EL DOCUMENTO DEL PADRE GRÉGOIRE CÉLIER
Última Entrega
Radio Cristiandad ya ha publicado cinco notas sobre este documento del Padre Célier. Los que no están al tanto, pueden informarse en los respectivos enlaces:
https://radiocristiandad.wordpress.com/2012/05/29/el-documento-del-padre-gregoire-celier-1o-parte/
En la entrega anterior hemos hecho ver lo que el Padre Célier oculta respecto de textos importantes; citas que van en contra de lo que este enigmático personaje pretende demostrar.
Además, hemos mostrado que, de haberse continuado con el Protocolo de Acuerdo del 5 de mayo de 1988, se hubiese llevado a cabo la «operación suicidio» de la Obra de la Tradición.
Dijimos que esto es lo que está realizando Monseñor Fellay desde el año 2000, y que es lo que pretende justificar el Padre Célier, fundado en la autoridad del mismo Monseñor Lefebvre.
Después de haber simplemente mostrado la falacia de tal intento, nos corresponde ahora hacer ver que otras autoridades se opusieron a este suicidio que hoy está a punto de consumar Monseñor Fellay.
Consideremos, pues.
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MONSEÑOR ANTONIO DE CASTRO MAYER
Estado de ánimo de los Obispos Marcel Lefebvre y Antonio de Castro Mayer antes de las Consagraciones Episcopales
Fideliter N° 123, de mayo-junio de 1998.
Página 40:
El 17 de octubre de 1987, Monseñor Marcel Lefebvre escribió a Monseñor Antonio de Castro Mayer acerca de las maniobras romanas para evitar la consagración de obispos. El Cardenal Ratzinger había propuesto a Écône un visitante.
Muy estimado Monseñor:
Algo muy misterioso se esconde detrás de este cambio de actitud por parte de Roma; ¡no nos piden firmar nada! Nos conceden el uso de los libros litúrgicos de 1962, el reconocimiento de nuestra obra tal como ya que existe, «con su carisma», como dicen, la aceptación de una visita amistosa de información.
¿Por qué este cambio repentino? ¿Es la amenaza de la consagración de los obispos? Es posible. Ya lo veremos. Nos mantenemos en guardia y desconfiados.
Es una lástima que esté tan lejos, de lo contrario iría a visitarlo para escuchar sus consejos y opiniones, tengo necesidad de ellos. Quiero mantenerlo informado de estos eventos, porque siempre hemos caminado de la mano. No es cuando algo nuevo se está anunciando que vamos a marchar por separado…
El 31 de octubre, Monseñor de Castro Mayer respondió.
Muy estimado Monseñor Lefebvre:
En primer lugar quiero darle las gracias por haberme proporcionado los detalles de este nuevo diálogo con la Santa Sede, que figura en su carta del 17 del corriente.
Al igual que usted, me resulta sospechoso. ¿Qué hay detrás de este cambio repentino? ¿Es sólo el miedo de que consagremos obispos? En este caso, sería mejor ponerlos ante el hecho consumado. Sin embargo, considero prudente su actitud de aceptar el diálogo sin compromiso, hasta que sepa concretamente las exigencias que van a poner.
A primera vista, esto parece una maniobra para ganar tiempo.
—
Entrevista a Monseñor de Castro Mayer
Fideliter N° 73, de enero-febrero de 1990.
Páginas 23-24:
Pregunta: ¿Cree posible una reconciliación con Roma?
Respuesta: No hay oposición entre nosotros y la Roma de los Apóstoles, la Roma Católica regada por la sangre de los mártires. Sería suficiente que las autoridades de la Iglesia se reconciliasen con la Tradición infalible de Roma, condenando las desviaciones del Concilio Vaticano II y las locuras de ese mal «espíritu del Concilio» y la reconciliación sería automática, «ipso facto».
Pregunta: La excomunión, ¿lo deja indiferente?
Respuesta:
Indiferente, no. Incluso inválida, me entristece, porque demuestra el estado lamentable en que se halla la parte humana de la Iglesia. Muestra la intensidad de la aversión que los miembros actuales de la Jerarquía alimentan respecto de aquello que la Iglesia ha hecho siempre. Mientras que piden perdón a los peores enemigos de la Iglesia, los luteranos, los anglicanos, los judíos, alejan de su comunión a los hijos más fieles de la Santa Iglesia.
