DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
XIX SÉ NUESTRA REDENCIÓN…
1. Jesucristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna constituyéndose a sí mismo nuestro rescate
«Cumplido que fue el tiempo, envió Dios a su Hijo, formado de una mujer, y sujeto a la ley, para redimirnos del pecado y conferirnos la adopción de hijos», dice elocuentemente San Pablo.
Redimir del pecado a la humanidad y devolverla la adopción divina, por la gracia, es la misión oficial del Verbo Encarnado, la obra que Jesucristo vino a realizar en este mundo.
Contemplémosle en aquel momento solemne y único en la historia de la humanidad. ¿Qué dice, qué hace? «Al entrar en el mundo Jesucristo dijo a su Padre: Tú no has querido sacrificio, ni ofrenda; mas a mí me has apropiado un cuerpo; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron, y entonces yo he dicho: Heme aquí que vengo.»
Estas palabras, tomadas de San Pablo, nos revelan la primera aspiración del Corazón de Jesús en el instante en que se abrazó con la humanidad; y después de pronunciar y realizar esta oblación inicial y total Jesucristo se lanzó, como un gigante, a correr el camino que se abría ante sus ojos: ad currendam viam suam.
Esta ha sido la misión de Jesús al venir al mundo: substituirse voluntariamente por nosotros como víctima sin mancha, para pagar nuestra deuda, expiando y satisfaciendo, para devolvernos la vida divina.
«Dios puso sobre Él, hombre como nosotros, de la raza de Adán, aunque justo, inocente y sin pecado, la iniquidad de todos, nosotros». Por haberse hecho, por decirlo así, solidario de nuestra naturaleza y de nuestro pecado, ha merecido hacernos solidarios de su justicia y de su santidad.
¡Qué enérgica expresión la de San Pablo!: Deus Filium suum mittens in simillitudinem carnis peccati et de peccato damnavit peccatum in carne… Lo que era imposible que hiciese la ley, estando como estaba debilitada por la carne, hízolo Dios cuando, habiendo enviado a su Hijo revestido de una carne semejante a la del pecado, mató así al pecado en la carne.
¡Qué llena de vigor esta otra!: «A Jesucristo que no conoció el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros: Eum qui non noverat peccatum, pro nobis peccatum fecit, lo hizo pecado, no dice San Pablo pecador, sino pecado.
Por su parte, Jesucristo aceptó el cargar sobre sí todos nuestros pecados, hasta el extremo de convertirse, en cierto sentido, el pecado universal, el pecado viviente. Se puso voluntariamente en lugar nuestro y por eso le herirá de muerte: «Nuestro rescate exigirá su sangre». Se rescatará la humanidad «no con cosas perecederas, no con plata u oro, sino con su preciosa Sangre, con la sangre del Cordero sin falta, sin mancha, la Sangre de Cristo, que estaba predestinada antes, de la creación del mundo.»
¡Oh! No lo olvidemos «que hemos sido rescatados con un gran precio». Jesucristo vertió hasta la última gota de su Sangre. Es cierto que una sola gota de esa Sangre divina hubiera bastado para rescatarnos; el menor sufrimiento, la más ligera humillación de Cristo, un solo deseo de su Corazón hubiera bastado para expiar todos los pecados, todos los crímenes que pudieran cometerse; cada una de las acciones de Cristo, por ser la acción de una persona divina, constituye una satisfacción de un precio infinito.
Pero Dios «para hacer mayor demostración ante el mundo entero de su amor sin límites a su Hijo y la caridad inefable de su Hijo para con nosotros; para hacernos tocar tangiblemente cuán infinita es su santidad divina y profunda la malicia del pecado, y por otras causas que nosotros no podemos descubrir, el eterno Padre ha reclamado en expiación de los crímenes de la humanidad la pasión y muerte de su divino Hijo.
De hecho la satisfacción no ha sido completa más que cuando, desde lo alto de la Cruz, Jesús, con una voz moribunda, pronunció el Consummatum est, Todo está consumado; sólo entonces quedó terminada su misión personal de Redención y cumplida su obra salvadora. (Jesucristo vida del alma, cap. III, 1).
