DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
VIII – Y EN NOSOTROS NADA SE MUEVA SIN
SU MANDATO, SIN SU INSPIRACIÓN
1. Hasta dónde ha de extenderse nuestra sumisión a Jesucristo, rey de nuestras almas
En primer lugar el reino de Dios está en nosotros; en nosotros se establece y en la medida en que nos despojamos de todas las criaturas y de nosotros mismos.
Mirad al modelo: Jesucristo. El Verbo que siendo Hijo de Dios, procede enteramente del Padre, vive por el Padre y para el Padre: Ego vivo propter Patrem. En esta palabra tenemos resumida la vida entera de Jesús, el Verbo Encarnado.
Proporcionalmente también en nosotros será así. Cuanto más influya la vida de Dios en nosotros, tanto más estarán influenciadas nuestras actividades por la inspiración divina y se conformarán a su querer. Necesitamos grandísima abnegación para disponernos para buscar siempre y sólo en Dios el principio de nuestros actos, porque el instinto natural del hombre le inclina a constituirse en centro, a buscarse a sí sólo, en lo que le es personal, en lo que le es propi, el principio de su vida.
Todo lo contrario, que nuestra vida espiritual esté sumisa enteramente a la voluntad de Dios, que ni un solo movimiento de nuestro corazón deje de recibir el impulso del Espíritu Santo.
Esto pedimos a Nuestro Señor todas las mañanas al comenzar el día: «Señor, Rey de cielo y tierra, dígnate hoy dirigir y santificar, regir y gobernar nuestros corazones y nuestros cuerpos, nuestros sentimientos, nuestras palabras y nuestros actos, en el amor a tu ley, oh Tú, Salvador del mundo, que vives y reinas por los siglos de los siglos.» Dirigire et sanctificare, regere et gubernare dignare, Domine Deus, Rex cœli et terræ, hodie, corda et corpora nostra, sensus, sermones et actus nostros in lege tua, et in operibus mandatorum tuorum.
Pedimos en esta oración al Verbo que dirija y gobierne todo cuanto hay en nosotros: pensamientos, afectos, acciones, lo que somos, tenemos y hacemos.
Así lo que es nuestro nos vendrá entonces de Dios por Jesucristo y su Espíritu y todo volverá a Dios. Sujetamos a Jesucristo nuestro ser, nuestra personalidad y lo que nos pertenece, para destruir lo que haya malo, y para que lo bueno converja a la realización de su divina voluntad; desde ese momento lo que hagamos, lo realizaremos sin dejar de ser nosotros, pero bajo el impulso e inspiración de la gracia del Espíritu Santo; ya no buscaremos en ello nuestra estima, ni nuestra propia voluntad en el móvil de nuestros pensamientos, palabras y acciones, sino la voluntad de Jesús, la obediencia y sumisión a la ley divina: In lege tua et in operibus mandatorum tuorum. Habremos ya depuesto nuestra personalidad para revestirnos de Jesucristo: Christum induistis.
Sin duda, en esta nuestra unión con el Verbo, subsistirán siempre las dos personas distintas, pues es sólo una unión moral; pero podemos esforzarnos en sujetar con tal perfección al Verbo, en sus actividades, nuestra personalidad, que ésta desaparezca en lo posible para dejar al Verbo divino toda iniciativa. (Jesucristo ideal del monje, cap. IX, 5).
Si así puedo expresarme, deberíamos procurar que toda iniciativa y actividad nuestra partiese de Dios; deberíamos poner a sus pies todos nuestros propios pensamientos, juicios y voluntad, para no pensar, ni juzgar, ni querer obrar más que lo que a Él le plazca. Tenemos que ofrendarle hasta aquello mismo que no es recto en ese sentirnos algo y en ese confiar en nosotros mismos.
Aquí está cabalmente el homenaje práctico de nuestra dependencia respecto a nuestro Padre, el cual es también nuestro Dios, homenaje por el que proclamamos, como Jesús, que todo cuanto tenemos lo hemos recibido del Padre: «Ahora han conocido que todo lo que me diste viene de ti».