Pregunta: ¿Qué mensaje les daría a nuestros lectores?
Respuesta: ¡Permaneced firmes en la fe! ¡Guardad con cuidado el tesoro que os fue confiado, la Tradición Católica! Por la gracia de Dios, os he transmitido eso mismo que he recibido de la Iglesia, lo que aprendí en el Seminario en Roma: la doctrina de los Padres de la Iglesia, de los Apóstoles, de Nuestro Señor: Tradidi quod et accepi ¿Qué más puedo desear sino que todos los católicos conserven intacto este tesoro de valor incalculable?
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SUPERIOR GENERAL
PADRE FRANZ SCHMIDBERGER
Anotaciones del Padre Schmidberger, a la Declaración de Dom Gérard, de julio de 1988.
Fideliter N° 65, de septiembre-octubre de 1988.
Páginas 20-21:
Dom Gérard: Es perjudicial para la Tradición de la Iglesia el ser relegada fuera de su perímetro oficial visible. Esto es contrario al honor de la Esposa de Cristo. La visibilidad de la Iglesia es una de sus características esenciales.
Observación del Padre Schmidberger:
¿No sería conforme al plan de la Providencia que la Tradición católica de la Iglesia no fuese reintegrada al pluralismo de la «la Iglesia conciliar», mientras esta manche el honor de la Iglesia Católica y oscurezca tanto su unidad como su visibilidad? «Cristo sufrió fuera de las puertas de Jerusalén», dice San Pablo, y añade: «por lo tanto, para ir a él, salgamos fuera del campamento, vistiendo su oprobio». (Heb-13).
Dom Gérard: Es lamentable que solamente los Benedictinos que son descartados… sean aquellos que específicamente conservan su tradición litúrgica.
Observación del Padre Schmidberger:
Al contrario, es una marca de honor para Le Barroux ser rechazados por los otros benedictinos por haber permanecido completamente leal a la Misa de siempre y, por esta razón, convertirse en un maravilloso signo de contradicción.
Dom Gérard: Obtener el levantamiento de la suspensión a divinis para nuestros sacerdotes constituye un punto de vista misionero: que el máximo de fieles (y los jóvenes: estudiantes, scouts, seminaristas) puedan asistir a nuestras Misas sin verse obstaculizados por su capellán o su obispo.
Observación del Padre Schmidberger:
Si estos sacerdotes del Barroux se consideran válidamente suspendidos, ¡vivieron durante quince años en pecado mortal! Si solamente piensan que su llamada «suspensión» perjudica la irradiación apostólica, están equivocados: la Cruz es más fecunda que la facilidad. Además, deben preferir a la irradiación misionera del Barroux, que es su propio bien, la irradiación de la Tradición en su cohesión indispensable: se trata del bien común de la tradición. ¡Primacía del bien común!
—
Conferencia del Padre Franz Schmidberger.
Seminario Saint-Curé d’Ars, Flavigny, abril de 1989.
Fideliter N° 69, de mayo-junio de 1989.
Páginas 5-7:
Quiero decir ahora a los que vuelven sus ojos hacia Roma con la esperanza de un acuerdo para la Fraternidad San Pío X, que ningún signo permite esperarlo.
(…)
Mientras reine este espíritu liberal, no hay que esperar ningún cambio; por lo tanto, no hay acuerdo, porque nuestras diferencias no son ni humanas, ni políticas, sino doctrinales.
(…)
Así que cuando se examinan las cosas de cerca, nos damos cuenta de que hay una camarilla de liberales, modernistas, que se conocen todos y que han tomado el poder.
Si uno lee el libro del Cardenal Ratzinger Fe cristiana de ayer y de hoy (Mame, 1969), descubre allí una noción de la fe totalmente acatólica. Es, incluso, simplemente herética.
No duda en calificar a Teilhard de Chardin de gran pensador de nuestro tiempo. Es un poco extraordinario…
En sus escritos, el Cardenal Wojtyla menciona al joven teólogo alemán Joseph Ratzinger como pleno de esperanza para el futuro. También cita a Teilhard de Chardin.
