DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
XVIII. SÉ NUESTRA SANTIFICACIÓN…
1. Jesucristo es la fuente de toda santificación
En el pensamiento de Dios nuestra adopción de hijos es punto central de su plan de salvar a los hombres. Hizo de nosotros por la gracia lo que Jesucristo es por naturaleza. Él es el unigénito del Padre y se hace el primogénito de una multitud de hermanos. «Nos predestinó para que nos hiciésemos conformes a la imagen de su Hijo, de manera que sea el mismo Hijo el primogénito entre muchos hermanos.»
Nuestra adopción es obra de Jesucristo, se realiza por Jesucristo: «Envió Dios a su Hijo, hecho de mujer, sujeto a la Ley, para que redimiese a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de Hijos.»
La gracia de Jesucristo se nos da para que en nosotros se transforme en principio de adopción. De la plenitud de vida divina y de gracia en que abunda Jesucristo tenemos que beber nosotros, pues en Jesucristo habita corporalmente la plenitud de la divinidad; por eso vosotros «lo tenéis todo en Él, que es la cabeza de todo principado y potestad» y de «su plenitud hemos recibido todo».
«Nos eligió en su Cristo» pues, por decir así, fuera de Cristo no existe nada en el pensamiento de Dios; más aún, la gracia, el medio de adopción que nos destina, la recibimos también por Jesucristo: «Somos hijos, como Jesucristo, nosotros a título de gratuito, Él por naturaleza, El Hijo propio, nosotros hijos adoptivos.» Et ipse filius et nos filii; ille proprius, nos adoptivi, sed ille salvat et nos salvamur. Él es Hijo y nosotros hijos. Él propio, nosotros adoptivos; pero Él salva y nosotros somos salvados.
Jesucristo nos introduce en la familia de Dios; de Él y por Él nos viene la gracia, y por lo mismo también la vida divina. De sí mismo dijo: «Yo soy la vida… vine para que tengan vida y vida abundante»: ut vitam habeant et abundantius habeant.
En Jesucristo se halla la fuente misma de nuestra santidad. Así como la filiación de Jesucristo resume todo lo que hay en Él, así también la filiación, por participación por Jesucristo y en Jesucristo, resume todo lo que hay en el cristiano.
No es otra cosa la santidad; cuanto más participamos de la vida divina por la comunicación que Jesucristo nos da de la gracia, cuya plenitud perenne goza Él, tanto más se eleva nuestra santidad.
Jesucristo no sólo es santo en sí mismo, es nuestra santidad. Toda la santidad que Dios ha destinado a las almas, la ha depositado en la humanidad de Jesucristo, y en esa fuente hemos de beberla.
«Tú sólo eres santo, oh Jesucristo», cantamos con la Iglesia, en el Gloria de la Misa. Tú sólo santo porque posees la plenitud de vida divina; Tú sólo santo, porque de Ti solo esperamos nuestra santidad; Tú te has hecho, como dice tu Apóstol, nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención; todo lo hallamos en Ti; al recibirte, todo lo recibimos, pues al darte a nosotros, Tu Padre, que es el nuestro, lo has dicho Tú mismo, nos lo ha dado todo: quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit?
Todas las gracias de salvación, de perdón, todas las riquezas, todas, las fecundidades sobrenaturales, de las que tantas está lleno el mundo de las almas, nos vienen de Ti: «por tu sangre logramos la redención y el perdón de los pecados según las riquezas de la gracia, que con abundancia has derramado sobre nosotros. (Efes. I, 7 y 8.) ¡Oh, Cristo, tribútese a Ti toda alabanza! ¡Por Ti toda alabanza suba a tu Padre por el «Don inenarrable» con que nos ha agraciado! (Jesucristo vida del alma, capítulo I, 4 y 5).
A un religioso que le pedía le «resumiese» en pocas líneas su doctrina acerca de Jesucristo y de la vida espiritual, Dom Marmion le enviaba esta síntesis:
Lovaina, 18 de julio de 1907
Mire en dos palabras lo que trato de inculcar en mis pláticas: Jesucristo es la Santidad infinita: Tu solus Sanctus, Jesu Christe. Pero no es sólo santo en sí mismo, ha sido dado al mundo para ser nuestra santidad: «Jesucristo ha sido constituido por Dios para nosotros como fuente de sabiduría y justicia y santificación y redención nuestra.»
Es nuestra santidad:
1º) Como modelo perfecto: «Nos predestinó Dios para que nos hiciésemos conformes a la imagen de su Hijo», y Dios se ve en él complacido; es este mi Hijo muy amado en quien me complací, y Dios halla sus complacencias en nosotros en el grado en que nos asemejamos a su Hijo Jesucristo.
2º) Como medio de unión con Dios. En Jesucristo están unidas la naturaleza divina y la naturaleza humana en la unidad de Persona y nosotros estamos unidos a la Divinidad en la medida de nuestra unión con la Humanidad de Jesús: la piedra angular que hizo de dos uno, lapis angularis faciens utraque unum. (La Antífona «O Rex gentium» (22 de diciembre) y la Epístola a los Efesios (II, 14) dan pie al Abad de Maredsou para explicar acomodaticiamente la obra de Jesucristo en las almas).
