PÍO XII Y LA FAMILIA CRISTIANA – DONES NUPCIALES

PÍO XII Y LA FAMILIA CRISTIANA

Discursos de Su Santidad Pío XII a los recién casados ente los años 1939 y 1943

DONES NUPCIALES

10 de enero de 1940

La Iglesia, durante la octava solemne de la Epifanía repite en su liturgia las palabras de los Magos: «Hemos visto en Oriente la estrella del Señor y hemos venido con dones a adorarlo». También vosotros, queridos recién casados, cuando os prometíais ante Dios al pie del Altar, visteis un firmamento lleno de estrellas que iluminan vuestro porvenir de radiantes esperanzas y ahora habéis venido aquí para honrar a Dios y recibir la bendición de su Vicario en la tierra, trayendo ricos dones.

¿Cuáles son estos dones? Nos sabemos bien que vuestro equipaje no presenta el lujo que la tradición y el arte de los siglos atribuyen a los Reyes Magos: séquito de siervos, animales suntuosamente enjaezados, mantos, raras esencias y, como dones para el Niño Jesús, el oro, probablemente de Ofir, que ya Salomón apreciaba, el incienso y la mirra: dones recibidos de Dios, porque todo lo que una criatura puede ofrecer es un don del Criador.

También vosotros habéis recibidos de Dios, en el matrimonio cristiano, tres bienes preciosos enumerados por San Agustín: la fidelidad conyugal («Fides»), la gracia sacramental («Sacramentun»), la procreación de los hijos («Proles»): tres bienes que a vuestra vez debéis ofrecer a Dios, tres dones simbolizados en las ofrendas de los Magos.

Vuestra fidelidad es vuestro oro, o más bien un tesoro preferible a todo el oro del mundo. El sacramento del matrimonio os da los medios de poseer y aumentar este tesoro: ofrecedlo a Dios para que os ayude a conservarlo mejor.

El oro es, por su belleza, por su brillo, por su inalterabilidad, el más precioso de los metales; su valor sirve de base y de medida para todas las otras riquezas. De igual manera, la fidelidad conyugal es la base y la medida de toda la felicidad del hogar doméstico.

En el templo de Salomón, para evitar la alteración de los materiales, lo mismo que para embellecer el conjunto, no existía parte alguna que no estuviera recubierta de oro. De igual modo, el oro de la fidelidad, para asegurar la solidez y el esplendor de la unión conyugal, debe como revestirla y envolverla toda entera.

El oro, para conservar su belleza y su brillo, debe ser puro. De igual manera, la fidelidad entre los esposos debe ser íntegra, e incontaminada; si comienza a alterarse, se ha terminado la confianza, la paz, la felicidad. Digno de lástima es el oro –como gemía el Profeta– que se ha oscurecido y ha perdido su color esplendente; pero más dignos de llanto son todavía los esposos cuya fidelidad se corrompe; su oro, diremos con Ezequiel, se convierte en inmundicia; todo el tesoro de su bella concordia se disgrega en una desoladora mezcolanza de sospechas, de desconfianzas, de reproches, para, terminar con demasiada frecuencia en males irreparables.

Por eso vuestra primera ofrenda al Dios recién nacido, debe ser la resolución de una constante y atenta fidelidad a vuestras promesas matrimoniales.

Los Magos llevaban también a Jesús oloroso incienso. Con el oro le habían honrado como a Rey; con el incienso rendían homenaje a su divinidad.

También vosotros, esposos cristianos, tenéis una rica oferta de suave perfume que hacer a Dios, y para la cual el sacramento del matrimonio os aporta los medios necesarios. Este perfume que esparcirá una dulce fragancia en toda vuestra vida, y que hará de vuestras obras diarias, hasta las más humildes, actos capaces de procuraros en el cielo la visión intuitiva de Dios, este incienso invisible, pero real, es la gracia sobrenatural.

