INTERPRETANDO LAS PALABRAS DE MONS. LEFEBVRE: EL P. CELIER DA LAS NORMAS PARA RE-INTERPRETAR AL FUNDADOR (ENTIÉNDASE TERGIVERSAR A FAVOR DE MONS. FELLAY Y SU TRAICIÓN)

Interpreting the words of Archbishop Lefebvre

A few sensible rules

Part 1 of 2

EL P. CELIER (MIRÁ QUIÉN!)  DA LAS NORMAS PARA RE-INTERPRETAR AL FUNDADOR (ENTIÉNDASE TERGIVERSAR A FAVOR DE MONS. FELLAY Y SU TRAICIÓN)

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Primera Versión en español de Radio Cristiandad

Original de sspx.org Distrito USA de la FSSPX (es decir documentación oficial)

(re) Interpretando las palabras de Mons. Lefebvre

Unas pocas normas sensatas

Parte 1 de 2

22/05/2012

Introducción

En los últimos tiempos, no ha sido extraño que las personas proclamen saber a ciencia cierta lo que Monseñor Lefebvre habría hecho en las circunstancias actuales. De hecho, la «guerra de citas», donde uno toma las declaraciones hechas en situaciones concretas y en respuesta a las realidades del momento, e intenta aplicarlas universalmente, es un juego peligroso.

El Padre Celier, en este documento bastante largo, establece los principios y reglas por las que Monseñor había tomados sus decisiones. No se trata de un intento de jugar como profeta, sino que, si entendemos más profundamente esta metodología objetiva, podemos comprender mejor por qué Monseñor Lefebvre dijo cosas específicas en determinadas situaciones y por qué la misma metodología cautelar es seguida aún hoy en día por Monseñor Fellay y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

El autor, Padre Gregoire Celier, es un sacerdote de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, ordenado en 1986; es autor de numerosos libros y más de 500 artículos. Esta selección es una adaptación de un libro escrito en el año 2007

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1) Monseñor Lefebvre, que nos había guiado tan sabiamente durante esta terrible crisis en la Iglesia, se apartó de nosotros el 25 de marzo de 1991. Desde entonces, muchos acontecimientos se han producido, como por ejemplo la muerte de Juan Pablo II o la elección de Benedicto XVI, la fundación del Instituto del Buen Pastor [Good Shepherd Institute], o el dictado del motu proprio Summorum Pontificum, o como la Dirección [de la Curia Romana] el 22 de diciembre de 2005, o la visita a la Mezquita Azul. El fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, obviamente, no tuvo oportunidad de reaccionar a estos eventos, y mucho menos para darnos un curso de acción para hacer frente a estos asuntos.

Sin embargo, desde que Monseñor Lefebvre realizó muchas declaraciones, entre 1961 y 1991, sobre la situación actual de la Iglesia, el movimiento sedevacantista, [1] en particular, ha intentado, en base a la cantidad considerable de textos que se conservan, » hacer que el Arzobispo de Econe hable» como si se hubiera opuesto a cualquier contacto con la Roma actual. Los seguidores de ese movimiento no dudan, más de quince años después de la muerte de Monseñor Lefebvre, en describir en detalle cómo hubiera reaccionado hoy a este o aquel acontecimiento, utilizando para ello algunos fragmentos de oraciones aisladas, o una serie de pasajes seleccionados de tal forma que se evitan otros textos que podrían añadir matices o incluso replantear la cuestión.

De este modo tratan de evitar que Monseñor Fellay, el actual Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, emplee su legítima libertad de evaluación y de acción, mediante la creación de una oposición artificial y engañosa entre las directivas y las decisiones de hoy de Monseñor Fellay hoy y las que, de acuerdo a su reconstrucción hipotética, Monseñor Lefebvre habría tomado si hubiese estado vivo.

En respuesta, digamos en primer lugar que, a priori, el auténtico intérprete, por supuesto, del curso de acción de Monseñor Lefebvre es, obviamente, la obra que él mismo fundó y dirigió: está situada en la línea correcta de su pensamiento, vive en las Constituciones que Monseñor Lefebvre compuso y a menudo comentó, y reúne a cientos de sacerdotes a quien él mismo ordenó, en forma directa o a través de los obispos auxiliares que había elegido. Las posiciones actuales de este único heredero legítimo, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ―las posiciones expresadas por su Superior General― manifiestan no lo que Monseñor sin duda habría hecho (es imposible saber eso, y absurdo pretender hacerlo), sino más bien la línea de acción que, muy probablemente, él mismo habría adoptado en las actuales circunstancias.

