ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: EL NIÑO QUE ROBA – 2º PARTE

Extractos del Libro Corrija a su hijo

Por Monseñor Álvaro Negromonte

Tomado del excelente blog A Grande Guerra

http://a-grande-guerra.blogspot.com.ar/2010/04/crianca-que-mexe-no-alheio-como-educa_18.html

Traducción de Radio Cristiandad

EL NIÑO QUE ROBA

Continuación

Otras causas

De los conflictos afectivos se siguen los robos por envidia y celos, y principalmente por venganza: niños que desean privar a los padres de los objetos que les son útiles o apreciados, o desean disgustarlos sabiendo el desagrado que sus robos les causan.

Entonces, buscan, a veces, inutilizar los objetos robados, con el deseo evidente de vengarse.

Relacionemos igualmente el robo llamado generoso o altruista, que encontramos también en los adultos, pero que en el niño representa más frecuentemente una compensación por la falta de afecto: con los regalos busca entre los colegas la estima que juzga le niegan sus padres y maestros.

Algunos lo practican por la vanidad, o también compensándose de una situación de la inferioridad.

Por sugestión

Después de los conflictos íntimos, creo que la causa más constante de los robos infantiles es la sugestión.

El ambiente es contagioso. Muy pocos, en toda la humanidad, escapan a su influencia. Más que los adultos, los niños ceden fácilmente a la fuerza del ejemplo, de las palabras, de la vida doméstica.

Desgraciados los que no tienen una atmósfera moral sana en casa.

Si el estándar de honradez de los padres no es muy alto, se instala en los niños una deformación que costará mucho corregir. Hay quienes ordenan expresamente a los niños robar; muchos, sin embargo, son los que los incitan de otras maneras:

– cuando la madre relata que recibió el cambio mayor del cajero o que no incluyó tal mercancía, y ella no se lo advirtió;

– cuando el padre se jacta del «alto negocio» donde obtuvo engañar a la víctima;

– cuando el tío fanfarronea sus transacciones sospechosas…

Se está enseñando a los niños a ser deshonesto.

Cuando delante de los menores de edad se dice que alguien sería un tonto si no se hubiese enriquecido en el cargo público que ejerció;

– cuando se repite una y otra vez que hoy basta robar para enriquecer;

– cuando se alaba al gobernador que entró pobre en el gobierno y salió enriquecido…

Se está dando una lección de falta de honradez.

Ya es excesivo el ambiente triunfante de falta de honradez en la sociedad; y el educador debe esforzarse por deshacerlo y no consolidarlo.

También los niños ceden fácilmente a la sugestión del grupo. Si el grupo al que se afilia el menor de edad se da a estas prácticas, casi seguro que se corromperá.

Como complemento, también son lamentables las consecuencias de las películas e historias en que se alaba el robo debajo de sus diversas modalidades.

Aventuras

Los niños y los adolescentes roban por espíritu de aventura. Se divierten con eso. Cuentan sus peripecias con gusto, viviéndolas, transportados; como los cazadores. Un deporte solamente…

Enfermedad

Los que roban por enfermedad son muy raros. Quizás haya casos de cleptomanía en niños; pero son raros. En adultos, sí; sin embargo son pocos.

La persona se siente impulsada por una fuerza que no puede resistir. El acto se impone, consciente. La pobre criatura lucha, pero ella cede.

Algunos, epilépticos e epileptóides, sienten tendencias agudas al robo.

Las víctimas infecciosas de sífilis o de enfermedades que han alcanzado el sistema nervioso central, o los portadores de perversiones instintivas y retrasos mentales, de inestabilidad, presentan a veces estas tendencias.

Proporcionen inmediatamente sus responsables asistencia médica, porque no son casos para la simple educación doméstica.

Igual consejo cuando se trata del pervertido. Es también un enfermo: contrajo el mal.

El primer cuidado

Atrapado el niño en el robo, debemos guardar la mayor tranquilidad, desaprobar el acto y hacer un examen de la situación.

Pesemos las circunstancias:

¿Que la edad tiene?