La sacratísima humanidad de Jesús pertenecía, en efecto, tan estrechamente al Verbo, se había entregado de tal manera al Verbo, que no tenía personalidad propia. Este es uno de los aspectos esenciales del misterio de la Encarnación.
Habida proporción, así debe suceder en nosotros, ya que Jesucristo es nuestro modelo en todo. Su humanidad no obraba nunca sino con sumisión al Verbo en el que subsistía y el cual le daba la existencia.
Pues que no haya en nosotros moción que no venga de Dios, deseo que no sea según el beneplácito divino, acción que no tienda a servir de instrumento para su gloria. El alma que está así dependiendo del amor, y querer y obrar de Dios, puede decir con toda verdad, como la sagrada humanidad de Jesucristo: El Señor es quien me gobierna: Dominus regit me.
Y añade el sagrado texto: Et nihil mihi deerit: desde ahora nada me faltará. Así es, porque esta alma se ha entregado por completo al Verbo, el Verbo dice a su Padre: «Esta alma me pertenece y por lo mismo es también tuya, oh Padre.»
El Verbo da esta alma al Padre, para que el Padre haga descender sobre ella, como sobre su Hijo, con sus complacencias, sus más preciosos dones (Jesucristo en sus misterios, cap. IV, 2 y 3).
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Lovaina, 1 de noviembre 1908
Pidan para mí a Jesús que sea el dueño absoluto de mi interior y que en mí no haya el menor movimiento que no esté regulado por Él. No deseo otra cosa, pero estoy todavía muy lejos de este ideal.
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Lovaina, 2 de diciembre 1908
Dios me inspira grandes deseos de hacer de Jesús el dueño supremo de mi interior y el único móvil de mis actividades. Estoy muy lejos de este ideal sin duda por mi amor propio y mis muchísimas infidelidades. Espero, sin embargo, que un día podré decir sin mentira: Vivo, pero ya no vivo yo, que Jesús es quien vive en mí. Entonces, como lo tiene prometido, me revelará los secretos de su divinidad: «Si alguien me ama, ha dicho la Verdad, me manifestaré a Él«.
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8 de noviembre 1910
Nuestro Señor me solicita irresistiblemente por el camino de la entrega completa y continua de todo mi ser al Verbo Encarnado. Deseo imitar a la Humanidad santísima de Jesús en unidad con el Verbo, en su sumisión y dependencia más absoluta del Verbo. Ayudadme a realizar este ideal, pues lo encierra todo. Tan pronto como al Padre ve a un alma así unida con el Verbo, no le niega ninguna gracia ni favor.
La santísima Humanidad de Jesús es el camino. Su poder para unirnos al Verbo es infinito. Seamos por tanto santos para glorificarle: In hoc clarificatus est Pater meus ut fructum plurimum afferatis, «Mi Padre se ha gloriado para que vosotros produzcáis mucho fruto».
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16 de febrero de 1913
Confío en que yo podré vivir sólo para Dios. Presiento que Nuestro Señor quiere que viva como Él vivió: propter Patrem, y esto de dos modos: 1) viniéndome de Él toda inspiración; 2) empleando toda mi actividad para Él.
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13 de diciembre
Desde hace algún tiempo Nuestro Señor me impele a vivir más unido con Él. Todo mi anhelo es ver a Jesús reinando y viviendo de tal modo en mi interior que todas mis potencias, todas mis facultades, todos mis deseos le estén totalmente sumisos. (Un maestro de la vida espiritual, cap, VIII, 9 y XIV, 2).
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2. La gracia de Jesús es el origen de esta total sumisión
Jesucristo es perfecto en su realidad personal y física; pero, con la Iglesia forma un Cuerpo Místico que todavía no ha llegado a perfección completa y acabada. Esta se va realizando poco a poco durante el transcurso de los siglos, «en la medida de la gracia de Cristo que Dios da a cada uno»; porque en un cuerpo, hay muchos miembros y no todos tienen la misma función ni la misma nobleza. Este Cuerpo Místico es uno solo con Jesucristo, su Cabeza; por la gracia formamos parte de este Cuerpo; pero tenemos que ser miembros perfectos, que sean dignos de la Cabeza; a esta meta tendemos en nuestros progresos en la vida espiritual.