La gracia santificante obra esta unión con Dios y esta misma gracia es obra de la Santísima Trinidad en nosotros.
3º) Sin embargo, la efusión de esta gracia depende de Jesucristo: a) Él la ha merecido; b) la aplica mediante su Humanidad; c) se endereza a reproducir en nosotros las características de Jesucristo; d) cuanto mayor es la confianza que ponemos en ella, es más abundante. Efectivamente, la gracia santificante, que sin medida llenó la santa Humanidad de Jesucristo, se comunica a sus miembros en la medida de su unión con Él por la fe y el amor: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos.»
Todas las gracias que recibimos nosotros tienden a hacer por la gracia de adopción lo que es Jesucristo por naturaleza: hijos de Dios.
Por eso, ese mismo Espíritu Santo, que en Jesús fue el principio de toda su vida humana, se nos comunica a nosotros: «Porque sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual nos hace clamar, Abba, esto es, Padre.»
El Espíritu Santo perfecciona en nosotros la imagen de Jesús y nos llena de su vida: «El Espíritu es quien vivifica.»
En pocas palabras está expuesto cuanto sé (Cartas de dirección, cap. II, 4).
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2. Carácter fundamental de nuestra santidad
Ha querido Dios glorificar a su Hijo y para eso le ha dado un cortejo: la multitud de Santos. Los Santos son otras tantas reproducciones de Jesucristo, aunque en formas imperfectas.
Todos tenemos nuestro ideal en el Verbo y todos deberíamos ser para Dios una modalidad especial de los aspectos sin número que presenta el Verbo. Por eso cantamos de cada Santo: «No ha habido ninguno igual, non est inventus similis illi. No hay dos Santos que interpreten y den a conocer a Jesucristo con la misma perfección.
Cuando estemos en el cielo, contemplaremos, en medio de un júbilo indecible, a la Santísima Trinidad. Veremos al Verbo, el Hijo, que procede del Padre como arquetipo de la mayor perfección posible; constataremos, cómo la santa humanidad de Jesús ha interpretado en todas sus facetas las perfecciones del Verbo a la que estaba unida; admiraremos cómo Dios ha asociado a Jesucristo a tantos hermanos que reproducen en sí mismos las perfecciones de Dios, manifestadas, tangibles en Jesucristo. Así es Jesucristo, el primogénito de una multitud de hermanos que se le semejan.
No olvidemos la palabra de San Pablo: Elegit nos in ipso, en Él mismo nos escogió. En este decreto eterno está la fuente de nuestra verdadera grandeza.
Cuando por nuestra santidad realizamos el ideal que Dios se propuso sobre nosotros, nos transformamos para Él en una parte de la gloria que le tributa su Hijo Jesucristo, el Esplendor de su gloria; somos como la prolongación, los rayos de esa gloria del Padre, si cada uno en su esfera y en sus posibles se esfuerza en interpretar y realizar en sí el ideal de Dios, cuyo modelo único y acabado es el Verbo hecho carne.
No se ha propuesto Dios otro plan al predestinarnos: «hacernos semejantes a su Hijo»: conformes fieri imaginis Filii sui. Este decreto eterno, esta predestinación llena de amor fechan para cada uno de nosotros la concesión de la serie de todas sus misericordias.
Para realizar este plan, para llegar a la realización de sus designios sobre nosotros Dios nos da la gracia, misteriosa participación de su naturaleza; por ella llegamos, en su Hijo Jesucristo, que nos la mereció, a ser también verdaderos hijos adoptivos de Dios.
No tendremos, pues, con Dios las relaciones de simples creaturas; no nos unimos sólo a Él por medio de los homenajes y deberes de una religión natural fundada en nuestra cualidad de creaturas.
Sin destruir nada de estas relaciones, sin disminuir nada de estos deberes entramos con Dios en las relaciones más íntimas, la de hijos; en relaciones que crean en nosotros deberes especiales con respecto a un Padre que nos ama: «Sed imitadores de Dios cual Hijos entrañables».
Son relaciones y deberes enteramente sobrenaturales, pues sobrepasan las exigencias y derechos de nuestra naturaleza, y las hace posibles. Tenemos que llegar a la santidad amoldándonos al plan preconcebido por Dios, es decir, por la gracia que debemos a Jesucristo; esta es condición primordial; por eso se llama esta gracia santificante; y tan verdad es que, sin la gracia santificante, no es posible la salvación.
El cielo de los elegidos lo componen sólo las almas que se asemejan a Jesucristo; y sola la gracia realiza esta semejanza fundamental.
