DESACUERDO – CONTRARIEDAD – DISCORDANCIA entre UNO y OTRO: TRISTEZA DRAMÁTICA DE ESTA HORA DE TINIEBLAS PARA LA FSSPX

DESACUERDOCONTRARIEDADDISCORDANCIA

entre

UNO y OTRO

En la Carta dirigida a los otros tres Obispos de la FSSPX, Monseñor Fellay estampó esta frase lapidaria:

«Esta dialéctica entre verdad/fe y autoridad, es contraria al principio sacerdotal»

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En otro texto de la misma Fraternidad Sacerdotal, encontramos esta luminosa doctrina:

(…) En cuanto al contenido de los documentos, tienden a afirmar, con una cierta oscuridad, que hay un cisma concretizado por la consagración de los obispos del 30 de junio de 1988, y por lo tanto la excomunión para todos aquellos que adhieren formalmente al llamado cisma: obispos, sacerdotes y fieles.

Se sostiene la ausencia de necesidad sin probar nada; en otras palabras, se remonta al sempiterno «obedeced» sin entrar en la cuestión de fondo.

¿Por qué, a pesar de las amenazas, Monseñor Lefebvre estimó un deber ignorar y seguir adelante? ¿Por qué rechazamos la orden que nos intimaba alinearnos con las reformas conciliares y post conciliares? ¿A qué título pretendemos tener el Derecho a esa oposición? ¿Por qué esta oposición no es cismática?

La respuesta está en el fundamento mismo de la autoridad y la obediencia correlativa:

– En toda sociedad, la autoridad se deriva, como necesariamente de la naturaleza de la sociedad en la que se ejerce como una condición sine qua non.

– Esta naturaleza depende del fin, del objetivo que la sociedad se propone alcanzar. El objetivo determina la naturaleza, la estructura, los medios de cada sociedad.

– La autoridad, por lo tanto, está limitada por el fin de la sociedad, que establece el marco, alcance y competencia de la Autoridad.

La Autoridad tiene por función dirigir las inteligencias y las voluntades hacia el fin de la sociedad (y es así el principio de unidad de la sociedad).

Jamás esta autoridad humana puede cambiar aquello de lo cual ella misma depende: el fin y, en la mayoría de los casos, la estructura, los medios de la sociedad (estamos hablando de sociedades perfectas: la sociedad civil, la Iglesia).

El derecho de la Iglesia para gobernar a los fieles está confinado dentro de los límites impuestos por la necesidad o la utilidad de la salvación eterna de las almas.

Si ella se atreviese a salir de esto, excedería sus competencias, sería un abuso de autoridad y, en este caso, ya no sería una cuestión de obediencia para los miembros, sino de resistencia según la gravedad del abuso.

Cuando se trata de la autoridad papal, la más alta que existe en la tierra, soberana y universal, los límites están fijados no sólo por su propósito (continuar la misión salvadora de Nuestro Señor), por los mandamientos de Dios y de Nuestro Señor su fundador (por ejemplo, «Id, enseñad a todas las naciones», etc.), sino también por la Constitución divina de la Iglesia.

Si esta autoridad, reputada ser el reflejo exacto de Nuestro Señor mismo («Quien a vosotros escucha a mí me escucha») intentase violar estos límites, habría abuso de autoridad y habría que responder, como San Pedro ante el Sanedrín: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».

Ahora bien, la crítica que dirigimos al Concilio y a las reformas conciliares es, precisamente, pretender cambiar 1º) la naturaleza de la Iglesia, única Esposa de Cristo Salvador, única depositaria de los medios de salvación, sobrenaturales, por la comunicación de los bienes de su Divino Esposo; 2º) su estructura (por la colegialidad anónima y paralizante); 3º) sus medios, por una reducción de la gracia (la Misa y los Sacramentos) a actividades humanas. Estos cambios no son una percepción subjetiva por nuestra parte, sino que son reconocidos y declarados por las autoridades actuales.

Esta es la razón por la cual no podemos obedecer. Rechazamos la orden de demolición por abuso de poder.

Nosotros no somos los que han cambiado. Toda la Iglesia, durante todo tiempo, desde San Pablo, advirtió contra este género de cambios.

Es en nombre de la enseñanza secular de la Iglesia infalible que nos negamos a marchar en el sentido de la auto-demolición de la Iglesia.

En la medida que Roma no acepte hacer frente a este problema tan grave, permaneceremos en una especie de círculo vicioso, un diálogo de sordos.

(…)

La Iglesia se muere, desgarrada por las divisiones que se esconden bajo la falsa etiqueta: «Aquí estamos en comunión con el Papa»; ella está envenenada por las doctrinas deletéreas de la herejía, «difundidas con las dos manos», ¡según las propias palabras de Juan Pablo II en 1981!

La misma Roma se pierde en los laberintos de la «teología de los valores terrenos» en lugar de recordar las luminosas exigencias y los intereses de Nuestro Creador y Salvador.

Es hora de que los aprendices de brujo cesen sus experiencias infelices y que haya un retorno a la sabiduría secular, en la que nunca ha fallado la Iglesia.

Que nos devuelvan la fe, la gracia, la santidad del sacerdocio, la Misa, el papado, todos los tesoros en los que descansa nuestro corazón de católicos romanos. Ellos son nuestros, tenemos un derecho estricto, del cual ninguna autoridad humana nos puede privar, ni siquiera la Roma posconciliar.

–*–

¿Quién es el autor o responsable de estas palabras?

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¡El mismísimo Monseñor Bernard Fellay!

Las encontramos en la Carta a los Amigos y Benefactores Nº 53, del 29 de septiembre 1997.

¿Contradicción en el Superior General de la FSSPX?

¡No! Simplemente ha pasado el tiempo, nos dirán los actuales aprendices de brujo…

Ya no estamos en septiembre de 1997, sino en abril de 2012…

¿Quién sigue para ponerse la máscara?