Acerca de Teilhard de Chardin, Urs von Balthasar escribió también de manera laudatoria, citando los informes de que hacía con los jesuitas después de sus viajes, especialmente en China.
El caso de Karl Rahner es idéntico.
Así pues, se comprueba que un grupo de intelectuales liberales y modernistas, que rompieron con la Tradición de la Iglesia para establecer su propia filosofía, su propia teología, han tomado el gobierno de la Iglesia y ocupan posiciones importantes.
Esto no es un producto de la imaginación, ni un exceso de fantasía por parte de los tradicionalistas, es algo totalmente exacto: la iglesia está ocupada por estas personas.
Una vez llegado al pontificado, el cardenal Wojtyla hizo venir a Roma a ese teólogo joven lleno de promesas, el Cardenal Joseph Ratzinger, para que fuese guardián de la fe.
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MONSEÑOR BERNARD TISSIER
Trabajo sobre el Motu proprio
Ecclesia Dei adflicta, de 1989.
Fideliter N° 72, de noviembre-diciembre de 1989.
Páginas 10-11:
La Iglesia de Dios está afligida… ¿Por las consagraciones del 30 de junio? ¿O por la ocupación de Roma y de la Santa Sede por la ideología modernista?
(…)
Por el momento, y desde hace 25 años, el Santo Padre está ocupado por una ideología extranjera a la fe católica
(…)
¿Cómo pretendéis que el Romano Pontífice pueda, en estas condiciones internas de su mente, gobernar normalmente la Iglesia Católica? Está moralmente impedido
(…)
Por ejemplo, es imposible que proporcione buenos obispos a la Iglesia, sin exigir de ellos, y a corto plazo, lealtad al Concilio Vaticano II y el reconocimiento de la legitimidad de la Misa Nueva.
En una situación tal, el Arzobispo Lefebvre ha interpretado la intención habitual implícita del Papa, en contra, fatalmente, de la intención actual y explícita de este último
(…)
Hemos demostrado que las consagraciones son legítimas y no cismáticas, habida cuenta de la Roma ocupada y del Romano Pontífice impedido de gobernar rectamente la Iglesia
(…)
Concluyamos: la ruptura esencial es bien de naturaleza doctrinal. Pero no se trata de un cisma del Arzobispo Lefebvre con la Iglesia.
Es la ruptura (por no decir el cisma, porque no tenemos la autoridad para pronunciarlo), ruptura de la Iglesia del Concilio Vaticano II y de la Roma ocupada con la verdadera Tradición viviente.
La declaración de excomunión del Arzobispo fiel, de su colega en el Episcopado y de sus cuatro hijos es la declaración oficial por Roma de esta última ruptura: es la Roma ocupada la que declara su ruptura con la Tradición (por no decir su propio cisma y su propia excomunión).
En cuanto a nosotros, no declaramos sino que seguimos en comunión con todos los Papas de la Iglesia Católica que precedió a esta Iglesia Conciliar que aflige y mancha el rostro de la Esposa Inmaculada de Jesucristo.
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MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE
Prólogo a su libro Itinerario Espiritual, del 29 de enero de 1990.
No hay que tener miedo de afirmar que las autoridades romanas actuales, desde Juan XXIII y Pablo VI, se han hecho colaboradoras activas de la Masonería judía internacional y del socialismo mundial.
Juan Pablo II es ante todo un político filo-comunista al servicio de un comunismo mundial con tinte religioso. Ataca abiertamente a todos los gobiernos anticomunistas y no aporta con sus viajes ninguna renovación católica.
Se entiende, pues, que las autoridades romanas conciliares se opongan feroz y violentamente a toda reafirmación del Magisterio tradicional. Los errores del Concilio y sus reformas siguen siendo la norma oficial consagrada por la profesión de fe del Cardenal Ratzinger, de marzo de 1989.
(…)
Tal vez alguien me diga: «¡Usted exagera! Cada vez hay más obispos buenos que rezan, que tienen fe, que son edificantes…». Aunque fuesen santos, desde el momento en que aceptan la falsa libertad religiosa, y por consiguiente el Estado laico, el falso ecumenismo (y con ello la existencia de varias vías de salvación), la reforma litúrgica (y con ello la negación práctica del sacrificio de la Misa), los nuevos catecismos con todos sus errores y herejías, contribuyen oficialmente a la revolución en la Iglesia y a su destrucción.