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2. Extensión y riqueza de nuestra redención
San Pablo no descansa haciendo recuento de los bienes que el Hombre-Dios nos ganó con los méritos infinitos de su vida y pasión. El gran apóstol se conmueve de gozo cuando habla de ellos y expresa su pensamiento con términos como estos: abundancia, sobreabundancia y riquezas insondables.
La muerte de Jesucristo nos rescata, nos acerca a Dios, nos reconcilia con Dios, nos justifica, nos trae la santidad, la vida de Cristo; y, como resumiéndolos, todos, compara a Jesucristo con Adán, cuya obra vino a reparar.
Nos trajo Adán el pecado, la condenación, la muerte; Jesucristo, el segundo Adán, nos devuelve la justicia, la gracia, la vida: «Hemos sido trasladados de la muerte a la vida»; «la redención ha sido copiosa en Jesucristo, copiosa apud eum redemptio«. «No ha sucedido en la gracia como en el pecado; pues, si por el pecado de uno solo murieron muchos, mucho más copiosamente se ha derramado sobre muchos la misericordia y el don de Dios por la gracia de un solo hombre, que es Jesucristo…
No pasa lo mismo en este don de la gracia que lo que vemos en el pecado. Porque nosotros hemos sido condenados en el juicio de Dios por un solo pecado; en lugar de que somos justificados por la gracia después de muchos pecados. Con que si por el pecado de uno solo ha reinado la muerte (Adán), mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y de los dones y de la justicia, reinarán en la vida por un solo hombre, Jesucristo.
Al ofrecerse por nosotros a su Padre, Jesucristo dio una satisfacción infinita y destruyó el obstáculo que se interponía entre el hombre y Dios; ya el Padre mira amorosamente a la raza humana, rescatada con la Sangre de su Hijo, y por su Hijo la colma de las gracias que necesita para unirse a Él y para vivir la misma vida de Dios, tributando un verdadero culto al Dios vivo: ad serviendum Deo viventi.
Todo bien sobrenatural, todas las gracias, las luces y los socorros de que Dios rodea a nuestra vida espiritual, todo es fruto de la vida y pasión y muerte de Jesucristo; el perdón, la justificación y la perseverancia que Dios da y dará a las almas en el transcurso de los tiempos proceden del fruto de la Cruz. (Jesucristo vida del alma, cap. III, 1).
Leemos en el mismo San Pablo: «Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha hecho las primicias de los difuntos». Representa los primeros frutos de una recolección, después de Jesucristo seguirá la mies copiosa.
«Así como por un hombre, Adán, vino la muerte al mundo, por un hombre debe venir también la resurrección de los muertos; que así como en Adán mueren todos, así todos serán vivificados, en Jesucristo.»
«Nos resucitó con Él, dice el Apóstol más enérgicamente, y nos hizo sentar sobre los cielos en la Persona de Cristo: consurrexit, et consedere fecit in cœlestibus in Christo Jesu.»
Pero, ¿cómo ha sido esto? Es que por la fe y la gracia somos miembros vivos de Cristo, participamos, de sus estados y somos unos con Él; y como la gracia es el principio de nuestra gloria, los que por la gracia ya están salvados en esperanza, en principio han resucitado también en Cristo (Jesucristo en sus misterios, cap. XV y XVI passim).
¡Ah! Si Dios ha amado tanto al mundo que le ha dado su propio Hijo; si nos ha arrancado a los poderes de las tinieblas y trasladado el reino de su Hijo, por el cual hemos sido redimidos y perdonados de los pecados; si, añade también San Pablo, Jesucristo ha amado tan entrañablemente a cada uno de nosotros y por cada uno de nosotros se ha entregado para dar prueba del amor que nos tenía; si se ha entregado a sí mismo para rescatarnos de toda iniquidad y conquistarnos, limpiándonos, como pueblo que le pertenece, ¿por qué hemos de dudar y desconfiar en Jesucristo? Jesucristo lo ha expiado todo, lo ha saldado todo y lo ha merecido todo; sus méritos nos pertenecen; somos ricos con todos sus bienes, de modo que, si queremos, nada nos falta para santificarnos: divites facti estis in illo, ita ut nihil vobis desit in ulla gratia.