Es Dios quien ha prefijado la característica esencial de la santidad, y querer empeñarse en darle otra es, en expresión de San Pablo, como «tirar golpes al aire»; Dios también ha trazado el camino que hemos de seguir; dejarlo es extraviarse y perderse; Dios ha puesto el fundamento de la perfección y edificar fuera de Él es levantar la casa sobre arena: «Nadie puede poner otro fundamento que el que ya ha sido puesto, el cual es Jesucristo».
Jesucristo es la verdadera salvación, la verdadera santidad, y en su gracia se fundamentan y sostienen (Jesucristo en sus misterios, capítulo XXI, 5 y 6).
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3. ¿Qué sentimientos deberán animarnos en la obra de nuestra santificación?
De todo lo expuesto se deducen los sentimientos en que deberá abundar nuestra alma en la búsqueda de la propia santificación: nuestra debilidad ha de inspirarnos una profunda humildad y la más absoluta confianza en Jesucristo.
La vida espiritual oscila entre dos polos: por una parte, la convicción de nuestra impotencia para conseguir la santidad sin la ayuda de Dios; y por otra, nuestra inquebrantable esperanza de aguardarlo todo de la gracia de Jesucristo.
La santidad es obra sobrenatural y es, por tanto, inaccesible sin la gracia divina; dice Nuestro Señor: «Sin mí no podéis hacer nada, nihil potestis facere.»
«Sin mí no podéis gran cosa, explica a este propósito San Agustín, pero sin mí nada conducente a la vida eterna.»
Lo mismo significa la frase del Apóstol: «No somos capaces por nosotros mismos para concebir algún buen pensamiento, como de nosotros mismos, sino que nuestra capacidad viene de Dios.» «Dios es el que obra o produce en vosotros, según su buena voluntad, no sólo el querer, sino el ejecutar.»
Según esto nada podemos, para nuestra santificación, sin la gracia de Dios.
¿Y nos dejaremos, por tanto, abatir? Todo lo contrario. El íntimo convencimiento de esta nuestra impotencia ni nos tiene que descorazonar ni fomentar nuestra pereza. Si no podemos nada sin Jesucristo, con Él lo podemos todo: «en Aquel que me conforta todo lo puedo», exclama San Pablo, no por mí, sino por el que me conforta. Sean las que quieran las pruebas, las dificultades y las flaquezas, podemos, por Jesucristo, llegar a la más alta santidad.
¿Por qué esto? Porque en Jesucristo «se hallan todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría»; porque en Jesucristo «habita la plenitud de la divinidad», y porque, siendo nuestra cabeza, puede hacernos partícipes de todos estos bienes. «En esta plenitud de vida y de santidad bebemos; así que en orden a la gracia nada nos falta: «Nada os falta de gracia a vosotros que estáis esperando la manifestación de Jesucristo nuestro Señor.»
¡Qué grande confianza infunde en el alma la fe en estas verdades! Jesucristo nos pertenece y «todo lo encontramos en Él». «¿Cómo no nos va a dar todo en Él?»
El alma que abunda en estos sentimientos de humildad y de confianza tributa grande gloria a Jesucristo, porque su vida entera es un eco de esta palabra del Salvador: «Sin mí no podéis hacer nada»; porque está siempre exhalando el grito de esperanza: Tú eres la fuente de toda salud y de toda santidad y a Ti se te debe toda gloria (Jesucristo en sus misterios, cap. XXI).
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Lovaina, 1º de septiembre de 1009
Su última carta casi me ha penado al leer en ella que, ante tantas miserias como ve usted en sí, y que son por cierto muy limitadas, usted oculta las riquezas que tiene en Jesucristo y que son también suyas y son infinitas.
Grande merced es el ver nuestras miserias y nuestra pequeñez, que realmente son mucho mayores y más en número de lo que nos imaginamos. Pero el conocer esta realidad sería un verdadero veneno, si no vemos la realidad inversa: una fe inmensa y una confianza «en la suficiencia» de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, en las riquezas y virtudes que son también nuestras. «Sois el Cuerpo místico de Cristo y miembros unidos al miembro.» Los miembros poseen realmente como suyos toda la dignidad y mérito de la persona de quien son miembros. Y lo que honra a Jesucristo es que sepamos apreciar altamente sus méritos y tanta convicción de que nos ama hasta dárnoslos, que nuestra miseria y nuestra indignidad no son capaces ya de desalentarnos.
Hay dos categorías de almas que dan escasa gloria a Jesucristo:
1ª: Las que no ven su miseria ni reparan en su indignidad, y así tampoco echan de menos a Jesucristo.
2ª: Las que ven su miseria, pero no tienen esa fe arraigada en la divinidad de Jesucristo, por la cual son, por decirlo así, dichosas de ser tan débiles, para que sea Jesucristo glorificado en ellas.
¡Qué lejos estáis de gloriaros en vuestras enfermedades!
Tratad de tener una intención muy pura en todos vuestros actos. Unid vuestras intenciones a las de Jesús y no os fijéis en los resultados. Dios nos premia con la victoria desde el primer momento. (Cartas de dirección, cap. IV, 4).
