DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
XX. SÉ NUESTRO TODO…
Si Dios Padre, por la solidaridad que ha establecido entre Jesucristo y nosotros, Jesucristo se ha hecho, en expresión de San Pablo, nuestra sabiduría, justicia, santificación y redención, concluye en buena lógica el Abad de Maredsous, que Jesucristo lo es todo para nosotros.
Prácticamente considerando, nuestro todo es: Dios, la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero al presente, en nuestro destierro, Jesucristo es, respecto a nosotros, el único camino, la verdad infalible, la vida verdadera. Sólo uniéndonos a Él, aprovechándonos de los tesoros de su gracia, vamos al Padre, somos introducidos en el seno del Padre, encontramos y agradamos al Padre.
Este pensamiento se halla en casi todas las páginas de los escritos de Dom Marmion. En el manuscrito del acto de la Consagración a la Santísima Trinidad, según acostumbra a hacerlo, cuando quiere recalcar algo, subraya la palabra «todo».
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1. Quiere el Padre que todo lo hallemos en Jesucristo
El Padre Eterno ha hecho a Jesús dador universal de todo don: «le ama el Padre y le ha entregado todas las cosas»; el mismo Jesucristo nos hace participantes de la gracia que nos mereció.
Es esta una verdad importantísima. Muchos saben que Jesucristo es el único camino que lleva al Padre: «nadie va al Padre sino por mí»; saben que nos ha redimido con su Sangre; pero olvidan, por lo menos en la práctica, otra verdad también capital: que Jesucristo es la causa de todas las gracias y que obra Él en nosotros por medio de su Espíritu. Posee Jesús la plenitud de la gracia.
Dice: «Así como el Padre tiene vida en sí mismo, así le dio el tenerla también a su Hijo en sí mismo.» Pero ¿qué vida tiene Jesús? Una vida eterna, un océano de vida que encierra todas las perfecciones y la bienaventuranza de la divinidad. Pues esta vida es la que posee en si mismo Jesucristo, in semetipso, es decir por naturaleza, con pleno derecho, pues es el Hijo de Dios Encarnado.
Por ser el Hijo de Dios, Jesucristo es la «Vida» por excelencia: «Ego sum vita, yo soy la vida.» Esta vida divina que posee personalmente Jesús en toda su plenitud, quiere comunicárnosla, quiere prodigárnosla: «he venido para que tengan la vida y la tengan abundosa.» La vida que Él tiene por la unión hipostática quiere que sea nuestra por su gracia, y de su plenitud debemos recibirla: «Le vimos lleno de gracia… y de su plenitud hemos participado todos». Por los Sacramentos, por la acción de su Espíritu en nosotros, nos infunde la gracia como principio de nuestra vida. Jesucristo no es uno de los medios de tener vida espiritual, es el todo de nuestra vida espiritual.
El Padre lo ve todo en su Hijo, Verbo, en Jesucristo; en Él lo encuentra todo; aunque tenga exigencias infinitas para llenar su gloria, para darse la alabanza que le compete, las encuentra en su Hijo, las disfruta en los actos más insignificantes de su Hijo; Jesucristo es su Hijo muy amado en el que ha puesto todas sus complacencias.
¿Por qué Jesucristo no ha de serlo igualmente todo para nosotros? ¿Por qué no ha de ser nuestro modelo, nuestro contento, nuestra esperanza, nuestra plenitud, nuestra luz, nuestra fortaleza, nuestro contento?
No olvidéis esta verdad: no hay una sola gracia de la que haya menester un alma, que no encuentre su origen primario en Jesús; ya que sin Jesús «nada poetemos hacer» que nos acerque al Cielo, y al Padre, en quien están represados «todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría divinas».
Los tiene en Él represados, guardados para comunicárnoslos a nosotros. Jesucristo se ha hecho no sólo «nuestra redención, sino nuestra justicia, nuestra sabiduría, nuestra santificación»; si podemos cantar a todo pulmón que «eres, tú sólo santo», es sin duda porque no lo somos nosotros más que por Él y en Él. Lo que Él tiene, lo tiene para nosotros, es nuestro; somos ricos con sus riquezas, y santos con su santidad.
