DOM COLUMBA MARMION: LA TRINIDAD EN NUESTRA VIDA ESPIRITUAL – 6º PARTE

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

VI. LE HABÉIS CONSTITUIDO

REY DE NUESTRAS ALMAS

El porqué de nuestra consagración: La realeza de Jesucristo, que el Padre quiere que reconozcamos. Esta frase no es sino la del Padrenuestro: venga a nos el tu reino.

1. Fuente y grandeza de la Realeza de Jesucristo

Jesucristo es Rey.

Lo es en virtud de su divinidad: Rex Regum et Dominus dominantium, es Rey de reyes y Señor de los que dominan, domina todas las criaturas, que con su omnipotencia ha creado de la nada: Venid, adorémosle y postrémonos delante de Dios; porque es quien nos ha creado y somos pertenencia suya.

También es Rey por ser el Verbo Encarnado. Su Padre le había predicho el cetro del mundo. Yo soy quien le ha constituido rey de Sión, su santo monte. Por lo cual haré que se publique este decreto. Me ha dicho el Señor: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré los pueblos todos, como herencia y como dominio tuyo los confines del orbe.

El Verbo toma carne humana para establecer el «Reino de Dios». Esta expresión se encuentra con frecuencia en los sermones de Jesús.

Al leer el Evangelio habréis echado de ver que un grupo de parábolas: las de la perla preciosa, el tesoro escondido, el sembrador, el grano de mostaza, los viñadores asesinos, los invitados a las bodas, la cizaña, los siervos en espera de la llegada de su señor, los talentos, etc…. todas estas parábolas las pronunció Nuestro Señor para decirnos la grandeza de este reino, cuál su origen, cuál su desarrollo y su extensión hasta los pueblos paganos, después que reprobase a los judíos, sus leyes, sus guerras y sus triunfos.

Con la elección de los apóstoles y la fundación de la Iglesia organiza Jesús ese reino, y a la Iglesia confía su doctrina, su autoridad, sus sacramentos.

Reino enteramente espiritual, sin nada temporal, apolítico como no lo imaginaba el pueblo carnal de los judíos, reino en el que tienen cabida todas las almas de buena voluntad, reino maravilloso, cuyo esplendor final será, enteramente celestial, la eterna bienaventuranza.

Jesucristo, en fin, es Rey por derecho de conquista. Cuando han cesado los combates, los príncipes de la tierra recompensan entre los júbilos del triunfo a los esforzados capitanes que defendieron sus derechos y prerrogativas, que salieron victoriosos del enemigo y, con sus conquistas, extendieron las fronteras del reino.

¿No se realizó esto en los cielos, el día de la Ascensión, pero con una resonancia mucho mayor? Fidelísimamente había llevado a cabo Jesucristo la empresa que su Padre le encomendó: Quæ placita sunt ei facio semperOpus consumavi.

Entregándose a la justicia vengadora como una víctima santa, bajó hasta las profundidades invisibles de los dolores y los oprobios. Cuando todo quedaba expiado, todo saldado y todos rescatados; cuando los poderes de las tinieblas yacían deshechos; cuando las perfecciones del Padre estaban reconocidas y vengados sus derechos; cuando las puertas del Cielo se volvían a abrir a todos los hombres, ¡qué gozo no experimentó el Padre celestial —permítasenos balbucir así misterios tan sublimes— al coronar a su Hijo después de la victoria ganada al príncipe de este mundo! ¡Cuál su alegría divina al llamar a la humanidad santísima de Jesús a gozar los esplendores, la bienaventuranza y el poderío de una exaltación y gloria perdurables!

Dábase la circunstancia de que en el momento de acabar el sacrificio, Jesús personalmente había pedido a su Padre esta gloria, gloria también del Padre celestial: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique».

Sí, Pudre, ha llegado la hora. Tu justicia ha querido satisfacer con la expiación; que lo sea asimismo con los honores que corresponden a tu Hijo Jesucristo por causa del amor que te ha mostrado sufriendo. Padre, glorifica a tu Hijo. Asienta tu reino en los corazones de los que le aman; cobija bajo su cetro las almas que se han apartado de Él; tráele las que sentadas en las tinieblas, todavía no Le conocen. Padre, glorifica a tu Hijo para que a su vez tu Hijo te glorifique en nosotros dando a conocer tu Ser divino, tus perfecciones, tus deseos.

Pero el Padre nos ha dado ya la respuesta: «Le he glorificado y le volveré a glorificar». Y oiremos decirle a Jesús esas solemnes palabras por boca del Salmista: «Tú eres mi Hijo, pídeme y te daré como herencia los pueblos… Siéntate a mi diestra, de suerte que tus enemigos sirvan de escabel a tus pies».

Tales son el orden y el plan establecidos por Dios desde toda la eternidad. Jesucristo ha sido constituido Cabeza y Rey de todo el poderío del Señor, porque Él, con su Sangre, nos ha devuelto los derechos a ese dominio de Dios sobre nosotros: «El Padre lo ha puesto todo en su mano: Omnia dedit Pater in manu ejus. Por la fe y el amor permanecemos en Él, y Él en nosotros por la gracia y sus méritos; Él nos ofrece al Padre y su Padre nos habla en Él.