¿Sabe que «robaba», o solamente «sacó a ocultas», más por picardía, por desobediencia, que por robo?

¿Qué robó? (Esto es muy importante).

¿Es la primera vez?

¿El robo fue preparado, o de improviso?

¿Robó solo o acompañado?

¿Alguien sabía de este o de otros robos? ¿Quién es?

¿Por qué robó?: ¿para comer, para comprar alimento, para guardar, para utilizar, para dar?

¿Hubo algún malentendido más o menos reciente con el dueño de la cosa robada?

¿Si es reincidente, qué roba?, ¿a quién?, ¿de qué modo?

¿Presenta el niño dificultades en otros terrenos?

¿Qué explicación dio?

¿De qué manera fue interrogado?: ¿con calma?, ¿con cólera?

¿Se muestra apesadumbrado y arrepentido?

No olvidemos una valiosísima pregunta: ¿qué sucedió de importante en casa que pudo haber determinado esa actitud del niño? (Sí: no olvidar que el niño que roba, antes pudo haber sido «robado»). Coloquémonos más en el punto de vista del niño que en el nuestro…

¿Qué castigo dar?

¡No!, no es castigo lo que el niño necesita, sino corrección. Castigo ya recibió, y no pequeño, en la vergüenza de ser atrapado en robo.

Los que piensan en castigarlo, y lo más severamente posible, de manera «ejemplar», olvidan (o ignoran) que esto solamente agravará el problema.

– El niño robó por estar en conflicto interior; el castigo aumentará el conflicto.

– Juzgaba ser infeliz por no ser amado, ¿y nosotros le pegamos para demostrarle que lo amamos?

– Mentimos cuando no cumplimos nuestras promesas, ¿y deseamos que él cumpla las suyas?

– El robo revela insatisfacción del niño, y para contentarlo… ¿aumentamos las privaciones?

– Buscó el niño remedio a sus sufrimientos, ¿y nosotros los aumentamos en el cuerpo y en el alma?

En nada de esto piensan los padres. Preocupados del buen nombre de la familia, caen sobre el niño, para maltratarlo con mil castigos.

Y se admiran de ver que no viene la deseada corrección. Ni podría venir. Por el contrario, tanto más infeliz se siente el niño, más busca compensarse con nuevos robos.

El robo por sí mismo conduce a la recaída: como la cosa robada perece (se come el caramelo; se gasta el dinero) o no representa completamente lo que falta, el niño procura otra compensación.

Y como a veces le viene el remordimiento y la angustia del mal que hizo, la insatisfacción se agrava, y siente la necesidad de robar más.

Si a esto todavía se agregan los castigos, negándole el afecto que busca, afligiéndolo con recriminaciones, es claro que se estimula la recaída, aunque se intente lo contrario.

¿Qué hacer entonces?

Dígasele, con la mayor calma y afecto, que hizo mal, que el objeto debe ser devuelto al dueño (sin otra actitud que pueda humillarlo). Y enseguida, aquellas preguntas descritas como primer cuidado.

Descubierta la causa del conflicto, procúrese satisfacer la tendencia frustrada,
que también tiene que ser hecha con tacto y prudencia, para no abrir la puerta a otros abusos. Y cuando esta satisfacción no fuese posible, hacer que el niño entienda su situación, a fin de prevenirla contra la frustración y sus consecuencias lamentables…

Sentido de la justicia

Los medios para la formación del sentido de la justicia y de la honradez son conocidos. Dar ejemplo del respecto por los bienes ajenos, en las cosas grandes y pequeñas, y tanto con los extraños como con los de la familia. Especialmente con los niños:

– hablar siempre de la honradez como de una virtud excelente, necesaria para la seguridad y tranquilidad de los hombres;

– inculcar el derecho de propiedad
como ventajoso y deseable;

– infundir el aprecio de los sentimientos nobles y el valor moral;

– desaprobar todo lo que hiere la moral en lo que toca a la propiedad en la esfera particular o pública, en grandes o pequeñas proporciones;

– desarrollar en los niños el sentido social, precisando cuánto importa a los hombres los conceptos de la dignidad personal y de la confianza recíproca.