Acaso no haya otra verdad sobre la que San Pablo, el heraldo del misterio de Jesús, insista tanto como en ésta, cuando expone el plan divino.
Dios ha hecho a su Hijo cabeza del género humano rescatado, de los creyentes; con éstos forma un Cuerpo Místico; Él es la Cabeza. La gracia infinita de Jesucristo debe descender de la cabeza a los miembros del organismo místico, siguiendo una medida establecida por Dios para cada uno de ellos.
Por esta gracia que desciende de Jesucristo, Él hace a cada uno de los elegidos su semejante, y, como Él, lo hace grato a su Padre. Porque en el pensamiento divino nosotros no estamos separados de Jesucristo: el acto por el cual Dios predestinó a una humanidad para estar unida personalmente a su Verbo, es el mismo por el cual nos predestinó para que fuésemos hermanos de Jesucristo.
Para vivir la vida divina no sabríamos hallar otra cosa que no fuesen los tesoros de gracia, que están capitalizados en Jesucristo. No hay salvación fuera de Jesucristo, sin el socorro de la gracia que Él nos comunica. Único camino fuera del cual erramos y nos perdemos; verdad infalible fuera de la cual todo es error, todo tinieblas; es la sola y única vida que salva de la muerte: «Yo soy el camino, la verdad y la vida.»
Jesucristo es nuestro, porque nosotros somos su Cuerpo Místico. Sus satisfacciones, sus gozos, sus glorias son nuestras… ¡Suerte inefable la del cristiano, tan íntimamente asociado a Jesús y a sus estados de vida!
Estupenda grandeza la del alma a la que nada le falta de la gracia merecida por Jesucristo en sus misterios. «Nada os falta de gracia a vosotros que estáis esperando la manifestación de Jesucristo» (Jesucristo ideal del monje, cap. II, 3).
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2. Gloria que damos al Padre viviendo estas verdades
¡Ojalá llegásemos a la convicción profunda de que no podemos nada sin Jesucristo y que en Él lo poseemos todo! ¡Cómo no nos había de darlo todo con Él: quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit!
Por naturaleza somos débiles, muy débiles; en el mundo de las almas hay flaquezas de todas clases; eso no obstante no nos debe descorazonar; esas miserias, cuando son involuntarias, son más un título para esperar en la misericordia divina.
Fijaos en los mendigos que imploran la limosna, cómo excitan la compasión: en vez de ocultar su pobreza, descubren sus harapos, enseñan sus llagas; son los títulos que piden y exigen la compasión y la caridad de los transeúntes.
También para nosotros, lo mismo que para los enfermos que ponían delante de Nuestro Señor, cuando vivía en las ciudades y aldeas de Judea, nuestra miseria reconocida, confesada, manifestada ante los ojos de Jesús, atrae su misericordia.
Dice San Pablo que Jesucristo quiso experimentar nuestras miserias, a excepción del pecado, para aprender a compadecerse; y, en efecto, los Evangelios consignan repetidas veces, que «Jesús se movió a compasión» ante los sufrimientos que veían sus ojos: misericordia motus; y el Apóstol de las gentes añade expresamente que Jesús conserva este sentimiento de conmiseración aun en el cielo, y como lógica conclusión nos alienta a «acercarnos a Él con confianza, cum fidutia» nos lleguemos al trono del que es la fuente de la gracia; pues si vamos hasta Él con esta disposición «conseguiremos misericordia».
Portarse así con Dios es glorificarle, es tributarle el homenaje más grato. ¿Por qué? Porque Dios quiere que lo encontremos todo en Jesucristo, y cuando reconocemos humildemente nuestra debilidad, y nuestra debilidad lo apoyamos en la fuerza de Jesucristo, su Padre nos mira benévolo, con gozo, pues así confesamos que su Hijo es el sólo Mediador que quiso dar a la tierra.