Tal gracia, que se os ha conferido en el bautismo, renovado con la penitencia, aumentado con la eucaristía, os la han dado por un título especial en el sacramento del matrimonio, con nuevos auxilios correspondientes a vuestros nuevos deberes.

Y así, vosotros sois más ricos todavía que los Magos. El estado de gracia es más que un suave perfume, por muy puro y penetrante que éste sea, que da a vuestra vida natural un aroma celeste; es una verdadera elevación de vuestras almas al orden sobrenatural, que os hace partícipes de la naturaleza divina.

¡Qué cuidado debéis, pues, de tener para conservar y también para aumentar semejante tesoro! Ofreciéndolo a Dios no lo perderéis, sino más bien lo confiáis al mejor y más seguro guardián.

Finalmente los Magos, queriendo honrar en Jesús no sólo a un rey y a un Dios, sino también a un hombre, le presentaron como regalo la mirra, es decir, una especie de goma resinosa, de la que los antiguos, especialmente los egipcios, se servían para conservar los restos de aquellos que habían amado.

Acaso os mostréis sorprendidos de que en este aroma veamos Nos el símbolo de vuestra tercera ofrenda, del tercer bien del matrimonio cristiano, que es el deber y el honor de la prole. Pero notad que en toda nueva generación continúa y se prolonga la línea hereditaria. Los hijos son la imagen viviente y como la resurrección de los antepasados, que a través de la generación presente tienden la mano a la de mañana.

En ellos veréis revivir y obrar ante vosotros, aun con los mismos rasgos del rostro y de la fisonomía moral, y especialmente con sus tradiciones de fe, de honor y de virtud., la doble serie de vuestros antepasados.

En este sentido, la mirra conserva, perpetúa, renueva incesantemente la vida de una familia. Porque la familia es como un árbol de tronco robusto y de espeso follaje, del que cada generación forma una rama. Asegurar la continuidad de su crecimiento es un honor tal, que las familias más nobles y más ilustres son aquellas cuyo árbol genealógico extiende más profundamente sus raíces en la tierra hereditaria.

Es cierto que el cumplimiento de este deber tiene sus dificultades, acaso mayores que las de los precedentes. La mirra, esta substancia conservadora y preservadora, es de sabor amargo; los naturalistas, comenzando por Plinio, lo enseñan, y su propio nombre lo insinúa. Pero esta amargura no hace sino aumentar sus virtudes benéficas.

En el antiguo Testamento se ve usada como perfume, sus flores son un símbolo de amor puro y ardiente. En el santo Evangelio se lee que los soldados dieron a beber al divino Crucificado vino mezclado con mirra, bebida que se solía dar a los ajusticiados para atenuar algún tanto sus dolores. Otros tantos simbolismos que podéis meditar.

Para no citar sino uno solo: las innegables dificultades que una bella corona de hijos lleva consigo, sobre todo en nuestros tiempos de vida cara y en familias poco acomodadas, exigen coraje, sacrificios, a veces heroísmos. Pero como la amargura saludable de la mirra, esta aspereza temporal de los deberes conyugales preserva ante todo a los esposos de una grave culpa, fuente funesta de ruina para las familias y para las naciones.

Además, estas mismas dificultades animosamente afrontadas, les aseguran la conservación de la gracia sacramental y una abundancia de socorros divinos.

Finalmente, ellas alejan del hogar doméstico los elementos envenenados de disgregación, como son el egoísmo, la constante busca del bienestar, la falsa y viciada educación de una prole voluntariamente restringida.

Cuántos ejemplos en torno a vosotros os harán ver un manantial, incluso natural, de alegrías y de mutuo ánimo, en los esfuerzos que tienen que llevar a cabo los padres para procurar el alimento cotidiano a una querida y numerosa pollada nacida a la luz, bajo la mirada de Dios, en el nido familiar.

Estos son, queridos recién casados, los tesoros que habéis recibido de Dios, y que en esta semana de la Epifanía podéis vosotros mismos ofrecer al celeste Niño del pesebre, con la promesa de cumplir animosamente los deberes del matrimonio.