¿Por qué esas almas pusilánimes que dicen que la santidad no es para ellas, que tampoco pueden alcanzar la perfección? ¿Por qué esas almas al oír hablar de perfección exclaman: Esto no está para mí, yo nunca seré santa?
¿Sabéis por qué usan este lenguaje? Porque no creen en la eficacia de los méritos de Jesucristo. Dios quiere que todos se santifiquen: «Este es su querer, vuestra santificación»; este su mandamiento: «Sed perfectos como lo es vuestro Padre celestial.»
Nos olvidamos a menudo el plan de Dios; nos olvidamos que nuestra santidad es santidad sobrenatural, y que la fuente de la santidad está en Jesucristo, nuestro Jefe, nuestra Cabeza; injuriamos los méritos infinitos, las satisfacciones inagotables de Jesucristo.
Sin duda, por nosotros mismos no podemos nada en el camino de la gracia y de la perfección; nos lo dice Nuestro Señor: «Sin mí no podéis hacer nada»; y San Agustín, comentando estas palabras, añade: Sea poco, sea mucho, no se puede hacer nada sin Aquél; sin el cual nada se puede hacer. ¡Qué gran verdad es esta! Sin Jesucristo no somos capaces de hacer ni cosas pequeñas, ni grandes… Pero cuando murió Jesucristo nos abrió paso franco, nos dio la confianza para ir al Padre, y por Él ya no hay gracia que no podamos esperar.
¡Almas de poca fe! ¿Por qué dudamos de Dios, de Nuestro Dios? (Jesucristo vida del alma, capítulo III, 1).
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3. Jesucristo nos hace partícipes de sus méritos y nos los aplica principalmente en los Sacramentos
Esta doctrina la expuso Dom Marmion con amplitud en Jesucristo vida del alma, cap. IV, 2-3; aquí hemos de restringirnos a dar sólo algunos de los conceptos más luminosos.
Jesucristo, Dios, es dueño absoluto de sus dones y de distribuirlos como guste; así como nosotros somos incapaces de limitar su poder, tampoco podemos, determinar el modo de ejercerlo. Puede, cuando le place, hacer que se derrame la gracia en una alma directamente, sin intermediario; las vidas de los Santos nos ofrecen miles de ejemplos de esta libertad y liberalidad de Dio.
En la economía actual para comunicarnos la gracia de un modo normal y oficial Dios se sirve de los Sacramentos instituidos por Él. Podría santificarnos de otra manera, pero no la emplea desde el momento en que, siendo Dios, ha establecido estos canales de salvación; y como a Él sólo le competía determinarlos, es el autor único del orden sobrenatural, a estos medios auténticos tenemos que recurrir.
Todas las prácticas ascéticas que inventemos para sostener y acrecentar en nosotros la vida divina, no tienen otro valor que en la medida en que nos ayuden a aprovecharnos de esos canales de vida; son los verdaderos y puros, al mismo tiempo que inagotables, en los que infaliblemente encontramos la vida divina de que rebosa Jesucristo y de la que quiere hacernos participantes: «Vine para que tengan vida».
Es el Señor quien habla. Enseña que el agua del bautismo nos lava de los pecados, nos hace renacer a la vida de la gracia, nos hace hijos de Dios y herederos de su reino: «Si alguien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no podrá ver el reino de Dios»; es doctrina también del Señor que la palabra del ministro que nos absuelve, borra nuestros pecados: «Remitidos serán los pecados a los que vosotros los perdonarais»; que bajo las especies de pan y de vino se contiene realmente su Cuerpo y su Sangre, que es preciso comerlo y beberla para tener vida; explica acerca del matrimonio que el hombre no puede separar a los que Dios unió; y la Tradición, eco de las enseñanzas de Jesús, nos repite que la imposición de las manos confiere a los que les han sido impuestas el Espíritu Santo y sus dones.
