18 de enero de 2002.
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