Los intérpretes auténticos del pensamiento de Monseñor Lefebvre no son ciertamente los sedevacantistas, ya que el fundador de Econe constantemente condenó sus posiciones falsas como ruinosas para la Iglesia, y sistemáticamente eliminó y excluyó, de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, a los defensores de esas posiciones.

A pesar de la pretensión absurda de estos sedevacantistas de ser los intérpretes auténticos de Monseñor Lefebvre, no quiere decir que no sea legítimo, o esté prohibido, o sea inútil, tratar de entender el movimiento subyacente en el pensamiento y la acción de Monseñor Lefebvre, para tratar de expresar los principios que lo inspiraron, y extraer de ellos unas cuantas conclusiones especulativas en cuanto a la forma en que podría haber reaccionado hoy.

Pero tan «académica» investigación, si bien es interesante en sí mismo, debe cumplir dos condiciones esenciales. En primer lugar, debería conservarse la modestia en las consecuencias prácticas que se alegan deducir, porque la libertad de un hombre no se puede encerrar, incluso dentro de la totalidad de sus palabras y actos anteriores. Es totalmente inadecuado presentarse a reclamar la certeza, en base a su antiguo curso de acción, sobre cómo Monseñor Lefebvre habría reaccionado frente a los acontecimientos actuales: en esta materia sólo son aceptables conjeturas, probabilidades o simples suposiciones.

Así, y por encima de todo, esta investigación debe seguir las reglas básicas de la exégesis, de la interpretación, de la hermenéutica. Los comentarios sobre el pensamiento de una persona no pueden depender de la mera adivinación, la mala poesía, o ser el producto de una imaginación mechada con prejuicios. El pensamiento humano, a lo largo de su historia, ha desarrollado algunas herramientas intelectuales necesarias, de las que una seria reflexión no puede prescindir arbitrariamente.

2) Comencemos, por tanto, por recordar algunos de los primeros principios de la comprensión e interpretación de un cuerpo de pensamiento, cualquiera sea. No respetar estas reglas básicas conlleva el riesgo de crear un mito intelectual de la nada.

Monseñor Lefebvre presentó su pensamiento sobre la situación actual de la Iglesia de muchas maneras; a través de escritos publicados, a través de discursos de diversa índole, mediante cartas oficiales, correspondencia personal, en conversaciones públicas o privadas. También emprendió diversos cursos de acción, ya sea como persona singular, como obispo, o como el fundador y Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

Es metodológicamente sólido empezar por situar cada texto en su contexto. Una carta privada en la que la falta de moderación y la libertad de expresión prevalecen, no debe ser juzgada con los mismos criterios que una comunicación oficial expresada como autoridad. Un sermón pronunciado justo después de un acontecimiento dramático no puede tener el mismo tono que un discurso pronunciado varios años después del evento. Un texto que ha sido revisado para su publicación es diferente de un bosquejo en el que las ideas se lanzan a toda prisa, etc.

También está claro que con el tiempo el pensamiento de un autor puede evolucionar, en su expresión o en su objeto de estudio. Es legítimo tratar de mostrar esa evolución, si es que existe. Sin embargo, esta investigación no justifica cualquiera ni todos los procedimientos intelectuales.

En particular, a priori se le debe dar crédito al autor, de tener la intención personal de ser intelectualmente coherente. Por supuesto, pertenece a la naturaleza de la controversia doctrinal tratar de demostrar que un autor, de hecho y a pesar de sus intenciones, ha caído en incoherencia o en contradicción. Pero, a menos que exista prueba en contrario, hay que partir del principio de que en el curso de su pensamiento, él personalmente se mantuvo fiel a la misma orientación fundamental. Prueba en contrario puede ser, por ejemplo, una declaración (explícita o implícita) del autor de que estaba equivocado, o el volver a discurrir sobre una misma materia, mucho tiempo después, a lo largo de líneas radicalmente diferentes, etc.; pero uno no puede, sin razones de peso, considerar a un autor respetable como un simple demagogo que, a sabiendas, le dice a una persona lo que quiere oír, aunque sea exactamente lo contrario de lo que el autor acaba de decirle previamente a otra persona.