Porque Jesucristo, el Verbo hecho carne, Dios, es la causa eficiente, primera y principal de la gracia que producen los Sacramentos. ¿La razón? Porque sólo Jesucristo puede producir la gracia como autor y fuente de ella. Los sacramentos, señales transmisoras de la gracia al alma, no obran sino como instrumentos; son causa de la gracia, una causa real, eficiente, sólo instrumental.
Toda la eficacia que los Sacramentos tienen para comunicarnos la vida divina viene, pues, de Jesucristo; Él, con su vida y su sacrificio en la cruz, nos mereció toda gracia, Él ha instituido estos signos para hacérnosla llegar por ellos.
¡Si creyésemos con fe viva, si llegásemos a comprender que los Sacramentos son medios divinos —dos veces divinos: en su origen primero y primordial, en el fin último a que se ordenan—, con qué fervor y con cuánta frecuencia usaríamos de estos medios multiplicados en nuestro camino por la bondad de Nuestro Señor!
Tengamos fe, y una fe viva y práctica, un estos medios de santificación. Jesucristo quiso y mereció el que fuese su eficacia poderosa, su excelencia sobrehumana, su fecundidad inagotable; son signos cargados de vida divina. Jesucristo quiso quintaesenciar en ellos, para que ellos nos los comuniquen, todos sus méritos y satisfacciones: nadie puede ni debe reemplazarles. En la economía actual de la Redención son necesarios para salvarnos.
Repitámoslo, pues la experiencia enseña, cuánto deja que desear esa estima práctica de estos medios de salvación aun en almas que buscan a Dios.
Los Sacramentos, según la doctrina de la Iglesia, son los canales, oficiales establecidos auténticamente por Jesucristo para llevarnos hasta su Padre. El no justipreciar su valor, su riqueza y su fecundidad es injuriar a su Institutor; al contrario, le tributamos gloria cuando vamos a beber a esos tesoros comprados con sus méritos; así nos reconocemos deudores de todo a Él, así le damos el homenaje que le es más grato.
Dios quiere nuestra santificación: «la voluntad de Dios es que os santifiquéis»; lo repite Jesucristo: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.» En estas palabras, no se trata de inculcarnos solamente el que nos salvemos, sino que nos perfeccionemos, que nos santifiquemos. Ahora bien, normalmente la vida espiritual nuestra no ha querido Jesucristo que se componga de arrobamientos, éxtasis; quiere darnos gracias con las cuales nos perfeccionemos, nos santifiquemos, y lleguemos a ser gratos a su Padre; la vida cristiana la comunica ante todo en los Sacramentos.
Basta que esa haya sido su voluntad para que nuestras almas, ávidas de santidad, se entreguen a su beneplácito con fe y confianza. La fe y la confianza son las fuentes de vida de santidad, las fuentes saturantes y abundosas; en vano iríamos a beber a otra parte, «abandonaríamos, según la expresión de la Escritura, la fuente de las aguas, vivas para cavar cisternas agrietadas incapaces para conservar el agua».
Nuestra entera actividad espiritual debería reducirse a ponernos en condición de beber de continuo abundante, largamente, con más fe y más pureza de intención en esas fuentes divinas; debería consistir en dejar que la gracia propia de cada Sacramento se difunda más fácilmente, con mayor libertad y con mayor pujanza.
¡Oh! Venid gozosos a beber en estas aguas de salud: haurietis aquas in gaudio de fontibus Salvatoris. Saciad vuestra sed en estas aguas saludables; dilatad con el arrepentimiento, con la humildad, con la confianza y más con el amor, la capacidad de vuestras almas, para que la acción del Sacramento profundice más, se extienda más y sea más durable.