Oíd cómo el Apóstol estaba bien persuadido de esta verdad. En una carta escribe a los Corintios, después de haber ponderado cuán miserable era y qué luchas tiene que afrontar en su interior, y les dice: «Con gusto me glorío en mis enfermedades.» En lugar de quejarse, en vez de deplorar sus debilidades y sus luchas. «se ufana de ellas». Es extraño, ¿verdad? Pero nos dice por qué, «Para que haga morada en mí el poder de Cristo.» Para que no me vanaglorie de mi fuerza «sino de la fuerza de Cristo», de «la gracia de Cristo» «que habita en mí», que me da la victoria y para que toda la gloria se le atribuya a Jesucristo.
Así que de nosotros mismos ni podemos querer ni podemos tener un pensamiento sobrenatural, no podemos hacer ni rezar siquiera; no podemos nada. Por esto, ¿nos vamos a quejar? De ninguna manera.
Después que San Pablo ha detallado las cosas que nuestra debilidad es impotente para realizar, añade estas palabras: «Lo puedo todo en Aquel que me conforta.» Lo puedo todo: Omnia; «no por mí mismo, sino en el que me conforta», para que toda la gloria se atribuya a Jesucristo, que todo nos lo ha merecido y en quien lo poseemos todo.
No existe obstáculo alguno que no pueda vencer, dificultad que no pueda soportar, prueba que no pueda arrostrar, tentación a la que no pueda resistir con la gracia que me ha merecido Jesucristo. En Él, por Él lo puedo todo, porque su triunfo consiste en hacer fuerte al débil: «Bástate mi gracia: porque el poder mío brilla y consigue su fin por medio de la flaqueza.»
De este modo quiere Dios que toda la gloria suba hasta Él por medio de su Hijo, que triunfa con su gracia de nuestras debilidades: «Somos hijos adoptivos de Dios por Jesucristo a gloria suya, por puro afecto de su buena voluntad, a fin de que se celebre la gloria de su gracia: in laudem gloriæ gratiæ suæ.
¡Si viviésemos de estas verdades! Entonces nuestra vida sería un cántico continuado de alabanza, de acción de gracias a Dios por el don inestimable que nos ha hecho dándonos a su Hijo Jesucristo. Así entraríamos plenamente, para el mayor bien y el mayor gozo de nuestras almas, en el pensamiento de Dios, cuyo querer es que todo lo encontremos en Jesús, y que, recibiéndolo todo de Él, «a Dios Padre y a Jesucristo, en unión con el de su común Espíritu, le tributemos toda bendición, todo honor y toda gloria»: «Al que se asienta en el trono y al Cordero bendición y honor y gloria y potestad por los siglos de los siglos» (Jesucristo vida del alma, capítulo III, 3 y 2).
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Lovaina, 28 de febrero de 1902
«Otra vez me encuentro nadando en la paz, y en el Corazón de Nuestro amantísimo Salvador encuentro esta paz y más y más lo encuentro todo.
Siento muy fuertemente el que Nuestro Señor lo será todo para mí: sabiduría, justicia, santificación, todo. Si recurro a Él continuamente, y si, no descuidando los medios ordinarios de santificación, sé fiarme mucho más de Jesús que de mis propias habilidades.
Me empuja cada vez más Nuestro Señor a ese abandono sencillo que lo encierra todo (Un maestro de la vida espiritual, cap. VIII).
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Lovaina, 1º de mayo de 1906
En este momento me concreto a escribirle dos o tres principios o axiomas a cuyo tenor debería ajustarse su vida espiritual.
1º. Todo lo hace Dios para glorificar a su Hijo Jesucristo. Ahora bien, Jesucristo es glorificado especialmente por esas almas que, convencidas de su absoluta incapacidad, ponen su confianza en Él y lo miran para encontrar en Él luz, ayuda, todo.
2º. Trate de realizar, lo más al vivo que pueda, que, siendo miembro de Jesús por el Bautismo y cada día más miembro por sus comuniones, sus necesidades, enfermedades y faltas sean, en el verdadero sentido, las necesidades y las enfermedades y las faltas de Jesús. Él asumió verdaderamente nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores. En Él puso el Señor la iniquidad de todos nosotros. Hízose por nosotros pecado.