El Papa actual y estos obispos ya no trasmiten a Nuestro Señor Jesucristo, sino una religiosidad sentimental, superficial, carismática, por la cual ya no pasa la verdadera gracia del Espíritu Santo en su conjunto.
Esta nueva religión no es la religión católica; es estéril, incapaz de santificar la sociedad y la familia.
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LOS SUPERIORES DE LA FSSPX
Carta Abierta al Cardenal Gantin, del 6 de julio de 1988.
Fideliter N° 64, de julio-agosto de 1988.
Páginas 11-12:
Eminencia, reunidos en torno a su Superior general, los Superiores de los distritos, seminarios y casas autónomas de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, piensan conveniente expresarle respetuosamente las reflexiones siguientes. Usted creyó deber suyo, por su carta del 1º de julio último, hacer saber su excomunión latae sententiae a Su Excelencia Monseñor Marcel Lefebvre, a Su Excelencia Monseñor Antonio de Castro Mayer y a los cuatro obispos que ellos consagraron el 30 de junio último en Ecône. Quiera usted mismo juzgar sobre el valor de tal declaración que viene de una autoridad que, en su ejercicio, rompe con la de todos sus antecesores hasta el papa Pío XII, en el culto, enseñanzas y el Gobierno de la Iglesia.
En cuanto a nosotros, estamos en plena comunión con todos los Papas y todos los Obispos que han precedido el Concilio Vaticano II, celebrando exactamente la Misa que ellos codificaron y celebraron, enseñando al Catecismo que ellos compusieron, oponiéndonos contra los errores que ellos condenaron muchas veces en sus encíclicas y cartas pastorales. Quiera usted entonces juzgar de qué lado se encuentra la ruptura. Estamos extremadamente apenados por la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón de las autoridades romanas.
En cambio, nosotros jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia Conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad. Sí, nosotros no tenemos ninguna parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión por un decreto de Vuestra Eminencia o de otro dicasterio no sería más que la prueba irrefutable. No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace veinticinco años; excluidos de la comunión impía con los infieles.
Creemos en un solo Dios, Nuestro Señor Jesucristo, con el Padre y el Espíritu Santo, y seremos siempre fieles a su única Esposa, la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana. El ser asociados públicamente a la sanción que fulmina a los seis obispos católicos, defensores de la fe en su integridad y en su totalidad, sería para nosotros una distinción de honor y un signo de ortodoxia delante de los fieles. Estos, en efecto, tienen absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista (…).
Siguen las firmas del Superior General, de todos los Superiores de Distritos, de Seminarios, de Casas Autónomas de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X: Padres Franz Schmidberger, Paul Aulagnier, Franz-Josep Maessen, Edward Black, Anthony Esposito, François Laisney, Jacques Emily, Jean-Michel Faure, Gérard Hogan, Alain Lorans, Jean-Paul André, Paul Natterer, Andrés Morello, William Welsh, Michel Simoulin, Patrice Laroche, Philippe François, Roland de Mérode, Georg Pfluger, Guillaume Devillers, Philippe Pazat, Daniel Couture, Patrick Groche, Franck Peek.
Varios de los signatarios de esta trascendental Carta Abierta han firmado en las últimas semanas artículos que no condicen con los conceptos y definiciones que sostenían en 1988.
Es el caso de los Padres Franz Schmidberger, Paul Aulagnier, Alain Lorans, Michel Simoulin, Daniel Couture…
Otros, que no firmaron esa Carta Abierta, pues no les correspondía por oficio o cargo, pero que sí sustentaron su contenido, guardan hoy un silencio cómplice…
¿Qué ha cambiado en la FSSPX para pretender mantener contactos con la, aún hoy, Roma anticristo y modernista, con ese sistema que se califica a sí mismo, aún hoy, de Iglesia Conciliar?
¿Desea la FSSPX una comunión con el espíritu adúltero que sopla, aún hoy, en la Iglesia?
¿Ya no desea ser excluida de la comunión impía con los infieles?