San Juan canta la magnificencia de este reino; nos pinta con vivos colores en el Cielo a los elegidos postrados ante el Rey divino, su jefe Jesucristo y le aclaman diciendo ‘que Él les ha rescatado con su Sangre, de toda tribu, toda lengua, todo pueblo y toda nación para formar de su unión el reino en el que brillará en todo su esplendor la gloria de su Padre: El fecisti nos Deo nostro regnum (Jesucristo en sus misterios, cap. V, 4 y capítulo XVIII, 2).

Nosotros somos los llamados a entrar en ese Reino. No ha excluido a nadie Jesucristo de esa vida que ha venido a implantar en el mundo y nos hace hijos de Dios: Pro omnibus mortuus est Christus: Jesucristo ha muerto por todos, dice San Pablo.

A toda la humanidad ha abierto las puertas de la vida eterna. Según se expresa también el Apóstol, Jesucristo es el primogénito, pero de una multitud de hermanos: In multis fratibus.

El eterno Padre quiere que Jesucristo, su Hijo, sea constituido el caudillo de un reino, del reino de sus hijos; el plan divino sería incompleto si Jesucristo quedase aislado; esa es su gloria como lo es también la del Padre. In laudem gloriæ gratiæ suæ, que sea la cabeza de una incontable muchedumbre, el que es como «su complemento» y sin el cual, por decirlo así, no sería perfecto.

San Pablo lo expone clarísimamente escribiendo a los de Éfeso y trazándoles el plan divino: «A Jesucristo le hizo sentarse a su diestra en los cielos sobre todo principado y potestad y virtud y dominación y sobre todo nombre, por celebrado que sea, no sólo en este siglo, sino también en el futuro. Ha puesto todas las cosas bajo sus pies y le ha constituido cabeza de toda la Iglesia, que es su cuerpo».

Esta asamblea, esta Iglesia, que Jesucristo ha adquirido, según el mismo Apóstol, con el fin de que en el día postrero esté sin arruga, sin mancha, toda santa e Inmaculada; esta Iglesia, este reino se empieza a constituir desde ahora aquí en la tierra. En Ella se entra por el Bautismo; se vive en ella por la gracia, la fe, la esperanza y la caridad. Pero vendrá un día en que veremos su término y perfección en el Cielo. Será el reinado de la gloria, con la claridad de la visión, el gozo de la posesión y la unión sin fin. Por esto San Pablo dice que la «gracia de Dios es la vida eterna traída al mundo por Jesucristo».

He aquí el gran misterio de los pensamientos divinos. Si scires donum Dei. ¡Si conocierais el don de Dios!

2. Sentimientos que deben embargar al alma admitida por el Bautismo en el Reino de Cristo

Hay un sentimiento que debe sobre todo embargar nuestra alma al sentirnos en la presencia de la Persona de Jesús, Hijo de Dios y Rey de nuestros corazones: el sentimiento de la admiración.

Le es muy grato a Nuestro Señor. Nos ha dado Él mismo el ejemplo cuando «se regocijó con santo entusiasmo» al contemplar las perfecciones adorables de su Padre y su proceder y comportamiento con nuestras almas. Exultavit Spiritu Santo.

La Santa Iglesia nos ha dado fórmulas excelentes para que abundemos en estos sentimientos.

Hay una que podemos usar todos los días y frecuentemente durante el día para dirigirnos al Salvador, con un fervor siempre nuevo, pues a Él le es sumamente grata: «Creo en Ti, Jesucristo, y nacido del Padre, Dios salido de Dios, luz que brota de la luz, Tú que eres consustancial al Padre y por Quien todo ha sido hecho; Tú que has bajado del Cielo y Te has encarnado… que has subido al Cielo para sentarte a la diestra de tu Padre… Tú que reinarás por los siglos sin fin». Cujus regni non erit finis.

Escribe Santa Teresa que cuando se cantaban estas palabras en el Credo, «rara era la vez que su corazón no experimentase un gozo particularísimo».

También podemos usar las aclamaciones que cantamos en el Gloria: «Gloria a Ti, Hijo unigénito del Padre; Te alabamos, Te bendecimos, Te adoramos, Te glorificamos; Tú que borras los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros, oye nuestros ruegos.; Tú que estás sentado a la diestra del Padre, apiádate de nosotros, pues Tú solo eres Santo, Tú solo Señor, Tú solo Altísimo, Jesucristo, junto con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre,»

También las alabanzas que le dirigimos en el Te Deum: «Tú eres el Rey de la gloria, oh Jesucristo, eterno Hijo del Padre, para librar al hombre no Te has avergonzado del seno de una virgen; después de vencer a la muerte has abierto el reino de los cielos a los que en Ti creen, estás sentado a la diestra del Padre, en la gloria del Padre, in gloria Patris; Tú, lo creemos, Tú vendrás a juzgar a la humanidad; danos a nosotros, que hemos sido rescatados con tu Sangre preciosa, la gracia de participar con tus santos tu gloria: Tuis famulis subveni, quos pretioso sanguine redemisti«.