Cuantas veces nos acerquemos al Sacramento, renovemos nuestros actos de fe creyendo en las riquezas de Jesucristo; esta fe impide que la rutina se infiltre en el alma que frecuenta estas fuentes; bebed frecuentemente, sobre todo en la Eucaristía, el Sacramento por excelencia de vida; las fuentes de la Eucaristía son las fuentes que hizo brotar el Salvador, con sus méritos infinitos, del pie de la cruz, o mejor, de lo íntimo de su Sacratísimo Corazón (Jesucristo vida del alma, cap. III, 4 y sig.).
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4. El Sacrificio de la Misa nos hace participantes de los frutos de la Redención
Ha definido la Misa el Sagrado Concilio de Trento como «sacrificio verdadero que recuerda y renueva la inmolación de Jesucristo en el Calvario. La misa se ofrece como verdadero sacrificio propiamente dicho… Este sacrificio se realiza en la misa; se contiene y se inmola en él de un modo incruento el mismo Jesucristo que, sobre el altar de la cruz, se ofreció de modo cruento. No hay más que una sola víctima; el mismo Jesucristo que se ofreció en la cruz, se ofrece ahora por ministerio de los sacerdotes; no existe entre el sacrificio de la cruz y el de la misa más que la diferencia de sacrificarse la víctima».
Según estas palabras, el Sacrificio del Altar esencialmente renueva el del Gólgota; la diferencia entre uno y otro está en el modo, en el primero cruento, en el del altar incruento, es decir, sin derramar la sangre de la víctima.
La Misa es algo más que una simple representación del Sacrificio de la Cruz; no tiene sólo el valor de una simple memoria, es un verdadero sacrificio, el mismo que el del Calvario, que reproduce, continúa y aplica a todos sus frutos.
Sus frutos son inagotables, porque son los frutos mismos del Sacrificio de la Cruz. El mismo Jesucristo es quien se ofrece por nosotros a su Padre.
Sin duda, después de su Resurrección, no puede merecer; pero ofrece los méritos infinitos conseguidos por los sufrimientos de su Pasión. Los méritos y las satisfacciones de Jesús conservan siempre su valor, como Jesucristo conserva para siempre, con su carácter de Pontífice Supremo y de Mediador Universal, su sacerdocio real y divino.
Así, después de los Sacramentos, en la Misa, dice el Tridentino que se nos aplican esos méritos de un modo particular abundantísimamente: Oblationis cruentæ fructus per hanc incruentan uberrime percipiuntur.
De aquí el que «todos los sacerdotes ofrezcan la misa no sólo por sí mismos, sino por los que asisten, por todos los fieles, vivos y difuntos».
Tanta es la extensión, tan inmensa la amplitud de los frutos de la Misa, y tan sublime la gloria que redunda para Dios en el sacrificio de nuestros altares.
En su obra Jesucristo vida del alma, Dom Marmion expone cómo la Misa es un sacrificio perfecto de alabanza, de acción de gracias y de impetración; a continuación sólo reproducimos los párrafos en que demuestra que es también sacrificio de propiciación.
El Sacrificio de la Misa es fuente de confianza y de perdón.
Cuando el recuerdo de nuestras culpas nos abruma y buscamos con qué reparar nuestras ofensas y satisfacer más plenamente a la justicia divina; para que las penas de nuestros pecados nos sean condonadas, no podremos hallar medio más eficaz y que más tranquilice nuestras almas que la oblación del Sacrificio de la Misa.
Son palabras del Tridentino: Con esta oblación de la misa, Dios, aplacado, concede la gracia y el don de la penitencia; remite los crímenes y pecados por graves que sean.
Pero la Misa, ¿perdona directamente los pecados? No; este poder está reservado al Sacramento de la Penitencia y a la perfecta contrición; pero tiene la Misa gracias abundantes, poderosas, que alumbran al pecador y le mueven al arrepentimiento, a la contrición y a recibir el Sacramento de la Penitencia que le devolverá la amistad de Dios.
Si así sucede con el pecador no absuelto todavía por la mano del sacerdote, más cierto será tratándose de almas ya justificadas, de almas que buscan satisfacer plenamente por sus culpas, que anhelan sólo reparar sus desórdenes pasados.