Mientras tanto, mientras esperan la respuesta, en actos, a estos interrogantes, los verdaderos fieles, siguen teniendo absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista…
Pues, ¡que reaccionen ellos! Pero también con actos, ya que, como decía el Padre Castellani: los actos son machos y las palabras hembras…
***
Para ir terminando (¿de comprender?), hemos de saber que el Cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI, continúa a poner en práctica lo que Juan Pablo II le escribiera en 1988… Leamos…
Carta de Juan Pablo II al Cardinal Ratzinger, del 8 de abril de 1988.
Fideliter N° 63, de mayo-junio de 1988.
Páginas 3-5:
A mi Venerado Hermano, el Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
En este tiempo litúrgico en el cual, en las celebraciones de la Semana Santa, hemos hecho revivir los acontecimientos de Pascua, las palabras con que Cristo el Señor prometió a los Apóstoles la venida del Espíritu Santo tienen para nosotros una especial actualidad: «Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad… que el Padre enviará en mi nombre, Él os recordará todo lo que os he dicho» (Jn 14, 16-17, 26).
En todo tiempo la Iglesia ha sido inspirada por la fe en estas palabras de su Maestro y Señor, en la certeza de que, con la ayuda y la asistencia del Espíritu Santo, permanecerá para siempre en la Verdad divina manteniendo la sucesión apostólica por el Colegio de los Obispos en unión con su Cabeza, el sucesor de San Pedro.
La Iglesia ha mostrado una vez más esta convicción de fe en el último Concilio, que se reunió para confirmar y reforzar la doctrina de la Iglesia heredada de la Tradición existente desde hace casi veinte siglos, como una realidad viviente que progresa en relación con los problemas y las necesidades de cada época, profundizando la comprensión de lo que ya contenía la fe transmitida una vez por todas (Judas 3).
Mantenemos la convicción profunda de que el Espíritu de verdad que dice a la Iglesia (cf. Ap 2, 7.11.17, etc.) habló —de una manera solemne y con una particular autoridad— por el Concilio Vaticano II, preparando a la Iglesia para entrar en el tercer milenio después de Cristo.
Dado que la labor del Concilio en su totalidad constituye una confirmación de la verdad misma vivida por la Iglesia desde el principio, también es el «renuevo» de esta misma verdad («aggiornamento», según la célebre frase del Papa Juan XXIII), para dar la manera de enseñar la fe y la moral, y también toda la actividad apostólica y pastoral de la Iglesia, más cercana de la gran familia humana en el mundo contemporáneo. Y todos sabemos cuánto este «mundo» está diversificado e incluso dividido.
Por el servicio doctrinal y pastoral de todo el Colegio de los Obispos en unión con el Papa, la Iglesia cumple con las tareas relativas a la aplicación de todo lo que se convirtió en la herencia específica del Concilio Vaticano II.
Esta solicitud colegial encuentra su expresión, entre otras cosas, en las reuniones del Sínodo de los Obispos. En este contexto, debe tenerse en cuenta en particular la Asamblea Extraordinaria del Sínodo celebrada en 1985, para conmemorar el vigésimo aniversario de la conclusión del Concilio, reunión puso de relieve las tareas más importantes relacionadas con la aplicación del Concilio Vaticano II, señalando que la enseñanza de este Concilio sigue siendo el camino sobre el cual la Iglesia debe seguir adelante, confiando sus esfuerzos al Espíritu de la verdad.
En línea con estos esfuerzos, también son de especial importancia las obligaciones de la Santa Sede con respecto a la Iglesia universal, ya sea por el «ministerio petrino» del Obispo de Roma, o por los organismo de la Curia Romana de los cuales se sirve para llevar a cabo su ministerio universal.
Entre estos, la Congregación para la Doctrina de la Fe dirigida por usted, señor Cardenal, tiene una importancia particularmente grande.
En el período post-conciliar, somos testigos de una vasta obra de la Iglesia para asegurar que ese «novum», constituido por el Concilio Vaticano II, penetre de manera justa en la conciencia y en la vida de cada una de las comunidades del Pueblo de Dios.
Sin embargo, junto a este esfuerzo, se han manifestado tendencias que, sobre la vía de la realización del Concilio, crean alguna dificultad.