– en las familias cristianas… precisar le mandamiento divino que ordena no robar (Éxodo 20:15);

– mostrar como ordenó el Señor el castigo del robo (Éxodo 21:16) y la restitución de los objetos robados (Éxodo 22:1);

– contar el cuidado de Tobías, cuando oyó en casa el balar de la oveja, temiendo fuese robada (Tob 2:21).

– En los exámenes de conciencia con los niños, hacer al respecto una pregunta, para mantener viva en la criatura el delicado sentimiento de la honradez.

El niño y el dinero

¿Se debe o no dar el dinero a los niños? Soy de los que afirman que sí, desde el momento que estén preparados para ello.

Antes del dinero, presentémosle su justo valor.

Es un medio universal de adquisición.

Nunca será el principal bien de la vida: «Vale el que tiene«; «Vale cuanto tiene«; «Es gente buena porque es rica«. ¡Nunca!

Pero es necesario, útil, agradable, y cuesta ganarlo… No agrego: «honradamente», porque en la hipótesis algunos admitirán lo contrario…

En según lugar, seamos cautelosos y metódicos al darles el dinero. Si los damos ahora mucho, luego poco excesivamente, según nuestros caprichos o los de ellos, los desorientamos, y no acertarán sobre el buen criterio para evaluar el dinero.

Si damos con liviandad, diciendo que tome del cajón o de nuestra cartera, le damos la impresión falsa que el dinero es fácil, y que está al alcance de la mano.

Si solamente le damos para sus cosas superfluas (… un paseo, golosinas, un helado), creerá que cuanto le demos será para esto, y gastará en cosas superfluas todo cuanto reciba.

Soy partidario de las cuotas semanales para los menores, quincenales para los mayores que tengan ya capacidad del control.

Hecha la preparación del niño, désele cierta cantidad, y explíquesele en qué debe gastarla.

Primero, en lo necesario: lápiz, cuaderno, cordón del zapato, donación para el culto, etc.

En el comienzo, contrólese más de cerca el gasto. Si el niño corresponde a la confianza, ensánchese el control. Si desperdició el dinero, y no tiene para lo necesario, hay que dejarlo sufrir la necesidad: ir a pie a la escuela, estar sin el cordón en el zapato hasta la semana siguiente, etc. Y la semana próxima se sacará de lo superfluo para lo necesario que no se compró en la anterior.

Parece riguroso, pero es educativo, y sin esto vendrán las facilidades peligrosas.

En los días festivos, o cuando el padre tenga un lucro fuera del ordinario, puede haber una mayor distribución, pero los niños deben saber que es según las posibilidades recibidas por el padre.

¿Es pecado?

Hay pecado material, eso es: el acto en sí mismo es materia para el pecado. Pero, ¿hay pecado formal?, es decir, ¿hay maldad de pecado, advertencia y deseo de violar la ley de Dios?

Para esto el niño debe tener un sentido de la propiedad, que no siempre lo encontramos, precisamente porque no se lo hemos dado.

Los niños sacan lo que no les pertenece más como desobediencia a los padres que como robo.

Esto se observa en la manera en que se acusan: «sacar las cosas ocultas».

Incluso aunque se trate de cantidades elevadas o de objetos valiosos (que tanto impresiona a los adultos), sólo distinguen el valor en la adolescencia. Sacan tanto el juguete de plástico como el anillo de brillantes, porque generalmente no miden los valores.

Cuando el niño haga su Confesión, es bueno recordarle que confiese su pecado, sin insistir en esto, para no agravar la culpa, que, si existe, Dios sabe que no es tan grave…

En las oraciones, hacer pedir a Dios la gracia de no cometer pecado, pero no acentuar en el robo.

Enseñarle a resistir las tentaciones, sin especificar su especial debilidad.

Evítese todo lo que pueda fijar en la mente infantil la falta que se desea corregir.