¿Por qué? Porque la Misa es algo más que un sacrificio laudatorio o un simple recuerdo del sacrificio del Gólgota; es un verdadero sacrificio de propiciación, instituido por Jesucristo, «para aplicarnos todos los días, dice también el Tridentino, el poder de redención que mereció el sacrificio de la cruz».
Por eso, al sacerdote que ya está en amistad con Dios, le vemos subir al altar a ofrendar el sacrificio «por sus pecados, sus ofensas e innumerables negligencias». La víctima divina aplaca a Dios y nos le vuelve propicio.
Cuando nos turbe el recuerdo de nuestros pecados, ofrezcamos este sacrificio; le ofrece por nosotros Jesucristo, «Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo», y renueva cuantas veces se ofrece la obra de nuestra redención: Quoties hujus hostia commemoratio celebratur, opus nostræ redemptionis exercetur. (Secreta del Dom. 9 de Pent.).
¡Qué grande confianza debe infundirnos este sacrificio expiatorio! Por muchas que hayan sido nuestras ofensas y nuestras ingratitudes, una Misa da más gloria a Dios que toda la que le quitaron, por decirlo así, todas nuestras injurias.
«Padre eterno, mira este altar, mira a tu Hijo que me ha amado y se entregó por mí en el Calvario; Él os presenta ahora por mí sus infinitas satisfacciones: respice in faciem Christi tui, contempla el rostro de tu Hijo y olvídate de las ofensas que he cometido yo contra tu bondad. Te ofrezco esta oblación, en ella te agradarás para reparar todas las injurias hechas a tu divina majestad.»
Una plegaria semejante no puede menos de oírla Dios, porque invoca en favor suyo los méritos del Hijo muy amado que, con su Pasión, lo pagó y expió todo (Jesucristo vida del alma, cap. V, 1).
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5. Cooperamos en la obra redentora de Jesucristo uniéndonos a Él mediante el sufrimiento
Nos asociamos al Misterio de la Redención soportando —amorosamente— por Jesucristo los sufrimientos y adversidades que, en los designios de su providencia, nos da que sobrellevar.
Cuando Jesucristo iba camino del Calvario, encorvado bajo el pesado madero, cayó con la carga; al que la Escritura llama «la fortaleza de Dios, Virtus Dei«, le vemos humillado, débil y postrado en el suelo. Ni puede arrastrar la Cruz. Es el homenaje que rinde su humanidad al poder de Dios. Si lo quisiese, Jesús lo podría; a pesar de su debilidad, podría llevar la Cruz hasta el Calvario; pero, en aquel entonces, la divinidad quiere, por nuestra salvación, que la humanidad experimente su debilidad para que nos merezca el valor de soportar nosotros los sufrimientos.
También a nosotros nos da Dios una cruz para que la arrastremos y cada uno de nosotros cree que la suya es la más pesada. Tenemos que aceptarla sin discutir, sin hablar, sin decirle a Dios: Hubieras podido cargar en mis espaldas tal cruz, en tal o cual momento de mi vida. Pero Nuestro Señor nos dice: «Si alguien quiere ser mi discípulo, tome su cruz y sígame.»
Estas palabras encierran una verdad principalísima que requiere meditarse. El Verbo Encarnado, Cabeza de la Iglesia, tomó su parte y parte muy grande en los sufrimientos; pero ha querido dejar también su parte a la Iglesia, su Cuerpo Místico. Lo dice San Pablo con expresión, chocante al parecer, pero llena de sentido: Adimplio ea, quæ desunt passionem Christi in carne mea, pro corpore eius quæ est Ecclesia: «Estoy cumpliendo en mi carne, lo que resta que padecer a Cristo en sus miembros, sufriendo trabajos en pro de su cuerpo místico».
¿Qué quiere decir el Apóstol? ¿Es que falta algo a lo mucho que padeció Jesucristo? No; bien sabemos que los sufrimientos de nuestro Redentor no tuvieron medida, ni en su intensidad, pues se abatieron sobre Él, cual torrente, para sumergirle; sin medida principalmente por el valor que tenían, por su valor infinito, porque son sufrimientos de un Dios.