Y por ser Él la cabeza, Jesucristo es la fuente primera de este progreso. No lo olvidéis; Jesucristo, después que tomó nuestra naturaleza, santificó cada uno de nuestros actos y sentimientos; su vida humana fue en todo semejante a la nuestra y su Corazón divino la sede en que residieron todas sus virtudes.
Jesucristo ejercitó todas y cada una de las formas de la actividad humana; no pensemos que Nuestro Señor estuvo siempre inmovilizado en éxtasis; al contrario, en la visión beatífica de las perfecciones de su Padre hallaba Él los móviles de su actividad; se propuso glorificar a su Padre santificando en su persona las distintas actividades que tenemos que desarrollar nosotros.
Nosotros rezamos: Él pasó noches enteras orando; nosotros trabajamos: Él sufrió trabajando hasta los treinta años; nosotros comemos: Él se sentó a comer a la mesa con sus discípulos; nosotros experimentamos la contradicción y la oposición de los hombres: y Él también la conoció. ¿No conoció acaso la oposición y contradicción de los fariseos que no le dejaron un momento de reposo? Si nosotros sufrimos, Él derramó lágrimas y sufrió por nosotros y antes que nosotros y sufrió en el cuerpo y en el alma y más que nadie ha sufrido jamás; nosotros tenemos nuestras alegrías: su alma las sintió inefables; nosotros dormimos: el sueño cerró también sus pupilas. En una palabra, Jesucristo hizo todo, lo mismo que nosotros.
Y ¿por qué todo esto? No sólo para darnos ejemplo, pues es nuestro capitán, sino para merecernos, con estas acciones, el poder santificar a nuestra vez nosotros los actos que realizamos y para darnos esta gracia que hace a nuestras acciones gratas a su Padre.
Esta gracia nos une a Él, nos hace miembros vivos de su Cuerpo y no necesitamos, para creer en Él, para llegar a nuestra perfección de miembros, sino dejar que esta gracia invada todo nuestro ser y nuestra entera actividad.
Jesucristo habita en nosotros con todos sus méritos para dar vida a nuestros actos; así cuando por una intención recta y pura, frecuentemente renovada, unimos todos los actos del día a las acciones que acá en la tierra realizó el Verbo, la virtud divina de su gracia influye constantemente en nosotros (Jesucristo vida del alma, cap. IV, 6).
Todas las mañanas, después de comulgar, no somos más que uno con Jesús y debemos hablarle así: «Quiero ser todo tuyo; quiero vivir de tu vida por la fe y el amor; quiero que tus deseos sean los míos, y como Tú, por amor a tu Padre, quiero hacer lo que te es grato. He puesto tu luz en medio de mi corazón: te agrada que guarde fielmente las prescripciones de la ley cristiana que has establecido; como prueba de la delicadeza de mi amor para contigo, repetiré lo que Tú mismo dijiste: «ni una tilde, ni una coma quitaré de tu ley: iota unum aut unus apex non præteribit a lege donec omnia fiant; dame tu gracia para que no cometa la menor transgresión en cosa que pueda desagradarte, con el fin de que, según tu palabra, «siendo fiel en las cosas pequeñas, lo sea también en las grandes»; haz que obre en todo momento por tu amor y el de tu Padre: ut cognoscat mundus quia diligo Patrem. Todo mi contento sería poder repetir contigo: Siempre hago lo que es grato al Padre: Quæ placita sunt ei, facio semper. (Jesucristo ideal del monje, cap. VII, 5 y 6).
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3. Frutos preciosos de esta sujeción total
Tenemos que darnos por entero a Jesucristo, tenemos que entregarle nuestra alma, nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestro cuerpo: todo nuestro ser ha de sometérsele. Y lo que sustraemos a la acción de su espíritu lo quitamos a lo dispuesto por Dios.
Fuera de la luz que difunde el Verbo, no hay más que tinieblas; fuera de la luz (que es el mismo Verbo) no se encuentra más que el error; sin su gracia no hay más que impotencia. Y ¿qué paz pueden darnos las tinieblas, el error y la impotencia para saber elegir el camino que conduce a Dios, el único verdadero bien, el único fin a que se ordena nuestra vida?
