LA CRITICA SITUACIÓN ACTUAL DE LA FRATERNIDAD SAN PIO X, DESDE EL PUNTO DE VISTA DE UN SEGLAR INQUIETO
Temiendo la sentencia del tremendo y Divino Juez, no siendo más y en verdad que un sucio pecador y un laico más del montón en medio de esta partida intrincada de ajedrez, «políticamente incorrecta», y sin gala alguna de poseer algún pequeño Kimberly que me haga, a lo menos, tener autoridad para hablar de las verdades eternas e inmutables que ya hoy en día, los que se llaman doctores parecen haber cambiado por el plato de lentejas de Esaú, sólo me limitaré a lo aprendido en la catequesis, que ya después de convertido y luego de haber tragado polvo por el pecado, vine a aprender hace tres años.
Mi condición de católico militante me impide quedarme con los brazos cruzados al ver muchas sotanas mal puestas; es decir, en lo poco que llevo de conocer la tradición, he visto que algunos curas les están picando el bicho de andar a la corriente de estos aires modernos. Eso a la final podría pasar por alto; pero lo que es indignante es que jueguen con la Fe de las personas, aún éstas siendo ciegas; porque una cosa es que sean así ya que no pueden ver o no quieran ver, y otra muy distinta, y que va contra la caridad, es que no les enseñen lo que tienen que enseñar los que saben.
Es indignante también cómo la jerarquía de la Fraternidad de ahora –no sé antes– se han inclinado a ser buenos políticos. He leído al detalle y con mucho rigor la carta de los tres obispos a Monseñor Fellay. En ella veo un lenguaje político y peligrosamente dialéctico. Me recuerda a mis viejas andanzas con bandidos, evoco a los políticos en campaña cuando están agitados en la urgencia de comprar votos. Porque cuando uno ha frecuentado con trasgresores aprende sus mañas y sabe uno cuándo hay gato encerrado, y más cuando son hampones finos. Lo que se les nota a estos obispos es la urgencia de hacer algo, de llegar a algo. ¿A qué? Ya que unos días antes dicen una cosa, y después hacen otra distinta. Lo que presenciamos es un juego político que muy probablemente sea una cortina de humo a algún a evento próximo a venir. La expansión hegeliana la empezó a plantear Monseñor Fellay con su tesis de restaurar relaciones con Roma. Pasa el tiempo y ahora tres obispos muy cercanos al primero de ellos generan una antítesis, y sin que haya una síntesis, ya la humareda de la confusión es notable en el presente conflicto. Esto es pura y física diplomacia de políticos.
La política vaticana siempre ha actuado con sagacidad; no en vano ha vivido sucesos históricos de alto relieve y decisivos para la cristiandad y el resto de la humanidad. Esa misma calidad política de alto calibre, ejemplarizada en los santos pontificados de otrora, la vemos en ejecución hoy en día y más refinada. Sin embargo, lastimosamente mal encaminada desde la subida de Juan XXIII, consolidando el liberalismo en las altas esferas de Roma, y ejecutando, digámoslo sin llegar a equivocarnos, una usurpación.
Sin sorprenderme percibo un maquiavelismo, un efecto elocuente típico en organismos democráticos. Estos obispos saben que la Fraternidad no tiene retorno; saben que de ella puede salir una más vehemente resistencia, que se desencadenaría en una sólida posición teológica, donde la autoridad y legalidad de Benedicto XVI se verían en una pública duda de su pontificado. Para evitar esta peligrosa realidad, los modernistas de Roma y la Jerarquía de la Fraternidad, utilizando el recurso revolucionario del «divide y vencerás», tantean el terreno para inventar –una vez Fellay firme la capitulación– una «Resistencia Oficialista» dentro de lo que quede del legado de Monseñor Lefebvre. Obviamente ésta será falsa y estéril. Porque entre más surjan grupos disidentes de resistencia dispersa, más fácil será controlar la opinión pública y Roma se mostrará ante el mundo fuerte y unida. Con un catolicismo falso.
Vamos a ver cuáles serán los pasos de ellos a dar. Quizás se respondan unos a otros, se distancien entre sí, se sigan publicando cartas y generen golpes de opinión. Si tuviera la oportunidad de hablar con cada uno de estos tres obispos, de manera respetuosa, les citaría unas palabras del Capitán Corneliu Codreanu, a modo de consejo: «Habla poco, di lo que sea necesario, cuando sea necesario. Que tu oratoria sea la de los hechos. Actúa, deja que hablen los demás. El legionario al escribir y al hablar, tiene que ser breve, claro y preciso. Los discursos largos y embrollados pertenecen a la democracia.»
¿Por qué los católicos nos hemos olvidado de que no debemos fraternizar con los herejes o apóstatas? Si el modernismo es una herejía y apostasía, y Roma es moderna, pues es hereje y encima apóstata. ¿Cuál es el problema de llamar las cosas por su nombre? ¿Por qué tener diplomacia con las verdades eternas y divinas cuando éstas son una sola? ¿Para qué escriben una carta a su amigo, y luego la hacen pública, cuando ya la Fraternidad está manoseada por culpa de los superiores, y la mayoría de sus pobres fieles aburguesados y tardíos en reaccionar? Guarden sus espadas, cuando las tenían que sacar no lo hicieron. Es como eso de consagrar Rusia al Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen María, cuando ya la gangrena comunista la tenemos hasta el cuello, a la orden del día y a la carta. ¡Háganlo! Para descartar probabilidades; pongan de acuerdo a toda esa manada de obispos protestantes que hay en el mundo, y si eso funciona y arregla todo, pues me retractaré.
Sin tan sólo alguno de estos tres obispos hiciera un acto público que iniciara principios de confianza, que tuviera el valor y amor a Cristo e hiciera actos y hechos que consolidaran en mantener la tradición que tiene la verdad, probablemente muchos de sus sacerdotes que han abandonado el barco que está sumergiendo u otros que piensan saltar antes de ser ahogados, en estos instantes nebulosos no dudarían tanto.
No es más.
In Jesús et María
13 de mayo de 2012
Montañas de la Patagonia
Argentina.
Fermétedes.