Una de esas tendencias se caracteriza por un deseo de cambios que no siempre están en armonía con las enseñanzas y el espíritu del Concilio Vaticano II, aunque tratando de referirse al Concilio. Estos cambios expresan un progreso, por lo que se designa a esta tendencia con el nombre de «progresismo».
El progreso, en este caso es una orientación hacia el futuro que rompe con el pasado, sin tener en cuenta la función de la Tradición que es fundamental para la misión de la Iglesia, para que ella pueda seguir viviendo en la Verdad que le fue transmitida por Cristo el Señor y los Apóstoles, y que ha sido custodiada diligentemente por el Magisterio.
La tendencia opuesta, que se define habitualmente como el «conservadurismo» o «integrismo», se detiene en el pasado en sí mismo, sin tener en cuenta la justa orientación hacia el futuro que se ha manifestado especialmente en la obra del Concilio Vaticano II.
Mientras que la primera tendencia parece reconocer como justo lo que es «nuevo», la otra, al contrario, no tiene por justo sino lo que es «antiguo», considerándolo como sinónimo de Tradición.
Sin embargo, no es lo «antiguo» en cuanto tal, ni lo «nuevo» en sí lo que corresponde al concepto exacto de la Tradición en la vida de la Iglesia.
Este concepto significa, en efecto, la fidelidad durable de la Iglesia a la verdad recibida de Dios, a través de los acontecimientos cambiantes de la historia.
La Iglesia, como el padre de familia del Evangelio, sabiamente saca «de su tesoro lo nuevo y lo viejo» (cf. Mt 13, 52), permaneciendo en una obediencia absoluta al Espíritu de verdad que Cristo ha dado a la Iglesia como guía divino.
Y esta delicada obra de discernimiento, la Iglesia la cumple con su Magisterio auténtico (cf. Lumen gentium, n. 25).
Las posiciones adoptadas por los individuos, los grupos o los círculos unidos a una u otra tendencia pueden ser hasta cierto punto comprensibles, sobre todo después de un evento tan importante en la historia de la Iglesia como el Concilio Vaticano II.
Si, por un lado, él liberó una aspiración para la renovación (y esto incluye también un elemento de «novedad»), por el contrario, ciertos abusos en la línea de esta aspiración, en la medida que olvidan los valores esenciales de la doctrina católica de la fe y de la moral y en otras áreas de la vida eclesial como por ejemplo en el campo litúrgico, pueden e incluso deben suscitar objeciones justificadas.
Sin embargo, si, en razón de estos excesos, se rechaza toda sana «renovación» conforme con la doctrina y el espíritu del Concilio, tal actitud puede llevar a otra desviación que también es contraria al principio de la Tradición viva de la Iglesia obediente al Espíritu de la verdad.
Las obligaciones impuestas a la Sede Apostólica, en esta situación concreta, requieren una perspicacia, una prudencia y una amplitud de vista particulares. La necesidad de distinguir lo que «edifica» la Iglesia auténticamente de lo que la «destruye» es, actualmente, una exigencia especial de nuestro servicio con respecto a toda la comunidad de los creyentes.
La Congregación para la Doctrina de la Fe, como parte de este ministerio, tiene una vital importancia, como lo demuestran los documentos publicados por su Dicasterio en los últimos años en las áreas de la fe y de la moral.
Entre los temas que la Congregación para la Doctrina de la Fe ha tenido que lidiar últimamente, figuran también los problemas con la «Fraternidad San Pío X», fundada y dirigida por Monseñor Lefebvre.
Su Eminencia conoce bien todos los esfuerzos realizados por la Sede Apostólica desde el principio de la existencia de la «Fraternidad» para asegurar, en relación con su actividad, la unidad eclesial.
El último de estos esfuerzos ha sido la visita canónica efectuada por el Cardenal E. Gagnon.
Usted se ocupa de este caso en particular, Su Eminencia, como si preocupara su predecesor, de venerada memoria, el Cardenal Seper.
Todo cuanto hace la Sede Apostólica, que está en contacto permanente con los Obispos y las Conferencias Episcopales concernidas, tiende hacia el mismo objetivo: que se cumplan también las palabras pronunciada por el Señor en la oración sacerdotal por la unidad de todos los discípulos.