Por otra parte, habiendo Jesucristo padecido y muerto por nosotros, se convirtió, se hizo «propiciación por los pecados del mundo entero». ¿Qué, pues, quiere decir San Pablo en este texto? San Agustín lo significa así: para comprender el misterio de Cristo, no tenemos que separarlo de su cuerpo místico; Cristo, en expresión del Doctor de la gracia, no es el Cristo «total», si no lo tomamos unido a la Iglesia; es la cabeza de la Iglesia que forma su cuerpo místico.
Así cuando Jesucristo dio su parte de expiación, al Cuerpo Místico le queda también sufrir la suya: «Se completaron los sufrimientos en la cabeza, pero faltaban todavía los padecimientos en el cuerpo, adimpletæ fuerunt passiones in capite, restabant adhuc passiones in corpore.
Así como Dios había determinado que, para satisfacer a la justicia divina y extremar el amor, Jesucristo sufriese determinados padecimientos y expiaciones; así también Dios ha fijado los sufrimientos de la Iglesia, llamada por San Pablo ya el Cuerpo Místico y también la Esposa de Cristo.
Ha dejado Dios parte de los sufrimientos a la Iglesia, pero asignando a cada uno de los miembros, para que todos cooperen a la expiación de Jesucristo, su parte; a unos para que paguen por sus propias culpas, y a otros, a ejemplo de Jesucristo, para que sufraguen por los pecados de sus prójimos.
El alma que de veras siente el amor a Jesucristo, anhela pagar con sus mortificaciones esta demostración de amor de su Redentor, al Cuerpo Místico de la Iglesia. Esta es la clave de esas «extravagancias» de los Santos, de esa sed de mortificarse que caracteriza casi a todos: la sed de «cumplir en su carne lo que quedó por padecer en la Pasión a su divino Maestro (Jesucristo en sus misterios, cap. XIII, 1 y 2 y Jesucristo ideal del monje, cap. IX, 5).
Contemplad a Cristo subiendo la cumbre del Calvario, miradle cargado con el leño de la Cruz; vacilan sus pies y se desploma bajo el peso del madero. Si hubiese querido, la divinidad hubiera sostenido a la humanidad; no lo quiso. ¿Por qué? Porque le plugo, para expiar el pecado experimentar en su carne la postración que produce el pecado.
Temieron los judíos que el Salvador no pudiese llagar con vida al lugar de la crucifixión; forzaron a Simón Cireneo a ayudar a Jesús a llevar la Cruz, y Jesús aceptó la ayuda.
En esto nos representaba Simón a todos los hombres; miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, tenemos que ayudarle a llevar su Cruz. Este cargar y llevar la Cruz es una muestra palpable de que le pertenecemos, si, como Él, nos renunciamos y abrazamos la Cruz: Qui vult venire por me… tollat crucem suam et sequatur me.
Aquí está el secreto de las mortificaciones que practican las almas fieles, las almas privilegiadas; las maceraciones voluntarias que torturan y desgarran las carnes y las mortificaciones que reprimen los deseos, aun lícitos, del espíritu.
Esas almas, sin duda, han expiado sus faltas, pero el amor que arde en sus pechos, las acucia, las arrastra a reparar por los de los miembros del Cuerpo de Cristo que ofenden a su Cabeza, para que la virtud, la belleza, el esplendor de la vida divina no disminuyan ni desaparezcan en el Cuerpo Místico.
Si ardemos en el amor a Jesucristo, generosamente nos abrazaremos con la parte de los sufrimientos que nos tocan; siguiendo el consejo de un prudente director, haremos las maceraciones voluntarias que nos harán discípulos menos indignos de un jefe que murió en una cruz.
¿No buscaba y anhelaba esto mismo San Pablo? ¿No escribía que «deseaba renunciar a todo, para conocerle a Él y la eficacia de su resurrección y participar de sus penas, asemejándose a su muerte? ad cognoscendum illum et societatem passionum illius configuratus morti ejus (Jesucristo vida del alma, cap. III, 1).