Por lo tanto, si algunas expresiones, algunas de las declaraciones escritas por un autor, parecen fuera de tono, entonces uno debería, a priori a menos que exista una razón bien fundada― conciliarlas con las expresiones recurrentes y las declaraciones constantes de ese autor. Por lo general, de hecho, es metodológicamente adecuado interpretar lo que es variable en función de lo que es constante, lo oscuro por lo que es claro, el lenguaje novedoso en términos de la tantas veces repetida expresión del pensar, y no al revés. Obviamente, esto no es una cuestión de rechazar por completo cualquier desarrollo del pensamiento de una persona: es, en cambio, una cuestión de no interpretar una simple variación en el vocabulario como una ruptura con todo un cuerpo de pensamiento que ha sido clara y constantemente afirmado.

Por otra parte, cuando el autor se comporta responsablemente, sobre todo cuando ocupa una posición de autoridad, es legítimo y necesario entender sus palabras a la luz de sus acciones, y sus acciones a la luz de sus palabras. Si un autor de vez en cuando ha pronunciado algunas palabras más o menos ambiguas que pueden ser interpretadas a favor de una tesis, pero en el curso de su comportamiento responsable se ha opuesto sistemáticamente a los defensores de esa tesis, entonces es metodológicamente erróneo entender esas palabras ambiguas, como si de hecho aprobase la tesis mencionada.

3) Sobre estas observaciones generales que se aplican a cualquier autor que sea, vamos a añadir algunas reflexiones sobre la personalidad de Monseñor Lefebvre, que nos permitirán comprender e interpretar mejor su pensamiento y sus acciones.

En el orden intelectual, se puede clasificar convenientemente a las mentes como «sistemáticas» o «pragmáticas» (sin ningún sentido peyorativo, en ambos casos).

Las mentes «sistemáticas» son más frecuentes entre los intelectuales, en los que el pensamiento predomina. Enfocan cualquier situación en términos de los principios, el «sistema» del que están imbuidos, y procuran ajustar las circunstancias de la situación dentro de la unidad de ese sistema. Por lo tanto sus pensamientos, sus expresiones y sus acciones son muy consistentes (o tratan de serlo), pero a veces carecen de flexibilidad al encarar la realidad. Los filósofos son, obviamente, mentes «sistemáticas» de primera línea. Vemos en Platón, Santo Tomás de Aquino, así como en Kant o Blondel, una arquitectura muy coherente en sus acciones y su pensamiento (sea cual sea el valor objetivo que allí pueda haber), lo que explica todos los pasos que toman.

A pesar de que las mentes «pragmáticas» también viven de acuerdo a sus principios, inicialmente se acercan a una situación mediante el análisis de esa situación, sus circunstancias concretas y sus implicaciones. Luego de ese análisis inicial, proyectan la luz de sus principios a fin de determinar el curso de acción a seguir. A diferencia de las «mentes sistemáticas», sin embargo, no se preocupan especialmente por comprobar si lo que van a decir o hacer en ese momento está, formal y sustancialmente, en perfecta armonía con lo que han dicho o hecho anteriormente, o con lo que van a decir o hacer después. Estas «mentes pragmáticas», por lo tanto, son extremadamente flexibles para adaptarse a la realidad, pero corren el riesgo de parecer incoherentes (al menos) en el largo plazo. Los hombres de acción, tales como políticos, militares e industriales, son, evidentemente, «pragmáticos» de primera línea.

Monseñor Lefebvre fue un hombre muy culto (habiendo obtenido un doctorado en filosofía y otro en teología), y profundamente inteligente (como lo demuestran sus logros a lo largo de su vida, sobre todo el impresionante desarrollo de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X). Pero era, en primer lugar, un hombre de acción, en lugar de un «intelectual» de sillón. Pertenece, sin duda, a la categoría de «mentes pragmáticas» que acabamos de describir brevemente.

Por lo tanto, nos parece un error buscar un «sistema» en sus palabras o en sus acciones que serían la clave para todos y cada uno de ellos: esto no se corresponde con la realidad. Lo único razonable, el enfoque bien fundamentado, es tratar de entender, a través de los textos muy variados que publicó y las acciones múltiples que llevó a cabo ―textos y acciones que se extienden en el tiempo y en el espacio, influenciados por la compleja realidad de la crisis de la Iglesia― cómo Monseñor Lefebvre trató de responder a los eventos que la Providencia puso en su camino, respetando los principios intangibles de la fe.

4) Por otra parte, como cualquier ser humano, Monseñor Lefebvre reaccionó a los acontecimientos en distintos planos. Al igual que cualquiera de nosotros, cuando estaba afligido reaccionaba como un hombre con disgusto, y como cristiano confiado en la misericordia divina.