3º. Cuando experimente la mordedura de sus flaquezas, de su miseria, preséntese sin temor delante del Padre celestial en nombre y en la persona de su divino Hijo. Cuanto más débil sea, tanto más quiere Nuestro Señor serlo todo para usted (Cartas de dirección, cap. IV, 2).
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Lovaina, 29 de noviembre de 1906
«Me acuerdo de su alma. A pesar de sus defectos reales y de sus miserias —mayores, mucho más graves de lo que nosotros las vemos— no obstante, Dios le ama y desea sustituir con su grandeza vuestra pequeñez, con su opulencia vuestra pobreza, con su sabiduría vuestra insuficiencia. Todo esto lo puede hacer Él, con que sólo le deje usted obrar. ‘»Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste esto a los sabios y a los prudentes y se lo revelaste a los pequeños», decía Jesús a su Padre. Usted es uno de esos pequeños a los cuales se digna Dios mirar con ojos de conmiseración.
Trate de mirar más a Dios que a sí misma; de gloriarse de sus miserias, porque es objeto de las misericordias divinas; de amar la virtud, más que temer el vicio; de engrandecer los méritos y el poder infinitos de Jesús ahondando en ellos apasionadamente para socorrerse en sus necesidades.
Le trazo todo un programa para un año completo, para toda una vida (Cartas de dirección, Ibid).
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5 de junio de 1916
Nadie acarrea tanta gloria a Dios como el alma que, viendo su nada y su miseria, pone su confianza en los méritos de Jesucristo y en la misericordia de Nuestro Padre Celestial.
Las almas que desconocen su miseria se tienen por buenas y creen que Dios se agrada en ellas por su bondad. No sienten la necesidad extrema de Jesús y dan a Dios muy poca gloria.
Jesús lo es todo para nosotros: el socorro de nuestra miseria, de nuestra pobreza, y se da a los pobres de espíritu.
Le quiero muy expresivo, quiero ver a su corazón ancho: «Viam mandatorum cucurri cum dilatasti cor meum, por el camino de tus mandamientos corrí, cuando dilataste mi corazón.»
La tristeza es una aura de infierno; la alegría el eco de la vida de Dios en nosotros (Cartas de dirección, Ibid).
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3. Para que Jesucristo sea nuestro todo, tenemos que desprendernos de las criaturas y de nosotros mismos
Es enseñanza de San Pablo, el que dice: Como la autoridad paterna de este mundo, «también la ternura, el amor procede del Corazón de Dios».
«Todo don perfecto, escribe a su vez el Apóstol Santiago, procede de arriba», como que es «enviado por el Padre de las luces, a nuestras almas.»
El enviado es Jesucristo, el que confiesa de sí mismo que nos ama el Padre, porque no queremos separamos de Él: «Os ama el Padre porque vosotros me amáis.»
Y si nuestro Padre celestial nos ama, ¿qué no nos dará? «Cuando estábamos extrañados lejos de Dios y éramos sus enemigos nos reconcilió con Él por la muerte de su Hijo, que nos le dio como nuestro Salvador», ¿cómo al dárnosle, dice también San Pablo, cómo no iba a darlo todo con Él?
Todo cuanto podemos desear para la perfección y santidad de nuestras almas, lo hallamos en Jesucristo; «en Él están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. La voluntad inquebrantable del Padre es que su Hijo sea para nosotros nuestra redención, nuestra justicia, nuestra santificación»; que todos sus méritos, satisfacciones, con su valor infinito, sean nuestros: «Continuamente estoy dando gracias a Dios por vosotros por la gracia de Dios, que se os ha dado en Jesucristo; porque en Él habéis sido enriquecidos con toda suerte de bienes, con todo lo que pertenece a los dones de la palabra y de la ciencia, habiéndose así verificado en vosotros el testimonio de Cristo: de manera que nada os falte da gracia ninguna.»