Todos los Obispos de la Iglesia Católica, porque es su deber, por mandato divino, preocuparse por la unidad de la Iglesia universal, tienen la obligación de colaborar con la Sede Apostólica por el bien de todo el Cuerpo Místico que es también el Cuerpo de las Iglesias (cf. Lumen gentium, n. 23).
Por todas estas razones, quiero confirmar, Señor Cardenal, mi voluntad de que tales esfuerzos sean proseguidos: no cesemos de esperar que —bajo la protección de la Madre de la Iglesia— ellos den sus frutos para la gloria de Dios y la salvación de los hombres.
***
CONCLUSIÓN
Llegamos al término del análisis del Documento del Padre Célier, Esto no da para más.
Allí planteaba estos interrogantes:
1º)
Por fidelidad a Monseñor Lefebvre, Monseñor Bernard Fellay, ¿se ve imposibilitado de tener relaciones con la Roma actual?
2º)
Monseñor Marcel Lefebvre, ¿rechazaría hoy todo contacto con Roma?
Los lectores que han seguido atentamente la secuencia de textos y han comprendido su significado, habrán comprobado que, si bien Monseñor Lefebvre llegó a sostener que la Sede de Pedro y los puestos de autoridad en Roma estaban (están aún hoy, en 2012) ocupados por anticristos, sin embargo, fue a Roma y mantuvo coloquios con esas autoridades.
Hay sermones y conferencias que se resumen en tres palabras: Ir a Roma...
Sin embargo, dijo también que fue en un clima siempre tenso, aunque cortés, que tuvieron lugar esas relaciones con los Cardenales Seper y Ratzinger entre los años 76 y 87, pero también con cierta esperanza de que, acelerándose la autodemolición de la Iglesia, por fin nos mirasen con simpatía.
Agregó que durante quince años se dialogó para tratar de reintroducir la Tradición en el lugar que le corresponde en la Iglesia, pero que se chocó contra una continua negativa.
Por eso, frente a la persistente negativa de Roma, anunció el 29 de junio 1987 la decisión de consagrar obispos.
Pero, el 28 de julio, el Cardenal Ratzinger abrió nuevos horizontes que podían legítimamente hacer pensar que Roma finalmente nos mirase de manera más favorable…
Y cayó en la trampa que le tendieron: aceptó entrar en ese nuevo diálogo…
Si bien los coloquios de abril y mayo de 1987 lo decepcionaron mucho…, a pesar de esas decepciones, firmó el Protocolo de Acuerdo del 5 de mayo…
¿Qué firmó? Entre otras lindas cosas, el levantamiento de su suspensión a divinis, la dispensa para sus sacerdotes y seminaristas de las irregularidades incurridas por el hecho de las ordenaciones, y la sanatio in radice, al menos ad cautelam, de los matrimonios ya celebrados por los sacerdotes de la Fraternidad sin la delegación requerida.
Más tarde, sólo más tarde…, a fines de 1990, tuvo que reconocer y expresó: Ahora, a los que vienen a decirme que es necesario que usted se entienda con Roma, creo poder decirles que yo he ido más lejos de lo que tendría que haber ido.
Mientras tanto, ya había sentenciado en diversas ocasiones y por distintos medios:
* Los coloquios y reuniones con el Cardenal Ratzinger y sus colaboradores nos han convencidos de que el momento para una colaboración franca y eficaz no ha llegado todavía.
* Se acabó. Basta de conversaciones. Cuanto más se reflexiona, más se comprende que las intenciones de Roma no son buenas.
* Vamos a continuar rezando para que la Roma moderna, infestada de modernismo, vuelva a ser la Roma Católica y recupere su Tradición bimilenaria.
* No creo que sea oportuno intentar alguna cosa en dirección de Roma.
* Pienso que es necesario esperar, desafortunadamente, que la situación se agrave todavía más de su lado.
* No hay que hacerse ilusiones. Los principios que dirigen ahora la Iglesia conciliar son de más en más abiertamente contrarios a la doctrina católica.
* Es absolutamente inconcebible que se pueda aceptar colaborar con una jerarquía semejante.
* El día que el Vaticano sea liberado de esta ocupación modernista y vuelva a encontrar el camino seguido por la Iglesia hasta el Concilio Vaticano II, entonces el problema de la reconciliación no tendrá más razón de ser.