Hagamos, pues, total entrega de nosotros mismos a Dios por un acto de fe viva, por un acto de total abandono, de profunda adoración y sumisión perfecta.
Pidámosle que dirija Él toda nuestra vida, que sea el objeto de todas nuestras aspiraciones y el principio de todos nuestros, actos. Es el «príncipe de la paz; es el Rey pacífico, pues que sea realmente rey de nuestras almas».
Repitámosle todos los días: Venga a nos el tu reino: Adveniat regnum tuum. ¿Cuál es ese Reino de Dios que pedimos? Es el reinado de Cristo, porque Dios le ha constituido Rey de la tierra y del cielo: «Pídeme, que yo te daré las naciones como herencia».
Cuando nos abandonamos así por entero a Jesús; cuando nuestra alma se abandona a Él y no hace sino responder, como la suya, en un amén continuo a todo lo que el Padre pide de nosotros; cuando, a su ejemplo, nos colocamos en esta actitud de adoración y acatamiento a todas las manifestaciones de la divina voluntad, a las menores insinuaciones y determinaciones de su Providencia; entonces Jesucristo establece el reinado de la paz en nuestra alma; «y la paz, no la que da el mundo, sino la verdadera paz, que sólo proviene de Él: Os doy mi paz y no como os la da el mundo: Pacem meam do vobis, non quomodo mundus dat, ego do vobis.
Efectivamente, la adoración y acatamiento a los designios de Dios producen en nosotros la unidad de deseos. El alma no ambiciona más que una cosa: el establecimiento en si misma del reinado de Cristo. Jesucristo, en retorno, colma ese deseo plenamente, y el alma vive en el orden, y el alma está en posesión de ese contento perfectísimo de sus aspiraciones más ciertas y seguras, está en el orden, vive en paz, porque da satisfacción a los deseos sobrenaturales que son la voluntad de Dios.
¡Qué feliz el alma que ha llegado a compenetrarse con este orden establecido por el Padre; qué dicha para el alma que no trata más que de conformarse por amor a este orden admirable, en el que todo lleva a Jesucristo! Esa alma goza de la paz, de una paz de la que dice San Pablo que sobrepuja a todo entendimiento, y es indefinible (Jesucristo ideal del monje, cap. XVIII, 1 y 2).
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15 de diciembre de 1894
Usted, no espere la paz hasta que se abandone por completo entre las manos de su Padre celestial.
Hay que volver siempre a lo mismo, porque Nuestro Señor le exige esta prueba de confianza y de amor. Cuando se sienta turbada, desconfiada, trate dulcemente, por la oración y la unión con Jesús, de someter en absoluto su voluntad, de abandonarse por entero, de confiar su porvenir en manos de Dios.
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Lovaina, 3 de abril de 1908
Lo que produce en nuestras almas la sencillez y la paz es el abandono sincero, absoluto de nosotros mismos en Dios para su mayor gloria. Abandonarse, es entregarse a Dios con todo lo que somos y tenemos para ser cosa suya de la que pueda Él disponer a su gusto.
Dijo Jesucristo: «Padre, todo lo que tengo te pertenece»; y el Padre lo tomó al pie de la letra y le entregó a los tormentos más inauditos.
Muchos hablan de abandono, pero pocos, muy pocos son los que guardan a Dios su palabra. Se entregan a Él como propiedad suya, y tan pronto como Dios empieza a disponer de esa propiedad para gloria suya y según los propósitos de su Sabiduría, ponen el grito en el cielo y murmuran y dejan ver a las claras que su abandono no era serio, no eran más que palabras.
Para usted, lo principal consiste en escudriñar muy detenidamente los movimientos de su corazón, los móviles que le llevan a obrar, ese Reino de Dios que está dentro de usted misma.
«Toda la hermosura de la hija del rey es interior», y consiste en esa sencillez del amor que en todo tiene presente a Dios y los intereses de Dios (Cartas de dirección‘, cap. IV, 3).