Mediante un cuidadoso análisis de las intervenciones de Monseñor Lefebvre durante el período 1961-1991, se puede muy fácilmente distinguir tres planos principales en sus reacciones. De hecho, nos encontramos con respuestas que se pueden clasificar como de esperanza sobrenatural (o de visión eclesial); las reflexiones a mediano plazo, y los resultados de las reacciones puramente inmediatas y circunstanciales. Sus palabras y sus decisiones siempre combinan estos tres elementos en proporciones variables. Pero el tono de sus respuestas obviamente depende de la prevalencia momentánea de uno de estos tres elementos. Se aconseja por lo tanto, cuando se procede a presentar el pensamiento de Monseñor Lefebvre, tratar de determinar cuál es el elemento dominante, que explica el tono y la orientación de esa intervención específica. Para entender esto mejor, vamos a tratar de describir brevemente estos tres planos de reacción.

En cuanto a la esperanza sobrenatural o a la visión eclesial se refiere, era absoluta. Para Monseñor Lefebvre, la Iglesia, dirigida por Nuestro Señor Jesucristo, atravesaría y superaría esta crisis a fin de redescubrir un día su esplendor sobrenatural, aunque sólo fuese a través de la vuelta gloriosa del Redentor en la Parusía. En ningún momento esta crisis en la Iglesia cambió la profunda paz de Monseñor Lefebvre, en ningún momento le provocó el menor desaliento o la tentación de abandonar la fe.

Por otro lado, si analizamos de cerca los textos que aún tenemos, es evidente que, en el mediano plazo, Monseñor Lefebvre estaba profundamente inquieto por la situación de la Iglesia. Llegó a la conclusión muy pronto (en 1960, o incluso al final del pontificado de Pío XII: véase lo que escribió sobre el «sueño de Dakar», en el prefacio de su Itinerario Espiritual) de que la crisis era extremadamente grave, que lanzaría a la Iglesia en un caos aparentemente irremediable, que sería (y este es el tipo de expresión que a veces utilizó) «humanamente hablando fatal» para la Iglesia.[2]   Monseñor Lefebvre, en el fondo de su corazón (hay un montón de textos que lo demuestran) no se hacía ilusiones a partir de 1970, sobre el hecho de que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se vería gravemente censurada;[3]  que la crisis tal vez iba a durar un siglo o más, etc.

Muchas personas que no hacen el esfuerzo de analizar los textos en profundidad o para compararlos, no aprecian esa dimensión de profunda inquietud, que sin embargo es una clave fundamental para explicar su conducta. Sólo leer el texto, «Para seguir siendo católico, ¿será necesario convertirse en protestante?» (Un obispo habla, p 110 [por la versión francesa – Ed.] del 11 de octubre de 1964; la conclusión de su intervención en el Concilio del 9 de septiembre de 1965 (Yo acuso al Concilio, p 93 [idem].); o la respuesta al cardenal Ottaviani del 20 de diciembre de 1966 (ibid., p 107 [idem]: la suma y la sustancia de sus críticas más contundentes al Concilio Vaticano II ya están ahí, como él mismo declaró veinte años más tarde:

«Algunos dicen, «Monseñor ha cambiado. Ha cambiado de opinión. Ya no sigue la línea que tenia antes». En realidad, no creo que he cambiado nada de mi actitud hacia lo que ha sucedido en la Iglesia desde 1960 («Mes trois guerres«, conferencia en Econe el 27 de octubre de 1985, Fideliter 49 [enero 1986]: pág. 9 y ss.).

Si nos fijamos ahora en el corto plazo, Monseñor Lefebvre, como cualquier ser humano, se vio obviamente afectado e impresionado por los acontecimientos inmediatos y, naturalmente, eso tiñó sus juicios momentáneos. Un análisis minucioso de los textos muestra claramente, por ejemplo, que esperaba a principios de 1970 obtener la aprobación pontificia [para la Fraternidad Sacerdotal San Pío X]; [4] igualmente  pensaba en algunos momentos, en el año 1987-1988, que un acuerdo aceptable era posible;[5]  del mismo modo, se percibe un cierto optimismo al inicio del pontificado de Juan Pablo II, etc.

Por el contrario, algunos eventos que le movieron, como el encuentro de Asís en 1986, pudieron momentáneamente hacer que las palabras empeladas fuesen más duras de lo habitual.

«Si en mis discursos puedo haber pronunciado algunas expresiones extremas, hay que tener en cuenta el estilo literario («Interrogatoire des 11 et 12 janvier 1979» en Itineraires 223 [Mayo 1979]: 157).