* Todo esto durará lo que Dios tenga previsto, no me pertenece el saber cuándo obtendrá de nuevo la Tradición sus derechos en Roma, pero juzgo que es mi deber aportar los medios para llevar a cabo lo que llamaré operación «supervivencia», operación «supervivencia» de la Tradición.
* Esta jornada de hoy es la operación «supervivencia». Y si hubiera hecho esa otra operación con Roma, siguiendo los acuerdos que habíamos firmado y poniendo en práctica a continuación estos acuerdos, haría la operación «suicidio».
Por lo tanto, es necesario reconocer que Monseñor Marcel Lefebvre cayó en la trampa ratzingeriana.
Salió de ella por milagro; sin intervención de mano de hombre; por pura gracia de Dios y por la intervención de la Santísima Virgen María, sin necesidad de falsas cruzadas de Rosarios…
Una vez fuera de peligro, puso las condiciones para no incurrir nuevamente en el mismo error.
En efecto, en la entrevista concedida a Fideliter Nº 66, de noviembre-diciembre de 1988, Monseñor Lefebvre dijo:
No tenemos la misma manera de concebir la reconciliación. El cardenal Ratzinger la ve en el sentido de reducirnos, de traernos al Vaticano II. Nosotros la vemos como un retorno de Roma a la Tradición.
No nos entendemos. Es un diálogo de sordos.
No puedo hablar mucho del futuro, ya que el mío está detrás de mí. Pero si vivo un poco aún y suponiendo que de aquí a un determinado tiempo Roma haga un llamado, que quiera volver a vernos, reanudar el diálogo, en ese momento sería yo quien impondría las condiciones. No aceptaré más estar en la situación en la que nos encontramos durante los coloquios. Esto se terminó.
Plantearía la cuestión a nivel doctrinal: «¿Están de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que los precedieron? ¿Están de acuerdo con Quanta Cura de Pío IX,
Immortale Dei, Libertas de León XIII, Pascendi de Pío X, Quas
Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII? ¿Están en plena comunión con estos papas y con sus afirmaciones? ¿Aceptan aún el juramento antimodernista? ¿Están a favor del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo?
Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar. Mientras no hayan aceptado reformar el Concilio considerando la doctrina de estos Papas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil.
Las posiciones quedarían así más claras.
No es una pequeña cosa la que nos opone.
No basta que se nos diga: pueden rezar la Misa antigua, pero es necesario aceptar esto.
No, no es solamente eso lo que nos opone, es la doctrina.
Queda claro.
Ahora bien, el Padre Célier, en la página 19 de su trabajo, minimiza e incluso resta importancia a este texto capital.
La Revista Fideliter, por su parte, en su número 189, de mayo-junio de 2009, llegará a decir que, bajo un cierto sentido, la Fraternidad se aparta de estas palabras de su Fundador.
Y aclara (u oscurece) diciendo que aquello en lo cual la Fraternidad se aparta es que, allí donde Monseñor Lefebvre preconizaba un cuestionamiento de orden doctrinal, veinte años después la Fraternidad ha optado por tres etapas, de las cuales:
– la primera es a la vez disciplinar y litúrgica (libertad para la misa),
– la segunda disciplinar (decreto del 21 de enero de 2009),
– la tercera a la vez doctrinal y experimental (discusiones doctrinales).
Ver en Radio Cristiandad:
Ya sabemos en qué han terminado sus tres flatulencias…, perdón, etapas… Y todavía no sabemos en qué estado quedará el término de su experimento…
Lo concreto es que Monseñor Bernard Fellay, los otros tres Obispos y todos los Superiores de la FSSPX han entrado nuevamente, de manera suicida, en el camino que lleva a la misma trampa ratzingeriana.
Esto es lo que pretenden justificar, no sólo el Padre Célier, sino también Monseñor Fellay, fundados en la autoridad del mismo Monseñor Lefebvre.
Nosotros les respondemos: ¡no vengan con sermones, conferencias, artículos y entrevistas a justificar, una vez más, lo injustificable!
Y a los sacerdotes y feligreses de la FSSPX les decimos: ¡hechos, no palabras!
Padre Juan Carlos Ceriani