Otras veces podremos dirigirnos al Padre: Padre santo, Padre justo, que has dicho He glorificado a mi Hijo y le volveré a glorificar, manifiesta más y más claro esa gloria que disfruta Jesús a tu lado desde antes de la creación del mundo; porque tu Hijo se ha anonadado y humillado hasta la muerte de cruz, ensálzalo, glorifica cada vez más el Nombre que le has dado, ese Nombre que está sobre todo nombre; haz que a ese Nombre se postre toda rodilla en el Cielo y en la tierra y en los infiernos; que toda lengua confiese que tu Hijo Jesús, Señor nuestro y Dios nuestro, vive y reina contigo en tu gloria eterna en unión con el Espíritu Santo (Jesucristo ideal del monje, capítulo XVIII, 1.)

Ofrezcámosle asimismo incesantes acciones de gracias por «habernos hecho capaces de tener parte en la herencia de los santos, en la mansión de la luz, librándonos de las tinieblas para trasladarnos al reino de su Hijo» es decir a la Iglesia santa, católica y apostólica.

La vocación a la fe es un beneficio insigne, grande porque contiene en germen la vocación al disfrute de la bienaventuranza eterna de la visión de Dios. No olvidemos nunca que este llamamiento ha sido la aurora de todas las misericordias de Dios para con nosotros, y que todo para el hombre se resume en ser fiel a esta vocación; la fe tiene que llevarnos a la visión beatífica.

No sólo hemos de agradecer a Dios esta gracia de la fe, sino también hacernos cada día más dignos de ella, conservándola contra todos los peligros a que la expone nuestro siglo de naturalismo, de escepticismo, de indiferentismo, de respeto humano, siendo fidelísimos para obrar en todos nuestros actos según la fe.

Además hemos de pedir constantemente a Dios que se digne otorgar este don preciosísimo de la fe a todas las almas que aun yacen en las tinieblas y sombra de la muerte; pidamos al Señor que sea Él mismo «el Sol que las visite de lo alto con su tierna compasión», Per viscera misericordiæ Dei nostri in quibus visitavit nos Oriens ex alto.

Esta súplica es gratísima a Nuestro Señor; es pedirle, en efecto, que sea conocido y sea exaltado como Señor de todos los hombres, como Rey de reyes.

Es grata al Padre, pues no desea otra cosa tanto como la glorificación de su Hijo. Repitamos, frecuentemente, todos los días, la oración que el Verbo Encarnado ha puesto en nuestros labios: «Padre celestial, Padre de las luces», vénganos el tu reino, ese reino cuyo caudillo es tu Hijo Jesús. Adveniat regnum tuum. Que cada día sea tu Hijo más conocido, más amado, más servido y glorificado, para que Él a su vez, manifestándote más a los hombres, te glorifique en unión de tu Espíritu (Jesucristo en sus misterios, cap. VIII.)

A la oración hay que añadir las obras de celo compatibles con el estado en que nos ha colocado la Providencia.

La llama que abrase nuestra alma ha de ser para los intereses de Dios y la extensión del reino de Jesucristo en los corazones.

La verdadera vida interior, las almas espirituales, se dan por entero a los prójimos, como se dan también a Dios: la vida interior intensa es fuente del verdadero celo. Si amamos sinceramente a Dios, no podemos menos de desear que Él sea amado, que su nombre sea glorificado, que se cumpla su voluntad, que llegue su reino a las almas, que todos guarden sus mandamientos.

El alma enamorada de Dios se duele profundamente de las injurias que se hacen al objeto de sus amores; desfallece al ver las iniquidades de los pecadores que traspasan la ley de Dios: Defectio tenuit me pro peccatoribus derelinquentibus legem tuam. Sufre de ver que el pecado extienda el poder del príncipe de las tinieblas; porque Satanás «anda girando, como león rugiente, alrededor de vosotros, en busca de presa que devorar»; tiene cómplices a los cuales inspira un ardor siempre creciente, un celo de odio contra los miembros de Jesucristo.

El alma que de veras tiene amor a Dios, también está devorada a su vez por el celo, pero «por el celo de la casa del Señor»

Y ¿qué es ese celo? Un ardor, un fuego que abrasa y no consume, que consume y se difunde; una llama de amor, o de odio, que se manifiesta al exterior por la acción.

El alma abrasada de un celo santo se gasta sin perdonarse por los intereses de Dios, les busca y procura por todos los medios, con todas sus potencias. Y cuanto más fuerte es la llama que crepita en ese hogar, más se difunde su luz a lo lejos. Esa alma está abrasada por el fuego que Jesús trajo a la tierra y que Él tanto desea que prenda en todos nosotros. (Jesucristo ideal del monje, cap, XVII, 2).