Se aconseja por lo tanto, en el análisis de los textos de Monseñor Lefebvre, especificar en primer lugar la naturaleza del texto específico y su significado exacto, para ponerlo de nuevo en su contexto, para compararlo con otros textos, a fin de evitar cargos fáciles de inconsistencia; no para ver en Monseñor Lefebvre cursos de acción un tanto excesivamente sistemáticos y que, a priori, no corresponden a su temperamento, sino para distinguir dentro de un texto lo que pertenece a su esperanza de lo sobrenatural, lo que pertenece a sus reflexiones de mediano plazo y lo que pertenece a su reacción inmediata ante un evento. Sólo sobre la base de estos principios, que se derivan de las normas generales del pensamiento humano, será uno capaz de tratar, con cautela y modestia, de describir lo que podría haber sido la reacción de Monseñor Lefebvre en tal o cual circunstancia.

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Notas al pie

1) Un movimiento muy heterogéneo que no obstante está de acuerdo en decir que, por una razón u otra, el Papa actual no es realmente el Papa, que es un impostor, un intruso, un simple Papa “material”, etc. Los defensores de este movimiento, concluyen de esto que los católicos deben actuar como en el caso de una vacante dela Sede Apostólica(lo que ocurre, por ejemplo, entre la muerte de un Papa y la elección de su sucesor), una situación que se describe canónicamente como «sede vacante» (en latín significa «la sede está vacante «). De ahí el nombre con el que popularmente se conoce este movimiento, «sedevacantismo».

 2) Por ejemplo:

Humanamente hablando, no hay perspectiva de que vayamos a ver a las más altas autoridades de la Iglesia reconocer su error y con ello salvar la fe católica. («Le temps des ténèbres et de la Fermet ee dans la foi«, en Fideliter 59 [Septiembre 1987]: 80).

Una vez más:

Por mi parte, creo que el buen Dios es el único que puede intervenir, pues humanamente hablando no vemos ninguna posibilidad de que Roma revierta esta tendencia. («Entretien avec Mons. Lefebvre» en Fideliter 79 [enero 1991]. 4).

3) Por ejemplo:

Yo sabía muy bien, desde el día en que se negó la misa nueva, que eso daría lugar a una confrontación. Sin embargo, cabía la esperanza de la tolerancia. («MALGRÉ persecuciones les, l’epopeya de la Fraternité«, en Fideliter 59 [septiembre 1987]: 71).

4) Querido Padre, tenga la seguridad de que su invitación me conmueve profundamente y que estoy dispuesto a viajar a Flavigny para darle todo el ánimo que usted desea. Pero por favor entienda que para sostener la obra que estoy llevando adelante —en medio de, Dios sabe, ¡que laberinto de dificultades!— no puedo hacer nada público de carácter solemne en una diócesis sin que el obispo dé su placet [su permiso]… Ya tengo quejas sobre el seminario. Me las arreglo para demostrar que son falsas, y poco a poco estoy echando raíces y haciendo progresos. Pero todas las puertas estarán cerradas para mí en cuanto a nuevas fundaciones, o incardinaciones, si públicamente hiciera algo indebido, canónicamente hablando. Eso se aplica a mí, en orden a la supervivencia y el progreso de mi obra; no se aplica necesariamente a usted, y le felicito por su fundación en Flavigny. Incluso espero que podamos colaborar, si está de acuerdo en ello… Usted encontrará que soy demasiado prudente. Pero el cariño que siento por estos jóvenes clérigos es lo que me obliga a ser así. Debo ampliar [mi obra] y tratar de obtener el permiso pontificio… «(«Lettre de Mons. Lefebvre a l’abbé Coache du 25 fevrier 1972«, en Fideliter 102 [noviembre 1994]. 69-70).

5) Durante mucho tiempo he esperado alcanzar un acuerdo con Roma, que manifestaría una cierta tolerancia que se concretaría en «vamos a realizar el experimento de la Tradición». Es por eso que fui tantas veces a Roma para hablar con los cardenales, y el por qué haber mantenido correspondencia con el cardenal Seper y después con el Cardenal Ratzinger, y por qué eventualmente me volví al Papa, que nunca dio respuesta a mis peticiones para encontrarme con él… yo había colocado también cierta esperanza en el cardenal Ratzinger, que también parecía bien dispuesto y se mostraba alarmado por la degradación de la Iglesia, aunque no quiere reconocer las causas y acabar con ellas. Pero, como los años han pasado, de hecho ha sido necesario hacer frente a la evidencia: las perspectivas de un acuerdo son cada vez más distantes. («MALGRÉ les persecutions, l’epopee de la Fraternite«, en Fideliter 59 [Septiembre 1987]: 70).