¡Oh! ¡Si conociésemos el don de Dios! Si conociésemos cuántas riquezas inagotables podemos tener en Jesucristo, no sólo no iríamos a mendigar el bienestar a las riquezas temporales, sino que nos desposeeríamos de ellas para aumentar la capacidad de nuestra alma para hacerse capaz de atesorar los verdaderos tesoros; nos cuidaríamos bien de no apegarnos a la cosa más insignificante que pudiese separarnos de Dios.
El obrar así, con este desprendimiento, hace invencible nuestra esperanza: cuando nuestro corazón está ya desprendido de todo; cuando sólo en Dios hemos puesto el objeto de nuestra felicidad; entonces por amor de Dios renunciamos a todo lo criado, entonces esperamos de Él todas las gracias que necesitamos.
¿Qué es la esperanza? Una virtud sobrenatural que inclina al alma a mirar a Dios como su único bien y a esperar de Él las gracias necesarias, para llegar a poseerle: «Sois, Señor, la parte de la herencia que me ha cabido en suerte: Dominus pars hereditatis meæ«.
Cuando la fe del alma es viva comprende que Dios es superior a todo bien de la tierra. La fe nos enseña, cuando poseemos a Dios, la perla preciosa de que habla el Evangelio; para adquirirla nos desprendemos de todo: es un homenaje que tributamos a la Bondad y a la Hermosura de Dios.
La fe termina abriéndose a la esperanza. El alma se enamora de tal modo de Dios que no quiere otro bien, y la privación de otro bien que no sea Dios no la quita la paz. Deus meus et omnia: Dios mío, Vos sois de tal manera todo para mí que no necesito otro más que a Ti; no te quiero sino a Ti, no sufriré tener cosa que no seas Tú, para apegar a ella mi corazón; sólo Tú me bastas, pues «¿qué existe en el cielo y qué puedo desear en la tierra fuera de Ti?» Eres el Dios de mi corazón y mi eterna herencia.
Pero el alma no ve, como San Pablo, los bienes de este mundo, sino ut stercora, «como las barreduras», para poder ganar a Jesucristo (Jesucristo ideal del monje, cap. I).
Este total desprendimiento de nosotros hasta llegar a que Jesús lo sea todo, no excluye, ni mucho menos, el amor a las criaturas. Amarlas no es sino la extensión de nuestro amor a Jesucristo, visto en todos los que le pertenecen o pueden pertenecerle. En sus Cartas ha expresado a maravilla su opinión sobre este punto (Cartas de dirección, cap. IV, 4 y Jesucristo vida del alma, en el capítulo Amaos los unos a los otros.
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Lovaina, enero de 1902
Me imagino que ha llegado al punto en que ninguna fibra de su corazón vibrará ya sino al contacto con Jesús, cuando ninguna criatura, como criatura, ni sabrá cautivarlo, ni alegrarlo, ni contristarlo.
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Lovaina, 19 de noviembre de 1902
No podemos dividir nuestro amor con Dios y las criaturas; es taxativo el mandamiento de Dios: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.» Pero, así como amamos a Dios, podemos amar a los otros porque los ama Dios y desea que los amemos y en el orden y grado que Él quiere que los amemos.
Cuando así los amamos no disminuimos el amor de Dios, al contrario, es otra forma de amor a Dios. Amar así es una gracia que tenemos que pedir a Dios y que hemos de tratar merecerla amándole intensamente.
Hablando de Santa Teresa escribe un autor: «Las ternuras de su corazón, al pasar por el Corazón de Jesús, reciben como dos vidas: su principio las diviniza y su expansión las deja que sean humanas; lo mismo que la amistad santísima de Nuestro Señor a los Apóstoles, hacia los discípulos, a Juan, a Lázaro.» (Cartas de dirección, cap. IV, 4).
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12 de diciembre de 1909
Ponga todo su gozo en Dios, lo que no quiero decir con esto que haya de renunciar a toda otra alegría, sino que no necesita ningún consuelo humano para disfrutar de paz (Cartas de dirección, cap. III, 2).
